Diario de la pandemia (lunes, 29 de noviembre de 2021)

Esta que pasó fue otra semana negra para Grecia, con muchos contagiados, hospitalizados y muertos. Tal vez la única noticia positiva –si algo puede ser positivo en este contexto– es que no hubo nuevos saltos en las curvas epidemiológicas, que parecen haberse amesetado.

Para dar una idea más concreta, ayer el número de contagios rondó los 4000 (siempre los fines de semana el número es menor que los restantes días, que últimamente registran de seis a ocho mil casos); la cifra de intubados arañó los 650 (en las peores semanas de la oleada pasada llegamos a superar los 800, umbral a partir del cual el sistema de salud ya deja de dar abasto); y la cantidad de muertos volvió a ubicarse en la centena (y, de este modo, es muy probable que hoy superemos holgadamente las 18.000 defunciones desde el inicio de la pandemia).

Debo decir que toda esta situación no ha llevado a que se tomaran nuevas medidas restrictivas, al menos para los vacunados. Ayer domingo, que hizo buen tiempo, había gente en todos lados, en los parques, en las calles del centro, en los cines, en los estadios…

Una vista de la Acrópolis desde el monte Licabeto.

Calculo que el Gobierno no descarta taxativamente un nuevo confinamiento, pero considera que esa medida es la última carta que tiene para jugar en el caso de que la situación no se estabilice y llegue a ser desesperante.

Lo que sí ha cambiado es la dinámica de los contagios. Si antes decíamos que los niños difícilmente se infectaban, hoy tenemos que reconocer que uno de cada cuatro contagios en Grecia concierne a un menor de 18 años. Eso se nota no solamente en las estadísticas, sino en la vida cotidiana de las familias con chicos. Por ejemplo, nosotros todas las últimas semanas venimos teniendo alguna que otra “sorpresa” semanal. La última fue que un compañerito de mi hija mayor de la clase de inglés resultó positivo, con lo cual tuvimos que iniciar inmediatamente el programa de rapid y self tests por una semana.

En mi opinión, la mejor noticia de los últimos días fue que la EMA, la agencia europea encargada de aprobar el uso de nuevos medicamentos, dio –¡finalmente!– luz verde a la vacuna de la Pfizer para los niños menores de 12 años (y mayores de 5). Todavía falta la aprobación final de las autoridades griegas (de la Εθνική Επιτροπή Εμβολιασμών), pero doy por sentado que van a trabajar a toda máquina en estos días para que los chicos de la primaria puedan empezar a inmunizarse antes de fin de año.

Por lo que sé, para los más pequeños se va a usar la misma vacuna que ya conocemos de la Pfizer/BioNTech, aunque se les va a administrar solamente un tercio de la dosis, tanto en el caso de la primera como de la segunda inoculación. (Tienen que ponerse las dos dosis, y luego quedará por ver si son necesarios refuerzos.)

Otro de los aspectos epidemiológicos que va cambiando es el de la composición de los pacientes en terapia intensiva. Hace unos meses, se repetía hasta el cansancio que más del 90 % de la gente que estaba mal no se había puesto la vacuna. Hoy esa cifra se sitúa en el 80 %, lo que significa que la gente que se puso las dos dosis no está del todo cubierta. Ponerse la tercera dosis, la de refuerzo, pasó a ser una recomendación más, como seguir usando la mascarilla o guardar distancia interpersonal.

Mientras tanto, llegó a Grecia el nuevo remedio para el covid, el de los anticuerpos monoclonales. Seguramente, es una buena noticia, aunque me parece que hay que ser cautos. En primer lugar, porque solo llegó un número limitado de dosis (creo que unas 2000) y, en segundo, porque no van a ser para cualquiera, sino para el grupo de pacientes más vulnerable (por ejemplo, para quienes padezcan inmunosupresión o para las embarazadas). Por lo que se escucha, aparte de tratarse de un remedio carísimo, es efectivo solamente si se toma en los primeros días de la enfermedad, no más tarde (porque poco después pierde la efectividad).

Lo último que tengo para destacar es que aquí también la flamante μετάλλαξη της Μποτσουάνα, la variante de Botsuana o, mejor dicho, la variante ómicron, nos ha hecho preocupar. Vamos a ver qué pasa. Por lo pronto, puede ser que se trate de una de esas mutaciones que finalmente no logran prevalecer, al menos en Europa. Sin embargo, toda esta historia no deja de ser un recordatorio más de que la pandemia es un fenómeno global: si no la vencemos entre todos, nadie va a quedar a salvo. Es un poco como la emergencia climática: si no cambiamos todos el modo de producción y de consumo –y ya, no de acá a otros treinta años–, nadie va a poder terminar tranquilo este siglo XXI.  

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El caso de Mario: el primer suicidio asistido en Italia

Es muy probable que en los próximos días se materialice el primer suicidio asistido en Italia. Mario (así se llama el paciente en los medios para proteger su identidad), después de una larga lucha burocrática, podrá finalmente concluir el calvario al que lo ha sumido su estado de salud, sin tener que actuar en la clandestinidad ni temer que su médico o sus allegados vayan a ser, acto seguido, procesados por la Justicia.

Hace dos años el suicidio asistido quedó despenalizado en la Península gracias a una sentencia de la Corte Constitucional, y es así como este señor de la región de Las Marcas podrá acceder a lo que tanto desea: ayuda para morir.

La resonancia mediática de este caso, que ha trascendido las fronteras italianas, se debe, por una parte, a que se trata de un hecho histórico: de aquí en adelante Italia comenzará un nuevo capítulo en lo que respecta al fin de vida de sus habitantes. Pero, por otra parte, el interés de los medios se explica por la tenacidad que pusieron Mario y sus abogados para que efectivamente se le permita realizar lo que había quedado despenalizado por la instancia superior de justicia, aunque no legalizado y ni siquiera regulado por una directiva ministerial: de no ser por ese admirable empeño, las cosas hubiesen quedado en el limbo, en el business as usual, para comodidad de los burócratas y para desgracia del enfermo.

Hago un breve excurso legal para que se entienda mejor lo que está siendo noticia en estos días.

En 2017, el abogado y activista de la Asociación “Luca Coscioni”, Marco Cappato, ayudó a Dj Fabo, un milanés de 39 años, a poner fin a sus días. Dj Fabo –su nombre verdadero era Fabiano Antoniani– era un operador bursátil que en 2014 había tenido un accidente automovilístico nefasto que lo dejó tetrapléjico y ciego. Desde entonces, su vida se convirtió en una pesadilla: su condición no solamente era irreversible, sino que se complicaba con el paso de los días. Al cabo de un tiempo maduró el deseo de ser asistido para poner punto final a esa existencia que, en su opinión, era ya insoportable.

Como en 2017 era impensable llevar a cabo un suicidio asistido en el territorio italiano, Dj Fabo pidió ser trasladado a una clínica suiza (en el país alpino el suicidio asistido es legal desde la década de 1950 y algunas clínicas privadas ofrecen este “servicio” tanto a suizos como a extranjeros). El abogado Marco Cappato se ofreció entonces a acompañar a Dj Fabo a Suiza para que se cumpliera, de este modo, la última voluntad del paciente.

