La eutanasia en Bélgica (tercera parte)

En esta tercera entrega voy a pasar revista al ensayo de An Haekens, “Euthanasia for unbearable psychological suffering”, esto es: “Eutanasia para el sufrimiento psicológico insoportable”.

Haekens, una psiquiatra dedicada al tratamiento de patologías severas en un hospital belga, comienza señalando un punto importante. Cuando la ley se aprobó en 2002, se establecieron dos requisitos fundamentales, a saber: que el paciente que solicita la eutanasia debe padecer un dolor insoportable y que, asimismo, ese dolor debe provenir de una enfermedad incurable. Entonces se tenía in mente los casos que más convocaban la atención, entre ellos, los de pacientes oncológicos en estado terminal.

Ahora bien, con el correr de los años un nuevo grupo de enfermos comenzó a solicitar ayuda para morir, un grupo que también podía alegar “sufrimientos intolerables” y causados por una “enfermedad intratable”, aunque no estuviesen en la fase terminal ni su enfermedad fuese –estrictamente hablando– corporal: los pacientes psiquiátricos.

Notemos de pasada que la ley belga ha sido redactada de una manera tal que permite la “flexibilidad” que observamos en su interpretación y posterior implementación.

La autora presenta dos argumentos interesantes. Según el primero, en psiquiatría es muy difícil hablar de enfermedades incurables o, si se quiere, de trastornos intratables. Desde un punto de vista estrictamente psiquiátrico, afirma Haenkens, no puede atribuirse la incurabilidad a ninguna patología mental.

El segundo argumento, que está estrechamente relacionado con el primero, indica que es imposible en psiquiatría determinar cuándo un sufrimiento es insoportable o intolerable, al punto de que esa determinación valga para aprobar la solicitud de eutanasia. Si ya es difícil determinar el componente subjetivo en enfermedades físicas o corporales bastante bien estudiadas como el cáncer, es prácticamente imposible, concluye la autora, establecer criterios objetivos claros en el ámbito de la enfermedad mental.

La conclusión de la autora –justo es señalarlo– no se sigue estrictamente de los dos aspectos que resaltaba. Para ella, lo que una sociedad moderna como la belga necesita en el caso de los pacientes psiquiátricos graves y difícilmente tratables no es el recurso a la eutanasia, sino una mayor y mejor oferta de medicina mental. Si hubiese más financiamiento, más investigación, más recursos materiales e inmateriales, más personal, más debate publico sobre la problemática, etc., entonces la eutanasia dejaría de ser vista como una alternativa “deseable”.

Me voy a limitar a un par de observaciones. Por un lado, los dos argumentos que presenta Haenkens me parecen dignos de atención. La inclusión de las enfermedades mentales dentro de la lista de padecimientos posibles para solicitar la eutanasia es algo relativamente nuevo (algo similar está ocurriendo en Canadá), y justamente en virtud de esa novedad necesitamos examinar estos casos con más detenimiento.

Por otro lado, pienso que es posible establecer criterios sólidos e intersubjetivos que establezcan (a) cuándo una enfermedad psiquiátrica es, si no intratable, al menos muy difícilmente tratable y (b) cuándo los sufrimientos del paciente se aproximan al grado de intolerabilidad que normalmente les exigimos a las otras enfermedades.

No tengo problemas en admitir que determinar el dolor físico nos parece algo más factible que valorar el sufrimiento mental. Si hoy me resbalo y me doy un buen porrazo en las piernas, es comprensible que el dolor que vaya a sentir mañana en las extremidades sea tal que no me deje levantarme de la cama. Pero creo que, dado el caso, también podemos llegar a establecer cuándo una nueva “caída”, esto es, un nuevo fracaso en un paciente con trastornos mentales le vaya a causar un sufrimiento tal que tampoco le permita, literalmente, “dejar de cama”. La dificultad inicial en este segundo caso puede ser remediada con un buen análisis interdisciplinario.

En conclusión, este artículo tiene el mérito de evidenciar algunas debilidades, tanto normativas como conceptuales, del recurso a la eutanasia; se trata de aspectos que tienen que ser, sin duda, ahondados y corregidos, pero en ningún caso erosionan completamente la base filosófica de la “muerte voluntaria”.

Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher based in Athens, Greece.
Esta entrada fue publicada en Ética aplicada, bioética, Filosofía de la medicina, Filosofía de la mente y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s