La gestación asistida: cuestiones éticas y legales

Un ámbito de creciente interés para la reflexión bioética es el de la gestación asistida. Las posibilidades que se abren a partir de las nuevas tecnologías (muchas aún en fase experimental) ya comienzan a plantear retos importantes para la ética, la legislación de los países de prácticamente todo el mundo y la sociedad en su conjunto.

Antes de mencionar un par de cuestiones específicas sobre el tema, me parece importante distinguir gestación de fecundación.

La fecundación es el proceso mediante el cual un óvulo se “funde” con un espermatozoide: mediante el aporte del material genético de uno y de otro gameto se sientan las bases para una nueva vida o, para decirlo de otro modo, para el desarrollo de un (eventual) nuevo ser. Si bien este proceso es relativamente breve, jamás dura tan solo un instante: en el caso de la especie humana ocupa unas 24 horas, algo muy alejado de lo que se da a entender cuando a veces se habla del “momento de la concepción”.

Luego tenemos el proceso, mucho más largo, que denominamos gestación, que normalmente se extiende por nueve meses. Durante este proceso, el organismo ya pluricelular (que llamamos embrión) se implanta en la pared del útero y se desarrolla, adquiriendo la complejidad del feto, hasta llegado al momento del nacimiento, que es cuando el nuevo ser puede comenzar a llevar una vida (relativamente) independiente de la madre.

Hay una fase intermedia entre la fecundación y la gestación que es la implantación. Una vez que el óvulo fecundado ha dado los primeros pasos y se ha vuelto un embrión, debe implantarse (o debe ser implantado exitosamente) en el útero para que comience así la gestación propiamente dicha.

Es obvio que no hay gestación sin antes fecundación, pero está claro que puede haber fecundación sin gestación sucesiva. Actualmente en el mundo hay un número enorme de embriones congelados (criopreservados) que con toda probabilidad no van a ser implantados en ningún útero y no van a desarrollarse por medio de la gestación.

Durante la década de 1980 se produjo una verdadera revolución reproductiva y sociocultural, a medida que se abrieron camino las nuevas tecnologías de fecundación. La fecundación in vitro dejó de ser una rareza para volverse una realidad casi cotidiana. De hecho, en las sociedades de ingresos medios y altos, un número importante de los niños que nacen cada año son resultado de una fecundación artificial o asistida.

Es cierto que los principales dilemas éticos que entonces planteaba y que aún sigue planteando la fecundación asistida no tienen que ver tanto con el carácter extracorpóreo del proceso, esto es, con el hecho de que la unión de las células se realice en un laboratorio, sino con la proveniencia del material genético. La donación de esperma y la ovodonación han dejado de ser una novedad incluso en países como Argentina. (De hecho, uno de cada cuatro procedimientos de fertilidad asistida en mi país resulta de una ovodonación.)

Volviendo ahora al tema de la gestación, la modalidad asistida que más discusión ha suscitado en los últimos años es la de la subrogación (también se habla de gestación por sustitución). Hoy en día, la gestación subrogada no solamente es posible, sino que es una realidad que va ganando terreno con el paso del tiempo. Un hombre, una mujer o una pareja (hetero u homosexual) pueden recurrir a una mujer para que se le implante en su vientre el embrión obtenido y geste el nuevo ser.

Ahora bien, las nuevas posibilidades que ya permite vislumbrar el desarrollo tecnológico van más allá de la gestación subrogada. Sin ánimo de ser exhaustivo, propongo la siguiente clasificación:

  • Endogestación. Dentro de esta categoría podemos incluir, en primer lugar, la gestación tradicional, esto es, la que ocurre dentro del vientre de la futura madre. La grandísima mayoría de los nacimientos en todo el mundo provienen de gestaciones tradicionales. Sin embargo, como indicábamos más arriba, cada vez va ganando más terreno otro tipo de endogestación, la gestación subrogada, la que se da en el vientre de una mujer que no tiene con la futura madre o con el futuro padre ningún tipo de vinculación erótico-matrimonial.

Antes de pasar a la siguiente categoría quisiera mencionar una posibilidad adicional dentro de la endogestación, que si bien ya es técnicamente posible, aún no se encuentra tan difundida, y es la que abre el trasplante de útero. En efecto, hoy es posible recibir el útero de una donante con el fin de gestar, dentro del propio cuerpo, el nuevo ser.

  • La segunda categoría está constituida por la ectogestación (no se habla de exogestación). Como el nombre indica, aquí nos referimos a todos los procesos de gestación que ocurren fuera de un cuerpo (humano), sea el de la futura madre, sea el del futuro padre (en caso de haber adquirido un útero por implantación) o el de una gestante en el marco de una gestación por sustitución. Si bien aún nos encontramos en una fase experimental, es muy probable que en un futuro no muy lejano la ectogestación total extra uterum, esto es, en una placenta artificial ubicada en alguna futura “sala de gestación” de nuestros hospitales, sea una alternativa a la que puedan recurrir los adultos que deseen procrear.

Claro que una forma (restringida) de ectogestación es ya posible, aquella que se da en los últimos meses de un embarazo. Hoy en día no es habitual que un feto que “nace” prematuramente complete el ciclo de gestación en una incubadora. La ectogestación, en cierta manera, va a ser una gestación a tiempo completo (y no solamente por el tiempo que quede por completar, sean las semanas o los meses finales del embarazo).

Aquí lo que urge es reflexionar sobre todos los aspectos éticos y jurídicos que plantean estas nuevas posibilidades. A medida que la gestación asistida deje de ser un fenómeno excepcional y se vuelva una alternativa que cualquier futura madre o cualquier futuro padre pueda tener en consideración, la legislación al respecto debe ser clara, amplia y moderna (digo moderna tanto en el sentido de estar al tanto de los desarrollos científicos y tecnológicos como en el de hacerse eco a los principios de una sociedad abierta y plural).

No solamente vamos a tener que reformar nuestra definición jurídica de maternidad y paternidad, sino todas las connotaciones y las valoraciones asociadas a estos conceptos.

