La eutanasia en Bélgica (primera parte)

Bélgica ha sido uno de los primeros países en legalizar la eutanasia voluntaria. De hecho, la legalización belga ocurrió en 2002, tan solo unos meses después de la neerlandesa. Pero mientras que en el ámbito hispanohablante se habla mucho de los Países Bajos, no se escucha tanto de la situación en el país vecino.

La ley belga que regula las prácticas eutanásicas ha sido desde su entrada en vigor bastante flexible; ello permitió, por ejemplo, que en 2014 se introdujera una modificación gracias a la cual incluso los niños menores de 12 años pueden solicitar la eutanasia, en caso de reunir los requisitos especificados por la normativa. Igualmente, la condición de “sufrimiento intolerable”, sea físico o mental, se extendió no solo a aquellos que padecen enfermedades corporales, tales como el cáncer o la esclerosis lateral amiotrófica, sino también a los pacientes psiquiátricos con trastornos severos e incurables.

Por lo que tengo entendido, el proceso de discusión, aprobación e implementación de la ley fue mucho menos polémico en Bélgica que en otras latitudes. Al menos para quienes, como yo, la vemos desde fuera, la belga parece ser una sociedad pluralista, dispuesta a aceptar distintas formas de vida (y de muerte) entre sus ciudadanos, mientras no se altere la convivencia.

De todos modos, tolerancia no es sinónimo de indiferencia; en efecto, en Bélgica hay un sector importante de la población que se opone a la eutanasia. Dentro de ese sector, hay un buen número de enfermeros, médicos de todas las especialidades, terapeutas, bioéticos, etc., empeñado en mostrar que hay alternativas preferibles a la muerte voluntaria.

Recientemente, la editorial Springer a puesto a disposición de todo interesado el libro Eutanasia: en busca de la historia completa. Experiencias y reflexiones de los doctores y enfermeros belgas, editado por Timothy Devos.

El original fue publicado en francés en 2019, mientras que la traducción al inglés apareció este año. Aquí les indico el enlace para descargar el PDF: Euthanasia. Experiences and Insights of Belgian Doctors and Nurses.

A partir de ahora voy a publicar una serie de entradas en este blog comentando los principales ensayos contenidos en el libro.

Hoy me voy a concentrar en el primero de los ensayos, el de Eric Vermeer, cuyo título es “The slippery slope syndrome”, algo que podríamos traducir como “El síndrome del desliz moral”. Justamente, el objetivo del autor es señalar críticamente el hecho de que la práctica eutanásica se ha “trivializado” o “banalizado” en Bélgica. La eutanasia, que probablemente hace tan solo unas cuatro o cinco décadas, era un tabú, pasó en los últimos años a ubicarse en el extremo opuesto, al punto de volverse una realidad cotidiana como cualquier otra. Vermeer, un profesional de la salud polifacético (es enfermero, terapeuta, asesor en cuestiones de bioética, etc.) no solo se ha opuesto a la ley belga de fin de vida, sino que activamente busca señalarle a los pacientes las diversas alternativas con que cuentan en su estadio final. Armado de numerosos ejemplos tomados de su labor cotidiana, argumenta que la opción por la eutanasia nunca es fácil y que muchas veces detrás de ella se esconden no la autonomía y la dignidad, sino por el contrario la falta de autoestima, la soledad, la impotencia, cuando no la indiferencia de los familiares del moribundo.

Quisiera hacer dos comentarios al artículo de Vermeer. En primer lugar, no puedo sino expresar mi admiración a todos aquellos profesionales de la salud que, con su tiempo, con su dedicación, con su entrega y con su profesionalismo y humanidad a la vez, hacen lo posible para que los pacientes terminales a su cargo se encuentren mejor. Para un enfermo, a veces el simple hecho de saber que puede contar con un enfermero o con un médico, puede marcar la diferencia entre un estado anímico y otro, entre el día y la noche del alma. Ojalá nuestros hospitales, nuestras clínicas, nuestros consultorios, nuestros asilos e incluso nuestros propios hogares fuesen más humanos y cálidos; ojalá en todos estos lados la consideración, el respeto y, por qué no, incluso el amor fueran las cualidades que permearan las relaciones de los enfermos y los profesionales de la salud.

Sin embargo, y pasando al segundo punto, pienso que incluso en un ambiente ideal, utópico diría, como el que acabo de señalar inspirado en Vermeer, la cuestión de la eutanasia no se resolvería. Porque así como hay pacientes que cuando encuentran calor humano cambian su manera de ver la vida y la muerte, hay también otros que no lo hacen. Hay muchas historias de pacientes, que el autor no considera en su ensayo, que muestran que un moribundo puede sentirse comprendido y contenido no solamente por sus médicos, sino por toda su familia y por los amigos que le quedan, y que, no obstante, opta con íntimo convencimiento por ponerle un punto final al estado deplorable que se encuentran. Por eso sigo pensando que la muerte voluntaria debe ser una de las alternativas viables para todo enfermo capaz.

