Debate sobre la eutanasia en Atenas

El martes pasado, 13 de diciembre, participé en un debate, organizado por Miltos Teodosíu, sobre la legalización de la eutanasia en Grecia. En la entrada anterior de este blog publiqué un texto (en español) exponiendo mi posición. Quisiera ahora compartir algunas impresiones de la discusión que luego se entabló entre el público y los expositores.

charlacafemiltos2016_1Una conocida oncóloga y profesora de medicina comenzó observando que aquí en Grecia aún no se respeta el principio básico de informar al paciente sobre su enfermedad y pronóstico. Contó que muchas veces los familiares del paciente se adelantan al médico para pedirle que por favor no le cuente al afectado la verdad (o toda la verdad). Los médicos griegos, amparados por la tradición paternalista, por lo general consienten en el pedido de los bienintencionados familiares. La doctora contrastó esta conducta con la de los médicos norteamericanos que siempre le dicen al paciente toda la verdad, so pena de ser llevados a la Justicia. Dijo también que en Grecia los médicos no están obligados a seguir las directivas anticipadas establecidas por el paciente; así, según ella, hay que resucitar al enfermo, incluso a un enfermo terminal tras, por ejemplo, haber tenido un paro cardíaco, incluso si el paciente previamente se manifestó por escrito en contra ese procedimiento. Por último, la doctora afirmó que ella respeta absolutamente la decisión de un paciente terminal de quitarse la vida, pero que, personalmente, jamás lo ayudaría a ello. Así, si en Grecia se legalizara la muerte voluntaria, ella se ampararía en el derecho a la objeción de conciencia.

Entre los presentes que tomaron la palabra había otro médico que se manifestó decididamente en contra de la legalización, sea del suicidio asistido como de la eutanasia. Dijo que pare él, la vida era sagrada, que creía en la sacralidad de la vida (y, si bien no lo dijo, dio a entender que ello implicaba que la vida era “intocable”). También dijo que si se legalizara la eutanasia pronto se caería en todo tipo de abusos y barbaridades. Cuando alguien le llamó la atención acerca de que muchos países han legalizado la muerte voluntaria sin que luego ocurrieran esas consecuencias tan temidas, el médico modificó su posición. Dijo que Grecia no es una sociedad madura como los Estados Unidos y que aquí no están dadas aún las condiciones para la legalización. Con vehemencia, acusó a los defensores de la eutanasia de tomar las cosas a la ligera y exclamó que si se permitiera la práctica de la eutanasia voluntaria, como sociedad pronto terminaríamos perpetrando los mismos crímenes que cometieron los nazis con sus programas eugenésicos. Declaró incluso que si en un país como Angola (no nos dijo si había estado allí) se legalizara tal práctica sería solo para librarse de los miles de enfermos de sida.

Habló luego un abogado. (Francamente, no sé si quería presentar sus dudas acerca de la conveniencia de legalizar la eutanasia en Grecia o si buscaba más bien hacer gala de sus lecturas filosóficas.) Dijo que eutanasia en sus orígenes, en la antigua Grecia, significaba algo muy distinto de lo que hoy en día entendíamos por tal y que no veía cómo podía hablarse de ‘buena muerte’ en el caso de los enfermos a los que se asistía para que terminasen sus vidas. Luego agregó que, en su opinión, era erróneo sostener que cada uno era el autor de su propia biografía (o vida biográfica), ya que para muchos filósofos serían muchos los escritores de cada vida-novela (la sociedad, la familia, etc.), siendo el propio yo un escritor más (ni más ni menos, y tal vez el menos importante de todos). “Por consiguiente, concluyó, nadie puede decidir poner el punto final a la propia vida.”

Después habló una señora, que explicó que no era ni médica, ni filósofa, ni nada, sino una simple ciudadana. Se manifestó a favor de la ayuda a la muerte voluntaria refiriéndose concretamente al caso de un sobrino. Éste, según contó, siempre había querido suicidarse. Primero su fue con un cuchillo hasta el cementerio. Insertó el mango en el hueco de una pared, aproximadamente a la altura del corazón y luego se lazó contra el muro con tan mala suerte que el filo no le perforó el corazón y quedó vivo. Lograron salvarlo. Más tarde buscó suicidarse con pastillas y también fracasó. Él no quería seguir viviendo con los padres y esta tía lo albergó en su casa, sabiendo del riesgo que ello acarreaba, ya que vivía en el quinto piso de un edificio. Un día, finalmente, se tiró de la ventana. Cuando supo la noticia, nos dijo que no se dejó llevar por el pánico y que pensó que ahora, muerto, el sobrino estaba allí donde siempre había querido estar.

charlacafemiltos2016_2Entre el público estaba la viuda de Aléxandros Velios. (Velios era un conocido periodista, aquejado de un cáncer terminal. Había declarado públicamente que seguiría viviendo y trabajando mientras se lo permitiera la enfermedad pero que cuando llegara la fase final se quitaría la vida, y así lo hizo. No se suicidó en Suiza, como había anticipado, sino en Atenas, en su casa. El problema es que la Justicia debe hallar y condenar a quien le facilitó el fármaco.) La viuda de Velios se manifestó enérgicamente a favor de un cambio de la legislación, con el fin de permitir el suicido asistido en casos como los del marido.

Más tarde habló una joven, que me había llamado la atención por haberse sentado en la primera fila cuando aún había espacio más atrás y por llevar pintados los labios de un color carmín demasiado ostentoso para su persona. Empezó contando que su familia era muy religiosa y que siempre habían estado en contra de la eutanasia porque así lo prohibía la iglesia. Nos dijo que había discutido con sus padres varias veces sobre ese tema porque ella sufría de una enfermedad incurable. Estaba cansada de que probaran nuevas terapias. A ese punto se quebró. Haciendo fuerzas por contener el llanto, aclaró que estaba a favor de la muerte voluntaria y que si en un par de meses las cosas no iban más, a ella le gustaría terminar con su vida.

Por último habló una enfermera que trabajaba en el cuidado de pacientes terminales. Nos contó que una vez el médico que seguía a un paciente gravemente enfermo que ella tenía a su cargo le dijo: “Señora, acá (en el hospital) no hay nada más que hacer. Lleve el enfermo a su casa.” Ella, desesperada, no sabía qué hacer; según explicó, el enfermo sufría terriblemente y era imposible siquiera tocar al moribundo sin que se lamentara del dolor. Concluyó diciéndonos que ese día se le aclararon las ideas y que ella deseaba vivir en un país que tuviese la posibilidad de recurrir al suicidio asistido. “Si tuviera la enfermedad de ese señor, no quisiera estar en Grecia.”

