De nuevo en cuarentena (29 de diciembre)

Creo que recordaremos el 2020 como el año en que celebramos las famosas fiestas de fin de año más “modestamente”. (Para mí, mejor, y lo digo por muchos motivos.) Acá en Grecia algunos están siendo más cautos, otros menos, pero creo que son pocos los que han organizado comilonas con numerosos invitados. Porque lo cierto es que en un encuentro en el que se come y se toma juntos, es casi imposible respetar la distancia de metro y medio, andarse lavando las manos cada dos por tres y conversar animadamente con la mascarilla bien puesta.

El problema es que, si no me equivoco, hay poca diferencia entre organizar una fiesta para sesenta personas e ir a seis encuentros diferentes, cada uno con diez personas.

Por otro lado, las autoridades no van a ponerse a controlar ahora casa por casa quién está celebrando con cuántos y con qué frecuencia se divierte en estos días. Pero ni siquiera he visto controles policiales en las calles. Las contadas veces que salí con el auto en estos días no me topé ni con un solo patrullero vigilando.

En realidad, desde mi última entrada sobre este tema y en este blog hasta el día de hoy, el cuadro general de la situación en Grecia no hay cambiado mucho. El número de contagiados diarios sigue bien por debajo de los mil (aunque el número de hisopados es menor), el número de muertos continúa también bastante por debajo de los cien y la cifra de intubados ronda los 450 pacientes, una cifra alta, aunque con un margen de maniobra bastante amplio por “cualquier sorpresa”.

De hecho, la verdadera sorpresa sería si más o menos por Reyes, digamos de acá a unos diez días, no tenemos una sorpresa, un fuerte repunte de los casos. Porque si uno va por las calles ve mucha gente en todos lados con una sola precaución: llevar la mascarilla puesta y estar solos, de a dos o, a lo sumo, en grupitos pequeños. No es difícil ver jóvenes tomando café en la entrada de un edificio o adolescentes haciendo picnic en el parque… Los negocios están todos abiertos y tratan de vender desde la puerta de entrada -ahí tiene que esperar el cliente- los regalos navideños.

La otra noticia es que desde anteayer ha empezado la campaña de vacunación. Los medios nos han ido mostrando en estos días a las personalidades del momento sentadas obedientemente en el sillón de un consultorio, arremangadas a la espera del pinchazo.

En esta primera fase Grecia dispone de 300 mil vacunas de la Pfizer & BioNTech, lo que significa que puede inmunizar a unas 150 mil personas. Por lo que tengo entendido, la mayoría de esos beneficiarios será parte del personal sanitario. Los ancianos entrarán en la segunda fase, comenzando desde los más entrados en años hasta llegar a los sesentones.

Una de las cosas que más me entristecen en estos días es el nivel de desinformación. La gente está todo el día con los celulares, expuesta a noticias banales o serias, verdaderas o falsas, y consume todo, sin ninguna reflexión. Un verdadero cambalache informativo. No encuentro otra manera de decirlo: todo ese cúmulo de noticias es simplemente junk food para el cerebro. Hay personas que me porfían que las cosas son así y asá, y cuando les pregunto -no para llevarles la contra, sino para hacerme una idea clara al respecto- cómo lo saben, me responden que lo leyeron en internet. ¿Dónde, en qué sitio?, les vuelvo a preguntar, y ahí veo que los rostros hacen una mueca de ofensa o desprecio.

¿Qué queda por hacer? No bajar los brazos y repetirles, sobre todo a los jóvenes, el abecé de la buena alimentación mental: siempre que leas una noticia, pregúntate: en primer lugar, de dónde viene la información (¿es una fuente confiable? ¿aparece también en otras fuentes de información más o menos serias?); en segundo, cómo se presenta esa información (si veo a mi vecino fumándose un porro en el balcón, ¿puedo salir gritando por las calles “mi vecino es un drogadicto”?)

