Los parques eólicos, pros y contras

Hace unos días llegué a la isla de Esciros (Σκύρος) y por todos lados veo afiches y pancartas manifestando la oposición de los isleños al proyecto de crear un inmenso parque eólico en la parte sur. (El sur de la isla, a diferencia del norte, es árido y mayormente despoblado.) Las imágenes utilizadas en la campaña muestran una isla afeada y estropeada por una infinidad de aerogeneradores; la conclusión es fácil de extraer: “¡Evitemos un futuro semejante!”.

A primera vista, la oposición de los ciudadanos de la isla, muchos de ellos organizados en asociaciones civiles y políticas, parece de lo más razonable: se oponen a que un proyecto venido de fuera o, mejor, de arriba (del gobierno central y del regional) les arruine la estética y la imagen de la isla, máxime cuando la isla vive del turismo. (Tiene otras fuentes de ingresos, pero el turismo es una de las principales.)

Sin embargo, tras darle varias vueltas al asunto, encuentro varias cosas que no me cuadran de este reclamo. Por lo pronto, tengo la sospecha de que la oposición al parque eólico esté motivada en intereses sectoriales bien camuflados. ¿No será, me pregunto, que los trabajadores y los directivos de la actual empresa de energía eléctrica teman perder sus privilegios, incluso sus puestos de trabajo, de “diversificarse” la oferta eléctrica?

No quiero que se me malentienda. No digo que no sea importante atender al reclamo de aquellos trabajadores y directivos que estén preocupados, sea porque teman por sus puestos de trabajo o porque, en general, se sientan inseguros respecto a qué les deparará el futuro laboral, aún cuando vayan a conservar el puesto de trabajo. Lo que digo es que si este es el problema de fondo, entonces camuflarlo apelando a la estética o a la imagen de la isla es, por lo pronto, un procedimiento fraudulento.

Pero supongamos que el que esté equivocado sea yo. Supongamos que las autoridades centrales y regionales ya previeron este problema y que les aseguraron a los empleados de la isla de todos los niveles jerárquicos que ninguno va a perder el empleo ni que se les va a rebajar el salario. Supongamos, además, que la oposición al parque eólico es sincera y es compartida por la mayoría de los vecinos, estén o no vinculados al turismo. ¿Cuál sería mi posición en este caso?

Antes quisiera aclarar que la mayor parte de la energía eléctrica que se consume en la isla proviene de un central que utiliza la combustión de carbón, una de las maneras más comunes en Europa en las últimas décadas para generar energía. La central de Esciros es relativamente pequeña y está ubicada no muy lejos del puerto, en un sitio bastante escondido, con lo cual la contaminación visual y auditiva que produce pasa casi desapercibida. Por otro lado, como la isla está expuesta a vientos que soplan de todos los costados, el humo desechado por la central se dispersa con gran facilidad. (No he escuchado, por ejemplo, que haya casos de intoxicación entre los isleños.)

El problema aquí es el mismo que se plantea en tantas otras partes del globo. En los últimos años, el nivel de consumo de electricidad por habitante no descendió, antes bien creció. Adicionalmente, urge reducir la cantidad de emisiones de dióxido de carbono que se liberan a la atmósfera, tal como se estableció en el Acuerdo de París (y en tantos otros convenios anteriormente).

La energía eólica, generada gracias a los molinos, constituye una de las principales respuestas al desafío del recalentamiento global del planeta. Los aerogeneradores son una fuente segura, no contaminante y renovable de energía. El problema es que para reemplazar lo producido por las fuentes tradicionales (por la central de carbón local) se necesitan muchos aerogeneradores, que para colmo deben estar bien expuestos al viento y, por lo tanto, a la vista humana.