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Eutanasia voluntaria: argumentos a favor y en contra

(1) Quiero comenzar distinguiendo claramente estas dos expresiones: estar a favor de la eutanasia y estar a favor de la legalización de la eutanasia. Yo, personalmente, aún no sé cómo voy a terminar mis días y tampoco soy quién para aconsejar a mis lectores (la mayoría de los cuales me son desconocidos) cómo deberían llegar al fin de los suyos. En cambio, sí estoy seguro de la conveniencia, es más, de la necesidad de que en países como los nuestros se legalice la práctica de la eutanasia voluntaria o, cuando menos, del suicidio médicamente asistido. Luego será el paciente terminal mismo quien, llegado el momento, decida cómo afrontar su enfermedad y dolor.

Podría dar diversas razones que avalan mi posición políticamente liberal, pero hay una que es la principal y en ella me detendré. En una sociedad moderna y pluralista, cada ciudadano está facultado a vivir de acuerdo con el modo que él considera adecuado; en otras palabras, está facultado a tomar decisiones trascendentales para su existencia, mientras ello no afecte a terceros ni implique una forma irreversible e injustificada de autodestrucción. Concretamente, el Estado no puede impedirme vivir y morir de la manera que me parezca acertada, según la concepción del bien a la que adhiero. Insisto: dentro de un sistema ético-político liberal, ha de considerarse lícito todo acto que no ponga en riesgo la vida o los bienes de terceros ni represente una forma inexcusable de daño a uno mismo. Este es mi punto de partida.

Cuando una persona, aquejada por una enfermedad grave e incurable –fuente de innumerables dolores físicos y sufrimientos morales– decide poner fin a su vida con la asistencia de un médico, se propone realizar una acción que ni dañará a sus conciudadanos, ni constituirá un acto irrazonable de autodestrucción, ya que, debido al estado en que se encuentra, su vida ha perdido, para él, la calidad y el valor que la hacen digna de ser vivida. Aquí la opción por la muerte voluntaria solo equivale a acelerar un desenlace inevitable, ahorrándole así al paciente días, semanas o, incluso, meses de lo que, en su opinión, son pesares inútiles y degradantes.

Seguir prohibiendo el recurso a la muerte voluntaria equivale a continuar anclando la legislación del país en una concepción del bien fundada en una determinada cosmovisión religiosa o metafísica –como, por ejemplo, la cristiana–, concepción que puede ser relevante para muchos individuos, pero que ni es evidente por sí misma ni es, de hecho, compartida por todos los miembros de la comunidad. La imposición de un modo de pensar y de vivir a todos los ciudadanos es algo propio de una sociedad cerrada y autoritaria, no de una cultura abierta, que se precia de la libertad, la racionalidad y la tolerancia. El Estado, por tanto, debe ser lo más neutro posible respecto de las distintas concepciones del bien existentes en la sociedad, sin favorecer ni perjudicar a ninguna de ellas. Esta es la esencia del laicismo.

Quien pasa velozmente revista a la historia reciente de la medicina, no puede sino asombrarse del inusitado progreso biotecnológico, farmacológico y terapéutico acaecido. Nunca antes el arte de curar fue tan certero y efectivo, ni pudo beneficiar, como en Occidente, a cientos de millones de individuos. Pero el avance de la medicina ha acarreado un importante efecto secundario e indeseado, el de multiplicar y prolongar la duración de las situaciones de fin de vida de incontables pacientes. Vivimos mucho más y mucho mejor que en los siglos pasados, pero a muchos nos aguarda un final de vida largo, trabajoso e indigno, si no hacemos nada en contra. En este sentido, la introducción de la muerte asistida no hace más que contrarrestar ese efecto, al menos para todos aquellos que lo consideramos indeseable y evitable. Nadie puede estar obligado a volverse un moribundo mantenido artificialmente en vida. Más aún: toda persona, en tanto ser autónomo, racional y responsable, ha de poder establecer el modo y el momento de su muerte.

En síntesis, desde la perspectiva que ofrecen conjuntamente el liberalismo político y la ética centrada en la persona como ser dotado de autonomía, racionalidad y responsabilidad, la opción del enfermo incurable por acelerar la llegada de su muerte es una alternativa moralmente legítima. Por consiguiente, el orden jurídico de nuestras sociedades está llamado a incorporar el así llamado “derecho a la muerte digna”, como parte de la consolidación del marco de libertades acordadas a sus ciudadanos.

(2) ¿Existen argumentos atendibles contra la legalización de la eutanasia voluntaria? En mi opinión, la respuesta es clara: “No, no existen argumentos sólidos en contra, siempre que la ley regule adecuadamente la práctica eutanásica.” (Por eso, dicho sea de paso, considero importante que la eutanasia sea legalizada por medio de una ley emanada del Parlamento, en vez de ser solamente despenalizada por una resolución de la Justicia.) Toda vez que la práctica eutanásica se juridifique adecuadamente –y en ello países como Grecia y Argentina pueden recurrir al camino ya recorrido por algunos estados pioneros, empezando por Oregón en 1996–, no hay riesgos de que ocurran luego las temibles “aberraciones” que tanto vaticinan quienes se dejan guiar por fantasías y supersticiones.

Antes de hacer una breve mención a los argumentos que generalmente se presentan contra la eutanasia, permítanme señalar un hecho que considero innegable. Nos cueste admitirlo o no, lo cierto es que en toda sociedad hay prácticas sociales de todo tipo que podemos condenar o rechazar, pero que son imposibles de erradicar por medio de prohibiciones, por estrictas que sean. El consumo de alcohol es un ejemplo de ello. Podemos repudiar tal práctica, podemos por caso promover un consumo moderado de las bebidas alcohólicas, pero no podemos negar que el hombre desde que es hombre ha recurrido a fermentos que lo sumen transitoriamente en un estado mental alterado. ¿No es mejor, en vez de cegarnos ante la evidencia, aceptar los hechos, para poder así regular esas prácticas, con el objetivo de que su ejecución afecte al menor número posible de personas?

Digámoslo sin tapujos: en toda sociedad se ha practicado la eutanasia, solo que esa práctica se ha llevado a cabo de modo más o menos velado, según el nivel de condena social que ha recibido. Hoy, tanto en Grecia como en Argentina, se practica diariamente la eutanasia en los hospitales, solo que de manera oculta y enmascarándola con eufemismos de toda clase. Así, condenar estrictamente esta práctica significa, en ultima instancia, relegarla a la clandestinidad, y es allí, en esa zona que se sustrae a la legalidad, donde se dan los hechos más arbitrarios y aberrantes. Concretamente, el riesgo que se ponga fin a la vida de un moribundo contra su voluntad o sin su consentimiento es mayor en aquellas sociedades que condenan la eutanasia, que en los países que han reformado sus leyes de acuerdo al principio de la autodeterminación del paciente.

