José Ortega y Gasset y la invertebración actual

(1) Hace exactamente cien años atrás, José Ortega y Gasset redactaba las notas finales que unos meses más tarde, ya en 1922, se publicarían en el volumen España invertebrada, uno de los títulos más celebrados del filósofo español. Releer a un siglo de distancia ese libro que apenas supera las cien páginas es una experiencia aleccionadora, porque evidencia, a la vez, las fortalezas y las debilidades del pensamiento orteguiano.

Proponerse capturar en unas pocas páginas la naturaleza de la decadencia española –vivida por entonces muy intensamente, a menos de una generación de distancia del fatídico año que fue para la Península aquel 1898–, es ya todo un tour de force, no exento de serios peligros. Este rasgo se acentúa cuando el lector toma conciencia de que el diagnóstico presentado bien podría extenderse las restantes sociedades europeas, aquejadas aparentemente de la misma enfermedad, solo que en un estadio diferente de su desarrollo.

Diga lo que se diga, yo creo que Ortega es un notable ensayista. El estilo podrá resultarnos por momentos algo empalagoso o afectado, pero es casi siempre claro, vigoroso y dinámico. Ortega nunca aburre, porque en el momento en que empieza a repetirse o que decae el ritmo de su exposición, nos presenta de golpe una tesis inesperada, polémica, muchas veces iluminadora. Este es para mí el principal mérito del filósofo español, el no dejarnos adormecer, el instarnos permanentemente a repensar nuestros supuestos, uno tras otro.

Uno puede discutir mucho acerca del valor o la vigencia de las principales tesis filosóficas de Ortega, pero la lectura de sus libros, el acercarse a su pensamiento, es algo ya de por sí valioso. Y a pesar de que se había propuesto asimilar todo el saber filosófico de su época, en sus páginas eruditas no hay ningún rasgo de oscuridad y menos aún de altanería.

El lector de nuestros días de España invertebrada difícilmente pueda sustraerse a la extraña sensación que genera la actualidad del texto. Allí se discuten cuestiones tan candentes como el separatismo catalán y vasco, la necesidad de ahondar en el proyecto europeo, el riesgo del populismo –tanto de izquierda como de derecha–, la falta no solamente de grandes estadistas, sino también –y sobre todo– de ciudadanos que sepan reconocerlos y acompañarlos, la desorientación y desmotivación de la juventud, etc.

(2) El libro de Ortega se divide en dos grandes partes y cada una de esas secciones contiene un manojo de ensayos relativamente breves. La primera parte se titula “Particularismo y acción directa”, mientras que la segunda lleva por encabezamiento: “La ausencia de los mejores”. En las líneas que siguen voy a resumir las principales ideas, siguiendo en lo posible el orden expositivo del autor. En lo posible voy a dejar de lado todas las consideraciones que atañen específicamente a España, esto es, a la historia y la idiosincrasia españolas, para concentrarme en las tesis de mayor generalidad y, supongo, de mayor interés actual.

El punto de partida de España invertebrada es esta afirmación de corte antropológico: el crecimiento de una sociedad, la consolidación de una nación no es solamente una cuestión de fuerza o, si se quiere, de poderío militar, sino que se debe, fundamentalmente, a la capacidad de generar un proyecto histórico y social que convoque e integre a los individuos. Por el contrario, la decadencia de una sociedad, que se traduce concretamente en el desmembramiento social y territorial de la nación, tiene su origen en la falta o el agotamiento de un ideal colectivo.

Esto no significa desconocer la fuerza e incluso la brutalidad de que se han servido las sociedades a lo largo de su surgimiento y expansión. El Imperio romano y el Imperio español no hubiesen sido posibles sin la potencia militar que los respaldó. Sin embargo, tanto uno como otro supieron, al menos en sus momentos de auge, formular un proyecto colectivo que galvanizó y encauzó la voluntad y la inteligencia de millones de individuos.

Si esto es cierto, entonces fenómenos como el separatismo vasco o el nacionalismo catalán (nosotros hoy podríamos continuar esta lista con otros ejemplos dentro y fuera de España, por ejemplo, mencionando el separatismo gallego y el escocés), se deben principalmente a la decadencia de los respectivos proyectos nacionales. Cuando un miembro quiere abandonar el cuerpo social que hasta entonces lo ha cobijado es porque ese cuerpo ha perdido no tanto su capacidad de mando cuanto su vitalidad: lo que falta ahora no es puño, sino motivación. La integración social requiere sin duda de músculos, pero mucho más de ideales.

Llegamos así a lo que para Ortega es el gran problema de nuestro tiempo: el particularismo, concepto que el autor va a extender a todas las dimensiones sociales. En otros término: particularismo no es solamente el fenómeno de desintegración nacional o territorial, sino asimismo el proceso de desmembramiento y atomización social general. La segmentación de la sociedad en clases antagónicas: proletariado, burguesía, ejército, etc., es otra de las manifestaciones del particularismo, tal vez más peligrosa que su vertiente nacionalista. Al faltar un proyecto colectivo que los aglutine, cada sector social se separa del resto y se cierra sobre sí mismo: aquí están los obreros, allá la clase media, más allá los militares, por allá los intelectuales, y cada segmento requiere la exclusividad, incluso a costa de los restantes.

La fragmentación del cuerpo social en regiones y clases lleva entonces a una atomización en la que cada “mónada” se vuelve incapaz de comunicarse plenamente con las otras. Pero el problema no es tan solo esa incomunicación, sino el hecho de que cada uno de esos grupos recurre a lo que Ortega llama la acción directa, una suerte de espontaneísmo miope. De esta suerte, la burguesía lucha y lucha solo por sus intereses mezquinos, el proletariado lucha y lo hace en función de intereses igualmente particulares, y así sucesivamente, en una lista que puede irse ampliando a medida que más y más miembros se desintegran del sistema social. En ausencia de ideales, cada cual pretende ahora mismo la satisfacción de sus necesidades exclusivas.

(3) Como señalaba más arriba, la segunda parte es “La ausencia de los mejores”. Aquí Ortega se propone analizar el significado que esconde el tópico según el cual “en la actualidad, ya no hay grandes hombres”. (Una confesión entre paréntesis: desde la crisis financiera iniciada en 2008 y su impacto en la Unión Europea a raíz de la inestabilidad de los países mediterráneos, entiéndase Grecia y cía., hasta la actual pandemia del coronavirus, uno de los suspiros que más escucho es justamente ese, “Hoy faltan líderes”.)

A este respecto, Ortega hace una jugada inesperada. En primer lugar, sostiene que el clisé en cuestión es totalmente infundado. Para él, hoy sí hay grandes hombres, hombres que son incluso más educados, más íntegros, más inteligentes que los “grandes hombres” que normalmente integran el panteón de los héroes españoles y europeos del siglo XIX. Ni es cierto que en el pasado haya habido abundancia de hombres eximios, ni es correcto que nuestro presente carezca de figuras de talla.

