De nuevo en cuarentena (4 de marzo)

Lamentablemente, en los últimos siete días que pasaron desde mi último post la situación en Grecia volvió a agravarse. El número de contagios diarios ya supera ampliamente los dos mil, los muertos por día llegaron hasta cuarenta (o sea, casi duplicándose) y la cantidad de personas hospitalizadas aumentó preocupantemente.

Es cierto que allá por noviembre del año pasado la pandemia estuvo en su peor momento para Grecia, con más de cien muertos diarios y todos los hospitales al borde del colapso. Hoy los tantos no están a ese nivel, pero si uno ve el gráfico con la evolución mensual del coronavirus, ahora estamos ubicados en la segunda curva más alta desde que empezó la pandemia.

Mientras tanto, el gobierno estudia nuevas medidas con el fin de contrarrestar la tendencia, sobre todo para las regiones que están en rojo, como Ática. Por ejemplo, parece que no vamos a poder salir del área de nuestro municipio durante los próximos días o que las salidas para ir al supermercado o la panadería van a ser por un tiempo muy acotado.

Pero yo creo que a la gente todas esas nuevas “amenazas” ni le van ni le vienen. ¿Por qué? Porque parecen como los gritos del pastorcillo mentiroso de la fábula. Permítanme decirles lo que observo: si no hay controles y, eventualmente, sanciones, los ratones salimos de fiesta. Hace meses, repito: meses, que no veo policías de a pie, controlando, que no veo patrulleros, parando los autos para constatar que todos los que circulan tienen el permiso necesario… ¿Resultado? Lo que dice todo griego: αυτό δεν είναι λοκντάουν!, ¡esto no es “lockdown”!. Las calles están repletas de autos, los parques se llenan de jóvenes y no tan jóvenes en grupitos cada vez más numerosos, los negocios empiezan a abrir clandestinamente…

Me pregunto a qué se debe esta suerte de “descontrol”. ¿Será que la policía, en una interna que se me escapa, se le plantó al gobierno y le dijo que no quiere hacer más el rol del malo de la película frente a la ciudadanía? ¿O será simplemente que gobierno y policía ya se han cruzado de brazos y dejan simplemente que la gente haga, porque controlarla más sería contraproducente (contraproducente en el sentido de que la gente “ya no da más”, “no resiste más la asfixia”)?

Ahora bien, si lo cierto es esto último, no me cabe más que decir: el hilo se corta por lo más delgado. Porque el gobierno no controla a la gente que circula casi libremente “para que no se deprima más”, “para que no estalle”, etc., pero, por otro lado, mantiene cerrado los colegios y buena parte de la actividad económica. Y es eso mismo lo que produce una sensación de injusticia: ¿por qué no controlamos la manada de gente que camina por las calles, que toma un café en las esquinas, ya sin siquiera esconderse, o que se sienta en grupitos en los parques, alegando que “ya no es posible apretar más a estos pobres diablos”, mientras el dueño de una taberna debe quedarse encerrado en su casa desesperado, porque ve que su negocio hace meses que permanece cerrado? ¿O por qué debemos seguir manteniendo los colegios vacíos, mientras todos vemos que los chicos empiezan a juntarse en las plazas? ¿No es injusto que unos pocos deban pagar el pato?

¿O será que la idea de fondo es esta: cerremos los ojos porque nadie sabe bien cómo es la cosa, sigamos así como estamos, para bien o para mal, aguantemos un poco más, ¡paciencia!, mientras esperamos que llegue la primavera al país y se hayan vacunado los grupos de riesgo y todo el sector de los vulnerables?

Tal vez sea así, porque en estos días Grecia está llegando al millón de vacunados. Si la vacunación sigue a este ritmo, es seguro que para mayo se van a haber vacunado con al menos una dosis entre dos y tres millones de personas, con lo cual la franja “problemática” ya estaría más o menos cubierta. Y todos confiamos en que el verano va a traer un alivio, como el año pasado.

Joe Biden prometió que para mayo toda la población adulta de los EE.UU. iba a estar vacunada, sobre todo ahora que allí se aprobó el uso de la vacuna de la Johnson. Aquí no se escuchan semejantes promesas y, como creo, todos van a estar contentos si para la Pascua el número de inoculados va a rondar los más de dos millones…

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De nuevo en cuarentena (25 de febrero)

Esta semana ha vuelto a haber un rebrote de contagios en Grecia. De golpe pasamos de los mil a los dos mil infectados por día. Mala noticia justo cuando se empezaba a evaluar la posibilidad de reabrir las escuelas y los negocios a partir de la próxima semana.

Mi esposa me dice que algunos hospitales de Atenas están ya saturados de pacientes con COVID. No es que todos los ingresados vayan a parar a terapia intensiva, pero sí son pacientes que no pueden curarse solos en sus casas.

Respecto a las “camas críticas”, aquí se mantuvo la tendencia que ya señalaba la semana pasada: no ha habido saltos nefastos pero sí se mantiene el paulatino incremento del número de pacientes intubados. Estábamos en alrededor de 250, hoy la cifra gira en torno a los 350.

