Diario de la pandemia (25 de enero de 2022)

Es peregrino pretender reflejar la sensación generalizada en estos días en Grecia cuando uno no cuenta con sondeos serios de opinión, así que lo que voy a decir acá es una simple conjetura.

La gente, harta ya de la pandemia después de más de dos años, cree que con la difusión de la ómicron en Europa (y en casi todo el resto del mundo) la peste ha entrado en su fase final. La prueba que se presenta es que se están contagiando literalmente uno tras otro, y eso no lleva al temible colapso del sistema sanitario. Es cierto que los hospitales están llenos, pero no están desbordados, nos dicen, tal como lo estaban hace por ejemplo un año atrás, cuando las variantes alfa y delta saturaban las instituciones de la salud con un número increíblemente menor de infecciones diarias.

Insisto: lo mío es solo una conjetura que en el mejor de los casos merecería la corroboración empírica, pero de todos modos me ayuda a entender la conducta de la gente. No he visto ningún loquito que salga a contagiarse deliberadamente, pero tampoco se ve a una porción importante de la población encerrada en sus casas para evitar a toda costa la infección.

De lo que sí puedo dar fe es de que de los casos de parientes y conocidos griegos que se contagiaron en lo que va del mes de enero, ninguno la pasó feo. Unos fueron asintomáticos, mientras que otros tuvieron los síntomas leves característicos de un resfrío. (Recuerdo únicamente una muerte, pero se trataba de una anciana ya muy enferma.)

A decir verdad, en ninguno de esos casos sabemos si la infección fue efectivamente con la ómicron, solo lo inferimos a partir de la levedad de los síntomas.

Ayer cayó una nevada imponente en Atenas y me recordó la del año pasado. Entonces estábamos en pleno confinamiento, con las escuelas y los negocios cerrados. Las vacunas acababan de llegar a Grecia (eran las primeras tandas de la de la Pfizer-BioNTech) y tanto la esperanza como el recelo eran más intensos que ahora.

(A un año de aquello, muchos seguimos pensando que la vacuna es la mejor arma de que disponemos, pero ya nos hemos puesto tres –y no dos dosis, como se nos decía– y el riesgo de infectarnos es aún considerable; en lo que hace al recelo, sí, somos menos recelosos: a nadie le salió una cola monstruosa por ponerse la vacuna, y los casos desafortunados que terminaron en muertes fueron poquísimos, los podemos contar con los dedos de las manos mientras recordamos las 20.000 víctimas mortales del virus.)

Dejo ahora las conjeturas y los recuerdos, y paso a las cifras puras y duras de ayer. En primer lugar, el número de contagios fue alto, más de 19.000, sobre todo considerando que veníamos del fin de semana, cuando las cifras de infecciones son siempre más bajas.

Como hoy las autoridades decretaron asueto por la tormenta de nieve que está afectando a todo el territorio griego, es probable que también esta tarde y mañana veamos cifras más reducidas de contagios que la semana pasada.

La nevada de ayer lunes sumió a la ciudad en una parálisis que recordaba el confinamiento de las oleadas pasadas de la pandemia

Por otra parte, el número de pacientes en terapia intensiva e intubados sigue girando en torno a los 650. No es una cifra menor para el país, pero tampoco nos permite concluir que la situación está fuera de todo control.

Lo que sí sigue siendo alto es el número de muertos por día. Ayer hubo 111 defunciones, y durante el fin de semana pasado tuvimos cifras comparables.

¡Atención!, quiero ser muy cuidadoso. No quiero darles a entender que el número de intubaciones es “solo” de 650 ni que el número de fallecidos ronda “solo” la centena. No se trata de afirmar que las cifras podrían ser aún un poco más elevadas sin que se llegue al descalabro generalizado, porque la realidad de los hospitales griegos es ya dramática. Por ejemplo, algunos de los principales hospitales griegos (el “Evangelismós”, el “Sismanoglio”, etc.) desde hace un tiempito ya se han vuelto hospitales enteramente dedicados a atender pacientes con covid.

La primera consecuencia de eso es que el personal sanitario está exhausto. ¡Hay que vérselas ahí dentro, luchando las 24 horas contra el virus!

La segunda es que muchos pacientes con otras enfermedades graves (con problemas cardíacos, con tumores, etc.) han visto aplazados sus tratamientos. Por ejemplo, un paciente que necesitaría ser operado del corazón debe esperar hoy con suerte entre ocho y diez meses para que le llegue el turno (cuando, en realidad, lo conveniente sería no diferir la intervención).

Lo más triste de todo esto no es solo la cantidad abultad de muertes diarias por covid, sino la cifra difícil de determinar de pacientes cardiológicos, oncológicos y demás que fallecen día a día porque no reciben el tratamiento en tiempo y forma, esto es, el tratamiento que merecerían.

Grecia, como el resto de los países europeos, ha vuelto a priorizar la atención de los enfermos de covid, relegando a un segundo o tercer plano los demás casos.

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El mérito como criterio para el triaje: consideraciones adicionales

En una entrada de la semana pasada defendía la propuesta de que el mérito debe ser uno de los criterios a tener en cuenta en el odioso caso de tener que hacer un triaje, esto es, una selección última de pacientes en circunstancias excepcionales, tales como las que nos presenta una y otra vez la pandemia. Claro que en esa discusión mérito significaba ni más ni menos que “contar con la pauta de vacunación completa (y, eventualmente, con la dosis de refuerzo)”, esto es, no incluía otras dimensiones del mérito, como podrían ser la condición de no fumador del paciente o su observación estricta de las medidas establecidas por el protocolo sanitario. Cuando hay solo unos minutos disponibles para decidir a qué paciente le corresponde la última cama del hospital dotada de un respirador, no tiene sentido comenzar a escarbar en el pasado del enfermo en busca de aspectos meritorios.

Yo no abogo por una sociedad meritocrática: el mérito no debe constituirse en el único parámetro para llevar a cabo un triaje, ni para decidir en general quién ha de tener acceso a qué prestaciones de salud, ni para organizar toda la vida comunitaria, en sus múltiples aspectos. De todos modos, tampoco defiendo la postura contraria según la cual hemos de eliminar cualquier referencia al mérito personal a la hora de asignar los siempre escasos recursos sociales. In medio virtus, decían los medievales en un esfuerzo por condensar la ética de Aristóteles: en el justo medio se halla la posición acertada.

Cuando comencé mi investigación de doctorado, mi codirector de tesis, Dieter Birnbacher, me sugirió leer un viejo librito de Nicholas Rescher, Distributive Justice, texto que desde entonces ha quedado en mi memoria. Rescher, con su predilección por la exhaustividad y la sistematicidad, reúne todos los criterios pensables para realizar una asignación justa de recursos, desde la necesidad del futuro beneficiario hasta su mérito, y los analiza a todos, capítulo a capítulo.

La conclusión de Rescher es que ninguno de los criterios imaginables puede volverse, por sí solo, el centro de nuestra concepción de la justicia (en el ámbito médico, en el laboral, en el educativo, etc.). Por suerte –o por desgracia, depende de cómo se lo mire– nuestras consideraciones éticas respecto a la justicia están llamadas a ser más complejas y matizadas de lo que a primera vista desearíamos.

Repito: querer hacer del mérito la única base sobre la cual construir nuestras valoraciones sociales es tan erróneo como pretender lo contrario, ya que un sistema social organizado sin ninguna referencia a lo meritorio es tan inestable como una mesa sin una de sus cuatro patas.

