La duración «razonable» de nuestra vida

La vida humana no puede tener una duración ilimitada, porque ese aspecto le quitaría su fibra. Eso no significa que no podamos aspirar a tener vidas más largas, a agregarle un par de años más a nuestra existencia actual, sobre todo si esos años extras son, como se dice, “de calidad”. Pero tarde o temprano tiene que sobrevenir la etapa final de declive y muerte.

En este sentido, podemos comparar nuestras vidas con las balas arrojadas por un cañón. Si la fuerza inicial del disparo es grande, y obviamente si no hay ningún obstáculo que se interponga, la bala llegará lejos; pero es inconcebible un proyectil que no termine finalmente en el suelo. Lo mismo vale, creo, para la vida humana: podrá llegar a los 60, los 80 o los 100 años, pero en algún momento la “fuerza gravitatoria” de la muerte curvará su trayectoria hasta su completa detención.

¿Qué pasaría si, gracias a nuestra tecnología actual, aumentáramos la duración de la vida humana hasta los doscientos o los trescientos años sin cambiar paralelamente todas las circunstancias vitales, esto es, el dónde, el cómo y el por qué vivimos? La respuesta es evidente: la vida biográfica del individuo concluiría a la edad en que normalmente termina la existencia humana, digamos a los 80 o 100 años, y el resto del tiempo sería un vegetar patético (100 o 200 años de mera pervivencia orgánica).

Claro que podemos imaginarnos vidas humanas de trescientos años siempre que reorganicemos el ciclo vital proporcionalmente. (Sería, para volver a la comparación inicial, como tener cañones que arrojaran las mismas balas, pero ahora tres veces más lejos.) Así, la niñez duraría hasta los treinta años, no hasta los diez; luego, la juventud se extendería hasta el cambio de siglo, aproximadamente, y no hasta los treinta años, y así sucesivamente. Algo parecido, aunque razonando ahora en dirección inversa, hacemos con la vida de los perros cuando multiplicamos su edad por siete, para darle una proporción humana. (En algunas fábulas, los gigantes son como los hombres, pero mucho más fuertes, brutos y longevos: toda una década de nuestras vidas son para ellos apenas unos meses.)

La otra alternativa imaginable sería la de reinventarse cada cien años, o sea, vivir sucesivamente tres vidas de cien años cada una, no una sola de trescientos. Así, una persona, al llegar a siglo, se sometería a un proceso de rejuvenecimiento total, físico y psicológico. De esta suerte, no solo adquiriría nuevos dientes, riñones y cabellos, sino que también comenzaría nuevos estudios, formaría una nueva familia, cultivaría nuevos hobbies, etc.

Pero la pregunta aquí es para qué querer vivir tres vidas sucesivas, en vez de hacer como se hace hasta ahora: tener un hijo, primero, y un nieto, más tarde. ¿No sería, una vez apagada la llama enceguecedora del ego, lo mismo? Además, ¿quién nos puede asegurar que, en el proceso de rejuvenecimiento integral que añoran los “tecno-inmortalistas” actuales, se va a renovar asimismo la libido vivendi, las ganas de vivir? Es importante destacar este último punto porque no habría peor cosa que un ser humano costosamente rejuvenecido al cumplir sus cien años, pero presa del tedio vital. ¿Cómo podría soportar ese ser la perspectiva de tener que vivir dos largas vidas más, cada una de cien años? (Tal vez, el deseo de morir cuando hemos vivido nuestra única e irrepetible vida es tan sano y natural como el deseo de volver a casa después de un día de pícnic en el parque, por fantástico que haya sido.)

Publicado en Antropología, Filosofía de la cultura, Filosofía de la medicina | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Reflexión antes de leer la Biblia

Hoy leemos la Biblia como un libro edificante, como una fuente de inspiración espiritual y moral, como una antología de historias con símbolos orientadores y moralejas útiles… Pero este tipo de lectura no es el único posible; tampoco es el que prevalecía hasta hace no mucho tiempo. Hoy nos parecen sesgadas y mezquinas las reflexiones de un Voltaire sobre el Antiguo y el Nuevo Testamento, pero no hay que olvidar que antes se hacía, por ejemplo, una lectura literal de las Sagradas Escrituras, que se creía en los milagros, que se entendía a pie juntillas el relato de la historia del pueblo de Israel. Nuestra lectura actual de la Biblia, tan constructiva, es posible porque hemos pasado previamente por una fase destructiva, por la crítica de la Ilustración.