El argumento de la sacralidad de la vida no puede aplicarse incondicionalmente en una sociedad pluralista. Si alguien cree que la vida humana es un don divino y que, por tanto, es intocable, pues bien. Pero esa es su creencia y él no puede pretender que ese parecer se vuelva la base de la legislación moderna. Hay personas que no creen en el carácter sacro de la existencia. Además, alguien puede suponer que su vida es sagrada y que, no obstante, estamos facultados a intervenir en su curso (inicial, medio y final). De hecho, últimamente han surgido voces en las distintas religiones que señalan la compatibilidad de ambos puntos de vista: la vida es sagrada, nos dicen, pero, dado el caso, podemos recurrir a la muerte voluntaria para poner fin a una situación desmedidamente penosa y absurda. La posición del teólogo católico Hans Küng, del líder cristiano Desmond Tutu y de la Iglesia valdense son algunos ejemplos de tal apertura.

El argumento de la misión de la medicina es también infundado. No dudo de que la medicina, más allá de ser una profesión como cualquier otra, sea asimismo una vocación. Pero el deber del médico no puede ser el de prolongar a la fuerza la existencia biológica de un ser humano que decide cabalmente que ya no tiene sentido seguir viviendo. Es cierto que el médico no debe dañar, pero ¿no daña más un médico cuando impide que muera un paciente en agonía, si ello es lo que el moribundo desea? Por otro lado, el médico debe hacer el bien, pero en una sociedad pluralista bien no es un concepto con una definición unívoca, válida para todos. Hacer el bien es promover el bienestar del paciente y es este, el paciente, quien, al fin y al cabo, define qué constituye ese “bienestar” para él. La férrea oposición de los consejos médicos de distintos países a la legalización de la muerte voluntaria es, por tanto, infundada.

El argumento de la medicina paliativa no es sólido. Existen ya numerosos estudios que prueban que, incluso quienes disponen de un excelente servicio de cuidados paliativos, optan en algunos casos por la muerte voluntaria. No es casual que las sociedades con un buen servicio paliativo sean justamente algunas de las sociedades que permiten (o toleran) la eutanasia voluntaria: Bélgica, Luxemburgo, Holanda, Suecia, Canadá. Yo estoy a favor del desarrollo de la medicina paliativa y creo que es invalorable el esfuerzo de millares de médicos, enfermeros, terapeutas, etc., dedicados a paliar el dolor de los moribundos en nuestros países. Pero una cosa no quita la otra. Medicina paliativa de calidad y para todos, sí; legalización de la asistencia a la muerte voluntaria, también.

El argumento de la pendiente resbaladiza es, para mí, solo fruto del temor al cambio. En ninguna de las sociedades que se ha despenalizado o, incluso, legalizado el suicidio asistido y la eutanasia han aparecido los deslices que tanto pronosticaban los críticos. Oregón, que hace veinte años legalizó la ayuda al suicidio, no se ha desbarrancado en el abismo moral ni allí los médicos han terminado practicando actos bárbaros de eugenesia.

Por último, muchos se oponen a la legalización de la eutanasia voluntaria y el suicidio asistido por creer que su oposición intransigente es una manera efectiva de proteger a los pacientes terminales más vulnerables. De hecho, suponen que, una vez legalizada la práctica, se manipulará y presionará a los enfermos debilitados física y mentalmente para que opten por poner fin a sus vidas, dejando de ser así una carga para todos. Pero la realidad desmiente una y otra vez esta opinión. Quienes mayoritariamente recurren al suicidio asistido son personas de clase media y alta, con buena formación escolar; son, en general, personas que a lo largo de sus vidas han sido activas, asertivas y autónomas. El perfil de quien recurre a la asistencia para morir no es el del típico viejecillo humilde e indefenso, sino el de quien ha contado con recursos económicos y culturales, ha tenido cargos medios y altos en empresas, universidades, etc.

Concluyo con esta observación: eutanasia, como sabemos, es una palabra de origen griego y significa ‘buena muerte’. ¿Cómo vivir bien?, ¿cómo morir bien?, esos eran temas recurrentes de la filosofía antigua. Y tanto en el pensamiento de los primeros filósofos como en la reflexión actual encuentro tres núcleos que constituyen el concepto de buen morir. Primero, la ausencia o la minimización de los dolores graves e incontrolables; segundo, la oportunidad: muere bien quien muere en el momento justo, ni mucho antes, ni mucho después de la fecha adecuada. Tercero, la autonomía: muere bien quien, a lo largo de su enfermedad y hasta el momento final, ve íntegramente respetadas su voluntad y su persona.

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Sendero en torno al monte Licabeto, Atenas

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Colorado legaliza el suicidio asistido

No todas las noticias que últimamente nos llegan de los Estados Unidos son nefastas. Hay algunas buenas, como la del resultado del último referendo en Colorado. Allí la gente votó mayoritariamente por la legalización del suicidio médicamente asistido para el caso de los pacientes terminales que así lo deseen. Con ello, Colorado se suma al puñado de estados norteamericanos que permiten esta práctica: Oregón, Montana, Washington, Vermont y California. (Para ser precisos, en Montana el suicidio asistido no ha sido legalizado sino solo despenalizado por una resolución del poder judicial.) La buena noticia es que ahora los habitantes de Colorado poseen un derecho más, el derecho a poner fin a sus vidas del modo y en el momento que ellos consideren adecuado, recurriendo a la ayuda del médico. Porque prohibir tal práctica, prohibir que un paciente terminal pueda acabar con su sufrimiento gracias a la ayuda profesional, es algo que carece de fundamento. ¿Por qué dejar que la tradición y los prejuicios atávicos decidan qué acto es lícito y que acto no lo es? Ningún Estado moderno puede prohibir que un ciudadano ejerza una libertad, cuando ese acto (a) no daña a terceros y (b) no representa un acto injustificable de autodestrucción.

En la campaña previa al referendo se volvió a discutir largo y tendido sobre la validez de los argumentos en contra de la legalización del suicidio asistido. En una apretada síntesis diré por qué considero que esos argumentos no son convincentes.

El argumento de la sacralidad de la vida no puede aplicarse en una sociedad pluralista. Si alguien cree que la vida humana es un don divino y que, por tanto, es intocable, pues muy bien. Pero esa es su creencia y él no puede pretender que ese parecer se vuelva la base de la legislación moderna. Hay personas que no creen en el carácter sacro de la existencia. Además, yo creo que alguien bien puede suponer que su vida es sagrada y que, no obstante, estamos facultados a intervenir en su curso (final). De hecho, últimamente han surgido voces en las distintas religiones que señalan la compatibilidad de ambos puntos de vista: la vida es sagrada, nos dicen, pero, dado el caso, podemos recurrir a la muerte voluntaria para poner fin a una situación desmedidamente penosa, absurda. En tal caso, el Creador no podrá sino felicitar a quien, con coraje y tino, ha limitado su agonía.