Además, no olvidemos que la realidad de los hospitales, en Bélgica y en todo el mundo, dista mucho de la que Vermeer nos pinta, seguramente de buena fe. Repito: ojalá las cosas fueran como el autor desea, pero la realidad es bastante más cruda. Ser amoroso y predicar el amor son tal vez las mejores cualidades para un ser humano, pero ni lo uno ni lo otro puede hacer frente a la realidad hospitalaria actual. Necesitamos leyes “pragmáticas” que respondan a nuestras realidades tal como son. Y la ley belga, aun cuando sea mejorable, da una respuesta a una situación que, de otro modo, sería mucho peor.

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Diario de la pandemia (19 de mayo)

Les confieso que cada vez que me propongo escribir esta entrada semanal sobre la pandemia en Grecia, y que, por lo tanto, comienzo haciendo un recorrido mental por los últimos días, tengo sensaciones diferentes, según los casos: unas veces me parece que la situación, como si fuese una tortilla, se dio vuelta de un día para otro; otras veces, en cambio, tengo la sensación contraria: nihil sub sole novum, no hay nada nuevo bajo el sol; en otras, finalmente, siento que lo único digno de nota es la profundización de un tendencia que ya había delineado la semana anterior…

Bueno, hoy escribo sintiendo justamente esto último, esto es, que en los días que han transcurrido desde el post pasado siguieron tan solo afianzándose las corrientes que ya señalaba entonces. ¿Qué significa esto? Significa que, por un lado, si uno habla con la gente y, sobre todo, ve lo que hace, tiene la impresión de que lo peor de la pandemia ya pasó, y pasó para siempre (no hasta el próximo otoño). A esta manera de pensar contribuyen las sucesivas reaperturas y el levantamiento progresivo de muchas de las medidas establecidas por el protocolo sanitario.

Es claro que una vuelta rotunda a la normalidad que conocíamos antes de la pandemia no es posible, al menos este año. Por ejemplo, todavía no han reabierto todas aquellas actividades no esenciales que se desarrollan en espacios cerrados: las salas de cine, los restaurantes que no cuentan con mesas afuera, las escuelas de baile, etc. Sin ir más lejos, en el instituto de cultura en que trabajo seguimos dando clases por Zoom, porque todavía no tenemos permiso para retomar la modalidad presencial en las instalaciones.

Por otro lado, creo que por todo 2021 vamos a seguir realizando todos esos actos que casi no cuestan nada y tienen un gran beneficio, como ponernos una mascarilla cada vez que salimos de casa.

Pero, además de esta tendencia social a la reapertura y la vuelta a la normalidad, hay otra tendencia algo divergente y que ha seguido su propia marcha, tal como lo señalaba asimismo los días pasados. Me refiero a la tendencia que marcan los epidemiólogos. Es cierto que aquí también podemos ver una evolución favorable, pero muy lenta. Para que se hagan una idea concreta: ayer el número de contagios rondó los 3000 y los muertos fueron más de 60. En resumidas cuentas: las curvan descienden, pero más trabajosamente de lo que esperaríamos.

Sotiris Tsiodras, que es el epidemiólogo de referencia del actual gobierno, una especie de Anthony Fauci griego, los otros días apareció en la televisión alertando a la población: la pandemia no solamente no se fue, sino que sigue bien instalada en la sociedad. Además, el relajamiento excesivo que se ha visto en los últimos días (fiestas clandestinas, bares que no siguen el protocolo y están atestados de gente, etc.) puede llevar a un rebrote indeseable. Por último, no hay que subestimar el riesgo de las nuevas variantes; la mutación que ha prevalecido en la India, la B.1.617, podría ya estar expandiéndose por Europa.

Pasando ahora a la vacunación, acá la cosa me hace acordar a eso del vaso medio lleno o medio vacío, dependiendo de cómo se lo mire. Si mal no recuerdo, hasta ayer ya había 4.300.000 personas vacunadas con al menos una dosis. No es moco de pavo para un país como Grecia. Además, el gobierno inició una campaña de vacunación especial, denominada “Libertad Celeste” (“Γαλάζια Ελευθερία”), consistente en naves que van de isla en isla para vacunar in situ a toda la población adulta insular que así lo desee. De este modo, hay islas pequeñas que, de golpe, han quedado totalmente inmunizadas. (En esta campaña se usa preferentemente la vacuna de Johnson, que consiste solamente en una dosis. Aparte, esta vacuna no requiere las temperaturas bajísimas que necesitan por ejemplo las de Pfizer y Moderna.)