El punto está, para Ortega, en la otra cara de la moneda: hoy no faltan líderes, lo que falta es una ciudadanía dispuesta a reconocerlos, a aceptarlos y a seguirlos. El problema no es la ausencia de los mejores, sino la falta de correspondencia: del otro lado, no hay una masa social que permita y promueva el liderazgo. La masa se ha cerrado sobre sí misma y solo hace y piensa lo que se le antoja.

El lector que conozca a Ortega bien notará que acá lo que está haciendo es poner la piedra basal sobre la cual levantará luego el edificio teórico que aparecerá unos años más tarde en La rebelión de las masas. Pero para quienes no hayan leído este último libro, quisiera decir dos o tres palabras para aclarar los principales conceptos que están por detrás de la afirmación orteguiana.

Una nota al margen: mientras estaba pensando en cómo redactar este post, se me ocurrió que parte del problema está en la palabrita –o en la palabrota, depende de cómo se la mire– masa. No puedo juzgar cómo era la situación lingüística hace cien años, pero hoy este término tiene una inevitable connotación negativa, al menos en español. Por ejemplo, traducimos la locución inglesa “mass media” como “medios de comunicación masiva”, porque el adjetivo “masivo” parece menos urticante. Es por esta razón por la que voy a intentar reemplazar el término orteguiano por una expresión neutra: “conjunto de ciudadanos”.

Retomo, entonces, la idea central. Para Ortega, la gran enfermedad de nuestro tiempo, que aquejó severamente a España a comienzos del siglo XX pero que hoy se ha diseminado por todo el Occidente, es que el conjunto de la ciudadanía o, mejor, los diversos conjuntos de ciudadanos agrupados cada uno de ellos en clases sociales y en grupos territoriales particulares, han perdido la capacidad y la predisposición de reconocer y aceptar la superioridad, la excelencia, en cualquier terreno. Y al decir así, Ortega no solamente se refiere al ámbito político, sino también, y sobre todo, a los restantes espacios: las artes, la ciencia, la educación, etc.

Quisiera ser preciso para evitar malentendidos que desvirtúen el pensamiento de Ortega. No es que él se oponga a la democracia, lo suyo no es sensu stricto un rechazo al sistema democrático como forma de gobierno, sino la afirmación de que en nuestra época la gente ha perdido la capacidad de descubrir y ensalzar a aquellos individuos que poseen excelencias de todo tipo. La aristocracia a la que hace referencia Ortega es más bien una aristocracia del espíritu que un sistema político basado en la nobleza.

Creo que la carta más fuerte que tiene Ortega para jugar a favor de su apuesta es esta. La naturaleza de la sociedad, de toda sociedad, incluso de las sociedades prehistóricas y, en cierto modo, preestatales, radica en el mecanismo psicológico esencial mediante el cual una persona se destaca por algún motivo de sus pares y estos pasan a admirar y a reconocer la superioridad de aquel. Si, por ejemplo, en una comunidad de cazadores primitivos un individuo se destacaba en el uso de las armas, ese se volvía naturalmente el líder, porque el resto sabía reconocer esa excelencia y someterse a ese liderazgo. En el Renacimiento, el aprendiz buscaba a los mejores maestros y, reconociendo la superioridad artística de estos, se sometía a su guía como condición para volverse él mismo, llegado el momento, también maestro.

La dinámica antropológica esencial que ha hecho que, desde la época de las cavernas, un hombre se juntara con otro, no ha sido, según Ortega, el cálculo utilitarista (“nos conviene estar juntos”) ni el sometimiento por la fuerza (la famosa “dominación”), sino el juego recíproco entre el individuo que se destaca y pone a disposición sus capacidades superiores y la masa restante que lo reconoce y lo sigue. En sus propias palabras: “Una sociedad sin aristocracia, sin minoría egregia, no es una sociedad”.

En este punto, Ortega se identifica plenamente con Nietzsche. Para ambos, la decadencia europea ha entrado en su fase más crítica con el surgimiento del “progresismo” del siglo XVIII en adelante, no importa si de derecha o de izquierda. Tanto el ideal conservador de la burguesía como la utopía revolucionaria del proletariado han terminado mellando el mecanismo más importante de la sociabilidad humana, para caer acto seguido en una medianía, en el famoso “anything goes” actual, en el “yo no acepto superiores” y “a mí nadie me va a venir a enseñar cómo tengo que pensar ni qué tengo que hacer”.

Básicamente, acá termina el libro de Ortega. Su diagnóstico de nuestro tiempo es bastante sombrío, no solamente porque la ciudadanía, al rechazar a los mejores, se condena a sí misma a vagar en la mediocridad, sino porque no hay manera de salir de este encierro. Las exhortaciones, por bienintencionadas que sean, no hacen más que enardecer a la masa y hundirla más en su trampa. Solo resta aguardar que ella misma “toque fondo” para poder salir por sus propias fuerzas, vaya uno a saber cuándo.

Permítanme concluir de esta manera: acá no me interesa analizar cuánto de acuerdo estoy o en desacuerdo con Ortega. Lo que sí me ha parecido importante es darle la palabra, dejar que nos vuelva a decir lo que piensa, por más que hiera nuestra susceptibilidad. Aunque terminemos rechazando totalmente la postura orteguiana, lo central es que sepamos cabalmente por qué razones vamos a oponernos a él, sin andar escurriéndonos detrás de los escudos de lo políticamente correcto.

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Diario de la pandemia (9 de junio)

A veces me pregunto si estamos en la fase final de esta pandemia, en lo que se llama anhelantemente el comienzo del fin. Claro que pienso desde Grecia y, por ende, desde Europa. Seguramente, la sensación de desaliento o de indiferencia que cunde en países como Argentina no permite este “lujo intelectual”.

Cuando iba a la primaria, la seño de música nos enseñó un viejo villancico español:

Hoy comamos y bebamos,

y cantemos y holguemos

que mañana ayunaremos.

El hombre, en lo más recóndito de su mente, tiene guardado este saber: el mañana muy probablemente será malo; así que si tu presente es favorable, aprovéchalo, extráele todo el jugo, “que mañana ayunaremos”.

¿A qué apunto con todo esto? A que esta me parece ser la mentalidad que se a apoderado del ciudadano de a pie griego. En las interacciones cotidianas la gente ha vuelto a comportarse casi como si el virus nunca hubiese estado entre nosotros. O, en todo caso, como si hubiese sido una triste realidad pasada y enterrada allá en la lejanía y, simultáneamente, como si fuese aún una amenaza, pero igualmente lejana, allá distante, cuando se termine este verano que aún no ha comentado, cuando vuelva el otoño. Mientras tanto, comamos y bebamos, bailemos y holguemos.

