José Ortega y Gasset y la invertebración actual

(1) Hace exactamente cien años atrás, José Ortega y Gasset redactaba las notas finales que unos meses más tarde, ya en 1922, se publicarían en el volumen España invertebrada, uno de los títulos más celebrados del filósofo español. Releer a un siglo de distancia ese libro que apenas supera las cien páginas es una experiencia aleccionadora, porque evidencia, a la vez, las fortalezas y las debilidades del pensamiento orteguiano.

Proponerse capturar en unas pocas páginas la naturaleza de la decadencia española –vivida por entonces muy intensamente, a menos de una generación de distancia del fatídico año que fue para la Península aquel 1898–, es ya todo un tour de force, no exento de serios peligros. Este rasgo se acentúa cuando el lector toma conciencia de que el diagnóstico presentado bien podría extenderse las restantes sociedades europeas, aquejadas aparentemente de la misma enfermedad, solo que en un estadio diferente de su desarrollo.

Diga lo que se diga, yo creo que Ortega es un notable ensayista. El estilo podrá resultarnos por momentos algo empalagoso o afectado, pero es casi siempre claro, vigoroso y dinámico. Ortega nunca aburre, porque en el momento en que empieza a repetirse o que decae el ritmo de su exposición, nos presenta de golpe una tesis inesperada, polémica, muchas veces iluminadora. Este es para mí el principal mérito del filósofo español, el no dejarnos adormecer, el instarnos permanentemente a repensar nuestros supuestos, uno tras otro.

Uno puede discutir mucho acerca del valor o la vigencia de las principales tesis filosóficas de Ortega, pero la lectura de sus libros, el acercarse a su pensamiento, es algo ya de por sí valioso. Y a pesar de que se había propuesto asimilar todo el saber filosófico de su época, en sus páginas eruditas no hay ningún rasgo de oscuridad y menos aún de altanería.

El lector de nuestros días de España invertebrada difícilmente pueda sustraerse a la extraña sensación que genera la actualidad del texto. Allí se discuten cuestiones tan candentes como el separatismo catalán y vasco, la necesidad de ahondar en el proyecto europeo, el riesgo del populismo –tanto de izquierda como de derecha–, la falta no solamente de grandes estadistas, sino también –y sobre todo– de ciudadanos que sepan reconocerlos y acompañarlos, la desorientación y desmotivación de la juventud, etc.

(2) El libro de Ortega se divide en dos grandes partes y cada una de esas secciones contiene un manojo de ensayos relativamente breves. La primera parte se titula “Particularismo y acción directa”, mientras que la segunda lleva por encabezamiento: “La ausencia de los mejores”. En las líneas que siguen voy a resumir las principales ideas, siguiendo en lo posible el orden expositivo del autor. En lo posible voy a dejar de lado todas las consideraciones que atañen específicamente a España, esto es, a la historia y la idiosincrasia españolas, para concentrarme en las tesis de mayor generalidad y, supongo, de mayor interés actual.

El punto de partida de España invertebrada es esta afirmación de corte antropológico: el crecimiento de una sociedad, la consolidación de una nación no es solamente una cuestión de fuerza o, si se quiere, de poderío militar, sino que se debe, fundamentalmente, a la capacidad de generar un proyecto histórico y social que convoque e integre a los individuos. Por el contrario, la decadencia de una sociedad, que se traduce concretamente en el desmembramiento social y territorial de la nación, tiene su origen en la falta o el agotamiento de un ideal colectivo.

Esto no significa desconocer la fuerza e incluso la brutalidad de que se han servido las sociedades a lo largo de su surgimiento y expansión. El Imperio romano y el Imperio español no hubiesen sido posibles sin la potencia militar que los respaldó. Sin embargo, tanto uno como otro supieron, al menos en sus momentos de auge, formular un proyecto colectivo que galvanizó y encauzó la voluntad y la inteligencia de millones de individuos.