No obstante, si uno se pone en el punto de vista del pesimista, no hay tantas razones para alegrarse. Por un lado, la inmunidad del rebaño sigue siendo una meta lejana: esos cuatro millones y pico de vacunados representan tan solo una tercera parte de la población griega y si uno considera el sector que se ha vacunado con las dos dosis, los que aquí llaman οι πλήρως εμβολιασμένοι, el porcentaje baja drásticamente a tan solo el 20 % de la gente. Moraleja: hay aún mucho camino por andar.

Una última observación, esta vez ligada al peso económico de la pandemia. Ayer salí a dar una larga vuelta por el barrio y para mi sorpresa constaté que casi todos los negocios han vuelto a abrir sus puertas. Ahora bien, han reabierto, claro, pero ¿en qué condiciones? No sé y seguramente no hay una vara para medir a todos por igual. Me imagino que no pocos han podido acogerse a algunos de los planes de apoyo financiero del gobierno; ¿cómo se explica, si no, que tantos locales estén completamente remodelados? Otros tal vez no se acogieron a esos planes o solo han recibido una ayuda modesta, una suerte de salvavidas para no ahogarse en las aguas de los peores meses… Y, sí, también vi locales cerrados, probablemente para siempre. No sé, tal vez esos negocios ya venían mal antes de la crisis y la pandemia fue el golpe de gracia. Pero, si les soy sincero, yo a principios de la pandemia, allá por abril y mayo de 2020, temí un terremoto económico fulminante, sobre todo, para el sector de las pymes. Me alegra constatar que fue (aparentemente) solo un sismo de baja intensidad.

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Diario de la pandemia (12 de mayo)

En lo que a mí respecta, la gran novedad de los últimos días fue la reapertura de las escuelas: mis hijas, casi después de seis meses, volvieron a las aulas (a las aulas reales, no a las virtuales). Claro que la vuelta a la escuela sigue una serie de normas establecidas por el protocolo sanitario: los alumnos deben usar la mascarilla todo el tiempo, los chicos en los recreos deben jugar en los espacios asignados a cada grado, etc. Todo esto, en realidad, ya lo habíamos aprendido y aplicado el año pasado, en los períodos en que funcionó la escuela. La única diferencia esta vez es que los chicos deben presentarse los lunes y los jueves con un formulario impreso en el que los padres declaran el resultado (negativo) del “self test” hecho la noche anterior. Naturalmente, si a un chico el test le dio positivo, debe quedarse en casa y volver a hacerse un test, pero ahora en un hospital o una clínica.

Yo soy un docente nato y creo en el valor de la educación. Sin educación, ningún cambio social hacia una sociedad mejor es viable. Por eso soy de la opinión que, en casos extremos como los de una pandemia, lo último que hay que cerrar son las escuelas, y son las escuelas lo primero que hay que reabrir, una vez pasado el peligro.

Los otros días hablaba con un amigo de mi suegro, octogenario también él, y me contaba que de niño había perdido un año en la fase más álgida de la Segunda Guerra Mundial. “Χάσαμε ένα χρόνο”, me dijo. Una vez terminada la contienda, el gobierno griego dispuso una reestructuración de los planes de estudio, de modo que esos chicos pudieran ir viendo, en los años sucesivos, los contenidos que habían saltado, para que toda esa generación pudiese completar la escuela primaria y secundaria a los 18 años, tal como estaba previsto.

Claro que el valor de la escuela no se limita a la trasmisión de saberes teóricos y prácticos. La dimensión social y psicológica de la escuela es tan importante como la instrucción en sí, si no más.

Por otro lado, el gobierno sigue con su programa de reaperturas previsto para mayo: en un par de días más se reestablecerá la libre circulación en todo el territorio griego (a menos que surja algún foco rojo, en cuyo caso se aislará solo esa zona), se dará inicio a la temporada turística, se volverán a habilitar los cines de verano que funcionan al aire libre y se dejará sin efecto el sistema de SMS que aún rige y que ha estado destinado a controlar la movilidad. (Aún es obligatorio enviar un mensaje desde el celular cada vez que uno abandona la casa, especificando con un número predeterminado el objetivo de la salida.)

La sociedad vuelve paulatinamente a la normalidad, la campaña de vacunación avanza a buen ritmo, la primavera nos permite pasar largas horas afuera o en lugares bien ventilados… Parece que estoy dibujando un horizonte idílico. Pero no lo es. Si uno analiza los números de la pandemia con sobriedad, la cosa no marcha tan bien como desearíamos. Ayer, sin ir más lejos, el número de contagios siguió clavado en los 3.000, a la vez que el nivel de ocupación de las camas en terapia intensiva continúa por las nubes (ayer eran 731; para comparar: en el momento más acuciante de la pandemia se superó la barrera de los 850). No es extraño, en vista de estas cifras, que el número de muertes siga rondando las 50 defunciones diarias, una cifra nada despreciable para un país pequeño como Grecia.