El número de muertos sigue estable, una veintena diaria. De esta manera, Grecia ya pasó a contabilizar más de seis mil muertos desde el inicio de la pandemia, un año atrás.

Mientras tanto, la ola de frío y nieve pasó y volvió el buen tiempo. Desde hace unos días incluso hace calor al mediodía. Deprimida o, cuanto menos, harta del encierro, la gente sale. ¿Y adónde va? Ese es el tema. Ayer salí a caminar con mis hijas. Fuimos hasta la plaza Mavili, así de paso tomábamos un helado. Obviamente, los principales bares siguen cerrados y todas las mesitas están amontonadas en los dos o tres rincones que hay en la plaza, con las sillas patas para arriba, cubriéndolas. La gente, entonces, que como nosotros va a tomar algo, opta por el “take away” y consume su helado, su café o su sándwich en los pocos bancos de la plaza o sentados unos al lado de otros en el borde de la fuente central. ¿No sería mejor, me pregunto, que los bares reabrieran sus instalaciones, por supuesto, respetando todos los puntos del protocolo sanitario, de forma que la gente tuviera un lugar para sentarse y a una distancia de al menos dos metros entre sí?

Este efecto se repite en otros sitios. El parque del Mégaro, por ejemplo, está cerrado, y tengo entendido que todos los parques vallados están cerrados, “así la gente no se aglomera”. Pero la gente quiere salir y ¿adonde va? Va a sentarse a los parques abiertos, esos de libre acceso, como el Eleftherías. Los otros días fuimos, aprovechando el sol de la tarde y estaba repleto de grupitos de adolescentes, tomando sol en la gramilla. Nos costó encontrar un hueco entre tantos jóvenes que estuviera al menos a dos metros de distancia de los demás. Nueva pregunta: si las cosas están así, ¿no era mejor que reabrieran las escuelas?

Los otros días, embargado por el optimismo, le dije a una amiga que yo pensaba que para el verano al menos el 40% de la población griega iba a estar vacunada, y se me echó a reír. Me sentí algo cohibido por mi ingenuidad y me defendí respondiéndole que no es algo descabellado: Israel, le puse como ejemplo, que tiene una población más o menos similar, ya vacunó a esa cifra. “Ah, me aclaró, pero eso es diferente; los judíos tienen plata.” Ahí dejamos el tema, pero me quedé con la sensación de que los griegos no creen que para fin de año se vaya a lograr vacunar al 70% de la ciudadanía con el objetivo de alcanzar la famosa inmunidad del rebaño. ¿Y cuál es el problema? ¿Es que los griegos y la Unión Europea no tienen tanta plata como Israel o, mejor dicho, no han priorizado la compra de vacunas por sobre todas las otras cosas, incluso pagándoles sobreprecios a las empresas con tal de inmunizar a los mayores de 18 años antes que termine este 2021?

Para ir de casa a la plaza Mavili hay que pasar por enfrente de la embajada norteamericana. Y en estos días, la bandera no flamea, sino que, por decisión de Biden está a media asta, en conmemoración de los 500.000 muertos estadounidenses por el COVID.

Por suerte, no son todas pálidas. Creo que de todas las noticias alentadoras que han circulado esta semana la mejor es que la vacuna no solamente protege al vacunado en caso de infectarse (evita que desarrolle los síntomas más preocupantes), sino que reduce las posibilidades que contagie a otros (no elimina ese fenómeno pero sí lo restringe).

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Ama, pero haz primero lo que debes…

Muchas veces me ha sucedido, mientras hablaba de cuestiones bioéticas, que mi interlocutor, que bien podría adherir a una posición progresista o liberal en este terreno, me sale en un momento con lo siguiente: “Yo no estoy tan seguro de si soy partidario de la eutanasia/el aborto/etc., porque conozco un caso…”, y a este punto se pone a contarme algo que escuchó o que vivió en carne propia. Por ejemplo: “Tengo un amigo que tuvo un accidente y quedó destrozado; tan mal estaba, que todos pensábamos que optaría por alguna forma de eutanasia. Sin embargo, en un momento, no sabemos bien cómo, se decidió por pelearla y, gracias al amor y al cuidado incondicional de sus padres, salió de terapia. Y no solamente salió, sino que todavía esta vivo y está muy bien. De hecho los otros días…”

La conclusión no dicha pero implícita es: si entonces la eutanasia hubiese estado permitida o hubiese sido fácil terminar con la vida de uno sin inconvenientes legales, entonces hoy seguramente mi amigo no estaría y ¡qué pena!.

Déjenme ponerles otro ejemplo de lo que a veces escucho: “Conozco una pareja, con hijos ya en la escuela, cuarentones tanto él como ella; en un momento se dieron cuenta de que ella había quedado embarazada por un descuido. Una de las primeras opciones que barajaron fue la de abortar. Económicamente no estaban tan bien, además ya tenían chicos grandes, la vida aparentemente hecha, etc. Y cuando están ya por decidirse por el aborto, algo les hace cambiar de opinión a los dos. ¡Y por suerte! Porque así es que ahora tienen a Fulanito, un chico sano y hermoso, el pequeño amado por los padres y mimado por los hermanos mayores, realmente la alegría de ese hogar.”