La crítica que normalmente se le hace desde la izquierda al señalamiento del mérito es que así se deja fuera de la competición a un amplio sector de la población que carece de antemano de los recursos necesarios para competir. Es injusto darle el premio escolar a, digamos, Juan y no a Pedro, si Juan viene de una familia culta y adinerada que pudo darles a sus hijos todo el estímulo y ofrecerles todas las condiciones para que se destacaran en la vida académica, mientras que Pedro no ha contado con nada de eso.

Pero si una sociedad llegara a brindarles a todos los niños las mismas condiciones de partida, si todos pudiesen ubicarse en la misma línea antes de comenzar la carrera, ¿no sería entonces justo que uno de los dos, Juan o Pedro, se llevara al final los laureles en base al mérito?

En la teoría de la justicia bosquejada por Rescher queda claro que si Pedro tiene más necesidades que Juan, entonces es justo que reciba la compensación necesaria antes de la competencia. (La teoría de la justicia de Rescher es, por decirlo de algún modo, multifactorial: la necesidad cuenta tanto como el mérito.)

No se trata de eliminar la competencia de la vida colectiva, sino de hacerla justa. (Además, mérito no es sinónimo de éxito, sino de empeño puesto, independientemente del resultado obtenido.)

He hecho toda esta larga introducción para decir que, así como debemos mantener el criterio del mérito a la hora de asignar recursos escasos a los pacientes, también hemos de velar por que las condiciones sociales de partida sean lo más ecuas posibles. Si alguien argumenta que hay sectores de la población norteamericana, tal como lo hacen Olivia Schuman et álii, que no han podido tener acceso justo a la vacunación, entonces es correcto que dejemos de lado el criterio del mérito (en tanto “posesión de la pauta completa de vacunación”) a la hora de efectuar un triaje.

Ya dije que conozco muy poco de los Estados Unidos y, sobre todo, de la Norteamérica profunda, para decidir si los autores tienen razón o no en su denuncia de un racismo estructural e internalizado como el principal factor que ha llevado a que the people of color (la gente de color) no esté tan vacunada como la población blanca.

De todos modos, quisiera citar aquí un breve artículo escrito por Harald Schmidt y colegas, recientemente aparecido en la misma revista de bioética, que en cierta medida dialoga con el anterior.

Es más, el artículo sugiere la idea contraria: que en los Estados Unidos ha habido una amplia aceptación de las políticas de vacunación que favorecían a los sectores tradicionalmente marginados, constituidos por la gente de color. Por ejemplo, en algunas ciudades norteamericanas la vacunación anti-covid comenzó antes en aquellos barrios que se destacaban por su alto índice de vulnerabilidad social (Social Vulnerability Index).

Si esta aseveración es correcta, entonces ha habido un cierto esfuerzo, por tímido que hubiera sido, por compensar las carencias de los sectores vulnerables. Por tanto (la conclusión corre por mi cuenta), no es del todo descabellado (ni despiadado, ni derechista) proponer al mérito como uno de los criterios para efectuar un triaje, en caso de que sea necesario.

Bibliografía

Harald Schmidt et al., “US adults’ preferences for race-based and place-based prioritization for COVID-19 vaccines”, Journal of Medical Ethics, 2022

Olivia Schuman et al., “COVID-19 vaccination status should not be used in triage tie-breaking”, Journal of Medical Ethics, 2022

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Diario de la pandemia (lunes, 17 de enero de 2022)

La situación epidemiológica en Grecia no cambió mayormente en estos últimos siete días. Con esto quiero decir que el número de contagios diarios sigue estando por las nubes, pero sin que esa enorme cantidad de infectados lleve al colapso del sistema sanitario, del ΕΣΥ. La explicación de este último fenómeno es doble: por un lado, la variante ómicron es menos patogénica; por otro, la gente mal que mal ya ha desarrollado cierta inmunidad, sea gracias a la vacuna o porque ya se había curado de las infecciones con las variantes previas (delta, alfa o directamente con el virus de Wuhan).

Cuando digo que el sistema sanitario (aún) no ha colapsado, no quiero darles a entender que está todo bien por acá. Los hospitales, muchos de los cuales han vuelto a refuncionalizarse para atender solo casos de covid, trabajan sin descanso y las unidades de terapia intensiva están al rojo. Para dar una idea concreta, hasta ayer a la tarde la cifra de intubados era de 680, algo más que hace una semana, una cifra por demás preocupante.

Con respecto a la marcha de la vacunación hay algunas novedades. La primera es que a partir de hoy entra en vigor la ley según la cual los negacionistas deben pagar mensualmente 100 euros de multa. El dinero recogido de esta fuente no se usará para gastos comunes del Estado sino, como diríamos nosotros, “para la causa”, esto es, para darle un respiro a los hospitales, exhaustos en gran parte porque deben atender a los pacientes con síntomas graves que no han querido vacunarse.

Esta medida, dicho sea de paso, parece poca cosa respecto a las políticas que van a implementar otros países. Ayer escuchaba por ejemplo en la radio que Singapur ha dispuesto que no se les brinde más atención médica a los no vacunados. El que no se vacunó, ¡al diablo!, o que se pague el tratamiento con dinero de su propio bolsillo.

También la Confederación General de los Trabajadores Griegos (ΓΣΕΕ) exhorta a la población a vacunarse como manera de protegerse a uno mismo y de proteger al resto.

La otra novedad de relevancia es que de aquí en más estar completamente vacunado significará tener la pauta completa más la dosis de refuerzo, o sea, 2 + 1. Quien no se haya puesto la tercera dosis dentro de los siete meses posteriores a la segunda, perderá automáticamente su calidad de vacunado (πλήρως εμβολιασμένος) y, por tanto, su certificado ya no será válido.

Esto último me da pie para hacer una reflexión general. Hasta no hace poco tiempo discutíamos si era ético o no que un país organizara campañas para vacunar a la población con la tercera dosis, dado que había (y sigue habiendo, lamentablemente) muchos países pobres y populosos en Asia y África sin siquiera la remota esperanza de obtener el primer pinchazo para amplios sectores de la población. La marcha de la pandemia y, sobre todo, la difusión de la variante ómicron nos están haciendo entender que la tercera dosis no es un lujo de los países ricos (o no tan pobres, como varios países latinoamericanos), sino una necesidad. Sin las dosis de refuerzo, la protección frente a la nueva mutación del virus resulta deficitaria. En otras palabras, ya no estamos frente a un dilema del tipo “o lo uno o lo otro”, sino a un desafío más amplio aún: “lo uno y lo otro”, vacunar con terceras dosis a los ya inoculados, a la vez que avanzar con pasos agigantados en la campaña de vacunación global.

Otro aspecto que quisiera resaltar aquí es que, a una semana de la reapertura de las escuelas, la situación no se desmadró. Por supuesto, aún es prematuro para sacar cualquier conclusión, pero si pudiera extraer de esto una simple hipótesis de trabajo, sería esta: las escuelas, mientras se hagan cumplir estrictamente las normas previstas por el protocolo sanitario, no se convierten en focos de contagio y difusión del virus.

Si esta hipótesis se confirma en las próximas semanas, entonces va a ser claro que los costos de suspender las clases o de continuarlas con las modalidades virtuales superan ampliamente las ganancias en términos de contención de la pandemia.

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El mérito como criterio en el triaje

(1) La pandemia de covid en sus distintas oleadas nos ha llevado una y otra vez a confrontarnos con la espinosa cuestión ética del triaje.

En realidad, la cuestión de fondo es tan vieja como la medicina. Los recursos, lo sabemos, son limitados; no hay médicos, enfermeros, camas, remedios, etc. para todos los pacientes y, por tanto, hay que hacer una selección de los futuros beneficiarios (hay que efectuar un triaje). Así, algunos recibirán la atención y el cuidado necesarios –y tendrán más chances de reponerse–, mientras que a otros – trágicamente– habrá que dejarlos morir.