A su regreso a Italia, Cappato se presentó motu proprio a la justicia, declarando haber cometido lo que entonces podía interpretarse como un delito, haber ayudado a un paciente gravemente enfermo a suicidarse, según cómo se leyera el artículo 580 del Código Penal italiano. Cappato fue dejado en libertad poco después, en medio de un gran revuelo mediático y social.

El caso de Dj Fabo y Cappato llegó entonces a la Corte Constitucional (Corte Costituzionale), de la cual emanó dos años después, esto es, en 2019, la sentencia núm. 242, conocida en Italia como “la sentenza Cappato”.

¿Qué establecía la sentencia 242 de 2019? Básicamente, dos cosas. En primer lugar, que el mencionado artículo 580 del Código Penal era inconstitucional (en el texto se habla de “illegittimità costituzionale”). De hecho, el artículo, redactado en 1930 en plena época fascista (¡toda una reliquia ideológica del gobierno de Mussolini!), era claramente incompatible con los principios establecidos por la Constitución italiana de 1948, en particular, con los artículos 3, 13, 32 y 117.  (Entre paréntesis: el artículo 580 no solamente era incongruente con la Costituzione della Repubblica Italiana, sino con la Convención Europea de los Derechos Humanos, en concreto, con los artículos 2 y 8.)

De esta manera, la sentencia de 2019 instaba a los legisladores a corregir el artículo en cuestión del Código Penal y a debatir paralelamente un proyecto que legalizara y regulara la asistencia al suicidio asistido.

En segundo lugar, consciente de que los tiempos de la política italiana son aún más largos que los de la Justicia, la sentencia fijaba cuatro condiciones para que, de allí en adelante, la ayuda al suicidio no fuera ya considerada punible:

  • la decisión autónoma del paciente debidamente informado;
  • la existencia de una enfermedad grave e incurable;
  • la presencia de sufrimientos físicos y/o psíquicos insoportables;
  • y la dependencia del paciente de dispositivos de sostén vital (respirador, sonda nasogástrica, etc.).

Por cierto, Dj Fabo satisfacía plenamente estos requisitos, con lo cual quedaba claro que el abogado Cappato estaba definitivamente libre de culpa y cargo.

La sentencia de la Corte Constitucional fue celebrada por los activistas organizados en la Asociación “Luca Coscioni” y en las muchas otras asociaciones a favor de la legalización de la eutanasia como una victoria, aunque, como pronto se vio, como una victoria parcial.

Por un lado, quedaba despenalizado el suicidio, pero no la eutanasia (lo que en la jerga jurídica se llama eutanasia activa y directa); por otro, no quedaba claro el destino de aquellos pacientes gravemente enfermos, con pronóstico infausto y víctimas de sufrimientos atroces de naturaleza física y psicológica que, no obstante, pueden seguir viviendo sin sostenes vitales (pensemos en algunos enfermos de cáncer en sus estadios finales).

Por último, y como sabemos de sobra en Latinoamérica, una cosa es despenalizar una práctica médica y otra –muy distinta– es legalizarla, esto es, regular su ejecución y poner a disposición los distintos recursos institucionales, humanos y materiales para su correcta ejecución.

Vuelvo ahora a Mario, al paciente que nos ocupa en estos días. Este señor, también de unos cuarenta años, había quedado tetrapléjico a causa de un accidente desde hacía más de una década. Tengo entendido que Mario era camionero, pero no sé si el accidente que tuvo fue durante las horas de trabajo o no. De todos modos, este aspecto no importa para la cuestión que nos ocupa: Mario, al conocer la sentencia en 2019, solicitó a la estructura sanitaria de Las Marcas ayuda para morir, ya que él satisfacía de sobra las cuatro condiciones establecidas: era plenamente consciente de su decisión, tenía una enfermedad intratable que lo sumía día a día en un estado más profundo aún de dolor y angustia, y necesitaba sostenes vitales incluso para las funciones más banales.

Y aquí inicia el otro calvario de Mario, el burocrático, porque la primera respuesta que obtuvo de la Azienda Sanitaria Unica Regionale Regione Marche fue una negativa: la estructura sanitaria regional no creía deber asistirlo en su deseo de morir, ni siquiera recetarle el barbitúrico correspondiente. (Mario pedía que se le expidiera una receta para adquirir 20 g de Tiopentone sódico y que se le diese una mano para ingerirlo.)

Fue así que Mario debió recurrir a distintas instancias hasta dar recientemente con una resolución del Tribunal de Ancona y un informe de la Comisión Ética de su región. En ambos documentos se deja en claro, una vez más, que el paciente se propone realizar un acto no punible y que las estructuras sanitarias regionales deben hacer posible el cumplimiento del deseo del interesado.

Es así como finalmente Mario, en los próximos días, podrá quitarse la vida sin que se presenten nuevas prohibiciones u obstáculos legales. (Leí que, de haber salido las cosas mal en su país, Mario tenía ya un “plan B”: hacer lo mismo que había hecho cuatro años antes Dj Fabo, ir a morir a una clínica de Suiza, de ese país, como decía Borges en “Los conjurados”, de hombres “que han tomado la extraña resolución de ser razonables”.)

Para los que nos ocupamos de bioética, el caso de Mario señala un antes y un después, el fin de una larga etapa y el inicio de una nueva fase en la que los pacientes podrán contar con más derechos. De todos modos, aún queda mucho trabajo por hacer: urge que el Parlamento italiano trate algunos de los muchos proyectos que ya se han presentado y apruebe una ley de muerte voluntaria sin más demoras. Como sostienen Maurizio Mori y Marielle Immacolato en un reciente artículo aparecido en strisciarossa.it:

«El acontecimiento muestra cuán urgente es una ley que especifique de manera simple el procedimiento a seguirse [en casos futuros parecidos a los de Mario].»

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Diario de la pandemia (23 de noviembre de 2021)

La situación de Europa está en boca de todos. Mientras que en otros continentes el coronavirus parece estar dándoles un respiro a sus habitantes, acá el bicho se ensaña (dejamos que se ensañe) nuevamente con el Viejo Mundo. Los casos han subido exponencialmente en toda la Europa central, en los Balcanes y en Gran Bretaña, y ello se ha traducido en cifras altísimas de hospitalizaciones, lo que pone a los respectivos sistemas sanitarios en un apriete.

La conclusión, como se sabe, es que algunos países se vieron obligados a reintroducir restricciones importantes (llámese cuarentena, lockdown o como fuere) y a considerar seriamente la obligatoriedad de la vacunación para toda la población (el caso de Austria es el primero en introducir esa obligación, aunque probablemente no será el único).

Grecia, con un porcentaje insuficiente de vacunados, no podía ser la excepción a la regla europea. A pesar del sistema de incentivos y de amenazas establecido ya desde el verano, hay un grupo de la población que se resiste al pinchazo, con lo cual el país ha quedado bien por debajo del 70 %. Y este déficit redunda en números pavorosos.

Para dar una idea: ayer volvió a subir el número de muertos y a traspasar la barrera de las cien defunciones diarias, algo que no sucedía desde las peores jornadas del invierno anterior. (El peor día en absoluto desde el inicio de la pandemia fue el 28 de noviembre de 2020, con el récor de 121 muertos, pero si seguimos así en cualquier momento vamos a batir una nueva marca.)

Además, el número de pacientes intubados se ubicó por encima de los seiscientos, con lo cual el nivel de ocupación de las camas más sofisticadas de las unidades de terapia intensiva supera el 75 % a nivel nacional: anaranjado tirando a rojo.