Publicado en crítica literaria, Filosofía de la cultura, literatura | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Universalismo, particularismo y estadio premoral

El universalismo moral es la posición que afirma que nuestros juicios morales, para ser tales, deben necesariamente ser universales. De esta manera, se opone al particularismo moral, postura que sostiene que nuestros juicios morales deben abarcar solamente nuestra particular comunidad de pertenencia (nuestra familia, nuestra nación, nuestra comunidad religiosa, etc.). En otras palabras, para el universalista un juicio no es propiamente moral si no es universal, si no incluye a todos los individuos más allá de su pertenencia social. En cambio, para el particularista los juicios pueden ser morales incluso limitándose a la propia –y forzosamente restringida– comunidad de pertenencia. La universalización de la moral no es, para el particularista, ni necesaria ni deseable.

En realidad, la contraposición entre el universalismo y el particularismo morales puede entenderse mejor si se la enfoca diacrónicamente. Así, según esta propuesta, al inicio de la historia todo sistema moral habría sido particularista. El particularismo habría sido, por así decirlo, la “forma natural” de nuestros juicios normativos. En tal contexto, el universalismo moral habría surgido como un esfuerzo de superación, culturalmente muy elaborado, de las limitaciones y las incoherencias inherentes al particularismo, a todo particularismo, sea familiar, étnico, religioso, etc.

De esta suerte, el particularismo solo se vería “amenazado”, solo sentiría la necesidad de defender su postura en presencia del universalismo. En efecto, antes del surgimiento del universalismo todos los juicios morales habrían sido “naturalmente particulares”, limitados a la propia comunidad. A lo sumo, lo que habría habido al inicio de la evolución moral habría sido un conflicto entre particularismos, pero no entre el particularismo y el universalismo. De esta suerte, lo que se habría entablado originariamente habría sido una rivalidad entre el sistema de juicios morales particulares X versus el sistema de juicios particulares Y o Z (por ejemplo, cuando el tribalismo choca contra el nacionalismo, esto es, cuando una forma de particularismo muy restringido colisiona con una forma de particularismo más amplio, pero particularismo al fin).

Pero ¿cómo del particularismo o, mejor dicho, de los particularismos y de sus conflictos pudo haber surgido el universalismo moral? La respuesta aquí ha de buscarse en el desarrollo de las capacidades cognitivas y emocionales humanas, desarrollo que habría comenzado en la Antigüedad, esto es, en la fase histórica del surgimiento y la consolidación de las grandes civilizaciones (la egipcia, las mesopotámicas, las mediterráneas, la india, la china, etc.). Por decirlo de algún modo, solo a partir de la emergencia de las grandes unidades sociopolíticas de la Antigüedad, y de las transformaciones culturales que aquella irrupción trajo consigo, habría sido posible la adopción del punto de vista moral universalista –el universalismo–.

Frente a esta tesis clásica de la sociología y la filosofía moral, uno puede preguntarse si no es acaso posible pensar la evolución histórica de los sistemas morales en otros términos. ¿No se puede analizar el fenómeno en cuestión más allá de las categorías particularismo/universalismo?

Aquí una alternativa consistiría, creo, en imaginar a las sociedades primitivas o precivilizatorias como dotadas de sistemas sociales que no buscaban rivalizar con la naturaleza ni con las comunidades sociales colindantes. No se trataría en ningún caso de suponer una situación original idílica (una suerte de edad dorada en los albores de la humanidad), pero sí de una forma de existencia social menos agresiva, excluyente y disciplinaria que las que surgieron después con la civilización.