El triaje nos pone de lleno frente una situación tan difícil y odiosa que la primera idea que se nos ocurre a todos es la de aumentar, cueste lo que cueste, los recursos disponibles.

De hecho, esta opción fue la seguida en distintas etapas de la pandemia. Por ejemplo, en los primeros meses de 2020 la Lombardía, una de las regiones más ricas de Italia, vio aumentar vertiginosamente el número de pacientes que necesitaban tratamiento respiratorio de complejidad. La región no estaba preparada para un desafío de esas características. Como en un primer momento no había respiradores para todos, muchas personas, sobre todo mayores, tuvieron que morir.

Como se sabe, las autoridades italianas reaccionaron prontamente y, una vez superado el impasse, el país se equipó mejor en espera de las próximas oleadas de casos. Hoy en Italia el problema principal ya no es la escasez de respiradores.

Pero lo cierto es que ninguna sociedad puede prepararse óptimamente para enfrentar una emergencia sanitaria sin descuidar otras áreas igualmente importantes (incluso en el ámbito de la salud). La tan mentada finitud humana significa, entre otras cosas, que los recursos médicos siempre serán limitados, no importa cuánto invirtamos.

(2) Permítanme ponerles un ejemplo más reciente. En estos días estamos transitando la quinta ola de la pandemia en Europa. A pesar de que la nueva variante –la ómicron– es menos patogénica, el número de pacientes graves con covid ha llegado a los niveles máximos. Esto plantea dos tipos de situaciones:

Situación a: En los hospitales vuelve a no haber personal ni camas para tratar a todos los ingresados. ¿Cómo decidir a quién hospitalizar cuando, improvisamente, se desocupa una cama? ¿Hay que aceptar al paciente a, a pesar de su edad avanzada y su estado de salud afectado por otras enfermedades crónicas, o al paciente b, que debido a su juventud tiene más chances de salvarse, a pesar de haber llegado al hospital (digamos) media hora más tarde que a?

Situación b: Notemos que incluso cuando nuestros hospitales no puedan atender a todos los enfermos graves de covid, lo cierto es que están en condiciones de tratar a un número importante de ellos gracias a que ha suspendido el tratamiento de enfermos con otros problemas, muchas veces tan o más graves que los infectados por el coronavirus. Hay personas con insuficiencia cardíaca o con tumores malignos que han visto postergados sus tratamientos porque la pandemia nos ha llevado a priorizar los casos de covid. ¿Es justo que así sea?

(3) La cuestión ética que plantea el triaje ha ido adoptando a lo largo de 2021 un nuevo cariz a medida que la vacuna comenzó a administrarse exitosamente en cada vez más franjas de la población. Hoy la vacunación, al menos en los países de ingresos altos y medios (entre los cuales se cuentan varias naciones latinoamericanas, a pesar de los amplios sectores de la población que viven en la pobreza), ofrece una protección segura y eficaz a niños y viejos, a hombres y mujeres, a negros y blancos, a sanos y enfermos.

Sin embargo, hay un grupo considerable y recalcitrante de la población que no quiere vacunarse. No importa ahora cuáles sean los motivos de esa decisión, aunque no conozco ningún argumento sólido proveniente de los negacionistas, pero ese es otro tema. También los fumadores actúan irracionalmente y en una sociedad moderna cada uno puede hacer con su vida lo que se le cante (mientras, obviamente, sus acciones no afecten a otros).

Si Juan y María no quieren vacunarse (pudiéndolo hacer sin complicaciones ni costos, tal como es el caso en Grecia, en Inglaterra y en Argentina) y se quedan encerrados en sus hogares, pues ¡todo bien!. Pero si Juan y María salen, circulan libre e irresponsablemente por la ciudad, se contagian del virus y, peor aún, lo pasan a otros, entonces su conducta es, al menos, tan reprochable como la del fumador que no solo fuma entre las cuatro paredes de su cuarto, sino que lo hace en público, poniendo en riesgo la salud de terceros.

(4) Vamos ahora al punto de esta entrada. Si en el hospital de la ciudad de Juan y de María queda solo una cama de terapia intensiva disponible y caen contemporáneamente al nosocomio dos pacientes, Juan y Pedro, ¿a quién debe dársele prioridad? Supongamos que Pedro, siguiendo escrupulosamente las directivas del Ministerio de Salud, se haya puesto la pauta completa además de la dosis de refuerzo. ¿No es entonces justo que, en igualdad de condiciones, deba dársele la atención necesaria a este último, dejándolo a Juan librado a su suerte (porque él así lo quiso, no nos olvidemos)?

Peter Singer, en un artículo publicado recientemente en Project Syndicate, argumenta que sí, que hay que proceder de esa manera, por más “despiadada” que nos resulte a primera vista (subrayo lo de a primera vista). Cuando llega el momento de realizar el odioso triaje, el vacunado debe tener prioridad sobre el no vacunado.

Por supuesto, para fijar este criterio de selección es importante estar seguros de que el paciente rechazado no se haya vacunado tan solo por decisión personal. Si Juan no se vacunó porque los médicos le desaconsejaron la inoculación debido a ciertos riesgos que lo conciernen a él muy especialmente, por ejemplo, debido al riesgo de padecer un shock anafiláctico, entonces estamos ante un caso totalmente distinto y la condición de no vacunado no cuenta en el triaje entre Juan y Pedro.

(5) Concuerdo plenamente con Singer: debemos respetar la libertad individual lo más posible, pero el ciudadano debe saber que el uso de su libertad va de la mano de la conducta responsable. En otras palabras, todo personal choice se acompaña de una personal responsibility, para ponerlo en términos del autor.

¿Por qué nuestras sociedades tienen empacho en decir claramente las cosas? ¿Por qué nos cuesta tanto afirmar de manera inequívoca: “El ciudadano que no quiera vacunarse, que no se vacune, es parte de su libertad; pero que sea consciente de que, actuando de esa manera, no recibirá la atención médica necesaria en el caso de que la necesite y los recursos sean escasos”?

Claro que no todos están de acuerdo con Singer. Quisiera mencionar un artículo de Olivia Schuman et álii que defiende la tesis según la cual todos deberían tener la misma chance de acceder a la última cama de terapia intensiva, tanto el que se vacunó como el que no. ¿Por qué argumentan de tal manera estos autores? Básicamente, por dos motivos.

Antes que nada, una aclaración. Los autores basan sus consideraciones en lo que viene sucediendo en los Estados Unidos, por tanto el ámbito de aplicación de sus razonamientos se restringe casi enteramente a esa nación. Yo creo que tanto en Europa como en Latinoamérica la situación es distinta y, por lo tanto, aquí no se aplica directamente lo que dicen.

El primer motivo es, según estos autores, que en los EE.UU. la vacunación no ha sido equitativa o, mejor, no ha sido igualmente fácil de acceder para todos. La discriminación y exclusión estructurales de la sociedad norteamericana han calado hondo y, así, han afectado sobre todo a las minorías de hispanos, negros y asiáticos. En otras palabras, los autores dan a entender que muchos no vacunados han quedado sin las defensas necesarias, no tanto porque no había dosis para ellos, sino porque al ser víctimas de una discriminación sistemática han internalizado esas estructuras de dominación y, por ello, no han podido o querido ir al centro de vacunación de su barrio, etc.

