España legaliza la eutanasia

Los días pasados España legalizó la eutanasia. En realidad, aún falta la ratificación del Senado, pero se trataría solamente de una formalidad, así que, si todo sigue como se prevé, la ley podría ser promulgada en breve y entrar en vigencia en los primeros meses del próximo año.

La noticia ha sido celebrada por muchos, en España y en Latinoamérica, y creo que vale la pena anticipar un par de puntos de la nueva ley en espera del texto definitivo.

Quienes quieran leer el dictamen disponible en un PDF de 13 páginas, pueden encontrarlo aquí.

Con esta ley España se convierte en el sexto país en todo el mundo en legalizar la eutanasia. Recordemos que el primero fueron los Países Bajos, en 2002, y pocos meses después, Bélgica; en 2009 se unió Luxemburgo; Canadá inició la legalización en Quebec en 2015 y luego en 2016 la nueva legislación se extendió a todo el territorio canadiense; por último, el quinto país fue Nueva Zelanda, que el octubre pasado organizó un referendo vinculante en el que ganó el sí.

Vista en este contexto internacional, España es el primer país latino o mediterráneo o sudeuropeo en legalizar la eutanasia, práctica que parecía ser privativa de las sociedades más bien nórdicas o anglosajonas o protestantes.

Este último no es un punto menor, ya que desmantela el argumento que a veces se esgrime en nuestros países según el cual la eutanasia es cosa de sociedades más individualistas o con una tradición religiosa diferente de la nuestra. No es así: el derecho a una muerte digna es un reclamo que recorre todas las sociedades, al menos todas las sociedades occidentales. No importa si se está en Latinoamérica o en Escandinavia, en Norteamérica o en Europa del Sur: a un número cada vez más consistente de la población y de las autoridades les parece necesario contar con una nueva legislación que regule las prácticas médicas que pueden solicitarse en la fase final de la vida de los ciudadanos.

Días pasados me hacían una entrevista en una radio argentina sobre esta noticia y el locutor me preguntaba cómo es posible que España y no otro país de la región haya sido el primero: ni Italia ni Francia, naciones que uno consideraría más “a la vanguardia”. Los historiadores y los politólogos seguramente podrán dar una respuesta más compleja que la mía. Yo solo me limité a responder que España es un país con dos rostros: un rostro conservador o atávico, y otro progresista e innovador. Si uno ve la historia de España, incluso, sin ir muy lejos, la historia del siglo XX, descubre un país capaz de los más intrépidos experimentos sociales, como los que se dieron en la Segundo República, seguidos de la lápida del conservadurismo más rancio, como los primeros años del franquismo.

Pero volvamos a la nueva ley. ¿De qué se trata, en concreto? Se trata de una ley que permite y regula no solamente el suicidio médicamente asistido –práctica bastante más difundida en el mundo–, sino también la eutanasia, que podríamos llamar voluntaria, directa y activa, en los casos en que se cumplan los requisitos establecidos. O sea, el médico, dado el caso y tras la solicitud reiterada e informada del paciente, puede terminar con la vida de este, ahorrándole así días, semanas, meses (cuando no años) de sufrimientos físicos y morales graves, originados en enfermedades terminales o, en caso de no ser terminales, que invaliden seriamente al enfermo.

Aquí ya han aparecido dos elementos novedosos de la ley española: por un lado, incluye la eutanasia activa y directa, más allá de permitir el suicidio, y, por otro, extiende este derecho no solamente a los pacientes terminales con una expectativa de vida de hasta seis meses, sino también a los enfermos crónicos que padecen una enfermedad grave que les causa sufrimientos constantes y que los sume en un estado de invalidez creciente. Para poner un ejemplo: en el primer caso podemos situar a los pacientes afectados por un cáncer en sus últimos estadios; en el segundo, a enfermos de esclerosis lateral amiotrófica, de párkinson, etc.

Reitero: la mayoría de las leyes actuales se centra en el paciente terminal, aquel que ya está “en las últimas”, que tiene un pronóstico que en ningún caso supera los seis meses de vida. Pero así quedaban fuera todas aquellas personas que padecían enfermedades como la esclerosis que, en virtud de todos los medios que hoy cuenta nuestra sociedad, pueden ser mantenidos en vida por años, pero una vida totalmente indigna, a juzgar por los pacientes mismos.

Quisiera que nadie se imaginara cosas atroces detrás de los conceptos eutanasia y suicidio asistido. ¿Cómo ocurre, por ejemplo, un caso “típico” de suicidio asistido? El médico le receta al paciente que quiere morir y que, insisto, ha cumplido todos los requisitos que establece la ley, una dosis de un barbitúrico, de pentobarbital. El pentobarbital parece un polvillo blanco que se vende en frasquitos pequeños, ya que por lo general un paciente no necesita más de unos gramos. Si el paciente ya no puede moverse, podrá ir el médico o un enfermero o un familiar a retirar el remedio de la farmacia. El polvillo se disuelve en agua corriente en un vaso y el paciente bebe el líquido. Tras unos minutos, el paciente queda dormido. No hay espasmos ni contracciones, sino el relajamiento característico del sueño profundo. De allí pasará a un estado de coma y, en un máximo de una o dos horas, el paciente habrá muerto tranquilamente.

¿En qué consiste la eutanasia? Siguiendo con el ejemplo anterior, supongamos que el paciente no puede beber el líquido del vaso (porque, por ejemplo, la esclerosis ya no le permite usar las manos, porque vomita frecuentemente o simplemente porque desea que sea su médico el que dé el “empujoncito” final), entonces el profesional de la salud le inyecta el pentobarbital. Tras esa inyección, siguen las etapas que mencionaba en el caso anterior: sueño profundo, coma, muerte pacífica en un plazo de una o dos horas.

Me gustaría mencionar aquí un dato que se barajaba el año pasado, porque, algunos lectores se acordarán, el proyecto de ley en España ya había sido presentado y discutido exhaustivamente varias veces antes. El año pasado apareció un informe en el que se detallaba que cada año mueren alrededor de 400.000 españoles. De ellos, la mitad muere de una manera dolorosa. Ahora bien, tal vez el dato más inquietante es que de esos 200.000 pacientes afectados por el dolor, 50.000 mueren sin poder beneficiarse en absoluto de los cuidados paliativos. Para decirlo de otra manera, de cada ocho personas que mueren anualmente en España, una no recibe la asistencia que debería darle la medicina paliativa. Lo que se traduce en algo muy palpable: esas personas mueren mal, lo suyo no es una eu-tanasia, una buena muerte, sino una dis-tanasia.

Claro que España necesita más y mejor medicina paliativa, pero esta no es una panacea. No resuelve todos los casos. El paciente español ha de poder elegir entre la paliación y, cuando esta no esté disponible o, de estar a disposición, no represente una opción válida para él o ella, la asistencia médica para morir dignamente.

Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher based in Athens, Greece.
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