¿Y si los Países Bajos aprueban la píldora letal?

Ayer me hicieron una entrevista en Radio Universidad de Córdoba, a raíz de una noticia que había generado mucha polémica en Argentina: en los Países Bajos estarían por aprobar la venta de una píldora letal para ancianos ya “cansados de vivir”. La noticia terminó siendo una de las tantas fake news que circulan en torno a la eutanasia en Holanda. De todos modos, vale la pena preguntarse cuál sería nuestra posición en el caso de que en un futuro no muy lejano se planteara la posibilidad de comprar pastillas letales para terminar con la propia vida. ¿Acaso deberíamos escandalizarnos ante este escenario? ¿No se espera de un intelectual que defienda la vida a capa y espada, y que entone cánticos a la belleza de vivir? ¿Pero qué es, al fin y al cabo, lo que nos irrita tanto de ese caso hipotético?

No tengo ningún prurito en afirmar, por cursi que suene, que amo la vida y que le deseo muchos y buenos años a todo el mundo. Enemigos, lo que se llama enemigos, no tengo, para desearles la muerte o el sufrimiento atroz. Pero al mismo tiempo que expreso mi amor por la vida, no puedo dejar de pensar que, desde una visión secularizada del mundo como la que tengo, la vida no es absoluta e incondicionalmente buena. La vida es buena, si cuenta con, al menos, un mínimo de calidad. Una existencia totalmente privada de calidad puede ser un infierno, literalmente.

Por esta razón soy partidario de la legalización de la eutanasia voluntaria y del suicidio médicamente asistido. Una persona que sufre una enfermedad severa e incurable, y que para colmo está expuesta a constantes dolores físicos y/o sufrimientos morales, debe poder contar con la posibilidad de ponerle fin a ese estado deplorable, si es eso lo que desea. ¿Cuál es el punto de sufrir larga e inútilmente, sin perspectivas de mejoría? Algunas personas muy religiosas podrán creer que allí se esconde una fuente de sentido último, que el dolor puede ser un instrumento de salvación. Por lo pronto, yo a eso no alcanzo a verlo, y creo que al lado mío hay una mayoría que piensa igual.

Claro que muchos podrían sostener lo siguiente: “Es correcto el recurso a la eutanasia en el caso de una enfermedad severa, incurable y cruel; es incluso correcta la solicitud de la eutanasia ante la posibilidad de terminar en una fase avanzada de demencia, cuando la enfermedad ya ha sido fehacientemente diagnosticada… ¿Pero cómo justificar la eutanasia en el caso de una persona física y mentalmente sana, solo cansada de vivir por encontrarse en un estado decrépito y por no verle más sentido a la vida?”

¡Atención!, aclaraba yo en la entrevista. Una cosa es lo que un encuestado pueda decir en la calle o por teléfono ante la pregunta intempestiva de un científico social que está realizando un estudio para el gobierno neerlandés, y otra cosa muy distinta es lo que esa persona va a decir “cuando le llega el momento”. Todo parece fácil cuando conversamos tranquilamente en una mesa de café y todo sencillo cuando imaginamos nuestro futuro paseando por las calles. Pero in medias res, las cosas se ven de otra manera. Así que no nos apuremos a rasgarnos las vestiduras por el hecho de que varios miles de holandeses hayan dicho que sí en una encuesta, que recurrirían a esa pastilla mágica para, llegado el caso, ponerle fin a una vejez aplastante e insulsa.

Pero, por otro lado, no hay peor remedio para estos males sociales que nos afligen que la hipocresía y las declaraciones de buenas intensiones. “Debemos estar más cerca de nuestros abuelos”, “debemos ocuparnos más de nuestros viejos”, debemos, debemos y debemos, que luego quedan en nada. El amor todo lo podrá, pero el amor es el más escaso de todos los recursos. Es inútil creer que vamos a solucionar nuestros problemas con más dedicación, con más entrega, con más cariño.

El tema para mí es el siguiente. Como sociedad, hacemos de todo por vivir más años y mejor, y está bien que así sea. En todas las sociedades occidentales se constata una tendencia lenta pero irrefrenable hacia el aumento de la expectativa de vida. Sin entrar en precisiones, esa esperanza de vida ya está hoy en los Países Bajos en los 82 años, y en Argentina en los 78. Es muy probable que en las próximas dos décadas se constate un incremento de al menos un año en ambos casos.

Eso significa que ya tenemos un grupo de la población no en la “tercera edad”, sino en la “cuarta edad”, y que ese contingente va a seguir creciendo. Hoy en día una persona en la tercera edad puede vivir muy satisfactoriamente. El caso típico: recién jubilado, tras una vida de trabajo y ahorros, llegó el momento tan esperado de hacer lo postergado durante tantos años, viajes, hobbies, nietos, amigos, comunidad. Y así pasan los años. ¿Cuántos?, imposible decirlo. ¿Diez, quince, veinte, o sea, de los 65 a los 85? Tal vez.