Personalmente, me cuesta entender estas razones, pero como no conozco la sociedad norteamericana más que superficialmente, prefiero no opinar. Si es cierto lo que dicen Schuman y sus colegas, entonces privar por ejemplo a un hispano de la última cama de terapia intensiva porque no se vacunó es discriminarlo doblemente.

De todos modos, si atiendo a las noticias que me han venido llegando de los Estado Unidos, muchos de los no vacunados no son ni hispanos, ni negros, ni pobres, sino blancos, republicanos y de clase media o trabajadora. Si un Juan negacionista de estas características étnicas y sociales llega al hospital de su ciudad en busca de una cama de terapia intensiva, ¿es justo que se la den? No sé por qué los autores ni siquiera mencionan un caso como este.

El segundo motivo es más general y, en resumidas cuentas, podría formularse de esta manera. Si uno introduce el criterio de la vacunación (“vacunados sí; no vacunados, lo siento mucho”), lo que está haciendo, en el fondo, es adoptar un criterio ligado al mérito y –siempre según los autores– el acceso a la salud no puede estar restringido por criterios meritocráticos. Un no vacunado porque simplemente no quiere vacunarse ha de contar con las mismas chances de ser hospitalizado que una persona que no solamente se ha vacunado en tiempo y forma, sino que además ha hecho todo lo posible por cuidarse. El punto es que, nos dicen Schuman y sus colegas, si introducimos criterios ligados al mérito, socavamos las bases de la confianza del ciudadano en el sistema sanitario. En palabra de los autores: “Las instituciones sanitarias debe evitar la asignación basada en el mérito, porque eso erosiona los estándares éticamente justificables que se orientan al beneficio y la equidad”.

Yo no creo que sea así. En todo caso, en ellos recae el onus probandi. Por lo pronto, para mí se trata de una afirmación infundada. Por el contrario, me parece que si una sociedad establece de manera clara y con suficiente tiempo de antelación criterios basados en el mérito (desert-based criteria), entonces no hay nada que pueda resultarle contraproducente o autodestructivo.

Por supuesto, esto no significa que la sociedad deba volverse fría y desconsiderada. Si el Juan de nuestro primer ejemplo llega al hospital, pero la última cama de terapia intensiva es para Pedro, algo podemos y debemos hacer por piedad para, al menos, brindarle un mínimo de socorro y paliación al moribundo. Establecer que el mérito es uno de los criterios para aceptar o rechazar a un paciente a la hora de efectuar el triaje, no significa que debamos dejar morir como perros a los que han sido rechazados.

Bibliografía

Peter Singer, “Victims of the Unvaccinated”, Project Syndicate, 5 de enero de 2022

Olivia Schuman et al., “COVID-19 Vaccination Status Should Not Be Used in Triage Tie-Breaking”, Journal of Medical Ethics, 2022

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Diario de la pandemia (lunes, 10 de enero de 2022)

En estas dos semanas y pico que transcurrieron desde mi última entrada, la pandemia aquí en Grecia y, en realidad, en buena parte del mundo ha cambiado de rumbo, ha pasado a desarrollarse en otra modalidad, por decirlo de alguna manera. Por lo pronto, la cifra de contagios diarios arribó a niveles impensados incluso en los peores momentos de las oleadas anteriores. ¡Quién hubiese sospechado hace un tiempito nomás que llegaríamos a tener hasta 50.000 casos en un solo día! (Nota bene, estamos hablando siempre de casos confirmados; estoy seguro de que varios miles más pasan desapercibidos o se escapan de la contabilidad oficial.)

La subida exponencial del número de contagios diarios es un fenómeno que se repite en buena parte de Europa y de las Américas, y la razón es de sobra conocida: la variante ómicron, que tiene una capacidad de difusión que supera incluso a la de la variante delta, que ya entonces nos hacía temer lo peor. (¿Se acuerdan cuando, a mediados de 2021, los científicos concluyeron que la mayor transmisibilidad de delta respecto a alfa se debía a que la carga viral –viral load– generada por la primera era más de mil veces mayor?)

A decir verdad, nadie en el grupo estrecho de mi familia se ha contagiado, pero durante las fiestas hemos vistos amigos y parientes cercanos caer uno tras otro en las redes del virus. Nosotros nos venimos salvando por un pelito, aunque ya mi esposa y yo estamos concientizados de que tarde o temprano (y probablemente más temprano que tarde), alguno de los test nos terminará dando positivo. La pregunta, por tanto, ya no es si nos contagiaremos, sino cuándo será.

Entre paréntesis: creo que debemos resignarnos, el virus se va a terminar volviendo endémico y nos acompañará por décadas y tal vez siglos. El punto es lograr el estado de “sustainable endemicity” de que hablan los científicos.

De todos modos, no hay motivos para hacer más dramática una situación ya de por sí funesta. Quien se ha puesto las vacunas reglamentarias y no se cuenta dentro del grupo de las personas vulnerables (por edad o por padecer otras enfermedades, sobre todo aquellas que afectan directamente al sistema inmunitario) no tiene razón para andar con miedo. De hecho, y por suerte, ninguno de los casos cercanos que hemos tenido últimamente en la familia y el grupo de amigos y conocidos terminó en el hospital. Es más, casi todos lo pasaron con síntomas leves en el peor de los casos.

Esto último me da pie para mencionar el aspecto “menos negativo” de la situación epidemiológica en Grecia: tanto el número de pacientes intubados en terapia intensiva como el de los muertos diarios, si bien siguen siendo elevados, se han mantenido más o menos constantes. Por ejemplo, hasta ayer había 642 intubaciones por covid: muchos, sin dudas, pero con tantos contagios todos preveíamos un desborde total de los hospitales, que hasta ahora no sucedió. Tal vez no es descabellado repetir una vez más lo que se viene afirmando desde noviembre pasado, que ómicron posee una mayor contagiosidad que delta pero, afortunadamente, una patogenicidad mucho menor.

Ahora bien, ¿a qué se debe el hecho de que ómicron sea menos patógena y, por tanto, menos temible? ¿Se debe a que a esta variante le gusta más instalarse en las fosas nasales que en las partes más profundas de los pulmones, impidiendo así que el paciente desarrolle una pulmonía? ¿O la verdadera causa de la supuesta liviandad de ómicron radica en que la población, mal que mal, ya está inmunizada, sea porque se puso la vacuna o porque se infectó con las variantes anteriores? ¿O se trata de una confluencia de ambos factores: ómicron es menos peligrosa y, además, ya estamos más preparados para afrontarla?

El tiempo «se portó» durante estas fiestas en Atenas y la región, casi todos los días estuvo soleado y la temperatura hizo posible pasar varias horas al aire libre.

Mientras tanto, la vida sigue su curso. Estas fiestas no fueron “normales”, pero hubo muchas menos restricciones que hace un año atrás. Quienes contaban con los certificados correspondientes (por ejemplo, de vacunación para los mayores y de resultado negativo del test para los pequeños), pudieron entrar sin mayores problemas a los negocios, los cines, los restaurantes. Lo que sí, el uso de la mascarilla se volvió obligatorio, en los espacios cerrados y en los lugares abiertos por igual.

También las escuelas volvieron hoy a abrir sus puertas y a funcionar “normalmente”. Lo de normal de nuevo entre comillas, porque los alumnos tienen que ir con mascarilla tipo FFP2 (ya no con las de tela), tienen que hacerse test rápidos en casa varias veces por semana (incluso cuando estén vacunados), etc.

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La urgencia de vacunar ya a todo el mundo contra el covid

Hoy es Noche Buena y normalmente tendría que enviar por este medio mis saludos a todos los lectores y amigos, añadiendo mis deseos de salud y prosperidad para el próximo año. Pero esta pandemia, que estos días comienza su tercer año de vida, se me ha vuelto como una suerte de espejo en el que se reflejan horriblemente los defectos de la humanidad: el cortoplacismo, la avidez, la estupidez, el gregarismo.