La conclusión que se desprende de la anécdota es: si hubiese sido tan fácil abortar, entonces en este momento Fulanito no existiría y sería una gran pérdida para todos.

Aquí he reconstruido dos casos posibles recordando charlas que he tenido. Mi intención no es contar ninguna historia personal e íntima. Sé que hay muchas personas que pasaron por situaciones extremas, de gran sufrimiento y lucha, y que salieron adelante gracias a esa convicción que tuvieron: lo más importante es salvar y cuidar la vida (la de un amigo enfermo, la de un esposo agonizante, la de un embarazo no buscado, etc.).

No solamente respeto todas esas decisiones, e incluso admiro y me siento a veces inspirado por esas historias, sino que en esos casos particulares, íntimos, no tengo casi nada que agregar en tanto filósofo. Así que lo que voy a escribir ahora es lo pienso una vez que tomo distancia del caso particular y trato de lograr una visión de conjunto.

Habiendo hecho esa salvedad, ahora paso al otro extremo. Porque es cierto que a veces mi interlocutor me cuenta una historia verídica de lucha y amor por la vida, pero es también cierto que otras veces me sucede lo contrario: escucho historias amargas y dolorosas debido a que una legislación anticuada y conservadora no ha permitido terminar una vida a tiempo (cuando el paciente mismo pensaba que ya era hora de abandonar este mundo) o no ha permitido realizar un aborto, con lo cual esa mujer que no quiere tener el hijo se hunde aún más en un círculo de pobreza y desesperación, etc.

Pero no quiero que aquí los árboles no nos dejen ver el bosque, como se dice. No quiero abundar en casos personales, sea que apunten para una o para otra dirección moral. Lo que me parece importante aclarar es que en sociedades como las nuestras la primera tarea del filósofo dedicado a las cuestiones éticas es la de establecer un marco normativo que establezca qué es lo permitido y qué es lo prohibido. Repito: lo permitido y lo prohibido, no lo que habría sido aconsejable en tal o cual situación particular.

Mis amigos y los lectores que de vez en cuando se dan una vuelta por este blog saben que estoy a favor de la legalización de la eutanasia y del suicidio asistido, y que he alentado la legalización del aborto, ocurrida a finales del año pasado en Argentina. Esto no significa que yo automáticamente vaya a aconsejar a un moribundo o a un paciente que le acaban de diagnosticar un cáncer incurable que solicite la eutanasia, ni tampoco que predique que el aborto es la solución de todos los males. Lo que digo, más bien, es que ambas prácticas deben estar contempladas en toda legislación moderna, por si la persona afectada considera que esa es la única salida que tiene por delante.

Claro que la tarea de la ética no consiste solamente en la señalamiento aséptica del marco normativo que divide lo permitido de lo prohibido. La ética es una disciplina con una larga tradición, de al menos 25 siglos, en cuyo seno se encuentra un rico acervo de reflexiones sobre cómo dar significado y calidad humana a nuestras existencias. La ética, para decirlo con otras palabras, también se esfuerza por reflexionar sobre las diversas formas de vida que puede adoptar el ser humano, sobre las virtudes y los sentimientos que puede cultivar, sobre los actos que hacen la vida “digna de ser vivida”.

Mucho de ustedes habrán oído la distinción entre ética normativa y ética del cuidado (o ética de las virtudes). Por más que muchas veces estos dos enfoques éticos aparezcan reñidos entre sí, yo creo que son compatibles. La ética no debe confinarse solo a la labor ardua, fría, “legalista”, de buscar criterios para distinguir lo permitido de lo prohibido, sino que, una vez realizado eso, puede ofrecer una serie de reflexiones sobre el cuidado, sobre las virtudes, sobre lo que da sentido y profundidad a la vida.

Pero a lo que sí me opongo es al esfuerzo de algunos de suplantar la ética normativa por la ética del cuidado o de las virtudes. Creer que en una sociedad como la nuestra –y, a decir verdad, en cualquier otra sociedad pasada o futura– “el amor es la receta mágica para solucionar todo” o, para decirlo con San Agustín, “ama y haz lo que quieras”, es una ingenuidad. El amor, la entrega, la dedicación, la paciencia, etc., todos estos sentimientos y virtudes implican mucho, son tal vez lo más importante de la vida, pero no lo son todo y, a la hora de diseñar la arquitectura legal de nuestra sociedad, no son lo primero. Que el amor pueda hacer milagros, es algo que nunca voy a negar, pero también voy a insistir en que no hay peor infierno sobre la tierra que el de una sociedad sin un orden legal claro, solido y liberal, esto es, basado sobre las libertades y los derechos individuales.

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De nuevo en cuarentena (18 de febrero)

Tras una semana de haberse decretado el confinamiento estricto en regiones como Ática, la medida parece surtir el efecto esperado. El número de infectados diarios no ha seguido subiendo, sino que, por el contrario, ahora oscila –según el día– entre los 1.500 y los 700. Son cifras nada despreciables, pero –al menos aparentemente– indican que la situación estaría bajo control.