Si esto es cierto, entonces fenómenos como el separatismo vasco o el nacionalismo catalán (nosotros hoy podríamos continuar esta lista con otros ejemplos dentro y fuera de España, por ejemplo, mencionando el separatismo gallego y el escocés), se deben principalmente a la decadencia de los respectivos proyectos nacionales. Cuando un miembro quiere abandonar el cuerpo social que hasta entonces lo ha cobijado es porque ese cuerpo ha perdido no tanto su capacidad de mando cuanto su vitalidad: lo que falta ahora no es puño, sino motivación. La integración social requiere sin duda de músculos, pero mucho más de ideales.

Llegamos así a lo que para Ortega es el gran problema de nuestro tiempo: el particularismo, concepto que el autor va a extender a todas las dimensiones sociales. En otros término: particularismo no es solamente el fenómeno de desintegración nacional o territorial, sino asimismo el proceso de desmembramiento y atomización social general. La segmentación de la sociedad en clases antagónicas: proletariado, burguesía, ejército, etc., es otra de las manifestaciones del particularismo, tal vez más peligrosa que su vertiente nacionalista. Al faltar un proyecto colectivo que los aglutine, cada sector social se separa del resto y se cierra sobre sí mismo: aquí están los obreros, allá la clase media, más allá los militares, por allá los intelectuales, y cada segmento requiere la exclusividad, incluso a costa de los restantes.

La fragmentación del cuerpo social en regiones y clases lleva entonces a una atomización en la que cada “mónada” se vuelve incapaz de comunicarse plenamente con las otras. Pero el problema no es tan solo esa incomunicación, sino el hecho de que cada uno de esos grupos recurre a lo que Ortega llama la acción directa, una suerte de espontaneísmo miope. De esta suerte, la burguesía lucha y lucha solo por sus intereses mezquinos, el proletariado lucha y lo hace en función de intereses igualmente particulares, y así sucesivamente, en una lista que puede irse ampliando a medida que más y más miembros se desintegran del sistema social. En ausencia de ideales, cada cual pretende ahora mismo la satisfacción de sus necesidades exclusivas.

(3) Como señalaba más arriba, la segunda parte es “La ausencia de los mejores”. Aquí Ortega se propone analizar el significado que esconde el tópico según el cual “en la actualidad, ya no hay grandes hombres”. (Una confesión entre paréntesis: desde la crisis financiera iniciada en 2008 y su impacto en la Unión Europea a raíz de la inestabilidad de los países mediterráneos, entiéndase Grecia y cía., hasta la actual pandemia del coronavirus, uno de los suspiros que más escucho es justamente ese, “Hoy faltan líderes”.)

A este respecto, Ortega hace una jugada inesperada. En primer lugar, sostiene que el clisé en cuestión es totalmente infundado. Para él, hoy sí hay grandes hombres, hombres que son incluso más educados, más íntegros, más inteligentes que los “grandes hombres” que normalmente integran el panteón de los héroes españoles y europeos del siglo XIX. Ni es cierto que en el pasado haya habido abundancia de hombres eximios, ni es correcto que nuestro presente carezca de figuras de talla.

El punto está, para Ortega, en la otra cara de la moneda: hoy no faltan líderes, lo que falta es una ciudadanía dispuesta a reconocerlos, a aceptarlos y a seguirlos. El problema no es la ausencia de los mejores, sino la falta de correspondencia: del otro lado, no hay una masa social que permita y promueva el liderazgo. La masa se ha cerrado sobre sí misma y solo hace y piensa lo que se le antoja.

El lector que conozca a Ortega bien notará que acá lo que está haciendo es poner la piedra basal sobre la cual levantará luego el edificio teórico que aparecerá unos años más tarde en La rebelión de las masas. Pero para quienes no hayan leído este último libro, quisiera decir dos o tres palabras para aclarar los principales conceptos que están por detrás de la afirmación orteguiana.

Una nota al margen: mientras estaba pensando en cómo redactar este post, se me ocurrió que parte del problema está en la palabrita –o en la palabrota, depende de cómo se la mire– masa. No puedo juzgar cómo era la situación lingüística hace cien años, pero hoy este término tiene una inevitable connotación negativa, al menos en español. Por ejemplo, traducimos la locución inglesa “mass media” como “medios de comunicación masiva”, porque el adjetivo “masivo” parece menos urticante. Es por esta razón por la que voy a intentar reemplazar el término orteguiano por una expresión neutra: “conjunto de ciudadanos”.

