Entender nuestra actitud hacia la actual pandemia

Hay un tema que últimamente me da vueltas en la cabeza y que voy a tratar de plantear acá, no sin el temor de no poder expresarme correctamente. Se trata de lo siguiente.

No es la primera vez que la humanidad enfrenta una pandemia. Es más, solo en el siglo XX hubo pandemias tan o más letales que la del covid-19. La historia de las pandemias es tan antigua como la humanidad misma, porque el ser humano nunca se estuvo “quietecito” y, por lo tanto, siempre se expuso al famoso “spill over”, esto es, a que un virus de otra especie se salte encima y lo infecte.

Ahora bien, esta es la primera vez que una pandemia paraliza el planeta, que nos pone a todos de rodillas, que pone en jaque la economía mundial como solo lo había hecho la Segunda Guerra Mundial y que nos sume en una gran incertidumbre (de hecho, no podemos planificar el 2021, sobre todo, los primeros seis meses, porque no tenemos idea de qué va a pasar). La pregunta es, entonces, ¿a qué se debe todo esto?

Tomemos un ejemplo para ver claramente a qué apunto. La famosa gripe española de exactamente un siglo atrás fue mucho peor que la actual pandemia, si contamos el número de muertos. Claro que no podemos comparar ni ambos tipos de virus ni las enfermedades desencadenadas por esos virus. Nadie discute que más allá de ciertas similitudes epidemiológicas hubo muchas diferencias puntuales. Es cierto también que el siglo que media entre una pandemia y la otra no pasó en vano. Por caso, entonces no se tenía idea del patógeno (los virus fueron descubiertos casi dos décadas más tarde). Igualmente, hubo grandes progresos en la medicina, en el diagnóstico y en el tratamiento de las enfermedades.

Pero el punto que quiero poner en discusión es este: la pandemia del covid-19 nos ha paralizado o, al menos, ha trastocado significativamente nuestra vida individual y colectiva en un grado nunca visto antes, porque nuestra sensibilidad ha cambiado o, si se prefiere, porque nuestra moralidad se ha transformado.

Para decirlo de un modo tal vez caricaturesco pero nítido. Cuando hace exactamente un siglo atrás un viejo de 65 años (¡perdón, pero entonces los suertudos que llegaban a los 65 años eran, para decirlo sin rodeos, viejos!) se contagiaba de la gripe española y moría, la actitud prevalente entre sus allegados y vecinos, ¿cuál era? La de llorarlo, claro, pero la de resinarse, la de levantar los hombros en señal de desconcierto, suspirar profundamente y repetir la letanía: “Así lo ha dispuesto el Señor”.

Recordemos que lo terrible de esa pandemia no fue tanto el que afectara a los viejos, sino el que se ensañara con los jóvenes. A diferencia del covid-19, que casi no afecta a los niños y a los adultos menores de 40 años, entonces las franjas de edad más vulnerables eran las de los jóvenes.

Pero sospecho que la reacción de la gente era muy parecida: sea viejo o joven el que muriera, al sentimiento natural de dolor se unía el de resignación: así es este mundo cruel, qué le vamos a hacer.

No perdamos de vista cómo eran las cosas después de la Primera Guerra Mundial. Las vacunas tardaban añares en llegar, no se sabía aún cuál era el microorganismo causante de la enfermedad, no había las famosas UTI, unidades de terapia intensiva, y, por ende, ni ventilación mecánica ni intubación; ni siquiera había un sistema social de cobertura médica integral para todos los ciudadanos.

Creo que desde acá empezará a visualizarse el punto al que quiero arribar. A pesar de que el covid-19 es menos pestífero que muchas enfermedades del pasado que produjeron pandemias, a pesar de que hoy sabemos mucho más de medicina y podemos actuar mucho mejor, la actual situación es peor. ¿Por qué? Porque nuestra sensibilidad, nuestros estándares morales y nuestras valoraciones han cambiado en los últimos cien años.

La situación actual se caracteriza por dos aspectos. En primer lugar, tomamos todas las medidas que tomamos, tanto a nivel individual, familiar como social, y no importa cuáles sean las consecuencias que tengan esas medidas, porque no queremos ver abarrotados y colapsados nuestros hospitales. Digámoslo sin tapujo, este es el quid de la cuestión. Ningún país quiere que le pase lo que pasó desde mediados de marzo y durante abril en el norte de Italia y en el centro de España. ¡Este es el infierno tan temido, esto es lo que se desea evitar a toda costa!