Sin embargo, una vez que uno sale del círculo de las acciones e interacciones cotidianas, se topa con las medidas restrictivas. Ejemplo: este fin de semana mi esposa tiene un congreso de medicina, pero ya le avisaron que no tiene que concurrir a las sesiones, justamente para evitar amontonamientos en espacios cerrados. Así que tiene que seguir las charlas desde casa, obviamente vía “streaming”, e ir a la sala del congreso solo el día y la hora fijados para su presentación. Además, la cena prevista para homenajear a los ponentes va a estar limitada a ellos, sin que puedan sumarse otros invitados.

Otro ejemplo: ayer mi hija mayor tuvo el acto de fin de curso. Normalmente, la maestra invita para esa ocasión a los padres a que vean en un acto de hora y media lo que han hecho los chicos durante el año lectivo. La reunión tiene lugar en la misma aula de los chicos. Obviamente, este año era imposible organizar el acto en la modalidad “presencial”. Así que los padres nos conectamos por Webex a la hora indicada para ver a nuestros hijos leer, cantar y presentarnos los logros y los momentos inolvidables de los meses pasados… a la distancia.

Cuando terminó el acto y caducó el enlace, me quedé viendo la pantalla con la mirada perdida, pensando que había sido la reunión de fin de año más triste que me tocó presenciar (aunque también me consolaba razonando, “al menos, este año hubo un acto de fin de curso, el año pasado no tuvimos ni eso”). ¿Serán así los sucesivos actos de fin de año? ¿Me terminaré acostumbrando a la virtualidad? ¿Tendré que aprender a individualizar a mi hija y a reconstruir su imagen más diestramente, a partir del puñadito de pixeles que me brinda mi pantalla?

Por lo demás, ¿cómo sigue la pandemia? Sigue así, tal como estuvo evolucionando las semanas pasadas: las curvan van en descenso, si bien esa disminución no es todo lo significativa que se quisiera. Por ejemplo, ayer tuvimos unos mil trescientos nuevos contagios, unos treinta muertos y el número de pacientes intubados en terapia intensiva está por debajo de los cuatrocientos. Como se ve, si uno se atuviera estrictamente a las cifras epidemiológicas, habría muchos menos motivos para relajarse.

Respecto a la campaña de vacunación, los tantos son estos: con unos cuarenta mil pinchazos por día, Grecia ya pasó la cifra de los cuatro millones de vacunados con al menos una dosis. De esos, solo dos millones y medio completaron las dos dosis o se pusieron la vacuna de Johnson, que requiere solo una inoculación.

Si ahora uno incluye en estas magnitudes a los que ya han solicitado turno y esperan vacunarse en las próximas semanas, la cifra asciende a casi seis millones y medio de personas. De concretarse todo esto, estaríamos empezando el verano con más de la mitad de la población vacunada, lo que no es despreciable, pero tampoco es suficiente. El gran desafío sigue siendo vacunar al 70 % de la población griega con las dos dosis antes de setiembre, el mes que vuelven las actividades (trabajo, escuela, universidad, etc.) y que las golondrinas inician su vuelo en busca de zonas más cálidas.

Los cines al aire libre (τα θερινά σινεμά), una de las piezas integrales del verano griego, han reabierto sus puertas desde hace unas semanas..
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Diario de la pandemia (3 de junio)

¿Cómo sigue la cosa con la pandemia por acá? Miren, les cuento una pequeña anécdota para que se den una idea. Ayer por la mañana fui a la home page de uno de los principales diarios griegos y, para mi sorpresa, no apareció en la pantalla ninguna noticia relacionada con el coronavirus. ¡La primera vez que me pasa eso en todos estos últimos meses! La primera plana estaba dedicada a otros temas supuestamente más candentes: la relación con los vecinos turcos, la reactivación de la economía de cara a la temporada turística, la elucubración de nuevos modelos astrofísicos para explicar el ingente volumen de la materia negra en el universo…

Con esto no quiero darles a entender que la pandemia haya desaparecido del interés mediático y menos aún que la situación en Grecia esté tan bien que nos podamos dar el lujo de dar vuelta la página de este capítulo de la historia reciente. Solo quiero decir que para muchos la pandemia ya no es el primer problema o que, al menos, ha dejado de serlo por el momento.

En las grandes ciudades se sigue usando la mascarilla (aunque muchos la usen no para cubrirse la nariz y la boca, sino para proteger el mentón y la barbilla, vaya a saber uno de qué agresión). Lo que sí, cada vez hay menos personas respetuosas de la distancia recomendada, por ejemplo, en la cola para pagar. Para mí, guardar dos metros de distancia respecto del cristiano que tengo adelante me parece la cosa más fácil y menos costosa del mundo, pero se ve que la norma va contra la naturaleza de los griegos, pueblo al que le encanta apelotonarse y más aún colarse.

Seguramente, a este clima generalizado de relajamiento contribuye el hecho de que cada semana se sigan levantando más y más barreras. Desde hace unos días, por ejemplo, volvieron a abrirse los gimnasios, incluso los que funcionan en espacios totalmente cerrados y ventilados con equipos de aire acondicionado centralizados.

Los cines de verano también reabrieron sus puertas y el fin de semana pasado llevé a mis hijas a ver Soul. Pude constatar que todo funcionaba como en el verano pasado: no hay intervalo, para evitar que la gente vuelva a amontonarse frente a la cantina en busca de más papitas fritas y gaseosas (antes del inicio del film sí estaba abierta), los sillones están agrupados de a dos, con un espacio generoso entre par y par de asientos, etc.

No obstante, los números que publican diariamente los epidemiólogos no son todo lo reconfortante que uno quisiera. Por ejemplo, anteayer la cifra de muertos rondó los 40 y ayer los 20. El nivel de ocupación de las camas críticas en terapia intensiva sigue fluctuando más o menos por la mitad. En otras palabras: es innegable la tendencia a la baja en todos los indicadores, pero el peligro no se esfumó.

Todo hace pensar que este mes que comenzó es decisivo: en junio se juega el destino del próximo año laboral y lectivo griego. Si este mes se vacunan los cientos de miles de ciudadanos que espera el gobierno, puede que el famoso “τείχος ανοσίας” (o “muro de inmunidad”) sea una realidad a partir de setiembre. Los “indecisos” y los rezagados tienen que vacunarse ahora, porque en julio y agosto van a tener otras prioridades, en particular, las vacaciones y los fines de semana en la playa.

