Acerca de los valores

No pienso que la tarea de la filosofía sea la de definir cuáles son los valores últimos que han de guiarnos. Esa es, en todo caso, la tarea de todos nosotros: del educador, del estadista, del religioso, del artista, del ciudadano común y corriente. Desconfío de los filósofos “profetas”. La tarea primordial del filósofo es la reflexión, la argumentación y el análisis. Parece poca cosa, pero no lo es: es así como el filósofo puede incidir en la práctica.

En una de las entradas de más arriba di un ejemplo de cómo el filósofo puede ayudar a definir qué valores han de guiarnos. Cuando discutía el caso del igualitarismo, mostraba cómo la búsqueda intransigente de la igualdad es un valor que supone el sacrificio de otros valores, como el de la eficiencia, la innovación, el crecimiento económico, etc. Acá el filósofo lo que hace es mostrar cómo un valor (igualdad) puede excluir o, cuanto menos, relegar a un segundo plano otros valores. Quedará luego a cada uno el decidir, una vez comprendido el análisis propuesto por el filósofo, si continuar con el curso emprendido o si mejor dar marcha atrás, con miras a abrazar otro sistema de valores.

Otro ejemplo: quien admire a la Grecia arcaica, una sociedad al fin y al cabo guerrera que enfatizaba valores como la belicosidad, el predominio militar, etc., no podrá armonizar esos ideales con un valor como el de la paz, que nuestra sociedad considera entre los fundamentales. Esta reflexión es el aporte que puede hacerse desde la filosofía.

En síntesis, la reflexión sobre el sistema de valores de una sociedad determinada, el análisis de lo que implica la adopción de tal o cual valor en desmedro de otros, etc., puede parecer una tarea demasiado fría y ociosa. Pero no pienso que lo sea. Muchas veces la claridad mental es la mejor manera de salir de un atolladero “moral”.

En este sentido, lo considero a Friedrich Nietzsche no tanto un filósofo como una suerte de profeta de un nuevo orden social, orden que para él será más genuino que el actualmente vigente. Simplificando mucho los términos podría decir que Nietzsche considera que la vitalidad es el valor primordial para todo hombre y para toda cultura. Nietzsche es un vitalista: si una persona o una cultura afirman la vida a pesar de todos los reveses del destino, si afirman la vida a pesar de saber que la vida carece de sentido trascendental, si afirman la vida a pesar de entender que, una vez hechas las sumas y las restas, los sufrimientos siempre sobrepasan a los placeres, entonces para él esos seres revelan una grandísima vitalidad, y se vuelven seres superiores

Para Nietzsche, lo contrario de la vitalidad es la decadencia. Decadente es el débil, el que no puede ver de frente el verdadero rostro de la existencia, y se inventa mentiras y artilugios para seguir viviendo.

Según el diagnóstico de Nietzsche, nuestra cultura es una cultura decadente, débil, exánime, enferma. A lo largo de la historia, la sociedad ha ido gestando y propalando valores que no han hecho más que hundirla en la ciénaga de la decadencia. Valores como la compasión, la misericordia, la abnegación, la paciencia, la esperanza, la modestia, etc., valores que el cristianismo ha exaltado como supremos, son para Nietzsche como pesadas losas que han terminado de sofocar la poca vitalidad que le quedaba a nuestra cultura.

De allí que la intención última de Nietzsche sea la Umwertung aller Werte, la subversión de todos nuestros valores actuales, en miras a la revalorización de la vitalidad, de la fuerza, de la autoafirmación, del dominio. Este proyecto, que Nietzsche defendió durante toda su vida, ha constituido, sin duda, uno de los principales desafíos que se le han planteado a la reflexión moral. Sin embargo, Nietzsche se asemeja más a un profeta deseoso de predicar su evangelio, que a un filósofo dispuesto a analizar con calma los supuestos históricos, sociológicos y antropológicos, no siempre convincentes, de su explosivo descubrimiento.

Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher, book author and professor based in Athens, Greece.
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