Diario de la pandemia y la guerra (miércoles, 10 de marzo de 2022)

Hoy es un día particular en Atenas: ¡afuera está nevando otra vez! Sí, no solamente este invierno nos trajo la nevada más impresionante de la última década, allá por enero, sino que ahora, en pleno marzo, nos castiga con una nueva tormenta blanca.

Esta vuelta el frente frío se llama Filipo, o Φίλιππος, como le dicen acá.

A diferencia de la vez anterior, ver hoy los copos de nieve cayendo vertiginosa y oblicuamente a causa del fuerte viento no me causa alegría, sino que ahonda mi abatimiento.

¡Cómo que no hay razones para preocuparse! Que nieve cada tanto en la capital de Grecia es una maravilla, pero que nieve intensamente dos veces en una estación, y para colmo después de haber pasado el verano más bochornoso de que se tenga memoria, es ya todo un indicio de que algo se salió de su curso normal.

Pienso además que no muy lejos de acá, en las calles de las ciudades o en los caminos de los bosques hay soldados que pelean, esto es, que se matan bajo esta misma nieve.

Muchas escuelas de Atenas y la región están cerradas por el temporal. Pero no se ven chicos por las calles jugando con la nieve o paseando con los amigos. El ministerio dispuso que las clases no se interrumpan, sino que se continúen de manera virtual. Pero para los chicos no es lo mismo. Es más, es una especie de castigo. Y tienen razón: la escuela es el edificio al que se va a la mañana, es el calor del aula, es el perfume de la maestra, es el movimiento alocado y dicharachero en el recreo, es el sabor de la merienda compartida con los compañeros. Ese es el nido “natural” en el que se incuba el huevo del saber, no la soledad del dormitorio.

Las clases virtuales o a distancia, τα τηλεμαθήματα, algo que fue una solución provisoria para salir del paso durante los peores meses de la pandemia de covid, se está volviendo la herramienta para afrontar la crisis climática en ciernes. Lo que era una excepción se va a volver no sé si la regla, pero sí al menos un recurso frecuente. ¿Acaso alguien me puede asegurar que no van a implementar este sistema de enseñanza a partir de este junio, o del junio del año que viene, cuando los calores vuelvan inviables las clases en el aula tradicional?

Mientras tanto, la pandemia sigue su curso. Acá en Grecia las noticias son para algunos alentadoras: todos los indicadores parecen haberse estabilizado en valores que, si bien no son óptimos, al menos dejaron de ser preocupantes.

Por supuesto, esa valoración depende de cómo mire uno la cosa. Ayer, por ejemplo, hubo unos 18.000 nuevos contagios, una cifra nada despreciable, aun cuando sepamos que el virus circula muy fácilmente por la sociedad y que, por tanto, los números reales podrían alcanzar dimensiones astronómicas. (Es raro que pase un día sin que no nos enteremos que algún conocido se contagió.) También ayer hubo 63 muertos de covid, un número significativo, si bien mucho menor que cien, cifra a la que nos habíamos acostumbrado. Donde se ve una distensión un poco mayor es en los hospitales: el número de pacientes intubados en terapia intensiva sigue bajando poco a poco, ya estamos en los 360.

El uso de la mascarilla se ha vuelto obligatorio solo en los lugares cerrados y cada vez son menos los negocios y las oficinas que exigen el certificado de vacunación en el ingreso.

Por su parte, el Gobierno griego sigue los pasos de sus vecinos europeos y aprovecha esta coyuntura relativamente favorable de la pandemia para dejar sin efecto medida tras medida. En cierto sentido, es comprensible esa decisión, ya que lo que se pretende es normalizar el funcionamiento de las distintas áreas de la economía, sobre todo del turismo, la hotelería, la cultura, etc.

Entre las boletas de la electricidad y el gas, que están por las nubes, y el flujo de turistas rusos por el momento congelado, este verano va a ser difícil volver a acercarse a los niveles alcanzados por el turismo en el pasado.

Mientras tanto, la Organización Mundial de la Salud sigue insistiendo en que la pandemia no terminó; es más, en que hay sociedades enteras que apenas están inmunizadas. Aunque resulte escandaloso, nos olvidamos de que muchos países africanos, por ejemplo, apenas han administrado un parcito de vacunas… ¡y de la primera dosis! Mientras que en los países con ingresos altos o medios ya se ha cubierto una buena parte de la población con las dosis de refuerzo, en los países más pobres aún no se ha comenzado en serio con la campaña de vacunación propiamente dicha.

Vale la pena tener presente este hecho, no solamente por la exclusión o la marginalidad inmunitaria en la que quedan relegados cientos de millones de personas (hay autores que hablan de un verdadero “vaccine apartheid”), sino porque esa injusticia global puede volvérsenos en contra. Es lisa y llanamente una irresponsabilidad que la falta de una política de vacunación global propicie el surgimiento de una nueva variante que puede ser más peligrosa que la ómicron.

Hace cien años atrás una pandemia asoló el mundo después de una guerra larga, cruel y, al fin y al cabo, inútil. Ahora una guerra que puede llegar a ser igualmente larga y cruel (dejemos de lado el tema de la utilidad que pueda tener esta contienda) da sus primeros pasos después de una pandemia mortífera.

La gran diferencia esta vez es que, si no se equivocan los cientos de científicos de primer rango que integran el Intergovernmental Panel on Climate Change, a los virus y las armas se agregará nuevo azote, el clima desbocado. Y todos seguimos viviendo como si nada, ciegos a la evidencia, sordos a las advertencias, creyendo íntimamente que tal vez todo sea un cuento de terror con un final feliz.

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Diario de la pandemia y de la guerra (jueves, 3 de marzo de 2022)

Por supuesto, el tema del coronavirus apenas si afloró en las conversaciones cotidianas y en las notas periodísticas de la última semana; todos estamos atentos a la situación en Ucrania, a qué está pasando en estos momentos, a qué va a pasar en las próximas semanas y a qué pasó en los últimos años en esa vasta parte del mundo, ya que no disponemos aún de una explicación clara y convincente del origen del conflicto.