Imaginemos, después de todas estas aclaraciones, a un representante de los vecinos reunidos en oposición al parque eólico. Este vecino podría argumentar de la siguiente manera: “No es que nos opongamos a la energía limpia; también nosotros queremos un futuro en el planeta Tierra para nuestros hijos y nuestros nietos. Lo que no queremos en que no se nos llene la isla de molinos eólicos. Estamos orgullosos de vivir en una isla tan bella y agreste como esta. Si triunfa el proyecto del gobierno central, nuestra isla va a dejar de ser la que siempre ha sido. Su belleza va a perderse para siempre. De día va a ser imposible no divisar decenas y decenas de inmensos molinos desperdigados por todo el sur de la isla. Igualmente, de noche vamos a tener el espectáculo de mal gusto de cientos de luces rojas tintineando en las puntas de los molinos, para alertar de su presencia a eventuales pilotos de helicópteros y avionetas.”

Propongo llamar a esta posición apenas bosquejada el “argumento basado en la estética”. Independientemente del diseño del molino eólico (actualmente, son mucho más atractivos que veinte años atrás, cuando eran verdaderos mamotretos), lo cierto es que, plantificados en abundancia, quilómetros tras quilómetros, arruinan cualquier paisaje. Creo que muy pocas personas estarían dispuestas a negar el impacto estético de los aerogeneradores. Por lo tanto, existe al menos una razón de peso para oponerse a la creación de un parque eólico.

Pero, ¿es suficiente esta razón para oponerse a la energía eólica? Creo que no y voy a dar cuenta de mi postura en las próximas líneas.

Lo primero que se puede rebatir al argumento de la estética es el consabido dicho, de gustibus non disputandum est. Sin duda que a algunos, incluso que a muchos les resultará antiestético un parque eólico, pero seguramente ese no será el caso de todos. En particular, para un sector de la población puede ser una cuestión estéticamente indiferente. Hay gente a la que no le molesta la visión de los aerogeneradores. Y, ¿por qué no?, habrá ciudadanos con un gusto futurista muy marcado que incluso disfruten de los parques eólicos. “Hay gusto para todos”, como suele decirse. ¿Por qué no aceptar que hay también una estética de la tecnología y la industria? Ya Filippo Tommaso Marinetti en su manuscrito futurista decía preferir una máquina moderna a incluso la más bella escultura antigua. ¿Qué nos impide hallar goce estético en un parque eólico bien montado?

El segundo contraargumento es el del acostumbramiento. Uno puede al principio rechazar la visión de un parque eólico, pero con los meses y los años esa visión puede perder la carga negativa del comienzo. Sinceramente, cada vez que me subo a un mirador en una ciudad, no importa cuál fuese, no puedo dejar de pensar qué feas son las redes viales y qué feo es el parque automotor. Imaginemos una ciudad cualquiera sin autos y, en lo posible, sin calles, o, al menos, sin todo aquello que ayuda a la visibilidad y facilita el desplazamiento en una calle: el alumbrado, los semáforos, las rayas, los carteles, etc. Así, la ciudad gana de golpe en calidad y en belleza. Y sin embargo, nos hemos acostumbrados a convivir con vehículos de todo tipo y con vías especialmente preparadas para la circulación de esos vehículos. ¿No podremos hacer lo mismo con los parques eólicos? ¿Cuál es el problema?

En el capítulo VIII del Quijote el caballero andante arremete contra unos molinos de viento en medio del campo castellano. Don Quijote, fuera de sus cabales como está, cree que eso que tiene por delante no son simples molinos de vientos, enormes máquinas destinadas a la monótona tarea de moler el trigo, sino que son temibles gigantes a los que un valiente como él debe derrotar. Esta historia, una de las más ocurrentes y conocidas del libro de Cervantes, ha sido interpretada de las más diversas maneras. Sin quitarle un ápice del valor literario que tiene, lo cierto es que muchos críticos han señalado el hecho de que a inicios del 1600, cuando Cervantes creaba su historia, los molinos de viento eran una novedad en España. De hecho, eran invenciones traídas de Holanda e introducidas en Castilla debido a su utilidad. De este modo, era lo más natural del mundo que una persona que casi no había salido de su aldea como el bueno de Alonso Quijano llegara a confundir tamaña invención con algo temible. ¡No es curioso que hoy nos resulte descabellado imaginar el paisaje castellano sin sus “característicos” molinos de viento! ¿No nos será de acá a un siglo o dos la cosa más natural del mundo asociar el paisaje de una isla del Egeo con sus útiles molinos eólicos?