En segundo lugar, preferimos aislarnos, confinarnos, encerrarnos en nuestras casas, aceptar la cuarentena, poner en riesgo la educación de nuestros hijos y la salud física y mental de ellos y la nuestra, hacer que se desplome la economía, etc., etc., preferimos todo eso a exponer a un considerable riesgo de muerte a una persona de unos 70 años con enfermedades crónicas concomitantes (este es el perfil de paciente medio que muere de covid-19 en la Argentina).

Atención: no quiero plantar ahora otro tema relacionado con este, a saber, si las medidas que han tomado la mayoría de los gobiernos del mundo con las famosas cuarentenas y demás restricciones son éticamente correctas o no. Este será tema de otra entrada de este blog. Lo que sí quiero decir es que frente a un nuevo virus, peligroso sin duda aunque menos que otros, hemos reaccionado “exageradamente”. Pongo el adverbio entre comillas porque, repito, no me interesa discutir ahora si fue acertado o no. Lo uso de un modo neutral, considerando cómo hemos reaccionado en otras ocasiones en el siglo pasado, para no irnos tan lejos en la historia.

En síntesis: cambió nuestra sensibilidad, cambiaron nuestros estándares morales y nuestras valoraciones, y eso fue lo que llevó a tomar medidas que, hace un siglo atrás, no hubiéramos tomado.

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Los parques eólicos, pros y contras

Hace unos días llegué a la isla de Esciros (Σκύρος) y por todos lados veo afiches y pancartas manifestando la oposición de los isleños al proyecto de crear un inmenso parque eólico en la parte sur. (El sur de la isla, a diferencia del norte, es árido y mayormente despoblado.) Las imágenes utilizadas en la campaña muestran una isla afeada y estropeada por una infinidad de aerogeneradores; la conclusión es fácil de extraer: “¡Evitemos un futuro semejante!”.

A primera vista, la oposición de los ciudadanos de la isla, muchos de ellos organizados en asociaciones civiles y políticas, parece de lo más razonable: se oponen a que un proyecto venido de fuera o, mejor, de arriba (del gobierno central y del regional) les arruine la estética y la imagen de la isla, máxime cuando la isla vive del turismo. (Tiene otras fuentes de ingresos, pero el turismo es una de las principales.)

Sin embargo, tras darle varias vueltas al asunto, encuentro varias cosas que no me cuadran de este reclamo. Por lo pronto, tengo la sospecha de que la oposición al parque eólico esté motivada en intereses sectoriales bien camuflados. ¿No será, me pregunto, que los trabajadores y los directivos de la actual empresa de energía eléctrica teman perder sus privilegios, incluso sus puestos de trabajo, de “diversificarse” la oferta eléctrica?

No quiero que se me malentienda. No digo que no sea importante atender al reclamo de aquellos trabajadores y directivos que estén preocupados, sea porque teman por sus puestos de trabajo o porque, en general, se sientan inseguros respecto a qué les deparará el futuro laboral, aún cuando vayan a conservar el puesto de trabajo. Lo que digo es que si este es el problema de fondo, entonces camuflarlo apelando a la estética o a la imagen de la isla es, por lo pronto, un procedimiento fraudulento.

Pero supongamos que el que esté equivocado sea yo. Supongamos que las autoridades centrales y regionales ya previeron este problema y que les aseguraron a los empleados de la isla de todos los niveles jerárquicos que ninguno va a perder el empleo ni que se les va a rebajar el salario. Supongamos, además, que la oposición al parque eólico es sincera y es compartida por la mayoría de los vecinos, estén o no vinculados al turismo. ¿Cuál sería mi posición en este caso?

Antes quisiera aclarar que la mayor parte de la energía eléctrica que se consume en la isla proviene de un central que utiliza la combustión de carbón, una de las maneras más comunes en Europa en las últimas décadas para generar energía. La central de Esciros es relativamente pequeña y está ubicada no muy lejos del puerto, en un sitio bastante escondido, con lo cual la contaminación visual y auditiva que produce pasa casi desapercibida. Por otro lado, como la isla está expuesta a vientos que soplan de todos los costados, el humo desechado por la central se dispersa con gran facilidad. (No he escuchado, por ejemplo, que haya casos de intoxicación entre los isleños.)

El problema aquí es el mismo que se plantea en tantas otras partes del globo. En los últimos años, el nivel de consumo de electricidad por habitante no descendió, antes bien creció. Adicionalmente, urge reducir la cantidad de emisiones de dióxido de carbono que se liberan a la atmósfera, tal como se estableció en el Acuerdo de París (y en tantos otros convenios anteriormente).