Que tenemos por delante buena parte de la primavera y todo el verano, es un dato alentador. Por lo que sabemos, el calor y los espacios abiertos le juegan en contra al virus. Aunque, como indican los lógicos, todos los razonamientos por analogía son poco fiables, pensamos (o queremos creer) que este año se va a repetir el fenómeno de 2020: la temporada estival nos regalará una larga y reconfortante pausa.

Pero ¿qué va a pasar después, qué va a suceder cuando se acabe el verano y los árboles empiecen a perder las hojas? ¿Vamos a tener una cuarta ola? ¿Tendremos que volver, una vez más, al confinamiento? Creo que nadie tiene las respuestas ciertas a estas preguntas, porque el futuro, incluso el futuro próximo, depende de una serie de factores difíciles de predecir. De todos modos, me temo que aquí en Grecia no podemos excluir una nueva oleada para el otoño-invierno que viene.

Aventuro esta hipótesis, porque la campaña de vacunación no está yendo todo lo rápido que debería. Ayer vi las cifras y eran estas: vacunados con una dosis, unas 3.300.000 personas (redondeo para arriba). Si tenemos en cuenta que en Grecia hay unos 11 millones de habitantes (incluyendo a los inmigrantes con documento y a los indocumentados), estamos hablando de menos de la tercera parte de la gente. Y si consideramos que los que tienen las dos dosis necesarias (ya que la vacuna de Johnson recién ahora se está administrando), nos damos con que menos del 15 % de la población tiene la inmunidad requerida. ¡Lejos estamos del 70 %, el porcentaje indicado para que comience a darse la inmunidad del rebaño!

Hago un cálculo rápido: digamos que el gobierno cuenta de ahora en más con 5 meses, los meses del buen tiempo mediterráneo, para vacunar a los que faltan. Bueno, 5 meses no es poco tiempo, son 150 días. Pero para cuando se acabe ese plazo va a haber tener ya vacunadas a unas 7.700.000, con las dos dosis y con las tres semanas necesarias para que el cuerpo genere la inmunidad.

Todo esto depende no solamente de la capacidad del gobierno para hacer frente a semejante desafío, sino de algunas variables que pueden escapar a su control. ¿Qué pasa si se cuela en Grecia alguna de las nuevas variantes, de esas que ya están causando estrago en India y Latinoamérica? ¿Qué ocurre si se interrumpe el suministro europeo de vacunas?

Otra cuestión es que ahora se está vacunando, y de buena gana, el sector de la población que ha entendido la necesidad o la conveniencia de hacerlo. Pero tarde o temprano empezarán a ralear los voluntarios. No solamente están los antivacunas de distinta extracción, sino que hay un porcentaje de la población indolente, al que no le interesa vacunarse, no por algún motivo ideológico, sino porque ese segmento de la población está “en los márgenes de la modernidad”. Existe un grupo de la sociedad que parece vivir en otra dimensión, en una dimensión en la que el coronavirus no existe o es una realidad tan remota como las galaxias.

Creo que el gobierno griego no está haciendo un esfuerzo por incluir a estos sectores que no piensan vacunarse. Falta una campaña de comunicación adecuada. Falta publicidad. Faltan acciones para la toma de conciencia. Y falta un sistema de incentivos, positivos y negativos, para que se haga efectiva la vacunación. Hay muchas personas que no se van a vacunar a menos que vean en ello cierto beneficio o la evitación de un perjuicio. Israel logró vacunar a casi toda su población gracias a un sistema de recompensas para quienes se arremangaban los brazos.  

Último punto, y nada menor: cada vez empieza a ser más claro el hecho de que la inmunidad lograda por la vacuna, al menos con la vacuna de Pfizer, no se extiende indefinidamente; es probable que incluso no vaya más allá de los nueve meses. Mi esposa, que por ejemplo se vacunó en enero de este año, ya está calculando que en octubre va a tener que vacunarse otra vez, con la famosa “tercera dosis” de Pfizer. Así que, si todo va bien, cuando estén terminando de inocular a los últimos griegos para lograr la inmunidad comunitaria deseada, van a tener que empezar a revacunar a los mayores de 70 años, a los médicos y a los policías, entre otros, que fueron los primeros en recibir el pinchazo.

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Imágenes de Grecia

Las olas, con su constancia milenaria, fueron carcomiendo la base de esta roca. Playa de Panórama, Porto Rafti, Ática.
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Diario de la pandemia (6 de mayo)

El curso de la pandemia en cada país seguramente va dibujando curvas más o menos predecibles. Es así como se van trazando los modelos matemáticos con sus picos y sus valles, pero sobre todo con sus largas mesetas e igualmente largas laderas. En cambio, los modelos psicológicos que nos hacemos nosotros, los ciudadanos de a pie, son bastante distintos, porque sin duda nuestras representaciones mentales están influidas por emociones de todo tipo. Por ejemplo, nos alarmamos cuando (aún) no hay razón para ello o, por el contrario, damos por terminado un peligro cuando el enemigo todavía está al acecho.

