Inicio y fin de la persona humana

Desde el punto de vista filosófico, uno es plenamente persona cuando puede hablar y actuar de manera autónoma, racional y responsable. Cuando no se poseen en absoluto tales competencias, entonces no se es persona. Así, un embrión no es persona, un paciente en estado vegetativo permanente no es persona, etc. Ahora bien, ¿qué sucede entre medio, esto es, podemos ya considerar persona a ese individuo de nuestra especie que, tras el nacimiento, está desarrollándose y que, muy probablemente, llegará a ser persona?; igualmente, ¿podemos aún considerar persona a ese individuo que está deteriorándose a causa de la edad y de trastornos severos e irrecuperables y que, con gran probabilidad, pronto dejará totalmente de ser persona?

     Siguiendo la definición propuesta el comienzo, podríamos concluir que la persona humana no empieza con la concepción; tampoco comienza ocho semanas más tarde, con la formación del feto; tampoco cuando el feto nace y tenemos ya al niño; tampoco cuando el niño profiere por primera vez “mamá”. Persona sería el niño de cuatro años que ya puede empezar a hablar y actuar autónoma y responsablemente, aún cuando esa autonomía y responsabilidad sean limitadas.

     El problema de esta conclusión, para mí, es que se basa en un supuesto erróneo: el supuesto para el cual en el mundo humano las cosas puede ser tan claras y precisas como en los restantes ámbitos. Si tengo una disputa con mi vecino acerca de los límites de mi propiedad, puedo recurrir a los planos o a las autoridades con el fin de establecer que “de esta línea para acá, es mío”. Pero, mal que nos pese reconocerlo, esa precisión no es posible en la evolución de la persona. Hay un antes y un después de ese estadio que definí como “plenamente persona” que forma parte del concepto global de persona.

     Para poner un ejemplo banal: si Jorge invita a Juan a cenar a su casa “a las nueve”, Juan podrá caer puntualmente, o cinco, diez y hasta quince minutos más tarde, sin que exista ningún inconveniente. Se supone, además, que ni bien llegado, Juan no se sentará a cenar, sino que empezará ese proceso amplio que englobamos con el término cenar. Primero Jorge y Juan se pondrán a conversar, luego comenzarán con algún aperitivo y bastante tiempo después cenarán, en el sentido estricto de la palabra. Si alguien al día siguiente le pregunta a Juan qué estaba haciendo a las nueve y media de la noche, podrá responder que estaba “cenando en lo de Jorge”, por más que a esa hora estaban recién en la picada.

     Reitero: hay un antes y un después del “ser plenamente persona” (en el sentido restringido de persona) que son partes constitutivas del concepto global de persona.

     Sin embargo, el que haya “fases de transición” (el antes y el después) que debamos considerar e incluir en nuestros conceptos (en el concepto de cena como en el de persona), no implica que esas fases no hayan de tener un límite. Para seguir con el ejemplo: Si Juan se adelanta y cae a las nueve menos cuarto, Jorge podrá decirle: “No te preocupes, de todos modos ya estaba listo”. Ahora, si Juan llega a las seis, o sea, tres hora antes, Jorge, sorprendido, bien podría reprocharle: “Habíamos dicho a las nueve… de hecho, aún ni fui al supermercado a hacer las compras para esta noche.”

     La conclusión que se deriva de lo anterior es que podemos reflexionar sobre qué es ser persona en el sentido pleno de la palabra, sin temer adoptar un criterio demasiado estrecho o excluyente. Es mejor contar con un concepto sustancioso de persona, sobre todo recordando que, como en tantos otros conceptos del mundo social, a ese “núcleo duro” habrá que agregarle zonas de transición más o menos blandas. Por mi parte, creo que podemos situar el inicio de la persona humana cuando el feto a cumplido los seis meses y en él se han formado ya los tejidos y órganos principales. Igualmente, es posible extender la personalidad hasta incluir, por ejemplo, las etapas iniciales y medias de la demencia en un ser humano entrado en años.

