¿Es el VSED una alternativa a la eutanasia?

Hoy quiero presentar una modalidad de muerte voluntaria a la que pueden recurrir los enfermos graves e irrecuperables sin necesidad de utilizar sustancias farmacológicas de ningún tipo. Me refiero a lo que en inglés se conoce como voluntary stopping eating and drinking (o, por sus siglas, VSED), o sea, el dejar voluntariamente de comer y beber como un modo para acelerar la llegada de la muerte.

Esta técnica –que, por ejemplo, puede utilizar un paciente oncológico en estado terminal para poner fin de una vez a su padecimiento físico y psicológico – ha sido objeto de un amplio estudio escrito y publicado por Timothy E. Quill, Paul T. Menzel, Thaddeus M. Pope y Judith K. Schwarz, Voluntary stopping eating and drinking. A compassionate, widely available option for hastening death (Oxford University Press, 2021).

Aún no me he formado una idea definitiva de esta opción, por eso quisiera discutir con ustedes algunas de sus virtudes pero también de sus defectos.

Por lo pronto, el dejar de alimentarse e hidratarse parece la cosa más natural del mundo en un enfermo que está “en las últimas”, como se dice. Si el apetito es signo de salud y de deseo de seguir viviendo, la pérdida de las ganas de comer es un síntoma más de una vida que se va apagando lenta y naturalmente. ¿Quién no oyó decir de un moribundo: “ya no come, ya no habla, se pasa todo el día durmiendo…”, hasta que finalmente expira?

Ahora bien, es importante no confundir una cosa con otra. Concretamente: una cosa es la anorexia en tanto síntoma que acompaña o abrevia, junto con otros aspectos, la trayectoria natural de la agonía y la muerte de una persona ya muy enferma y debilitada, y otra cosa es este recurso, empleado sistemática y conscientemente, para poner uno mismo fin su vida, cuando otras modalidades más efectivas, como el suicidio farmacológicamente asistido, no estén disponible.

¿En qué consiste concretamente este método? Supongamos un caso típico, el de un paciente con cáncer ya en estado metastásico que comienza a tener complicaciones en todas las funciones vitales, aparte del dolor (por ejemplo, que ya no puede caminar a causa de fracturas en los huesos, que siente mareos frecuentes e intensos, etc.) y que no puede recurrir a la eutanasia ni al suicido farmacológicamente asistido. Bien, este paciente puede decidirse por el método en cuestión: dejar de comer y beber hasta que le sobrevenga la muerte.

Una vez que el paciente toma la decisión, aparecen dos etapas: la primera es la más difícil para el paciente mismo, la segunda para el personal médico y los allegados. Veamos.

La primera etapa es difícil para el paciente, porque la tentación de comer algo o de tomar aunque sea unos sorbos de agua puede llegar a ser irresistible. La clave está en la voluntad y la disciplina del enfermo. Si este persevera en su decisión, a partir del segundo día el deseo de comer desaparecerá casi totalmente, al tiempo que el enfermo entrará en un estado de calma y consunción. (El paciente pasa a un estado metabólico que se conoce como cetosis). Así pueden transcurrir las siguientes jornadas, hasta que el interesado, sobre todo a causa de la falta de agua, entra en un estado de delirio, lo que da inicio a la segunda etapa, quizá la más compleja.

En efecto, en esta segunda etapa el paciente puede empezar a delirar, y aquí es central la ayuda del personal médico y los familiares. Por un lado, puede ser necesario administrarle tranquilizantes si la excitación es importante, mientras que, por otro, no hay que caer por nada del mundo en la tentación de satisfacer su deseo de agua, por más que el enfermo lo pida insistentemente en su confusión mental. Así, el médico, el enfermero y los allegados se mantienen firmes en su compromiso de asistir al moribundo que había optado por poner fin a sus días.

Reitero, la asistencia paliativa es de cardinal importancia: tranquilizar al paciente y, sin ceder a sus reclamos delirantes, buscar paliar la sensación desagradable de sed y sequedad bucal, por ejemplo, hidratando los labios.

Superada esta segunda fase, que puede extenderse por algunos días, el paciente fallece tranquilamente, ya que la inanición y la deshidratación, superado cierto límite, sumen al enfermo en la quietud. (Se calcula que desde la decisión inicial del paciente hasta la expiración puede transcurrir un plazo de 10 días o, a lo sumo, de dos semanas completas.)

Es importante insistir en que la clave de este método reside en la fuerza de voluntad y la constancia, tanto del paciente al inicio como de los asistentes más tarde. Si alguien cede a la tentación, lo que sucede es, lamentablemente, la postergación de la llegada de la muerte, el acontecimiento tan deseado por el paciente en sus momentos de lucidez y autonomía. Unos sorbitos de agua pueden calmar momentáneamente al paciente, pero van a retrasar la muerte en días, con lo cual la agonía se extiende en vez de acortarse.