Es como si hubiésemos saltado al próximo capítulo de la Historia –así, con mayúscula– sin haber concluido antes el que veníamos leyendo. El virus sigue, sigue difundiéndose, sigue mutando y matando, y estamos lejos del fin definitivo de la pandemia, si es que puede hablarse de un final nítido, como cuando aparecía escrito THE END en las cintas, ya que lo más probable es que se sumerja en un estado endémico que nos acompañe por décadas o siglos.

Vean, si no: ayer en Grecia tuvimos unos 17.000 nuevos contagios confirmados, cifra que es, a esta altura, poco representativa, porque creo que un número igual o superior de infectados se escurre de los registros oficiales.

Continúo: el número de muertos de ayer fue de 54. Se trata de una cifra nada despreciable. Sin embargo, alguien podría decir que vamos bien, teniendo en cuenta que hasta hace muy poco veníamos a un ritmo de cien víctimas por día del coronavirus. No comments.

Por último, el número de personas en terapia intensiva e intubadas bajó un escalón más y se ubicó en 400. ¿Cómo interpretar esta cifra? Depende. Mitsotakis y su entorno pueden sentirse aliviados, por ejemplo, porque ese número significa que ahora está comprometida tan solo la mitad de la capacidad hospitalaria de Grecia. Hay margen de maniobra para otra cosa, por ejemplo, para abrirle las puertas al turismo.

Disculpen si encuentran un dejo de sarcasmo en las líneas de arriba. Lo que pasa es que veo no solamente que ya nos estamos olvidando de todo lo que pasamos los últimos dos años, sino, sobre tode, que no hemos aprendido la lección.

Hemos vuelto a producir montañas de productos innecesarios, a consumir sin tasa, a movernos por el mundo sin restricciones y a explotar la naturaleza inmisericordemente, creando así las condiciones para el surgimiento de una nueva pandemia. Y esto es algo que no lo digo yo, sino los más prestigiosos virólogos y epidemiólogos.

Sin ir más lejos ni esperar a que en los próximos años surja una nueva pandemia: aún es probable que surja una nueva variante del SARS-CoV-2 que vuelva a complicarnos los tantos. Toda esta distensión mental que veo en Grecia solo se explica, creo, porque la gente ha dado por sentado que ómicron se ha vuelto la variante principal, una variante increíblemente contagiosa pero poco o nada dañina.

Por un lado, es cierto que con la expansión de ómicron las reglas del juego han cambiado. Sabemos que es importante vacunarse y estar ya bien inoculado con las tres dosis, pero sabemos también que eso no impide pescarse la ómicron y pasársela a otros. En el peor de los casos, eso significa tener que aguantarse un par de días en casa con síntomas leves, comparables a los de un resfrío o una gripe.

Tal vez aquí convenga aclarar algo: ómicron es una denominación genérica que ya incluye, al menos, tres subvariantes (BA.1, BA.2 y BA.3). Por lo que sabemos, en varios países europeos BA.2 está empezando a reemplazar a BA.1, la subvariante original de ómicron. ¿Por qué? No hay una respuesta definitiva a esa cuestión, tengo entendido. Tal vez se deba a que la nueva subvariante no se ve afectada por las defensas que adquirimos previamente, sea gracias a las vacunas que a los contagios con las variantes anteriores. (A este respecto es interesante el artículo de Ewen Callaway aparecido el 24 de febrero de este año en Nature, “Omicron sub-variant: what scientists know so far”.)

Una conjetura final: acá en Grecia la situación va a seguir más o menos igual hasta fines de marzo. ¿Por qué digo esto? Por dos motivos, porque el frío parece que va a extenderse hasta mediados de mes (así lo piensan los meteorólogos) y porque aún hay un fin de semana largo “de carnaval” por delante (el próximo sábado, domingo y, queriendo, lunes, que es Καθαρά Δευτέρα, feriado religioso que da inicio a la cuaresma ortodoxa). O sea, la gente va a seguir pasando mucho tiempo en lugares cerrados y, para colmo, usando poco y mal la mascarilla porque ¡¿quién va a festejar Απόκριες, o sea, Carnaval (o, literalmente: las Carnestolendas, como se decía antes) con tapabocas y distancia social?!

Cada uno festeja Carnaval a su modo. Mural de Páuliani, Ftiótide.
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El individualismo es el antídoto del nacionalismo

Entender cabalmente cuáles son las causas profundas que hay por debajo de la invasión orquestada por Vladimir Putin a Ucrania es una tarea sumamente ardua. Más difícil aún, me parece, es formular propuestas para que la situación no termine de desmadrarse. Sin embargo, no dejo de pensar que el nacionalismo, del tipo que sea, es un ingrediente básico de este tipo de conflictos. Me vienen ganas de elogiar el individualismo, ¡sí, el individualismo!, porque a pesar de todos los defectos que pueda tener, es el mejor antídoto contra la fiebre del nacionalismo.

Hace unos cien años atrás, en su novela La marcha Radetzky, Joseph Roth escribía:

Ya no se cree en Dios. La nueva religión es el nacionalismo. Los pueblos ya no van a la iglesia. Van a las asociaciones nacionalistas.

En la novela, estas son las palabras que le dice el conde Chojnicki a Trotta, muy poco antes de que estallara la Gran Guerra. ¡Cuánto mejor estaría el mundo si no hubiese fanatismos, ni religiosos ni nacionalistas!

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Diario de la pandemia (lunes, 21 de febrero de 2022)

Si debiera describir en pocas palabras cuál ha sido la sensación prevaleciente la semana que terminó – obviamente, acá en Grecia y en lo que hace a la pandemia–, hablaría de una fuerte tendencia a recuperar la “normalidad” perdida.

El coronavirus ya no ocupa indefectiblemente la primera página de los diarios, ni es el tema obligado de las conversaciones de pasillo, ni condiciona de un modo significativo las decisiones laborales o recreativas que tomamos.