     Conviene notar que decir que tal o cual ser no es persona no equivale de por sí a decretarlo fuera de nuestro ámbito de consideración moral. El gato de Jorge no es una persona ni podrá volverse nunca una persona, pero sí es un ser vivo al cual el dueño le debe atención moral. Aunque pueda sonar demasiado técnico, me parece importante equiparar persona con sujeto moral. Un gato no es un sujeto moral, pero sí un objeto moral, esto es, un objeto que merece nuestra consideración moral. Hay dos grandes grupos de objetos morales, los seres sensitivos (dentro del que están los gatos y buena parte de los animales) y los seres o entidades de todo tipo que revistan un interés especial para los sujetos morales. Por ejemplo, un edificio histórico es un objeto moral en la medida en que constituye un símbolo para una comunidad.

Publicado en Ética, Ética aplicada, Filosofía de la medicina, Filosofía del derecho, Filosofía política, Uncategorized | Etiquetado , , , , , | Deja un comentario

Imagen

20170707_203808

Por las calles de Atenas…

Publicado en Atenas, Fotografía, Uncategorized, Viajes | Etiquetado | Deja un comentario

Imagen

20170704_194601

Escultura ubicada provisoriamente en la Plaza Koraí, Atenas

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

La gestación subrogada ha de ser un trabajo como cualquier otro

Sabemos que la gestación subrogada es ya una realidad en muchos países, pero ¿en qué consiste concretamente esa práctica médica? Pongo un ejemplo: María y Carlos son una pareja que desea tener un hijo pero, como no pueden ser padres de manera natural, recurren primero a la fecundación in vitro; una vez fecundado el óvulo, el equipo médico lo implanta en el útero de una tercera persona, digamos Romina, la hermana de María, que sí puede ser madre, con el fin de que ésta lo geste hasta el momento del nacimiento. Una vez nacida la criatura, será hija de María y Carlos, los padres biológicos. Romina siempre seguirá siendo la tía, por más que sin sus nueve meses de asistencia ese nuevo ser no habría podido venir al mundo. Ella no tiene derecho a reclamar la maternidad del bebé, porque solo lo gestó.

     Obviamente, el ejemplo puede complicarse. Supongamos que los espermatozoides de Carlos no están en condiciones de fecundar el óvulo de María y por ello la pareja debe recurrir a la donación de esperma. Una vez fecundado el óvulo con los espermatozoides de un donante anónimo, se procede a implantarlo en el útero de Romina. (Tampoco esta tendrá aquí el derecho a reclamar luego la maternidad, aun cuando el padre biológico no sea, estrictamente hablando, Carlos.)

     No deseo seguir complicando el caso (si, por ejemplo, la pareja se viera forzada a recurrir tanto a espermatozoides como a óvulos donados), sino simplemente unirme a las voces de todos aquellos que reclaman la legalización de esta práctica, es es, la correcta regulación legal de la gestación subrogada en nuestros países.

     Asimismo me interesa detenerme un momento en lo que algunos llaman “alquiler de vientes”. Comparto la opinión de aquellos que sostienen que esta expresión es ofensiva. Y estoy de acuerdo con ellos porque uno puede alquilar una cosa, no una persona. Uno puede alquilar un auto, pero si quiere un auto con chofer, contratará adicionalmente el servicio de un conductor y no “alquilará sus manos”. Gestación subrogada es una locución inusual, pero, al fin y al cabo, neutra, una locución que con el tiempo puede imponerse sin problemas (como hoy se escucha a diario “tengo que hacerme una tomografía computarizada”.)

     Una vez aclarado este punto, paso al siguiente: no veo ninguna dificultad en que la persona que ofrece gestar al nuevo ser lo haga movida también por interés económico. En el caso que ponía, Romina era la hermana de María y se supone que su motivación era totalmente altruista: ayudar a que a su hermana y su marido se les cumpla el deseo de tener un hijo. Pero yo no creo que la legislación deba especificar que la gestante haya de ofrecer su colaboración sin ningún tipo de beneficio monetario, si es que así lo desea. La razón es, para mí, muy clara: gestar durante nueve meses a un nuevo ser es un trabajo como cualquier otro, como el trabajo que tendrá luego la niñera y, más tarde, la maestra que lo educará. ¿A quién se le ocurriría decir que los maestros deben enseñar gratuitamente a los niños, solo movidos por valores morales? Claro que todos esperamos que un maestro no se dedique a la docencia solo por el dinero, sino porque entienda que esa es su vocación; pero es justo que el maestro viva de su profesión. (Los alumnos de una escuela privada no «alquilan» el cerebro de los maestros y profesores que les enseñan.)