El argumento de la misión de la medicina es también infundado. Yo no dudo de que la medicina, más allá de ser una profesión como cualquier otra, sea asimismo una vocación. Pero el deber del médico no puede ser el de prolongar a la fuerza la existencia biológica de un ser humano racional que decide que ya no tiene sentido seguir viviendo. Es cierto que el médico no debe dañar, pero ¿no daña más un médico si impide que muera un paciente en agonía, si ello es lo que el moribundo desea? Por otro lado, el médico debe hacer el bien, pero en una sociedad pluralista bien no es un concepto con una definición unívoca, válida para todos. Hacer el bien es promover el bienestar del paciente y es el paciente quien, en última instancia, define qué constituye ese “bienestar” para él.

El argumento de la medicina paliativa no es sólido. Existen ya numerosos estudios que prueban que, incluso quienes disponen de un excelente servicio de cuidados paliativos, optan en algunos casos por la muerte voluntaria. No es casual que las sociedades con un buen servicio paliativo sean justamente algunas de las sociedades que permiten (o toleran) la eutanasia voluntaria: Bélgica, Luxemburgo, Holanda, Suecia, Canadá. Yo estoy a favor del desarrollo de la medicina paliativa y creo que es invalorable el esfuerzo de millares de médicos, enfermeros, terapeutas, etc., dedicados a paliar el dolor de los moribundos. Pero una cosa no quita la otra. Medicina paliativa de calidad y para todos, sí; legalización de la asistencia a la muerte voluntaria, también.

El argumento de la pendiente resbaladiza es, para mí, solo fruto del temor al cambio. En ninguna de las sociedades que se ha despenalizado o, incluso, legalizado el suicidio asistido y la eutanasia han aparecido los deslices que tanto vaticinaban los críticos. Oregón, que hace veinte años legalizó la ayuda al suicidio, no se ha desbarrancado ni allí los médicos han terminado practicando actos bárbaros de eugenesia. Y lo curioso es que quieres pregonan la caída en el precipicio moral tras la legalización de la eutanasia olvidan que en muchos países que condenan la práctica eutanásica esta se lleva a cabo en la clandestinidad y de un modo éticamente indefensible. Es hipócrita defenestrar a tal o cual país por haber introducido el derecho a la muerte voluntaria cuando en la propia sociedad el médico o los parientes de los enfermos muchas veces deciden cómo terminar la vida del moribundo sin consultarle.

Muchos se oponen a la legalización del suicidio asistido por creer que tal oposición es una manera efectiva de proteger al sector más vulnerable de los pacientes terminales. De hecho, suponen que, una vez legalizada la práctica, se manipulará y presionará a los enfermos más débiles para que opten por poner fin a sus vidas, dejando de ser una carga para todos. Pero la realidad desmiente una y otra vez esta opinión. Quienes mayoritariamente recurren al suicidio asistido son personas de clase media y alta, con buena formación escolar; son, en general, personas que han sido a lo largo de sus vidas activas, asertivas y autónomas. El perfil de quien recurre a la asistencia para morir no es el típico viejecito humilde e indefenso, sino el de quien a lo largo de su vida ha contado con recursos económicos y culturales, ha tenido cargos medios y altos en empresas, universidades, etc.

Quiero pensar que el referendo de Colorado es un pequeño rayo de luz en un momento tan oscuro de la política nacional estadounidense.

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La novela y el cuento en la España contemporánea

Acabo de leer Contornos de la narrativa española actual (2000-2010). Un diálogo entre creadores y críticos, una antología de estudios y ensayos coordinada por Palmar Álvarez-Blanco y Toni Dorca. Las líneas que siguen no pretenden ser una reseña del libro, sino solo un par de notas sueltas.

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El título de la obra indica ya algunos recortes que los coordinadores llevaron a cabo en relación con el objeto de estudio: la narrativa (o sea, la novela y, en menor medida, el cuento, no la poesía o el ensayo), la narrativa española (lo que excluye la narrativa latinoamericana pero incluye las narrativas españolas no escritas en castellano: la vasca, la catalana, la gallega, etc.), la narrativa española actual (esto es, la surgida en la primera década del nuevo milenio).

¿Por qué tomar el decenio 2000-2010 como unidad temporal? La respuesta es, a mi entender, algo arbitraria, pero los autores ven en el emblemático año 2000 el fin de una era y el comienzo de otra: el agotamiento del período de la Transición, iniciado en 1975 tras la muerte de Franco, seguido por la plena inclusión de España en la Unión Europea (en 1986), hasta llegar a ese tiempo (impreciso) en que comienza a desmantelarse en España (y en tantos otros países) el modelo socio-económico basado en el estado de bienestar: la década de 1990. En otras palabras, los coordinadores del volumen parten del supuesto de que con la llegada del nuevo milenio la sociedad española ha entrado definitivamente en una nueva fase: una fase política de pos-Transición y una fase económica de globalización neoliberal, con la consecuente precarización del empleo, flexibilización laboral, pérdida de beneficios sociales, etc.

Aclaro que el volumen fue publicado en 2011. Si bien es cierto que los efectos inmediatos de la crisis financiera mundial de 2008 y 2009 se sintieron inmediatamente en España, entonces era imposible avizorar los efectos a mediano plazo de ese cimbronazo, esto es, los efectos que se están viendo y viviendo ahora, en 2016, a un lustro de la aparición del libro.

El subtítulo de la obra (Un diálogo entre creadores y críticos) es engañoso, porque, en verdad, no hay un diálogo entre un bando y otro. De hecho, el libro está organizado en dos partes: hablan los críticos, primero, y hablan los creadores, después; pero diálogo, eso que se llama diálogo, no hay.

En la primera parte (la más larga), se encuentran los numerosos estudios de los críticos sobre distintos aspectos de la narrativa española actual (abajo señalo los que son, para mí, los tres ejes principales). En la segunda parte, en cambio, están los breves ensayos de algunos escritores actuales, muchos de los cuales, curiosamente, apenas son nombrados en los estudios de la primera parte, ya que no son los autores más representativos de la narrativa española actual (al menos, a los ojos de los críticos). Así, más que visiones complementarias nacidas de un diálogo, los estudios y ensayos son visiones independientes, por momento inconexas, sobre ese objeto tan amplio y tan vago como es la narrativa actual. (Si A ve el ajetreo de una calle desde la planta baja de un edificio y B ve ese mismo ir y venir desde el último piso, ambos siguen con la vista el mismo objeto pero desde perspectivas tan distintas que es difícil saber concretamente qué ven en común. Ahora bien, si el crítico es el que está en la planta baja y el escritor en las alturas, o viceversa, es algo para discutir en otro lado.)

En la introducción, los dos coordinadores proponen un eje de análisis que intenta agrupar la narrativa española actual en dos grupos enfrentados: la narrativa nostálgica y la narrativa antinostálgica. La “narrativa nostálgica” sería aquella aferrada aún a la época ya pasada (¿perdida definitivamente?) del estado de bienestar, de la euforia por la vuelta de la democracia y por la seguridad de una economía confinada mayormente a las propias fronteras, la España de los años ochenta y noventa. Esa narrativa, que según los coordinadores vuelve una y otra vez en nuestros días, tendría la función de un relato mitológico que buscaría crear la apariencia de seguridad y orden en un mundo, el neoliberal, que se destaca por generar inseguridad y caos. En cambio, el objetivo de la narrativa antinostálgica sería presentar brutalmente la nueva realidad social a los lectores, como quien –casi con un dejo sadomasoquista– mete una y otra vez el dedo en la llaga. La narrativa nostálgica sería, así, una forma de evasión o de escapismo (continuar el dulce sueño de una época ya sepultada), mientras que la narrativa antinostálgica representaría una modalidad del desengaño.