Escribo este párrafo introductorio para explicarme por qué me parece como si hubiesen transcurrido meses de la última vez que hablaba de “situación crítica” acá en Grecia, con números altísimos y preocupantes en todos los frentes. Es como si todo eso fuese ya parte de un pasado lejano y enterrado. Al menos, en nuestros modelos mentales.

Pero vamos por partes. En primer lugar, el fin de semana pasado fue la Pascua ortodoxa: un fin de semana largo que para muchos se extendió desde el Jueves Santo hasta anteayer martes, ya que el feriado del Día del Trabajador que caía sábado se pasó en Grecia a después del Lunes de Pascua (día también tradicionalmente feriado).

A diferencia del año pasado, esta vez se permitió que los fieles fueran a las celebraciones religiosas mientras se respetaran las normas del protocolo sanitario. Muchas capillas pequeñas optaron por celebrar los ritos pascuales fuera del templo, para facilitar las cosas. Además, como todavía rige el toque de queda sanitario a la noche, la tradicional misa del Sábado de Gloria se celebró horas antes, por eso los griegos se desearon “Felices Pascuas” (Χριστός Ανέστη!) el sábado a partir de las nueve de la noche y no de medianoche, algo tal vez que no ocurría desde hace siglos.

Otra particularidad de estas pascuas es que estuvo prohibido el desplazamiento más allá de la propia región. Así, por ejemplo, muchos atenienses que normalmente se iban a pasar el fin de semana en los lejanos pueblos de los que son oriundos se quedaron en Ática (en Atenas misma o en cualquiera de las localidades de fin de semana que hay hacia el sur y el este).

La prohibición de salir de la propia región mayormente se respetó pero conozco algunos casos de familias que desafiaron la veda y, para su sorpresa (y la mía) no se toparon con los controles policiales en las rutas.

Yo estuve pasando la Pascua con mi familia en una localidad de la costa, a una horita de Atenas, y durante todos esos días tuve la sensación de que para la gente la pandemia ya no existía: las playas estaban llenas y nadie se preocupaba por mantener la distancia mínima entre familia y familia, las barritas de amigos de divertían como años antes, la gente circulaba sin mascarilla por las calles y las cenas y almuerzos pascuales estuvieron de lo más concurrido.

Claro que ayudó el tiempo: no hizo mucho calor, pero la temperatura fue siempre agradable y eso hizo posible que la gente pasara muchas horas al aire libre.

A todo este clima festivo y de relajamiento se sumó el hecho de que desde el lunes volvieron a abrir los bares, las tabernas y los restaurantes, mientras cuenten con espacios externos para las mesas (veredas, patios, terrazas, etc.). De este modo, los griegos reconquistaron dos de las salidas preferidas: ir a tomarse un café y comer afuera.

Lo que queda es la reapertura de las escuelas y de los centros de actividades culturales y educativas, además de los cines, los teatros, salas de concierto y demás espacios “masivos” de recreación.

Si bien todavía no me llamaron de la escuela a la que van mis hijas, doy por descontado que este lunes las chicas van a volver a clase. Por eso ayer pasamos por la farmacia del barrio y retiramos los dos kits para el self test rápido que distribuye el gobierno para los alumnos. De hecho, el domingo a última hora o el lunes temprano las chicas van a tener que hacerse el test para poder así entrar luego a la escuela. (Hay que declarar el resultado del test en una plataforma oficial e imprimir la declaración para mostrarla en portería. Esta modalidad ya estuvo funcionando las semanas pasadas para los chicos de los últimos cursos de la secundaria.)

Todo ayuda: los self tests, el calor de la primavera, las ganas de la gente de retomar la vida normal…, pero lo decisivo, lo que va a permitir poner de rodillas al virus, es la vacunación masiva. Y en este sentido tengo que admitir que las cosas en Grecia marchan relativamente bien, no como sería deseable, pero sin duda mucho mejor que en otros países, por ejemplo, en Argentina (¡Ay, Patria mía!). Sobre un total de 11 millones de personas, ya se vacunaron 4 millones de griegos (si bien muchos de ellos con sólo una dosis por el momento). De entre mis familiares y amigos, dos se vacunaron este fin de semana (los centros de vacunación sólo cerraron el Domingo de Pascua): una parienta y una amiga, ambas cuarentonas, se pusieron la vacuna de AstraZeneca.

En los próximos días va a estar a disposición la vacuna de Johnson, la que requiere solo una dosis y puede conservarse en una heladera común y corriente. De este modo, van a ser cuatro las vacunas que se administren en lo sucesivo en Grecia: la de Pfizer, Moderna, AstraZeneca y Johnson.

