De nuevo en cuarentena (7 de abril)

Los otros días circulaba en la red un chiste que decía más o menos así: “Hace justo un año, cuando apenas teníamos un par de muertos en total, nos encerraron en las casas sin poder salir más que al balcón; ahora que tenemos decenas de muertos por día, nos dicen que no nos quedemos en nuestras casas”.

Creo que esta salida captura en parte la sensación actual. Nunca estuvimos peor en términos epidemiológicos, al tiempo que solo se habla de las reaperturas apenas permitidas y las por permitir. Además, como el gobierno apunta a reducir los contagios que se dan en los espacios cerrados (léase, en los hogares, porque quien más, quién menos todos nos reunimos con familiares y amigos entre las cuatro paredes de nuestras casas), se permitieron las salidas a los parques y a los sitios arqueológicos al aire libre. De hecho, el fin de semana pasado había gente por todos lados: en las playas de Paleó Fáliro, en los parques de Goudí, etc. Hacía rato que no veía tanta gente desplazándose de un lugar a otro. (Aclaro que otra de las prohibiciones que se dejaron sin efecto fue la de no poder salir del radio del propio municipio. Ahora se puede ir de un “demos” a otro, siempre que estén dentro del mismo “nomós”, esto es, de la misma provincia.)

Mientras tanto, seguimos en el pico o, mejor dicho, seguimos acercándonos al pico. Ayer se contabilizaron 751 intubados, y ya hay quirófanos que dejaron de usarse para operar a la gente y que ahora sirven para atender pacientes que necesitan urgentemente ser intubados. La cifra de muertos en el día ronda los 70 y el número de contagios sigue alto (ayer superó de nuevo, y ampliamente, la barrera de los 4000).

¿Fue acertada o no la decisión de reabrir los negocios de venta al por menor? Yo creo que sí, que fue acertada, mientras la gente siga respetando la modalidad fijada por el protocolo. Básicamente, la idea es que la gente vaya al negocio tan solo a retirar el producto que ya compró o reservó en línea o telefónicamente, o en el peor de los casos que entre al negocio a buscar el producto que desea, pero conviniendo previamente una cita con el negociante. Reconozco que es un procedimiento bastante engorroso, pero si se lo respeta, logra evitar el peligroso aglomeramiento de personas.

A partir de hoy comienzan a distribuirse gratuitamente en las farmacias los “self test”. Es sin dudas un desafío de logística suministrarles la ingente cantidad de test previstos para cada semana a todas las farmacias de Grecia. Por lo pronto, van a tener prioridad los chicos de la secundaria y sus familias, ya que el objetivo es reabrir las escuelas en las próximas semanas, sobre todo, los cursos de los últimos años.

La campaña de vacunación sigue su rimo. A juzgar por lo que veo en el grupo de mis conocidos, puedo decir que sí, que se va cubriendo cada vez un poco más la franja de los adultos mayores de 60 años. De todos modos, hay muchos flancos abiertos a mi gusto. En primer lugar, no se está vacunando a los maestros. En segundo, todavía no se ha terminado de vacunar a las fuerzas del orden. Conozco por ejemplo una familia, los dos son policías y los dos se contagiaron con el virus la semana pasada. No pude evitar preguntarles, ¿pero a ustedes no los habían vacunado ya hace rato? No, fue la respuesta, aún estaban esperando el turno. En tercer lugar, queda por decidirse qué va a hacerse con todos los indocumentados que hay en Grecia, que no son pocos. Para mí está claro que hay que vacunar a todos, sean griegos o extranjeros, estén en regla o sean indocumentados. No sé cuán grande es el grupo de los “sin papeles”, pero seguramente allí se contarán algunas decenas de miles de personas… y creo que me quedo corto. ¿Tal vez cien mil personas, doscientas mil? Por más que vaya contra sus principios, soy de la opinión que el actual gobierno conservador debería hacer la vista gorda (o directamente sincerarse) y convocar a todos los que habitan el suelo griego a vacunarse, asegurándoles que esa no va a ser una trampa para atraparlos y luego expulsarlos. Les guste o no a los de Nueva Democracia (Νέα Δημοκρατία), hay y seguirá habiendo migrantes indocumentados… y en tal caso es mejor que estén vacunados, ¡para ellos y para los griegos mismos!

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De nuevo en cuarentena (1 de abril)

La semana que transcurrió desde el último post nos ha deparado varios sinsabores. Uno de ellos ha sido que el martes tuvimos el récord de contagios: más de 4.300 infectados en un solo día, una cifra altísima para Grecia. Por otro lado, si bien el número de intubados en los hospitales no subió dramáticamente, ha llegado a los aproximadamente 740 y no parece querer bajar de ahí, al menos en los próximos días o, incluso, en las próximas semanas. La situación de los hospitales es asfixiante. Por último, el número de muertes sigue siendo alto. Ayer, por ejemplo, se contabilizaron más de 70 nuevas defunciones por el virus.