La energía eólica, generada gracias a los molinos, constituye una de las principales respuestas al desafío del recalentamiento global del planeta. Los aerogeneradores son una fuente segura, no contaminante y renovable de energía. El problema es que para reemplazar lo producido por las fuentes tradicionales (por la central de carbón local) se necesitan muchos aerogeneradores, que para colmo deben estar bien expuestos al viento y, por lo tanto, a la vista humana.

Imaginemos, después de todas estas aclaraciones, a un representante de los vecinos reunidos en oposición al parque eólico. Este vecino podría argumentar de la siguiente manera: “No es que nos opongamos a la energía limpia; también nosotros queremos un futuro en el planeta Tierra para nuestros hijos y nuestros nietos. Lo que no queremos en que no se nos llene la isla de molinos eólicos. Estamos orgullosos de vivir en una isla tan bella y agreste como esta. Si triunfa el proyecto del gobierno central, nuestra isla va a dejar de ser la que siempre ha sido. Su belleza va a perderse para siempre. De día va a ser imposible no divisar decenas y decenas de inmensos molinos desperdigados por todo el sur de la isla. Igualmente, de noche vamos a tener el espectáculo de mal gusto de cientos de luces rojas tintineando en las puntas de los molinos, para alertar de su presencia a eventuales pilotos de helicópteros y avionetas.”

Propongo llamar a esta posición apenas bosquejada el “argumento basado en la estética”. Independientemente del diseño del molino eólico (actualmente, son mucho más atractivos que veinte años atrás, cuando eran verdaderos mamotretos), lo cierto es que, plantificados en abundancia, quilómetros tras quilómetros, arruinan cualquier paisaje. Creo que muy pocas personas estarían dispuestas a negar el impacto estético de los aerogeneradores. Por lo tanto, existe al menos una razón de peso para oponerse a la creación de un parque eólico.

Pero, ¿es suficiente esta razón para oponerse a la energía eólica? Creo que no y voy a dar cuenta de mi postura en las próximas líneas.

Lo primero que se puede rebatir al argumento de la estética es el consabido dicho, de gustibus non disputandum est. Sin duda que a algunos, incluso que a muchos les resultará antiestético un parque eólico, pero seguramente ese no será el caso de todos. En particular, para un sector de la población puede ser una cuestión estéticamente indiferente. Hay gente a la que no le molesta la visión de los aerogeneradores. Y, ¿por qué no?, habrá ciudadanos con un gusto futurista muy marcado que incluso disfruten de los parques eólicos. “Hay gusto para todos”, como suele decirse. ¿Por qué no aceptar que hay también una estética de la tecnología y la industria? Ya Filippo Tommaso Marinetti en su manuscrito futurista decía preferir una máquina moderna a incluso la más bella escultura antigua. ¿Qué nos impide hallar goce estético en un parque eólico bien montado?

El segundo contraargumento es el del acostumbramiento. Uno puede al principio rechazar la visión de un parque eólico, pero con los meses y los años esa visión puede perder la carga negativa del comienzo. Sinceramente, cada vez que me subo a un mirador en una ciudad, no importa cuál fuese, no puedo dejar de pensar qué feas son las redes viales y qué feo es el parque automotor. Imaginemos una ciudad cualquiera sin autos y, en lo posible, sin calles, o, al menos, sin todo aquello que ayuda a la visibilidad y facilita el desplazamiento en una calle: el alumbrado, los semáforos, las rayas, los carteles, etc. Así, la ciudad gana de golpe en calidad y en belleza. Y sin embargo, nos hemos acostumbrados a convivir con vehículos de todo tipo y con vías especialmente preparadas para la circulación de esos vehículos. ¿No podremos hacer lo mismo con los parques eólicos? ¿Cuál es el problema?

En el capítulo VIII del Quijote el caballero andante arremete contra unos molinos de viento en medio del campo castellano. Don Quijote, fuera de sus cabales como está, cree que eso que tiene por delante no son simples molinos de vientos, enormes máquinas destinadas a la monótona tarea de moler el trigo, sino que son temibles gigantes a los que un valiente como él debe derrotar. Esta historia, una de las más ocurrentes y conocidas del libro de Cervantes, ha sido interpretada de las más diversas maneras. Sin quitarle un ápice del valor literario que tiene, lo cierto es que muchos críticos han señalado el hecho de que a inicios del 1600, cuando Cervantes creaba su historia, los molinos de viento eran una novedad en España. De hecho, eran invenciones traídas de Holanda e introducidas en Castilla debido a su utilidad. De este modo, era lo más natural del mundo que una persona que casi no había salido de su aldea como el bueno de Alonso Quijano llegara a confundir tamaña invención con algo temible. ¡No es curioso que hoy nos resulte descabellado imaginar el paisaje castellano sin sus “característicos” molinos de viento! ¿No nos será de acá a un siglo o dos la cosa más natural del mundo asociar el paisaje de una isla del Egeo con sus útiles molinos eólicos?