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Imágenes de Atenas

Diciembre lluvioso. Y los famosos hongos después de la lluvia.
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Dos enlaces

Les copio aquí dos enlaces. El primero es a una entrada que escribí recientemente en el blog de la editorial Eduvim. El tema es, como no podría ser de menos en estos días en Argentina, el debate en torno a la legaliación del aborto.

https://www.eduvim.com.ar/blog/aborto-y-autonomia

El segundo, en cambio, los redirigirá a mi libro Autonomía y eutanasia.

http://eduvim.onixsuite.com/es/book/?GCOI=51841100244270&preview=1&clearcache=yes

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España legaliza la eutanasia

Los días pasados España legalizó la eutanasia. En realidad, aún falta la ratificación del Senado, pero se trataría solamente de una formalidad, así que, si todo sigue como se prevé, la ley podría ser promulgada en breve y entrar en vigencia en los primeros meses del próximo año.

La noticia ha sido celebrada por muchos, en España y en Latinoamérica, y creo que vale la pena anticipar un par de puntos de la nueva ley en espera del texto definitivo.

Quienes quieran leer el dictamen disponible en un PDF de 13 páginas, pueden encontrarlo aquí.

Con esta ley España se convierte en el sexto país en todo el mundo en legalizar la eutanasia. Recordemos que el primero fueron los Países Bajos, en 2002, y pocos meses después, Bélgica; en 2009 se unió Luxemburgo; Canadá inició la legalización en Quebec en 2015 y luego en 2016 la nueva legislación se extendió a todo el territorio canadiense; por último, el quinto país fue Nueva Zelanda, que el octubre pasado organizó un referendo vinculante en el que ganó el sí.

Vista en este contexto internacional, España es el primer país latino o mediterráneo o sudeuropeo en legalizar la eutanasia, práctica que parecía ser privativa de las sociedades más bien nórdicas o anglosajonas o protestantes.

Este último no es un punto menor, ya que desmantela el argumento que a veces se esgrime en nuestros países según el cual la eutanasia es cosa de sociedades más individualistas o con una tradición religiosa diferente de la nuestra. No es así: el derecho a una muerte digna es un reclamo que recorre todas las sociedades, al menos todas las sociedades occidentales. No importa si se está en Latinoamérica o en Escandinavia, en Norteamérica o en Europa del Sur: a un número cada vez más consistente de la población y de las autoridades les parece necesario contar con una nueva legislación que regule las prácticas médicas que pueden solicitarse en la fase final de la vida de los ciudadanos.

Días pasados me hacían una entrevista en una radio argentina sobre esta noticia y el locutor me preguntaba cómo es posible que España y no otro país de la región haya sido el primero: ni Italia ni Francia, naciones que uno consideraría más “a la vanguardia”. Los historiadores y los politólogos seguramente podrán dar una respuesta más compleja que la mía. Yo solo me limité a responder que España es un país con dos rostros: un rostro conservador o atávico, y otro progresista e innovador. Si uno ve la historia de España, incluso, sin ir muy lejos, la historia del siglo XX, descubre un país capaz de los más intrépidos experimentos sociales, como los que se dieron en la Segundo República, seguidos de la lápida del conservadurismo más rancio, como los primeros años del franquismo.

Pero volvamos a la nueva ley. ¿De qué se trata, en concreto? Se trata de una ley que permite y regula no solamente el suicidio médicamente asistido –práctica bastante más difundida en el mundo–, sino también la eutanasia, que podríamos llamar voluntaria, directa y activa, en los casos en que se cumplan los requisitos establecidos. O sea, el médico, dado el caso y tras la solicitud reiterada e informada del paciente, puede terminar con la vida de este, ahorrándole así días, semanas, meses (cuando no años) de sufrimientos físicos y morales graves, originados en enfermedades terminales o, en caso de no ser terminales, que invaliden seriamente al enfermo.

Aquí ya han aparecido dos elementos novedosos de la ley española: por un lado, incluye la eutanasia activa y directa, más allá de permitir el suicidio, y, por otro, extiende este derecho no solamente a los pacientes terminales con una expectativa de vida de hasta seis meses, sino también a los enfermos crónicos que padecen una enfermedad grave que les causa sufrimientos constantes y que los sume en un estado de invalidez creciente. Para poner un ejemplo: en el primer caso podemos situar a los pacientes afectados por un cáncer en sus últimos estadios; en el segundo, a enfermos de esclerosis lateral amiotrófica, de párkinson, etc.