El objetivo del gobierno sigue siendo el de vacunar 5 millones de personas antes de junio. No está mal, aunque, por lo que leo y escucho de países como Israel e Inglaterra, los beneficios de la vacunación masiva solo empiezan a ser tangibles cuando se ha inoculado a más de 70 % de la población.

Empecé hablando de nuestros modelos mentales de la pandemia, que ahora son tan halagadores. Cierro con dos palabras acerca de los otros modelos, los matemáticos. Acá la cosa no marcha tan bien. Los contagios han bajado sin duda, de los 4.000 casos diarios que teníamos las semanas pasadas descendimos a 2.000 (hablo de ayer miércoles, por ejemplo). Los intubados pasaron de unos 850 a unos 750 en el mismo período, lo que significa que la ocupación de las camas críticas sigue alta, pero se delinea una tendencia a la baja. Pero los muertos por día siguen siendo muchos: ayer fueron casi cien.

Una de las playas privadas en Ática: también estos lugares de esparcimiento volvieron a abrir este fin de semana.
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Imágenes de Atenas

En el predio ferial Helexpo funciona ahora uno de los principales centros de vacunación. Lo han llamado Prometeo, en griego Προμηθέας, en honor al titán previsor y benigno con los hombres. La foto es de ayer, Jueves Santo ortodoxo.
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De nuevo en cuarentena (29 de abril)

Tal vez sea hora de cambiar el título de estas entradas, porque, de no mediar ninguna sorpresa desagradable, en los próximos días dejaríamos de estar en cuarentena o, mejor dicho, de estar confinados en casa. A partir del lunes van a volver a abrir los bares y restaurantes que tengan mesas en espacios abiertos, lo cual llevaría a que abandonemos el sistema de SMS para salir de nuestros hogares que aún hoy rige (aunque ya pocos lo tengan en cuenta).

Básicamente, cada vez que uno sale de su casa (el lugar de confinamiento para la mayoría), debe dar cuenta de su salida enviando previamente un SMS desde su celular a un número que habilitó el gobierno al inicio de la pandemia, especificando con un código determinado el tipo de salida que está por hacer. Por ejemplo, para ir al supermercado, hay que digitar en 6 en el mensaje, agregando el nombre y apellido, el domicilio, etc.

El tema es que ya con la apertura de los comercios minoristas hace unas semanas tuvieron que introducir un nuevo número para enviar los mensajes, creando así una categoría especial. Supongamos que uno quería irse a comprar un nuevo par de zapatos. El procedimiento era más o menos este: llamar a la zapatería y concertar una cita (de ser posible, reservar ya el o los pares de zapatos que uno quisiera comprar o al menos probarse). Enviar un SMS desde casa justo antes de dirigirse a la zapatería, porque de ahí en más empezaba a correr el tiempo (se tenía un par de horas para la compra). Salir a comprar sólo ese producto y volver dentro del plazo previsto.

Desde este lunes sería un disparate tener que seguir enviando SMS justificando la propia salida del hogar, porque uno normalmente en una cafetería o un restaurante pasa ya más de dos horas. Aparte, lo cierto es que al último apenas se controlaban los celulares de los transeúntes.

Claro que el fin del confinamiento no significa el fin de las medidas para contener la difusión del virus. En principio, van a seguir rigiendo algunas prohibiciones importantes, como la de circular por las noches. Por lo que entiendo, todos los sitios cerrados en la que se junta mucha gente sin distancia como las discotecas o los recitales van a seguir prohibidos. Y ni hace falta aclarar que van a seguir en pie todas las restantes medidas que regulen la actividad cotidiana, como la de respetar los dos metros de distancia en la fila del supermercado, la de llevar mascarilla, etc.

En conclusión, a partir de la semana que viene técnicamente hablando dejaríamos de estar en cuarentena para volver a la “nueva normalidad”, más o menos como la que conocimos el verano pasado.

Lo desconcertante de todo esto es que estamos preparándonos para la vuelta a la normalidad en un momento aún muy delicado de la pandemia, porque los números siguen al rojo vivo. Es cierto que los casos no han seguido aumentando, pero han quedado en esa meseta alta que ya se perfilaba la semana pasada. La curva de contagios no asciende, pero tampoco desciende, o lo va haciendo de un modo muy paulatino. Además, las camas de terapia intensiva siguen llenas y la cifra de muertos diarios no ha variado, oscila entre los 70 y los 100.

Ante esta situación epidemiológica, lo lógico sería no dar rienda suelta, pero el argumento que se esgrime y que ha terminado por imponerse es que “la gente no da más”. Los jóvenes quieren juntarse, los jubilados quieren ir a tomarse un café, los chicos quieren volver a la escuela y nosotros, los adultos, queremos volver a retomar el ritmo de trabajo que antes teníamos.