Pero la gestación asistida nos insta tanto a reflexionar sobre el estatus de los futuros padres, como, sobre todo, a pensar acerca de cómo proteger debidamente a los distintos actores implicados en el proceso: el nuevo ser que tarde o temprano por ejemplo tendrá derecho a saber cómo ha venido al mundo; el médico y las clínicas privadas o incluso los hospitales públicos que empiecen a ofrecer esta práctica reproductiva; y los tercero que estén directamente vinculados a la gestación asistida: las personas que pongan a disposición sus vientres para gestar los hijos de otros, las personas que donen sus úteros, el personal que quede a cargo de la gestación de un nuevo ser en una placenta artificial, etc.

Publicado en Ética aplicada, bioética, Filosofía de la medicina, Filosofía del derecho | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Diario de la pandemia y de la guerra (martes, 22 de marzo de 2022)

Los peores días de la pandemia parecen haber quedado atrás. No es que el virus nos haya abandonado, ni que estemos todos debidamente inmunizados, ni que no haya casos día tras día. Es, sin ir más lejos, que las preocupaciones de la gente ahora son otras. Son, sobre todo, las consecuencias de la guerra en Ucrania.

¿Qué percibe la gente común y corriente acá en Grecia, una vez que apagó el televisor? Que ahora se necesitan hasta 100 euros para cargar el tanque de nafta, que la boleta del gas se ha vuelto saladísima, que en el supermercado todos los productos están más caros…

Mientras tanto, estamos teniendo una de las semanas más frías del invierno. Este fin de semana nevó de nuevo en el centro de Atenas (¡tres veces en un año es todo un récord para la capital!) y dicen que el frente frío va a durar al menos un par de días más. ¿Otro signo más del cambio climático, de la κλιματική αλλαγή? ¡Quién sabe! De todos modos, yo ya me empiezo a mentalizar, porque me veo venir un verano sofocante.

Todos los montes a la redonda siguen cubiertos de blanco, aunque el Pentélico y el Parnés se destacan por la cantidad de nieve que han recibido este año.

Volviendo a la pandemia, hay un par de medidas que siguen vigentes, como usar la mascarilla en los espacios cerrados, mostrar el certificado de vacunación en los restaurantes, cines y comercios, etc. Las escuelas siguen exigiendo que los alumnos realicen los famosos self-test dos veces por semana, con controles suplementarios si algún alumno de la clase o el docente resulta positivo, etc.

El número de contagios diarios sigue siendo elevado (unos 20.000). De hecho, es raro que pasen varios días sin escuchar que un conocido o un colega se contagió. También sigue siendo considerable la cifra de muertes diarias. Por ejemplo, ayer tuvimos 58 muertos, un número que apenas se ha modificado en las últimas semanas. El único dato relativamente alentador es el de las terapias intensivas: allí sigue descendiendo el grupo de pacientes que necesitan ser intubados.

Por lo que veo, la actividad normal de los hospitales se va reestableciendo y ya no hay largas listas de espera para las operaciones o los tratamientos de enfermedades que no tienen nada que ver con el covid. En efecto, los otros días se operó un conocido de la familia que tenía un problema en el esófago, y me sorprendió que le hubieran dado fecha tan rápido. Un amigo de mi suegro también tuvo que someterse a una operación de urgencia, en este caso de riñón, y no hubo mayores complicaciones.

Una cuestión que me parece importante discutir es la de la vacunación frente al nuevo giro que tomó la pandemia. No digo que vacunarse no sea importante: todo lo contrario. Vacunarse es decisivo, tanto para protegerse uno a sí mismo como para limitar la circulación comunitaria del virus. Sin embargo, con la difusión de la variante ómicron los tantos han cambiado. Basta ver los datos publicados diariamente por el Ministerio.

Hace seis meses atrás, decíamos que alrededor del 90 % de los pacientes de covid que terminaban en terapia intensiva no se habían vacunado. Hoy ese porcentaje cambió significativamente: solo el 60 % de los pacientes en estado crítico no se han inoculado. Eso quiere decir que la vacuna protege, pero no tanto. Factores como la edad del infectado y la comorbilidad juegan un rol cada vez más destacado en sus chances de recuperación. La conclusión salta a la vista: es importante vacunarse y ponerse las dosis de refuerzo aconsejadas, pero eso ya no constituye un escudo invulnerable. Los mayores de 60 no tienen que bajar la guardia, sobre todo si tienen diabetes, sobrepeso, problemas cardíacos, etc.

Publicado en Grecia, pandemia, Uncategorized, Viajes | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Diario de la pandemia y la guerra (miércoles, 10 de marzo de 2022)

Hoy es un día particular en Atenas: ¡afuera está nevando otra vez! Sí, no solamente este invierno nos trajo la nevada más impresionante de la última década, allá por enero, sino que ahora, en pleno marzo, nos castiga con una nueva tormenta blanca.

Esta vuelta el frente frío se llama Filipo, o Φίλιππος, como le dicen acá.

A diferencia de la vez anterior, ver hoy los copos de nieve cayendo vertiginosa y oblicuamente a causa del fuerte viento no me causa alegría, sino que ahonda mi abatimiento.

¡Cómo que no hay razones para preocuparse! Que nieve cada tanto en la capital de Grecia es una maravilla, pero que nieve intensamente dos veces en una estación, y para colmo después de haber pasado el verano más bochornoso de que se tenga memoria, es ya todo un indicio de que algo se salió de su curso normal.

Pienso además que no muy lejos de acá, en las calles de las ciudades o en los caminos de los bosques hay soldados que pelean, esto es, que se matan bajo esta misma nieve.

Muchas escuelas de Atenas y la región están cerradas por el temporal. Pero no se ven chicos por las calles jugando con la nieve o paseando con los amigos. El ministerio dispuso que las clases no se interrumpan, sino que se continúen de manera virtual. Pero para los chicos no es lo mismo. Es más, es una especie de castigo. Y tienen razón: la escuela es el edificio al que se va a la mañana, es el calor del aula, es el perfume de la maestra, es el movimiento alocado y dicharachero en el recreo, es el sabor de la merienda compartida con los compañeros. Ese es el nido “natural” en el que se incuba el huevo del saber, no la soledad del dormitorio.