Por otra parte, el número de muertes diarias también ha seguido girando en torno a la veintena. Si mal no recuerdo, ayer fueron 13 los fallecidos y anteayer, 21.

Tal vez la única cifra aún alarmante sea la de los intubados diarios. Cada día se agrega un puñado más de pacientes que necesitan la ventilación mecánica, con lo cual la curva de ocupación de las “camas críticas” muestra un ascenso, leve pero continuo.

Según lo que habían anunciado las autoridades, la cuarentena estricta va a seguir en vigor en Ática y en las restantes regiones que habían llegado al rojo al menos hasta fin de mes. Entonces se decidirá si volver o no a relajar ciertas medidas (la reapertura de los negocios minoristas, la vuelta a las clases presenciales de los chicos, etc.).

Mientras tanto, a partir del fin de semana pasado llegó a Grecia la ola de frío que venía azotando al resto de Europa. “Medea” (así bautizaron el fenómeno meteorológico) trajo nieve en cantidades copiosas, incluso en lugares en que se decía “acá ya no nieva más”. El centro de Atenas es un buen ejemplo: en los 11 años que llevo viviendo ahí nunca había caído tanta nieve. El martes amaneció toda la ciudad cubierta con un grueso manto blanco que, literalmente, paralizó la actividad laboral.

Cómo va a influir este mal tiempo en la evolución de la pandemia en Grecia y el resto de Europa es algo por verse. Tiendo a creer que en los próximos días va a volver a subir la temperatura y, al menos aquí en Atenas y los alrededores, vamos a poder volver a abrir las ventanas. El clima benigno es una de las cosas más envidiables que tiene la capital griega.

“No hay mal que por bien no venga”, me digo para mis adentros, porque la parálisis que fue consecuencia de la tormenta de nieve trajo aparejado que muchos ancianos no pudieron salir de sus casas para ir a ponerse la vacuna. Y por lo tanto, inesperadamente, me convocaron para vacunarme. (Estaba en una lista de candidatos suplentes, justamente para cubrir la eventual ausencia de alguno de los mayores.)

Así que el martes recibí la primera dosis de la vacuna de la Pfizer, la que se está administrando en el hospital en el que me había anotado como disponible.

La cosa, en sí, va bastante rápido. Hay que llenar un formulario con los datos personales (sobre todo para volver a ser contactado de acá a tres semanas, esto es, para la segunda dosis) y otro con preguntas sobre el estado de salud (si se es alérgico a algo, si se está siguiendo una terapia farmacológica, etc.). Luego, hay que esperar simplemente el turno. En mi caso, el pinchazo se retrasó una media hora porque se habían acabado las dosis ya preparadas y había que “descongelar” un nuevo frasquito para sacar de allí las seis nuevas vacunas.

Una vez dentro del consultorio, la médica responsable me volvió a preguntar si era alérgico a algo, si estaba tomando algún medicamento, etc., y, tras mis noes, la enfermera me puso la vacuna.

La única recomendación que hacen es permanecer luego en la sala de espera por unos quince minutos, en caso de que surja algún shock; mientras tanto, aconsejan hacer algunos movimientos con el brazo vacunado. Pasado ese cuarto de hora, uno ya puede irse a casa.

Simplemente para cerrar mi caso: el único efecto secundario que puedo mencionar es una molestia en torno a la zona del pinchazo, que me apareció horas después y que duró un día entero. Nada del otro mundo, como cuando uno en un descuido se golpea el hombro con una puerta y después tiene esa sensación molesta por unas horas.

A propósito de las vacunas: desde este lunes también se está inyectando en Grecia la otra vacuna, la de la AstraZeneca. El objetivo es que ahora empiece la vacunación masiva, bajando gradualmente la edad de los convocados (ahora ya se está inoculando a la franja de la población de los mayores de 75 años). Para este fin, se remodeló un inmenso predio ferial, conocido aquí como “Helexpo”, en realidad, un complejo con modernas salas de exposiciones, situado en uno de los barrios de Atenas.

Imagen de la tormenta de nieve a la salida del centro de vacunación.

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De nuevo en cuarentena (11 de febrero)

Es curioso esto de ir dando noticias una vez por semana sobre la situación en un país determinado, Grecia en este caso, porque en un par de días “la tortilla se da vuelta”. No termino de pintarles el escenario, que ya me han cambiado el acto. De hecho, ahora sí que estamos otra-vez-en-cuarentena, subrayado palabra por palabra.

¿Qué ocurrió los días pasados? Ocurrió que esa tendencia al alza de los contagios y de los ingresos en los hospitales continuó subiendo, hasta hacer sonar todas las campanillas de emergencia. Concretamente: se consolidó la tendencia de tener más de mil contagios confirmados al día, contagios que, en muchos casos, presentan síntomas que tienen que ser tratados en un hospital; no es que necesariamente haya que internarlos con ventilación mecánica en terapia intensiva, pero esta “lluvia” permanente de pacientes después de una o dos semanas pone en aprieto la “estructura sanitaria”, como se dice.