Dentro de este cuadro, la única noticia más o menos positiva (no sabría de qué otra manera calificarla) es que el número de contagios diarios se ha estabilizado en la última semana o, si se quiere, en las últimas dos semanas. Ojo, sigue alto (alto para Grecia, en todo caso): unos 8.000 casos al día, pero al menos no se llegó a los diez mil que se preveían.

Mientras tanto, el Gobierno tomó nuevas medidas para contener la situación. Desde ayer lunes los no vacunados solo pueden entrar en los supermercados, las panaderías, las farmacias y en un par de lugares más para comprar lo imprescindible (los famosos bienes de primera necesidad), pero ya no pueden ir a los restantes negocios, ni a los cines, ni a los museos, ni a los gimnasios, etc.

Debo decir que, al menos en Atenas, la medida se cumple. Hay empleados en la puerta de los negocios que controlan el certificado de vacunación de los adultos y, en el caso de los niños, la declaración jurada que afirma que al menor se le ha hecho un test recientemente y el resultado fue negativo. Un ejemplo: fui a comprar con mi hija mayor un regalo y antes de entrar al negocio la empleada escaneó el código QR de mi certificado y contrastó el nombre que le aparecía en su aplicación con el de mi documento, además de examinar el certificado impreso de mi acompañante.

Otras de las medidas que se tomaron incluyen la vuelta decidida al teletrabajo (en caso de que no sea indispensable que el empleado público o privado esté presente en el lugar de trabajo) y la ampliación de los horarios de atención al público de las oficinas y los negocios de todo tipo, con el fin de evitar la concentración de personas en las “horas críticas”.

En una entrevista reciente el primer ministro griego, Kyriakos Mitsotakis, dijo que acá no se va a seguir el modelo austríaco. Yo no estoy tan seguro de cuáles son sus verdaderas intenciones, pero creo que el gobierno no va a “tirarse a la pileta” hasta que no vea pasar antes a varios otros países europeos. Implementar una nueva cuarentena para todos y obligar los no vacunados a arremangarse tendría un costo político que, por el momento, pocos quieren asumirlo.

A mí la situación por la que está pasando Grecia y casi toda Europa me deja un sabor amargo en la boca. ¿Por qué? Porque yo, que tanto defiendo la democracia y las libertades individuales, siento como una bofetada la renuencia de millones de personas a ponerse la vacuna. Si viviéramos en una dictadura, y no quiero poner casos históricos, como la última dictadura argentina o como la última griega, sino como la dictadura china de nuestros días, Europa habría dejado atrás la pandemia. ¡Qué triste es constatar que la gente haga un mal uso de su libertad! Claro que lo que digo no es un argumento a favor de ningún sistema dictatorial. Con todos sus defectos, nuestras democracias son preferibles a las dictaduras. Es, simplemente, la desagradable constatación de que la democracia no va necesariamente de la mano del progreso.

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Mi solidaridad con los jóvenes manifestantes de Cuba

Hay tantos problemas en Latinoamérica –y son tan urgentes–, que parece superfluo detenerme ahora a considerar el caso de los jóvenes cubanos que, dentro de la Isla, luchan pacíficamente por más libertad civil, más bienestar económico y más participación política. Sin embargo, nada es superfluo, ni el reclamo de la juventud cubana, ni el de la chilena o el de la colombiana. Las cosas adquieren su verdadera dimensión cuando se las percibe dentro del contexto en que se insertan.

Por lo que sé, el lunes pasado, 15 de noviembre de 2021, debía realizarse una marcha de protesta por el centro de La Habana y no pudo llevarse a cabo porque el régimen anquilosado en el poder desde hace más de sesenta años mostró sus colmillos, una vez más.

Es indignante que la gente, joven o no tanto, lo mismo da, no pueda expresar su descontento ni hacer públicas sus propuestas para forjar un país mejor, por sentir el efecto directo o indirecto de la represión.

Y al usar el término indignante veo que me quedo corto y por eso me corrijo ahora mismo: es éticamente reprobable. Yo, que tanto me debato en el ámbito de la medicina actual por la libertad y la autonomía, en particular por la libre decisión del paciente grave e irrecuperable que quiere terminar con su vida de una buena vez, no puedo sino denunciar los artilugios –burdos, por lo demás– que usaron las autoridades cubanas desde la madrugada del domingo 14 de noviembre para hacer abortar la protesta.

Expreso, por tanto, mi solidaridad con todos los cubanos de buena voluntad que pujan por una vida más gratificante y más digna, y los insto a que sigan buscando, de manera creativa y pacífica, vías para salirse con las suyas. No hay que desesperar, gutta cavat lapidem, enseña Ovidio, hasta la roca más dura es horadada por la gota. Y menos caer en la tentación de usar la violencia. Y esto lo digo no solamente por mi adhesión al pacifismo, sino sobre todo en vista de que en las últimas décadas los regímenes autoritarios han mostrado mayor resiliencia de lo que se suponía. La experiencia de la Primavera árabe, por solo citar un ejemplo, se traduce en una exhortación inconfundible a la prudencia.

Los autoritarismos de nuestra época son como esos monstruos de las fábulas que no solamente aplastan con facilidad a sus adversarios, sino que se nutren de ellos. ¡Quién hubiese dicho allá en la década de 1990, cuando soplaban otros vientos y parecía que la democracia era una tendencia implacable que iba a rejuvenecer a todos los pueblos del globo, que poco más de veinte años después íbamos a tener que sentarnos a la mesa con un Erdogán, un Putin y un Xi Jinping, con un Al Sisi, un al-Ásad y un Saied, con un Maduro, un Ortega y un Díaz-Canel!

Pero ¡de ningún modo estoy predicando la resignación! Cuando los regímenes coartan nuestras libertades básicas, como lo son la libertad de expresión y la de organización, siempre hay maneras de seguir la lucha por otros medios, desde fuera y desde dentro del país. Ya llegará un día en que nos parezca inadmisible que unos jóvenes no hayan podido simplemente salir a protestar por las calles de La Habana vestidos de blanco y con flores en las manos, y todo debido a que están cansados de tener que hacer filas por horas para hacerse de un plato de comida o de una cajita de medicamentos, cansados de tener que cerrar la boca para no perder el trabajo, cansados de tener que agachar la cabeza para que el burócrata de turno le ponga el sello al documento que necesitan.

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Diario de la pandemia (15 de noviembre de 2021)

Los días pasados mis familiares y amigos argentinos me preguntaban alarmados, ¡¿pero qué está pasando en Grecia?! Y sí, entiendo su perplejidad, porque un país que venía llevando la pandemia –digámoslo así– relativamente bien, empieza ahora a formar parte de la lista de naciones de esa vasta región llamada Europa del Este que vuelven a ser noticia por el coronavirus. Claro que Grecia no está tan mal como otros países vecinos (Bulgaria, Rumanía y, más allá aún, Ucrania, por citar solo tres casos alarmantes), pero la situación parece estar yéndose de las riendas.

Tiro algunos datos para aclarar más el panorama: el número de contagios diarios pasó la barrera de los 8000, lo que implica un aumento del ciento por ciento respecto de la situación de hace nomás tres semanas. Ello ha venido de la mano de un aumento de las internaciones y, en particular, de los ingresos de pacientes en las unidades de terapia intensiva, complicando una realidad que, como ya decía en las entradas pasadas de este diario de la pandemia, era literalmente asfixiante.