A juzgar por la gente que camina por las calles y los parques, uno diría que el uso de la mascarilla se volvió opcional: de cada cuatro transeúntes, solo dos llevan protección, uno “como Dios manda” y el otro como un absurdo recubrimiento del mentón.

El sábado, mi esposa y yo nos dedicamos a abrir la casa de fin de semana de la familia. Cuando terminamos, eran las seis de la tarde pasadas. Como no habíamos comido, fuimos a una de las tabernas que hay en la costanera de Porto Rafti, sintiendo que ya era demasiado tarde para almorzar y demasiado temprano para cenar. Había sido un día soleado y cálido, y el local había trabajado sin descanso todo el mediodía. Los mozos estaban exhaustos, juntando fuerzas para lo que seguramente les aguardaba a la noche… Tan en otra estaban ¡que ni siquiera nos controlaron los certificados de vacunación al entrar!

De todos modos, sería erróneo afirmar que hemos borrado el virus de nuestras vidas. Cada vez que algún familiar o amigo nuestro anda con tos o unas rayitas de fiebre, lo primero que preguntamos es si no tiene covid.

Otro ejemplo: los talleres de cultura que voy a dar a partir de marzo y hasta comienzos del verano boreal van a volver a ser a distancia, no presenciales. (Creo que al menos hasta que vuelva el calor las instituciones educativas van a seguir funcionando en base a las normas del estricto protocolo sanitario.)

¿Estará en lo correcto el energúmeno de Boris Johnson al dictaminar que de ahora en más el covid es una de las enfermedades virósicas más que tenemos y que, por lo tanto, hay que abandonar todas las restricciones y todos los “tabúes”, incluso el aislamiento del contagiado de coronavirus por una semanita?

¡Cuántas veces me sucedió en el pasado, antes de la pandemia, el haber estado resfriado o engripado y, no obstante, el haber ido a dar clases por más embotada que tuviera la cabeza “así los alumnos no perdían el día”! ¿En el futuro voy a hacer lo mismo, y no solamente con el resfrío común y la gripe estacional, sino también con el covid? ¿Voy a seguir prefiriendo la productividad a la prevención?

Les confieso que no solamente la gente está tratando de recuperar la normalidad perdida, sino que yo también. Y por eso dedico cada vez menos tiempo a informarme sobre la marcha del coronavirus en el mundo y de los avances científicos y en particular farmacológicos para curar o prevenir la enfermedad. En el fondo, mi razonamiento es este: el mundo se ha vuelto tan complejo y diversificado, que no nos queda otra que confiar: confiar en que habrá comisiones de expertos en todos lados que seguirán estudiando el coronavirus por años y formulando recomendaciones para que todos adoptemos.

Esto lo digo porque a mediados de la semana pasada escuché una entrevista que le hacían a un virólogo acerca de las nuevas vacunas que han aparecido. Me refiero no a las vacunas “contra el covid” así a secas, sino a las vacunas específicas basadas en la tecnología del ARN mensajero, preparadas para contrarrestar una infección con la variante ómicron. Y el experto decía que los estudios señalaban que la protección que brindaban estas vacunas específicas no era superior al que daban las vacunas que ya conocemos. Además, aclaraba que ponerse una tercera o cuarta dosis con este tipo de vacuna “sintonizada” para atacar en particular a la nueva variante no era recomendable, ya que, como seguía circulando la delta, era mejor una protección más amplia.

¿Cuál es la conclusión de todo esto para mí? Que de ahora en más, no me es posible seguir de cerca todos los desarrollos y todas las discusiones que se dan en torno a la prevención y del tratamiento del covid, como tampoco me es posible hacerlo con los cientos de enfermedades que afectan a la humanidad. Si el coronavirus se está volviendo endémico y tarde o temprano será declarado como el origen de una virosis más de las tantas que nos azotan, y si por tanto habrá que ponerse una vez por año una vacuna para evitar el desarrollo de síntomas graves, entonces no me queda otra que fiarme.

Parece ingenuo usar el verbo fiarse en casos como estos, pero ¿no es cierto que una sociedad moderna solo puede funcionar cuando cada una de las partes deposita al menos un mínimo de confianza en la labor de las otras? ¿No confío acaso en el panadero de la vuelta cada vez que voy a comprar el pan y lo consumo sin hacerle antes análisis de calidad? ¿No confío acaso en el cardiólogo que me desaconseja consumir grandes cantidades de grasas saturadas sin leer las últimas publicaciones científicas al respecto? ¿No confío, por fin, en el meteorólogo que me advierte de los riesgos de una próxima tormenta? (Está claro que no hablo de una confianza ciega sino de una suerte de “confianza racional”, si se me permite la expresión.)

La última quincena de febrero es una sucesión de días invernales y primaverales. Foto del golfo norte de Eubea.

Dejé para el último las famosas cifras de la pandemia, ya que –para bien y para mal– no muestran ninguna novedad. Ayer domingo, para dar un ejemplo, hubo 67 muertos de covid y 471 personas intubadas. Por otro lado, los contagios oficialmente confirmados fueron algo menos de 10.000. Como salta a la vista, las curvas indican una leve tendencia al descenso. Consideradas fríamente, los números no dan pie ni para el pánico ni para la euforia, pero en nuestra percepción cotidiana, insisto, tendemos a pensar que “ya es hora de ir cerrando este largo capítulo mundial de la pandemia”.

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Persona y sujeto de derecho: algunas consideraciones filosóficas y éticas

Las voces persona y sujeto de derecho, ¿son sinónimas? En principio, la respuesta parece ser afirmativa. Si un ser es persona, entonces es un ente del cual emanan los distintos derechos establecidos en la sociedad en que vive y al cual se le aplican esos mismos derechos, esto es, goza de esos derechos. De la misma suerte, si alguien es considerado sujeto de derecho, entonces también puede decirse que es persona.

Al mencionar esto estoy pensando en que muchas veces el contexto en el que aparecen esos términos es tan claro que ambos se vuelven intercambiables, sin que quede margen para malentendidos.