En vista de los hechos, el gobierno decidió apretar el freno y volver al “lockdown estricto”, lo que implica el cierre de las escuelas (incluso de la primaria), el cierre de los negocios que venden al por menor (con excepción de los supermercados, las farmacias y demás) y el “toque de queda sanitario” los fines de semana a partir de las seis de la tarde (durante la semana rige la prohibición, como lo venía haciendo, a partir de las nueve de la noche y se extiende hasta las cinco de la mañana del día siguiente).

Así que de nuevo en casa. Los chicos retomarán hoy mismo sus clases por Webex y los adultos que no estén ya de licencia con el goce del sueldo mínimo que les asegura el Estado deberán volver al teletrabajo.

No quiero que se lleven la impresión de que las cosas se les fueron de las manos a los griegos. Más allá del abarrotamiento que puedan estar experimentando algunos hospitales, como el famoso hospital Σωτηρίας, el especializado en enfermedades respiratorias, el resto de las cosas sigue su ritmo “normal” o “de nueva normalidad”.

Ayer a la tarde, por ejemplo, necesitaba ir a comprar un poco de elástico para unos pantalones y me llegué a una mercería que está justo al final del barrio, pasando una de las avenidas más importantes que desembocan en Atenas. ¡Qué tráfico que había! ¿Será que todos estaban desesperados por hacer sus últimos mandados ante la inminencia del nuevo confinamiento estricto?

La mercería, como todo este tipo de negocios, tenía la puerta cerrada. Golpeé y me abrió la dueña, me preguntó a la distancia de dos metros qué quería, cerró la puerta, midió el elástico, lo cortó, lo envolvió en un pedazo de papel y me lo trajo. Mientras tanto, yo ya había preparado las monedas. Pagué y me volví.

No podría decir que en los rostros de la gente hay pánico o angustia por el virus. En todo caso, lo que sale a la vista es el cansancio, el hastío y, eso sí, la preocupación económica. Al inicio de la pandemia, hace casi un año atrás, se decía que, en el peor de los casos, esto iba a ser cosa de unos tres meses, seis como máximo, y que luego la curva que dibujan los economistas iba a tomar la forma de una V. Después nos fuimos haciendo de la idea que la cosa iba para largo, que había que tener paciencia todo el 2020, que la curva en todo caso sería una W. En diciembre, cuando el anuncio de las primeras vacunas era inminente, todos empezamos a ver la lucecita al final del túnel. ¿Se trató de una ilusión óptica, de un espejismo, de una forma de autoengaño? No sé, pero está claro que la pandemia nos va a acompañar a lo largo de este 2021 y no podemos descartar que ese también sea el caso de 2022.

Como sea: acá la esperanza es que a partir de mayo la pandemia nos vuelva a dar una pausa, un respiro, tal como lo hizo el año pasado, hasta setiembre, y que cuando sea el momento de la llegada de la tercera ola, un número muy significativo de la población vacunada se encuentre ya vacunada. No es un escenario impensable, pero tampoco es sencillo. La vacunación no está yendo todo lo rápido que debería para que pueda cumplirse ese objetivo.

Por otro lado, no sabemos cuánto dura la inmunidad adquirida gracias a la vacuna de la Pfizer-BioNTech, la que se usa acá. Si por ejemplo dura ocho meses –un supuesto para nada aventurado– eso quiere decir que para setiembre/octubre, aparte de seguir vacunando a la población aún no vacunada, vamos a tener que volver a inocular a los que ya habían entrado en los primeros llamados, los de enero/febrero. ¿Vamos a dar abasto?

Mientras tanto, la famosa variante británica se difunde rápidamente por el suelo heleno. Tal vez esa sea en parte la razón de este nuevo rebrote, aparte del descuido o el relajamiento de la gente. El tiempo sigue ayudando, con temperaturas más primaverales que invernales, pero con eso no alcanza.

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De nuevo en cuarentena (5 de febrero)

Esta semana ocurrió lo que temíamos: subió abruptamente el número de contagios. De venir teniendo unas 500 infecciones diarias, saltamos al doble. Como era de esperarse, eso encendió las luces amarillas en el sistema sanitario. El problema, en sí mismo, no es el que estemos en unos mil contagios diarios, sino que ese puede ser el primer indicio de una nueva espiral ascendente de infecciones. Además, el aumento de contagios trae aparejado, con un retardo de días o semanas, un incremento en el número de las hospitalizaciones y de las muertes.

Sin embargo, no quiero pintarles una situación catastrófica. Lejos estamos de estar viviendo lo que le sucede a Portugal en este mismo momento que escribo. Acá el número de las famosas “camas críticas” en los hospitales sigue bajo y desde hace ya unas semanas las muertes diarias no superan las dos decenas.

La subida de los contagios coincidió con la reapertura de los colegios secundarios o, mejor dicho, de los gimnasios. (Una aclaración: aquí los llamados gimnasios, τα γυμνάσια, en realidad cubren los primeros años de la educación secundaria; para completar el ciclo, los chicos cursan los dos últimos años en lo que llaman el liceo, το λύκειο).