Como vemos, esta modalidad tiene ventajas y desventajas igualmente claras. Las ventajas tienen que ver con la naturalidad y la legalidad del recurso. Nos parece lo más lógico del mundo que un moribundo “se deje morir”, no comiendo ni bebiendo. Asimismo, este procedimiento no parece contravenir ningún tipo de ley. Si es necesario legalizar la muerte farmacológicamente asistida en las formas de suicidio y eutanasia, aquí el método de abstenerse de comer y beber en principio no plantea dificultades legales.

(Tal vez aquí pueda sonar banal lo que voy a decir, pero creo que no lo es tanto. Para un paciente en un país como Argentina, cuya legislación no contempla la eutanasia, procurarse un frasquito de barbitúrico para suicidarse, por ejemplo, de pentobarbital, puede ser un acto peligroso e ilegal, que termine comprometiendo luego a los familiares, amigos, etc. Además, para muchos pacientes argentinos puede tratarse de una opción costosa. Acá en Europa conseguir por internet los gramos necesarios de pentobarbital cuesta unos 600 euros, una cifra exorbitante en mi empobrecida patria.)

Las desventajas de la abstinencia de comida y bebida saltan a la vista: por una parte, la llegada de la muerte no se da en minutos como en el acto eutanásico “estándar”, sino en días; por otra, es necesaria la colaboración de los allegados y del personal médico, colaboración que implica un compromiso con la decisión original y autónoma del paciente. (Como veíamos más arriba, el ceder al reclamo del paciente ya en la fase de delirio puede retardar el proceso.)

Por esta razón, es importante que el paciente, en el momento de tomar su decisión informada y consciente, redacte las disposiciones anticipadas pertinentes, por caso: que no le den de comer ni beber en ningún momento, que no le practiquen reanimación cardíaca ni intubación en los momentos finales, etc.

Para los autores del estudio que citaba al comienzo, las ventajas superan a las dificultades de este método, y es por este motivo que lo presentan como una alternativa a la eutanasia: “El proceso [iniciado con la abstención de comida y bebida] puede ser un método relativamente pacífico y confortable para morir si está acompañado del apoyo paliativo adecuado”, dicen Quill y sus colegas.

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Reflexionar sobre la emergencia ambiental

Veo que en este blog que llamé “Notas de un diario filosófico” le he dado poco espacio a las cuestiones medioambientales. No es que no me interese el cuidado del medio ambiente ni que considere que ese ámbito no plantee importantes problemas de corte netamente filosófico, sino todo lo contrario. El punto es, simplemente, que otras cuestiones acapararon mi atención (la muerte asistida, el aborto, la pandemia de SARS-CoV-2). Pero es hora de que cambie de rumbo. El calentamiento global y sus consecuencias palpables, la degradación innecesaria y lastimosa del planeta Tierra, la pérdida de biodiversidad y de ambientes naturales irrecuperables, son algunos de los tópicos que más me preocupan últimamente.

Les confieso que, por un lado, me siento inerme ante los procesos globales que se están dando a la vista de todos; por otro, me urge hacer algo, aunque más no sea cambiar mi estilo de vida y contribuir a la discusión filosófica desde este modesto espacio virtual, por ejemplo.

¿A qué se debe mi inquietud actual? Seguramente, a muchas cosas, pero sobre todo a la perspectiva futura. Sinceramente (y conste que me considero una persona alegre y optimista), creo que los últimos años de mi vida, que espero sean muchos, van a ser peores que los actuales y que la vida de adulta que les tocará vivir a mis hijas y, quién sabe, a los hijos de mis hijas, va a ser incluso más gris e insatisfactoria.

Claro que me van a preguntar si no me estoy haciendo problema antes de tiempo y quizá innecesariamente. Antes esa objeción no me queda otra que encogerme de hombros y suspirar deseando vivamente estar en el error. Sin embargo, la última pandemia me ha enseñado una cosa: no hay que tomarse a la ligera las admoniciones de los científicos. ¡Cuántas veces nos habían advertido virólogos y epidemiólogos del riesgo de una pandemia de dimensiones históricas e hicimos oídos sordos a sus palabras! Lo suyo fue una prédica en el desierto hasta que finalmente se vino una ola tras otra de contagios mortales que nos ha obligado a pasar ya casi dos años de restricciones y cuidados. ¿Y no estamos haciendo lo mismo con los científicos de todo el mundo y de las más diversas disciplinas que nos advierten de la inminencia de una catástrofe planetaria pocas veces vista en los últimos millones de años de la Tierra?