Reitero: la mayoría de las leyes actuales se centra en el paciente terminal, aquel que ya está “en las últimas”, que tiene un pronóstico que en ningún caso supera los seis meses de vida. Pero así quedaban fuera todas aquellas personas que padecían enfermedades como la esclerosis que, en virtud de todos los medios que hoy cuenta nuestra sociedad, pueden ser mantenidos en vida por años, pero una vida totalmente indigna, a juzgar por los pacientes mismos.

Quisiera que nadie se imaginara cosas atroces detrás de los conceptos eutanasia y suicidio asistido. ¿Cómo ocurre, por ejemplo, un caso «típico» de suicidio asistido? El médico le receta al paciente que quiere morir y que, insisto, ha cumplido todos los requisitos que establece la ley, una dosis de un barbitúrico, de pentobarbital. El pentobarbital parece un polvillo blanco que se vende en frasquitos pequeños, ya que por lo general un paciente no necesita más de unos gramos. Si el paciente ya no puede moverse, podrá ir el médico o un enfermero o un familiar a retirar el remedio de la farmacia. El polvillo se disuelve en agua corriente en un vaso y el paciente bebe el líquido. Tras unos minutos, el paciente queda dormido. No hay espasmos ni contracciones, sino el relajamiento característico del sueño profundo. De allí pasará a un estado de coma y, en un máximo de una o dos horas, el paciente habrá muerto tranquilamente.

¿En qué consiste la eutanasia? Siguiendo con el ejemplo anterior, supongamos que el paciente no puede beber el líquido del vaso (porque, por ejemplo, la esclerosis ya no le permite usar las manos, porque vomita frecuentemente o simplemente porque desea que sea su médico el que dé el “empujoncito” final), entonces el profesional de la salud le inyecta el pentobarbital. Tras esa inyección, siguen las etapas que mencionaba en el caso anterior: sueño profundo, coma, muerte pacífica en un plazo de una o dos horas.

Me gustaría mencionar aquí un dato que se barajaba el año pasado, porque, algunos lectores se acordarán, el proyecto de ley en España ya había sido presentado y discutido exhaustivamente varias veces antes. El año pasado apareció un informe en el que se detallaba que cada año mueren alrededor de 400.000 españoles. De ellos, la mitad muere de una manera dolorosa. Ahora bien, tal vez el dato más inquietante es que de esos 200.000 pacientes afectados por el dolor, 50.000 mueren sin poder beneficiarse en absoluto de los cuidados paliativos. Para decirlo de otra manera, de cada ocho personas que mueren anualmente en España, una no recibe la asistencia que debería darle la medicina paliativa. Lo que se traduce en algo muy palpable: esas personas mueren mal, lo suyo no es una eu-tanasia, una buena muerte, sino una dis-tanasia.

Claro que España necesita más y mejor medicina paliativa, pero esta no es una panacea. No resuelve todos los casos. El paciente español ha de poder elegir entre la paliación y, cuando esta no esté disponible o, de estar a disposición, no represente una opción válida para él o ella, la asistencia médica para morir dignamente.

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De nuevo en cuarentena (22 de diciembre)

Ayer el número de nuevos infectados bajó drásticamente; de estar alrededor de los mil quinientos casos pasamos a tener prácticamente la mitad. Si dejamos de lado la cuestión de cuántos test se están haciendo y dónde, cualquiera podría decir que se trata de una buena noticia. Lo es, pero no hay que olvidarse de una cosa: los test no reflejan la realidad epidemiológica actual, sino la de dos semanas atrás.

Aclaro este último aspecto, porque quien haya salido de su casa los últimos días para dar una caminata, bien se habrá preguntado: pero ¿esto se llama cuarentena? El tráfico volvió a ser ensordecedor, las veredas están llenas de gente que va y viene, paseando, comprando, mirando las vidrieras… Sí, no lo niego, todos con una mascarilla –mal o bien puesta, no importa– y todos solos o a lo sumo de a dos o tres.

El relajamiento salta a la vista: pocos respetan la directiva de la distancia mínima de dos metros en las colas, hace tiempo que no veo a la gente ponerse un chorrito de gel con la solución alcohólica antes o después de entrar a alguna oficina o negocio, etc.