Por lo tanto, la historia de la moralidad no sería la transición de una forma de particularismo inicialmente muy limitado a otras formas de particularismos cada vez más amplios hasta dar con el universalismo, sino el paso decisivo del estadio premoral al estadio moral de la humanidad, aunque entendiendo esta afirmación de este modo: en las comunidades previas a las civilizaciones no habría habido moral, ni particularista ni universalista, pero debido a la menor conflictividad y agresividad de los grupos sociales de entonces, tampoco habría sido necesaria. La moral sería, entonces, un instrumento que históricamente habría surgido para remediar una situación muy problemática y desestabilizadora, la propiciada por la emergencia de las grandes civilizaciones. (Las civilizaciones habrían generado soluciones a problemas que ellas mismas habrían creado, y no a problemas supuestamente heredados por ellas.)

Publicado en Antropología, Ética, Filosofía antigua, Filosofía de la cultura | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Imágenes de Grecia

Vestigios de un pasado no muy lejano (Esciros, Grecia)
Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

¿Cuándo un tratamiento médico es fútil?

El concepto de futilidad es uno de los más usados en los debates bioéticos en torno al fin de vida. Pero ¿qué significa decir que una acción o, mejor, una serie de acciones es fútil? ¿Cuándo un tratamiento deja de ser útil, necesario, aconsejable, etc., y se vuelve fútil?

Es interesante notar que en la noción de futilidad hay un elemento negativo que trasciende la mera inutilidad, superficialidad, etc., que puede tener un tratamiento. Si un joven se encuentra en perfecta salud y, practicando un deporte, se fractura un brazo (imaginemos que es una fractura común y corriente), el enyesado del miembro afectado será necesario y proporcionado. La ingesta de un suplemento vitamínico, en cambio, será algo inútil, superficial, etc., pero la indicación de efectuar una radiografía todos los días “para ver cómo va la cosa” será fútil: fútil para el joven, que se verá expuesto innecesariamente a una radiación periódica, y fútil para el sistema de salud, que deberá afrontar una carga totalmente innecesaria.

En un artículo de 2014, Determeyer y Brody sostienen que, cuando un paciente está en la etapa final de su vida, un tratamiento es fútil si “no tiene una probabilidad razonable de alcanzar los fines que han convenido previamente el médico y el paciente” (o su representante legal).

Aquí hay dos elementos centrales. Por un lado, está el que venimos resaltando, esto es, el de la inutilidad e, incluso, del perjuicio. Por otro lado, se presenta la dimensión de los fines a obtener. En efecto, una acción es fútil siempre en relación con un objetivo, en este caso, con un objetivo idealmente establecido en el diálogo entre el médico y el paciente, sus familiares, etc. La futilidad no se da nunca in abstracto.

Pongamos un ejemplo. ¿Es fútil comenzar un nuevo ciclo de quimioterapia cuando el paciente oncológico no solamente no ha respondido a los ciclos previos, sino que el tumor ha seguido creciendo y se ha expandido a otros órganos? Creo que aquí todos diríamos que sí, porque una nueva ronda de tratamiento no solo se nos presenta inútil, sino sobre todo contraproducente; en efecto, agregaríamos que lo mejor que puede hacer el enfermo en este caso es preocuparse por darle calidad a sus últimas semanas o meses más que intentar remediar lo que, a todas luces, es irremediable.

Determeyer y Brody dirían que, en casos como este, el objetivo último está claro –aunque implícitamente–, y por eso respondemos todos con un sí. Pero sabemos que hay pacientes que piden desesperadamente que “se les haga todo lo posible” y médicos que no ven la hora de tener casos como el citado para probar un nuevo remedio contra el cáncer. Sin embargo, quiero pensar que la mayoría de los médicos, de los pacientes y de los ciudadanos de a pie sabemos cuándo un tratamiento empieza a ser fútil porque contraviene objetivos y valores muy difundidos en nuestra cultura como el de tener un buen fin de vida, morir con dignidad, preferir la calidad a la cantidad, etc.

En conclusión, el punto parece estar en que necesitamos hablar mucho menos de medicina, de farmacología, de biotecnología, etc., y conversar mucho más de objetivos terapéuticos, lo que implica dilucidar, entre otras cosas, cuáles son nuestras prioridades existenciales. Solo así vamos a poder establecer de antemano cuándo un tratamiento empieza a volverse fútil. En otras palabras, si médicos y pacientes dialogáramos más a menudo sobre los escenarios posibles de toda intervención médica de relevancia, y evaluáramos esos escenarios en función de nuestros valores, entonces ya contaríamos desde el vamos con un criterio para predicar la futilidad de todo nuevo tratamiento.