De todos modos, creo que hay varios matices en cada uno de los términos mencionados que sería importante tener en cuenta a la hora de emplearlos.

El primer aspecto que quisiera resaltar es que persona es un concepto mucho más difundido que sujeto de derecho y constituye el ámbito de reflexión de varias ramas de la filosofía: aparte de la filosofía del derecho y de la filosofía política, aparece en la ética, la antropología y la metafísica. En efecto, cuando nos preguntamos qué es el hombre, qué debe hacer y qué le cabe esperar, nos estamos interrogando por la persona humana.

Hablar de persona nos lleva a referirnos a otro concepto central de la filosofía y directamente relacionado, el de personalidad. Aquí hay que recordar que personalidad tiene dos significados, uno psicológico y otro filosófico. En inglés, existen dos palabras para distinguir justamente ambos aspectos: personality, que se relaciona con el primer significado y personhood, que se vincula con el segundo.

Por ejemplo, cuando decimos que un adolescente desarrolla su personalidad en sus interacciones en la escuela, la familia y el grupo de amigos, estamos utilizando el término en el sentido psicológico. En cambio, cuando nos preguntamos qué dimensiones son constitutivas de la personalidad con el fin de decidir, por ejemplo, si un feto humano o un perro son personas o no, lo usamos claramente en el otro sentido, el estrictamente filosófico.

(Para adelantarme ya a una cuestión espinosa: si alguien dice que, por ejemplo, la capacidad de emplear un lenguaje complejo con una dimensión sintáctica, otra semántica y otra pragmática es un elemento esencial de la personalidad, entonces ni los perros ni los fetos –y ni siquiera los niños antes de, al menos, los cuatro años– son personas.)

Cuando más arriba escribía persona humana para referirme al hombre en tanto ánthōpos, pensaba en otras categorías posibles de persona. Por lo pronto, podríamos llamar persona jurídica a todas las organizaciones creadas y mantenidas en vida por los hombres. Una empresa, por ejemplo, es una persona jurídica desde el momento que podemos considerarla como un agente social que realiza una serie de operaciones en el mercado y sobre la cual recaen una serie de responsabilidades.

Es cierto que, en última instancia, las personas jurídicas se pueden “reducir” o “descomponer” en las personas de carne y hueso que las han creado, que las poseen y que las dirigen. Si Juan Pérez y María García son los fundadores y dueños de la empresa X, ellos son, en última instancia, los responsables de los aciertos y de los desaciertos que puedan atribuírsele a su empresa.

Un caso distinto es el de la persona divina o Dios. Para los creyentes de cualquiera de las religiones monoteístas o politeístas, la divinidad o las divinidades son personas, es más, son personas excelsas. (Para los católicos, el diablo también sería una persona divina, aunque en extremo despreciable.)

Paso ahora a la otra expresión, a la de sujeto de derecho. Por supuesto, la expresión completa sería sujeto de derecho y de obligación. Las personas gozan de una amplia serie de derecho porque también poseen una amplia serie de obligaciones. Derecho y obligación son las dos caras de la misma moneda.

Ahora bien, en nuestro mundo moderno hemos atribuido un conjunto de derechos a seres que no solamente son incapaces de obligarse a hacer algo, sino que ni siquiera comprenden el privilegio que se les ha otorgado (por más que podamos decir que “bien se lo merecen”). Hoy en día se ha vuelto corriente afirmar que un bebé tiene derechos, que un perro tiene derechos, que una gallina tiene derechos, que un monumento histórico tiene derechos, que un biotopo tiene derechos.

Para no poner todo en la misma bolsa, conviene distinguir entre, por ejemplo, el derecho a no ser objeto de maltratos o sufrimientos gratuitos (aquí entran el bebé, el perro y la gallina) y el derecho a no ser objeto de destrucción o degradación gratuitas (el monumento y el biotopo).

En mi opinión, en ninguno de los cinco casos mencionados podemos hablar con propiedad de sujetos de derecho. Ni el bebé ni el biotopo –para ir de un extremo al otro de la lista– son sujetos en el sentido de personas. En todo caso, podríamos utilizar un término mucho más neutral y decir que son titulares de derecho; en concreto, que son titulares de los derechos a no sufrir maltratos ni destrucción.

Ahora bien, sé perfectamente que una cosa es hablar como filósofo y otra es hablar como activista. Mis amigos activistas me reprochan mi comedimiento a la hora de hablar sobre los derechos. En el fragor de la batalla política, lo sé, es mejor hablar de “los derechos de los animales” o llevar una pancarta en la que se lea “los derechos de la Naturaleza” sin comenzar a hacer disquisiciones inoportunas.

De todos modos, como este blog es una página de notas filosóficas, no me queda otra que analizar los términos usados en función de su significado filosófico. Así, estrictamente hablando no podemos decir que los bebés, los perros, las gallinas y menos aún los monumentos y los biotopos son sujetos de derechos. Claro que la expresión que nos queda disponible, la de objeto de derechos, es horrible como se la mire. Es por esta razón que hace un tiempito se me ocurrió cambiar un poco los términos. De hecho, en vez de referirme a los sujetos y los objetos de derecho, cada vez más prefiero decir agente de derecho y paciente de derecho. Pero este punto amerita un tratamiento más pormenorizado en una entrada futura de este blog.

«Todas me quieren por mi cuerpo», se lamenta la chancha de esta viñeta. Muchos griegos están a favor de los derechos de los animales pero pocos están dispuestos a cambiar su estilo de alimentación.
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Diario de la pandemia (lunes, 14 de febrero de 2022)

El viernes de la semana pasada le comentaba a un amigo que vive en México, que hacía ya un tiempito que no oíamos de nuevos contagios entre nuestros conocidos y ni siquiera entre los conocidos de nuestros conocidos. ¡Para qué habré abierto la boca! El fin de semana nos enteramos de que al menos cinco de los compañeros de mi hija mayor resultaron positivos en el test casero que tenían que hacerse. La moraleja es que el virus sigue dando vuelta y que, tarde o temprano, nos infectaremos los cuatro en casa.