Las clases virtuales o a distancia, τα τηλεμαθήματα, algo que fue una solución provisoria para salir del paso durante los peores meses de la pandemia de covid, se está volviendo la herramienta para afrontar la crisis climática en ciernes. Lo que era una excepción se va a volver no sé si la regla, pero sí al menos un recurso frecuente. ¿Acaso alguien me puede asegurar que no van a implementar este sistema de enseñanza a partir de este junio, o del junio del año que viene, cuando los calores vuelvan inviables las clases en el aula tradicional?

Mientras tanto, la pandemia sigue su curso. Acá en Grecia las noticias son para algunos alentadoras: todos los indicadores parecen haberse estabilizado en valores que, si bien no son óptimos, al menos dejaron de ser preocupantes.

Por supuesto, esa valoración depende de cómo mire uno la cosa. Ayer, por ejemplo, hubo unos 18.000 nuevos contagios, una cifra nada despreciable, aun cuando sepamos que el virus circula muy fácilmente por la sociedad y que, por tanto, los números reales podrían alcanzar dimensiones astronómicas. (Es raro que pase un día sin que no nos enteremos que algún conocido se contagió.) También ayer hubo 63 muertos de covid, un número significativo, si bien mucho menor que cien, cifra a la que nos habíamos acostumbrado. Donde se ve una distensión un poco mayor es en los hospitales: el número de pacientes intubados en terapia intensiva sigue bajando poco a poco, ya estamos en los 360.

El uso de la mascarilla se ha vuelto obligatorio solo en los lugares cerrados y cada vez son menos los negocios y las oficinas que exigen el certificado de vacunación en el ingreso.

Por su parte, el Gobierno griego sigue los pasos de sus vecinos europeos y aprovecha esta coyuntura relativamente favorable de la pandemia para dejar sin efecto medida tras medida. En cierto sentido, es comprensible esa decisión, ya que lo que se pretende es normalizar el funcionamiento de las distintas áreas de la economía, sobre todo del turismo, la hotelería, la cultura, etc.

Entre las boletas de la electricidad y el gas, que están por las nubes, y el flujo de turistas rusos por el momento congelado, este verano va a ser difícil volver a acercarse a los niveles alcanzados por el turismo en el pasado.

Mientras tanto, la Organización Mundial de la Salud sigue insistiendo en que la pandemia no terminó; es más, en que hay sociedades enteras que apenas están inmunizadas. Aunque resulte escandaloso, nos olvidamos de que muchos países africanos, por ejemplo, apenas han administrado un parcito de vacunas… ¡y de la primera dosis! Mientras que en los países con ingresos altos o medios ya se ha cubierto una buena parte de la población con las dosis de refuerzo, en los países más pobres aún no se ha comenzado en serio con la campaña de vacunación propiamente dicha.

Vale la pena tener presente este hecho, no solamente por la exclusión o la marginalidad inmunitaria en la que quedan relegados cientos de millones de personas (hay autores que hablan de un verdadero “vaccine apartheid”), sino porque esa injusticia global puede volvérsenos en contra. Es lisa y llanamente una irresponsabilidad que la falta de una política de vacunación global propicie el surgimiento de una nueva variante que puede ser más peligrosa que la ómicron.

Hace cien años atrás una pandemia asoló el mundo después de una guerra larga, cruel y, al fin y al cabo, inútil. Ahora una guerra que puede llegar a ser igualmente larga y cruel (dejemos de lado el tema de la utilidad que pueda tener esta contienda) da sus primeros pasos después de una pandemia mortífera.

La gran diferencia esta vez es que, si no se equivocan los cientos de científicos de primer rango que integran el Intergovernmental Panel on Climate Change, a los virus y las armas se agregará nuevo azote, el clima desbocado. Y todos seguimos viviendo como si nada, ciegos a la evidencia, sordos a las advertencias, creyendo íntimamente que tal vez todo sea un cuento de terror con un final feliz.

Publicado en Grecia, Historia, pandemia, Uncategorized | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Diario de la pandemia y de la guerra (jueves, 3 de marzo de 2022)

Por supuesto, el tema del coronavirus apenas si afloró en las conversaciones cotidianas y en las notas periodísticas de la última semana; todos estamos atentos a la situación en Ucrania, a qué está pasando en estos momentos, a qué va a pasar en las próximas semanas y a qué pasó en los últimos años en esa vasta parte del mundo, ya que no disponemos aún de una explicación clara y convincente del origen del conflicto.

Es como si hubiésemos saltado al próximo capítulo de la Historia –así, con mayúscula– sin haber concluido antes el que veníamos leyendo. El virus sigue, sigue difundiéndose, sigue mutando y matando, y estamos lejos del fin definitivo de la pandemia, si es que puede hablarse de un final nítido, como cuando aparecía escrito THE END en las cintas, ya que lo más probable es que se sumerja en un estado endémico que nos acompañe por décadas o siglos.

Vean, si no: ayer en Grecia tuvimos unos 17.000 nuevos contagios confirmados, cifra que es, a esta altura, poco representativa, porque creo que un número igual o superior de infectados se escurre de los registros oficiales.

Continúo: el número de muertos de ayer fue de 54. Se trata de una cifra nada despreciable. Sin embargo, alguien podría decir que vamos bien, teniendo en cuenta que hasta hace muy poco veníamos a un ritmo de cien víctimas por día del coronavirus. No comments.

Por último, el número de personas en terapia intensiva e intubadas bajó un escalón más y se ubicó en 400. ¿Cómo interpretar esta cifra? Depende. Mitsotakis y su entorno pueden sentirse aliviados, por ejemplo, porque ese número significa que ahora está comprometida tan solo la mitad de la capacidad hospitalaria de Grecia. Hay margen de maniobra para otra cosa, por ejemplo, para abrirle las puertas al turismo.