En lo que a mí respecta, quiero seguir pensando que nos encontramos en el famoso pico, lo que significa que ninguno de los tres valores va a volver a pegar un salto en alto. Pero lo que sí me queda claro es que el descenso va a ser más paulatino y trabajoso de lo esperado. Para decirlo gráficamente: acá hasta hace unos días se especulaba con que las escuelas y los negocios podrían reabrir a comienzos de abril. Hoy está fuera de duda que hay que ir con pies de plomo.

Acabo de escuchar en la radio que a partir de hoy rige un nuevo confinamiento en Francia. En Alemania las cosas no van mucho mejor. La tercera ola está pegando con fuerza en toda Europa, Grecia no es una excepción.

Acá el gobierno apuesta a la acción conjunta de tres factores. Primero, la llegada de la primavera y, consecuentemente, el mejoramiento del tiempo. Segundo, la cobertura de todos los sectores vulnerables o expuestos de la población gracias a la vacuna. Tercero, la introducción de los así llamados “self test”, o sea, test que uno puede hacerse en casa en unos minutitos, con resultados bastante confiables.

En lo que respecta al primer factor, la primavera está un poco veleidosa. El fin de semana, por ejemplo, hizo bastante calor, pero desde hace unos días volvió el viento helado. Nosotros tuvimos que volver a sacar las camperas gruesas que ya estábamos por guardar en el armario para el próximo año.

Respecto al segundo factor, la vacunación marcha bien o no tan bien, depende de cómo se la enfoque. Es cierto que ahora se está vacunando al sector más vulnerable independientemente de la edad y que el próximo paso va a ser vacunar a los mayores de 60, con lo cual se tendría para el verano una buena franja de la población protegida. El tema es que si suponemos que hasta hoy se ha vacunado la cifra de 1.500.000 personas (muchas aún con solo una dosis), el porcentaje es bastante decepcionante si se lo compara con Israel (que ya cubrió a casi toda la población adulta) e incluso si se lo compara con la meta de llegar a la barrera señalada por la famosa inmunidad de rebaño. En todo caso, la cifra que se maneja resulta ser insuficiente para detener, por sí sola, los temibles saltos en los contagios y hospitalizaciones.

En lo que hace al tercer factor, a los famosos “self test”, hay mucha incertidumbre. En pocas palabras, la idea detrás de la campaña de autotesteo es más o menos esta: a partir de ahora, todo residente en Grecia va a poder retirar de la farmacia gratuitamente un test por semana para realizarlo en casa. Basta ir con el número de la aseguración social, acá llamado AMKA, para que el farmacéutico le dé a uno un kit por semana, inclusive en el caso de los niños. De este modo, se tendría un testeo semanal de toda la población. No es poca cosa. Eso no solamente permitiría una imagen epidemiológica más exacta que la actual, sino que a la vez sería un importante instrumento para controlar tempranamente la difusión del virus. La cuestión es que esto, en teoría, suena muy lindo, pero no está claro si va a funcionar en la práctica. ¿Todos los ciudadanos van a querer hacerse un test en casa todas las semanas? ¿Lo van a saber hacer bien? Y en caso de que el resultado que les dé sea positivo, ¿se van a atener a las consecuencias, o sea, van a informar al sistema, van a abstenerse de ir al trabajo o a la reunión con los amigos planeada, etc.?

Esto lo digo porque me consta que hoy en día hay personas en Grecia que siguen circulando como si nada, incluso sabiendo que el test que les hicieron les dio positivo o que alguno de los miembros de la familia tiene el virus.

Cierro con dos puntos más. El primero tiene que ver con la disputa acerca de la obligatoriedad de vacunarse para el personal sanitario. Acá en Grecia sería impensable una obligación de ese estilo. El tema es que hay muchos médicos, enfermeros, etc., que por diversos motivos rehúsan vacunarse. El tema es que, procediendo de ese modo, ellos mismos se exponen a un riesgo mayor que los vacunados y representen igualmente un riesgo mayor para los pacientes y la ciudadanía en general. Ya sé que es una cuestión muy espinosa la de establecer un equilibrio entre las libertades individuales y los deberes sociales. Pero lo curioso (para usar una palabra suave) es que el respeto de la libertad de no vacunarse ha llevado a que los hospitales públicos griegos deban destinar parte de su personal y de sus recursos: ¡en el testeo regular del personal sanitario no vacunado! En un hospital que conozco bastante bien, parte de los médicos y enfermeros vacunados deben pasarse la mañana testeando a sus colegas “negacionistas”, ya que parece inviable la opción de vacunarlos por la fuerza como así también la de despedirlos o la de darles licencia (con o sin goce de sueldo).

Último punto: ayer me hicieron el análisis de sangre para ver los anticuerpos desarrollados a un mes de la segunda dosis. Es resultado es bueno: 6.000. O sea, con esa cifra, si me llego a contagiar, mi cuerpo va a poder combatir al intruso con suficientes armas. Pero mientras me sacaban sangre me explicaban que están haciendo sistemáticamente estos estudios porque con el paso de los meses la cifra de los anticuerpos baja drásticamente. Así, por ejemplo, una persona vacunada en enero y que desarrolló muchos anticuerpos, hoy puede tener la mitad, una tercera parte o incluso una cuarta parte de lo que entonces supo tener. ¿Qué significa esto? Veremos a medida que pasan los meses y avanza el estudio. De todos modos, yo me voy preparando mentalmente frente a la perspectiva de tenerme que ponerme la vacuna una vez por año. Probablemente, de ahora en adelante nos tengamos que poner cada otoño dos vacunas, una contra la gripe y otra contra el covid.