Aclaro una cosa: no es que estemos pasando por una experiencia como la que tuvo Bérgamo o Madrid al inicio de la pandemia (afirmar tal cosa sería sensacionalismo), pero sí como la que tuvimos hace aproximadamente un año atrás, en la devastadora “tercera ola”. Aún hay camas en terapia intensiva para intubar a los nuevos pacientes, pero si se sigue a este ritmo tarde o temprano vamos a llegar al límite. A ojo de buen cubero diría que estamos en un 70 % de ocupación de camas con posibilidad de intubación. (Nota bene: 70 % a nivel nacional, porque en algunas regiones, por ejemplo en el norte de Grecia, la ocupación ya es total.)

Frente a este cuadro, es comprensible que el número diario de muertos también haya subido. Ayer, sin ir más lejos, hubo 80 defunciones. ¡Y pensar que yo hace un tiempito calculaba que podíamos tener 50 muertes diarias y eso me parecía exagerado!

¿Cuál es la causa principal de la profundización de esta cuarta ola? La de siempre: la negación de cientos de miles de personas en todas las franjas etarias a vacunarse. No quieren ponerse la vacuna porque se han intoxicado con teorías conspirativas de lo más ridículo o porque, sin ir tan lejos, prefieren aceptar el riego, repitiendo el consabido “vas a ver, a mí no me va a pasar nada”.

A mí este último grupo me recuerda a las personas que manejan a toda velocidad sin usar el cinturón de seguridad y con unas copas encima, justificándose con el “¡cuántas veces lo he hecho y no me pasó nada!”.

No obstante, en las estadísticas se va consolidando la presencia de un nuevo grupo, el de los mayores con diversos trastornos crónicos que se han puesto las dos dosis de la vacuna, pero hace ya más de seis meses. ¿Qué significa esto? Que haber hecho bien los deberes a comienzo de este año no alcanza: la tercera dosis o dosis de refuerzo es sumamente necesaria, y esto vale sobre todo para ese grupo tan vulnerable que es el de los mayores de 60 años con comorbilidad.

Y ya que estamos hablando de terceras dosis, les cuento que el viernes pasado me tocó el turno a mí. Llegué al hospital que me correspondía, me hicieron pasar sin más demora, una médica me preguntó primero si había tenido alguna complicación tras las dos primeras dosis (obviamente, no) y luego, en el consultorio de al lado, la enfermera me dio el pinchazo, esta vuelta en el brazo derecho. Por cierto, la vacuna empleada fue la de la Pfizer-BioNTech. Después esperé el cuarto de hora reglamentario “por si acaso” y, cumplido el plazo me volví a casa, esta vuelta sin selfi ni euforia, como había sido en el febrero pasado.

En el consultorio/vacunatorio de la derecha se leía «Johnson & Johnson», en el de la izquierda «Pfizer». En los asientos de la sala no había ni diez personas esperando.

Mientras esperaba que pasaran los quince minutos, llegó una mujer de unos cuarenta años, acompañada por su mamá, para ponerse la vacuna… No la tercera dosis, sino la primera. (Deduzco que las preocupantes cifras que arrojan día y noche los noticieros la terminaron de convencer; ¿o tal vez había cedido a los ruegos de la madre?.)

Mientras tanto, cuento los días para que la Unión Europea habilite la vacunación a los menores de 12 años. Esto lo digo no solamente porque esta cuarta ola empieza a afectar a un gran número de niños, sino por algo sin duda más banal: porque mi esposa y yo nos cansamos de hacerles test a las niñas, los que necesitan para ir a la escuela, para ir a las actividades extraescolares, para ir al cine los fines de semana, etc.

Les doy un ejemplo concreto: ayer fue la Maratón de Atenas, la que se celebra todos los años. Normalmente, yo voy con mis hijas caminando un par de quilómetros hasta el estadio olímpico, aquí le llaman Kalimármaro, donde está la meta. Esta vuelta no pudimos entrar al antiguo estadio porque no tenía conmigo los certificados de las chicas del día anterior. Un descuido mío, sin duda, pero para mí una razón más para ponerles a las chicas las vacunas no bien llegue la hora y olvidarnos del asunto.

Esta vez la entrada al Kalimármaro era solo para los que tenían el certificado de vacunación o de un test reciente.

No quiero sonar chabacán: claro que la molestia y el costo que implican los “self test” y los “rapid test” para mis hijas son despreciables habida cuenta de la situación nacional y mundial. La razón principal para vacunar a los niños es otra, no me cabe duda: la de protegerlos también a ellos de una eventual complicación. Es cierto que la probabilidad de que un niño termine enfermándose gravemente de covid es reducida, pero no despreciable; además, es mucho más grande la chance de que un menor termine convirtiéndose en paciente con COVID-19 persistente (o “long covid”), una categoría que con frecuencia no aparece en las estadísticas pero que no por eso carece de importancia.

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La legalización de la eutanasia en Latinoamérica: ¿qué se ha hecho y qué queda por hacer?

La eutanasia es la práctica médica por medio de la cual el profesional de la salud acelera la llegada de la muerte del paciente gravemente enfermo, sin posibilidad de sanación y víctima de sufrimientos atroces de naturaleza física o psicológica, tras la solicitud informada, madurada y reiterada del mismo enfermo jurídicamente capaz.

Todas estas condiciones deben estar dadas para que podamos hablar de eutanasia:

  • la existencia de una o más enfermedades graves e incurables;
  • la presencia de dolores físicos y/o de sufrimientos psicológicos intratables;
  • y, por último, la decisión consciente del paciente mayor de edad.

¿En qué consiste un acto eutanásico típico? Ante todo, el médico y el paciente convienen un lugar y un día apropiados. Esto le da tiempo al enfermo de prepararse física y psicológicamente para la llegada de ese momento que, a causa de la enfermedad que lo degrada, tanto ansía. Arribada la hora (el paciente puede estar en su casa o en una habitación especial del hospital en que estaba siendo tratado, puede estar acompañado de algún ser querido, etc.), el médico le inyecta un barbitúrico, o sea, una sustancia como el pentobarbital. Inmediatamente después, el paciente entra en un sueño profundo y tranquilo en el que puede olvidarse de todos los dolores y de todas las angustias que lo agobiaban. Mientras los presentes siguen junto a la cama del moribundo, el remedio continúa actuando en el organismo enfermo, puntualmente: continúa relajando todos los músculos del cuerpo, inclusive los del corazón y la caja toráxica, hasta que los órganos vitales dejan de funcionar. En la mayoría de los casos, este proceso dura una media hora. El final de ese plazo, la persona ha fallecido y el médico puede extender el certificado de defunción.

Algunas sociedades permiten el acto eutanásico, pero debido a ciertos pruritos morales, establecen que el médico no debe inyectarle la sustancia al paciente, sino solamente limitarse a preparársela, disolviendo el barbitúrico en un vaso de agua. El enfermo mismo debe entonces llevar a cabo el paso final y beber de su propia mano el líquido. Los efectos que sobrevienen son exactamente los mismos: el sueño, el estado de coma profundo, la relajación muscular total y la muerte tranquila.