Disculpen si encuentran un dejo de sarcasmo en las líneas de arriba. Lo que pasa es que veo no solamente que ya nos estamos olvidando de todo lo que pasamos los últimos dos años, sino, sobre tode, que no hemos aprendido la lección.

Hemos vuelto a producir montañas de productos innecesarios, a consumir sin tasa, a movernos por el mundo sin restricciones y a explotar la naturaleza inmisericordemente, creando así las condiciones para el surgimiento de una nueva pandemia. Y esto es algo que no lo digo yo, sino los más prestigiosos virólogos y epidemiólogos.

Sin ir más lejos ni esperar a que en los próximos años surja una nueva pandemia: aún es probable que surja una nueva variante del SARS-CoV-2 que vuelva a complicarnos los tantos. Toda esta distensión mental que veo en Grecia solo se explica, creo, porque la gente ha dado por sentado que ómicron se ha vuelto la variante principal, una variante increíblemente contagiosa pero poco o nada dañina.

Por un lado, es cierto que con la expansión de ómicron las reglas del juego han cambiado. Sabemos que es importante vacunarse y estar ya bien inoculado con las tres dosis, pero sabemos también que eso no impide pescarse la ómicron y pasársela a otros. En el peor de los casos, eso significa tener que aguantarse un par de días en casa con síntomas leves, comparables a los de un resfrío o una gripe.

Tal vez aquí convenga aclarar algo: ómicron es una denominación genérica que ya incluye, al menos, tres subvariantes (BA.1, BA.2 y BA.3). Por lo que sabemos, en varios países europeos BA.2 está empezando a reemplazar a BA.1, la subvariante original de ómicron. ¿Por qué? No hay una respuesta definitiva a esa cuestión, tengo entendido. Tal vez se deba a que la nueva subvariante no se ve afectada por las defensas que adquirimos previamente, sea gracias a las vacunas que a los contagios con las variantes anteriores. (A este respecto es interesante el artículo de Ewen Callaway aparecido el 24 de febrero de este año en Nature, “Omicron sub-variant: what scientists know so far”.)

Una conjetura final: acá en Grecia la situación va a seguir más o menos igual hasta fines de marzo. ¿Por qué digo esto? Por dos motivos, porque el frío parece que va a extenderse hasta mediados de mes (así lo piensan los meteorólogos) y porque aún hay un fin de semana largo “de carnaval” por delante (el próximo sábado, domingo y, queriendo, lunes, que es Καθαρά Δευτέρα, feriado religioso que da inicio a la cuaresma ortodoxa). O sea, la gente va a seguir pasando mucho tiempo en lugares cerrados y, para colmo, usando poco y mal la mascarilla porque ¡¿quién va a festejar Απόκριες, o sea, Carnaval (o, literalmente: las Carnestolendas, como se decía antes) con tapabocas y distancia social?!

Cada uno festeja Carnaval a su modo. Mural de Páuliani, Ftiótide.
Publicado en Grecia, Historia, pandemia, Uncategorized, Viajes | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

El individualismo es el antídoto del nacionalismo

Entender cabalmente cuáles son las causas profundas que hay por debajo de la invasión orquestada por Vladimir Putin a Ucrania es una tarea sumamente ardua. Más difícil aún, me parece, es formular propuestas para que la situación no termine de desmadrarse. Sin embargo, no dejo de pensar que el nacionalismo, del tipo que sea, es un ingrediente básico de este tipo de conflictos. Me vienen ganas de elogiar el individualismo, ¡sí, el individualismo!, porque a pesar de todos los defectos que pueda tener, es el mejor antídoto contra la fiebre del nacionalismo.

Hace unos cien años atrás, en su novela La marcha Radetzky, Joseph Roth escribía:

Ya no se cree en Dios. La nueva religión es el nacionalismo. Los pueblos ya no van a la iglesia. Van a las asociaciones nacionalistas.

En la novela, estas son las palabras que le dice el conde Chojnicki a Trotta, muy poco antes de que estallara la Gran Guerra. ¡Cuánto mejor estaría el mundo si no hubiese fanatismos, ni religiosos ni nacionalistas!

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Diario de la pandemia (lunes, 21 de febrero de 2022)

Si debiera describir en pocas palabras cuál ha sido la sensación prevaleciente la semana que terminó – obviamente, acá en Grecia y en lo que hace a la pandemia–, hablaría de una fuerte tendencia a recuperar la “normalidad” perdida.

El coronavirus ya no ocupa indefectiblemente la primera página de los diarios, ni es el tema obligado de las conversaciones de pasillo, ni condiciona de un modo significativo las decisiones laborales o recreativas que tomamos.

A juzgar por la gente que camina por las calles y los parques, uno diría que el uso de la mascarilla se volvió opcional: de cada cuatro transeúntes, solo dos llevan protección, uno “como Dios manda” y el otro como un absurdo recubrimiento del mentón.

El sábado, mi esposa y yo nos dedicamos a abrir la casa de fin de semana de la familia. Cuando terminamos, eran las seis de la tarde pasadas. Como no habíamos comido, fuimos a una de las tabernas que hay en la costanera de Porto Rafti, sintiendo que ya era demasiado tarde para almorzar y demasiado temprano para cenar. Había sido un día soleado y cálido, y el local había trabajado sin descanso todo el mediodía. Los mozos estaban exhaustos, juntando fuerzas para lo que seguramente les aguardaba a la noche… Tan en otra estaban ¡que ni siquiera nos controlaron los certificados de vacunación al entrar!

De todos modos, sería erróneo afirmar que hemos borrado el virus de nuestras vidas. Cada vez que algún familiar o amigo nuestro anda con tos o unas rayitas de fiebre, lo primero que preguntamos es si no tiene covid.

Otro ejemplo: los talleres de cultura que voy a dar a partir de marzo y hasta comienzos del verano boreal van a volver a ser a distancia, no presenciales. (Creo que al menos hasta que vuelva el calor las instituciones educativas van a seguir funcionando en base a las normas del estricto protocolo sanitario.)