No interesa ahora indagar acerca de cuál fue efectivamente el origen de este coronavirus. Al fin y al cabo, si se escapó de un laboratorio a causa de un descuido o si le saltó a un empleado de un mercado de carnes porque parece que ya no podemos satisfacer nuestro paladar si no es ingiriendo enormes cantidades de animales, lo mismo da.

Luego, la sorprendentemente veloz difusión que tuvo el virus en todo el planeta (en un par de semanas llegó incluso a las remotas bases antárticas de Chile) nos muestra una vez más el desquicio de la excesiva movilidad, uno de los rasgos de lo que celebramos con el término globalización.

¿Cómo no recordar aquí el nacionalismo de las primeras reacciones para combatir la difusión del virus? Países supuestamente hermanados en una misma familia cerraron sus fronteras y acapararon mascarillas y alcohol con una mezquindad y un atolondramiento que creíamos superados. (¡Cuánta razón tenía Freud al afirmar que la civilización es una cáscara y que basta un cambio en las situaciones eternas para que emerja nuestra verdadera naturaleza, que es la animalidad!)

Pero lo que más me preocupa y me entristece no fue lo que pasó hasta ahora, sino lo que está pasando en estos días y lo que seguirá pasando en los próximos meses o años. Insisto en algo que escribía la semana pasada: la pandemia a esta altura ya debería estar totalmente controlada y si continúa representando una grave amenaza es por motivos políticos, lo que es decir, por motivos humanos.

Permítanme ponerlo en términos futbolísticos: este es un partido que ya deberíamos haber ganado y ganado por goleada, y resulta que ahora entramos en el tiempo suplementario y no sabemos todavía cuándo y cómo vamos a terminar.

Creo que el surgimiento y la difusión de la variante ómicron ha sido la gota que rebalsó el vaso. La ómicron nos vuelve a acorralar, nos hace retroceder, nos lleva de nuevo a los casilleros de partida.

Los contagios vuelven a aumentar en todo el mundo y con ello las hospitalizaciones y las muertes, los gobiernos vuelven a implementar restricciones (acá en Grecia a partir de hoy hay que volver a utilizar la mascarilla incluso al aire libre), y mientras tanto no somos capaces de tomar el toro por las astas.

La única manera de ponerle punto final a esta pandemia es vacunar a toda la población mundial y hacerlo ya. Por eso me sumo al llamado lanzado por Peter B. McIntyre y sus colegas en una nota de The Lancet, aparecida el 16 del corriente. Incluso vacunando a todo el mundo con solo una dosis, si es que no hay vacunas para todos, podríamos derrotar al virus.

Los autores argumentan convincentemente que basta un solo pinchazo de una de las vacunas basadas en el ARN mensajero (como la de Pfizer) o en el adenovirus (como la de AstraZeneca) para lograr un nivel de inmunidad planetaria que evite al menos el surgimiento de nuevas variantes, aparte de reducir drásticamente el número de muertes y enfermos graves.

¿Qué hacemos mientras tanto? Seguimos tolerando que haya gente que no quiere vacunarse por los motivos más estrafalarios (y no solamente en Europa… ¡en África es apabullante el número de gente que no quiere arremangarse alegando las cosas más disparatadas!) y –lo más importante– seguimos sin organizar efectivas campañas de vacunación a nivel global.

En algunos países de ingresos medios y altos ya se están reservando vacunas para la cuarta dosis… ¡y, paralelamente, aceptamos que haya cientos de millones de personas ni hayan tenido la primera dosis!

Necesitamos esquemas de pensamiento y de acción globales, pero seguimos aferrados a pautas de comportamiento atávicas. El nacionalismo imperante es un claro ejemplo. Los retos del siglo XXI son planetarios: la pandemia actual, las epidemias por venir, la catástrofe climática en ciernes… pero nuestras estructuras mentales son ridículamente angostas.

Cierro con las palabras finales del artículo citado: “El surgimiento de delta y ahora de ómicron resalta con más claridad la importancia del acceso global y equitativo a las vacunas contra el covid-19 para la salud de todos. La restringida oferta de vacunas ha introducido oportunidades para que el SARS-CoV-2 mute, volviéndose más infeccioso. El surgimiento de ómicron ha enfatizado que una mayor demora en la suministración generalizada de al menos de la primera dosis acarrea un peligro para todos.” (Peter B. McIntyre et al., «COVID-19 vaccine strategies must focus on severe disease and global equity», The Lancet, 16 de diciembre de 2021)

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Diario de la pandemia (21 de diciembre de 2021)

Hoy comienza oficialmente el invierno, aunque las bajas temperaturas y la nieve, ajenas a los calendarios, ya se hayan instalado, y desde hace unos cuantos días, en todo el territorio griego. Ahora vienen las semanas más críticas para esta cuarta ola de la pandemia, porque la gente pasa casi todo el tiempo en lugares cerrados y escasamente ventilados, y reunida con parientes, amigos y conocidos por las fiestas. Todo esto se da, para colmo, bajo la amenaza de una nueva variante, la ómicron, que si bien, por lo que pinta, no es más mortífera que la anterior, sí es más contagiosa.

Las cifras epidemiológicas de las últimas jornadas no son alentadoras, si bien tampoco han vuelto a superar los récords escalofriantes de las últimas semanas. Por ejemplo, ayer el número de contagios volvió a ubicarse por debajo de los 4000: un valor preocupante pero bien por debajo de la franja que iba de los seis a los ocho mil casos diarios que tuvimos –se acordarán– hasta hace no mucho.

El número de personas intubadas en terapia intensiva ha experimentado asimismo una disminución, si bien leve, situándose por debajo de la barrera de los 700 pacientes. Por último, las muertes diarias también han disminuido, fluctuando ahora entre las ochenta y las noventa y pico, según el día. (Con toda seguridad esta tarde, cuando las autoridades anuncien los casos del día, nos van a decir, entre otras cosas, que Grecia finalmente superó las 20.000 muertes por el coronavirus desde el inicio de la pandemia.)

La buena noticia es que desde el miércoles pasado funcionan los vacunatorios para los niños mayores de 5. Yo llevé a mis hijas a vacunarse el jueves a la hora de la siesta y debo reconocer que el “trámite” fue más rápido de lo que me imaginaba. Habíamos sacado turno en el hospital de niños (en el Παίδων, como le dicen aquí), que no está lejos de casa, y en total no habremos tardado más de una hora, incluyendo los quince minutos de espera tras la inoculación “por si por las dudas”.

Ya tenemos programada la segunda dosis, justo para después de Reyes, y de allí en más todo está por verse, aunque doy por descontado que habrá terceras dosis también para los niños.

Entrada al centro de vacunación para niños mayores de 5 en el Hospital Infantil de Atenas.

Como muchos de ustedes sabrán, los Países Bajos reintrodujeron el confinamiento, en principio solo por un par de semanas, hasta que las fiestas hayan quedado atrás. Acá en Grecia creo que no están dadas las condiciones para una medida del estilo. En primer lugar, porque el cuadro epidemiológico sigue estando, mal que mal, dentro de los parámetros de lo controlable. En segundo lugar, porque ni la economía ni la sociedad resistirían un nuevo cierre. El Gobierno ve que la economía se está recuperando y no quiere quitarle ese impulso; paralelamente, entiende que no va a haber forma de imponerles a los griegos un nuevo confinamiento (ya las restricciones impuestas a principios de año casi no se respetaron).