Retomo, entonces, la idea central. Para Ortega, la gran enfermedad de nuestro tiempo, que aquejó severamente a España a comienzos del siglo XX pero que hoy se ha diseminado por todo el Occidente, es que el conjunto de la ciudadanía o, mejor, los diversos conjuntos de ciudadanos agrupados cada uno de ellos en clases sociales y en grupos territoriales particulares, han perdido la capacidad y la predisposición de reconocer y aceptar la superioridad, la excelencia, en cualquier terreno. Y al decir así, Ortega no solamente se refiere al ámbito político, sino también, y sobre todo, a los restantes espacios: las artes, la ciencia, la educación, etc.

Quisiera ser preciso para evitar malentendidos que desvirtúen el pensamiento de Ortega. No es que él se oponga a la democracia, lo suyo no es sensu stricto un rechazo al sistema democrático como forma de gobierno, sino la afirmación de que en nuestra época la gente ha perdido la capacidad de descubrir y ensalzar a aquellos individuos que poseen excelencias de todo tipo. La aristocracia a la que hace referencia Ortega es más bien una aristocracia del espíritu que un sistema político basado en la nobleza.

Creo que la carta más fuerte que tiene Ortega para jugar a favor de su apuesta es esta. La naturaleza de la sociedad, de toda sociedad, incluso de las sociedades prehistóricas y, en cierto modo, preestatales, radica en el mecanismo psicológico esencial mediante el cual una persona se destaca por algún motivo de sus pares y estos pasan a admirar y a reconocer la superioridad de aquel. Si, por ejemplo, en una comunidad de cazadores primitivos un individuo se destacaba en el uso de las armas, ese se volvía naturalmente el líder, porque el resto sabía reconocer esa excelencia y someterse a ese liderazgo. En el Renacimiento, el aprendiz buscaba a los mejores maestros y, reconociendo la superioridad artística de estos, se sometía a su guía como condición para volverse él mismo, llegado el momento, también maestro.

La dinámica antropológica esencial que ha hecho que, desde la época de las cavernas, un hombre se juntara con otro, no ha sido, según Ortega, el cálculo utilitarista (“nos conviene estar juntos”) ni el sometimiento por la fuerza (la famosa “dominación”), sino el juego recíproco entre el individuo que se destaca y pone a disposición sus capacidades superiores y la masa restante que lo reconoce y lo sigue. En sus propias palabras: “Una sociedad sin aristocracia, sin minoría egregia, no es una sociedad”.

En este punto, Ortega se identifica plenamente con Nietzsche. Para ambos, la decadencia europea ha entrado en su fase más crítica con el surgimiento del “progresismo” del siglo XVIII en adelante, no importa si de derecha o de izquierda. Tanto el ideal conservador de la burguesía como la utopía revolucionaria del proletariado han terminado mellando el mecanismo más importante de la sociabilidad humana, para caer acto seguido en una medianía, en el famoso “anything goes” actual, en el “yo no acepto superiores” y “a mí nadie me va a venir a enseñar cómo tengo que pensar ni qué tengo que hacer”.

Básicamente, acá termina el libro de Ortega. Su diagnóstico de nuestro tiempo es bastante sombrío, no solamente porque la ciudadanía, al rechazar a los mejores, se condena a sí misma a vagar en la mediocridad, sino porque no hay manera de salir de este encierro. Las exhortaciones, por bienintencionadas que sean, no hacen más que enardecer a la masa y hundirla más en su trampa. Solo resta aguardar que ella misma “toque fondo” para poder salir por sus propias fuerzas, vaya uno a saber cuándo.

Permítanme concluir de esta manera: acá no me interesa analizar cuánto de acuerdo estoy o en desacuerdo con Ortega. Lo que sí me ha parecido importante es darle la palabra, dejar que nos vuelva a decir lo que piensa, por más que hiera nuestra susceptibilidad. Aunque terminemos rechazando totalmente la postura orteguiana, lo central es que sepamos cabalmente por qué razones vamos a oponernos a él, sin andar escurriéndonos detrás de los escudos de lo políticamente correcto.

Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher based in Athens, Greece.
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