¿Estará en lo correcto el energúmeno de Boris Johnson al dictaminar que de ahora en más el covid es una de las enfermedades virósicas más que tenemos y que, por lo tanto, hay que abandonar todas las restricciones y todos los “tabúes”, incluso el aislamiento del contagiado de coronavirus por una semanita?

¡Cuántas veces me sucedió en el pasado, antes de la pandemia, el haber estado resfriado o engripado y, no obstante, el haber ido a dar clases por más embotada que tuviera la cabeza “así los alumnos no perdían el día”! ¿En el futuro voy a hacer lo mismo, y no solamente con el resfrío común y la gripe estacional, sino también con el covid? ¿Voy a seguir prefiriendo la productividad a la prevención?

Les confieso que no solamente la gente está tratando de recuperar la normalidad perdida, sino que yo también. Y por eso dedico cada vez menos tiempo a informarme sobre la marcha del coronavirus en el mundo y de los avances científicos y en particular farmacológicos para curar o prevenir la enfermedad. En el fondo, mi razonamiento es este: el mundo se ha vuelto tan complejo y diversificado, que no nos queda otra que confiar: confiar en que habrá comisiones de expertos en todos lados que seguirán estudiando el coronavirus por años y formulando recomendaciones para que todos adoptemos.

Esto lo digo porque a mediados de la semana pasada escuché una entrevista que le hacían a un virólogo acerca de las nuevas vacunas que han aparecido. Me refiero no a las vacunas “contra el covid” así a secas, sino a las vacunas específicas basadas en la tecnología del ARN mensajero, preparadas para contrarrestar una infección con la variante ómicron. Y el experto decía que los estudios señalaban que la protección que brindaban estas vacunas específicas no era superior al que daban las vacunas que ya conocemos. Además, aclaraba que ponerse una tercera o cuarta dosis con este tipo de vacuna “sintonizada” para atacar en particular a la nueva variante no era recomendable, ya que, como seguía circulando la delta, era mejor una protección más amplia.

¿Cuál es la conclusión de todo esto para mí? Que de ahora en más, no me es posible seguir de cerca todos los desarrollos y todas las discusiones que se dan en torno a la prevención y del tratamiento del covid, como tampoco me es posible hacerlo con los cientos de enfermedades que afectan a la humanidad. Si el coronavirus se está volviendo endémico y tarde o temprano será declarado como el origen de una virosis más de las tantas que nos azotan, y si por tanto habrá que ponerse una vez por año una vacuna para evitar el desarrollo de síntomas graves, entonces no me queda otra que fiarme.

Parece ingenuo usar el verbo fiarse en casos como estos, pero ¿no es cierto que una sociedad moderna solo puede funcionar cuando cada una de las partes deposita al menos un mínimo de confianza en la labor de las otras? ¿No confío acaso en el panadero de la vuelta cada vez que voy a comprar el pan y lo consumo sin hacerle antes análisis de calidad? ¿No confío acaso en el cardiólogo que me desaconseja consumir grandes cantidades de grasas saturadas sin leer las últimas publicaciones científicas al respecto? ¿No confío, por fin, en el meteorólogo que me advierte de los riesgos de una próxima tormenta? (Está claro que no hablo de una confianza ciega sino de una suerte de “confianza racional”, si se me permite la expresión.)

La última quincena de febrero es una sucesión de días invernales y primaverales. Foto del golfo norte de Eubea.

Dejé para el último las famosas cifras de la pandemia, ya que –para bien y para mal– no muestran ninguna novedad. Ayer domingo, para dar un ejemplo, hubo 67 muertos de covid y 471 personas intubadas. Por otro lado, los contagios oficialmente confirmados fueron algo menos de 10.000. Como salta a la vista, las curvas indican una leve tendencia al descenso. Consideradas fríamente, los números no dan pie ni para el pánico ni para la euforia, pero en nuestra percepción cotidiana, insisto, tendemos a pensar que “ya es hora de ir cerrando este largo capítulo mundial de la pandemia”.

Publicado en Atenas, Grecia, Historia, pandemia, Uncategorized, Viajes | Etiquetado , , , , , | Deja un comentario

Persona y sujeto de derecho: algunas consideraciones filosóficas y éticas

Las voces persona y sujeto de derecho, ¿son sinónimas? En principio, la respuesta parece ser afirmativa. Si un ser es persona, entonces es un ente del cual emanan los distintos derechos establecidos en la sociedad en que vive y al cual se le aplican esos mismos derechos, esto es, goza de esos derechos. De la misma suerte, si alguien es considerado sujeto de derecho, entonces también puede decirse que es persona.

Al mencionar esto estoy pensando en que muchas veces el contexto en el que aparecen esos términos es tan claro que ambos se vuelven intercambiables, sin que quede margen para malentendidos.

De todos modos, creo que hay varios matices en cada uno de los términos mencionados que sería importante tener en cuenta a la hora de emplearlos.

El primer aspecto que quisiera resaltar es que persona es un concepto mucho más difundido que sujeto de derecho y constituye el ámbito de reflexión de varias ramas de la filosofía: aparte de la filosofía del derecho y de la filosofía política, aparece en la ética, la antropología y la metafísica. En efecto, cuando nos preguntamos qué es el hombre, qué debe hacer y qué le cabe esperar, nos estamos interrogando por la persona humana.

Hablar de persona nos lleva a referirnos a otro concepto central de la filosofía y directamente relacionado, el de personalidad. Aquí hay que recordar que personalidad tiene dos significados, uno psicológico y otro filosófico. En inglés, existen dos palabras para distinguir justamente ambos aspectos: personality, que se relaciona con el primer significado y personhood, que se vincula con el segundo.

Por ejemplo, cuando decimos que un adolescente desarrolla su personalidad en sus interacciones en la escuela, la familia y el grupo de amigos, estamos utilizando el término en el sentido psicológico. En cambio, cuando nos preguntamos qué dimensiones son constitutivas de la personalidad con el fin de decidir, por ejemplo, si un feto humano o un perro son personas o no, lo usamos claramente en el otro sentido, el estrictamente filosófico.