De todos modos, no hace falta arriesgar profecías; incluso si desapareciera el problema del calentamiento global de la atmósfera por un milagro, a mí basta con ver hoy lo que hemos hecho con este pequeño y hospitalario planeta para sentir tristeza y bronca. Motivados por un afán desenfrenado de producción y consumo hemos reducido la tierra, el mar y el aire a basureros. ¿Algún ejemplo concreto? Claro que puedo darlo, y sin necesidad de copiar ahora datos estadísticos ni de señalar estudios confiables de las más reputadas universidades.

Mientras estoy sentado escribiendo estas líneas en un barrio céntrico de Atenas, respiro el aire contaminado de la ciudad, contaminado por el uso indiscriminado de vehículos de todo tipo propulsados por carburantes, al tiempo que siento en mis oídos la ininterrumpida explosión de esos motores. Claro que ya me acostumbré tanto a este aire como al rumor de fondo, pero ¿no fue pagando el precio de una menor calidad de vida? E incluso si me alejara de la ciudad el panorama no sería mucho más alentador. Es prácticamente imposible caminar por los bosques de Ática sin toparse cada dos por tres con basura dejada por la gente o arrastrada por el viento.

Por cierto, yo no creo que todo pasado haya sido mejor, solo digo que, en lo que hace al medio ambiente y a la calidad de vida que depende de él, estamos peor que hace una generación atrás y que la próxima generación estará peor aún que nosotros. En otros aspectos estamos mejor que antes, sin duda, y espero que los que nos sucedan estén aún mejor que nosotros. Por ejemplo, la situación de la mujer en la sociedad: aquí vemos una mejora, por modesta que sea, y tenemos razón en suponer que el futuro será aún más justo con lo que un tiempo se llamaba “el sexo débil”.

Tampoco soy fatalista. Me explico: no creo que vaya a desaparecer la especie humana a causa del calentamiento global. Decir que el homo sapiens va a extinguirse por su propia culpa entre este siglo y el que viene es pintar un escenario extremo y contraproducente. El problema de fondo no es si vamos a desaparecer o no en tanto especie biológica, el tema es cuántas victimas y cuánto sacrificio va a costar la injustificada transformación ecológica que hemos desencadenado. Si me permiten una comparación: la humanidad no desapareció tras la Primera y la Segunda Guerra Mundial, pero ¡cuántos millones de vidas humanas costaron esas aventuras bélicas que, al fin y al cabo, no sirvieron para nada!

Por esto mismo, creo que es conveniente evitar tanto el catastrofismo como el optimismo ingenuo. ¿Qué entiendo por esto último? Entiendo la actitud según la cual con la adopción de un par de medidas que impliquen poco sacrificio vamos a poder evitar los principales problemas medioambientales que ya hoy se perfilan. ¡Ojalá todo se solucionara con reemplazar nuestros vehículos a explosión con los nuevos coches eléctricos y con hacer que todos nuestros envases sean reciclables!

Es cierto que a nuestros niños no podemos agobiarlos con pronósticos desalentadores, pero tampoco es justo pintarles un futuro rosa, porque eso sería engañarlos, aparte de dejarlos sin la preparación que van a necesitar. Por ejemplo, si la temperatura global termina aumentando en 2050 aproximadamente 2º (cosa muy probable, al fin y al cabo), lo que van a tener que padecer nuestros hijos, que por entonces van a ser ya plenamente adultos, va a ser considerable. Si ya con un aumento de temperatura de 1,2º los últimos años hemos batido récords de frío y calor, de lluvias y sequías, de huracanes e incendios, ¿qué nos espera en el futuro no tan lejano?

Las buenas intenciones no bastan. El centro de Ioánina, al noroeste de Grecia, es una selva de automóviles, a pesar de los esfuerzos por incentivar el uso de la bicicleta.
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Diario de la pandemia (21 de octubre de 2021)

Esta semana que pasó no nos deparó grandes sorpresas respecto a la marcha de la pandemia en Grecia, pero sí trajo una mala noticia «anunciada»: la confirmación de que la curva de contagios vuelve a subir. Anteayer, por ejemplo, se registraron 3.739 nuevos infectados, una cifra que no veíamos desde agosto, cuando la cuarta ola nos agarró de golpe.