Bibliografía

Determeyer, L., & Brody, H. (2014). Medical futility: content in the context of care. In Palliative care and ethics (pp. 199-208). Oxford University Press, Oxford (United Kingdom).

Publicado en Ética aplicada, bioética, Filosofía de la medicina | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Algunas críticas a la posición de la sociedad italiana de cuidados paliativos (SICP)

El 5 de junio de este año, la sociedad italiana que nuclea a los especialistas dedicados a los cuidados paliativos (por sus siglas, la SICP) emitió un comunicado en el que fija su posición respecto al suicidio médicamente asistido. El título del documento es Il rapporto tra cure palliative e la richiesta di suicidio medicalmente assistito y puede verse aquí. En esta nota me propongo discutir algunos puntos que considero relevantes para la discusión en torno al derecho a la muerte voluntaria.

En primer lugar, es importante resaltar la evolución positiva de la postura de la sociedad italiana de cuidados paliativos. De hecho, en el texto se ofrece un tratamiento mucho más abierto, tolerante y reflexivo respecto de las posiciones “tradicionales” de muchos paliativistas de años pasados, que, por decirlo de un modo coloquial, no querían ni sentir que se mencionara la posibilidad del suicidio asistido.

La SICP reconoce que la muerte voluntaria es una realidad en muchas sociedades, incluso en Italia (en la modalidad de suicidio asistido, no de eutanasia, según la sentencia de la Corte Constitucional de 2019), y se fija como objetivo no solamente el respeto de la pluralidad de maneras de encarar el fin de vida, sino también el acompañamiento de los pacientes que optan por el suicidio, aun cuando eso difiere radicalmente (tales es la postura de la institución) del enfoque basado en la medicina paliativa.

Es más, la SICP permite que los paliativistas den información sobre la posibilidad de optar por el suicidio asistido a los pacientes que lo soliciten e incluso de participar en la valoración de esa información, la consideración de las distintas alternativas disponibles, etc., en un diálogo libre de manipulación con los enfermos. Por supuesto, la SICP, en tanto institución, no está de acuerdo con la opción por la muerte voluntaria y enfatiza una y otra vez la diferencia entre esa vía y la alternativa que ofrecen los cuidados paliativos; como dice expresamente el informe, se trata de “due risposte diverse a domande diverse”.

En otras palabras, la SICP está de acuerdo con que los paliativistas participen de la fase informativa y valorativa, pero no en la ejecutiva. Esto significa que, si un médico desea ayudar a un paciente a terminar con su vida mediante el suicidio, deberá hacerlo por su propia cuanta, no en nombre de la sociedad de cuidados paliativos. (En el texto si habla, en este contexto, de “i singoli professionisti” para diferenciarlos de la institución; de tal suerte, si, por ejemplo, un paliativista ayuda a un enfermo a suicidarse, no sería expulsado de la sociedad médica ni sancionado de ningún modo, mientras lo haga, repetimos, por cuenta propia.)

Creo que este punto es sumamente delicado y, a decir verdad, no está tratado con suficiente claridad en el texto de la SICP. Pensemos en un caso concreto, en un centro dedicado a los cuidados paliativos según las líneas establecidas por la SICP. Si allí un paciente decide terminar con su vida, ¿podrá hacerlo en la misma institución? ¿O deberá ser transferido a otro centro en el que expresamente se mencione la posibilidad de practicar el suicidio asistido? Igualmente, ¿cómo podemos estar seguros de que el paliativista que ayuda a un enfermo a suicidarse, no importa aquí en qué centro lo haga, no va a ser luego sancionado “informalmente” (o “indirectamente”)?

Pero el punto realmente crítico para mí es otro: el que se separe radicalmente cuidados paliativos, por un lado, y suicidio asistido, por otro. Considero que la muerte voluntaria debe ser entendida como una dimensión más de la paliación, no como algo escindido, alternativo, como si fuesen –cito el texto– “due strade diverse”.