Así que desde el lunes nos encontramos con esa imagen algo contradictoria por las calles: los negocios nuevamente cerraron las puertas al público (están abiertos solo para que uno compre por teléfono o en línea y para retirar luego el producto), mientras que los gimnasios secundarios volvieron a funcionar (lo que también implica más tráfico por los transportes escolares, los padres que llevan y buscan a los chicos, etc.).

Cómo va a evolucionar la cosa en los próximos días es algo que nadie sabe a ciencia cierta. Por ejemplo, yo no pensaba que después de las fiestas de fin de año iban a reabrir las escuelas; estaba mentalizado con que teníamos que esperar pacientemente hasta después de Pascua. Pero lo que está viviendo Portugal en estas horas es un recuerdo de que las aguas, por más quietas que parezcan, pueden desbordarse en cualquier momento.

¿Será que los portugueses se confiaron demasiado en lo bien que venían sus números y por eso se relajaron en exceso? ¿Será que permitieron muy fácilmente la entrada de turistas que portaban el virus en la variante británica, aquella con la mutación Nelly, como la han bautizado, que es más contagiosa?

Mientras tanto, la buena noticia en Grecia es que reina el buen tiempo. Casi todos los días sale el sol y la temperatura viene en continuo aumento, como si la primavera estuviera ansiosa por llegar. Y eso es una buena noticia porque nos permite tener las ventanas abiertas, salir a los balcones y ventilar los espacios cerrados. Y, por lo que veo, esa parece ser la mejor medida sanitaria para prevenir los contagios. Nos pasamos meses lavando con jabón y desinfectando con alcohol las superficies, contratando a más personal de limpieza, protegiendo con plástico los alimentos… y ahora los científicos han confirmado que solo una minúscula parte de los contagios de coronavirus se da por el contacto con las superficies. Aquí les copio el enlace al artículo de la revista Nature, con datos más precisos de los que yo puedo dar.

El punto es que la trasmisión del virus se da, en la grandísima mayoría de los casos, por las pequeñas gotitas de saliva y los aerosoles que viajan de persona a persona, sobre todo en espacios mal ventilados. “Donde entra el sol…”, ya saben.

En lo que respecta a la campaña de vacunación, no tengo muchas más novedades que las que aparecen en los medios, detallando el tira y afloja entre la Unión Europea y las compañías farmacéuticas. Aquí se sigue vacunando al contingente de mayores de 80 años y al personal sanitario que aún no se ha inoculado. La cosa va lenta.

Por lo que escucho de conversaciones con algunos médicos, los hospitales públicos han debido reorganizarse bastante abruptamente para poder ofrecer el servicio de vacunación. Parte de la infraestructura y del personal están ahora destinados a la vacunación, con lo cual se ha resentido la capacidad de atender a los pacientes aquejados por todas las otras enfermedades. Porque lo cierto es que ni se ha contratado personal médico suplementario para la vacunación, ni se han alquilado sedes extrahospitalarias para ese fin. Ya se sabe, cuando la manta es corta, o nos cubrimos los pies o la cabeza…

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De nuevo en cuarentena (29 de enero)

Aquí va mi aggiornamento semanal sobre la situación en Grecia.

Lo primero que tengo para decir es que, en general, las aguas siguen increíblemente calmas. Mientras que en otras naciones europeas la cosa está al rojo vivo –pienso en Alemania, que está pensando en volver a cerrar los aeropuertos internacionales, pienso en el Reino Unido, que superó la barrera de los 100.000 muertos–, el territorio griego continúa pintado de verde. Tal vez lo único destacable sean algunas manchas amarillas que han aparecido sobre el manto verde desde anteayer, sobre todo en Ática, debido a un salto del número de contagios. De golpe pasamos a tener ochocientos contagios confirmados al día, o sea, prácticamente el doble. Sin embargo, tanto el número de muertos diarios como el total de intubados continúa siendo relativamente bajo.

¿Cómo hay que interpretar esas manchas amarillas que ahora afean el fondo verde? ¿Se trata de un fenómeno aislado y pasajero? ¿O son más bien el primer anuncio de un recrudecimiento de la pandemia?

El clima que reina Atenas es de bastante relajamiento. Las calles volvieron a tener el ajetreo de años anteriores, y solo a la noche se vacían, debido a que sigue vigente la prohibición de circulación hasta las 5 de la mañana. Los peatones también circulan libremente. Es cierto que todavía hay que enviar un SMS al 13033 antes de salir de casa, especificando el tipo de salida prevista (por ejemplo, digitando un 2 para ir al supermercado o un 6 para ir a caminar), pero uno puede mandar tantos mensajes como salidas quiera hacer. Si bien ya se me ha hecho carne esto de ponerme la mascarilla y enviar el mensaje del celular cada vez que me propongo traspasar el umbral de casa, nunca me han controlado. Lo único que puedo decir es que, como los negocios siguen abiertos y la gente puede salir cuantas veces quiera, empezó a haber aglomeraciones en las calles peatonales del centro y en las bocas de los subterráneos; y, por tanto, allí empezaron a controlar un poco más. De hecho, los otros días vi un grupito de policías merodeando la zona de Mégaro Musikís.