Sin embargo, a esta altura del partido el hecho de contagiarse del coronavirus se ha vuelto algo casi rutinario. No es que ya sea comparable con contagiarse de un resfrío o una gripe, pero lo cierto es que no nos quita el sueño saber tal o cual amigo o pariente se ha infectado, sobre todo si tiene las vacunas correspondientes y es joven o, al menos, si no peina muchas canas.

De todos modos, la sensación generalizada de distensión con la que comencé esta nota no es gratuita, porque las cifras que día a día publica el Gobierno muestran una leve pero continua tendencia a la baja. Por ejemplo, ayer el número de contagios se situó en los 10.000. Claro que ayer fue domingo y, como es sabido, los números son siempre más bajos los fines de semana. Pero aun suponiendo que hoy o mañana dupliquemos ese número, siempre vamos a estar muy por debajo del techo que tuvimos en diciembre.

Alguien bien puede aclarar que si el virus está volviéndose endémico, entonces los resultados de los test diarios no reflejan la realidad; es dable pensar que cada día hay miles y miles de nuevos contagios que no se declaran porque incluso ni se testean.

Como sea: lo cierto es que el número de pacientes con respiración artificial en terapia intensiva va bajando. Ayer la cifra descendió a 499, un monto sin duda importante para un país como Grecia, pero ¡¿hacía cuánto que esa cifra no bajaba la barrera de los 500?! De seguir las cosas así, calculo que para el inicio de la primavera los hospitales van a pasar del anaranjado-rojo en que están todavía al anaranjado-amarillo.

Claro que el número de muertes diarias sigue siendo alto, casi diría alarmante (ayer domingo tuvimos 75 defunciones por covid, pero los días pasados el número rozó o superó la centena). Ahora bien, este punto me lleva inevitablemente a tocar ese otro de la vacunación, porque los que mueren terminan siendo, en su gran mayoría, personas que no se habían vacunado o que no se habían vacunado con las tres dosis.

A la fecha, en Grecia solo el 71 % de la población recibió las dos dosis que antes decíamos que correspondían a la “pauta completa”. Más escalofriante es constatar que solo el 48 % de la gente tiene la vacuna de refuerzo. ¡Y eso a pesar de toda la evidencia científica! ¡E incluso a pesar de que quien después de medio año no se pone el refuerzo pierde el estatus de inmunizado y, con ello, la posibilidad de disfrutar de una vida más o menos normal!

Eso me lleva, a su vez, al tema de los controles: ¿se controla en los restaurantes, cines y comercios? Lo cierto es que sí, aunque seguramente no con toda la acribia que sería deseable. Doy un ejemplo. El fin de semana fuimos mi gente y yo con unos conocidos a una taberna de categoría “familiar” en la región de Ftiótide, a unos doscientos quilómetros al norte de Atenas. La señora que nos recibió nos pidió amablemente el certificado de vacunación a todos, grandes y pequeños, no bien nos sentamos a la mesa. Hasta ahí, todo bien. Pero cuando le preguntamos si quería ver también nuestros documentos de identidad, hizo el típico gesto de “bah, no, no hace falta”, y siguió con otras cosas.

En las zonas montañosas de Grecia siguen la nieve y el mal tiempo. Foto del parque situado a las afueras de Páuliani, un pueblito en la región de Ftiótide.
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Diario de la pandemia (7 de febrero de 2022)

Si debiera describir sucintamente la sensación generalizada en Grecia, diría: La pandemia no pasó, pero dejó de estar entre los temas candentes del día. Efectivamente, las tapas de los diarios les dan prioridad a otras noticias, la gente conversa preferentemente sobre otros temas, las preocupaciones de chicos y grandes vuelven a ser las que tenían antes del coronavirus…

Ayer charlaba, por ejemplo, con un contador que asesora a algunos comercios grandes de Atenas y me decía que este año los empresarios esperan un nuevo boom del turismo. Hay un leve optimismo en los mercados griegos (y eso que el encarecimiento de la energía, la inflación a nivel mundial y la pulseada en las fronteras ucranianas nos pone a todos los nervios de punta).

De algún modo, es como si hubiésemos hecho las paces con esta situación en la que prevalece la variante ómicron. Sabemos que el virus no se va a ir del planeta, es más, todo hace pensar que se volverá endémico como tantos otros virus que ya conocemos, y bueno, frente a ese escenario no queda otra que aceptar lo que nos toca vivir, darle para adelante y protegernos de la mejor manera posible, sin caer en un exceso de celo: para eso están las vacunas con sus respectivos refuerzos, las mascarillas, etc.

Frente a esa perspectiva, yo lo único que tendría para agregar es que aún no sabemos cuánto margen tiene el virus para evolucionar y dar lugar a una variante desconocida, contagiosa como ómicron pero tan o más patogénica que delta. Con buena parte de las sociedades más pobres del orbe aún hoy escasamente inmunizadas, es demasiado temprano para cantar gloria.

Anoche necesitábamos en casa un par de cosas para la heladera y pegué un salto a uno de los supermercaditos del barrio que están abiertos los domingos hasta tarde. A la vuelta, pasé por enfrente de la farmacia, que justo estaba de turno, y me sorprendió ver la fila de gente que esperaba en la calle para hacerse el rapid test. Uno se olvida por un par de horas, me dije para mis adentros, pero el bicho sigue abriéndose paso.

Últimamente, el Gobierno ha levantado algunas de las medidas adicionales que había tomado a inicios del invierno, cuando el número de casos se multiplicaba de una manera inaudita. Por ejemplo, ahora los restaurantes y las tabernas pueden volver a poner música (se había prohibido la música en vivo y la música de fondo para que la gente no cantara ni se viera obligada a hablar más fuerte, propiciando así la difusión del virus).