Insisto: la SICP dio un gran paso al abandonar la oposición frontal con el suicidio asistido, pero a mi entender todavía queda un largo trecho por andar. Es imprescindible ver la asistencia a la muerte voluntaria como una faceta más de la medicina paliativa, no como algo totalmente diverso.

Esta última observación me da pie para introducir otro elemento crítico. En todo el documento no se menciona ni una sola vez el recurso a la sedación paliativa (o, si se prefiere, a la sedación terminal). Yo esto de acuerdo con quienes sostienen que entre la sedación paliativa y la eutanasia hay importantes aspectos diferenciadores (por lo general, son modalidades distintas encaradas con una intencionalidad también distinta), pero también señalo, y en esto me sumo a un número importante de autores, que la línea de demarcación entre una práctica y otra es muy sutil y, en algunos casos, porosa. Como sea, sostengo que un documento que se manifiesta acerca del suicidio asistido y toma distancia de él no puede no tematizar la cuestión de la sedación paliativa terminal, aunque sea brevemente.

Concluyo con una última observación. Los cuidados paliativos son imprescindibles y todo lo que se haga para mejorar esta rama de la medicina es bienvenido, sobre todo en países como la Argentina, que tienen muchas falencias al respecto. También es importante admitir que muchas personas gravemente enfermas y sin perspectivas de mejoría puede hallar la contención psicológica necesaria gracias a los cuidados paliativos. Soy consciente de que muchas personas que solicitaban ayuda para morir dejan de hacerlo no bien encuentran cuidados paliativos en centros de excelencia. No obstante, hay pacientes que, incluso en las mejores condiciones imaginables, incluso con familiares y amigos que les están cerca, incluso contando con los medios para acceder a las mejores clínicas paliativas, en un momento dice “basta, hasta aquí llegué”. Y es este punto el que nos debe hacer acordar de que la medicina paliativa no es una panacea. Hay un momento en el que el padecimiento físico y, sobre todo, existencial puede volverse insoportable, y en ese momento ha de poder contarse con el derecho a la muerte asistida.

Publicado en Ética aplicada, bioética, Filosofía de la medicina, Filosofía moderna | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Religión y sociología de la religión hoy

(Aclaración: lo que siguen son unas notas sueltas a partir de conversaciones que he tenido con algunos amigos y colegas a raíz del último libro de Hans Joas, Universalismus.)

(1) La religión es un fenómeno sociocultural en continua evolución. El “ámbito religioso” no es hoy lo que era hace cincuenta años. Tampoco lo es la sociología de las religiones, el estudio sistemático del fenómeno religioso. Objeto de estudio y enfoque teórico van cambiando, readaptándose, con el paso del tiempo.

El postsecularismo (y aquí se encuentra Joas) parte del supuesto de que la religión no es un residuo, una reliquia heredada de tiempos pasados, un “muerto en vida”. La religión está “vivita y coleando”. Cambia, se transforma, se reinventa. Esto no significa que no haya “ramas” del gran árbol religioso que estén secas. Como en todo fenómeno complejo, hay desarrollos nuevos y vigorosos junto con otros de larga data, debilitados, anquilosados. (Corolario: seguir midiendo el grado de religiosidad de una sociedad como la alemana en función de cuántas personas van a misa los domingos es pretender usar viejos instrumentos para estudiar realidades nuevas que se escapan a los abordajes tradicionales.)

El que ciertas ramas del “árbol de las religiones” estén secándose, “petrificándose”, no significa que el organismo en su conjunte no goce de buena salud.

(2) La religión sigue siendo lo que siempre fue: el “cemento” de la sociedad, lo que “pega” a los individuos y a los grupos sociales entre sí. Incluso la cohesión de nuestras sociedades (supuestamente) modernas, laicas, democráticas, tecnificadas, etc., se logra gracias a la religión, en cualquiera de sus formas (viejas o nuevas). Ningún sistema social pueda asentarse únicamente en el autointerés ilustrado de sus miembros.