Los que siguen cerrados son los bares y los restaurantes de todo tipo. Días pasados daba una vuelta por Kolonaki, el barrio pudiente que está justo antes de bajar al centro, y me llamó la atención la cantidad de locales en remodelación. ¿A qué se deben tantas obras? Por un lado, me parece obvio que si el dueño de un local tenía planeado hacer modificaciones, las haga ahora, y no cuando lo habiliten para volver a abrir. Por otro, creo que se debe a todos los incentivos y subsidios económicos que se han dado en Grecia. Tal vez entonces los dueños de esos lugares no tenían previsto hacer ningún cambio en las instalaciones, pero las mejoras se volvieron una excusa para hacerse de algún dinero.

La campaña de vacunación sigue su curso, con la lentitud y las dificultades que se ven en otros países europeos. Al respecto, se me ocurre señalar un par de cosas. En primer lugar, muchos médicos y enfermeros del sector público ya han recibido la segunda dosis de la vacuna (la de la Pfizer, que es la única que circula por el momento por acá). Los otros días hablaba con un gastroenterólogo que trabaja en una clínica privada y me decía que a él ya le han dado turno para la vacuna; así que ahora se va a ir sumando el grupo de los médicos y enfermeros del sector privado. En segundo lugar, se sigue vacunando a los mayores de 80 años. Para que no se desperdicie nada, en caso de que sobren algunas dosis se convoca inmediatamente al personal policial o militar hasta cubrir la disponibilidad del día.

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Imágenes de Atenas

Una conocida empresa de comunicación empapeló la ciudad con un mensaje de agradecimiento a todas y todos aquellos que, con su esfuerzo y desde el anonimato, luchan para contener la pandemia.
Este afiche expresa el rechazo de algunos grupos a que se extienda un certificado de vacunación anti-COVID-19, alegando que ello generaría nuevas fuentes de discriminación.
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De nuevo en cuarentena (22 de enero)

Ayer los titulares de los diarios de casi todo el mundo, como no podía ser de otro modo, le daban amplio espacio a la investidura de Joe Biden y Kamala Harris. Pero si uno buscaba otras noticias relevantes del día aparecía de nuevo la pandemia. La situación sigue siendo muy difícil o incluso se complica en casi todos los países europeos, de España a Holanda y de Gran Bretaña a Italia. ¿Cómo es posible que la cosa siga marchando inesperadamente bien aquí en Grecia? ¿Será que nos está tocando un invierno excepcionalmente benigno y eso hace que las pocas medidas que efectivamente se respetan –y que cada vez son menos– surtan un increíble efecto? ¿O será que los dioses del Olimpo se apiadaron otra vez más de los helenos?

Obviamente: todo está por verse. Es probable que el rebrote de casos que esperábamos para después de las fiestas se presente más tarde de lo calculado, sobre todo teniendo en cuenta que recién el fin de semana pasado hizo unos días de frío intenso.

El fin de semana pasado nevó en Ática, aunque con menos intensidad que otras veces

Hay muchas cosas que ignoramos de esta nueva enfermedad y que posiblemente lleguemos a comprender mucho tiempo después de que haya dejado de ser una amenaza tan importante como hasta ahora. Ayer leía un artículo en Nature y pensaba cuán lejos estamos todavía de saber a ciencia cierta por qué los sistemas inmunitarios de las distintas personas reaccionan de manera tan diversa al virus: la mayoría no tiene síntomas, pero con otros el virus se ensaña ferozmente. Hay un montón de procesos biomoleculares específicos que los científicos recién ahora están individualizando. (Aquí les copio el enlace al artículo.)

Pero para volver al tema de esta entrada: las cosas en Grecia marchan χαλαρά, como se dice por acá, sin mayores obstáculos ni dificultades. Desde el lunes pasado están abiertos los negocios y ahora los clientes pueden entrar a los locales, no como la vez pasada, que había que pedir los productos desde la puerta de entrada. (En todo caso, la única molestia es que, si ya hay mucha gente dentro del negocio, hay que esperar en la cola un rato fuera, hasta que se vacíe un poco.) Mientras tanto, las escuelas primarias van a cumplir su segunda semana de clases, y se habla de extender la apertura a las escuelas secundarias y, finalmente, permitir que abran los restaurantes y bares.

¿A qué se debe tanto optimismo? Simplemente, a que los números siguen bajando, muy lentamente, es cierto, pero sin contramarchas. Las famosas “camas críticas” en terapia intensiva ya están bien por debajo del 50 por ciento de ocupación, con lo cual el margen de maniobra es bastante amplio en caso de que se revierta la situación. Muertos sigue habiendo cada día, ayer por ejemplo fueron una treintena, una cifra nada despreciable pero cuatro veces menor de la que llegamos a tener en noviembre.

La campaña de vacunación sigue su curso, pasito a paso. La única vacuna disponible por acá es todavía la de la Pfizer-BioNTech. El grupo de los beneficiarios continúa siendo el personal sanitario y el de los mayores de 80 años. No me consta que haya en general grandes inconvenientes en la vacunación, salvo que, a este ritmo, no está claro si vamos a lograr la famosa inmunidad de rebaño para de acá a diez meses, con el objetivo de evitar una tercera ola.

