Que el paciente tiene derecho a recibir información sobre su diagnóstico, su pronóstico y las alternativas propuestas por los médicos para su tratamiento es algo fuera de discusión en nuestro país y en todas las sociedades occidentales. Sin embargo, en este punto, como en tantos otros lados, el diablo se esconde en los detalles. ¿Cuánta información debe recibir el paciente para hacerse una idea cabal sobre su estado y poder decidir sobre su futuro? ¿Cuán comprensible ha de ser esa información? ¿Quién puede contribuir a aumentar la cantidad y la calidad de la información brindada, además del médico tratante –sus colegas, el personal de enfermería, alguna oficina del hospital o la clínica en que se encuentre, etc.–? ¿Y se trata de suministrar información “pelada”, “objetiva”, como la que uno podría recabar en un manual de medicina, o lo importante es la asistencia del médico para la interpretación de esa información (no es lo mismo escuchar a un médico como si fuese un profesor dando clase que dialogar con él en el marco de la “alianza terapéutica” que debería constituir toda relación médico-paciente)?
A todas estas cuestiones, ya de por sí difíciles, se suman otras, nos dice Michael Märtens y Gregor Liegl. Para estos autores, la psicoterapia, en cualquiera de sus modalidades, debe ser considerada un forma posible de tratamiento para ciertas patologías –sea la forma principal de tratamiento o complementaria–. Ahora bien, como en el ámbito clínico también aquí, en la psicoterapia, se destaca el derecho del paciente (o del cliente, del usuario, del consultante, etc.) de recibir toda la información necesaria antes de embarcarse en un tratamiento, por ejemplo, en una serie de sesiones psicoterapéuticas. El punto es, nos dicen Märtens y Liegl, que en psicología es más difícil que en medicina dar el tipo de información que el paciente espera: ¿qué tipo de enfoque psicoterapéutico es el más apropiado para la enfermedad x? ¿Cuáles son los posibles beneficios y cuáles también los posibles perjuicios de uno y otro enfoque disponible en el tratamiento de x? ¿Cuán efectivo es, digamos, el psicoanálisis respecto a los enfoques cognitivos?
Hay dos puntos que señalan Märtens y Liegl que me parecen sumamente interesantes. Primero, mientras que en medicina hay muchos estudios sobre los posibles resultados de tal o cual terapia en comparación con tales o cuales otras, en psicología este tipo de análisis es bastante infrecuente. En otras palabras, faltan metaestudios que indaguen sobre las distintas “ofertas psicoterapéuticas” y las evalúen en términos de eficacia, eficiencia, limitaciones, efectos adversos, etc. Segundo, en psicología tiende a ignorarse o a minimizarse los efectos negativos de un determinado tipo de tratamiento. Dicho de otro modo, hay una tendencia a resaltar las virtudes, pero no los defectos de las diferentes modalidades de psicoterapia.
Por supuesto, Märtens y Liegl bien saben que, en psicoterapia, los resultados y los efectos adversos de un determinado tipo de tratamiento no pueden medirse y cuantificarse tan fácilmente como en medicina. La medición y la cuantificación son mucho más factibles en, digamos, cardiología u oncología que en cualesquiera de las modalidades psicoterapéuticas. De todos modos, es esta misma dificultad objetiva la que impide, en parte, brindarle al paciente (cliente, usuario, etc.) toda la información que tiene derecho a recibir de antemano.
La conclusión es que el derecho a la información del paciente debe extenderse no solo a las distintas ramas de la medicina, sino también de la psicología, y si bien aquí el paciente no podrá contar jamás con informaciones tan precisas como las que espera recibir en el ámbito médico, los psicólogos deben esforzarse todo lo posible por poner a disposición ese material. Para ello, son necesario más estudios y análisis comparativos en psicología.
Bibliografía
Märtens, M., & Liegl, G. (2013). Patientenrechtegesetz im psychotherapeutischen Kontext. Psychotherapeut, 58(1), 73-78.