¿Hay una filosofía argentina y latinoamericana?

A continuación copio el texto que leí ayer en la presentación del libro de P. Brickle.

Cuando cursaba la licenciatura en Filosofía, tuve una materia que se llamaba Filosofía Argentina y Latinoamericana. Como podrán imaginarse, el primer objetivo de esa materia era definir su objeto de estudio, esto es, en primer lugar, preguntarse si de hecho existía una filosofía genuinamente argentina y, eventualmente, latinoamericana, y, en segundo lugar, establecer cuál sería la especificidad de esa producción filosófica particular. Hoy, en vista del nuevo libro de Patricio Brickle, Filosofía del desembarco, vuelvo a preguntarme, ¿hay una filosofía argentina, una filosofía chilena, una filosofía colombiana, etcétera, y, englobando todas esas filosofías nacionales, hay una filosofía latinoamericana? A primera vista, esta pregunta parece banal. Claro que hay una filosofía argentina, una filosofía chilena, etc., mientras entendamos por ello el conjunto de las obras filosóficas que se producen, respectivamente, en Argentina, en Chile, etc.

Permítanme una comparación. Si alguien me pregunta si existe un básquet argentino o un básquet chileno, lo primero que se me va a ocurrir es responder que sí, que también nosotros jugamos al básquet, que hay clubes dedicados al básquet amateur y profesional, y que por lo tanto hay un básquet argentino, uno chileno, y así sucesivamente.

Pero si enfocamos la pregunta que nos estamos planteando con algo más de detenimiento, la respuesta no es ya evidente. Es más, la respuesta se vuelve sumamente compleja, puesto que implica responder simultáneamente a la pregunta de qué es la filosofía. Vayamos por parte.

Si alguien me pregunta si existe una matemática argentina, mi respuesta va a ser un rotundo no, porque más allá del hecho indiscutible de que hay matemáticos y de que hay producción matemática en el suelo argentino, no hay una matemática que sea específicamente argentina. Dos más dos son cuatro en las pampas bonaerenses como en el centro de Atenas. El resultado de una ecuación de segundo grado no difiere en lo más mínimo si la operación se realiza al este o al oeste de la cordillera de los Andes, en Mendoza o en Santiago de Chile. Así, en el sentido más profundo del término, sostengo que no hay una matemática argentina ni una chilena, como tampoco hay una matemática griega o una matemática alemana. Hay, simplemente, matemática.

Lo mismo que ahora digo de la matemática podría predicarlo de la lógica, esto es, de ambas “ciencias formales”. Igualmente, no sería difícil extender estas conclusiones a las ciencias naturales, como la física, la química y la biología: no hay una manera genuinamente argentina o chilena de concebir la estructura del átomo de hidrógeno o el mecanismo de la fotosíntesis de los abedules.

Ahora bien, alguno de ustedes podría objetar que la filosofía es esencialmente diferente de las ciencias formales y de las ciencias empíricas. En este sentido, una cosa sería hacer una investigación científica y otra muy distinta sería la tarea de pensar. Mientras que la primera sería universal, la segunda sería particular o, si se quiere, regional. En otras palabras, mientras que, digamos, la teoría de la relatividad se aplicaría universalmente, aquí en Ática, en el desierto de Atacama y, probablemente, en la más remota de la galaxia que conocemos, la manera de construir el objeto de la filosofía y la manera de generar respuestas diferirían radicalmente de una cultura a otra.

Para ser más concretos, esta objeción sostendría lo siguiente. “Supongamos por un momento que esté fuera de cuestión el que la ciencia opere con conceptos y con categorías de análisis universales, esto es, con conceptos y categorías que logren sustraerse a las particularidades de tal o cual cultura; sin embargo, ese no puede ser nunca el caso de la filosofía. A la hora de pensar, el filósofo recurre a ideas que están permeadas por los aspectos más íntimos de su cultura; por consiguiente, su filosofía será regional, local, particular. Las condiciones socio-históricas conforman una suerte de base sobre la que se planta el filósofo a la hora de pensar y, así, condicionan, muchas veces de manera implícita e invisible, el objeto, el procedimiento y, finalmente, el resultado de su reflexión. Es en este sentido en el que podemos hablar de una filosofía genuinamente latinoamericana, sustancialmente diferente a la filosofía europea o, dado el caso, a la filosofía africana o hindú. Y es también en este mismo sentido en el que podemos dar un paso más y, dentro del conjunto de la filosofía latinoamericana, distinguir subconjuntos más o menos independientes entre sí, llamados filosofía chilena, filosofía argentina, etc.”