Hay otras medidas que se cumplen a medias; por ejemplo, el uso de la mascarilla. En principio, es obligatorio ponerse la mascarilla cada vez que uno sale de su casa, pero en la calle hay muchísima gente que va si protección y nadie hace cumplir la norma.

En lo que respecta al certificado de vacunación, los negocios grandes o de cierto prestigio siguen exigiendo su exhibición junto con el documento de identidad del portador. El sábado a la mañana me fui a tomar un café en uno de los bares del barrio y a pesar de que me senté en la parte de afuera, lo primero que hizo el mozo fue controlar me certificado. (Demás está decir que en los negocios chicos ya nadie exige nada para entrar y permanecer allí.)

Los guarismos epidemiológicos confirman esta sensación un poco ambigua que estoy tratando de describirles. El número de contagios diarios sigue siendo alto: con casi 11.000 nuevos infectados ayer domingo no se puede decir que las cosas vayan bien. Y doy por descontado que la cifra de contagios no declarados es mucho más elevada.

De todos modos, y acá parece estar el quid de la cuestión, sigue siendo cierto eso de que la abundancia de contagios no se traduce en casos de covid, sobre todo, en casos de enfermedad con síntomas preocupantes que requieran la internación. De hecho, en número de intubados en terapia intensiva sigue oscilando en alrededor de los 550, una cifra sin duda alta, pero que le deja al sistema nacional de salud un margen de maniobra no despreciable.

Lo que está fuera de discusión es que el número de muertos por día sigue siendo muy alto. Ayer, por ejemplo, fallecieron 95 personas y los últimos días hemos venido teniendo números parecidos.

Aclaro que, de los que se mueren, una tajada importante está formada por individuos que no se habían vacunado o que no tenían la pauta completa. De todos modos, no son pocos los que fallecen a pesar de tener las dos dosis iniciales más la de refuerzo, pero en casi todos de estos últimos casos se debe a personas con factores que los volvían vulnerables: comorbilidad, edad por sobre los 70 años, etc.

Los últimos días fueron un anuncio de la primavera. El calor llevó a que muchos bolsones de procesionarias (κάμπιες, como las llaman aquí) se abrieran, tal como se ve en la foto de abajo.
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Diario de la pandemia (lunes, 31 de enero de 2022)

Como exclamó una conocida mía: “¡Esta semana con la nieve nos olvidamos del coronavirus!”. En efecto, la nevada histórica que cayó sobre buena parte del territorio griego, incluidas Atenas y la región, desplazó el foco de nuestra atención y de la atención mediática a las cosas buenas y malas que trajo aparejadas el fenómeno meteorológico.

El grueso de la nevada cayó el lunes pasado y desde entonces la ciudad y el país quedaron prácticamente paralizados por cinco días.

El año pasado, a mediados de febrero, también había caído una nevada impresionante. Voy a recordar por años la fecha: 16 de febrero de 2021, porque ese día, aparte de ir a jugar al parque con las chicas y de fotografiar el barrio que como nunca antes se había cubierto de un manto blanco, me puse la primera dosis de la vacuna contra el covid. Entonces había pocas vacunas y eran solo para los mayores de 80, pero como con el temporal esa franja etaria apenas podía moverse, me llamaron del hospital para que no se echaran a perder las vacunas que ya estaban listas.

Sin embargo, la nevada del invierno pasado no fue tan cuantiosa como la de este. Además, entonces siguieron un par de días de temperaturas moderadas, con lo que la nieve se derritió pronto, mientras que esta vez continuó haciendo frío hasta anteayer, con lo que la nieve tardó en irse. De hecho, aún hoy, a exactamente una semana del acontecimiento, sigue habiendo bancos de nieve incluso en las avenidas centrales de Atenas.

El Gobierno estará haciendo las sumas y las restar para determinar cuáles fueron exactamente los costos (económicos y sociales) de la nevada. En el listado que estarán barajando seguramente se encuentran aspectos como los siguientes: escuelas cerradas por, al menos, toda una semana; calles bloqueadas debido al hielo y a las ramas, los árboles, los cables y los postes tumbados por el peso de la nieve; dos días de asueto nacional (martes y miércoles) porque era literalmente imposible desplazarse de un lado a otro; rutas cortadas y autos y camiones varados en el medio de las rutas por horas e incluso días (se imaginan la fiesta que se hicieron los periodistas con la rabia de los conductores), hogares sin electricidad por varios días, etc.

Cada vez que ocurre un fenómeno meteorológico fuera de lo común como este, es natural preguntarse cuándo fue la última vez que pasó algo así. En mis ya más de doce años de residencia en Atenas, yo nunca había visto algo semejante. Ya dije que el año pasado tuvimos una nevada copiosa, pero no tan desastrosa como esta. Incluso los mayores confiesan no recordar algo igual. Pero sabemos que nuestra memoria colectiva es poco fiable; ya los meteorólogos confirmarán o descartarán nuestras conjeturas.

Lo único que tengo para agregar a la espera de los datos científicos es que este último semestre vivencié dos extremos, el verano más caluroso de que se tenga noticia (confirmado) y un invierno extremadamente frío, que aunque no haya sido el más helado de la historia griega, fue el más intenso de, al menos, la última década. ¿Casualidad? ¿O acaso una nueva muestra del cambio climático en ciernes?

Ayer domingo volvió la normalidad, sobre todo gracias al día soleado. En el fondo, el monte Pentélico aún nevado y la zona norte de Atenas

Bueno, paso ahora a la pandemia. Como se imaginarán, no hay mucho para contar, y no porque en el ínterin no haya habido malas noticias, sino porque –¿cómo decirlo?– se nos ha hecho callo el órgano receptor de las “pálidas” del covid. Ayer domingo, para que se den una idea, hubo casi veinte mil nuevos contagios. Y creo que ahora, con la contagiosidad de la ómicron, se escaparán de las redes del testeo oficial por día miles y miles de casos más.

Por otra parte, ayer volvimos a tener unos cien muertos por el virus. Y digo volvimos, porque venimos teniendo una seguidilla de esa cifra de muertes diarias.