(Para adelantarme ya a una cuestión espinosa: si alguien dice que, por ejemplo, la capacidad de emplear un lenguaje complejo con una dimensión sintáctica, otra semántica y otra pragmática es un elemento esencial de la personalidad, entonces ni los perros ni los fetos –y ni siquiera los niños antes de, al menos, los cuatro años– son personas.)

Cuando más arriba escribía persona humana para referirme al hombre en tanto ánthōpos, pensaba en otras categorías posibles de persona. Por lo pronto, podríamos llamar persona jurídica a todas las organizaciones creadas y mantenidas en vida por los hombres. Una empresa, por ejemplo, es una persona jurídica desde el momento que podemos considerarla como un agente social que realiza una serie de operaciones en el mercado y sobre la cual recaen una serie de responsabilidades.

Es cierto que, en última instancia, las personas jurídicas se pueden “reducir” o “descomponer” en las personas de carne y hueso que las han creado, que las poseen y que las dirigen. Si Juan Pérez y María García son los fundadores y dueños de la empresa X, ellos son, en última instancia, los responsables de los aciertos y de los desaciertos que puedan atribuírsele a su empresa.

Un caso distinto es el de la persona divina o Dios. Para los creyentes de cualquiera de las religiones monoteístas o politeístas, la divinidad o las divinidades son personas, es más, son personas excelsas. (Para los católicos, el diablo también sería una persona divina, aunque en extremo despreciable.)

Paso ahora a la otra expresión, a la de sujeto de derecho. Por supuesto, la expresión completa sería sujeto de derecho y de obligación. Las personas gozan de una amplia serie de derecho porque también poseen una amplia serie de obligaciones. Derecho y obligación son las dos caras de la misma moneda.

Ahora bien, en nuestro mundo moderno hemos atribuido un conjunto de derechos a seres que no solamente son incapaces de obligarse a hacer algo, sino que ni siquiera comprenden el privilegio que se les ha otorgado (por más que podamos decir que “bien se lo merecen”). Hoy en día se ha vuelto corriente afirmar que un bebé tiene derechos, que un perro tiene derechos, que una gallina tiene derechos, que un monumento histórico tiene derechos, que un biotopo tiene derechos.

Para no poner todo en la misma bolsa, conviene distinguir entre, por ejemplo, el derecho a no ser objeto de maltratos o sufrimientos gratuitos (aquí entran el bebé, el perro y la gallina) y el derecho a no ser objeto de destrucción o degradación gratuitas (el monumento y el biotopo).

En mi opinión, en ninguno de los cinco casos mencionados podemos hablar con propiedad de sujetos de derecho. Ni el bebé ni el biotopo –para ir de un extremo al otro de la lista– son sujetos en el sentido de personas. En todo caso, podríamos utilizar un término mucho más neutral y decir que son titulares de derecho; en concreto, que son titulares de los derechos a no sufrir maltratos ni destrucción.

Ahora bien, sé perfectamente que una cosa es hablar como filósofo y otra es hablar como activista. Mis amigos activistas me reprochan mi comedimiento a la hora de hablar sobre los derechos. En el fragor de la batalla política, lo sé, es mejor hablar de “los derechos de los animales” o llevar una pancarta en la que se lea “los derechos de la Naturaleza” sin comenzar a hacer disquisiciones inoportunas.

De todos modos, como este blog es una página de notas filosóficas, no me queda otra que analizar los términos usados en función de su significado filosófico. Así, estrictamente hablando no podemos decir que los bebés, los perros, las gallinas y menos aún los monumentos y los biotopos son sujetos de derechos. Claro que la expresión que nos queda disponible, la de objeto de derechos, es horrible como se la mire. Es por esta razón que hace un tiempito se me ocurrió cambiar un poco los términos. De hecho, en vez de referirme a los sujetos y los objetos de derecho, cada vez más prefiero decir agente de derecho y paciente de derecho. Pero este punto amerita un tratamiento más pormenorizado en una entrada futura de este blog.

«Todas me quieren por mi cuerpo», se lamenta la chancha de esta viñeta. Muchos griegos están a favor de los derechos de los animales pero pocos están dispuestos a cambiar su estilo de alimentación.
Publicado en Antropología, Ética animal, Ética aplicada, Filosofía del derecho, Filosofía política | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Diario de la pandemia (lunes, 14 de febrero de 2022)

El viernes de la semana pasada le comentaba a un amigo que vive en México, que hacía ya un tiempito que no oíamos de nuevos contagios entre nuestros conocidos y ni siquiera entre los conocidos de nuestros conocidos. ¡Para qué habré abierto la boca! El fin de semana nos enteramos de que al menos cinco de los compañeros de mi hija mayor resultaron positivos en el test casero que tenían que hacerse. La moraleja es que el virus sigue dando vuelta y que, tarde o temprano, nos infectaremos los cuatro en casa.

Sin embargo, a esta altura del partido el hecho de contagiarse del coronavirus se ha vuelto algo casi rutinario. No es que ya sea comparable con contagiarse de un resfrío o una gripe, pero lo cierto es que no nos quita el sueño saber tal o cual amigo o pariente se ha infectado, sobre todo si tiene las vacunas correspondientes y es joven o, al menos, si no peina muchas canas.

De todos modos, la sensación generalizada de distensión con la que comencé esta nota no es gratuita, porque las cifras que día a día publica el Gobierno muestran una leve pero continua tendencia a la baja. Por ejemplo, ayer el número de contagios se situó en los 10.000. Claro que ayer fue domingo y, como es sabido, los números son siempre más bajos los fines de semana. Pero aun suponiendo que hoy o mañana dupliquemos ese número, siempre vamos a estar muy por debajo del techo que tuvimos en diciembre.

Alguien bien puede aclarar que si el virus está volviéndose endémico, entonces los resultados de los test diarios no reflejan la realidad; es dable pensar que cada día hay miles y miles de nuevos contagios que no se declaran porque incluso ni se testean.