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Imágenes de Atenas

Los festejos de Bicentenario incluyeron la inauguración de la (nueva) Pinacoteca Nacional.
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De nuevo en cuarentena (24 de marzo)

Cuando se escriba la historia de la actual pandemia en Grecia, ¿quedará esta semana que estamos transitando como la peor de todas? ¿O es que todavía no llegamos a la κορύφωση, al famoso pico a partir del cual empieza el tan ansiado descenso? ¡Quién podría saberlo! Lo que sí está fuera de duda es que con los casi 700 intubados que había hasta ayer a la tarde se ha marcado un récord.

El ΕΣΥ, el Sistema Sanitario Nacional, está sometido a una dura prueba, porque los hospitales se han reestructurado todo lo posible con tal de absorber ese número creciente de pacientes en estado crítico, además de todos los otros pacientes que tienen que ser hopitalizados aunque no necesiten ser intubados.

Los pacientes no afectados por el COVID han tenido que quedarse en casa o han sido derivados a las clínicas privadas, de manera de poder contar con más camas y más personal destinados exclusivamente a hacer frente a la pandemia.

Con el objetivo de incorporar rápidamente 200 nuevos profesionales de la salud, sobre todo especialistas en neumonología, medicina interna y cuidados intensivos, el gobierno ha convocado a todos los médicos que trabajan privadamente a sumarse temporáneamente al plantel de los hospitales. Estos doscientos nuevos profesionales deben cubrir los déficits del sistema público en este momento tan crítico, al tiempo que se instalan nuevas salas de cuidados intensivos en cualquier espacio ocioso de los hospitales.

Pero está claro que este esfuerzo por aumentar en pocos días el número de camas, salas, aparatos de ventilación mecánica y personal capacitado tiene un límite. ¿Qué pasa si el número de intubados supera el millar en las próximas semanas? ¿Habrá que salir a pedir ayuda a los vecinos europeos, como lo hizo Portugal a inicios de este año?

Toda esta situación angustiante y cargada de incertidumbre se da justo cuando Grecia está por cumplir los doscientos años de la revolución contra el Imperio otomano. De hecho, mñana, 25 de marzo de 2021, se celebra el Bicentenario griego. Obviamente, todos los festejos se harán sin público; quienes lo deseen, podrán seguir los desfiles, los discursos oficiales, las inauguraciones y demás desde las pantallas de sus casas.

El camino a la normalidad no es liso, sino que está lleno de escollos sorpresivos. Por lo pronto, la variante británica ya se ha extendido tanto por el suelo heleno que ha dejado de ser asombrosa la facilidad con la que ocurren los nuevos contagios. Por otro lado, el inicio de la primavera no trajo el calorcito esperado sino una nueva ola de frío.

Lo único positivo en todo esto es que Grecia no se sumó a la suspensión momentánea que se llevó a cabo en Alemania, Francia, Italia y España de la administración de la vacuna de AstraZeneca. No solamente que aquí no cundió el pánico, sino que, muy por el contrario, la gente siguió concurriendo a vacunarse casi normalmente. Tengo entendido que en los días más negros de esta historia se presentó, no obstante, entre un 80 y 90 % de los convocados.

Ahora la vacunación empieza a cubrir a la franja de los grupos más vulnerables menores de 70 años. Un conocido mío, por ejemplo, que tiene una enfermedad bastante grave en los riñones ya se registró y es probable que lo convoquen a vacunarse en los próximos días.

El incremento de los contagios diarios ha tirado por la borda el plan que manejaba el gobierno para la reapertura paulatina de la actividad económica y escolar. Solo han podido reabrir sus puertas las peluquerías y los salones de manicura. Las escuelas y los negocios minoristas tendrán que esperar tal vez hasta la Pascua (ortodoxa).

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De nuevo en cuarentena (18 de marzo)

Estamos atravesando una de las peores semanas de la pandemia. Ayer el número de infectados superó ampliamente los tres mil y las muertes volvieron a ubicarse en alrededor de sesenta. También la cifra de los intubados alcanzó la línea roja: con más de 620 pacientes en camas provistas con ventilación mecánica las unidades de cuidado intensivo están al borde de la saturación.

Es curioso, pero la sensación que tengo es que la gente no está alarmada, que ya no se alarma más por cifras como estas. ¿Por qué? No sé bien. ¿Será que nos hemos ya acostumbrado? ¿Será que todos albergamos secretamente la esperanza de que este es el pico y que en días más la situación empezará a mejorar? ¿O será porque las preocupaciones realmente empiezan a ser otras (estilo: ¡que me importa que el sistema de salud colapse, cuando yo hace un año que no tengo trabajo, cuando mi hijo hace meses que no va a la escuela, cuando mis padres han caído en una oscura depresión!)? Ojo, no hago valoraciones ni me decanto por ninguna teoría, solo constato que en los rostros de la gente no está dibujada esa angustia que se veía exactamente un año atrás, cuando todo esto aterrizaba acá en Grecia.