Por último, reintroducir un “lockdown”, aunque de un par de semanas, significaría darles el brazo a torcer a los no vacunados. De hecho, el Gobierno sigue aferrado a la tesis –correcta, a mi entender– según la cual esta cuarta y devastadora ola se debe a que hay un grupo, limitado pero importante, de la población que no ha querido vacunarse. De ser así, más que confinar a los vacunados, lo que hay que hacer es obligar a vacunarse a los rebeldes.

Al respecto, ayer leía estas cifras. El Gobierno estima que a la fecha hay aún 530.000 adultos mayores de 60 años no vacunados. De ese grupo, unos 150.000 ya han sacado un turno para vacunarse en los próximos días. Aún sería necesario que al menos otro tanto tomara la decisión de inocularse en las próximas semanas. El incentivo (incentivo negativo, sin duda, o amenaza) es el recordatorio de que a partir del 16 de enero el adulto que no esté vacunado deberá quedarse en su casa y pagar una multa de 100 euros al mes. Desde ya que las autoridades dan por descontado que va a haber un núcleo duro que de ninguna manera va a dejarse pinchar y que va a resistir a toda costa (que va a desafiar la prohibición de salir de casa, que no va a pagar la multa, etc.). La apuesta es que ese grupo de díscolos no supere las 250.000 personas (siempre estamos hablando de mayores de 60, los antivacunas más jóvenes son otro capítulo).

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Podemos y debemos terminar con esta pandemia ahora mismo

Este es un llamado a terminar con la pandemia de SARS-CoV-2 ahora mismo. No podemos tolerar ni un día más que la pandemia siga extendiéndose y diversificándose. Contamos ya con todos los recursos necesarios para ponerle coto a esta plaga, y si no lo estamos haciendo se debe exclusivamente a motivos políticos, no a la complejidad de la pandemia en sí misma ni a la insuficiencia de nuestros medios farmacéuticos, económicos, tecnológicos o logísticos para cerrar definitivamente este absurdo capítulo de la historia reciente.

El surgimiento de la variante ómicron y su veloz difusión en decenas de países de todo el mundo nos muestra con ejemplar nitidez que si no actuamos ya con firme decisión política a nivel global, la pandemia va a continuar flagelándonos por años, agravando la situación económica de la mayoría de los países y causando más muertes, más hospitalizaciones, más secuelas físicas y mentales en los contagiados y más angustia en la población en general.

En estos días se cumplen dos años del inicio de esta calamidad. Es cierto que al inicio el virus nos tomó a todos por sorpresa. Nadie sabía exactamente cómo se transmitía ni qué debíamos hacer para frenar su difusión. Tampoco contábamos con terapias, medicamentos ni vacunas para curar a los infectados. Por eso aceptamos las restricciones y soportamos las cuarentenas que se impusieron en todo el mundo, fenómeno no visto desde, al menos, la Segunda Guerra Mundial.

Es este sentido, nadie podía esperar sensatamente que la pandemia durara menos de un año, de un largo año. Pero desde el momento en que se aprobaron las primeras vacunas y comenzaron a administrarse con éxito, las reglas del juego cambiaron radicalmente a nuestro favor. La vacuna es el arma principal de que disponemos, un arma tanto segura como efectiva para derrotar a este “enemigo invisible”, como se lo motejaba al coronavirus al inicio de la pandemia.

Mientras escribo estas líneas, se contagian, ingresan en los hospitales, se intuban o directamente mueren miles y miles de personas en todo el mundo, sobre todo en extensas partes de Asia, de Europa y de América del Norte, regiones del globo que en este momento transitan por la famosa “cuarta ola” de la pandemia, favorecida por la época invernal. Es una realidad triste pero más que triste, indignante, porque esos contagios, hospitalizaciones, intubaciones y fallecimientos hubiesen podido ser, en la mayoría de los casos, evitables.

Hay dos grandes factores que explican la persistencia y el recrudecimiento de la pandemia después de 24 meses de su inicio: por un lado, la negativa absurda de vacunarse de un grupo importante de personas en los países más poderosos y ricos de la Tierra, desde Rusia hasta los Estados Unidos, pasando por Alemania y Gran Bretaña. Por otro lado, la insuficiencia, igualmente absurda, de las acciones de los Estados, de las empresas farmacéuticas y de las organizaciones de la sociedad civil, esto es, de los principales agentes globales que deberían estar en este mismo momento materializando una campaña veloz y efectiva de vacunación a lo largo y ancho del orbe.

No nos olvidemos que las dos últimas variantes del virus que están azotando nuestras sociedades, la variante delta y ómicron, han surgido en las regiones más pobres y menos inmunizadas del mundo: en el subcontinente indio, en el caso de la primera, y el sur africano, en el caso de la segunda.

¿Hasta cuándo vamos a tolerar que en las sociedades más pudientes del planeta la gente siga muriendo de covid porque no quiere vacunarse? ¿Y hasta cuándo vamos a permitir que surjan nuevas variantes, cada vez más sofisticadas, porque los Estados, las grandes empresas y las organizaciones internacionales no hacen lo que debieran hacer: vacunar sin más demoras a todo el mundo?

Es repudiable que, por citar solo un ejemplo, en Europa el 70 % de su población esté vacunada y en África el 7 %. Y es repudiable por dos motivos: porque en Europa el porcentaje debería estar ya por encima del 80 %, para lograr así la famosa inmunidad del rebaño a escala continental; y porque en África el porcentaje debería estar igualmente por encima del 80 %, para lograr de ese modo la inmunidad del rebaño a nivel mundial.

Es un problema exclusivamente político el que hoy siga muriendo gente en el Viejo Mundo y es un problema exclusivamente político el que hoy sigan surgiendo variantes en el África subsahariana.

Las dos medidas centrales para derrotar la pandemia en los próximos meses son, en primer lugar, la introducción de la obligatoriedad de vacunarse sumada a, en segundo lugar, la realización de campañas gratuitas de vacunación masiva en todo el mundo.

Los políticos que no quieren implementar la obligatoriedad de la vacunación en sus territorios nacionales son pusilánimes y responsables de las muertes que allí ocurren.

En apariencia, el segundo objetivo, el de vacunar a todo el mundo, el de realizar campañas de vacunación masivas incluso en las regiones más pobres y remotas del globo, es más complejo. Sin embargo, se trata de una complejidad relativa, porque –insisto– lo que faltan no son recursos, lo que falta es voluntad política.

El objetivo por el que abogo puede expresarse con claridad: en junio de 2022 el 80 % de toda la población mundial debe estar vacunada, esto es, debe haber recibido la dosis única de vacunas como la de Johnson y Johnson, o bien debe haber tenido las dos dosis, de tratarse de los restantes tipos de vacuna. Este es el objetivo a corto plazo, al que deberá añadirse el objetivo a mediano plazo, que incluye la continuación de las campañas de vacunación iniciadas, de modo que todos puedan acceder, en su momento, a las dosis de refuerzo correspondientes.

Repito una vez más: contamos ya con los recursos necesarios. Contamos con la vacuna, el arma más efectiva; es más, contamos con una diversidad de vacunas, todas en principio igualmente buenas para el fin propuesto. Contamos con el dinero necesario: para los principales países del mundo, una nueva restricción a la actividad socioeconómica sería mucho más onerosa que donar los montos necesarios para llevar a cabo las campañas de vacunación masiva a nivel mundial. Contamos con el brazo para ejecutar esta acción: COVAX, que más allá de las críticas que podamos y debamos hacerle a esta estructura de la ONU y la OMS, dispone de la potencialidad para vacunar a todos los pobres del globo.