No sé cuán fructífero pueda ser, en el fondo, ese marco de análisis; lo que queda claro es que los restantes trabajos reunidos en el volumen apenas responden al eje propuesto por los coordinadores.

Otro problema, a mi modo de ver, es que los numerosos artículos de la primera parte no están agrupados por temas. El lector va saltando de una monografía sobre la novela actual ambientada en la Guerra Civil a un estudio sobre la industria editorial española de los últimos años para continuar con las voces femeninas en la literatura de tal o cual región española.

Ahora paso a los que, creo, son los tres ejes principales de las contribuciones.

(1) La memoria y la reescritura del pasado. El escrito de Txetxu Aguado, “Modelos emocionales de memoria: el pasado y la Transición” se centra en la narrativa actual que tiene por tema la transición política iniciada en España en 1975. Si en los primeros años ese proceso político fue visto –o fue presentado– como “ejemplar”, como “modelo a imitar” por otras naciones que volvían a la democracia tras un período oscuro de dictadura militar, con el paso del tiempo tal valoración fue puesta en entredicho. La novela ofrece, nos dice Aguado, un espacio particular para replantear las categorías con las que ha sido entendida esa etapa de la historia española, con el objetivo de proponer nuevas ópticas y dar lugar a otras voces (algunas brutalmente silenciadas o excluidas, aún en plena democracia). El tema de la memoria y la reelaboración del pasado aparece, así, como el principal eje del volumen y es retomado en la mayoría de los artículos.

En este ámbito se mueve asimismo el ensayo de Germán Labrador Méndez, “Historia y decoro. Éticas de la forma en las narrativas de memoria histórica”: la tesis es que, luego de años de haber prevalecido la visión “oficial” de la historia, (no sólo de la Transición, sino también de la Guerra Civil española y, posteriormente, del franquismo), visión presentada en innumerables discursos, manuales, novelas de consumo masivo, series televisivas, etc., va emergiendo últimamente otra visión –u otras visiones– que critican el carácter selectivo, parcial, sensiblero y, por momentos, cómplice de versión oficial. Porque en el fondo lo que está en juego, entre otras cosas, es, ni más ni menos, que la imagen que nos formamos de nosotros mismos como seres históricos. Como dice Sebastiaan Faber (“La literatura como acto afiliativo: la nueva novela de la Guerra Civil”): “En última instancia, la verdad histórica satisface una necesidad de autoconocimiento, considerado indispensable para el desarrollo futuro, sea a nivel personal o comunitario.” (p. 108)

Antonio Gómez López-Quiñones vuelve sobre el tema de la memoria en, tal vez, uno de los artículos más sagaces de la compilación, “La misma guerra para un nuevo siglo: textos y contextos de la novela sobre la Guerra Civil”. Por su parte, Edurne Portela destaca las similitudes que existen entre la reelaboración que últimamente ha empezado a llevarse a cabo en España y en Argentina, del franquismo en la primera y de la última dictadura militar, en la segunda. El gran desafío que enfrentan los nuevos autores está, nos dice Portela (“La escritura de la memoria en la nueva narrativa en español: una perspectiva trasatlántica”), en pensar las nefastas continuidades que pueden detectarse entre el pasado dictatorial, supuestamente enterrado, y el presente “democrático” (entre comillas). Así, la violencia y la represión continúan manifestándose, si bien bajo otras máscaras y dirigidas a otros sujetos. Por ejemplo, el inmigrante aparece en nuestros días como uno de los sujetos potencialmente subversivos y como elemento desestabilizador. El inmigrante termina siendo aceptado por la sociedad, concluye Palmar Álvarez-Blanco en “De etnomanías y otros terrores. Literatura e inmigración en la España del siglo XXI”, solo si logra insertarse en el sistema productivo de una economía que cada vez otorga más ámbito de maniobra a los capitales transnacionales en detrimento de la situación de las clases baja y media. La (triste) conclusión es que la indignación de los ciudadanos, de los Wutbürger, en vez de dirigirse a los verdaderos responsables de su precariedad –los poseedores y los administradores de los grandes capitales– se ensaña contra los inmigrantes y adopta la forma del populismo xenófobo.

(2) El mercantilismo y la profesionalización de la escritura. El segundo gran eje gira en torno al cambio radical operado en el mercado editorial español, cambio iniciado en los noventa y consolidado durante la primera década del nuevo milenio (tras la crisis financiera de 2008-2009 sería necesario matizar los impactos de algunos de los desarrollos que se vaticinaban en el libro). Tal cambio se tradujo en una pérdida del carácter “sacro” del libro, convertido hoy en un producto más de entretenimiento en la miserable sociedad de consumo. El escritor, para no quedar fuera del mundo editorial, debe ajustarse a las nuevas demandas del sistema, profesionalizarse, hacer uso frecuente y estratégico de los medios de comunicación para promocionar su obra, etc. Ramón Acín, en su “La edición a vuela pluma: ¿que veinte años son nada?”, señala los tres aspectos sobre los que volverán otros estudiosos: (a) la crítica ha dejado de servir de guía u orientación al lector/consumidor contemporáneo; (b) existe una cantidad estremecedora de libros publicada cada año, a lo que se suma una pluralidad inusitada de criterios para definir el valor de esos productos (como diríamos en criollo “hay pa’ todos los gustos” o, en inglés, anything goes); (c) lo decisivo se ha vuelto el número de las ventas, no la calidad de la obra (al menos, en la mayoría de los casos).

(3) La relevancia de la metaliteratura. El tercer y último gran eje de libro está constituido por el carácter metanarrativo de muchas narraciones contemporáneas. El punto está en discutir en qué medida la reflexión atenta y sincera sobre el mismo acto de escribir es la forma que debe adoptar el escritor para “ser fiel consigo mismo”, para “ser auténtico”. Esta dimensión aparece en Alberto Medina, “Entre patrias: Bolaño, escritura global y comercio de la ruina” y, más claramente, en el estudio de Nuria Morgado sobre Enrique Vila-Matas.

La segunda parte del libro, “Creadores“, se compone de numerosos ensayos (breves) de distintos autores españoles contemporáneos escritos, según parece, ex profeso para el volumen. Ya observé que no se da el diálogo que prometía el subtítulo de la obra, porque los creadores no hacen referencia a los trabajos de los críticos, ni estos se centran fundamentalmente en aquellos. Mi impresión, leyendo los ensayos de los autores, es que a estos les interesa sobre todo proponer una reflexión sobre lo que debería ser la buena escritura en el siglo XXI. Casi todos coinciden en que escribir bien es ser fiel a la propia voz (sea lo que sea eso de la “propia voz”). Igualmente, a todos les preocupa cómo hacer frente al mercantilismo y la profesionalización crecientes.