Pero en un momento llega eso: la enfermedad incurable o los primeros e inconfundibles síntomas de la demencia o, simplemente, la vejez, con todo su peso. Ya no es posible viajar, ni dedicarse a los hobbies; los nietos crecieron y se fueron, los amigos están igual o peor… ¿Y qué hacer ahora? Es en este punto en el que vuelve a plantearse, y con fuerza inusitada, el tema de la calidad de vida. Qué pasa cuando el inevitable proceso de envejecimiento va incluso mellando día a día el cimiento de las pocas cosas que aún proveen satisfacción, un paseo por el parque de al lado, un plato de espaguetis, el sueño nocturno, y ello porque los mismos huesos ya no le dejan moverse a uno, y porque la misma comida le cae indefectiblemente mal por más liviana que sea, y porque incluso conciliar el sueño se vuelve una empresa angustiosa…

¿Quién no recuerda esos versos del Eclesiastés?: “Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo / su tiempo el nacer, / y su tiempo el morir.” Es así, la buena muerte es la muerte oportuna, la que no llega demasiado antes de tiempo pero la que tampoco se retrasa cuando el ciclo vital ya ha concluido. ¿Qué sentido tiene rebelarse contra la temporalidad de nuestra existencia?

Hay un tiempo para morir… Si como sociedad hacemos todo lo posible por agregar años a la vida de las personas, y luego también como sociedad nos desentendemos de las personas de la cuarta edad, entonces a ¿qué ese esfuerzo? ¿A qué las conquistas médicas cuando hemos perdido el norte?

Esto lo aclaro, porque ahora paso al punto en mí opinión más importante. Lo central no es entender que “el viejo”, esto es, que las personas de la cuarta edad, ya no encuentren placer o gratificación en nada de lo que hacen, o solo mínimamente, y que así los pesares sobrepasen holgadamente a las alegrías, incluso a las cotidianas… lo capital es que están viviendo una vida despojada de sentido.

La vida tiene sentido cuando nos fijamos objetivos a cumplir, cuando tenemos metas por realizar. Una vida con sentido es cuando abrimos los ojos por la mañana y sabemos que el día que tenemos por delante es una etapa, pequeña pero importante, del proyecto de vida que nos hemos trazado y que deseamos ejecutar. Queremos llegar a algo, y eso da sentido a la vida en su totalidad y a cada uno de nuestros días. Habrá días gratos y habrá días penosos durante el transcurso de la existencia, pero incluso ese dolor, por mucho que sea, tendrá sentido si lo vemos como parte del proyecto global que nos hemos fijado.

Repito una idea que ya dije al pasar: claro que desde una perspectiva profundamente religiosa, lo que estoy proponiendo podrá sonar descabellado. Para el que cree en un plan divino y se ve él mismo como parte de ese plan, la vida puede adquirir una significación completamente distinta. Lo admito, pero acto seguido agrego que yo, simplemente, no puedo verlo así. Y creo que millones y millones de personas en nuestras sociedades secularizadas tampoco lo ven tan así.

Yo, que este año cumplo 45, ¿seguiré viendo las cosas de la misma manera cuando tenga 90, si es que llego a esa edad? No tengo empacho en confesar que no sé, que no sé si voy a seguir teniendo la misma opinión. Dudo de todos, y hasta de mí mismo, y no puedo afirmar haber llegado a verdades evidentes. Lo que sí sé es que no tengo ningún derecho a impedirle a una persona de hoy 90 años que se quite la vida si ve que ésta ya no le genera ninguna alegría, es más, si ve que esta ya se le ha vaciado de sentido. Lo digo claramente: si una persona ya ha vivido su vida y bien, si ha tenido familia y amigos, si se ha destacado en su trabajo y en sus aficiones, si ha hecho todo lo que quería y podía hacer, y ahora solo ansía que llegue la muerte, ¿quién soy yo para “obligarla a seguir viviendo”? ¿Con qué autoridad la sociedad o el Estado pueden impedir que esa persona vaya a una farmacia y compre la píldora letal?

Insisto: ojalá nadie tuviera nunca necesidad de esa píldora maravillosa, por el momento más producto de sensacionalistas que de científicos; ojalá a todos les llegara la muerte en el momento oportuno; ojalá que todos pudieran disfrutar de tanto amor, de tanta atención y de tanta entrega por parte de sus prójimos que les fuera llevadera, incluso grata, la espera de la muerte, si esta diera en rezagarse. Pero hasta que eso no se dé –y lo veo difícil–, no soy capaz de distinguir muchas alternativas más. Por eso el tema de la pastilla “van Drion”, como la han bautizado, va a volver a plantearse, en los Países Bajos y en todas las sociedades “desarrolladas”, dentro de las cuales, si bien solo en algunos aspectos, se encuentra la Argentina.

Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher based in Athens, Greece.
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