La única noticia alentadora es que ha bajado un poco la cantidad de pacientes intubados en terapia intensiva. Durante las semanas pasadas estuvimos en los seiscientos y pico, ahora estamos rondando los quinientos y pico. Sin duda que se trata de cifras altas, pero del rojo vivo pasamos a un anaranjado oscuro, para ponerlo de algún modo gráfico.

La conclusión que uno puede extraer de estos datos es que el virus sigue entre nosotros. Es más, parece nomás que se está volviendo endémico, con lo cual de ahora en adelante lo vamos a tener por años o siglos como compañero de la evolución humana. De no surgir una nueva variante más mortífera, el virus irá contagiando una y otra vez a gran parte de la población, causando en algunos individuos síntomas leves y en otros graves, cuando no letales. Como titulaban una nota aparecida hace poco en The Lancet dos especialistas: “Omicron severity: milder but not mild”, ómicron es más suave que, por ejemplo, delta, pero no suave (a secas).

Bibliografía

Joshua Nealon y Benjamin J. Cowling, “Omicron severity: milder but not mild”, The Lancet, 19 de enero de 2022

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Diario de la pandemia (25 de enero de 2022)

Es peregrino pretender reflejar la sensación generalizada en estos días en Grecia cuando uno no cuenta con sondeos serios de opinión, así que lo que voy a decir acá es una simple conjetura.

La gente, harta ya de la pandemia después de más de dos años, cree que con la difusión de la ómicron en Europa (y en casi todo el resto del mundo) la peste ha entrado en su fase final. La prueba que se presenta es que se están contagiando literalmente uno tras otro, y eso no lleva al temible colapso del sistema sanitario. Es cierto que los hospitales están llenos, pero no están desbordados, nos dicen, tal como lo estaban hace por ejemplo un año atrás, cuando las variantes alfa y delta saturaban las instituciones de la salud con un número increíblemente menor de infecciones diarias.

Insisto: lo mío es solo una conjetura que en el mejor de los casos merecería la corroboración empírica, pero de todos modos me ayuda a entender la conducta de la gente. No he visto ningún loquito que salga a contagiarse deliberadamente, pero tampoco se ve a una porción importante de la población encerrada en sus casas para evitar a toda costa la infección.

De lo que sí puedo dar fe es de que de los casos de parientes y conocidos griegos que se contagiaron en lo que va del mes de enero, ninguno la pasó feo. Unos fueron asintomáticos, mientras que otros tuvieron los síntomas leves característicos de un resfrío. (Recuerdo únicamente una muerte, pero se trataba de una anciana ya muy enferma.)

A decir verdad, en ninguno de esos casos sabemos si la infección fue efectivamente con la ómicron, solo lo inferimos a partir de la levedad de los síntomas.

Ayer cayó una nevada imponente en Atenas y me recordó la del año pasado. Entonces estábamos en pleno confinamiento, con las escuelas y los negocios cerrados. Las vacunas acababan de llegar a Grecia (eran las primeras tandas de la de la Pfizer-BioNTech) y tanto la esperanza como el recelo eran más intensos que ahora.

(A un año de aquello, muchos seguimos pensando que la vacuna es la mejor arma de que disponemos, pero ya nos hemos puesto tres –y no dos dosis, como se nos decía– y el riesgo de infectarnos es aún considerable; en lo que hace al recelo, sí, somos menos recelosos: a nadie le salió una cola monstruosa por ponerse la vacuna, y los casos desafortunados que terminaron en muertes fueron poquísimos, los podemos contar con los dedos de las manos mientras recordamos las 20.000 víctimas mortales del virus.)

Dejo ahora las conjeturas y los recuerdos, y paso a las cifras puras y duras de ayer. En primer lugar, el número de contagios fue alto, más de 19.000, sobre todo considerando que veníamos del fin de semana, cuando las cifras de infecciones son siempre más bajas.

Como hoy las autoridades decretaron asueto por la tormenta de nieve que está afectando a todo el territorio griego, es probable que también esta tarde y mañana veamos cifras más reducidas de contagios que la semana pasada.

La nevada de ayer lunes sumió a la ciudad en una parálisis que recordaba el confinamiento de las oleadas pasadas de la pandemia

Por otra parte, el número de pacientes en terapia intensiva e intubados sigue girando en torno a los 650. No es una cifra menor para el país, pero tampoco nos permite concluir que la situación está fuera de todo control.

Lo que sí sigue siendo alto es el número de muertos por día. Ayer hubo 111 defunciones, y durante el fin de semana pasado tuvimos cifras comparables.

¡Atención!, quiero ser muy cuidadoso. No quiero darles a entender que el número de intubaciones es “solo” de 650 ni que el número de fallecidos ronda “solo” la centena. No se trata de afirmar que las cifras podrían ser aún un poco más elevadas sin que se llegue al descalabro generalizado, porque la realidad de los hospitales griegos es ya dramática. Por ejemplo, algunos de los principales hospitales griegos (el “Evangelismós”, el “Sismanoglio”, etc.) desde hace un tiempito ya se han vuelto hospitales enteramente dedicados a atender pacientes con covid.

La primera consecuencia de eso es que el personal sanitario está exhausto. ¡Hay que vérselas ahí dentro, luchando las 24 horas contra el virus!

La segunda es que muchos pacientes con otras enfermedades graves (con problemas cardíacos, con tumores, etc.) han visto aplazados sus tratamientos. Por ejemplo, un paciente que necesitaría ser operado del corazón debe esperar hoy con suerte entre ocho y diez meses para que le llegue el turno (cuando, en realidad, lo conveniente sería no diferir la intervención).

Lo más triste de todo esto no es solo la cantidad abultad de muertes diarias por covid, sino la cifra difícil de determinar de pacientes cardiológicos, oncológicos y demás que fallecen día a día porque no reciben el tratamiento en tiempo y forma, esto es, el tratamiento que merecerían.

Grecia, como el resto de los países europeos, ha vuelto a priorizar la atención de los enfermos de covid, relegando a un segundo o tercer plano los demás casos.