Por esta razón pienso que de acá a dos semanas las cifras van a volver a ser preocupantes. Y si uno piensa que las autoridades ya han permitido las reuniones familiares para estas fiestas -y que por lo tanto van a cerrar los ojos ante el movimiento masivo que se prevé desde la Nochevieja hasta el Día de Reyes-, hay motivos para pensar que el cuadro epidemiológico para mediados y finales de enero va a ser alarmante.

Claro que, vistas así las cosas, parece injusto que no todos puedan beneficiarse del relajamiento. Hay sectores de la sociedad que están pagando el pato: los cines y los teatros siguen cerrados, los restaurantes y los bares no trabajan (o solo preparan comida para llevar), los juegos en las plazas siguen clausurados y, tal vez lo más triste de todo, los chicos pasan los días sin ir a la escuela.

A los negocios pequeños y medianos, los típicos negocios de barrio que casi no venden online, se les permitió abrir pero sin que entrara la gente al local. Ayer veía que todos han puesto un obstáculo a la entrada, una mesita, por ejemplo, y que los comerciantes atienden a los clientes desde dentro, mientras fuera se va formando una filita.

Tengo la sensación de que acá en Grecia hemos desembocado en una zona gris, no exenta de hipocresía. Por un lado, está claro que mantener un confinamiento estricto, como en el primer semestre, tendría costos económicos y psicológicos insostenibles. Por otro lado, dejar que las cosas vayan como si ya no existiera el coronavirus llevaría a que pronto colapse el sistema sanitario. La sociedad ha encontrado un paso entre Escila y Caribdis, pero que no es igual de conveniente para todos.

Por momentos me pregunto qué le contaremos a nuestros nietos del 2020. ¿Le diremos cómo, para bien o para mal, nuestras vidas cambiaron literalmente de un día para otro, en aquella segunda semana de marzo? ¿Volverá la normalidad en algún momento de 2021, algo así como a mediados del año? ¿O la pandemia se extenderá hasta 2022? (No es descabellado pensar de esta manera en vista de la nueva cepa del SARS-CoV-2 que ya está causando alarma en Gran Bretaña.) ¿O será que no volveremos más a la normalidad, tal como la hemos conocido hasta ahora? Los epidemiólogos no descartan que después de esta pandemia venga otra –u otras– y los científicos de todas las especialidades nos previenen contra las consecuencias del cambio climático en ciernes. Todo esto parece apocalíptico, pero no olvidemos que los estudiosos hace años que nos venían advirtiendo acerca de que podía venir una epidemia devastadora, y todos hicimos oídos sordos.

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Imágenes de Atenas

Y, sí, felices fiestas…
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De nuevo en cuarentena (18 de diciembre)

¿Cómo siguen las cosas por acá? Sin grandes novedades en el frente. Me veo forzado a repetir el diagnóstico de las otras veces, como si fuese una muletilla: por suerte, los números ya no siguen subiendo, pero tampoco han comenzado a bajar o, si lo hacen, es demasiado lentamente.

Para dar una idea más concreta: ayer el número de contagios diarios volvió a situarse arriba de los mil (y la sensación generalizada es que si se hicieran más test, la cifra sería mucho más elevada); el número de muertos rondó en los ochenta (ayer habían sido cien, la marca va y viene entre esos dos guarismos); finalmente, el número de intubados fue de 550 (o sea, dejamos de estar con la luz roja, pasamos a estar con una luz anaranjada, el margen ahora es mayor en las terapias intensivas).

Yo no sé qué pasa por las cabezas de la gente. Lo que sí deduzco es una suerte de acostumbramiento a esta nueva normalidad. Pero acostumbramiento significa también relajamiento, distensión. Ejemplo: si en la primera cuarentena hubiera muerto en un día solo la mitad de la gente que murió ayer, eso habría sido un escándalo nacional. En cambio, ahora nos acostumbramos a estas cifras. Otro ejemplo: antes se respetaba religiosamente la norma de dos personas dentro del negocio; ayer fuimos a comprar a la pastelería de la vuelta unos palitos helados para las chicas y, por más que el local era un sucuchito, nadie respetaba ni hacía respetar la orden. Último ejemplo: el tráfico durante el día es como el que había en cualquier mediado de diciembre de épocas pasadas. Lo único que no se ve circular son los transportes escolares y los pullman con los turistas.