     Esto lo señalo porque algunas personas comparan la retribución económica de la gestación subrogada con la venta de órganos, lo que es erróneo. Si, digamos, Lucrecia se encuentra sin trabajo y reúne una serie de condiciones (no fuma, está dispuesta a gestar durante nueve meses un ser que no será su hijo, es una persona responsable y psicológicamente estable, etc.), bien puede ofrecer su servicio a parejas como María y Carlos. ¿Por qué no? Es algo perfectamente legítimo. Ahora bien, esto es totalmente distinto del caso de una persona que, debido a su situación económica, se ve llevada a vender un riñón. Todos podemos donar nuestros órganos, pero debe continuar prohibida la venta de órganos. Es intolerable que en pleno siglo XXI algunas personas se encuentren en un estado de desesperación y miseria tal que consientan en someterse a algunas mafias que les compran sus órganos para salvar las vidas de algunos ricos. Por ejemplo, la red que desbarataron hace un par de semanas en Egipto hacía justamente eso: aprovechándose de la situación de tantos miserables en ese país, les compraba los órganos para venderlos a los adinerados (egipcios y de otros países). Es elogiable que una persona, movida por el altruismo, done un riñón para que otro se cure; pero es bochornoso que alguien deba vender su riñón para poder seguir comiendo.

     Concluyo: la gestación puede ser vista como una tarea más, como educar. Al fin y al cabo, todos trabajamos y nos ganamos el pan con nuestro cuerpo: el cantor con su garganta, el pianista con sus manos, el atleta con sus piernas. Por tanto, no está mal que alguien ofrezca su servicio (gestación subrogada), como tampoco está mal el que, más tarde, una tata y un docente lo hagan (hablaría aquí de «educación subrogada», ya que casi ningún niño hoy se educa en casa). El “desgaste” que puede tener un cuerpo adulto tras la gestación en nada se diferencia del desgaste que implica todo trabajo a tiempo completo. Por último, es erróneo hablar de “alquiler de vientres” (decir, en todo caso: «contratar el servicio de gestación») y, sobre todo, es incorrecto asociar ese “alquiler” con la venta de órganos.

Adenda: Publiqué esta nota hace cinco meses atrás. Hoy la he vuelto a leer y la he retocado levemente. Lo que me impacta es que algunos posmodernos, muchos de ellos  intelectuales adinerados, se opongan a la gestación subrogada, sobre todo si esta está sujeta a retribución económica, alegando algo así como que «con el cuerpo, que es sagrado (si fuesen católicos dirían: que es templo de Espíritu Santo), no se comercia».

Publicado en Ética, Ética aplicada, Filosofía de la medicina, Filosofía del derecho, Filosofía política, Uncategorized | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Las directivas anticipadas de tratamiento: ¿qué podemos elegir?

Nota: la siguiente entrada apareció hoy, viernes 14 de julio de 2017, en el periódico Diagonales. Este es el enlace:

http://www.diagonales.com/5176-Las-directivas-anticipadas-de-tratamiento-que-podemos-elegir.note.aspx

Las directivas anticipadas son declaraciones con fuerza legal mediante las cuales un ciudadano en pleno uso de sus facultades mentales establece qué tratamientos quiere o no quiere que se le realicen en caso de que, debido al estado de salud futuro, ya no pueda decidir. El establecimiento de las directivas anticipadas es un derecho del paciente reconocido en todas las legislaciones modernas (en nuestro país, en la ley 26742 del año 2012).

     Muchos enfermos, preocupados por la perspectiva de ser objeto del encarnizamiento terapéutico, establecen, por lo general en un documento escrito, su voluntad: por ejemplo, el deseo de no ser mantenidos artificialmente en vida de complicarse aún más su cuadro, ya sin perspectivas de recuperación; otros pueden expresar la voluntad de que no le les practique la resucitación cardiopulmonar en la eventualidad de haber sufrido un paro cardíaco con claras secuelas neurológicas, etc.

     Los pacientes también pueden decidir anticipadamente cómo ha de procederse con sus cuerpos en caso de terminar (a) en estado de coma irreversible, (b) en estado vegetativo permanente y (c) en estado irreversible de conciencia mínima. Así, por ejemplo, un enfermo (o incluso un ciudadano en perfecto estado de salud) puede establecer de antemano que se le desactiven todos los soportes vitales (ventilación pulmonar, alimentación e hidratación artificiales, etc.) si finaliza en cualquiera de esos tres estados.