Hoy, cada vez que veo una carreta en una ciudad pequeña o en un pueblo, no puedo dejarla pasar sin sacarle una fotografía. ¡Qué cosa más romántica parecen las carretas! Y, sin embargo, ¿no será que hace cien años atrás había gente que despotricaba contra las carretas y se oponían a su difusión por antiestéticas?

Soy consciente de que hasta ahora me he estado moviendo en un terreno de conjeturas bastante subjetivas. Por eso quiero pasar al tercer contraargumento, que considero el de mayor peso. Este argumento puede esbozarse del siguiente modo. Aun si concordamos en que los molinos eólicos son fundamentalmente antiestéticos y en que nunca terminaremos por acostumbrarnos a semejante atrocidad, lo cierto es que la estética no puede ser nunca la única razón a considerar. Cuando tomamos una decisión que implica el futuro de la sociedad en su conjunto, las razones estéticas tienen sin duda un valor, pero ese valor debe ser sopesado con las demás razones disponibles. En concreto, ¿no es mejor vivir en una isla que ha reducido a un mínimo sus emisiones de dióxido de carbono y su dependencia de las energías fósiles, aun cuando para ello haya debido “pagar el precio” construir un gran parque eólico en su parte sur? ¿No es mejor sacrificar (en parte) la estética de la isla, cuando con ello puede conseguirse un objetivo tan loable como el de reducir las emisiones creadas por la generación de energía? Personalmente, veo que aquí está la clave.

Además, el secreto está en cómo se miren las cosas. ¿Acaso no sería una óptima manera de promocionar la isla el poder asegurar que es una isla “verde”, una isla en la que toda la energía eléctrica que se utiliza ha sido producida de fuentes limpias y renovables? Supongo que si Esciros se vuelve pionera en esta materia, podría atraer a muchos turistas “con conciencia ecológica”.

Mi conclusión es que el rechazo a los aerogeneradores –que, al fin y al cabo, implica un rechazo a la energía eólica– no puede ser justificado éticamente en casos como los de Esciros. De este modo, si una comunidad insiste y se planta en su oposición, entonces debe ser consciente de que debe hacerse cargo de ciertas consecuencias.

En concreto, mi propuesta es que en todos los casos en que una comunidad por motivos estéticos se oponga a los parques eólicos y siga produciendo energía de manera tradicional, pague un precio mucho mayor por la energía que consume. Supongamos que tras realizar un estudio correspondiente, concluimos que el quilovatio debe costar el doble de lo que cuesta actualmente. Ese recargo tendrá dos efectos. Por un lado, tendrá un efecto disuasivo, que llevará a que la gente ahorre más energía. Por otro lado, tendrá un efecto compensatorio, porque el dinero extra obtenido del sobreprecio deberá destinarse íntegramente a “corregir” el mal medioambiental causado; ese dinero, por ejemplo, ha de destinarse a financiar proyectos alternativos que redunden en una reducción de las emisiones por otros medios, como la forestación.

En síntesis, estoy en parte de acuerdo con quienes sostienen que los parques eólicos disminuyen la belleza de ciertos paisajes y trastocan la imagen de determinadas regiones. Pero si debiéramos oponernos a todas aquellas cosas que atentan contra la belleza y la imagen de un lugar, tendríamos que eliminar una larga lista de cosas que nos trajo la “modernidad”. Pero como en general no estamos dispuestos a ir tan lejos, debemos ser consecuentes en nuestras decisiones. Los parques eólicos son un mal menor respecto a, por ejemplo, la amenaza del cambio climático.

Por otro lado, es probable que a medida que sigan desarrollándose las tecnologías relacionadas con la producción de energía limpia, encontremos manera de reemplazar los aerogeneradores actuales por otros más atractivos, más pequeños, etc., cuando no de reemplazarlos totalmente por, por ejemplo, paneles solares de última generación. A diferencia de otras fuentes de energía (piénsese en el impacto que supone crear una represa de agua o montar una central nuclear), la energía eólica es limpia y puede ser reemplazada totalmente de manera relativamente simple.