A este último tipo de práctica se la conoce en bioética como suicidio asistido. En realidad, tanto la eutanasia directa y activa del primer ejemplo como el suicidio asistido del segundo caso constituyen dos modalidades de la asistencia a la muerte voluntaria, que es la denominación que yo prefiero utilizar por considerarla precisa y, a la vez, libre de connotaciones innecesarias.

En realidad, la asistencia a la muerte es tan vieja como la civilización misma. No es casual, entonces, que el término eutanasia, euthanasía, un derivado de eu-thánatos –que significa, literalmente, ‘buena muerte’ –provenga de la Grecia antigua. Ya los griegos y luego los romanos habían reflexionado sobre el carácter moral de la ayuda a la muerte y, en algunos casos, la habían practicado.

En nuestras sociedades, la asistencia a la muerte voluntaria se volvió una cuestión crucial y recurrente a principios de la década de 1990. Por un lado, el debate académico y público se encendió tanto y, por otro, el reclamo de los pacientes incurables y sus allegados adquirió tal fuerza, que algunas sociedades dieron los primeros pasos hacia la despenalización o, directamente, la legalización de la muerte asistida. El primer caso exitoso se dio en el estado norteamericano de Oregón, que legalizó el suicidio asistido en 1997, seguido pocos años después por los Países Bajos, que aprobaron e implementaron ambas modalidades, la del suicidio asistido y la eutanasia, a comienzos del nuevo milenio.

Desde entonces, el número de sociedades que ha legalizado la asistencia a la muerte voluntaria no ha dejado de crecer. Es cierto que aún son contados los países o las regiones dentro de los países federales que pueden incluirse en la lista de sociedades que permiten esta práctica médica, pero la tendencia de los últimos veinte años es inconfundible. Cada vez son más los países que legalizan la asistencia a la muerte voluntaria o que, al menos, despenalizan esa práctica; paralelamente, cada vez es mayor el sector de la población que considera que la ayuda a la muerte es una cuestión de suma importancia que merece ser tratada sin más demora por los legisladores.

¿Por qué la asistencia a la muerte voluntaria se ha vuelto un tema de primer orden en el mundo occidental? En mi opinión, por la conjunción de dos factores igualmente importantes.

En primer lugar, la posibilidad de decidir cuándo y cómo quiero morir es uno de mis derechos fundamentales como ciudadano. Así como nadie está facultado para impedirme vivir del modo en que quiero, siempre que mi decisión sea responsable, del mismo modo nadie debería impedirme morir del modo que he elegido, sobre todo cuando los años o los meses finales de mi vida se han convertido en un calvario a causa de la enfermedad, el deterioro físico y mental y, sobre todo, el sufrimiento que todo esto acarrea.  

En otras palabras, la asistencia a la muerte voluntaria cada vez se entiende más claramente como lo que es: una de las libertades básicas con las que contamos en tanto integrantes de un orden político moderno y democrático, una libertad parangonable a la de la libre expresión de las ideas o a la libre elección vocacional.

El segundo factor que quiero resaltar es el de la medicina o, para ser más exacto, el papel que desempeña la medicina en la fase final de la vida de las personas. Antes, la muerte era representada como una señora vestida de negro y armada con una guadaña con la que cercenaba la vida de sus víctimas de un modo implacable y veloz. En nuestras sociedades, en cambio, la muerte cada vez va perdiendo más y más ese carácter de imprevisibilidad y repentinidad. Morir se ha vuelto un proceso largo, tortuoso y más o menos predecible. Para usar un término caro a los bioéticos: la muerte contemporánea se ha medicalizado. Con los soportes vitales con que hoy contamos en nuestros hospitales, en muchos casos la muerte es la simple consecuencia de dejar de mantener artificialmente en vida a un paciente. En síntesis, la muerte ha dejado de ser un acontecimiento imprevisible y repentino para convertirse, nos guste o no, en el fruto de una decisión.

El progreso de la medicina, para que sea loable, debe ir de la mano de ese otro progreso que constatamos en la esfera ética y jurídica, el de la extensión progresiva de los derechos individuales.

Sin lugar a duda, la realidad latinoamericana es diferente de la europea o la norteamericana. Por encontrarse en el medio de los extremos marcados por el desarrollo y el subdesarrollo, Latinoamérica comparte aspectos de eso que un tiempo se llamaba el Primer y el Tercer Mundo. Hay una franja de la población sumida en una pobreza injustificable, al tiempo que los sectores medios y altos tienen formas de vida que son, al fin y al cabo, comparables con las de un español o un canadiense medios. Es por esta razón que la asistencia a la muerte se ha vuelto, también entre nosotros, una cuestión candente. También entre nosotros la muerte se ha medicalizado, a la vez que sigue ampliándose la conciencia de nuestras libertades y posibilidades de elección.

Lo que he tratado de hacer en estas líneas es tan solo esbozar algunas de las cuestiones bioéticas centrales que implica la asistencia a la muerte voluntaria. De todos modos, sabemos que “del dicho al hecho hay mucho trecho “y que “el diablo se esconde en los detalles”. Una cosa es la discusión abstracta sobre principios, y otra la realidad concreta que viven los profesionales de la salud y los enfermos. Lo que sucedió días pasados con la señora Martha Sepúlveda en Colombia nos muestra inconfundiblemente cuán importante es, más allá del debate filosófico, contar con una la legislación clara y realista en materia de final de vida. Les deseo por esto una discusión fructífera esta tarde en la que puedan vislumbrar cuál es el camino a seguir y cuáles son los atajos a evitar en nuestros países con el objetivo de que cada uno pueda concluir su vida del modo que considere acorde con su cosmovisión.

Un último aspecto, ya que se habla tanto del catolicismo latinoamericano. La asistencia a la muerte voluntaria, ¿es incompatible con la religión? La respuesta es no, no necesariamente. Por supuesto, si vamos a entender por religión la adopción sumisa de doctrinas atávicas emanadas de alguna autoridad eclesiástica, entonces sí. No obstante, la muerte asistida, si se lleva a cabo observando las condiciones que veíamos más arriba, constituye un acto racional, y la racionalidad no tiene por qué estar reñida con la religiosidad. Es perfectamente posible llevar una vida intensamente espiritual, al tiempo que guiada por los principios prácticos que establece el uso de la razón.

Hasta aquí lo mío. Muchas gracias por su atención y mis mejores deseos para esta tarde.

Marcos G. Breuer, 5 de noviembre de 2021

(Se trata del texto que leí en el conversatorio organizado días pasados por el Nodo Córdoba de la RedBioética.)

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Diario de la pandemia (lunes, 8 de noviembre de 2021)

Los últimos días el coronavirus nos tuvo a mi familia y a mí particularmente en vilo, porque nos enteramos por la escuela de que uno de los compañeritos de mi hija mayor había dado positivo y estaba enfermo de covid (tenía los síntomas conocidos, sin que llegara a ser nada grave). Antes, el protocolo sanitario establecía que si un chico daba positivo, toda la clase debía cerrarse por dos semanas. Ahora la orden es distinta: la clase no se cierra, solo el contagiado se queda en casa, el resto solo debe someterse diariamente a un test, durante una semana (no dos).

Así que el sábado fuimos a un laboratorio de análisis para que les hicieran a la mayor y, de paso, a la menor un “rapid test” (el primero y el último de la serie de test deben ser “rapid” y estar hechos en un hospital o laboratorio, los restantes son los conocidísimos “self test” que desde hace meses venimos haciendo regularmente en casa).