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En clave borgiana

El fin de semana pasado se realizó en Atenas un encuentro de estudiosos de la obra de Jorge Luis Borges. Yo participé con una charla sobre Borges y la filosofía. (Reconozco que la cuestión “Borges, ¿filósofo?” ya no es novedosa, basta consultar rápidamente en Google para ver cuánto ha sido escrito y dicho al respecto.) Anoto a continuación un par de impresiones y reflexiones.

En relación con mi charla: había un joven profesor español, que se doctoró, precisamente, con una obra sobre Borges y el escepticismo. Hablamos poco, pero le dije que yo también pensaba que Borges era, sobre todo, escéptico. Convinimos en que el escepticismo era la filosofía con la que más se sentía identificado Borges.

Pero Borges fue un escéptico especial –me quedé pensando–; no un escéptico recalcitrante, descreído, avinagrado. Borges dudaba de todo, no se dejaba entusiasmar por nada… excepto por el deleite que le prometía la lectura, el ejercicio intelectual, la escritura, el incesante descubrimiento de nuevas teorías y de nuevos enfoques.

Para Sexto Empírico, el escéptico es el único personaje encomiable de la filosofía, ya que se opone tanto al dogmático (que afirma algo sin que le importe hallar una fundamentación satisfactoria de su aseveración) como al incrédulo (que descree de todo esfuerzo cognoscitivo humano al punto de terminar abandonando la búsqueda misma). El verdadero escéptico no se detiene en ningún punto del camino, no se queda “a medio camino”, pero tampoco abandona la marcha ni se sale del sendero, por más que sepa que no hay llegada.

Un profesor francés, ya retirado, me dijo: “Bah, yo creo más bien que para Borges la filosofía era un juego”. Me lo dijo como queriendo darme a entender que, filosóficamente hablando, no hay nada interesante en la obra de Borges. Le contesté que podía ser, aunque, de ser así, sería un juego que tomaba en serio, muy en serio, como un ajedrecista toma el ajedrez en serio (vive de ello y para ello). Me acordé del título de un libro de Ezequiel de Olaso, Jugar en serio.

Una amiga que asistió a mi charla vio muchas similitudes entre Borges y Lacan. (Ella es lacaniana y quiere ponerse a leer Borges.) Tal vez el tratamiento literario que hacía Borges de cuestiones como el yo, el sujeto, la memoria, la historia, el sentido, etc., podría ser capitalizado y reutilizado no solo por los filósofos, sino también por los psicólogos. En todo caso, en mi charla dije que no sabía si Borges había sido un filósofo posmoderno o si podía ser tomado por tal; de lo que sí estaba seguro era de que Borges había sido un crítico de la modernidad o, mejor dicho, de algunos de los supuestos y de las categorías de pensamientos constitutivos del pensamiento moderno. Nada más ni nada menos.

Me acordé de una monografía de Sergio Sánchez en que notaba que el escepticismo de Borges también tenía una dimensión política: fue su manera de oponerse al fascismo y al comunismo, los dos sistemas totalitarios que se consolidaron en los años más productivos del autor. (Borges, a diferencia de muchos luchadores contra las ideas fascistas y comunistas nunca se entusiasmó por la democracia. A veces pienso que Borges era, esencialmente, un animal a-político: ya que el anarquismo no es posible porque es una utopía, él se hubiese hallado a gusto bajo el gobierno de un monarca ilustrado y bondadoso.)

Uno de los expositores observó que en el extranjero Borges se lee sin tener en cuenta todo el contexto cultural argentino, en el cual Borges escribió sus poemas, cuentos y ensayos. Con su ponencia, el quería contribuir a llenar ese hueco: contextualizar ese Borges que para muchos extranjeros flota en el vacío.

Estuve de acuerdo con su observación, pero me quedé pensando si no hacemos lo mismo, nosotros los argentinos, con todos o casi todos los escritores extranjeros. Un amigo mío, conocedor de la poesía de Kavafis, está leyendo ahora una biografía del escritor y eso le permite una mirada distinta del griego (una mirada por momentos enriquecedora, por momentos desencantada). Me pregunto, entonces, si es legítimo leer a un autor sólo por el valor de sus escritos, esto es, desconociendo casi enteramente las circunstancias personales, culturales y sociales en las que escribió. ¿Acaso por cada libro de literatura que leemos no habría que leer otro de teoría literaria? ¿No van literatura y crítica de la mano?

Los traductores de Borges al griego también estaban presentes en el congreso. ¿Se puede traducir Borges al griego, al japonés, al alemán? No me costó entender que esa perplejidad se aplicaba a cualquier buen escritor: ¿se puede traducir a un griego, un japonés, un alemán al español? Me quedé pensando en que para traducir bien un libro de una lengua a otra, el traductor debería ante todo estudiar toda la obra del autor, sumergirse en ella al menos por un par de años; antes de ponerse a traducir la primera línea, debería leer el libro un par de veces, debería conocer la obra completa del escritor, debería conocerlo personalmente o, si ya ha fallecido, debería recrear en lo posible su vida y la época en que vivió, debería haber leído los principales libros que leyó, etc. En resumidas cuentas: un trabajo de un par de años de dedicación exclusiva, como si estuviera escribiendo, él mismo, un libro sobre el autor. Si escribir es una forma de traducir, traducir es también una forma de escribir. Aparte, me dije, como si eso fuese poco, no existe la traducción perfecta. Las traducciones envejecen, y con los años es conveniente intentar una nueva traducción, por mejor que haya sido la precedente. Se supone que el nuevo traductor habrá leído (estudiado) las traducciones anteriores, para que la suya sea más completa. En un momento recordó María Kodama (que también estuvo presente los dos días): “Borges, a pesar de que ya estaba ciego, seguía comprando libros. Le encantaba comprar nuevas traducciones de las obras que ya conocía.” Esa confesión me confirmó mi sospecha: hay traducciones malas (que debemos evitar) y traducciones buenas. Y muchas veces podrá haber una traducción mejor que la anterior. Pero incluso cuando no pueda hablarse de traducciones aún mejores que las otras, el conjunto de las buenas traducciones son como “ventanas” que ofrecen perspectivas/lecturas distintas y complementarias del original. (Una comparación posible: las distintas interpretaciones de los buenos directores de orquesta de una misma pieza, digamos, la quinta sinfonía de Beethoven, son versiones complementarias.)