En este clima de reapertura, los días pasados pude hacer algo aparentemente tan banal como ir a cortarme el pelo. Saqué un turno en la peluquería de mi barrio y allí fui, como si fuese toda una salida. Dos observaciones: la primera es que la pandemia y el confinamiento me hicieron revalorar las pequeñas cosas que uno antes daba por descontado. ¡Creo que nunca había disfrutado tanto una simple ida a la peluquería del barrio! ¡Ojalá que la vuelta a la normalidad no me/nos haga perder de vista el significado de las pequeñas acciones cotidianas!

La segunda observación tiene que ver con el peluquero. Por primera vez lo vi cambiado. Se había dejado la barba, y no le queda muy bien, y tenía varios quilos de más, él que siempre había sido flaco como un fideo. ¿Marcas de la pandemia? No quise preguntar, pero me imagino la ansiedad de los meses pasados: el negocio cerrado, una familia por alimentar, la repentina convivencia con sus dos hijos adolescentes en un pequeño departamento…

Mientras tanto, el gobierno griego acelera todo lo que puede la campaña de vacunación. En los próximos días se va a habilitar la plataforma para que se registren y soliciten un turno todos los mayores de 18 años. Los centros de vacunación ya trabajan hasta los fines de semana, y si no me equivocan solo cierran después de medianoche. La apuesta del gobierno es vacunar a cinco millones de personas para junio. (Es este momento hay alrededor de tres millones de vacunados, la mayoría con una dosis, o sea que en un mes o mes y medio habría que pincharles el brazo a dos millones de ciudadanos, un desafío nada despreciable para Grecia.)

Las vacunas que hay aquí son la de Pfizer y Moderna, por un lado, y la de AstraZeneca y de Johnson, por otro. Claro que el revuelo que se armó las semanas pasadas por los casos de trombosis en Alemania y otros países tuvo su repercusión negativa también en Grecia. Aunque parezca estúpido, la gente se siente insegura y, si puede, prefiere esperar un poco, cambiar el turno por uno más tarde, hablar con el médico de confianza a ver qué dice y, de ser posible, darle la vuelta al sistema de citas de modo de terminar en un hospital que pongan las vacunas de Pfizer o Moderna…

Algunas mujeres jóvenes que tienen que ponerse la de AstraZeneca se hacen primero un test genético de trombofilia. Por lo que tengo entendido, antes estos exámenes eran raros y caros, hoy, en cambio, cualquiera puede hacérselo en un hospital público sin mayores complicaciones.

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El placer de la lectura, la mejor recompensa

Ayer leí este párrafo de Virginia Woolf que me pareció genial (y es la mejor “guía para la lectura”):

¿Quién lee para llegar al final, por deseable que éste sea? ¿Acaso no hay ocupaciones que practicamos porque son buenas en sí mismas, y placeres que son absolutos? ¿Y no es está éste [el leer] entre ellos? A veces he soñado que cuando llegue el Día del Juicio y los grandes conquistadores y abogados y estadistas vayan a recibir sus recompensas -sus coronas, sus laureles, sus nombres grabados indeleblemente en mármol imperecedero-, el Todopoderoso se volverá hacia Pedro y le dirá, no sin cierta envidia cuando nos vea llegar con nuestros libros bajo el brazo: “Mira, ésos no necesitan recompensa. No tenemos nada que darles. Han amado la lectura.”

(De V. Woolf, “Cómo se debe leer un libro”)

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De nuevo en cuarentena (22 de abril)

¿Llegamos finalmente al famoso pico? De ser así, más que de un pico agudo esta parte de la curva epidemiológica tiene la forma de una larga meseta, una suerte de altiplano o puna. Porque, en el fondo, las cosas no mejoraron sustancialmente en la semana que pasó: el número de contagios diarios oscila entre los 3.500 y los 4.500, la cifra de muertos ronda los noventa y los hospitales siguen llenos, con el nivel máximo de ocupación de las camas críticas en las regiones más afectadas, como Ática.

Mientras tanto, las medidas para contrarrestar la pandemia no se están implementando con la celeridad que sería deseable. Por un lado, la campaña de vacunación avanza (de hecho, el próximo segmento al que se convocará será al de los adultos de entre 55 y 65 años), pero con tan solo 2.500.000 –muchos de ellos con apenas la primera dosis– el objetivo de lograr la inmunidad de rebaño antes de las vacaciones de verano (julio-agosto) se presenta como un enorme desafío.

Por otro lado, el acopio y la posterior distribución en las farmacias de todo el territorio nacional de los “self tests” se han vuelto tareas hercúleas. Aún no se dispone de los millones de kits que serían necesarios semana tras semana.