Como sea: lo cierto es que el número de pacientes con respiración artificial en terapia intensiva va bajando. Ayer la cifra descendió a 499, un monto sin duda importante para un país como Grecia, pero ¡¿hacía cuánto que esa cifra no bajaba la barrera de los 500?! De seguir las cosas así, calculo que para el inicio de la primavera los hospitales van a pasar del anaranjado-rojo en que están todavía al anaranjado-amarillo.

Claro que el número de muertes diarias sigue siendo alto, casi diría alarmante (ayer domingo tuvimos 75 defunciones por covid, pero los días pasados el número rozó o superó la centena). Ahora bien, este punto me lleva inevitablemente a tocar ese otro de la vacunación, porque los que mueren terminan siendo, en su gran mayoría, personas que no se habían vacunado o que no se habían vacunado con las tres dosis.

A la fecha, en Grecia solo el 71 % de la población recibió las dos dosis que antes decíamos que correspondían a la “pauta completa”. Más escalofriante es constatar que solo el 48 % de la gente tiene la vacuna de refuerzo. ¡Y eso a pesar de toda la evidencia científica! ¡E incluso a pesar de que quien después de medio año no se pone el refuerzo pierde el estatus de inmunizado y, con ello, la posibilidad de disfrutar de una vida más o menos normal!

Eso me lleva, a su vez, al tema de los controles: ¿se controla en los restaurantes, cines y comercios? Lo cierto es que sí, aunque seguramente no con toda la acribia que sería deseable. Doy un ejemplo. El fin de semana fuimos mi gente y yo con unos conocidos a una taberna de categoría “familiar” en la región de Ftiótide, a unos doscientos quilómetros al norte de Atenas. La señora que nos recibió nos pidió amablemente el certificado de vacunación a todos, grandes y pequeños, no bien nos sentamos a la mesa. Hasta ahí, todo bien. Pero cuando le preguntamos si quería ver también nuestros documentos de identidad, hizo el típico gesto de “bah, no, no hace falta”, y siguió con otras cosas.

En las zonas montañosas de Grecia siguen la nieve y el mal tiempo. Foto del parque situado a las afueras de Páuliani, un pueblito en la región de Ftiótide.
Publicado en Atenas, Grecia, Historia, pandemia, Uncategorized, Viajes | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Diario de la pandemia (7 de febrero de 2022)

Si debiera describir sucintamente la sensación generalizada en Grecia, diría: La pandemia no pasó, pero dejó de estar entre los temas candentes del día. Efectivamente, las tapas de los diarios les dan prioridad a otras noticias, la gente conversa preferentemente sobre otros temas, las preocupaciones de chicos y grandes vuelven a ser las que tenían antes del coronavirus…

Ayer charlaba, por ejemplo, con un contador que asesora a algunos comercios grandes de Atenas y me decía que este año los empresarios esperan un nuevo boom del turismo. Hay un leve optimismo en los mercados griegos (y eso que el encarecimiento de la energía, la inflación a nivel mundial y la pulseada en las fronteras ucranianas nos pone a todos los nervios de punta).

De algún modo, es como si hubiésemos hecho las paces con esta situación en la que prevalece la variante ómicron. Sabemos que el virus no se va a ir del planeta, es más, todo hace pensar que se volverá endémico como tantos otros virus que ya conocemos, y bueno, frente a ese escenario no queda otra que aceptar lo que nos toca vivir, darle para adelante y protegernos de la mejor manera posible, sin caer en un exceso de celo: para eso están las vacunas con sus respectivos refuerzos, las mascarillas, etc.

Frente a esa perspectiva, yo lo único que tendría para agregar es que aún no sabemos cuánto margen tiene el virus para evolucionar y dar lugar a una variante desconocida, contagiosa como ómicron pero tan o más patogénica que delta. Con buena parte de las sociedades más pobres del orbe aún hoy escasamente inmunizadas, es demasiado temprano para cantar gloria.

Anoche necesitábamos en casa un par de cosas para la heladera y pegué un salto a uno de los supermercaditos del barrio que están abiertos los domingos hasta tarde. A la vuelta, pasé por enfrente de la farmacia, que justo estaba de turno, y me sorprendió ver la fila de gente que esperaba en la calle para hacerse el rapid test. Uno se olvida por un par de horas, me dije para mis adentros, pero el bicho sigue abriéndose paso.

Últimamente, el Gobierno ha levantado algunas de las medidas adicionales que había tomado a inicios del invierno, cuando el número de casos se multiplicaba de una manera inaudita. Por ejemplo, ahora los restaurantes y las tabernas pueden volver a poner música (se había prohibido la música en vivo y la música de fondo para que la gente no cantara ni se viera obligada a hablar más fuerte, propiciando así la difusión del virus).

Hay otras medidas que se cumplen a medias; por ejemplo, el uso de la mascarilla. En principio, es obligatorio ponerse la mascarilla cada vez que uno sale de su casa, pero en la calle hay muchísima gente que va si protección y nadie hace cumplir la norma.

En lo que respecta al certificado de vacunación, los negocios grandes o de cierto prestigio siguen exigiendo su exhibición junto con el documento de identidad del portador. El sábado a la mañana me fui a tomar un café en uno de los bares del barrio y a pesar de que me senté en la parte de afuera, lo primero que hizo el mozo fue controlar me certificado. (Demás está decir que en los negocios chicos ya nadie exige nada para entrar y permanecer allí.)

Los guarismos epidemiológicos confirman esta sensación un poco ambigua que estoy tratando de describirles. El número de contagios diarios sigue siendo alto: con casi 11.000 nuevos infectados ayer domingo no se puede decir que las cosas vayan bien. Y doy por descontado que la cifra de contagios no declarados es mucho más elevada.

De todos modos, y acá parece estar el quid de la cuestión, sigue siendo cierto eso de que la abundancia de contagios no se traduce en casos de covid, sobre todo, en casos de enfermedad con síntomas preocupantes que requieran la internación. De hecho, en número de intubados en terapia intensiva sigue oscilando en alrededor de los 550, una cifra sin duda alta, pero que le deja al sistema nacional de salud un margen de maniobra no despreciable.