Cuando escribo esto, tengo presente la exhortación que lanzaron días pasados los epidemiólogos británicos: hay que terminar de vacunar a todos y con las dos dosis, porque el riesgo de dejar las cosas a medio camino es enorme. De hecho, Gran Bretaña, celebrada como una de las primeras naciones en dejar atrás el confinamiento gracias a la campaña de vacunación, perdió el ímpetu inicial y se encuentra con un número importante de ciudadanos sin la segunda dosis, lo que significa que la herd immunity no es aún una realidad, sino todo lo contrario: la variante de la India comienza a difundirse por la isla de manera peligrosa porque aparentemente una sola dosis de la vacuna de AstraZeneca no alcanza para frenar la nueva mutación.

Un último punto: como indicaba más arriba, aquí ya se ha dado inicio, con toda la pompa del caso, a la temporada turística. Si todo va bien, se espera el arribo de millones de turistas del extranjero. Ahora bien, no cualquier veraneante va a poder entrar, sino solamente aquellos que provengan de países con los cuales Grecia tenga convenios (por supuesto, en esta lista están incluidos in primis los países de la Unión Europea). Además, los turistas van a tener que mostrar su certificado inmunitario: solo quienes estén vacunados, quienes hayan hecho un test con resultado negativo antes de partir o quienes se hayan recuperado tras un contagio de covid van a ser admitidos.

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La eutanasia en Bélgica (sexta y última parte)

Este va a ser el último post dedicado a comentar el libro de T. Devos sobre la eutanasia en Bélgica o, mejor dicho, sobre la “otra cara” de la eutanasia en Bélgica, la que quieren evidenciar los opositores a esta práctica. Primero voy a decir unas palabras acerca de los dos ensayos finales de la colección y luego voy a sacar algunas conclusiones.

Los dos ensayos en cuestión son: “Resisting” (“Resistiendo”), de la doctora Julie Blanchard, especialista en medicina paliativa, y “Behind the scenes of euthanasia” (“Los entre bastidores de la eutanasia”), del enfermero François Trufin, especializado también en paliación. Ambos artículos tienen muchos puntos en común, lo que me permite tratarlos conjuntamente.

Básicamente, ambos autores se resisten a pensar no solamente que la eutanasia pueda ser una alternativa de fin de vida, sino también que sea un recurso simple y libre de complicaciones, complicaciones sobre todo psicológicas (obviamente para los que quedan vivos: parientes, amigos, profesionales de la salud).

La argumentación de los autores consiste sobre todo en un cúmulo de experiencias personales y profesionales: gracias a la entrega, la dedicación y el profesionalismo que ellos poseen es posible crear condiciones casi ideales para que el paciente terminal halle suficiente bienestar físico, contención psicológica y apoyo espiritual, de modo que no quieran recurrir a la eutanasia (o que ya no quieran recurrir a ella, si ha hecho la primera solicitud).

Frente a testimonios como los de Blanchard y Trufin (y aquí no tengo problemas en suponer que ambos han actuado todo este tiempo de buena fe), no puedo sino repetir lo que ya sostuve en las entradas anteriores: ¡ojalá todos los profesionales de la salud mostraran la misma predisposición! Si en nuestro mundo hubiera más “santos”, esto es, si hubiera más personas entregadas plenamente a su vocación de servicio –no importa ahora si por motivos religiosos o simplemente humanitarios–, seguramente necesitaríamos muchos menos leyes y muchos menos recursos, no solamente para regular la fase final de nuestras vidas, sino todas las dimensiones de nuestra existencia.

Lamentablemente, la realidad social es muy distinta de aquel anhelo, los santos no abundan y el amor es un recurso más escaso que el oro. Es más, como el ser humano tiende más a la brutalidad que a la santidad, tiene más de diablo que de ángel, yo personalmente me conformaría si pudiéramos evitar tan solo la guerra de todos contra todos. Si lográramos no matarnos entre nosotros ni hacernos la vida insufrible, esto es, si alcanzáramos tan solo la paz y la tolerancia, creo que ya habríamos logrado mucho, tal vez todo lo que podemos esperar del Homo sapiens.

Hay otro aspecto que quisiera indicar (y repito: doy por descontado que ambos autores ofrecen testimonios auténticos). El punto es que si vamos a traer a colación historias personales con un final feliz debido al empeño puesto por el personal de la clínica de cuidados paliativos, también podríamos hacer lo mismo con historias tomadas de gente que, con todo el respeto y el acompañamiento que se merecen, deciden ponerle un punto final a sus vidas cuando ven que “la cosa ya no va más”. Tanto los pro-life como los pro-choice tienen historias exitosas por contar.

Estoy de acuerdo con Trufin en que practicar la eutanasia (estamos hablando siempre de la eutanasia voluntaria, no de la impuesta) es un acto difícil, un acto que no puede serle indiferente a ningún médico, un acto que le va a causar al profesional más de una noche de insomnio. Por eso en muchos países, dicho sea de paso, existe el recurso al suicidio asistido como alternativa a la eutanasia, ya que aquí el “gesto final” lo realiza el mismo moribundo, aliviando así el peso que el profesional de la salud pueda llegar a sentir. Pero personalmente no puedo creer que las alternativas, aún tan frecuentes, que resultan de la obstinación terapéutica, no causen mayor trastorno al médico o al enfermero. ¿Acaso mantener artificialmente en vida a un paciente terminal en la sala de terapia intensiva no nos genera ningún trauma y sí lo hace el ayudarlo a morir antes de entrar en ese largo túnel sin salida?

Por último, el punto más controvertido de ambos ensayos está en la declaración según la cual la sedación terminal (lo pongo de este modo algo brutal para no perderme en eufemismos) es algo permisible y hasta recomendable, mientras que la eutanasia es un acto homicida. En entradas precedentes he tratado esta cuestión bastante espinosa y sigo sosteniendo mi posición inicial. Diga lo que se diga, para mí la sedación terminal es una manera “light” de practicar la eutanasia: casi todos aquellos opositores a la muerte voluntaria terminan recurriendo a la “eutanasia soft” que es, al fin y al cabo, la sedación final. Sé que debería matizar mi posición porque “no es tan así la cosa”, pero lo dejo tal cual por motivos de espacio.

Quisiera concluir con la siguiente reflexión general. El libro editado por T. Devos es una colección de artículos muy personales, con historias de vida dignas de nuestra atención y nuestra consideración. Vale la pena leerlo, aunque no todos los capítulos estén bien escritos y abunden las repeticiones. Estrictamente hablando, no es un libro filosófico: los argumentos contra la eutanasia han cedido su lugar a las experiencias personales, íntimas. Los autores no buscan la polémica; más bien, se proponen inspirar al lector, mostrarles que la entrega y la dedicación pueden operar milagros en el paciente terminal o que, cuanto menos, son una alternativa a la muerte voluntaria.