(3) La religión es un fenómeno polifacético. Por tanto, todos los intentos por entender la religión usando categorías simples y unívocas están destinados al fracaso. Es más, la religión es, como Janos, una entidad bifronte. El rostro que nos muestra por delante puede ser muy distinto al que nos exhibe por detrás.

Por eso las religiones pueden fomentar las guerras, pero también pueden buscar la paz; pueden contribuir a la división social, pero también a la unidad; pueden frenar el progreso científico o económico, pero también propiciarlo; pueden legitimar los sistemas de explotación como la esclavitud, pero también condenarlos y combatirlos.

(4) Todo lo dicho en los puntos anteriores no debe hacernos perder de vista un punto central: la pérdida del sentido de trascendencia del hombre moderno. Nunca el ser humano había renunciado a su dimensión trascendente como ahora. El individuo actual, atraído por la vertiginosa dinámica del sistema económico de producción y consumo, se siente esencialmente in-trascendente. Vale –y vale mucho, según los casos–, mientras produce y/o consume, pero fuera de ese universo no reconoce valor en sí, ni a las cosas ni a sí mismo.

(5) Estas son algunas de las esferas en las que la religión contribuye decisivamente:

– a la creación de una dimensión histórica, temporal, cósmica incluso, en la que insertarse como individuo y comunidad;

– a la formación del carácter personal y la práctica de las virtudes;

– a la generación de un sentido de pertenencia y de identidad;

– a la formación de una red de solidaridad grupal y de sostén mutuo;

– a la realización de rituales que establecen etapas dotadas de significados en el día, el año y la vida del individuo (por ejemplo, la oración matutina, la fiesta navideña, el casamiento);

– al ofrecimiento de consuelo y aliento ante la experiencia de la adversidad, la impotencia y el sinsentido.

Publicado en Antropología, Ética, Sociología | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

¡Descarga gratuita de un fragmento de mi último libro!

Ya está disponible la descarga gratuita del libro Eutanasia y suicidio asistido.

Pueden acceder al fragmento del libro en el siguiente enlace:
Eutanasia y suicidio asistido – Eduvim

¡Espero que disfruten de la lectura!

Publicado en Uncategorized | Etiquetado , , , | Deja un comentario

Maternidad subrogada: en qué casos es condenable y en qué otros no

La Iglesia católica, en su declaración de 2024 Dignitas infinita, sobre la dignidad humana, condena la práctica de la maternidad subrogada. Se trata, según la Iglesia, de una práctica que lesiona la dignidad de la mujer, ya que la instrumentaliza, la trata como un medio, nos dice.

Personalmente, estoy en contra de toda instrumentalización de la persona, pero no comparto la condena generalizada de la Iglesia por dos motivos. En primer lugar, porque creo que hay formas de maternidad subrogada que no son denigrantes o “cosificadoras”. En segundo lugar, porque si nos vamos a oponer a cualquier forma de posible instrumentalización o cosificación de la persona, en realidad deberíamos condenar buena parte de las actividades que se dan en la sociedad contemporáneas. Voy por parte.

Es cierto que hay formas indignantes de maternidad subrogadas, y estas son las que hay que condenar y, en lo posible, prohibir. Son todos los casos en que una persona o una pareja, por lo general de un país “desarrollado” o de una clase social favorecida, no importa cuál sea su país de origen, compra el “servicio” de una mujer joven, sana y pobre para que le geste un hijo. Hay miles y miles de casos anuales de este tipo de “alquiler de vientre”. La mujer aquí es explotada y utilizada como una simple “máquina de gestación”, y la relación con la persona o la pareja compradora del servicio se extiende, por lo general, hasta el momento del nacimiento del hijo buscado. Luego, “si te vi, no me acuerdo”.

¿Por qué estas jóvenes se prestan a la subrogación? La respuesta es clara: porque necesitan el dinero, el dinero que les provee nueve meses de gestación. ¿Qué pasa con ellas después del parto? A nadie le interesa eso, esa es la verdad. En el mejor de los casos, una vez repuestas, podrán volver a alquilar sus vientres a otras personas o parejas pudientes, deseosas de tener progenie.

Que la Iglesia condene esta práctica –que, a juzgar por las cifras internacionales, está en pleno auge– me parece correcto. Pero hay muchas formas de maternidad subrogadas que no explotan a una mujer desconocida, que no la usan como un objeto del estilo “use y tire”.