De todos modos, los “self tests” empiezan a ser pasito a paso parte de la cotidianidad. Los chicos de los últimos cursos del secundario (del liceo o λύκειο) deben hacerse el test antes de entrar a la escuela los lunes y los jueves. (Para asegurarse de que efectivamente lo hagan, tienen que registrar el resultado obtenido en la plataforma oficial de esta página: https://self-testing.gov.gr/. Solo tras haber registrado los datos pueden descargar el certificado que luego deberán mostrar a la entrada de la institución educativa.)

Lo mismo vale para la gran mayoría de empleados públicos y privados que deben ir a sus lugares de trabajo: una vez por semana deben controlarse en sus casas y declarar el resultado del test en la misma plataforma antes de ir a trabajar.

Creo que desde cierto punto de vista la idea detrás de la campaña de “self testing” no es errónea. Si, como se nos dice, la clave está en saber a tiempo quiénes están infectados para aislarlos por unas dos semanas con el objetivo final romper así la cadena de contagios, entonces está bien “pasarle la pelota” al ciudadano para que este colabore. Un estado como el griego no podría, por sí solo, peinar todo el territorio una o dos veces por semana para individualizar a los contagiados: la ayuda de la ciudadanía se vuelve indispensable.

Sin embargo, tengo la sospecha de que le estamos errando al tiro. Desde hace unos días vemos que países como Israel e Inglaterra han vuelto a la vida normal (o casi normal) gracias a que han logrado vacunar a toda la población, al menos con una dosis. No hay vuelta de hoja para mí: el secreto está en concentrar todos los recursos de modo que podamos avanzar a pasos agigantados con la vacunación. Por esto digo que los “self tests” que está implementando el gobierno son, en realidad, un parche para cubrir lisa y llanamente la falta de vacunas.

Mal que me pese, debo reconocer que los países que están dejando atrás la pandemia son países gobernados por políticos que me repugnan. Benjamín Netanyahu no cuenta ya ni siquiera con los votos necesarios para formar un gobierno estable, al tiempo que está siendo procesado por corrupción. Y sería larga la lista de decisiones nefastas que ha tomado en los últimos años. Por otra parte, Boris Johnson también me parece un político de cuarta, muy por debajo de lo que se merecería Gran Bretaña. Y, sin embargo, Netanyahu y Johnson lo han logrado. Inglaterra tuvo los otros días solo cuatro muertos por el covid. ¿Qué les pasa a nuestras democracias?, me pregunto con amargura. ¿Acaso la decencia y la eficiencia no pueden ir de la mano?

¡Ojalá que los Estados Unidos del demócrata Biden sean el próximo país de magnitud que logre vacunar a toda su población! Así al menos podría anunciar a los cuatro vientos que se puede ser decente y eficiente a la vez… (Aunque me temo que un republicano bien me podría señalar que Biden está llevando esta campaña de vacunación con tanto éxito –tres millones de pinchazos por día– gracias a que Donald Trump le preparó el terreno, dándole primero enormes incentivos a las empresas farmacéuticas para que desarrollaran la vacuna y haciendo luego contratos de antemano con ellas para asegurarse las dosis necesarias.)

Con el aumento de la temperatura los tortugones han salido de la hibernación. (A esta foto la saqué ayer en el parque Alsos Ilision, a unas cuadras de casa.)
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Una vuelta por el Himeto

Por esas cosas de la vida, pasé años sin ir a caminar por el monte Himeto o, como acá le dicen, por el Υμηττός. En esta pandemia lo “descubrí”. Es una inmensa área verde montañosa para salir a caminar cuando no es posible abandonar la ciudad por el confinamiento o por lo que fuese.

El monte Himeto

En realidad, el Himeto no es un monte muy alto. Se caracteriza por ser bastante fino y alargado, de modo que constituye una barrera natural que separa Atenas de la región costera del este. Por eso, si uno quiere ir al mar de esa zona (por ejemplo, a Porto Rafti o Baurón), tiene que darle la vuelta al Himeto, sea por el sur o por el norte.

En la larga ladera que mira a la ciudad hay muchos árboles, sobre todo, pinos. Tengo la impresión de que el monte ha sido reforestado, porque hay zonas de un verde muy intenso, el típico brillo de los árboles jóvenes. De hecho, hay también un parque botánico y un vivero.

El vivero del Himeto

Hay varios monasterios e iglesitas perdidos en el monte. En uno de los puntos de la ladera, a medida que uno va ascendiendo, está Kalopoula, un sitio donde funciona un bar. A partir de allí, uno puede optar por alguno de los muchos senderos abiertos en el monte (en general, los caminos y senderitos de tierra están en buen estado).

Una fuente detrás de uno de los monasterios

Desde muchos ángulos se puede ver la extendida mancha blanca de Atenas y, más allá, El Pireo. Con un poco de atención se distingue incluso la fila de buques y barcos haciendo cola por entrar al puerto.

Atenas y El Pireo desde el Himeto
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