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La eutanasia en Bélgica (quinta parte)

El ensayo de Marie Frings lleva por título: “Surrendering to or inducing death: artificial feeding as paradigm”. Si me permiten un retoque, en español sería: “¿Rendirse a la muerte o inducirla? La alimentación artificial como paradigma”.

El conjunto de casos clínicos que discute esta intensivista belga es algo más acotado que el de los capítulos anteriores, ya que aquí se trata específicamente de pacientes hidratados y alimentados de manera artificial, ya sea mediante una sonda nasogástrica o mediante una sonda PEG (o sea, la sonda que se inserta directamente por la pared del estómago tras una operación llamada gastrostomía).

En las últimas décadas, la cuestión de la alimentación artificial (“tube feeding”) ha generado muchos y enconados debates bioéticos, debido a que tomar agua y comer parecen ser, por lo pronto, la cosa más natural del mundo. Ahora bien, alimentar a otro, ¿es siempre algo simple y obvio? La respuesta es no. En nuestro mundo tecnologizado, hasta los aspectos considerados tradicionalmente simples, obvios o naturales de la existencia humana han perdido ese carácter.

La cuestión puntual que se plantea en este contexto puede formularse de esta manera: la alimentación asistida gracias a la tecnología médica actual, ¿es parte del cuidado de un paciente o es más bien un tratamiento?

Como se recordará, en el ámbito bioético hay una diferencia enorme entre estas dos expresiones: cuidados básicos y tratamientos médicos, porque los primeros forman parte de nuestra moral cotidiana y los segundos entran en el ámbito específico de la ética médica. Cuando una madre le da a su bebé la papilla, está realizando un acto cotidiano: así cumple con su deber maternal. Pero cuando esa misma persona, ahora en calidad de médica, le introduce una sonda a un paciente en terapia intensiva para nutrirlo, su acto ya no es ordinario sino extraordinario, y más que parte del normal cuidado de otro ser humano, lo suyo es uno de los tratamientos médicos que se le pueden ofrecer al paciente.

Para decirlo directamente: toda vez que un acto es un tratamiento médico, esto es, una acción compleja, artificial y extraordinaria, en situaciones normales necesitamos el consentimiento del paciente, ya que este tiene el derecho a rechazarlo o bien a interrumpirlo, de haber comenzado.

En general, estoy de acuerdo con el enfoque de Frings: debemos superar la dicotomía que se ha instalado en bioética entre aquellos que, por un lado, consideran que siempre es buena y necesaria la alimentación (sea natural o artificial) y aquellos que, por otro, la demonizan, porque podría ser una “puerta trasera” mediante la cual se burle la autonomía del paciente. La clave está, tal como insiste la autora, en determinar cuán razonable o irrazonable puede ser el iniciar o bien el continuar la alimentación por sonda en un paciente. Y esa razonabilidad está en función de tres factores: el deseo del paciente, las consideraciones del médico y los intereses de los familiares del paciente.

Según nos confiesa Frings, es muchas veces una tarea ardua la del médico, que debe intentar conjugar esos tres factores: que se haga lo que quiere el paciente, pero teniendo también presente la recomendación médica y el parecer de los familiares. (No es raro el caso, por ejemplo, de aquellos parientes del enfermo que quieren que “el abuelito” o “la abuelita” siga siendo mantenido en vida gracias a la alimentación artificial, cuando el paciente mismo se ha manifestado en contra y el médico no ve proporcionalidad entre el esfuerzo terapéutico que se está haciendo y el resultado –magro– que podrá seguir esperándose.)

En tanto lector del libro editado por Devos sobre la eutanasia en Bélgica, me llamó la atención que se incluyera este artículo en la antología, ya que por su especificidad y su conclusión en cierta medida desentona del resto. Después de reflexionar un poco, creo que la motivación subyacente es esta: se incluyó este ensayo para mostrar que se puede ser un opositor decidido a la eutanasia y, sin embargo, entender que la nutrición artificial es un tratamiento médico que puede ser rechazado, como cualquier otro tratamiento que se considere inútil. En otras palabras, me inclino a pensar que la decisión del editor ha sido dejar en claro que el grupo de los “pro-life” no está indefectiblemente a favor de realizar cualquier acto que prolongue la vida del paciente, cueste lo que cueste.

Concluyo mencionando dos aspectos más generales. Por un lado, comparto plenamente la opinión de la autora según la cual tiene poco sentido discutir cuestiones de bioética de manera abstracta; debemos dar amplio espacio en nuestros debates a la “narrative ethics”, esto es, a la ética basada en historias que nos brindan los casos concretos. Sin embargo, disiento de Frings cuando supone que no necesitamos una jerarquía de principios éticos, relativamente independiente a la dimensión contextual (la “normative ethics”). Porque, ¿qué pasa si las tres dimensiones que ella resaltaba entran en conflicto? Los ejemplos que Frings trae a colación en su texto tienen siempre un “final feliz”, en el sentido que las partes llegan a un común acuerdo, pero ese, huelga decirlo, no es siempre el caso. Si bien no me voy a extender más aquí, para mí la dimensión de la autonomía del paciente tiene prioridad sobre las restantes consideraciones, tanto las del médico como las de los allegados, y ese es el pilar de toda teoría normativa.

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La eutanasia en Bélgica (cuarta parte)

Hoy voy a continuar con la reseña del libro editado por T. Devos sobre la eutanasia en Bélgica, pasando revista a un artículo más.

El escrito de Rivka Karplus lleva el título: “People facing the question of euthanasia: patients, family and friends, healthcare workers” (o sea: “La gente que enfrenta la cuestión de la eutanasia: pacientes, familia y amigos, trabajadores de la salud”).

Karplus es una médica especializada tanto en medicina interna como en enfermedades contagiosas, entre ellas el sida. Su experiencia plurianual con pacientes en el lecho mortuorio le ha enseñado que tan importante como el dolor en sus distintas manifestaciones (desde el dolor físico hasta el sufrimiento psicológico) es la sensación de impotencia o de pérdida de control sobre la existencia a que los sume la enfermedad incurable a los pacientes, pero no solo a ellos: también a los médicos y a los familiares y amigos que les están cerca.

Es por esta razón que Karplus muestra cierta comprensión por la opción por la eutanasia: el recurso a la práctica eutanásica es una manera de empoderarse de la enfermedad, una forma de volver a tomar las riendas del destino. El paciente que opta por la muerte voluntaria y que llega a tener el frasquito con el barbitúrico al alcance de su mando en la mesita de luz es un paciente que se planta ante la enfermedad y la muerte y les dice: “Ustedes me están llevando inmisericordemente de este mundo, pero vean que yo soy quien, en última instancia, va a determinar el cómo y el cuándo de mi muerte”.