De todos modos, al contar qué nos pasa me parece no estar dando ninguna primicia. La situación en países como Italia, Alemania o Francia no es mucho más distinta que esta. Europa está viviendo su tercera ola de contagios y muertes, una ola que llegó incluso antes de que se fuera la segunda.

Ayer escuchaba a un especialista italiano que hablaba de la “canibalización de los hospitales”. Lamentablemente, algo muy parecido se está dando acá en Grecia: los pacientes con COVID tienen prioridad y por ello los centros de salud se han reorganizado para atenderlos, con el resultado de que todos los otros enfermos tienen que esperar para ser atendidos. Acá en Ática algunos de los principales hospitales ya son “hospitales-COVID” (νοσοκομεία-COVID), hospitales que de la noche a la mañana han sido reestructurados y que ahora atienden mayormente (o exclusivamente) a pacientes afectados por el coronavirus.

Mientras tanto, el tema que ocupa la discusión es el de la vacuna de AstraZeneca. Los pocos y raros casos de trombosis que se registraron en Alemania, ¿guardan alguna correlación con la vacuna? ¿O se trató de una infausta coincidencia temporal? E incluso en el caso de que la vacuna y los casos de trombosis tuvieran algún tipo de relación causal, ¿no se justifica asumir el riesgo de la vacunación con la AstraZeneca, dado que la probabilidad de un eventual coágulo sanguíneo es ínfima? Al fin y al cabo, las probabilidades de desarrollar síntomas, y síntomas graves, de COVID, incluso de morir, son mucho mayores, si no se está protegido…

Nota: horas después de haber publicado este post apareció el informe de la Agencia Europea de Medicamentos, EMA. De las 20 millones de vacunas de AstraZeneca que se han administrado hasta ahora en el Reino Unido y la Unión Europea, solo ha habido 7 complicaciones relacionadas con accidentes tromboembólicos, todos en mujeres menores de 55 años. Aunque no se puede descartar un nexo causal, no está claro que esos eventos hayan sido causados por la vacuna. Aquí les copio el enlace al informe.

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De nuevo en cuarentena (11 de marzo)

Desde la semana pasada la situación ha seguido su paulatino empeoramiento, tal como lo vaticinaban los modelos epidemiológicos. El número de contagios diarios llegó a los tres mil, mientras que las muertes en el día son alrededor de cuarenta. Por último, con más de 450 intubados en todo el país, la situación en las unidades de terapia intensiva es, si bien no “roja”, sin duda “anaranjada”.

Según esos mismos modelos, estamos llegando al pico de esta nueva ola o, en todo caso, lo estaríamos por alcanzar este fin de semana, para empezar el ansiado descenso a partir de los próximos días.

Justamente, este lunes que viene es feriado en Grecia, porque se celebra la Καθαρά Δευτέρα, una suerte de “Lunes de Ceniza”, el día que inaugura la Cuaresma. De modo que si todo sigue los carriles previstos, a medida que avance la Cuaresma, irá “normalizándose” la situación epidemiológica y la Pascua, que cae esta vez el primer fin de semana de mayo, será el “paso” a normalidad.

Eso dicen al menos los expertos, siempre que no se cuele alguna variable no contemplada en el modelo, como una nueva ola de frío o la difusión de una de las variantes más preocupantes del virus, como la de Manaos.

Mientras tanto, seguimos formalmente en cuarentena o en confinamiento, pero cada día que pasa los huecos que se ven en esa malla de contención social son más y más grandes. La vida no ha vuelto a la normalidad simplemente porque hay cosas que siguen cerradas: las escuelas, los teatros, los restaurantes, los negocios de venta al por menor.

Es cierto que, con la intención de frenar la nueva ola, el fin de semana pasado se prohibió el desplazamiento de un municipio a otro. No sé cuánto se controló, pero sí tengo la sensación de que hubo menos autos por las calles que en otros días.

Los otros días pasaba por delante de uno de los cines del barrio, el Αθήναιον: las carteleras todavía anuncian una película de setiembre pasado que quedó sin proyectar; la entrada está sucia, llena de hojarasca y de papeles, y en el ángulo que forma la puerta de entrada con la taquilla un sin techo instaló su colchón y todos sus bártulos.

La campaña de vacunación avanza, solo que –y ya parece un lugar común decirlo– no al ritmo que sería necesario para alcanzar la inmunidad de rebaño antes de que “suenen los pitos de Año Nuevo”. Días pasados leía que aún hay casi un 40 % de mayores de 80 que no se han vacunado y que un 30 % del personal sanitario tampoco lo ha hecho.