     Pero ¿son solamente estos los ámbitos en los cuales podemos decidir ahora, mientras somos conscientes, cómo queremos ser tratados en caso de haber perdido la facultad de elegir autónomamente? En los Estados Unidos, la posición del jurisconsulto Norman L. Cantor ha generado un intenso debate en algunos sectores dedicados a la bioética. En efecto, Cantor ha propuesto incluir en la lista de directivas anticipadas un nuevo ámbito de decisión: que los ciudadanos puedan elegir libremente no ser tratados médica ni farmacológicamente cuando se encuentren en un estado avanzado de alzhéimer o de otras formas de demencia.

     A muchos individuos la perspectiva de terminar siendo presas de la demencia les ocasiona constantemente angustia, porque esa imagen futura no condice con la imagen que tienen de sí mismos ni con la imagen que quieren legar sus seres queridos (por ejemplo, la imagen de una persona activa, independiente, lúcida, etc.).

     Cantor mismo ha establecido en su Declaración que, en el caso de que se le desarrollen enfermedades neurodegenerativas, se le proporcione solamente cuidados que redunden en su bienestar básico (ser aseado, ser tratado contra el dolor, etc.) pero que no se le lleve a cabo ningún tipo de práctica quirúrgica, terapéutica ni diagnóstica, que lo mantendrían en vida contra su voluntad actual.

(Aclaración: escribí este artículo pensando en el caso argentino. No obstante, pueden encontrarse muchas similitudes con la situación que se vive en los restantes países iberoamericanos.)

Publicado en Ética, Ética aplicada, Filosofía de la medicina, Filosofía del derecho, Uncategorized | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

¿Qué significa escribir?

¿Cuál es la diferencia entre ver un acontecimiento determinado y leer algo sobre él? Pongo un ejemplo:

Ayer Juan vio un accidente. Pedro, que venía caminando a su lado, también presenció el accidente y además, por la noche, le escribió a María una carta contándole con detalles lo acontecido. Mañana, cuando reciba la carta, María sabrá qué pasó, si bien no habrá tenido una experiencia sensorial del infortunio.

Así, tenemos:

  • Juan: experiencia «bruta», esto es, no mediada por el lenguaje (vio y calló);
  • Pedro: experiencia «neta», es decir, tamizada, filtrada, organizada por el lenguaje (vio y verbalizó);
  • María: experiencia «provocada», «revivida», «reconstruida» por el lenguaje (no vio pero leyó).

La experiencia sensorial (ver, oír, etc.) sin la organización del lenguaje es como una masa no ordenada por ninguna forma; es materia informe.

La experiencia bruta es como ciertos alimentos que, cuando están crudos, son indigestos o poco nutritivos. El lenguaje «cocina» la experiencia; solo así podemos asimilar el mundo con mayor provecho.

Hablar y escribir es filtrar la experiencia, in-formarla, organizarla por medio de nuestras categorías mentales. Ser bardo, rapsoda o escritor no solo es tener un tipo de ocupación, sino principalmente asumir una manera de vivir, de relacionarse con el mundo -y, dentro de él, con uno mismo-: una Lebensform (Wittgenstein).

El «verbalizador compulsivo» (quien no puede dejar de leer, de hablar, de escribir) padece una suerte de horror vacui, de horror ante el vacío de la experiencia bruta, esto es, de la experiencia no mediada/cocinada por el lenguaje.

Sócrates no escribía y, probablemente, tampoco leía mucho, pero dialogaba; sabía escuchar y conversar. (Por eso, el título de esta entrada también podría haber sido: «¿Qué significa hablar?»)

Hay otros medios para filtrar, depurar, organizar la experiencia, aparte del lenguaje verbal: los lenguajes de la música, de la pintura, de la escultura, etc. La música, por ejemplo, no es una manera de «traducir» la experiencia del artista, sino directamente su manera de organizarla, de cocinarla. (Una traducción, en todo caso, es lo que hace por ejemplo un escritor que, tras oír la pieza, la «comenta» en un poema, en un ensayo, etc.)

Publicado en Antropología, estética, Filosofía de la cultura, literatura, Uncategorized | Etiquetado , , , , | 1 comentario

El universo, ¿máquina o poema?