Dicho sea de paso, esto me recuerda un cuento de Leopoldo Lugones, “La lluvia de fuego”. En esa historia, el protagonista sabe que va a morir, incluso que va a morir en las próximas horas, porque una lluvia de fuego está devastando todo el mundo y probablemente él ya sea uno de los últimos sobrevivientes, si no el último. Esa situación le genera una gran angustia, angustia que se incrementa hasta que da con un recipiente que contiene un veneno letal. (No recuerdo si lo dice en el texto, pero podría ser cianuro de potasio, la sustancia con la que algunos años después de la escritura del cuento el mismo Lugones se quitaría la vida.) En ese momento, el protagonista razona: “No pudiendo huir, la muerte me esperaba; pero con el veneno aquel, la muerte me pertenecía”.

En síntesis, Karplus se empeña por comprender a todos los que están a favor de la eutanasia: pacientes; personas cercanas a los pacientes y que los apoyan en esa decisión; e incluso médicos que practican el acto eutanásico, ya que para muchos profesionales es una fuente de frustración el ver que “ya no pueden hacer nada más por curar a tal o cual paciente” que siguen y ahora, al menos, pueden “hacer algo”: ayudarlo a morir en sus propios términos.

Por supuesto que, más allá de esta comprensión, la posición de Karplus apunta en otra dirección: para ella la mejor manera de plantarse ante la enfermedad y la muerte es la medicina paliativa o, mejor, la asistencia en el sentido más amplio del término, que incluye no solamente el hacer experto del profesional de la salud, sino incluso el cuidado más simple que puede ofrecerle un allegado al paciente, por ejemplo, la acción, aparentemente sencilla, de acompañar un par de minutos al moribundo.

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Diario de la pandemia (26 de mayo)

Me resulta extraño seguir escribiendo semanalmente sobre la pandemia cuando a mi alrededor todo el mundo ha vuelvo a vivir… ¡como si nunca hubiese habido ninguna crisis sanitaria o, mejor dicho, como si el virus no siguiera estando entre nosotros! Tal vez el buen tiempo contribuya a este “olvido colectivo”: las temperaturas, ya veraniegas, nos hacen pensar en el fin de semana o en las vacaciones de agosto, no en el confinamiento que pasamos el invierno pasado.

A decir verdad, algunas medidas siguen vigentes, como la prohibición de circular por la noche. Pero lo cierto es que la veda se redujo a un par de horas pasada la medianoche. Hasta esa hora, por ejemplo, el tráfico acá en la zona céntrica de Atenas volvió a la normalidad, y con todos los inconvenientes que tiene la normalidad vial: contaminación, ruido, accidentes…

¿Pero acaso no es buena esta vuelta a la normalidad? ¿No es tal vez el signo más claro de la afirmación de la vida y la muestra más contundente de la capacidad de supervivencia de nuestra especie? Sí, por qué negarlo; una vez que pasan los negros nubarrones de la historia –pandemias, terremotos, guerras– la humanidad sale de su escondrijo y renace, no importa cuán malparada la haya dejado la tormenta.

De todos modos, ¿cómo podemos separar una legítima expresión de entusiasmo colectivo de una acción imprudente? Doy un ejemplo, para que quede más claro lo que quiero decir. El domingo fui con mi familia a una playa de Ática, a una horita de Atenas. ¡Estaba llena! Pero llena, lo que se dice llena: uno al lado de otro, como en los viejos tiempos. ¿Alguien se molestó porque no se respetaba la distancia mínima de al menos dos metros entre grupo familiar y grupo familiar? Nadie. ¿Controles policiales? Para qué.

Esto lo digo porque la verdad es que los números que publica el Ministerio de la Salud diariamente deberían sugerirnos un poco más de precaución. Por ejemplo, ayer el número de contagios estuvo por encima de los dos mil. Claro que ya es la mitad de lo que teníamos en las semanas más críticas, pero no es un número despreciable para Grecia. También ayer tuvimos más de cincuenta muertos y casi que podría escribir lo mismo: en los peores momentos llegamos contabilizar el doble, pero cincuenta no es una cifra menor. El número de intubados en terapia intensiva ronda los 550, con lo cual se sigue observando una tendencia al descenso, pero acá sumamente lenta.

Respecto a la campaña de vacunación puedo afirmar que va por la buena senda, aunque aún falta un largo tirón para lograr la famosa inmunidad del rebaño. Lo alentador para mí es ver que en los distintos grupos en que me muevo (de amigos, conocidos, colegas, familiares) ya casi todos empiezan a estar vacunados, al menos con una dosis. Algunos se han puesto incluso la vacuna de Johnson y Johnson, que solo requiere un solo pinchazo.

Pero no en todos los sectores sociales se repite el mismo fenómeno. Por ejemplo, hay ciudades con más antivacunas –o, simplemente, con más personas que no se quieren molestar en ir a vacunarse– que en otras. Acá en Atenas la demanda es mayor que la oferta, de modo que si uno se decide hoy por la vacuna, le van a dar un turno de acá a un par de semanas, en el mejor de los casos. Pero en Tesalónica, en cambio, sobran las vacunas. De hecho, conozco el caso de varios residentes de Atenas que fueron al interior para vacunarse porque allí les daban turno el día que ellos deseaban.

Yo ayer terminé de dar un seminario en línea. En principio, mi idea es repetir el curso a partir de setiembre, cuando acá reinicie el año lectivo. Los participantes me preguntaron qué modalidad voy a usar y mi respuesta fue una de esas respuestas a la que nos acostumbramos en este largo año y medio que pasó: “Bueno, en el peor de los casos retomaremos las clases por Zoom, y si todo va bien, habrá dos modalidades, la virtual y, para los que lo deseen, otra presencial.”

En otras palabras: la modalidad a distancia o virtual o en línea, es algo que ha llegado para quedarse. De ahora en más creo que seguiremos utilizando las posibilidades que abre el teletrabajo, la educación a distancia, etc. Pero, por otro lado, nadie puede decir a ciencia cierta cómo van a estar los tantos después del verano. ¿Habrá una cuarta ola en países como Grecia? Depende. Depende de cuántos estén vacunados hasta esa fecha, depende de cuánto nos cuidemos durante el verano, depende de si ingresan y se difunden nuevas variantes del virus, etc.

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La eutanasia en Bélgica (tercera parte)

En esta tercera entrega voy a pasar revista al ensayo de An Haekens, “Euthanasia for unbearable psychological suffering”, esto es: “Eutanasia para el sufrimiento psicológico insoportable”.