Paralelamente, se discute la propuesta lanzada por muchos países y organismos de introducir un “digital vaccine passport”, una suerte de pasaporte o simplemente certificado digitalizado que asegure que su poseedor ha sido vacunado (y que, por lo tanto, incluso en caso de contagiarse del virus no va a padecer complicaciones que requieran su hospitalización y no va a ser un portador muy contagioso).

Aún no le he dado mucho la vuelta al tema, pero en principio veo que la introducción de un pasaporte del estilo podría facilitar la vuelta a la normalidad. Por ejemplo, los restaurantes y los hoteles en las zonas turísticas de Grecia podrían volver a abrir sin tantos obstáculos. La dificultad que veo es que todas aquellas personas que quieren vacunarse pero que seguramente quedarán por meses en la lista de espera por no entrar en ninguna de las categorías contempladas hasta el momento, podrían sentirse discriminadas.

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De nuevo en cuarentena (4 de marzo)

Lamentablemente, en los últimos siete días que pasaron desde mi último post la situación en Grecia volvió a agravarse. El número de contagios diarios ya supera ampliamente los dos mil, los muertos por día llegaron hasta cuarenta (o sea, casi duplicándose) y la cantidad de personas hospitalizadas aumentó preocupantemente.

Es cierto que allá por noviembre del año pasado la pandemia estuvo en su peor momento para Grecia, con más de cien muertos diarios y todos los hospitales al borde del colapso. Hoy los tantos no están a ese nivel, pero si uno ve el gráfico con la evolución mensual del coronavirus, ahora estamos ubicados en la segunda curva más alta desde que empezó la pandemia.

Mientras tanto, el gobierno estudia nuevas medidas con el fin de contrarrestar la tendencia, sobre todo para las regiones que están en rojo, como Ática. Por ejemplo, parece que no vamos a poder salir del área de nuestro municipio durante los próximos días o que las salidas para ir al supermercado o la panadería van a ser por un tiempo muy acotado.

Pero yo creo que a la gente todas esas nuevas “amenazas” ni le van ni le vienen. ¿Por qué? Porque parecen como los gritos del pastorcillo mentiroso de la fábula. Permítanme decirles lo que observo: si no hay controles y, eventualmente, sanciones, los ratones salimos de fiesta. Hace meses, repito: meses, que no veo policías de a pie, controlando, que no veo patrulleros, parando los autos para constatar que todos los que circulan tienen el permiso necesario… ¿Resultado? Lo que dice todo griego: αυτό δεν είναι λοκντάουν!, ¡esto no es “lockdown”!. Las calles están repletas de autos, los parques se llenan de jóvenes y no tan jóvenes en grupitos cada vez más numerosos, los negocios empiezan a abrir clandestinamente…

Me pregunto a qué se debe esta suerte de “descontrol”. ¿Será que la policía, en una interna que se me escapa, se le plantó al gobierno y le dijo que no quiere hacer más el rol del malo de la película frente a la ciudadanía? ¿O será simplemente que gobierno y policía ya se han cruzado de brazos y dejan simplemente que la gente haga, porque controlarla más sería contraproducente (contraproducente en el sentido de que la gente “ya no da más”, “no resiste más la asfixia”)?

Ahora bien, si lo cierto es esto último, no me cabe más que decir: el hilo se corta por lo más delgado. Porque el gobierno no controla a la gente que circula casi libremente “para que no se deprima más”, “para que no estalle”, etc., pero, por otro lado, mantiene cerrado los colegios y buena parte de la actividad económica. Y es eso mismo lo que produce una sensación de injusticia: ¿por qué no controlamos la manada de gente que camina por las calles, que toma un café en las esquinas, ya sin siquiera esconderse, o que se sienta en grupitos en los parques, alegando que “ya no es posible apretar más a estos pobres diablos”, mientras el dueño de una taberna debe quedarse encerrado en su casa desesperado, porque ve que su negocio hace meses que permanece cerrado? ¿O por qué debemos seguir manteniendo los colegios vacíos, mientras todos vemos que los chicos empiezan a juntarse en las plazas? ¿No es injusto que unos pocos deban pagar el pato?

¿O será que la idea de fondo es esta: cerremos los ojos porque nadie sabe bien cómo es la cosa, sigamos así como estamos, para bien o para mal, aguantemos un poco más, ¡paciencia!, mientras esperamos que llegue la primavera al país y se hayan vacunado los grupos de riesgo y todo el sector de los vulnerables?

Tal vez sea así, porque en estos días Grecia está llegando al millón de vacunados. Si la vacunación sigue a este ritmo, es seguro que para mayo se van a haber vacunado con al menos una dosis entre dos y tres millones de personas, con lo cual la franja “problemática” ya estaría más o menos cubierta. Y todos confiamos en que el verano va a traer un alivio, como el año pasado.