Desde ya, algunos países permiten la maternidad subrogada por motivos altruistas, no por dinero. Pongamos un ejemplo para que quede claro. Si María quiere tener un hijo y no puede, porque no puede gestarlo, y Luisa, una prima o amiga, se ofrece para gestar durante nueve meses el óvulo fecundado de María, ¿por qué debemos condenar esta práctica? Hablar aquí de instrumentalización y de degradación de la dignidad me parece totalmente fuera de lugar. Creo que muchos de ustedes coincidirán con mi apreciación.

Supongamos ahora que Luisa no sea pariente ni amiga de María, sino que se trate de una mujer que forma parte de un grupo solidario dispuesto a ayudar a mujeres que no pueden tener hijos, y que lo único que exige para gestar el óvulo fecundado de personas como María sea la cobertura de todos los gastos que pudiera generar el embarazo, el parto y el puerperio. Supongamos que, además de la cobertura económica, se estipule la creación de un vínculo personal entre la gestante (Luisa) y la parte interesada (María), vínculo elegido libremente y que, potencialmente, podría extenderse por años después del nacimiento, cuando no por toda la vida. ¿Por qué decir que en este caso hay instrumentalización de la mujer?

Alguien me puede decir que esta situación es muy idílica, pero mi respuesta es que la solidaridad es posible. De hecho, en buena parte, la práctica de la donación de órganos presupone un tipo de actitud similar. Cuando donamos un órgano, damos algo nuestro o de un ser querido a otra persona, incluso a una persona que se mantendrá por ley en el anonimato. No podemos decir que no haya acciones solidarias.

La conclusión que me gustaría extraer ya aquí es que las formas no comerciales de gestación subrogada, esto es, las formas altruistas no son indignas ni pueden considerarse formas de instrumentalización o cosificación de la mujer.

Vayamos ahora a un tercer caso. Supongamos que Luisa ni sea parienta o amiga de María ni forme parte de una red de mujeres dispuestas a ayudar a otras mujeres que no pueden gestar por motivos que tengan que ver con la solidaridad. Imaginemos que Luisa sea una conciudadana de María, y por tanto una persona con los mismos derechos, pero que no tiene trabajo y que ofrece su vientre, su cuerpo y su persona para gestar. En este caso, María contratará el trabajo de Luisa y le pagará no solamente por los gastos, sino también una suma importante, fijada preferentemente por ley, que le permita a Luisa vivir cómodamente por uno o dos años después del parto. ¿Qué es lo indignante aquí?

Si decimos que acá hay una instrumentalización o cosificación de la mujer, también tendríamos que afirmar que toda forma de trabajo remunerado es instrumentalizador o cosificador.

Cuando voy a dar clases a una institución que me paga por mi servicio, ¿acaso no estoy alquilándome, no estoy “alquilando mi cerebro”? El empleado de la panadería de la vuelta, ¿no alquila también su brazo para darme el pan y recibir mi dinero a cambio? Si Luisa, en vez de tratar de vivir gracias a la gestación para terceros, encuentra trabajo en la panadería, ¿no está también cosificándose?

El punto para mí es el siguiente. Hay formas de maternidad subrogada que son condenables, pero son las formas que se dan en el mercado internacional o nacional desregulado. Si existe regulación, y si esa regulación es amplia y efectiva, entonces no podemos condenar la subrogación, o si la condenamos, tenemos que terminar condenando todas o casi todas las formas de trabajo, incluida la docencia.

Insisto: sé que hay formas de explotación de las mujeres jóvenes y pobres que no tienen otra alternativa, y por eso se “alquilan” como gestantes en condiciones deplorables y con una recompensa monetaria exigua. Esto es lo que hay que condenar y combatir. Pero no podemos decir que ese sea el caso en las modalidades de gestación altruistas e incluso en las lucrativas, siempre que haya una legislación que proteja a las gestantes y que regule adecuadamente el trabajo de gestación.