Ya en la fachada del inmenso laboratorio, nos sorprendió no solo la longitud de la cola delante del box blanco instalado desde el inicio de la pandemia, sino la presencia de extranjeros: para salir del país o, más precisamente, para salir de la Unión Europea se necesita un certificado válido de un centro de análisis que contenga la ansiada palabrilla: αρνητικό (negativo).

No es la primera vez que un compañerito de mis hijas resulta positivo, pero sí desde la vuelta a clases en esta última fase de “nueva normalidad”.

A decir verdad, la noticia no nos sobresaltó, y ni siquiera nos sorprendió. Creo que hemos aceptado el hecho de que el virus llegó para quedarse y que, por tanto, se volverá endémico, lo que significa que, tarde o temprano, todos nos terminaremos contagiando. Lo importante no es eso, sino el que nos agarre preparados, es decir, vacunados, con las defensas necesarias.

Para mí, la “moraleja” de esta historia es la necesidad de que se vacunen también los niños. De hecho, en casa no vemos la hora de que la Agencia Europea de Medicamentos, primero, y la Εθνική Επιτροπή Εμβολιασμών (la Comisión Nacional de Vacunación), segundo, den la luz verde para empezar la inoculación de los más pequeños.

Lo que me pregunto es si, cuando estemos todos vacunados, grandes y pequeños, seguiremos usando la mascarilla. Ayer domingo fuimos a visitar la pinacoteca de Atenas recientemente inaugurada, después de diez años de cierre por trabajos de remodelación. Tanto el moderno edificio que han construido y que engloba con su estructura vidriada al antiguo, como las exposiciones permanentes que volvieron a salir a la luz después de una década de intervalo ameritan una visita. Pero el espectáculo realmente digno de atención era el del público: de acá a unos años, ¿seguiremos viendo salas llenas de visitantes tapados por mascarillas? ¿O todo esto será una rareza digna de ser capturada por una foto?

Vista de la ciudad de Atenas (el hospital «Evangelismós», el barrio Kolonaki y el monto Licabeto) desde el tercer piso de la flamente pinacoteca.

Mientras tanto, la situación en Grecia sigue el derrotero, para nada alentador, que ya indicaba en las entradas anteriores. En efecto, la semana pasada volvió a subir una vez más –¡sí, una vez más!– el número de contagios diarios, hasta superar la cifra de 7000 casos, algo inaudito en estas latitudes. Lamentablemente, también escaló el número de internaciones y de intubaciones, con lo cual el sistema nacional de salud empieza a colorearse de anaranjado.

Todo hace pensar que esta tendencia se va a mantener e, incluso, profundizar en las próximas semanas. Llegará un momento, me temo, en que tengamos 10.000 casos diarios y en que los hospitales vuelvan a estar abarrotados por el ingreso continuo de pacientes con covid. Sin duda, el 90 % de esas internaciones va a ser de personas que, por desidia u ofuscación, no se habían vacunado.

Claro que la culpa no la tienen siempre los ciudadanos de a pie reacios a vacunarse, sino algunos médicos irresponsables. Los otros días una mujer embarazada murió de covid porque su ginecólogo le había dicho que no había que vacunarse durante el embarazo. ¿De dónde sacó esa información el mentecato ese? Por suerte, el bebé pudo nacer y está bien. Lo lamentable es, aparte de la muerte de la paciente, que no se ha tratado del único caso.

Mientras tanto, se ha abierto la plataforma para que todos los mayores de 18 años se registren con el fin de ponerse la dosis de refuerzo. Yo me anoté este fin de semana y fijé mi turno para el próximo sábado. (Esto también implica la nueva normalidad: el vacunarse regularmente contra el coronavirus, tal como lo hacemos contra la gripe y tantas otras cosas.)

Por si a alguien le interesa: hasta la semana pasada se habían puesto la tercera dosis unas 400.000 personas en Grecia, algo así como el 5 % de la población, si uno excluye a los bebés.

Un último punto: por lo que vengo escuchando, el mejor tipo de vacunas de refuerzo son las que usan la tecnología basada en el ARN mensajero (mRNA, como dicen en inglés). ¿Por qué? Porque así el sistema inmunitario se especializa en combatir la proteína del virus denominada espícula («spike»), el arma de ataque del SARS-CoV-2, sin distraerse con los adenovirus o los coronavirus desactivados que entran en el organismo con las demás vacunas (ejemplo, la AstraZéneca para el caso de los adenovirus, la Sinopharm para el de los virus desactivados).

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Diario de la pandemia (1 de noviembre de 2021)

En los días que pasaron, la pandemia ha seguido el curso anticipado por los epidemiólogos. Este triunfo de la predicción científica no se traduce en una buena noticia para los medios: significa, ni más ni menos, que la curva de contagios ha seguido aumentando (y que, de no mediar un milagro, lo seguirá haciendo).

De hecho, hace unos días Grecia superó la barrera de los 4.000 casos diarios, algo que no sucedía desde los peores momentos de las oleadas anteriores.

Curiosamente, algunas de las ciudades y regiones del centro y norte del país, que se cuentan entre las más desarrolladas económicamente, son las que exhiben los números más colorados.

No tengo datos precisos, pero esto indica que no es factible establecer a la ligera un vínculo directo entre nivel de pobreza y número de contagios. Hay factores culturales que son determinantes. Por poner un simple ejemplo: el fin de semana una pareja conocida me contaba que la madre de ella, una anciana de más de ochenta años, se niega a vacunarse porque, devota como es, sigue al pie de la letra la prédica del pope de su iglesia, que dice en sus homilías que la vacuna es algo innecesario, cuando no directamente diabólico.

Lógicamente, el incremento de contagios viene de la mano del aumento de personas internalizadas. Los otros días leía una entrevista al director de un hospital del norte de Grecia que decía sin ambages que ya no tienen camas libres en la unidad de terapia intensiva y que han empezado a usar el quirófano para poner a los pacientes que necesitan urgentemente intubación. Esto supone, por cierto, un esfuerzo extra para el personal sanitario, que se ve desbordado. (Y, para que no quede nada en el tintero, agrego yo que esto supone también un esfuerzo extra para los habitantes de la región, que ven cómo una vez más sus hospitales se refuncionalizan y se vuelven nosocomios para enfermos de covid y cómo en consecuencia deben aplazar, una vez más, las restantes cirugías y los demás tratamientos.)

¿Por qué se están complicando las cosas en Grecia? Por muchas razones, como la llegada del frío (la semana pasada tuvimos temperaturas invernales) y el relajamiento de las medidas establecidas por los protocolos sanitarios (ya casi nadie te controla a la entrada de una taberna o un bar), pero sobre todo porque mucha gente, cerrando los ojos a la evidencia, sigue sin vacunarse. Solamente el 63 % de la población griega se vacunó con la pauta completa.

Mientras tanto, la pandemia sigue evolucionando y nos va enfrentando a una realidad distinta. En efecto, ya parece inevitable la tercera dosis o dosis de refuerzo. Creo que no es desatinado suponer que en los próximos meses va a redefinirse el concepto de “pauta completa” y por ello en el certificado de vacunación va a tener que constar la pauta inicial de dos más la de refuerzo, algo así como un 2 + 1.