La filosofía y el arte de comprender un poema, tan repetidamente tenidos por antitéticos, están por el contrario en la más estrecha unión.

Alexander Baumgarten (1714-1762), Reflexiones acerca de la poesía

Afirmar que no existen diferencias esenciales entre una teoría filosófica y una interpretación literaria equivale a sostener que en poco difieren el quehacer del filósofo (que teoriza sobre el universo) y el del crítico (que interpreta la creación poética).

     Entonces, el filósofo no explicaría nada (explicar sería, en el mejor de los casos, tarea de los científicos), sino que solo interpretaría, esto es, buscaría sacar a la luz los sentidos ocultos de eso que estudia, el mundo.

     De esta manera, el universo podría ser visto como un poema, como un objeto estético.

     Por cierto, nadie dice que el universo deba ser visto en su conjunto como un objeto bello, porque encierra no solo la belleza, sino también su contrario, la fealdad, además de contener el mal. Pero para nosotros, los contemporáneos, todo puede encerrar un valor estético, incluso la brutalidad y la monstruosidad.

     Para la filosofía moderna, anterior a este giro “esteticista”, el universo no era como un poema, sino como un reloj: un complicado mecanismo resultado de un plan intelectual. De lo que se trataba, por tanto, era de entender su estructura y su funcionamiento, de descifrar el enigma, de resolver el misterio, de solucionar el problema.

     En este sentido, para los modernos Dios era el relojero genial, el arquitecto inigualable, el ingeniero imbatible; y su creación, por consiguiente, una máquina perfecta. Ahora bien, como toda máquina, debía servir para algo, estaba supeditada a un fin ajeno a sí misma; en otras palabras, era un medio, maravillosamente complejo, sí, pero medio al fin.

     En cambio, para los contemporáneos, herederos de la revolución estética, Dios es el artista supremo, el músico sin par, el poeta inspirado, y su creación, el universo, una obra de arte, una sinfonía, un poema. Como toda creación artística, el fin reside en la cosa misma: se crea porque sí, por la creación misma (no hay un objetivo más allá del objeto estético).

     Filosofar es buscar entender el universo, pero no como se entiende un aparato, explicándolo, sino como se entiende un poema, gozándolo. No hay teorías filosóficas verdaderas o falsas (como no hay interpretaciones literarias verdaderas o falsas); las hay, por cierto, fértiles o estériles, dependiendo de si facilitan o no nuestra comprensión/goce del universo/poema.

Publicado en estética, Filosofía de la cultura, Filosofía de la filosofía, Filosofía moderna, literatura, Uncategorized | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Imagen

20170519_194413

Si no fuese una instalación, diría que es mi biblioteca…

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Sobre la utilidad del estudio del pasado

En filosofía, no existe progreso. Seguimos leyendo las obras escritas en el pasado, porque la lectura nunca es la misma: cada vez que releemos un fragmento de Heráclito, un diálogo de Platón o un tratado de Aristóteles, descubrimos cosas nuevas. Ese es un aspecto que Borges señaló con insistencia y acierto: el “nunca nos metemos dos veces en el mismo río” significa aquí nunca nos metemos dos veces en el mismo texto, nunca extraemos los mismos significados de un mismo escrito. Cada lectura es, en cierto sentido, única y, por tanto, irrepetible.

     Dedicarse al estudio del pasado de la filosofía no es una ocupación ociosa. Cuando uno es joven o adulto y vuelve a su infancia (la rememora, la revive, la analiza), no solamente la ve desde otra perspectiva –y por tanto puede interpretarla de una manera diferente a como lo hacía antes–, sino que esa comprensión le ayuda a situarse mejor en el presente. Querer borrar el pasado (el pasado personal, el pasado colectivo), o restarle toda importancia, es un signo inconfundible de que algo no va bien en el presente. Saber dialogar con el pasado es una condición para poder plantarse firmemente en el presente.

     No hay que pensar la historia como una línea horizontal que va de izquierda a derecha. En todo caso, hay que pensarla como una línea que avanza de abajo a arriba: los segmentos superiores descansan sobre los inferiores. El filósofo que se desentiende del pasado actúa tan insensatamente como el arquitecto que, por ocuparse de los pisos superiores, se desentiende de los cimientos del edificio que construye.