Urge realizar una cumbre mundial en la que los principales Estados del mundo se comprometan a donar dinero ahora para financiar las acciones de COVAX, cumbre en la que deben participar todas las organizaciones y las empresas más importantes del globo, in primis las empresas farmacéuticas que más rédito están obteniendo de esta situación, como la Pfizer/BioNTech y Moderna.

Es inaceptable que las principales empresas farmacéuticas de todo el mundo sigan extrayendo pingües ganancias de la crisis.

Quiero ser claro: no estoy abogando por acciones controvertidas como suspender los derechos de propiedad intelectual de las principales empresas farmacéuticas. Lo que estoy diciendo es que es intolerable el que muchas de las empresas productoras de vacunas, como así también de equipamiento, de remedios y de métodos diagnósticos para afrontar el covid, empresas que en este momento están disfrutando de ganancias inimaginables, no contribuyan generosamente a ponerle fin ahora mismo a la pandemia que nos asola.

Aquí huelga preguntar por qué. Si no nos mueve la caridad ni el principio ético de justicia global, baste el autointerés. No conozco experto que no repita la letanía: si no nos vacunamos todos, no vamos a terminar más con esta pandemia. Lo que decía Mike Ryan de la OMS sigue siendo absolutamente sensato: “No one is safe until everyone is safe”, nadie está a salvo a menos que todos lo estemos.

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Diario de la pandemia (13 de diciembre de 2021)

Hoy no voy a comenzar este diario con las odiosas cifras epidemiológicas, sino con algunas observaciones generales.

Por lo pronto, si alguien aterrizara de golpe en Atenas y se diera una vuelta por la ciudad, no tendría la sensación de que estamos en el medio de la cuarta oleada pandémica: el tráfico volvió a su ritmo enloquecedor, los bares están abarrotados de clientes, y la gente va y viene, pasea, compra, algunos con la mascarilla siempre puesta, otros no. De algún modo, por las calles se respira un aire de normalidad, como si la pandemia ya hubiese quedado atrás.

Claro que esta impresión es engañosa. Es difícil entablar una conversación con el comerciante, con el taxista o con el vecino sin que tarde o temprano se vuelva a los temas de marras: la situación exasperante de los hospitales, las nuevas variantes del virus, la conveniencia de vacunarse.

A propósito de la vacunación, ayer casualmente pasé por delante del “Prometheas” uno de los dos principales centros de vacunación masiva de Atenas, y de nuevo estaba lleno. A pesar de ser domingo a la tarde, había una larga cola, muchos para la tercera dosis, algunos para la primera. No veía tanto movimiento desde las semanas previas al verano, cuando la campaña de vacunación había empezado a toda máquina, antes de perder fuerzas y decaer. (Claro que en casos como estos uno no puede evitar el odioso “somos hijos del rigor”. Si el Gobierno no hubiese amenazado con fuertes restricciones y multas a los no vacunados, el “Prometheas” seguiría tristemente vacío, como hasta hace poco.)

También ayer me di una vuelta por el Museo de Arte Cíclada para ver la nueva exposición “Κάλλος”. Debo reconocer que en los museos, así como en los grandes negocios, se respetan a rajatabla las normas del protocolo: para entrar es necesario mostrar el certificado de vacunación junto con el documento de identidad y el uso de la mascarilla es obligatorio, excepto, obviamente, en las mesas previstas para tomar un refrigerio.

Otra novedad de estos días fue la apertura de la plataforma para la vacunación de los chicos de 5 a 11 años. Nosotros registramos a las chicas el mismo día que se habilitó la página web, el viernes pasado, y ya tenemos los turnos correspondientes para las dos dosis (fines de diciembre y principios de enero).

La única diferencia que veo con la vacunación de los restantes grupos de la población es que no hay tantos hospitales o centros disponibles. Creo que la razón es que no todos tienen el personal y las instalaciones adecuados a los niños. Me inclino a pensar que si de acá a unas semanas se ve que la demanda excede la limitada oferta, el Ministerio va a habilitar otros centros, aunque por el momento parece que no hay motivo para apurarse. Según una encuesta realizada días pasados, solo el 33 % de los padres están dispuestos a vacunar a sus pequeños.

Yo estoy convencido de que la vacuna no solamente es muy segura, sino que constituye el arma más efectiva de que disponemos para proteger también a los niños en edad escolar. Por el momento, no se habla de obligatoriedad para esta franja de la población, pero como padre confieso que me voy a sentir más seguro cuando mis dos hijas se vacunen. Por lo que hemos visto en los últimos meses, en las escuelas los contagios se han vuelto algo casi cotidiano. De ser así, prefiero que se contagien teniendo ya el sistema inmunitario preparado, por más de que hasta ahora el virus se esté mostrado poco agresivo con los menores.

No me gustaría que alguien piense que estoy haciendo una campaña publicitaria velada en favor de las grandes compañías farmacéuticas. Lejos de mí mover incluso el dedo meñique para que empresas como la Pfizer, BioNTech y Moderna sigan enriqueciéndose al ritmo vertiginoso en que lo están haciendo. Es más, veo con pesar que estos gigantes hacen poco o nada por revertir la situación mundial. Las dos semanas pasadas nos hartamos de repetir que mientras que en Europa el promedio de vacunación arriba al 70 %, en África es de apenas el 7 %. Quisiera ver un compromiso digno de ese nombre en las principales empresas productoras de vacunas basadas en la tecnología del ARN mensajero.

Por otro lado, me causa un profundo malestar el que no estemos haciendo prácticamente nada por evitar no solamente que el coronavirus vuelva a mutar (la variante ómicron no va a ser la última en despabilarnos), sino que estalle una nueva epidemia de esta magnitud. Si las epidemias que azotaron el globo en los últimos veinte años tuvieron en la mayoría de los casos un origen zoonótico, y si ese origen se debe a que nuestra especie está degradando la naturaleza a límites injustificables, entonces es necesario concluir que la próxima plaga está a la vuelta de la esquina. Los casi dos años de restricciones y cuarentenas, las decenas de cumbres mundiales y los miles de informes científicos apenas han servido para algo. Lo cierto es que hemos vuelto a maltratar a la Tierra del mismo modo frenético y suicida en que lo hacíamos antes del coronavirus.

Antes de cerrar, las cifras epidemiológicas que prometí al comienzo. En realidad, nada ha cambiado significativamente respecto de las últimas semanas. Ayer, por ejemplo, hubo más de 3000 contagios (la cifra habría sido mayor si se hubiese tratado de un día común y corriente de la semana), el número de intubados sigue por las nubes (más de 700) y hubo unos 90 muertos. La conclusión salta a la vista. El que quiera ver el vaso medio vacío bien puede escandalizarse con estos guarismos; el que en cambio prefiera verlo medio lleno puede suspirar pensando que, al menos, las curvas siguen transitando la meseta.

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En Nueva Zelanda entró en vigor la ley de eutanasia

Hace poco más de un mes entró en vigor la ley que permite la asistencia médica a la muerte voluntaria en Nueva Zelanda. Con ello, ya son diez los países en todo el globo que han legalizado alguna de las modalidades de la ayuda a morir, sea en forma de asistencia al suicidio o de eutanasia activa y directa.

El nombre completo de la ley neozelandesa es End of Life Choice Act. En los párrafos siguientes voy a presentar algunos de los aspectos más importantes del texto legal.