Haekens, una psiquiatra dedicada al tratamiento de patologías severas en un hospital belga, comienza señalando un punto importante. Cuando la ley se aprobó en 2002, se establecieron dos requisitos fundamentales, a saber: que el paciente que solicita la eutanasia debe padecer un dolor insoportable y que, asimismo, ese dolor debe provenir de una enfermedad incurable. Entonces se tenía in mente los casos que más convocaban la atención, entre ellos, los de pacientes oncológicos en estado terminal.

Ahora bien, con el correr de los años un nuevo grupo de enfermos comenzó a solicitar ayuda para morir, un grupo que también podía alegar “sufrimientos intolerables” y causados por una “enfermedad intratable”, aunque no estuviesen en la fase terminal ni su enfermedad fuese –estrictamente hablando– corporal: los pacientes psiquiátricos.

Notemos de pasada que la ley belga ha sido redactada de una manera tal que permite la “flexibilidad” que observamos en su interpretación y posterior implementación.

La autora presenta dos argumentos interesantes. Según el primero, en psiquiatría es muy difícil hablar de enfermedades incurables o, si se quiere, de trastornos intratables. Desde un punto de vista estrictamente psiquiátrico, afirma Haenkens, no puede atribuirse la incurabilidad a ninguna patología mental.

El segundo argumento, que está estrechamente relacionado con el primero, indica que es imposible en psiquiatría determinar cuándo un sufrimiento es insoportable o intolerable, al punto de que esa determinación valga para aprobar la solicitud de eutanasia. Si ya es difícil determinar el componente subjetivo en enfermedades físicas o corporales bastante bien estudiadas como el cáncer, es prácticamente imposible, concluye la autora, establecer criterios objetivos claros en el ámbito de la enfermedad mental.

La conclusión de la autora –justo es señalarlo– no se sigue estrictamente de los dos aspectos que resaltaba. Para ella, lo que una sociedad moderna como la belga necesita en el caso de los pacientes psiquiátricos graves y difícilmente tratables no es el recurso a la eutanasia, sino una mayor y mejor oferta de medicina mental. Si hubiese más financiamiento, más investigación, más recursos materiales e inmateriales, más personal, más debate publico sobre la problemática, etc., entonces la eutanasia dejaría de ser vista como una alternativa “deseable”.

Me voy a limitar a un par de observaciones. Por un lado, los dos argumentos que presenta Haenkens me parecen dignos de atención. La inclusión de las enfermedades mentales dentro de la lista de padecimientos posibles para solicitar la eutanasia es algo relativamente nuevo (algo similar está ocurriendo en Canadá), y justamente en virtud de esa novedad necesitamos examinar estos casos con más detenimiento.

Por otro lado, pienso que es posible establecer criterios sólidos e intersubjetivos que establezcan (a) cuándo una enfermedad psiquiátrica es, si no intratable, al menos muy difícilmente tratable y (b) cuándo los sufrimientos del paciente se aproximan al grado de intolerabilidad que normalmente les exigimos a las otras enfermedades.

No tengo problemas en admitir que determinar el dolor físico nos parece algo más factible que valorar el sufrimiento mental. Si hoy me resbalo y me doy un buen porrazo en las piernas, es comprensible que el dolor que vaya a sentir mañana en las extremidades sea tal que no me deje levantarme de la cama. Pero creo que, dado el caso, también podemos llegar a establecer cuándo una nueva “caída”, esto es, un nuevo fracaso en un paciente con trastornos mentales le vaya a causar un sufrimiento tal que tampoco le permita, literalmente, “dejar de cama”. La dificultad inicial en este segundo caso puede ser remediada con un buen análisis interdisciplinario.

En conclusión, este artículo tiene el mérito de evidenciar algunas debilidades, tanto normativas como conceptuales, del recurso a la eutanasia; se trata de aspectos que tienen que ser, sin duda, ahondados y corregidos, pero en ningún caso erosionan completamente la base filosófica de la “muerte voluntaria”.

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La eutanasia en Bélgica (segunda parte)

En esta serie de comentarios al nuevo libro sobre la eutanasia en Bélgica (vean la primera entrada para más información), hoy quisiera decir unas palabras sobre los dos ensayos siguientes.

(1) Catherine Dopchie es oncóloga y posee una sólida experiencia en el seguimiento y tratamiento de pacientes terminales. En tanto objetora de conciencia, les explica a los enfermos que recurren a ella que no está dispuesta a, eventualmente, practicarles la eutanasia, pero sí a acompañarlos hasta el fin de sus días dentro de los márgenes que establece la medicina paliativa.

Si bien no lo expresa en estos términos, uno podría decir que para la autora la eutanasia se vuelve un recurso totalmente prescindible desde el momento en que existe una mejor oferta de cuidados paliativos, con un personal sobre todo entregado en cuerpo y alma a acompañar al moribundo. De hecho, su ensayo consiste fundamentalmente en la descripción de un puñado de casos “exitosos” en los que ella y sus colegas han asistido a los pacientes terminales con total dedicación, otorgándoles una gran calidad de vida a los días finales.

Dopchie ha vivido la legalización de la eutanasia en Bélgica como una afrenta personal y profesional. En sus palabras, la práctica eutanásica ha degradado la medicina y convertido al médico en un instrumento, un instrumento para la satisfacción del deseo del paciente que ya no quiere vivir más. De allí el título de su contribución, “The doctor turned into an instrument” (“El médico convertido en instrumento”).

El tono humanista del ensayo de Dopchie, que por momentos deja entrever un optimismo para mi gusto algo ingenuo, me motiva el mismo tipo de reflexión que ya hacía en el post anterior. ¡Ojalá existieran más profesionales de la salud como los pinta la autora, pero aún así creo que el problema de la eutanasia no desaparecería! Además, si ni siquiera los belgas están conformes con su oferta de medicina paliativa, que es una de las mejores del mundo, ¿qué nos queda esperar del resto de las sociedades?

(2) El otro ensayo al que quiero referirme es el de Willem Lemmens, “When conscience wavers. Some reflexions on the normalization of eutanasia in Belgium” (“Cuando la conciencia remuerde. Algunas reflexiones sobre la normalización de la eutanasia en Bélgica”).