Lo que está fuera de discusión es que el número de muertos por día sigue siendo muy alto. Ayer, por ejemplo, fallecieron 95 personas y los últimos días hemos venido teniendo números parecidos.

Aclaro que, de los que se mueren, una tajada importante está formada por individuos que no se habían vacunado o que no tenían la pauta completa. De todos modos, no son pocos los que fallecen a pesar de tener las dos dosis iniciales más la de refuerzo, pero en casi todos de estos últimos casos se debe a personas con factores que los volvían vulnerables: comorbilidad, edad por sobre los 70 años, etc.

Los últimos días fueron un anuncio de la primavera. El calor llevó a que muchos bolsones de procesionarias (κάμπιες, como las llaman aquí) se abrieran, tal como se ve en la foto de abajo.
Publicado en Fotografía, Grecia, Historia, pandemia, Uncategorized, Viajes | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Diario de la pandemia (lunes, 31 de enero de 2022)

Como exclamó una conocida mía: “¡Esta semana con la nieve nos olvidamos del coronavirus!”. En efecto, la nevada histórica que cayó sobre buena parte del territorio griego, incluidas Atenas y la región, desplazó el foco de nuestra atención y de la atención mediática a las cosas buenas y malas que trajo aparejadas el fenómeno meteorológico.

El grueso de la nevada cayó el lunes pasado y desde entonces la ciudad y el país quedaron prácticamente paralizados por cinco días.

El año pasado, a mediados de febrero, también había caído una nevada impresionante. Voy a recordar por años la fecha: 16 de febrero de 2021, porque ese día, aparte de ir a jugar al parque con las chicas y de fotografiar el barrio que como nunca antes se había cubierto de un manto blanco, me puse la primera dosis de la vacuna contra el covid. Entonces había pocas vacunas y eran solo para los mayores de 80, pero como con el temporal esa franja etaria apenas podía moverse, me llamaron del hospital para que no se echaran a perder las vacunas que ya estaban listas.

Sin embargo, la nevada del invierno pasado no fue tan cuantiosa como la de este. Además, entonces siguieron un par de días de temperaturas moderadas, con lo que la nieve se derritió pronto, mientras que esta vez continuó haciendo frío hasta anteayer, con lo que la nieve tardó en irse. De hecho, aún hoy, a exactamente una semana del acontecimiento, sigue habiendo bancos de nieve incluso en las avenidas centrales de Atenas.

El Gobierno estará haciendo las sumas y las restar para determinar cuáles fueron exactamente los costos (económicos y sociales) de la nevada. En el listado que estarán barajando seguramente se encuentran aspectos como los siguientes: escuelas cerradas por, al menos, toda una semana; calles bloqueadas debido al hielo y a las ramas, los árboles, los cables y los postes tumbados por el peso de la nieve; dos días de asueto nacional (martes y miércoles) porque era literalmente imposible desplazarse de un lado a otro; rutas cortadas y autos y camiones varados en el medio de las rutas por horas e incluso días (se imaginan la fiesta que se hicieron los periodistas con la rabia de los conductores), hogares sin electricidad por varios días, etc.

Cada vez que ocurre un fenómeno meteorológico fuera de lo común como este, es natural preguntarse cuándo fue la última vez que pasó algo así. En mis ya más de doce años de residencia en Atenas, yo nunca había visto algo semejante. Ya dije que el año pasado tuvimos una nevada copiosa, pero no tan desastrosa como esta. Incluso los mayores confiesan no recordar algo igual. Pero sabemos que nuestra memoria colectiva es poco fiable; ya los meteorólogos confirmarán o descartarán nuestras conjeturas.

Lo único que tengo para agregar a la espera de los datos científicos es que este último semestre vivencié dos extremos, el verano más caluroso de que se tenga noticia (confirmado) y un invierno extremadamente frío, que aunque no haya sido el más helado de la historia griega, fue el más intenso de, al menos, la última década. ¿Casualidad? ¿O acaso una nueva muestra del cambio climático en ciernes?

Ayer domingo volvió la normalidad, sobre todo gracias al día soleado. En el fondo, el monte Pentélico aún nevado y la zona norte de Atenas

Bueno, paso ahora a la pandemia. Como se imaginarán, no hay mucho para contar, y no porque en el ínterin no haya habido malas noticias, sino porque –¿cómo decirlo?– se nos ha hecho callo el órgano receptor de las “pálidas” del covid. Ayer domingo, para que se den una idea, hubo casi veinte mil nuevos contagios. Y creo que ahora, con la contagiosidad de la ómicron, se escaparán de las redes del testeo oficial por día miles y miles de casos más.

Por otra parte, ayer volvimos a tener unos cien muertos por el virus. Y digo volvimos, porque venimos teniendo una seguidilla de esa cifra de muertes diarias.

La única noticia alentadora es que ha bajado un poco la cantidad de pacientes intubados en terapia intensiva. Durante las semanas pasadas estuvimos en los seiscientos y pico, ahora estamos rondando los quinientos y pico. Sin duda que se trata de cifras altas, pero del rojo vivo pasamos a un anaranjado oscuro, para ponerlo de algún modo gráfico.

La conclusión que uno puede extraer de estos datos es que el virus sigue entre nosotros. Es más, parece nomás que se está volviendo endémico, con lo cual de ahora en adelante lo vamos a tener por años o siglos como compañero de la evolución humana. De no surgir una nueva variante más mortífera, el virus irá contagiando una y otra vez a gran parte de la población, causando en algunos individuos síntomas leves y en otros graves, cuando no letales. Como titulaban una nota aparecida hace poco en The Lancet dos especialistas: “Omicron severity: milder but not mild”, ómicron es más suave que, por ejemplo, delta, pero no suave (a secas).

Bibliografía

Joshua Nealon y Benjamin J. Cowling, “Omicron severity: milder but not mild”, The Lancet, 19 de enero de 2022

Publicado en Atenas, Grecia, Historia, pandemia, Uncategorized, Viajes | Etiquetado , , , , | Deja un comentario