La vida humana no puede tener una duración ilimitada, porque ese aspecto le quitaría su fibra. Eso no significa que no podamos aspirar a tener vidas más largas, a agregarle un par de años más a nuestra existencia actual, sobre todo si esos años extras son, como se dice, “de calidad”. Pero tarde o temprano tiene que sobrevenir la etapa final de declive y muerte.
En este sentido, podemos comparar nuestras vidas con las balas arrojadas por un cañón. Si la fuerza inicial del disparo es grande, y obviamente si no hay ningún obstáculo que se interponga, la bala llegará lejos; pero es inconcebible un proyectil que no termine finalmente en el suelo. Lo mismo vale, creo, para la vida humana: podrá llegar a los 60, los 80 o los 100 años, pero en algún momento la “fuerza gravitatoria” de la muerte curvará su trayectoria hasta su completa detención.
¿Qué pasaría si, gracias a nuestra tecnología actual, aumentáramos la duración de la vida humana hasta los doscientos o los trescientos años sin cambiar paralelamente todas las circunstancias vitales, esto es, el dónde, el cómo y el por qué vivimos? La respuesta es evidente: la vida biográfica del individuo concluiría a la edad en que normalmente termina la existencia humana, digamos a los 80 o 100 años, y el resto del tiempo sería un vegetar patético (100 o 200 años de mera pervivencia orgánica).
Claro que podemos imaginarnos vidas humanas de trescientos años siempre que reorganicemos el ciclo vital proporcionalmente. (Sería, para volver a la comparación inicial, como tener cañones que arrojaran las mismas balas, pero ahora tres veces más lejos.) Así, la niñez duraría hasta los treinta años, no hasta los diez; luego, la juventud se extendería hasta el cambio de siglo, aproximadamente, y no hasta los treinta años, y así sucesivamente. Algo parecido, aunque razonando ahora en dirección inversa, hacemos con la vida de los perros cuando multiplicamos su edad por siete, para darle una proporción humana. (En algunas fábulas, los gigantes son como los hombres, pero mucho más fuertes, brutos y longevos: toda una década de nuestras vidas son para ellos apenas unos meses.)
La otra alternativa imaginable sería la de reinventarse cada cien años, o sea, vivir sucesivamente tres vidas de cien años cada una, no una sola de trescientos. Así, una persona, al llegar a siglo, se sometería a un proceso de rejuvenecimiento total, físico y psicológico. De esta suerte, no solo adquiriría nuevos dientes, riñones y cabellos, sino que también comenzaría nuevos estudios, formaría una nueva familia, cultivaría nuevos hobbies, etc.
Pero la pregunta aquí es para qué querer vivir tres vidas sucesivas, en vez de hacer como se hace hasta ahora: tener un hijo, primero, y un nieto, más tarde. ¿No sería, una vez apagada la llama enceguecedora del ego, lo mismo? Además, ¿quién nos puede asegurar que, en el proceso de rejuvenecimiento integral que añoran los “tecno-inmortalistas” actuales, se va a renovar asimismo la libido vivendi, las ganas de vivir? Es importante destacar este último punto porque no habría peor cosa que un ser humano costosamente rejuvenecido al cumplir sus cien años, pero presa del tedio vital. ¿Cómo podría soportar ese ser la perspectiva de tener que vivir dos largas vidas más, cada una de cien años? (Tal vez, el deseo de morir cuando hemos vivido nuestra única e irrepetible vida es tan sano y natural como el deseo de volver a casa después de un día de pícnic en el parque, por fantástico que haya sido.)