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Sara Mesa, Cara de pan

Cuando los otros días nos reunimos a tomar un café, Edu arrastraba una pila de libros; encima de todos estaba Cara de pan, una novelita de Sara Mesa. Me preguntó, “¿querés llevarla?”. Dudé un momento y le respondí con otra pregunta, “¿está buena?”. Edu entornó los ojos, tomó aire como si quisiera lograr una visión de conjunto de la lectura recientemente hecha y, al cabo de unos segundos, me dijo sin énfasis aunque sin titubeos: “Sí, llevátela”.
Efectivamente, la novelita está bien escrita; tiene la dosis justa de suspense como para leerla de un tirón en una tarde libre (y no arrepentirse luego del tiempo empleado de ese modo).
Hay algunos desaciertos, todos ellos perdonables, incluido el del título.
En el fondo, es la historia de una amistad. Dos personas muy distintas entre sí necesitan desesperadamente un amigo, y dan con él, al encontrarse de casualidad.
Pero las diferencias de sexo y de edad entre ambos protagonistas generan la primera dificultad: él es un viejo y ella una adolescente. Para colmo, estas diferencias se ven agravadas por las circunstancias. Él es un solterón desocupado con algunas taras; ella, una niña-joven insegura, acomplejada tras haber sido repetidamente víctima de “bullying”.
Cuando ambos están solos, alejados de los prejuicios y las presiones sociales, pueden ser los seres más racionales del mundo. Pero los preconceptos y la dinámica de la sociedad de los “normales” terminan arrastrándolos a un círculo vicioso del estilo: estigmatización por parte de los “normales”; internalización de la condena; comportamiento conforme a la imagen internalizada; ratificación e intensificación de la condena por parte de los “normales”, y así sucesivamente.
Porque ambos, en su intimidad son puros y, para lo que les interesa, son aplicadísimos.
La novela de Mesa se compone de dos partes, una larga primera parte (“En el parque”) y otra más breve (“En la cafetería”), que hace las veces de un extenso epílogo.
En resumidas cuentas, la historia es esta. La adolescente, inhibida por los comentarios hirientes de sus compañeras, desencantada de la educación formal, con un cuerpo que cambia sin saber bien cómo ni hacia dónde y, para colmo, con padres incapaces de darle la contención afectiva necesaria, decide de buenas a primeras abandonar la escuela. Así, cada mañana en vez de ir al instituto, se dirige a un refugio que ha encontrado en un parque de por ahí.
Una mañana aparece en ese lugar secreto un viejo. Al lector aquí se le paran las antenitas: atención, otra historia de viejo verde que abusa a menor ingenuo. Pero no es así, y hay que resaltar como algo positivo en que Mesa haya tenido in mente un destino más interesante para sus personajes. Porque pronto nos enteramos de que el viejo en el pasado fue víctima de un abuso, o de muchos abusos, y su libido parece haberse extinguido. El viejo ha sabido encontrar una manera de tolerar la dura realidad que le tocó vivir entregándose a sus hobby, la ornitología y la música.
Para la adolescente, esta inesperada amistad, que va abriéndose paso a paso a medida que caen las barreras de la desconfianza, es como un bálsamo, como una tabla que la salva de un posible naufragio. Es más, esa amistad se convierte para ella en un verdadero catalizador: ahora empieza a darles cabida a sus primeras fantasías sexuales.
Pero es justamente acá donde el diablo mete la cola, porque resulta que la adolescente va a ir plasmando esas fantasías en un diario íntimo. Y ese diario se volverá un testimonio, una prueba, un arma, cuando el viejo y la adolescente sean expulsados del edén en que se encuentran.
¡Ay de aquellos que ciegamente creen que todo lo que uno vierte en las páginas de un diario íntimo son reflejos fieles de la realidad vivida!
El factor desencadenante de la tragedia es claro: las mentiras tienen patas cortas, es decir, ningún adolescente puede engañar indefinidamente a sus padres. Así, un día papá y mamá terminan por saberlo todo.
Si tú, querido lector, te desayunaras un día de estos con que tu hija o tu hijo hace meses que no va a la escuela, que se pasa todas esas horas en el “refugio” de un parque y en compañía de un viejo desconocido sin familia ni trabajo, ¿cómo reaccionarías? ¿No es cierto que toda tu corteza progresista se descascaría en unos segundos para que salieran a la luz las fibras del duro leño de las disposiciones ancestrales?
Dejo aquí el racconto para que los interesados vayan a leer el libro. Solo anticipo que el final es muy humano y que si bien no evita todos los lugares comunes del caso, sí lo hace con la mayoría.
Una última aclaración: dije que el tema principal de Cara de pan es la amistad; también habría podido decir, desde otra óptica, que es el lenguaje. Cada sujeto y cada grupo social desarrollan su propio lenguaje, lenguaje que luego les resulta incomprensible o ajeno a los otros, a los supuestos interlocutores. Por ejemplo, los psicopedagogos tienen un lenguaje pomposo y sofisticado para describir y explicar el comportamiento de los alumnos problemáticos; pero ese lenguaje es abstruso para quienes debieran ser sus destinatarios, los padres y sobre todo los alumnos mismos. Así, en el mundo de Cara de pan abundan los lenguajes especializados de los distintos grupos sociales… ¡y falta la comunicación!