Publicado en Ética aplicada, bioética, Filosofía de la medicina, Filosofía política | Etiquetado , , , , , | 1 comentario

El derecho del paciente a la información en el ámbito de la psicoterapia

Que el paciente tiene derecho a recibir información sobre su diagnóstico, su pronóstico y las alternativas propuestas por los médicos para su tratamiento es algo fuera de discusión en nuestro país y en todas las sociedades occidentales. Sin embargo, en este punto, como en tantos otros lados, el diablo se esconde en los detalles. ¿Cuánta información debe recibir el paciente para hacerse una idea cabal sobre su estado y poder decidir sobre su futuro? ¿Cuán comprensible ha de ser esa información? ¿Quién puede contribuir a aumentar la cantidad y la calidad de la información brindada, además del médico tratante –sus colegas, el personal de enfermería, alguna oficina del hospital o la clínica en que se encuentre, etc.–? ¿Y se trata de suministrar información “pelada”, “objetiva”, como la que uno podría recabar en un manual de medicina, o lo importante es la asistencia del médico para la interpretación de esa información (no es lo mismo escuchar a un médico como si fuese un profesor dando clase que dialogar con él en el marco de la “alianza terapéutica” que debería constituir toda relación médico-paciente)?

A todas estas cuestiones, ya de por sí difíciles, se suman otras, nos dice Michael Märtens y Gregor Liegl. Para estos autores, la psicoterapia, en cualquiera de sus modalidades, debe ser considerada un forma posible de tratamiento para ciertas patologías –sea la forma principal de tratamiento o complementaria–. Ahora bien, como en el ámbito clínico también aquí, en la psicoterapia, se destaca el derecho del paciente (o del cliente, del usuario, del consultante, etc.) de recibir toda la información necesaria antes de embarcarse en un tratamiento, por ejemplo, en una serie de sesiones psicoterapéuticas. El punto es, nos dicen Märtens y Liegl, que en psicología es más difícil que en medicina dar el tipo de información que el paciente espera: ¿qué tipo de enfoque psicoterapéutico es el más apropiado para la enfermedad x? ¿Cuáles son los posibles beneficios y cuáles también los posibles perjuicios de uno y otro enfoque disponible en el tratamiento de x? ¿Cuán efectivo es, digamos, el psicoanálisis respecto a los enfoques cognitivos?

Hay dos puntos que señalan Märtens y Liegl que me parecen sumamente interesantes. Primero, mientras que en medicina hay muchos estudios sobre los posibles resultados de tal o cual terapia en comparación con tales o cuales otras, en psicología este tipo de análisis es bastante infrecuente. En otras palabras, faltan metaestudios que indaguen sobre las distintas “ofertas psicoterapéuticas” y las evalúen en términos de eficacia, eficiencia, limitaciones, efectos adversos, etc. Segundo, en psicología tiende a ignorarse o a minimizarse los efectos negativos de un determinado tipo de tratamiento. Dicho de otro modo, hay una tendencia a resaltar las virtudes, pero no los defectos de las diferentes modalidades de psicoterapia.

Por supuesto, Märtens y Liegl bien saben que, en psicoterapia, los resultados y los efectos adversos de un determinado tipo de tratamiento no pueden medirse y cuantificarse tan fácilmente como en medicina. La medición y la cuantificación son mucho más factibles en, digamos, cardiología u oncología que en cualesquiera de las modalidades psicoterapéuticas. De todos modos, es esta misma dificultad objetiva la que impide, en parte, brindarle al paciente (cliente, usuario, etc.) toda la información que tiene derecho a recibir de antemano.

La conclusión es que el derecho a la información del paciente debe extenderse no solo a las distintas ramas de la medicina, sino también de la psicología, y si bien aquí el paciente no podrá contar jamás con informaciones tan precisas como las que espera recibir en el ámbito médico, los psicólogos deben esforzarse todo lo posible por poner a disposición ese material. Para ello, son necesario más estudios y análisis comparativos en psicología.

Bibliografía

Märtens, M., & Liegl, G. (2013). Patientenrechtegesetz im psychotherapeutischen Kontext. Psychotherapeut58(1), 73-78.

Publicado en Ética aplicada, bioética, Filosofía de la medicina | Etiquetado , , , , | Deja un comentario