Es este especio no puedo entrar en un análisis pormenorizado de esta objeción, la objeción de los partidarios del “distinctivism”, o sea, de quienes rechazan el universalismo. Simplemente, me gustaría señalar dos aspectos. En primer lugar, una de las consecuencias de la posición que se esconde tras la objeción bosquejada por el “distinctivism” es ni más ni menos que el relativismo. Si no existen categorías filosóficas universales, si todo pensamiento metafísico, ético y epistemológico está esencialmente condicionado por la cultura en la que surge, entonces todo lo que podemos afirmar es válido solamente dentro del espacio de esa cultura. Ninguna teoría filosófica que yo proponga podría tener validez más allá de la frontera de mi cultura. De esta manera, terminaríamos desembocando en una especie de solipsismo cultural. En lo que hace a las cuestiones existenciales últimas, cada uno viviría prisionero en el espacio, más o menos restringido, que le ofrece su propia cultura.

El segundo punto que quisiera señalar es el siguiente, y sospecho que allí puede encontrarse una vía de salida al encierro apenas mencionado. Si sostengo que todas las categorías filosóficas son relativas por el hecho de estar condicionadas por la cultura de la que emanan, ¿cómo voy a entender esta misma afirmación? ¿Acaso la proposición según la cual “todas las categorías filosóficas están indefectiblemente permeadas por la cultura tal o cual” no está, ella misma, afectada por esa relatividad? ¿No encierra este punto de vista una paradoja?

Este tipo de razonamiento falaz era ya conocido entre los griegos antiguos y por eso se llama “paradoja de Epiménides”. Como recordarán, Epiménides era cretense y afirmaba descaradamente que todos los cretenses siempre mentían. Ahora bien, si era válida su afirmación, debía ser al mismo tiempo falsa: si todos los cretenses siempre mentían y Epiménides era oriundo de Creta, entonces esta afirmación era mentira, y por lo tanto no siempre mentían los cretenses.

Una manera de escapar de esta situación claramente paradójica a la que nos conduce el rechazo al universalismo es la que propone actualmente la hermenéutica filosófica. Según este punto de vista, es cierto que normalmente nuestras consideraciones filosóficas están atravesadas por los condicionamientos de nuestra cultura, pero también es correcto afirmar que podemos subir un escalón más en la reflexión y, desde allí arriba, tratar de detectar y de individualizar los condicionamientos socio-históricos. De esta manera, nuestra filosofía podrá no estar totalmente libre de las particularidades culturales, pero al menos las hará explícitas, las resaltará, las tematizará. Nuestro pensar será, de este modo, un pensar limitado pero, a su vez, consciente de sus propias limitaciones.

Es justamente este abordaje que nos facilita la hermenéutica el que nos permite sentar las bases para poder salir de nuestro solipsismo cultural y, tendiendo puentes con las demás culturas, hacer posible el diálogo y el acercamiento con el otro. Así, la primera tarea de toda filosofía que se declare chilena, argentina o latinoamericana será, en mi opinión, reflexionar acerca de qué factores le imprimen esa particularidad, esa “chilenidad”, esa “argentinidad” y esa “latinoamericanidad” a la filosofía.

Cierro esta primera parte con la siguiente conclusión. Si en el siglo XXI es ingenuo pensar que la filosofía puede ser tan universal como la matemática o como cualquier otra ciencia formal o empírica, es asimismo desacertado suponer que la cultura permea de tal modo la reflexión filosófica que le impide salir de sus propios límites.

Además, no debemos perder de vista que, por más que Latinoamérica sea un ámbito cultural distinto de Europa, es al mismo tiempo la cultura que le está más cerca. El pensamiento latinoamericano es hijo del pensamiento europeo. Padre europeo, madre americana, hijo de ambos al fin. Ni en Asia ni en África la cultura europea está tan viva y presente como en Latinoamérica. Claro que hay un substrato étnico y cultural muy importante, el de los pueblos originarios que fueron avasallados aunque no exterminados totalmente, y que eso, conjuntamente con la distancia del Viejo Mundo, ha permitido que Latinoamérica tuviera una evolución cultural propia. Pero América Latina y, a fortiori, la América anglosajona son las regiones más europeas después de Europa.