O sea, la gente se cansó, se hartó, le perdió el miedo (“entre mis conocidos, ninguno tuvo el coronavirus”; “los que mueren son viejos que de todos modos se morirían de otra cosa”), espera secretamente el efecto benéfico de la vacuna.

Por favor, tomen todo lo que digo acá con pinzas, porque lo mío no son más que observaciones esporádicas. De todos modos, la imagen general me parece difícilmente rebatible: hay normas que se cumplen a medias; el que puede, por hartazgo, por asfixia económica o por lo que sea, le encuentra la vuelta.

En fin, se ve gente por todos lados, autos como siempre, controles policiales pocos o ninguno. Lo que sí, las escuelas están cerradas, los dos o tres hoteles que han quedado funcionando apenas tienen una ventana iluminada, el gran complejo para festivales y conciertos, el Mégaro Mousikís, colgó un gran cartel deseándonos a todos felices fiestas y esperando una pronta reapertura en algún momento de 2021.

Las semanas siguientes van a ser decisivas, porque –hasta ahora, al menos– van a estar permitidas las reuniones familiares y los festejos con un par de conocidos. Parece inhumano prohibir los encuentros de fin de año. Pero la pregunta es qué efectos van a tener, incluso a corto plazo ese paréntesis en medio de la cuarentena. Porque, con la mano en el corazón, ¿cuántos van a respetar el número máximo de nueve personas por encuentro? Y aun cuando sean nueve o diez o doce, ¿cuán frecuentes van a ser esas reuniones y con cuántas precauciones?

El Mégaro Mousikís cerrado por la pandemia
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La discusión sobre el aborto en Argentina y la oposición de las asociaciones de personas con discapacidades

Mientras en Argentina se sigue discutiendo, tanto en el Congreso como en la sociedad civil, acerca de la legalización del aborto, quisiera proponer otra entrada que escribí también hace dos años, al igual que las que indicaba anteayer. El tema es la oposición al aborto que ejercen las asociaciones que defienden los intereses de las personas con síndrome de Down y otras discapacidades.

Como muchos de ustedes sabrán, acá en Europa casi todas las mujeres que han quedado embarazadas realizan al inicio del segundo trimestre del embarazo una amniocentesis. Si se detecta que el feto tiene malformaciones cromosómicas, nueve de cada diez embarazadas deciden abortar. ¿Cual será, en unos pocos años más, a lo sumo en la próxima generación, el resultado de estas acciones individuales que se van agregando a nivel colectivo? Será que el sector de la población con síndrome de Down se reducirá hasta casi desaparecer.

¿Podemos hablar en este caso de eugenesia? Sí y no, depende de cómo vayamos a usar ese término. Por lo pronto, eugenesia es un término cargado con una fuerte valencia moral y emocional negativa. Al oír esa palabra uno piensa en sociedades militarizadas y totalitarias del pasado, en las que las autoridades se apropiaban a la fuerza de los recién nacidos deformes para eliminarlos no sin crueldad, de manera que la raza se fuera perfeccionando.

Creo que está por demás aclarar que me opongo plenamente a este tipo de eugensia, que quisiera caracterizar como eugenesia impuesta o forzada. Aquí no se les da la posibilidad a las parejas de criar a sus hijos con discapacidades, si así les parece, sino que las autoridades actúan brutalmente según un plan eugenésico.

Lo que está sucediendo en Europa en las últimas décadas, ¿es eugenesia? ¿Podemos hablar aquí de «eugenesia liberal»? Como decía al comienzo, en estas sociedades son las mujeres embarazadas o, en todo caso, las parejas quienes optan libremente por interrumpir el embarazo en las primeras semanas del segundo trimestre. No son las autoridades las que dictaminan esa acción, ni mucho menos hay un plan eugenésico explícito o implícito. Por último, tampoco se trata de formas de infanticidio, o sea, matar al nuevo ser ya nacido, sino de la eliminación del feto en su primera fase, cuando, según entiendo, no es (aún) persona.