Lemmens, profesor de filosofía, intenta esbozar una reflexión de corte más bien antropológico. Para él, la eutanasia es indefectiblemente una transgresión, esto es, acto que va más allá de las fronteras de lo acostumbrado y lo natural. La cuestión fundamental, en su opinión, es que este acto se ha normalizado e incluso trivializado en la sociedad belga. Todos los sectores a favor de la eutanasia, desde los jueces hasta los médicos, desde los legisladores hasta los periodistas, habrían contribuido a esta “normalización de la eutanasia”, un fenómeno cultural lamentable –sostiene–, ya que “en tanto acto trasgresor, la eutanasia debería seguir siempre siendo controversial y, en lo posible, remorder la conciencia del médico y, por extensión, de la sociedad toda” (pág. 36). La reflexión que me motiva el ensayo de Lemmens es la siguiente. Por un lado, yo también estoy de acuerdo con que las decisiones médicas existenciales que tomamos no deberían nunca trivializarse. Practicar la eutanasia no tiene que convertirse en algo cotidiano y banal. Sin embargo, en toda sociedad es posible notar que ciertos actos que comienzan siendo vistos como transgresiones, tarde o temprano pierden ese carácter, y no necesariamente para mal. Por ejemplo, en sus inicios el trasplante de órganos también era una transgresión, y hoy se ha vuelto una práctica en cierto sentido rutinaria. Personalmente, no deseo que la eutanasia voluntaria, en cualquiera de sus formas, se vuelva un acto irrelevante y cotidiano, pero tampoco deseo que alguien me obligue a vivir en una “normalidad” que no comparto. La exhortación de Lemmens vale como la luz amarilla de un semáforo: “Atención”, y no como la luz roja, la imposibilidad de seguir adelante.

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La eutanasia en Bélgica (primera parte)

Bélgica ha sido uno de los primeros países en legalizar la eutanasia voluntaria. De hecho, la legalización belga ocurrió en 2002, tan solo unos meses después de la neerlandesa. Pero mientras que en el ámbito hispanohablante se habla mucho de los Países Bajos, no se escucha tanto de la situación en el país vecino.

La ley belga que regula las prácticas eutanásicas ha sido desde su entrada en vigor bastante flexible; ello permitió, por ejemplo, que en 2014 se introdujera una modificación gracias a la cual incluso los niños menores de 12 años pueden solicitar la eutanasia, en caso de reunir los requisitos especificados por la normativa. Igualmente, la condición de “sufrimiento intolerable”, sea físico o mental, se extendió no solo a aquellos que padecen enfermedades corporales, tales como el cáncer o la esclerosis lateral amiotrófica, sino también a los pacientes psiquiátricos con trastornos severos e incurables.

Por lo que tengo entendido, el proceso de discusión, aprobación e implementación de la ley fue mucho menos polémico en Bélgica que en otras latitudes. Al menos para quienes, como yo, la vemos desde fuera, la belga parece ser una sociedad pluralista, dispuesta a aceptar distintas formas de vida (y de muerte) entre sus ciudadanos, mientras no se altere la convivencia.

De todos modos, tolerancia no es sinónimo de indiferencia; en efecto, en Bélgica hay un sector importante de la población que se opone a la eutanasia. Dentro de ese sector, hay un buen número de enfermeros, médicos de todas las especialidades, terapeutas, bioéticos, etc., empeñado en mostrar que hay alternativas preferibles a la muerte voluntaria.

Recientemente, la editorial Springer a puesto a disposición de todo interesado el libro Eutanasia: en busca de la historia completa. Experiencias y reflexiones de los doctores y enfermeros belgas, editado por Timothy Devos.

El original fue publicado en francés en 2019, mientras que la traducción al inglés apareció este año. Aquí les indico el enlace para descargar el PDF: Euthanasia. Experiences and Insights of Belgian Doctors and Nurses.

A partir de ahora voy a publicar una serie de entradas en este blog comentando los principales ensayos contenidos en el libro.

Hoy me voy a concentrar en el primero de los ensayos, el de Eric Vermeer, cuyo título es “The slippery slope syndrome”, algo que podríamos traducir como “El síndrome del desliz moral”. Justamente, el objetivo del autor es señalar críticamente el hecho de que la práctica eutanásica se ha “trivializado” o “banalizado” en Bélgica. La eutanasia, que probablemente hace tan solo unas cuatro o cinco décadas, era un tabú, pasó en los últimos años a ubicarse en el extremo opuesto, al punto de volverse una realidad cotidiana como cualquier otra. Vermeer, un profesional de la salud polifacético (es enfermero, terapeuta, asesor en cuestiones de bioética, etc.) no solo se ha opuesto a la ley belga de fin de vida, sino que activamente busca señalarle a los pacientes las diversas alternativas con que cuentan en su estadio final. Armado de numerosos ejemplos tomados de su labor cotidiana, argumenta que la opción por la eutanasia nunca es fácil y que muchas veces detrás de ella se esconden no la autonomía y la dignidad, sino por el contrario la falta de autoestima, la soledad, la impotencia, cuando no la indiferencia de los familiares del moribundo.

Quisiera hacer dos comentarios al artículo de Vermeer. En primer lugar, no puedo sino expresar mi admiración a todos aquellos profesionales de la salud que, con su tiempo, con su dedicación, con su entrega y con su profesionalismo y humanidad a la vez, hacen lo posible para que los pacientes terminales a su cargo se encuentren mejor. Para un enfermo, a veces el simple hecho de saber que puede contar con un enfermero o con un médico, puede marcar la diferencia entre un estado anímico y otro, entre el día y la noche del alma. Ojalá nuestros hospitales, nuestras clínicas, nuestros consultorios, nuestros asilos e incluso nuestros propios hogares fuesen más humanos y cálidos; ojalá en todos estos lados la consideración, el respeto y, por qué no, incluso el amor fueran las cualidades que permearan las relaciones de los enfermos y los profesionales de la salud.

Sin embargo, y pasando al segundo punto, pienso que incluso en un ambiente ideal, utópico diría, como el que acabo de señalar inspirado en Vermeer, la cuestión de la eutanasia no se resolvería. Porque así como hay pacientes que cuando encuentran calor humano cambian su manera de ver la vida y la muerte, hay también otros que no lo hacen. Hay muchas historias de pacientes, que el autor no considera en su ensayo, que muestran que un moribundo puede sentirse comprendido y contenido no solamente por sus médicos, sino por toda su familia y por los amigos que le quedan, y que, no obstante, opta con íntimo convencimiento por ponerle un punto final al estado deplorable que se encuentran. Por eso sigo pensando que la muerte voluntaria debe ser una de las alternativas viables para todo enfermo capaz.

Además, no olvidemos que la realidad de los hospitales, en Bélgica y en todo el mundo, dista mucho de la que Vermeer nos pinta, seguramente de buena fe. Repito: ojalá las cosas fueran como el autor desea, pero la realidad es bastante más cruda. Ser amoroso y predicar el amor son tal vez las mejores cualidades para un ser humano, pero ni lo uno ni lo otro puede hacer frente a la realidad hospitalaria actual. Necesitamos leyes “pragmáticas” que respondan a nuestras realidades tal como son. Y la ley belga, aun cuando sea mejorable, da una respuesta a una situación que, de otro modo, sería mucho peor.

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