Quisiera hacer ahora una reflexión mucho más pedestre, si me permiten el término. Dejemos ahora de lado las consideraciones metafilosóficas que veníamos haciendo, esto es, las consideraciones que tienen que ver con la naturaleza de la filosofía misma, y preguntémonos una vez más: ¿hay una filosofía argentina, una filosofía chilena, una filosofía latinoamericana? Y ahora mi respuesta tiene otro cariz: sí, la hay, pero lo cierto es que la producción filosófica de Latinoamérica es muy modesta. Y esta pobreza contrasta marcadamente con la producción, por ejemplo, literaria. Sería imposible escribir una historia universal de la literatura que no tuviera, como uno de sus capítulos centrales, una pormenorizada discusión del aporte literario de Latinoamérica. Latinoamérica ha dado al mundo poetas, cuentistas y novelistas de talla universal. Pero, mal que me pese reconocerlo, este no es el caso en la filosofía. Salvando algunas honrosas excepciones, uno podría escribir una historia de la filosofía universal sin casi hacer mención a Latinoamérica. Y es precisamente aquí donde vuelve a surgir, aunque por otros motivos, la tentación de comparar la producción filosófica latinoamericana con la producción científica latinoamericana. No digo que no existan, sino que el producto en ambos casos es sorprendentemente exiguo, sobre todo, insisto, cuando uno lo compara con la literatura.

¿Por qué nos cuesta tanto producir mucha y, sobre todo, buena filosofía latinoamericana? ¿Qué nos falla, que nos impide, no digo estar en pie de igualdad con los Estados Unidos o con Alemania o con Gran Bretaña, pero sí al menos generar más y mejor pensamiento?

Lamentablemente, casi lo mismo que estoy afirmando de Latinoamérica podría decirlo de la Grecia actual. Grecia ha producido una rica literatura neohelénica, pero su contribución a la filosofía es absolutamente marginal. Me costaría hallar siquiera dos o tres libros que deberían formar parte del “canon occidental de la filosofía”. En los últimos doscientos años Grecia no ha incubado una obra filosófica que calificaríamos de imprescindible. Y la constatación de esta falta de una producción filosófica griega se vuelve más lacerante cuando pensamos en el inusitado protagonismo que tuvo Grecia en el desarrollo de la filosofía antigua.

No quiero que se me malinterprete. Cuando digo esto, muchas personas me responden con una lista de apellidos griegos que figuran en las cátedras de las principales universidades del mundo. Hay griegos o hijos de griegos con una descollante producción filosófica, pero allá lejos, en París, en Berlín, en Londres o en Harvard. Porque los griegos actuales son tan capaces de volverse eximios filósofos como los chilenos, los argentinos o los mexicanos. No es una cuestión de capacidad cognitiva ni mucho menos un rasgo genético. Nada de eso. El problema es otro, y no tengo ningún reparo en formularlo sin rodeos: hay unos pocos países que llamaré centrales en lo que respecta a la producción científica y filosófica, y el resto somos todos países marginales o periféricos. La ciencia y la filosofía parecen correr una suerte muy similar a la de la producción industrial de punta. Los países centrales generan ciencia, generan filosofía y generan tecnología de punta, mientras que nosotros, en la periferia, nos limitamos a importarlos y a consumirlos. Nuestra actitud es pasiva, receptiva.

Repito: el déficit de nuestra producción filosófica no ha de cifrarse en la falta de talento. Nuestros jóvenes son tan curiosos y tan capaces como los jóvenes de los países que he denominado centrales. No se trata de una cuestión de individuos, sino de instituciones. Y subrayo la palabra instituciones. Porque es la falta de buenas instituciones, en el sentido más amplio del término, lo que explica nuestras carencias filosóficas.

Las teorías filosóficas más interesantes no nacen de lo que las musas nos puedan susurrar al oído ni surgen de la inspiración que buscaban desesperadamente los románticos. Tampoco se deben totalmente a los talentos innatos de tal o cual individuo. Las obras más importantes de la filosofía surgen de individuos que están inmersos en el seno de instituciones académicas que propician el pensamiento. Es así de simple. La filosofía no se desarrolló primero en Jonia y en Elea, en Atenas, en Alejandría, en Roma y luego en Florencia, en París, en Heidelberg, en Oxford y en Yale por un hecho caprichoso, sino porque esos lugares han contado con marcos institucionales que estimulaban la generación de ideas, el debate, la discusión, la competencia. La filosofía florece solo allí donde están dadas las condiciones para su florecimiento. Y estas condiciones son materiales y sociales, las dos cosas. Sin buenas bibliotecas, por ejemplo, difícilmente pueda haber buena filosofía. Pero también es necesario generar una atmósfera que inste a crear y que promueva el análisis detallado, el intercambio generoso y la crítica respetuosa pero sincera.

Estas ideas me ha motivado la aparición del libro de Patricio. Espero que también a ustedes los mueva a pensar, y que propicie, así, un círculo virtuoso de nuevos y cada vez más numerosos desembarcos filosóficos.

Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher based in Athens, Greece.
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