Hace unas semanas, la Corte Suprema polaca, en clara oposición a lo que viene sucediendo en las restantes sociedades europeas, ratificó la condena que le cabría a toda mujer que aborte por motivos «eugenésicos», o sea, para no tener un chico con síndrome de Down. Sentenció que todos los abortos realizados en vista de los defectos genéticos es inconstitucional. Esta resolución generó un gran revuelo y la oposición férrea de muchas mujeres polacas.

Yo sigo pensando tal como lo hacía dos años atrás. Creo que si una mujer o una familia decide tener un hijo con síndrome de Down o con cualquier otra discapacidad, nuestro deber como sociedad es no solamente mostrar la mayor tolerancia, sino poner a disposición los medios necesarios para la integración plena de esos nuevos miembros «con necisidades especiales» al funcionamiento de la comunidad, en todas las esferas: educativa, laboral, social, etc. No obstante, también creo que ninguna mujer ni ninguna familia puede ser obligada a tener un hijo con síndrome de Down, si no lo desea. La posibilidad de realizar un tratamiento diagnóstico como la amniocentesis y, eventualmente, un aborto, debe estar a su disposición.

La cuestión del aborto y el síndrome de Down

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El proyecto de ley de aborto vuelve a discutirse en Argentina

En 2018, el proyecto de legalización del aborto se discutió larga y apasionadamente en nuestra sociedad. Tras contar con la aprobación de la Cámara de Diputados, la propuesta fue finalmente rechazada por Senadores. En esas vibrantes semanas, escribí una serie de entradas en mi blog con el objetivo de contribuir a enriquecer el debate con elementos provenientes de la bioética. Si bien han pasado ya dos años de aquello, creo que en lo esencial las cuestiones centrales en torno al aborto siguen siendo las mismas. Para quien quiera leer mis entradas siguiendo un cierto orden, aquí presento una breve descripción de lo escrito con el correspondiente enlace. Desde ya, cualquier sugerencia, pregunta o crítica será bienvenida.

(1) En esta entrada podrán encontrar una introducción general a la argumentación en bioética, detallando los tipos de argumentos a favor y en contra del aborto. Como verán, hago un esfuerzo por evitar todos los términos técnicos que no aportan gran cosa.

El debate sobre el aborto en Argentina (primera entrega)

(2) Aquí discuto el concepto de persona humana y lo distingo del de vida humana. Señalo por qué creo que los embriones no pueden ser considerados personas.

El debate sobre el aborto en Argentina (segunda entrega)

(3) Para la discusión en torno a la cuestión de si la legalización del aborto va contra la misión de la medicina y el deber del médico, puede consultarse el siguiente post:

El debate sobre el aborto en Argentina (tercera entrada)

(4) En la siguiente entrada discuto el argumento de los así llamados “consecuencialistas”, para los cuales el aborto es una práctica evitable o prescindible, además de condenable por motivos deontológicos. También analizo el alcance de las políticas públicas complementarias al aborto.

El debate sobre el aborto en Argentina (cuarta entrega)

(5) Si consideramos las consecuencias sociales que pueden derivarse de la legalización del aborto, ¿estaremos a favor o en contra de la legalización de esta práctica? En esta entrada discuto este punto y, en particular, el argumento de la “pendiente resbaladiza”.

El debate sobre el aborto en Argentina (quinta entrega)

(6) El eje del debate sobre el aborto debe ser, en mi opinión, el principio de la autonomía, en este caso, el principio de autonomía de la mujer. Sin embargo, tras una clasificación de los distintos tipos de situaciones que hacen pensable el recurso al aborto, abogo por una limitación de la validez de ese principio. Véase este enlace:

El debate sobre el aborto en Argentina (sexta entrega)

(7) Cuando leí la noticia del no del Senado argentino al proyecto de legalización del aborto en Argentina, escribí una nota que, curiosamente, no ha perdido actualidad, según veo. Tal vez esta vuelta se nos dé y logremos contar como sociedad con una ley moderna de aborto. Algunas cosas hablan a favor: el apoyo en Diputados ha sido mayor esta vez y el Senado está controlado por el oficialismo. Aquí va la nota de cierre

El no del Senado argentino a la legalización del aborto: reflexiones

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Imágenes de Atenas

Detrás del hospital «Evangelismós», las jóvenes moreras se han puesto amarillas.
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