Joe Biden prometió que para mayo toda la población adulta de los EE.UU. iba a estar vacunada, sobre todo ahora que allí se aprobó el uso de la vacuna de la Johnson. Aquí no se escuchan semejantes promesas y, como creo, todos van a estar contentos si para la Pascua el número de inoculados va a rondar los más de dos millones…

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De nuevo en cuarentena (25 de febrero)

Esta semana ha vuelto a haber un rebrote de contagios en Grecia. De golpe pasamos de los mil a los dos mil infectados por día. Mala noticia justo cuando se empezaba a evaluar la posibilidad de reabrir las escuelas y los negocios a partir de la próxima semana.

Mi esposa me dice que algunos hospitales de Atenas están ya saturados de pacientes con COVID. No es que todos los ingresados vayan a parar a terapia intensiva, pero sí son pacientes que no pueden curarse solos en sus casas.

Respecto a las “camas críticas”, aquí se mantuvo la tendencia que ya señalaba la semana pasada: no ha habido saltos nefastos pero sí se mantiene el paulatino incremento del número de pacientes intubados. Estábamos en alrededor de 250, hoy la cifra gira en torno a los 350.

El número de muertos sigue estable, una veintena diaria. De esta manera, Grecia ya pasó a contabilizar más de seis mil muertos desde el inicio de la pandemia, un año atrás.

Mientras tanto, la ola de frío y nieve pasó y volvió el buen tiempo. Desde hace unos días incluso hace calor al mediodía. Deprimida o, cuanto menos, harta del encierro, la gente sale. ¿Y adónde va? Ese es el tema. Ayer salí a caminar con mis hijas. Fuimos hasta la plaza Mavili, así de paso tomábamos un helado. Obviamente, los principales bares siguen cerrados y todas las mesitas están amontonadas en los dos o tres rincones que hay en la plaza, con las sillas patas para arriba, cubriéndolas. La gente, entonces, que como nosotros va a tomar algo, opta por el “take away” y consume su helado, su café o su sándwich en los pocos bancos de la plaza o sentados unos al lado de otros en el borde de la fuente central. ¿No sería mejor, me pregunto, que los bares reabrieran sus instalaciones, por supuesto, respetando todos los puntos del protocolo sanitario, de forma que la gente tuviera un lugar para sentarse y a una distancia de al menos dos metros entre sí?

Este efecto se repite en otros sitios. El parque del Mégaro, por ejemplo, está cerrado, y tengo entendido que todos los parques vallados están cerrados, “así la gente no se aglomera”. Pero la gente quiere salir y ¿adonde va? Va a sentarse a los parques abiertos, esos de libre acceso, como el Eleftherías. Los otros días fuimos, aprovechando el sol de la tarde y estaba repleto de grupitos de adolescentes, tomando sol en la gramilla. Nos costó encontrar un hueco entre tantos jóvenes que estuviera al menos a dos metros de distancia de los demás. Nueva pregunta: si las cosas están así, ¿no era mejor que reabrieran las escuelas?

Los otros días, embargado por el optimismo, le dije a una amiga que yo pensaba que para el verano al menos el 40% de la población griega iba a estar vacunada, y se me echó a reír. Me sentí algo cohibido por mi ingenuidad y me defendí respondiéndole que no es algo descabellado: Israel, le puse como ejemplo, que tiene una población más o menos similar, ya vacunó a esa cifra. “Ah, me aclaró, pero eso es diferente; los judíos tienen plata.” Ahí dejamos el tema, pero me quedé con la sensación de que los griegos no creen que para fin de año se vaya a lograr vacunar al 70% de la ciudadanía con el objetivo de alcanzar la famosa inmunidad del rebaño. ¿Y cuál es el problema? ¿Es que los griegos y la Unión Europea no tienen tanta plata como Israel o, mejor dicho, no han priorizado la compra de vacunas por sobre todas las otras cosas, incluso pagándoles sobreprecios a las empresas con tal de inmunizar a los mayores de 18 años antes que termine este 2021?

Para ir de casa a la plaza Mavili hay que pasar por enfrente de la embajada norteamericana. Y en estos días, la bandera no flamea, sino que, por decisión de Biden está a media asta, en conmemoración de los 500.000 muertos estadounidenses por el COVID.

Por suerte, no son todas pálidas. Creo que de todas las noticias alentadoras que han circulado esta semana la mejor es que la vacuna no solamente protege al vacunado en caso de infectarse (evita que desarrolle los síntomas más preocupantes), sino que reduce las posibilidades que contagie a otros (no elimina ese fenómeno pero sí lo restringe).

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Ama, pero haz primero lo que debes…

Muchas veces me ha sucedido, mientras hablaba de cuestiones bioéticas, que mi interlocutor, que bien podría adherir a una posición progresista o liberal en este terreno, me sale en un momento con lo siguiente: “Yo no estoy tan seguro de si soy partidario de la eutanasia/el aborto/etc., porque conozco un caso…”, y a este punto se pone a contarme algo que escuchó o que vivió en carne propia. Por ejemplo: “Tengo un amigo que tuvo un accidente y quedó destrozado; tan mal estaba, que todos pensábamos que optaría por alguna forma de eutanasia. Sin embargo, en un momento, no sabemos bien cómo, se decidió por pelearla y, gracias al amor y al cuidado incondicional de sus padres, salió de terapia. Y no solamente salió, sino que todavía esta vivo y está muy bien. De hecho los otros días…”

La conclusión no dicha pero implícita es: si entonces la eutanasia hubiese estado permitida o hubiese sido fácil terminar con la vida de uno sin inconvenientes legales, entonces hoy seguramente mi amigo no estaría y ¡qué pena!.