     En el fondo, siempre nos estamos ocupando de nosotros mismos y de nuestro presente, por más que el objeto de estudio nos parezca extraño o antiguo.


Nota: es curioso el hecho de que haya temas a los que cíclicamente volvamos. De hecho, hace exactamente un año escribía unas líneas sobre la cuestión del pasado, usando casi las mismas palabras. Aquí va el enlace a la entrada: «El valor de pensar el pasado»

Publicado en Uncategorized | Deja un comentario

Borges y la filosofía (segunda parte)

(3) Si alguien me pidiera una respuesta rápida y concisa a la pregunta: “¿Cuál es para vos la corriente filosófica en la que podríamos ubicar a Borges?”, le diría, sin pensarlo mucho, el escepticismo. Borges es, para mí, esencialmente escéptico, porque siempre está dudando de todo, permanentemente descree de cualquier sistema, sea teológico o filosófico, que tenga pretensiones de verdad. Ahora bien, el escepticismo de Borges es de tipo especial, como trataré de mostrar.

     Pero, antes que nada, ¿qué es el escepticismo? El escepticismo es una postura filosófica según la cual es imposible obtener conocimientos definitivos sobre las cuestiones filosóficamente más relevantes o interesantes: ¿existe Dios?, ¿cómo está compuesto el mundo?, ¿hay principios morales absolutos?, etc. El escéptico no necesita poner en duda todo saber, en particular, aquellos que se refieren a aspectos cotidianos; por ejemplo, él sabe que si tira un huevo a la sartén caliente va a obtener un huevo frito. No existen “escépticos absolutos”, como los que dudan de la firmeza del suelo cada vez que deben dar un nuevo paso (y, de haberlos, tales escépticos no tienen interés filosóficos, sino más bien interés médico, como casos psiquiátricos).

     Sócrates decía: “Sólo sé que nada sé”; por ello, podríamos incluirlo dentro del grupo de los escépticos. Por lo pronto, él sabía muchas cosas que no negaba: sabía que vivía en Atenas, que estaba casado y tenía hijos, que se dedicaba a la filosofía y que el ágora ateniense estaba cerca de la Acrópolis. Pero, además, Sócrates tenía otro conocimiento: sabía que no sabía nada filosóficamente relevante. Y con ello entramos en un punto espinoso del escepticismo. Dejando de lados los saberes cotidianos o prácticos, el escéptico sabe al menos una cosa: que no sabe nada. Y esta proposición corre el riesgo de ser autocontradictoria, ya que si no podemos saber nada, ¿cómo sabe el escéptico “a ciencia cierta” que no sabe nada? (Si de golpe caigo en una ciudad remota y todos me hablan en un lenguaje desconocido, puedo decir: sólo entiendo que no entiendo nada.)

     Hay dos soluciones al dilema que plantea el escepticismo. La primera consiste en afirmar que los objetos a los que se refieren las dos partes de la proposición “solo sé” + “que nada sé” están situados en niveles distintos. Así, mientras –según el escéptico– no podemos conocer el mundo exterior y los distintos objetos filosóficamente relevantes que lo poblarían: Dios, el hombre, la materia, etc., sí podemos conocer al menos una característica de nuestro intelecto: su limitación. Conocemos a ciencia cierta los límites de nuestra capacidad intelectual y, por ello, somos conscientes de que no podemos conocer nada más.

     La segunda solución al dilema que nos ocupa es afirmar que no se trata de tomar al pie de la letra la proposición: “Solo sé que nada sé”, porque en realidad es la expresión de una actitud, de la actitud escéptica, caracterizada por la prudencia. El buen observador nota que unos creen férreamente en x, que otros creen con igual convicción en y, que otros en z, y así sucesivamente, y por ello concluye que no hay creencia válida. “Sólo sé que nada sé” significa, al fin y al cabo: “Veo que hay múltiples opiniones filosóficas, muchas de ellas antagónicas, y por ello concluyo que, en el fondo, una vez que tomamos distancia de nuestra “fe animal”, no hay nada cierto”. El relativismo es una forma de escepticismo.