Lo primero que cabe mencionar es que la End of Life Choice Act fue redactada y aprobada por el Legislativo neozelandés en 2019. Con el fin de asegurar una amplia aceptación a la nueva norma, el texto mismo incluía la cláusula según la cual debía primero realizarse un referendo en todo el país; solo si el resultado de la consulta era favorable, la ley entraría en vigor exactamente un año después. Como algunos de ustedes recordarán, el referendo tuvo lugar el 17 de octubre de 2020 y, dada la cantidad de yes obtenidos, la ley comenzó a regir efectivamente doce meses más tarde de la contabilización de los últimos votos, el pasado 7 de noviembre.

¿Quiénes pueden beneficiarse de esta ley? Todos los enfermos que padecen una enfermedad incurable y se encuentran en la etapa final de su padecimiento, etapa que, en sintonía con lo dispuesto en otros países, puede extenderse hasta seis meses.

Como se ve, en este sentido la ley neozelandesa es bastante “conservadora”, si se me permite usar una expresión algo injusta. Digo conservadora, porque incluye a todos los pacientes que normalmente se aceptan para ayudarlos a morir más rápidamente y deja fuera todos los restantes casos “polémicos”. Para poner un ejemplo, la ley del país oceánico permite que un enfermo de cáncer que ya esté “en las últimas” acceda a la asistencia para morir, pero no a los restantes enfermos que, con o sin el apoyo de la medicina actual, pueden “seguir tirando” al menos un poco más de seis meses. ¿Cuál es el gran problema que veo aquí? Que excluye a pacientes que hoy pensamos que deben poder beneficiarse de la ayuda a morir, como los enfermos de ELA (esclerosis lateral amiotrófica) o las personas que debido a un accidente funesto han quedado cuadripléjicos.

De todos modos, el texto de la ley prevé justamente disputas como las que acabo de señalar y por eso establece que, una vez transcurridos tres años –o sea, a partir de finales de 2024–, los legisladores deberán revisar los artículos en cuestión, con el fin de realizar las enmiendas que entonces se consideren necesarias.

En lo que respecta a la modalidad de ejecución de la asistencia a la muerte, la ley es sumamente amplia, ya que permite tanto el suicidio asistido como la eutanasia activa y directa o, para ponerlo en los términos del documento, hace posible tanto la self-administration del fármaco letal como la administration by a doctor or a nurse.

Es más, la norma estable que la administración del barbitúrico puede ser oral o intravenosa, y que en ambos casos puede ser el paciente mismo el que dispare (trigger) un mecanismo que produzca el efecto deseado (la inyección). Notemos que, por lo general, en las restantes legislaciones no se especifica este punto, lo que da a entender que la administración intravenosa del fármaco es algo que queda reservada al profesional de la salud.)

Aparte de tener una enfermedad terminal y, específicamente, de encontrase en un estadio avanzado de declinación irreversible en su capacidad física (advance state of irreversible decline in physical capacity) y de padecer un sufrimiento insoportable que no puede aliviarse de una manera que la persona considere tolerable (unbearable suffering not to be relieved in a manner that the person considers tolerable), ¿qué otros requisitos deben satisfacer los pacientes que quieran solicitar ayuda para abreviar su agonía? La ley establece tres criterios para que la solicitud pueda ser aceptada. Primero, tener al menos 18 años de edad; segundo, ser ciudadano neozelandés o, en su defecto, contar con el permiso de residencia permanente; tercero, ser jurídicamente capaz (competent).

Cabe aclarar que el médico que sigue al paciente, que los enfermeros que lo cuidan y que cualquier otro profesional de la salud llamado a intervenir en el proceso pueden negarse a asistir al paciente debido a motivos religiosos o éticos (lo que entendemos por conscientious objection). El objetor de conciencia tiene pleno derecho de no participar en lo que considera que va contra sus principios. De todos modos, el paciente debe poder estar al tanto de esos aspectos y contar con la asistencia de otros profesionales de la salud que suplan a los anteriores. De hecho, la ley establece la confección de listas en las que estén especificados todos los profesionales dispuestos a participar en la asistencia a la muerte voluntaria: médicos, enfermeros, psiquiatras y farmacéuticos.

Con el fin de evitar abusos y deslices (aspectos en los que insisten, una y otra vez, los opositores a la eutanasia pero que en la práctica no constituyen un serio peligro), la ley les prohíbe a los profesionales de la salud que inicien (initiate) un diálogo con el paciente acerca de la posibilidad de recurrir a la ayuda para morir y, mucho menos, que sugieran (suggest) esa alternativa. Todo lo que pueden hacer los médicos y, eventualmente, los enfermeros es brindar información de manera neutral y explorar las distintas alternativas de tratamiento (desde los cuidados paliativos a la eutanasia) una vez que el paciente haya planteado el tema motu proprio.

Si el paciente, tras un diálogo con el médico en el cual ha recibido toda la información que quería, toma la decisión de recurrir a la muerte asistida, entonces el médico debe invitarlo a una reflexión tranquila, en la que el enfermo pondere plenamente el significado de su elección, considere otras opciones y, eventualmente, hable con sus allegados acerca del propósito que tiene.

Una vez que el paciente ha madurado su decisión y ha fijado su voluntad por escrito o por otra vía si no puede escribir (la ley no especifica un tiempo mínimo de reflexión, pero deja entrever que el proceso podría extenderse un par de días, no mucho más), el médico que sigue al enfermo debe confirmar que este satisface todos los criterios detallados. Si no está seguro, debe recurrir a la opinión de un segundo profesional que hasta ese momento no haya tenido ningún tipo de relación con el enfermo (en otras palabras, debe buscar la second opinion de un independent medical practitioner). Si cualquiera de los dos médicos tiene dudas acerca de la capacidad jurídica del enfermo, debe solicitar el peritaje de un psiquiatra (lo que la ley denomina la third opinion). En el caso de que este último profesional confirme que el paciente dispone de la capacidad mental necesaria, entonces el interesado ya está en condiciones de fijar el día y la hora que considere oportunos para el acto eutanásico.

Aquí me parece importante detenerme un momento para señalar que la ley neozelandesa, a diferencia de otras legislaciones, por ejemplo, de la española, es mucho menos burocrática. En ningún momento introduce, por ejemplo, la figura de las comisiones (hospitalarias, regionales, etc.), encargadas de dar el visto bueno definitivo antes de la ejecución del acto. Contrariamente a lo que sucede en el mundo anglosajón, la cultura jurídica latina se basa en la desconfianza generalizada hacia los individuos y, en particular, descree de la autonomía y la responsabilidad de los médicos, los pacientes, etc.

Por supuesto, si un paciente que solicitó la ayuda para morir se arrepiente, puede revocar (rescind) su decisión en cualquier momento, incluso minutos antes de la administración del fármaco. El derecho de revocación es inalienable.

El último punto que me parece importante destacar es el que concierne al formulario de solicitud (request form) del acto eutanásico. La ley establece claramente que el médico sólo puede poner en marcha el proceso en cuestión si el enfermo rellenó y firmó por escrito el formulario correspondiente (o si lo hizo oralmente en caso de no poder escribir, para lo cual es necesaria la presencia de un testigo). Esto significa, concretamente, que el médico no puede ayudar al paciente a morir si su solicitud consta solamente en documentos tales como las directivas anticipadas, los testamentos vitales, etc., y menos aún si esa petición viene de un tercero, aunque se trate de la persona delegada por el enfermo (la figura que en Nueva Zelanda se conoce con el nombre de welfare guardian).

Por supuesto, todo el proceso, desde el inicio hasta el final, tanto si la solicitud es aceptada como rechazada, debe quedar asentado por escrito. Esta tarea es competencia exclusiva del médico que sigue al paciente y el informe completo debe quedar archivado en un registro forense.

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