Otro gran tema de cierre fue este: uno toma un texto de Borges y lo lee y puede interpretarlo de una manera. Si al tiempo vuelve a tomar el texto y lo relee, se le ocurrirá probablemente una nueva interpretación. El proceso de relectura/reinterpretación no tiene fin. Y esa es la característica del buen autor, sea Borges o cualquier otro. No es que el escritor, al momento de concebir su obra, tenga in mente todas las interpretaciones y lecturas posibles de su obra. Su obra, si es lograda, será una metáfora, un “marco” que permitirá/propiciará incontables lecturas. Seguimos leyendo la Biblia y la mitología helena porque en cada lectura descubrimos cosas nuevas e insospechadas. No es que esas lecturas ya hayan estado contenidas en el texto, pero el texto está armado de tal modo que hace posible esa infinidad de interpretaciones y relaciones. Hay obras excelentes pero que solo admiten una lectura; son “obras cerradas”. En cambio, las obras que promueven una y otra vez nuevas lecturas son “obras abiertas”.

Por eso me acordé de Borges cuando criticaba a Benedetto Croce, que decía que la esencia del arte estaba en la expresión. Para Borges, en cambio, el arte no expresa nada, sino que alude, sugiere: es opera aperta. Habrá una diferencia abismal entre el hombre del paleolítico y el hombre del siglo XXI, pero, en el fondo, uno y otro han experimentado los mismos dramas humanos. Uno habrá mandado señales de humo, el otro envía mensajes digitales, pero a uno y a otro los mueven las mismas ambiciones, los encadenan los mismos deseos, los atemorizan las mismas amenazas. En última instancia, hemos evolucionado muy poco. Y la buena literatura es, para Borges, la que engarza con esos aspectos esenciales, ahistóricos, de la existencia humana.

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Arte callejero en Atenas

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El dogmatismo en cuestiones morales

La ética es la disciplina filosófica que examina racionalmente nuestra moral. Los juicios valorativos («x es bueno», «y es malo», etc.) son parte de la moral. La tarea de la ética, entonces, consiste -entre otras cosas- en analizar nuestros juicios morales.

Ahora bien, hay juicios morales que pueden ser erróneos por basarse en un razonamiento incorrecto. Juan puede afirmar «tal cosa es mala» tras un razonamiento defectuoso (puede haberse equivocado al razonar, o basar sus consideraciones en supuestos erróneos, etc.). Aquí el ético deberá buscar el error y hacérselo ver a Juan, con la esperanza de que modifique su postura. («Antes creía que tal cosa era mala, pero ahora no.»)

Esta tarea es difícil, pero no imposible. Lo que es sumamente difícil es hacerle cambiar la postura a una persona cuando su juicio moral expresa una creencia atávica, un prejuicio, un tabú. Admitámoslo: pocas veces los seres humanos estamos dispuestos a tomar distancia de lo que espontáneamente hemos llegado a considerar demoníaco o, por el contrario, divino (o de lo que nos han enseñado a considerar demoníaco o divino).

Esto lo digo porque en mi libro sobre la eutanasia dedico cuatro capítulos a analizar críticamente los cuatro principales argumentos contra la eutanasia… pero tengo la sospecha de que quien afirma que la muerte voluntaria es un crimen o, incluso, una profanación, seguirá haciéndolo por más argumentos en contra que le ofrezca. O, por dar otro ejemplo, quien afirma sin más que la persona humana comienza desde el momento de la concepción, difícilmente va a cambiar de parecer tras dialogar con un filósofo. Ni en la Biblia está escrito que la persona comienza desde el momento de la concepción, ni esa fue tampoco la posición que siempre sostuvo la Iglesia. Pero hoy es la postura que mantiene intransigentemente el Vaticano. Una postura, desde mi punto de vista, irracional, dogmática, arbitraria. Pero, como sea, una posición que termina siendo adoptada por millones de personas y que determina fatídicamente el curso de muchas políticas sanitarias.

Me parece admirable que los seres humanos tengan convicciones morales férreas; lo que me parece terrible y descorazonador es que sean (¡que seamos!) tan poco propensos a pasarle el tamiz racional a esas creencias, siquiera muy de vez en cuando. Un padre un día le dice a su hijo: «Nunca hagas esto», y es probable que ese ser, de ahí en adelante, siga ciegamente la prohibición que escuchó.

Uno toma un libro como Tótem y tabú, de Freud, y se divierte y exaspera con los ejemplos que allí se dan: que en tal o cual tribu una cosa ridícula hubiera sido un tabú, que en tal o cual comunidad primitiva algo inocuo hubiera estado condenado con rigor, etc. Y luego uno cierra el libro y se pregunta: «¿Cuánto de irracional y arbitrario habrá en muchos de los juicios morales que hoy damos por evidentes?»

Es en tales momentos cuando veo la importancia del utilitarismo, del sistema ético que examina nuestras creencias en función de su racionalidad y su utilidad. Siempre podremos discutir qué es exactamente lo útil y lo beneficioso para el ser humano, pero cuán atinado parece el preguntarse por los beneficios de nuestras valoraciones y de nuestras normas. ¡Y cuánto coraje habrá supuesto la actitud utilitarista de un Jeremy Bentham en el mundo social prejuicioso y estigmatizador de su época!

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El borrador de la Escuela de «Filo»

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Senilidad y principio ético de «acompañar sin interferir»

He sostenido varias veces en este blog que estoy en contra de la así llamada ‘eutanasia involuntaria’ o, como prefiero llamarla, eutanasia forzada, esto es, de la práctica eutanásica realizada contra la voluntad del paciente o, simplemente, sin su consentimiento.

Un caso que se presenta a menudo en la discusión es el de aquellos pacientes entrados en años, sumamente debilitados por diversas enfermedades crónicas y aquejados, finalmente, por un grado avanzado de senilidad. ¿Sería éticamente correcto practicarle la eutanasia a, supongamos, un enfermo de más de ochenta años que, por el alzhéimer que sufre, ya confunde a sus hijos con sus padres?

A partir de mi posición inicial, la respuesta que doy es clara: no, no podemos practicar la eutanasia en ese caso (o en casos similares), porque el paciente ya no puede razonar y no es jurídicamente capaz. Distinto sería el caso si el paciente del ejemplo hubiese dejado un testamento biológico, redactado cuando aún estaba lúcido, en el cual se manifestara el deseo de que se le practicara la eutanasia en caso de desarrollar un estado demencial severo. Ninguna legislación permite aún esto, pero creo que es un caso éticamente defendible.

Pero, quede claro, si el paciente no manifestó nunca antes el deseo de que se le practicase la eutanasia, llegado el caso de, para seguir siempre con nuestro ejemplo, terminar en un agudo estado senil, entonces no es éticamente lícito terminar médicamente su vida.