Déjenme ponerles otro ejemplo de lo que a veces escucho: “Conozco una pareja, con hijos ya en la escuela, cuarentones tanto él como ella; en un momento se dieron cuenta de que ella había quedado embarazada por un descuido. Una de las primeras opciones que barajaron fue la de abortar. Económicamente no estaban tan bien, además ya tenían chicos grandes, la vida aparentemente hecha, etc. Y cuando están ya por decidirse por el aborto, algo les hace cambiar de opinión a los dos. ¡Y por suerte! Porque así es que ahora tienen a Fulanito, un chico sano y hermoso, el pequeño amado por los padres y mimado por los hermanos mayores, realmente la alegría de ese hogar.”

La conclusión que se desprende de la anécdota es: si hubiese sido tan fácil abortar, entonces en este momento Fulanito no existiría y sería una gran pérdida para todos.

Aquí he reconstruido dos casos posibles recordando charlas que he tenido. Mi intención no es contar ninguna historia personal e íntima. Sé que hay muchas personas que pasaron por situaciones extremas, de gran sufrimiento y lucha, y que salieron adelante gracias a esa convicción que tuvieron: lo más importante es salvar y cuidar la vida (la de un amigo enfermo, la de un esposo agonizante, la de un embarazo no buscado, etc.).

No solamente respeto todas esas decisiones, e incluso admiro y me siento a veces inspirado por esas historias, sino que en esos casos particulares, íntimos, no tengo casi nada que agregar en tanto filósofo. Así que lo que voy a escribir ahora es lo pienso una vez que tomo distancia del caso particular y trato de lograr una visión de conjunto.

Habiendo hecho esa salvedad, ahora paso al otro extremo. Porque es cierto que a veces mi interlocutor me cuenta una historia verídica de lucha y amor por la vida, pero es también cierto que otras veces me sucede lo contrario: escucho historias amargas y dolorosas debido a que una legislación anticuada y conservadora no ha permitido terminar una vida a tiempo (cuando el paciente mismo pensaba que ya era hora de abandonar este mundo) o no ha permitido realizar un aborto, con lo cual esa mujer que no quiere tener el hijo se hunde aún más en un círculo de pobreza y desesperación, etc.

Pero no quiero que aquí los árboles no nos dejen ver el bosque, como se dice. No quiero abundar en casos personales, sea que apunten para una o para otra dirección moral. Lo que me parece importante aclarar es que en sociedades como las nuestras la primera tarea del filósofo dedicado a las cuestiones éticas es la de establecer un marco normativo que establezca qué es lo permitido y qué es lo prohibido. Repito: lo permitido y lo prohibido, no lo que habría sido aconsejable en tal o cual situación particular.

Mis amigos y los lectores que de vez en cuando se dan una vuelta por este blog saben que estoy a favor de la legalización de la eutanasia y del suicidio asistido, y que he alentado la legalización del aborto, ocurrida a finales del año pasado en Argentina. Esto no significa que yo automáticamente vaya a aconsejar a un moribundo o a un paciente que le acaban de diagnosticar un cáncer incurable que solicite la eutanasia, ni tampoco que predique que el aborto es la solución de todos los males. Lo que digo, más bien, es que ambas prácticas deben estar contempladas en toda legislación moderna, por si la persona afectada considera que esa es la única salida que tiene por delante.

Claro que la tarea de la ética no consiste solamente en la señalamiento aséptica del marco normativo que divide lo permitido de lo prohibido. La ética es una disciplina con una larga tradición, de al menos 25 siglos, en cuyo seno se encuentra un rico acervo de reflexiones sobre cómo dar significado y calidad humana a nuestras existencias. La ética, para decirlo con otras palabras, también se esfuerza por reflexionar sobre las diversas formas de vida que puede adoptar el ser humano, sobre las virtudes y los sentimientos que puede cultivar, sobre los actos que hacen la vida “digna de ser vivida”.

Mucho de ustedes habrán oído la distinción entre ética normativa y ética del cuidado (o ética de las virtudes). Por más que muchas veces estos dos enfoques éticos aparezcan reñidos entre sí, yo creo que son compatibles. La ética no debe confinarse solo a la labor ardua, fría, “legalista”, de buscar criterios para distinguir lo permitido de lo prohibido, sino que, una vez realizado eso, puede ofrecer una serie de reflexiones sobre el cuidado, sobre las virtudes, sobre lo que da sentido y profundidad a la vida.