Una noticia al respecto es que Grecia aprobó el uso de la vacuna de Moderna para la tercera dosis. Con esto, ya son dos las vacunas disponibles para el refuerzo (la de Pfizer-BioNTech ya estaba aprobada).

Yo no me puse la tercera dosis porque la convocatoria es aún para los mayores de 50 años. Calculo, no obstante, que en las próximas semanas van a volver a bajar el límite etario.

Así mismo, es muy probable que en breve tengamos otra noticia, la de la aprobación por parte de la EMA, la Agencia Europea de Medicamentos, del uso de la vacuna de Pfizer-BioNTech para los niños de 5 a 11 años.

Por suerte, en Grecia no han muerto muchos niños a causa del covid. Creo que son solo 3 los menores de 17 años fallecidos en lo que va de la pandemia. De todos modos, los chicos son uno de los grupos más expuestos.

Les tiro un último dato general para cerrar con una proyección “hecha en casa”. Ayer volvimos a tener casi 50 muertos por el virus en toda Grecia. Si las cosas siguen así, en los próximos diez días vamos a contabilizar 500 muertos y en los próximos 100 días (noviembre, diciembre, enero), 5.000 muertos. Para una nación como Grecia, no es poco, sobre todo cuando se trata de muertes que, en más del 90 % de los casos, son aún evitables. Y no contemos ahora a los que no van a morir pero van a quedar con secuelas nada despreciables. Y tampoco contemos cuánto dinero va a costar todo esto, porque casi nadie se muere de golpe por el coronavirus, antes calienta la cama de algún hospital público por un plazo de semanas.)

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¿Es el VSED una alternativa a la eutanasia?

Hoy quiero presentar una modalidad de muerte voluntaria a la que pueden recurrir los enfermos graves e irrecuperables sin necesidad de utilizar sustancias farmacológicas de ningún tipo. Me refiero a lo que en inglés se conoce como voluntary stopping eating and drinking (o, por sus siglas, VSED), o sea, el dejar voluntariamente de comer y beber como un modo para acelerar la llegada de la muerte.

Esta técnica –que, por ejemplo, puede utilizar un paciente oncológico en estado terminal para poner fin de una vez a su padecimiento físico y psicológico – ha sido objeto de un amplio estudio escrito y publicado por Timothy E. Quill, Paul T. Menzel, Thaddeus M. Pope y Judith K. Schwarz, Voluntary stopping eating and drinking. A compassionate, widely available option for hastening death (Oxford University Press, 2021).

Aún no me he formado una idea definitiva de esta opción, por eso quisiera discutir con ustedes algunas de sus virtudes pero también de sus defectos.

Por lo pronto, el dejar de alimentarse e hidratarse parece la cosa más natural del mundo en un enfermo que está “en las últimas”, como se dice. Si el apetito es signo de salud y de deseo de seguir viviendo, la pérdida de las ganas de comer es un síntoma más de una vida que se va apagando lenta y naturalmente. ¿Quién no oyó decir de un moribundo: “ya no come, ya no habla, se pasa todo el día durmiendo…”, hasta que finalmente expira?

Ahora bien, es importante no confundir una cosa con otra. Concretamente: una cosa es la anorexia en tanto síntoma que acompaña o abrevia, junto con otros aspectos, la trayectoria natural de la agonía y la muerte de una persona ya muy enferma y debilitada, y otra cosa es este recurso, empleado sistemática y conscientemente, para poner uno mismo fin su vida, cuando otras modalidades más efectivas, como el suicidio farmacológicamente asistido, no estén disponible.

¿En qué consiste concretamente este método? Supongamos un caso típico, el de un paciente con cáncer ya en estado metastásico que comienza a tener complicaciones en todas las funciones vitales, aparte del dolor (por ejemplo, que ya no puede caminar a causa de fracturas en los huesos, que siente mareos frecuentes e intensos, etc.) y que no puede recurrir a la eutanasia ni al suicido farmacológicamente asistido. Bien, este paciente puede decidirse por el método en cuestión: dejar de comer y beber hasta que le sobrevenga la muerte.

Una vez que el paciente toma la decisión, aparecen dos etapas: la primera es la más difícil para el paciente mismo, la segunda para el personal médico y los allegados. Veamos.

La primera etapa es difícil para el paciente, porque la tentación de comer algo o de tomar aunque sea unos sorbos de agua puede llegar a ser irresistible. La clave está en la voluntad y la disciplina del enfermo. Si este persevera en su decisión, a partir del segundo día el deseo de comer desaparecerá casi totalmente, al tiempo que el enfermo entrará en un estado de calma y consunción. (El paciente pasa a un estado metabólico que se conoce como cetosis). Así pueden transcurrir las siguientes jornadas, hasta que el interesado, sobre todo a causa de la falta de agua, entra en un estado de delirio, lo que da inicio a la segunda etapa, quizá la más compleja.

En efecto, en esta segunda etapa el paciente puede empezar a delirar, y aquí es central la ayuda del personal médico y los familiares. Por un lado, puede ser necesario administrarle tranquilizantes si la excitación es importante, mientras que, por otro, no hay que caer por nada del mundo en la tentación de satisfacer su deseo de agua, por más que el enfermo lo pida insistentemente en su confusión mental. Así, el médico, el enfermero y los allegados se mantienen firmes en su compromiso de asistir al moribundo que había optado por poner fin a sus días.

Reitero, la asistencia paliativa es de cardinal importancia: tranquilizar al paciente y, sin ceder a sus reclamos delirantes, buscar paliar la sensación desagradable de sed y sequedad bucal, por ejemplo, hidratando los labios.

Superada esta segunda fase, que puede extenderse por algunos días, el paciente fallece tranquilamente, ya que la inanición y la deshidratación, superado cierto límite, sumen al enfermo en la quietud. (Se calcula que desde la decisión inicial del paciente hasta la expiración puede transcurrir un plazo de 10 días o, a lo sumo, de dos semanas completas.)

Es importante insistir en que la clave de este método reside en la fuerza de voluntad y la constancia, tanto del paciente al inicio como de los asistentes más tarde. Si alguien cede a la tentación, lo que sucede es, lamentablemente, la postergación de la llegada de la muerte, el acontecimiento tan deseado por el paciente en sus momentos de lucidez y autonomía. Unos sorbitos de agua pueden calmar momentáneamente al paciente, pero van a retrasar la muerte en días, con lo cual la agonía se extiende en vez de acortarse.

Como vemos, esta modalidad tiene ventajas y desventajas igualmente claras. Las ventajas tienen que ver con la naturalidad y la legalidad del recurso. Nos parece lo más lógico del mundo que un moribundo “se deje morir”, no comiendo ni bebiendo. Asimismo, este procedimiento no parece contravenir ningún tipo de ley. Si es necesario legalizar la muerte farmacológicamente asistida en las formas de suicidio y eutanasia, aquí el método de abstenerse de comer y beber en principio no plantea dificultades legales.

(Tal vez aquí pueda sonar banal lo que voy a decir, pero creo que no lo es tanto. Para un paciente en un país como Argentina, cuya legislación no contempla la eutanasia, procurarse un frasquito de barbitúrico para suicidarse, por ejemplo, de pentobarbital, puede ser un acto peligroso e ilegal, que termine comprometiendo luego a los familiares, amigos, etc. Además, para muchos pacientes argentinos puede tratarse de una opción costosa. Acá en Europa conseguir por internet los gramos necesarios de pentobarbital cuesta unos 600 euros, una cifra exorbitante en mi empobrecida patria.)