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Imágenes de Grecia

Era como si nevara, en pleno verano, pero eran las flores de los árboles
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«Desembarazarse de Crisantemo», de Gonzalo Suárez

He aquí un cuento breve, lleno de humor, picardía y crítica social. El narrador, que se las da de comerciante listo y exitoso, es engañado por un joven pícaro, Emilio Crisantemo. Este, al inicio, le propone un trato: hacerse socios y «vender» libros a personas recientemente fallecidas, porque ¿qué pariente en duelo no querrá abonar rápidamente el importe del extraño paquete recibido a nombre del fallecido? Así comienzan y, en verdad, les va muy bien, pero el narrador no soporta más al nuevo socio, que en realidad lo explota. Busca deshacerse de él, recurriendo finalmente a la magia. Por eso se propone convertirlo en una jirafa… Y, supuestamente, un día logra su cometido: es el día en que, tras haber dejado una carta y alegando los primeros signos de la metamorfosis, Crisantemo huye a un «zoológico del extranjero», pero ¡llevándose la caja con todos los ahorros del comerciante!

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Unas palabras acerca de «Recuerdo de un día de campo», de García Hortelano

Estoy leyendo la antología preparada por José María Merino, Cien años de cuentos. ¡Delicioso recorrido por el relato español del siglo XX! Ya voy por la mitad del grueso volumen y recién hoy me topé con el primer cuento noir. Es la historia de Juan García Hortelano titulada «Recuerdo de un día de campo».

En pocas palabras, se trata del encuentro fortuito de una prostituta que está buscando cliente y un policía vestido de civil, una tarde cualquiera. El hombre, inmóvil y tenso contra una pared, está en medio de una operación arriesgada e importante, cazar algún pez gordo, suponemos.

La situación en la que se encuentran los dos personajes es totalmente distinta. Ella, aparentemente una mujer charlatana y despreocupada, quiere «engancharlo», mientras que él, lacónico y atento al éxito de la operación, no encuentra manera de ahuyentar el «estorbo». Esta escena podría ser cómica, y de hecho hay algo gracioso en lo inoportuno de la aparición de la prostituta, pero el final es sórdido.

La historia tiene lugar en una España marginal, en un barrio cualquiera de una gran ciudad, en el que circulan sin temores prostitutas y mafiosos. La prostituta es, al fin, una pobre diabla, aquejada por un cáncer que en breve la postrará (este y los restantes detalles de su vida los conocemos porque no cierra el pico, mientras el policía, rígido, espera el momento de lanzarse a la acción). De él, del cana o, como se dice en España, del bofión, sabemos poco. Probablemente, su existencia sea también gris: alguien que debe cumplir tareas difíciles, peligrosas, fastidiosas, sin que todo ese sacrificio redunde luego en una mejora de su situación socio-económica.

La historia se va narrando de un modo tan tangencial y oblicuo, y son tan pocos y tan dispersos los elementos que van saliendo a la luz, que uno solo al final puede hacerse una idea cabal de qué ha sucedido: buen manejo de la técnica narrativa.

El final, ya lo dije, es sórdido, y no tal vez tanto por el escupitajo que él le raja a ella para que finalmente desaparezca, sino porque después de tanta acción la vida de ambos parece volver a su acostumbrado y sombrío curso.

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Época de coronavirus

Aquí copio el enlace de un artículo que me pareció interesante. No estoy de acuerdo con todo lo que allí se dice, y el artículo, además, ya tiene unos seis años. Pero trata cuestiones que se plantean diariamente y con intensidad, ahora que vivimos encerrados por la pandemia.

Ezekiel J. Emanuel, «Why I hope to die at 75»

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Época de coronavirus

«Coso mascarillas», ofrece una mercería de la vuelta.
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Un poema

De Elena Martín Vivaldi (claro que en el hemisferio sur abril tiene otra connotación…)
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¿Y si los Países Bajos aprueban la píldora letal?

Ayer me hicieron una entrevista en Radio Universidad de Córdoba, a raíz de una noticia que había generado mucha polémica en Argentina: en los Países Bajos estarían por aprobar la venta de una píldora letal para ancianos ya “cansados de vivir”. La noticia terminó siendo una de las tantas fake news que circulan en torno a la eutanasia en Holanda. De todos modos, vale la pena preguntarse cuál sería nuestra posición en el caso de que en un futuro no muy lejano se planteara la posibilidad de comprar pastillas letales para terminar con la propia vida. ¿Acaso deberíamos escandalizarnos ante este escenario? ¿No se espera de un intelectual que defienda la vida a capa y espada, y que entone cánticos a la belleza de vivir? ¿Pero qué es, al fin y al cabo, lo que nos irrita tanto de ese caso hipotético?