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El mérito como criterio para el triaje: consideraciones adicionales

En una entrada de la semana pasada defendía la propuesta de que el mérito debe ser uno de los criterios a tener en cuenta en el odioso caso de tener que hacer un triaje, esto es, una selección última de pacientes en circunstancias excepcionales, tales como las que nos presenta una y otra vez la pandemia. Claro que en esa discusión mérito significaba ni más ni menos que “contar con la pauta de vacunación completa (y, eventualmente, con la dosis de refuerzo)”, esto es, no incluía otras dimensiones del mérito, como podrían ser la condición de no fumador del paciente o su observación estricta de las medidas establecidas por el protocolo sanitario. Cuando hay solo unos minutos disponibles para decidir a qué paciente le corresponde la última cama del hospital dotada de un respirador, no tiene sentido comenzar a escarbar en el pasado del enfermo en busca de aspectos meritorios.

Yo no abogo por una sociedad meritocrática: el mérito no debe constituirse en el único parámetro para llevar a cabo un triaje, ni para decidir en general quién ha de tener acceso a qué prestaciones de salud, ni para organizar toda la vida comunitaria, en sus múltiples aspectos. De todos modos, tampoco defiendo la postura contraria según la cual hemos de eliminar cualquier referencia al mérito personal a la hora de asignar los siempre escasos recursos sociales. In medio virtus, decían los medievales en un esfuerzo por condensar la ética de Aristóteles: en el justo medio se halla la posición acertada.

Cuando comencé mi investigación de doctorado, mi codirector de tesis, Dieter Birnbacher, me sugirió leer un viejo librito de Nicholas Rescher, Distributive Justice, texto que desde entonces ha quedado en mi memoria. Rescher, con su predilección por la exhaustividad y la sistematicidad, reúne todos los criterios pensables para realizar una asignación justa de recursos, desde la necesidad del futuro beneficiario hasta su mérito, y los analiza a todos, capítulo a capítulo.

La conclusión de Rescher es que ninguno de los criterios imaginables puede volverse, por sí solo, el centro de nuestra concepción de la justicia (en el ámbito médico, en el laboral, en el educativo, etc.). Por suerte –o por desgracia, depende de cómo se lo mire– nuestras consideraciones éticas respecto a la justicia están llamadas a ser más complejas y matizadas de lo que a primera vista desearíamos.

Repito: querer hacer del mérito la única base sobre la cual construir nuestras valoraciones sociales es tan erróneo como pretender lo contrario, ya que un sistema social organizado sin ninguna referencia a lo meritorio es tan inestable como una mesa sin una de sus cuatro patas.

La crítica que normalmente se le hace desde la izquierda al señalamiento del mérito es que así se deja fuera de la competición a un amplio sector de la población que carece de antemano de los recursos necesarios para competir. Es injusto darle el premio escolar a, digamos, Juan y no a Pedro, si Juan viene de una familia culta y adinerada que pudo darles a sus hijos todo el estímulo y ofrecerles todas las condiciones para que se destacaran en la vida académica, mientras que Pedro no ha contado con nada de eso.

Pero si una sociedad llegara a brindarles a todos los niños las mismas condiciones de partida, si todos pudiesen ubicarse en la misma línea antes de comenzar la carrera, ¿no sería entonces justo que uno de los dos, Juan o Pedro, se llevara al final los laureles en base al mérito?

En la teoría de la justicia bosquejada por Rescher queda claro que si Pedro tiene más necesidades que Juan, entonces es justo que reciba la compensación necesaria antes de la competencia. (La teoría de la justicia de Rescher es, por decirlo de algún modo, multifactorial: la necesidad cuenta tanto como el mérito.)

No se trata de eliminar la competencia de la vida colectiva, sino de hacerla justa. (Además, mérito no es sinónimo de éxito, sino de empeño puesto, independientemente del resultado obtenido.)

He hecho toda esta larga introducción para decir que, así como debemos mantener el criterio del mérito a la hora de asignar recursos escasos a los pacientes, también hemos de velar por que las condiciones sociales de partida sean lo más ecuas posibles. Si alguien argumenta que hay sectores de la población norteamericana, tal como lo hacen Olivia Schuman et álii, que no han podido tener acceso justo a la vacunación, entonces es correcto que dejemos de lado el criterio del mérito (en tanto “posesión de la pauta completa de vacunación”) a la hora de efectuar un triaje.

Ya dije que conozco muy poco de los Estados Unidos y, sobre todo, de la Norteamérica profunda, para decidir si los autores tienen razón o no en su denuncia de un racismo estructural e internalizado como el principal factor que ha llevado a que the people of color (la gente de color) no esté tan vacunada como la población blanca.

De todos modos, quisiera citar aquí un breve artículo escrito por Harald Schmidt y colegas, recientemente aparecido en la misma revista de bioética, que en cierta medida dialoga con el anterior.

Es más, el artículo sugiere la idea contraria: que en los Estados Unidos ha habido una amplia aceptación de las políticas de vacunación que favorecían a los sectores tradicionalmente marginados, constituidos por la gente de color. Por ejemplo, en algunas ciudades norteamericanas la vacunación anti-covid comenzó antes en aquellos barrios que se destacaban por su alto índice de vulnerabilidad social (Social Vulnerability Index).

Si esta aseveración es correcta, entonces ha habido un cierto esfuerzo, por tímido que hubiera sido, por compensar las carencias de los sectores vulnerables. Por tanto (la conclusión corre por mi cuenta), no es del todo descabellado (ni despiadado, ni derechista) proponer al mérito como uno de los criterios para efectuar un triaje, en caso de que sea necesario.

Bibliografía

Harald Schmidt et al., “US adults’ preferences for race-based and place-based prioritization for COVID-19 vaccines”, Journal of Medical Ethics, 2022

Olivia Schuman et al., “COVID-19 vaccination status should not be used in triage tie-breaking”, Journal of Medical Ethics, 2022

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