Las desventajas de la abstinencia de comida y bebida saltan a la vista: por una parte, la llegada de la muerte no se da en minutos como en el acto eutanásico “estándar”, sino en días; por otra, es necesaria la colaboración de los allegados y del personal médico, colaboración que implica un compromiso con la decisión original y autónoma del paciente. (Como veíamos más arriba, el ceder al reclamo del paciente ya en la fase de delirio puede retardar el proceso.)

Por esta razón, es importante que el paciente, en el momento de tomar su decisión informada y consciente, redacte las disposiciones anticipadas pertinentes, por caso: que no le den de comer ni beber en ningún momento, que no le practiquen reanimación cardíaca ni intubación en los momentos finales, etc.

Para los autores del estudio que citaba al comienzo, las ventajas superan a las dificultades de este método, y es por este motivo que lo presentan como una alternativa a la eutanasia: “El proceso [iniciado con la abstención de comida y bebida] puede ser un método relativamente pacífico y confortable para morir si está acompañado del apoyo paliativo adecuado”, dicen Quill y sus colegas.

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Reflexionar sobre la emergencia ambiental

Veo que en este blog que llamé “Notas de un diario filosófico” le he dado poco espacio a las cuestiones medioambientales. No es que no me interese el cuidado del medio ambiente ni que considere que ese ámbito no plantee importantes problemas de corte netamente filosófico, sino todo lo contrario. El punto es, simplemente, que otras cuestiones acapararon mi atención (la muerte asistida, el aborto, la pandemia de SARS-CoV-2). Pero es hora de que cambie de rumbo. El calentamiento global y sus consecuencias palpables, la degradación innecesaria y lastimosa del planeta Tierra, la pérdida de biodiversidad y de ambientes naturales irrecuperables, son algunos de los tópicos que más me preocupan últimamente.

Les confieso que, por un lado, me siento inerme ante los procesos globales que se están dando a la vista de todos; por otro, me urge hacer algo, aunque más no sea cambiar mi estilo de vida y contribuir a la discusión filosófica desde este modesto espacio virtual, por ejemplo.

¿A qué se debe mi inquietud actual? Seguramente, a muchas cosas, pero sobre todo a la perspectiva futura. Sinceramente (y conste que me considero una persona alegre y optimista), creo que los últimos años de mi vida, que espero sean muchos, van a ser peores que los actuales y que la vida de adulta que les tocará vivir a mis hijas y, quién sabe, a los hijos de mis hijas, va a ser incluso más gris e insatisfactoria.

Claro que me van a preguntar si no me estoy haciendo problema antes de tiempo y quizá innecesariamente. Antes esa objeción no me queda otra que encogerme de hombros y suspirar deseando vivamente estar en el error. Sin embargo, la última pandemia me ha enseñado una cosa: no hay que tomarse a la ligera las admoniciones de los científicos. ¡Cuántas veces nos habían advertido virólogos y epidemiólogos del riesgo de una pandemia de dimensiones históricas e hicimos oídos sordos a sus palabras! Lo suyo fue una prédica en el desierto hasta que finalmente se vino una ola tras otra de contagios mortales que nos ha obligado a pasar ya casi dos años de restricciones y cuidados. ¿Y no estamos haciendo lo mismo con los científicos de todo el mundo y de las más diversas disciplinas que nos advierten de la inminencia de una catástrofe planetaria pocas veces vista en los últimos millones de años de la Tierra?

De todos modos, no hace falta arriesgar profecías; incluso si desapareciera el problema del calentamiento global de la atmósfera por un milagro, a mí basta con ver hoy lo que hemos hecho con este pequeño y hospitalario planeta para sentir tristeza y bronca. Motivados por un afán desenfrenado de producción y consumo hemos reducido la tierra, el mar y el aire a basureros. ¿Algún ejemplo concreto? Claro que puedo darlo, y sin necesidad de copiar ahora datos estadísticos ni de señalar estudios confiables de las más reputadas universidades.

Mientras estoy sentado escribiendo estas líneas en un barrio céntrico de Atenas, respiro el aire contaminado de la ciudad, contaminado por el uso indiscriminado de vehículos de todo tipo propulsados por carburantes, al tiempo que siento en mis oídos la ininterrumpida explosión de esos motores. Claro que ya me acostumbré tanto a este aire como al rumor de fondo, pero ¿no fue pagando el precio de una menor calidad de vida? E incluso si me alejara de la ciudad el panorama no sería mucho más alentador. Es prácticamente imposible caminar por los bosques de Ática sin toparse cada dos por tres con basura dejada por la gente o arrastrada por el viento.

Por cierto, yo no creo que todo pasado haya sido mejor, solo digo que, en lo que hace al medio ambiente y a la calidad de vida que depende de él, estamos peor que hace una generación atrás y que la próxima generación estará peor aún que nosotros. En otros aspectos estamos mejor que antes, sin duda, y espero que los que nos sucedan estén aún mejor que nosotros. Por ejemplo, la situación de la mujer en la sociedad: aquí vemos una mejora, por modesta que sea, y tenemos razón en suponer que el futuro será aún más justo con lo que un tiempo se llamaba “el sexo débil”.

Tampoco soy fatalista. Me explico: no creo que vaya a desaparecer la especie humana a causa del calentamiento global. Decir que el homo sapiens va a extinguirse por su propia culpa entre este siglo y el que viene es pintar un escenario extremo y contraproducente. El problema de fondo no es si vamos a desaparecer o no en tanto especie biológica, el tema es cuántas victimas y cuánto sacrificio va a costar la injustificada transformación ecológica que hemos desencadenado. Si me permiten una comparación: la humanidad no desapareció tras la Primera y la Segunda Guerra Mundial, pero ¡cuántos millones de vidas humanas costaron esas aventuras bélicas que, al fin y al cabo, no sirvieron para nada!

Por esto mismo, creo que es conveniente evitar tanto el catastrofismo como el optimismo ingenuo. ¿Qué entiendo por esto último? Entiendo la actitud según la cual con la adopción de un par de medidas que impliquen poco sacrificio vamos a poder evitar los principales problemas medioambientales que ya hoy se perfilan. ¡Ojalá todo se solucionara con reemplazar nuestros vehículos a explosión con los nuevos coches eléctricos y con hacer que todos nuestros envases sean reciclables!

Es cierto que a nuestros niños no podemos agobiarlos con pronósticos desalentadores, pero tampoco es justo pintarles un futuro rosa, porque eso sería engañarlos, aparte de dejarlos sin la preparación que van a necesitar. Por ejemplo, si la temperatura global termina aumentando en 2050 aproximadamente 2º (cosa muy probable, al fin y al cabo), lo que van a tener que padecer nuestros hijos, que por entonces van a ser ya plenamente adultos, va a ser considerable. Si ya con un aumento de temperatura de 1,2º los últimos años hemos batido récords de frío y calor, de lluvias y sequías, de huracanes e incendios, ¿qué nos espera en el futuro no tan lejano?

Las buenas intenciones no bastan. El centro de Ioánina, al noroeste de Grecia, es una selva de automóviles, a pesar de los esfuerzos por incentivar el uso de la bicicleta.
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