No tengo ningún prurito en afirmar, por cursi que suene, que amo la vida y que le deseo muchos y buenos años a todo el mundo. Enemigos, lo que se llama enemigos, no tengo, para desearles la muerte o el sufrimiento atroz. Pero al mismo tiempo que expreso mi amor por la vida, no puedo dejar de pensar que, desde una visión secularizada del mundo como la que tengo, la vida no es absoluta e incondicionalmente buena. La vida es buena, si cuenta con, al menos, un mínimo de calidad. Una existencia totalmente privada de calidad puede ser un infierno, literalmente.

Por esta razón soy partidario de la legalización de la eutanasia voluntaria y del suicidio médicamente asistido. Una persona que sufre una enfermedad severa e incurable, y que para colmo está expuesta a constantes dolores físicos y/o sufrimientos morales, debe poder contar con la posibilidad de ponerle fin a ese estado deplorable, si es eso lo que desea. ¿Cuál es el punto de sufrir larga e inútilmente, sin perspectivas de mejoría? Algunas personas muy religiosas podrán creer que allí se esconde una fuente de sentido último, que el dolor puede ser un instrumento de salvación. Por lo pronto, yo a eso no alcanzo a verlo, y creo que al lado mío hay una mayoría que piensa igual.

Claro que muchos podrían sostener lo siguiente: “Es correcto el recurso a la eutanasia en el caso de una enfermedad severa, incurable y cruel; es incluso correcta la solicitud de la eutanasia ante la posibilidad de terminar en una fase avanzada de demencia, cuando la enfermedad ya ha sido fehacientemente diagnosticada… ¿Pero cómo justificar la eutanasia en el caso de una persona física y mentalmente sana, solo cansada de vivir por encontrarse en un estado decrépito y por no verle más sentido a la vida?”

¡Atención!, aclaraba yo en la entrevista. Una cosa es lo que un encuestado pueda decir en la calle o por teléfono ante la pregunta intempestiva de un científico social que está realizando un estudio para el gobierno neerlandés, y otra cosa muy distinta es lo que esa persona va a decir “cuando le llega el momento”. Todo parece fácil cuando conversamos tranquilamente en una mesa de café y todo sencillo cuando imaginamos nuestro futuro paseando por las calles. Pero in medias res, las cosas se ven de otra manera. Así que no nos apuremos a rasgarnos las vestiduras por el hecho de que varios miles de holandeses hayan dicho que sí en una encuesta, que recurrirían a esa pastilla mágica para, llegado el caso, ponerle fin a una vejez aplastante e insulsa.

Pero, por otro lado, no hay peor remedio para estos males sociales que nos afligen que la hipocresía y las declaraciones de buenas intensiones. “Debemos estar más cerca de nuestros abuelos”, “debemos ocuparnos más de nuestros viejos”, debemos, debemos y debemos, que luego quedan en nada. El amor todo lo podrá, pero el amor es el más escaso de todos los recursos. Es inútil creer que vamos a solucionar nuestros problemas con más dedicación, con más entrega, con más cariño.

El tema para mí es el siguiente. Como sociedad, hacemos de todo por vivir más años y mejor, y está bien que así sea. En todas las sociedades occidentales se constata una tendencia lenta pero irrefrenable hacia el aumento de la expectativa de vida. Sin entrar en precisiones, esa esperanza de vida ya está hoy en los Países Bajos en los 82 años, y en Argentina en los 78. Es muy probable que en las próximas dos décadas se constate un incremento de al menos un año en ambos casos.

Eso significa que ya tenemos un grupo de la población no en la “tercera edad”, sino en la “cuarta edad”, y que ese contingente va a seguir creciendo. Hoy en día una persona en la tercera edad puede vivir muy satisfactoriamente. El caso típico: recién jubilado, tras una vida de trabajo y ahorros, llegó el momento tan esperado de hacer lo postergado durante tantos años, viajes, hobbies, nietos, amigos, comunidad. Y así pasan los años. ¿Cuántos?, imposible decirlo. ¿Diez, quince, veinte, o sea, de los 65 a los 85? Tal vez.