Hoy, cada vez que veo una carreta en una ciudad pequeña o en un pueblo, no puedo dejarla pasar sin sacarle una fotografía. ¡Qué cosa más romántica parecen las carretas! Y, sin embargo, ¿no será que hace cien años atrás había gente que despotricaba contra las carretas y se oponían a su difusión por antiestéticas?

Soy consciente de que hasta ahora me he estado moviendo en un terreno de conjeturas bastante subjetivas. Por eso quiero pasar al tercer contraargumento, que considero el de mayor peso. Este argumento puede esbozarse del siguiente modo. Aun si concordamos en que los molinos eólicos son fundamentalmente antiestéticos y en que nunca terminaremos por acostumbrarnos a semejante atrocidad, lo cierto es que la estética no puede ser nunca la única razón a considerar. Cuando tomamos una decisión que implica el futuro de la sociedad en su conjunto, las razones estéticas tienen sin duda un valor, pero ese valor debe ser sopesado con las demás razones disponibles. En concreto, ¿no es mejor vivir en una isla que ha reducido a un mínimo sus emisiones de dióxido de carbono y su dependencia de las energías fósiles, aun cuando para ello haya debido “pagar el precio” construir un gran parque eólico en su parte sur? ¿No es mejor sacrificar (en parte) la estética de la isla, cuando con ello puede conseguirse un objetivo tan loable como el de reducir las emisiones creadas por la generación de energía? Personalmente, veo que aquí está la clave.

Además, el secreto está en cómo se miren las cosas. ¿Acaso no sería una óptima manera de promocionar la isla el poder asegurar que es una isla “verde”, una isla en la que toda la energía eléctrica que se utiliza ha sido producida de fuentes limpias y renovables? Supongo que si Esciros se vuelve pionera en esta materia, podría atraer a muchos turistas “con conciencia ecológica”.

Mi conclusión es que el rechazo a los aerogeneradores –que, al fin y al cabo, implica un rechazo a la energía eólica– no puede ser justificado éticamente en casos como los de Esciros. De este modo, si una comunidad insiste y se planta en su oposición, entonces debe ser consciente de que debe hacerse cargo de ciertas consecuencias.

En concreto, mi propuesta es que en todos los casos en que una comunidad por motivos estéticos se oponga a los parques eólicos y siga produciendo energía de manera tradicional, pague un precio mucho mayor por la energía que consume. Supongamos que tras realizar un estudio correspondiente, concluimos que el quilovatio debe costar el doble de lo que cuesta actualmente. Ese recargo tendrá dos efectos. Por un lado, tendrá un efecto disuasivo, que llevará a que la gente ahorre más energía. Por otro lado, tendrá un efecto compensatorio, porque el dinero extra obtenido del sobreprecio deberá destinarse íntegramente a “corregir” el mal medioambiental causado; ese dinero, por ejemplo, ha de destinarse a financiar proyectos alternativos que redunden en una reducción de las emisiones por otros medios, como la forestación.

En síntesis, estoy en parte de acuerdo con quienes sostienen que los parques eólicos disminuyen la belleza de ciertos paisajes y trastocan la imagen de determinadas regiones. Pero si debiéramos oponernos a todas aquellas cosas que atentan contra la belleza y la imagen de un lugar, tendríamos que eliminar una larga lista de cosas que nos trajo la “modernidad”. Pero como en general no estamos dispuestos a ir tan lejos, debemos ser consecuentes en nuestras decisiones. Los parques eólicos son un mal menor respecto a, por ejemplo, la amenaza del cambio climático.

Por otro lado, es probable que a medida que sigan desarrollándose las tecnologías relacionadas con la producción de energía limpia, encontremos manera de reemplazar los aerogeneradores actuales por otros más atractivos, más pequeños, etc., cuando no de reemplazarlos totalmente por, por ejemplo, paneles solares de última generación. A diferencia de otras fuentes de energía (piénsese en el impacto que supone crear una represa de agua o montar una central nuclear), la energía eólica es limpia y puede ser reemplazada totalmente de manera relativamente simple.

Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher based in Athens, Greece.
Esta entrada fue publicada en Uncategorized y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s