Alguien me preguntaba días pasados qué hacen las escuelas primarias cuando detectan casos de coronavirus. Respondo limitándome a mi experiencia personal. En la clase a la que va mi hija mayor, el padre de uno de sus compañeritos dio positivo. Obviamente, el chico dejó de ir de inmediato a la escuela. Le hicieron el test al menor y dio negativo, así que todos suspiramos aliviados y la clase continuó su funcionamiento normal. Una semana después, el chico ese terminó enfermándose de COVID y todos nos alarmamos. ¿El resultado del test había sido un caso de falso negativo? ¿O se ve que al inicio no tenía el virus y se lo terminó contagiando en la misma casa? No sé. Por lo pronto, estamos muy atentos. Igualmente, anteayer la maestra de otra clase dio positivo y, allí sí, se suspendió inmediatamente el dictado para todo ese grupo por dos semanas.

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De nuevo en cuarentena (15 de enero)

Debo reconocer que mis predicciones no se cumplieron. ¡Y por suerte! Porque a pesar de la distensión y el relajamiento generalizados que vimos antes, durante y después de las fiestas de fin de año, la curva de infectados, hospitalizados y muertos no ha variado significativamente. Hasta ahora, al menos. Lo digo porque en este terreno no hay que cantar gloria antes de la victoria. Tal vez la situación se revierta abruptamente de una semana para otra. Ya lo vimos en el pasado.

No sé si parte de la explicación de este fenómeno –del que las cosas en Grecia marchen “no tan mal” mientras que la mayoría de los países de la Unión Europea están “en rojo”– se debe a que hasta hace unos días hemos tenido un tiempo excepcionalmente benigno, con sol, temperaturas agradables y vientos leves o moderados. Por tanto, la gente pasó mucho tiempo al aire libre y pudo ventilar regularmente las casas y los lugares de trabajo.

Mientras tanto, los chicos de la primaria volvieron a las aulas. A las aulas reales, no virtuales. Obviamente, respetando las medidas que fija el protocolo: mascarilla todo el tiempo, ventanas abiertas a pesar del chiflete de frío, desinfección de los bancos cada cuarenta minutos.

Los padres nos miramos incrédulos y nos decimos unos a otros: μακάρι, να συνεχίσει έτσι, ojalá, que siga así.

Otro de los temas que nos ocupa es el de la nueva variante del virus. O sería mejor decir: de las nuevas variantes, porque está la sudafricana, está la británica y vaya a saber cuántas otras más. Acá me parece que la pregunta no es si la mutación llegó al suelo griego o no (me parecería muy raro que no fuera así). La cosa es más bien saber cuán difindida/contenida está.

Pero el tema más discutido es, seguramente, el de las vacunas. En la entrada anterior les comentaba que ya habían empezado a vacunar al personal sanitario. Desde hace unos días han empezado también con los mayores de 85 años (que acá en Grecia no son pocos). Mi suegro, que tiene 83 años, tiene que esperar al próximo llamado, que esperamos que sea en breve.

Por lo que tengo entendido, se sigue vacunando sólo con la de la Pfizer-BioNTech. Todavía no llegó la de Moderna, a pesar de estar ya autorizada.

La actitud de la gente es de lo más variada. Mientras hay un grupo que no ve la hora de que le llegue el turno de vacunarse, otros se niegan rotundamente a que le pongan la vacuna. Y esto incluso entre el personal médico. En el círculo en que yo me muevo, los primeros superan ampliamente a los segundos, pero en términos sociológicos esto no quiere decir nada.

De todos modos, dejando de lado la predisposición de la gente, lo cierto es que el número de vacunas que llegó es pequeñísimo comparado con el que sería necesario tener, si el objetivo es haber logrado la famosa inmunidad del rebaño para fin de año.

También hay un problema de coordinación en la vacunación, que podría parecer anecdótico pero que no lo es. Resulta que si un hospital descongela y abre tal o cual número de cajas y prepara las dosis correspondientes, estas deben ser inoculadas rápidamente. Pero muchas veces el número de personas esperando la vacuna para ese día termina siendo menor al de las dosis disponibles, así que, si no se quiere tirar a la basura el costoso líquido, hay que comenzar a llamar por teléfono a todo aquel que pueda querer vacunarse. ¿Hay justo un paciente en el hospital menor de 85 que quiera vacunarse? ¡Tráiganlo inmediatamente! Y, si no, a traer parientes o amigos de los vacunadores, he allí la ocasión.

Lo que no he visto hasta ahora (pero admito que puede deberse a que casi no veo televisión) es una campaña mediática de vacunación, aunque sea un video de uno o dos minutos explicando qué es la vacuna, cómo se la administra, dónde, por qué y cuáles son los efectos secundarios (que hasta ahora siguen siendo despreciables, un poco de dolor muscular en el brazo). Hay una falla en la comunicación que habría que remediar, sobre todo si queremos que la gente vaya voluntaria y masivamente a vacunarse.

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