Pero en un momento llega eso: la enfermedad incurable o los primeros e inconfundibles síntomas de la demencia o, simplemente, la vejez, con todo su peso. Ya no es posible viajar, ni dedicarse a los hobbies; los nietos crecieron y se fueron, los amigos están igual o peor… ¿Y qué hacer ahora? Es en este punto en el que vuelve a plantearse, y con fuerza inusitada, el tema de la calidad de vida. Qué pasa cuando el inevitable proceso de envejecimiento va incluso mellando día a día el cimiento de las pocas cosas que aún proveen satisfacción, un paseo por el parque de al lado, un plato de espaguetis, el sueño nocturno, y ello porque los mismos huesos ya no le dejan moverse a uno, y porque la misma comida le cae indefectiblemente mal por más liviana que sea, y porque incluso conciliar el sueño se vuelve una empresa angustiosa…

¿Quién no recuerda esos versos del Eclesiastés?: “Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo / su tiempo el nacer, / y su tiempo el morir.” Es así, la buena muerte es la muerte oportuna, la que no llega demasiado antes de tiempo pero la que tampoco se retrasa cuando el ciclo vital ya ha concluido. ¿Qué sentido tiene rebelarse contra la temporalidad de nuestra existencia?

Hay un tiempo para morir… Si como sociedad hacemos todo lo posible por agregar años a la vida de las personas, y luego también como sociedad nos desentendemos de las personas de la cuarta edad, entonces a ¿qué ese esfuerzo? ¿A qué las conquistas médicas cuando hemos perdido el norte?

Esto lo aclaro, porque ahora paso al punto en mí opinión más importante. Lo central no es entender que “el viejo”, esto es, que las personas de la cuarta edad, ya no encuentren placer o gratificación en nada de lo que hacen, o solo mínimamente, y que así los pesares sobrepasen holgadamente a las alegrías, incluso a las cotidianas… lo capital es que están viviendo una vida despojada de sentido.

La vida tiene sentido cuando nos fijamos objetivos a cumplir, cuando tenemos metas por realizar. Una vida con sentido es cuando abrimos los ojos por la mañana y sabemos que el día que tenemos por delante es una etapa, pequeña pero importante, del proyecto de vida que nos hemos trazado y que deseamos ejecutar. Queremos llegar a algo, y eso da sentido a la vida en su totalidad y a cada uno de nuestros días. Habrá días gratos y habrá días penosos durante el transcurso de la existencia, pero incluso ese dolor, por mucho que sea, tendrá sentido si lo vemos como parte del proyecto global que nos hemos fijado.

Repito una idea que ya dije al pasar: claro que desde una perspectiva profundamente religiosa, lo que estoy proponiendo podrá sonar descabellado. Para el que cree en un plan divino y se ve él mismo como parte de ese plan, la vida puede adquirir una significación completamente distinta. Lo admito, pero acto seguido agrego que yo, simplemente, no puedo verlo así. Y creo que millones y millones de personas en nuestras sociedades secularizadas tampoco lo ven tan así.

Yo, que este año cumplo 45, ¿seguiré viendo las cosas de la misma manera cuando tenga 90, si es que llego a esa edad? No tengo empacho en confesar que no sé, que no sé si voy a seguir teniendo la misma opinión. Dudo de todos, y hasta de mí mismo, y no puedo afirmar haber llegado a verdades evidentes. Lo que sí sé es que no tengo ningún derecho a impedirle a una persona de hoy 90 años que se quite la vida si ve que ésta ya no le genera ninguna alegría, es más, si ve que esta ya se le ha vaciado de sentido. Lo digo claramente: si una persona ya ha vivido su vida y bien, si ha tenido familia y amigos, si se ha destacado en su trabajo y en sus aficiones, si ha hecho todo lo que quería y podía hacer, y ahora solo ansía que llegue la muerte, ¿quién soy yo para “obligarla a seguir viviendo”? ¿Con qué autoridad la sociedad o el Estado pueden impedir que esa persona vaya a una farmacia y compre la píldora letal?

Insisto: ojalá nadie tuviera nunca necesidad de esa píldora maravillosa, por el momento más producto de sensacionalistas que de científicos; ojalá a todos les llegara la muerte en el momento oportuno; ojalá que todos pudieran disfrutar de tanto amor, de tanta atención y de tanta entrega por parte de sus prójimos que les fuera llevadera, incluso grata, la espera de la muerte, si esta diera en rezagarse. Pero hasta que eso no se dé –y lo veo difícil–, no soy capaz de distinguir muchas alternativas más. Por eso el tema de la pastilla “van Drion”, como la han bautizado, va a volver a plantearse, en los Países Bajos y en todas las sociedades “desarrolladas”, dentro de las cuales, si bien solo en algunos aspectos, se encuentra la Argentina.

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