Valores y emociones

Valores y emociones son dos realidades distintas, por más de que tengan cosas en común. Por lo pronto, nuestras diferentes dimensiones psíquicas no constituyen comportamientos estancos. Por poner un ejemplo, no hay voliciones “puras”, esto es, sin ninguna carga cognoscitiva, del mismo modo que no hay acto de comprensión que no pueda tener repercusiones en la voluntad. Si se me permite una comparación: la enredadera que cubre el árbol de una jungla es diferente del árbol mismo, pero uno y otro vegetal son difícilmente separables.

Hago esta introducción porque pienso que, en el hombre, querer distinguir nítidamente valores y emociones se presenta como una empresa casi imposible. Sin embargo, podemos empezar por los animales. Los animales tienen emociones, pero no tienen valores. (Sin duda tienen algunas disposiciones del comportamiento como la fidelidad al dueño, lo que parece responder a un valor, el de la lealtad, pero ese no sea el caso.)

Mi posición se desprende de los presupuestos que establecí en las entradas anteriores. Si nuestras valoraciones descansan en determinadas propiedades semánticas de nuestro lenguaje, entonces quienes no posean lenguaje (o, al menos, quienes no posean un lenguaje suficientemente complejo y articulado como el humano), no tendrán valores.

Lo que vengo diciendo servirá para que no se me incluya dentro del emotivismo. El emotivismo (en inglés, emotivism) fue una posición filosófica defendida por los neopositivistas y, en particular, por A. J. Ayer (1910-1989). Como los neopositivistas eran vehementemente antimetafísicos y como además tenían una concepción demasiado estrecha del lenguaje y sus funciones, no sabían qué hacer con los valores. De allí su intento de reducir todo valor (moral, estético y religioso) a una expresión de emociones. Así, cuando Juan decía que era malo matar a un inocente, lo que en realidad estaba expresando eran las emociones negativas que le generaba la posibilidad que una persona termine con la vida de otra inocente.

El autor que para mí contribuyó de manera decisiva a sacarnos de este cuello de botella filosófico fue Richard M. Hare (1919-2002). Hare, gracias a una comprensión mucho más amplia del lenguaje, rechazó el reduccionismo de las proposiciones valorativas a expresiones de emociones. Si bien Hare no desarrolló una axiología, esto es, una teoría de los valores, sus investigaciones lo llevaron a destacar el carácter prescriptivo de las normas morales, una dimensión semántica hermanada con la valorativa. El lenguaje de la moral no es para Hare una superestructura en la cual ocurre la expresión de nuestras emociones, sino un ámbito genuino en el que proferimos prescripciones. De allí que se haya llamado a su teoría prescriptivismo (en inglés, prescriptivism). En mi opinión, si hubiese seguido esa línea de reflexión un poco más, habría llegado a los valores. De tal suerte, habría podido concluir que el lenguaje moral está constituido, sobre todo, por prescripciones como asimismo por valoraciones.

Sería necio de mi parte no reconocer el rol fundamental que también las emociones juegan en nuestra vida moral. Cuando profiero que es moralmente incorrecto matar a un inocente o cuando formulo la prescripción: “No matarás a un inocente”, raramente puedo no activar una serie de reacciones emocionales decisivas, por ejemplo la reprobación y la furia con quien ha asesinado a un inocente, o el elogio y la admiración con quien valientemente ha impedido la muerte injustificada de otra persona.

Lo mismo que vengo diciendo respecto de la ética se aplica a la estética y a la religión. Así, por ejemplo, cuando expreso mi juicio estético respecto a tal o cual obra, no puedo dejar de verme inundado por diversas emociones. Mientras exclamo que las últimas sonatas de Beethoven son magníficas, recreo por ejemplo la sensación de agrado que siento al oírlas o al ejecutarlas, las emociones estéticas que experimento con la audición, etc.

Por lo mismo, es imposible afirmar que tales o cuales cosas sean sagradas y a la vez no recrear en mi interior emociones que tiene que ver con la veneración, el asombro, el respecto, etc.

Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher based in Athens, Greece.
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