Pero a lo que sí me opongo es al esfuerzo de algunos de suplantar la ética normativa por la ética del cuidado o de las virtudes. Creer que en una sociedad como la nuestra –y, a decir verdad, en cualquier otra sociedad pasada o futura– “el amor es la receta mágica para solucionar todo” o, para decirlo con San Agustín, “ama y haz lo que quieras”, es una ingenuidad. El amor, la entrega, la dedicación, la paciencia, etc., todos estos sentimientos y virtudes implican mucho, son tal vez lo más importante de la vida, pero no lo son todo y, a la hora de diseñar la arquitectura legal de nuestra sociedad, no son lo primero. Que el amor pueda hacer milagros, es algo que nunca voy a negar, pero también voy a insistir en que no hay peor infierno sobre la tierra que el de una sociedad sin un orden legal claro, solido y liberal, esto es, basado sobre las libertades y los derechos individuales.

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De nuevo en cuarentena (18 de febrero)

Tras una semana de haberse decretado el confinamiento estricto en regiones como Ática, la medida parece surtir el efecto esperado. El número de infectados diarios no ha seguido subiendo, sino que, por el contrario, ahora oscila –según el día– entre los 1.500 y los 700. Son cifras nada despreciables, pero –al menos aparentemente– indican que la situación estaría bajo control.

Por otra parte, el número de muertes diarias también ha seguido girando en torno a la veintena. Si mal no recuerdo, ayer fueron 13 los fallecidos y anteayer, 21.

Tal vez la única cifra aún alarmante sea la de los intubados diarios. Cada día se agrega un puñado más de pacientes que necesitan la ventilación mecánica, con lo cual la curva de ocupación de las “camas críticas” muestra un ascenso, leve pero continuo.

Según lo que habían anunciado las autoridades, la cuarentena estricta va a seguir en vigor en Ática y en las restantes regiones que habían llegado al rojo al menos hasta fin de mes. Entonces se decidirá si volver o no a relajar ciertas medidas (la reapertura de los negocios minoristas, la vuelta a las clases presenciales de los chicos, etc.).

Mientras tanto, a partir del fin de semana pasado llegó a Grecia la ola de frío que venía azotando al resto de Europa. “Medea” (así bautizaron el fenómeno meteorológico) trajo nieve en cantidades copiosas, incluso en lugares en que se decía “acá ya no nieva más”. El centro de Atenas es un buen ejemplo: en los 11 años que llevo viviendo ahí nunca había caído tanta nieve. El martes amaneció toda la ciudad cubierta con un grueso manto blanco que, literalmente, paralizó la actividad laboral.

Cómo va a influir este mal tiempo en la evolución de la pandemia en Grecia y el resto de Europa es algo por verse. Tiendo a creer que en los próximos días va a volver a subir la temperatura y, al menos aquí en Atenas y los alrededores, vamos a poder volver a abrir las ventanas. El clima benigno es una de las cosas más envidiables que tiene la capital griega.

“No hay mal que por bien no venga”, me digo para mis adentros, porque la parálisis que fue consecuencia de la tormenta de nieve trajo aparejado que muchos ancianos no pudieron salir de sus casas para ir a ponerse la vacuna. Y por lo tanto, inesperadamente, me convocaron para vacunarme. (Estaba en una lista de candidatos suplentes, justamente para cubrir la eventual ausencia de alguno de los mayores.)

Así que el martes recibí la primera dosis de la vacuna de la Pfizer, la que se está administrando en el hospital en el que me había anotado como disponible.

La cosa, en sí, va bastante rápido. Hay que llenar un formulario con los datos personales (sobre todo para volver a ser contactado de acá a tres semanas, esto es, para la segunda dosis) y otro con preguntas sobre el estado de salud (si se es alérgico a algo, si se está siguiendo una terapia farmacológica, etc.). Luego, hay que esperar simplemente el turno. En mi caso, el pinchazo se retrasó una media hora porque se habían acabado las dosis ya preparadas y había que “descongelar” un nuevo frasquito para sacar de allí las seis nuevas vacunas.

Una vez dentro del consultorio, la médica responsable me volvió a preguntar si era alérgico a algo, si estaba tomando algún medicamento, etc., y, tras mis noes, la enfermera me puso la vacuna.

La única recomendación que hacen es permanecer luego en la sala de espera por unos quince minutos, en caso de que surja algún shock; mientras tanto, aconsejan hacer algunos movimientos con el brazo vacunado. Pasado ese cuarto de hora, uno ya puede irse a casa.

Simplemente para cerrar mi caso: el único efecto secundario que puedo mencionar es una molestia en torno a la zona del pinchazo, que me apareció horas después y que duró un día entero. Nada del otro mundo, como cuando uno en un descuido se golpea el hombro con una puerta y después tiene esa sensación molesta por unas horas.

A propósito de las vacunas: desde este lunes también se está inyectando en Grecia la otra vacuna, la de la AstraZeneca. El objetivo es que ahora empiece la vacunación masiva, bajando gradualmente la edad de los convocados (ahora ya se está inoculando a la franja de la población de los mayores de 75 años). Para este fin, se remodeló un inmenso predio ferial, conocido aquí como “Helexpo”, en realidad, un complejo con modernas salas de exposiciones, situado en uno de los barrios de Atenas.

Imagen de la tormenta de nieve a la salida del centro de vacunación.

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