     Creo que la postura de Borges se inscribe en este marco. Su escepticismo es fruto nacido de la reflexión acerca de la limitación de todos nuestros sistemas de pensamiento y de la vanidad de sus pretensiones de verdad. Como escribe lapidariamente en su relato “Pierre Menard, autor del Quijote”:

No hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil. Una doctrina filosófica es al principio una descripción verosímil del universo; giran los años y es un mero capítulo –cuando no un párrafo o un nombre– de la historia de la filosofía.

(4) Hay dos tipos de escépticos: los unos son negativos y los otros, positivos o, si se prefiere, los unos son recelosos y los otros, lúdicos. El escéptico negativo o receloso es el que dice: “Ya que no me es dable conocer nada, lo mejor que puedo hacer es abandonar el ámbito del saber (la filosofía, la teología, la ciencia) y dedicarme a otra cosa”. Algunos de ellos comenzarán entonces a vivir vidas “normales”, mientras que otros, amargados, terminarán pasando sus días como los personajes de Juan Carlos Onetti, echados en una cama sin hacer nada más que fumar y entregarse a las ensoñaciones. En cambio, los escépticos positivos o lúdicos son quienes afirman: “Es correcto que no podemos conocer nada a ciencia cierta, pero eso no quita que uno no pueda entretenerse reconstruyendo las gigantescas catedrales del saber que levantaron los hombres en todas las épocas”. El coleccionista de monedas antiguas sabe que con ese dinero no puede comprarse ni un caramelo en el quiosco de la esquina, pero valora sus objetos por la dimensión histórica o estética que encierran; del mismo modo, el escéptico positivo “colecciona” sistemas de pensamiento no porque lo acerquen a la verdad, sino por el valor cultural o literario de tales construcciones. Borges es, sin duda, un escéptico positivo o lúdico: estudia concienzudamente las doctrinas teológicas y filosóficas de todos los tiempos para indagar acerca de sus “posibilidades estéticas”, como él mismo dice. De esta forma, el escepticismo, como en el caso de Borges, puede volverse una forma de esteticismo.

(5) El escepticismo es primeramente una posición gnoseológica, pero su importancia se extiende más allá del estrecho ámbito de la teoría del conocimiento e, incluso, de la filosofía teórica. En particular, el escepticismo tiene ramificaciones en el pensamiento político, además de promover un determinado tipo de postura en lo que reguarda a “los asuntos de la polis”. A este punto es importante recordar que el escepticismo es, sobre todo, una reacción contra el dogmatismo y, especialmente, contra su hijo más temible, el fanatismo. El escepticismo puede molestar al reformista, a quien cautelosamente trata de introducir cambios graduales en el mundo social con el objetivo de mejorar nuestra convivencia, pero lo cierto es que pocos son los hombres guiados por el sentido común. En toda sociedad abundan más bien los dogmáticos, quienes creen ciegamente en proposiciones que toman como verdaderas (“artículos de fe”) y que buscan imponer a los demás, incluso por medio de la violencia. En tal contexto, el escéptico es el contrapeso necesario al iluso, al creyente ciego y, sobre todo, al fundamentalista. Sería impensable una república de escépticos, pero –¡lamentablemente!– no una de dogmáticos, y la historia está plagada de totalitarismos inspirados en dogmas incuestionables.

     El autor de El Aleph y de Otras inquisiciones es escéptico también en materia política. Incapaz de entusiasmarse por ninguna propuesta revolucionaria y profundamente desilusionado por la experiencia histórica de su país, Borges prefiere mantenerse a la distancia, usando las armas que posee, la crítica y la ironía, para buscar contrarrestar la influencia de tres de los grandes males políticos del siglo XX, el fascismo, el comunismo y el populismo. La necesidad de tomar partido frente a determinadas cuestiones insoslayables que lo tocan de cerca lo hace virar a veces al conservadurismo y a veces al anarquismo, pero siempre para retornar a su punto de partida, porque el orden conservador difícilmente se condice con sus inquietudes intelectuales y las agrupaciones anarquistas fácilmente desembocan en el uso nihilista de la violencia.

     Hay silencios de Borges que son imperdonables, incluso para un escéptico. En todo caso, su mérito, si algún mérito le cabe en el ámbito político, es el de haberse mofado tanto de los gritos autoritarios dirigidos a diestra y siniestra como de los cantos populistas de sirena.

Publicado en estética, Filosofía de la cultura, Filosofía de la filosofía, literatura, Uncategorized | Etiquetado , , , , | Deja un comentario