Entonces, ¿qué hacer en tales casos? El principio que ha de guiarnos aquí puede expresarse del siguiente modo: no podemos quitarle la vida a quien no expresó el deseo correspondiente cuando aún se encontraba consciente, pero tampoco estamos obligados a prolongarle la existencia a quien tampoco se manifestó al respecto. Si un paciente, como es el caso de la vasta mayoría de los pacientes en todo el mundo, nunca redactó un testamento biológico y ni siquiera rellenó un formulario estableciendo directivas anticipadas de tratamiento, entonces nadie tiene la obligación de mantenerlo artificialmente en vida, retrasando la llegada de la muerte natural y, así, prolongando una existencia que muchos consideran insatisfactoria. Tenemos, sí, el deber ético de acompañar a esos pacientes, de procurar que terminen sus días con el mayor bienestar posible, pero sin intervenir en el proceso, ni acelerando la llegada de la muerte, ni retrasánsola. Para decirlo de un modo aún más concreto: ni el médico, ni la familia de un enfermo con un estado avanzado de senilidad tienen la obligación de operarlo o de someterlo a un complejo tratamiento farmacológico, en caso que se le presente una nueva complicación física. Como allegados, como profesionales, como sociedad en su conjunto estamos obligados a acompañar al paciente para que termine su última fase (que podrá extenderse por semanas, meses o años) con bienestar, dignidad y sin dolores, pero, repito, así como no estamos facultados a decidir por él o ella y practicarles la eutanasia, tampoco estamos obligados a «hacer lo imposible» por mantenerlos en vida.

En síntesis, en caso de enfermos con demencia senil el principio ético en relación al cuidado  médico es: acompañar del mejor modo posible sin interferir (ni acelerar activamente ni retrasar, también activamente, la llegada del fin).

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Generaciones futuras, derechos e intereses

¿Tienen derechos las así llamadas «generaciones futuras», esto es, el amplio e indefinido conjunto de personas que aún no existen pero que muy probablemente existirán (dentro de 20, de 200, de 2000 años)?

Como soy contractualista, mi respuesta es negativa: «No, tales entidades (aún) ficticias no tienen derechos; los tendrán a su tiempo, cuando sean personas reales, actuales, como nosotros (y no potenciales).»

Ciertamente, el criterio que uso acá se aplica a otros casos, igualmente problemáticos para la ética. Así, sostengo que tampoco poseen derechos los embriones, los fetos, los neonatos, los animales y los pacientes en estado vegetativo permanente o en coma irreversible. Solo pueden ser sujeto de derecho quienes tienen la capacidad tanto de entender que tienen derechos como de hacerlos valer. Los animales no entienden qué son los derechos y menos pueden luchar por ellos. A su debido tiempo, las generaciones futuras serán personas, seres racionales de carne y hueso, y, con ello, comprenderán que poseen derechos y los defenderán.

Esto no significa que nosotros no tengamos obligaciones con los animales, los fetos, las futuras generaciones, etc. Nuestras obligaciones no se restringen tan solo a las que se derivan del respeto de los derechos de las demás personas, porque el concepto de obligación se funda en otros elementos: en los intereses y en los sentimientos (o en lo que en ética se llama intereses racionales y sentimientos racionales).

Así, por ejemplo, nuestro interés por que siga existiendo la especie humana -y que subsista en un mundo al menos no peor que el nuestro- es fuente de obligaciones concretas, como las de preservar los recursos naturales, cuidar el ambiente, etc.

Y, ¿en qué se sustenta, a su vez, nuestro interés por la continuidad de la especie? La respuesta, en esencia, es esta: nos interesa que la humanidad siga existiendo porque ese hecho es lo que garantiza el sentido de nuestra vida individual, aquí y ahora. Me explico: mi vida tiene sentido en tanto realizo actividades que, en su conjunto, se orientan a la consecución de mi proyecto de vida, de los objetivos que me he fijado para mi existencia. Ahora bien, ese proyecto de vida, esos objetivos existenciales no «flotan en el vacío», sino que están enmarcados en el mundo social, en la comunidad. Y esta, la comunidad, se dilata indefinidamente, en el espacio y el tiempo. Puede que mi objetivo de vida esté en relación tan solo con mi familia, mi barrio, mi «pequeño cosmos», pero seguramente ese pequeño cosmos se engarza con otros pequeños cosmos, hasta que se llega a la sociedad en su conjunto. Y toda sociedad se apoya en otras sociedades: coetáneas, pasadas y futuras. Si se me permite una comparación: un cuadro puede pender de un clavo firmemente incrustado en un ladrillo, pero el ladrillo depende de la firmeza de la pared y esta, de las restantes paredes de la casa.

Dudo que pueda tomar muy en serio su vida alguien a quien no le importa para nada si seguirá existiendo el mundo el segundo después de que haya muerto. Igualmente, nadie podría ser feliz si supiera con certeza que el mundo se extinguirá poco después de morir, aún disponiendo en el presente de todas las restantes condiciones para ser dichoso.

Pero, entonces, ¿es necesario suponer que el mundo nunca se acabará, que nuestra especie será eterna?

Es curioso, pero por lo general nos deja de preocupar un evento indeseable si sabemos que «falta mucho, realmente mucho, para que ocurra». Nuestra propia muerte deja de angustiarnos ni bien pensamos que aún somos jóvenes, que el fin va a venir dentro de mucho tiempo, en algún momento lejano e indefinido. Lo mismo ocurre con la desaparición del mundo. Algún día la Tierra dejará de ser habitable; el Sol, tras haber agotado el helio de su interior, se expandirá y calcinará en ese proceso los planetas más cercanos, incluyendo al nuestro. Pero como faltan tantos milenios para que eso suceda, apenas nos afecta.

Es posible que, así como tarde o temprano el hombre muy entrado en años termina aceptando la propia muerte, ya próxima, así también terminemos todos, en el futuro distante, aceptando la extinción de la especie.

Concluyo: las generaciones futuras no tienen derechos, pero las generaciones presentes tenemos deberes cuyo cumplimiento redundará -esperemos- en el bienestar de los hombres por nacer. Necesitamos confiar en que el mundo humano seguirá existiendo en el futuro, porque de ello depende nuestra capacidad actual de realizarnos y ser felices. Nuestra vida individual cobra sentido cuando la engarzamos con la de las generaciones pasadas (padres, abuelos) y las generaciones futuras (hijos, nietos). Y esa cadena de al menos cinco eslabones generacionales se ensarta, a su turno, en la cadena más grande del pasado de la humanidad y su futuro. La humanidad es aún joven y, como todos los jóvenes, le espanta la idea de su propia extinción: «sucederá allá lejos, en un punto remoto e imprecisable…»

Nota: Sin ser conscientes de ello, nosotros ahora cerramos un «ciclo existencial», porque somos las «generaciones futuras», hechas finalmente carne, de nuestros ancestros. Somos eso que otros seres, hace doscientos o dos mil años, por momentos entreveían como «los que vendrán». Así como nosotros necesitamos la expectativa de futuras personas para que nuestras vidas adquieran sentido, ellos, a su vez, requirieron esa misma expectativa (la que implicaba nuestro nacimiento) para sus existencias.

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