Respecto a los otros indicadores, el de los intubados en terapia intensiva y el de los muertos diarios, no hay cambios destacables. De todos modos, este es un «schwacher Trost», como dirían los alemanes, un flaco consuelo. En primer lugar, sí, es cierto que el número de intubaciones por covid no se ha disparado y ronda los 3500 casos, pero esta es la cifra nacional. Si uno ve la distribución de las camas por regiones, la imagen que se presenta es otra, porque hay νομοί (unidades administrativas departamentales) que ya constatan una ocupación de sus terapias intensivas de alrededor del 90 %. ¡Y pensar que aún no se vino el invierno!

En segundo lugar, el número de fallecimientos diarios, que oscila entre los 30 y los 50 casos diarios, sigue siendo un guarismo alto para un país como Grecia. Además, si aumentan los contagios, tarde o temprano va a darse el efecto dominó: van a aumentar también las internaciones, las intubaciones y, finalmente, los entierros. (Y ni hablemos de esa cifra que pocos consideran o que barren debajo de la alfombra, la de los que logran zafar de la guadaña de la muerte pero quedan mal, física y psicológicamente, para el resto del viaje.)

De todos modos, Grecia no es una excepción. Si uno compara cómo van las cosas acá con la experiencia de otros países, el caso griego parece ubicarse en algún lugar intermedio en la línea tendida entre los extremos. Por ejemplo, ayer Inglaterra volvió a aparecer en los titulares de los diarios de todo el mundo, porque el número de contagios y de muertos se ha vuelto a disparar por las nubes. Las causas que se aducen son fundamentalmente dos: aparte de la campaña de vacunación no del todo ejemplar, la repentina suspensión de prácticamente todas las medidas establecidas por el protocolo sanitario.

Los tantos no están así en Grecia. Pero tampoco están como en otros países europeos mucho más grandes y, proporcionalmente hablando, con muchos menos contagiados y muertos por día. Ejemplo, Italia. Ambos países exhiben casi las mismas cifras, con la diferencia de que la Bota es unas seis veces más populosa que Grecia.

Si me preguntan dónde hace agua Grecia, les voy a dar la misma respuesta que las otras veces: la campaña de vacunación se detuvo o, mejor dicho, avanza a paso de hombre, por el hecho de que sigue siendo increíblemente alto el número de los no vacunados, esto es, de gente que, por rebeldía o desidia, evita el pinchazo. Curiosamente, algunas ciudades y regiones de Grecia que se cuentan entre las más ricas y desarrolladas son las que albergan el mayor número de αρνητές, de negacionistas. ¡En algunos casos, el porcentaje total de vacunados no supera el 50 % de la población!

Es cierto que el gobierno de Kyriakos Mitsotakis podría haber organizado una campaña publicitaria e informativa de vacunación mucho mejor. A la centro-derecha le cuesta comunicarse con el λαός, con el pueblo, con la gente de clase baja que tiene otras preferencias políticas. Y esto es un problema serio. Sin embargo, creo que hay otra cuestión que va más allá de las coyunturas políticas, y es que hay un sector nada despreciable de los griegos que “hace lo que se le canta”. Sí, así, como lo escuchan. Hablo de gente que aún hoy se resiste a apagar el cigarrillo en una taberna, tras más de diez años de entrada en vigor de la ley antitabaco; hablo de gente que aún hoy evade impuestos a troche y moche, a pesar de los controles supuestamente «asfixiantes» implementados por los vampiros de la troica. Κάνω ότι γουστάρω, hago lo que se me canta, así, sin mayor justificativo.

Yo, como liberal que soy, no puedo sino encogerme de hombros. ¿Usted no quiere vacunarse?, muy bien, no se vacune. Corra el riesgo que quiera, para eso somos libres. Pero váyase de acá, porque su derecho termina donde empieza el mío. Así como tengo el derecho de ir a una taberna y no convertirme en fumador pasivo porque a usted se le antoja fumar como un condenado en la mesa de al lado, del mimo modo tengo el derecho a ir a un hospital sin temer que me pase el virus porque usted se niega a vacunarse. Muchos griegos han aprendido a usar las voces libertad y derecho (ελευθερία y δικαίωμα), pero se han olvidado de que ambas son inseparables de la de responsabilidad (ευθύνη).

Los dejo con una imagen de ayer. Hay un grupo de médicos, enfermeros, paramédicos y administrativos del área salud negacionistas que han entrado en licencia sin goce de sueldo hasta… hasta que termine la pandemia. No son muchos, pero se han autoorganizado (¿o será que se dejan llevan por un par de sindicalistas recalcitrantes?), y se reúnen en las entradas de los grandes hospitales para corear sus protestas, desplegar sus pancartas y ventilar su bronca. No creían que el Gobierno se iba a tomar en serio la ley que los deja afuera por no vacunarse. Recurrieron a la Justicia y las instancias superiores les volvieron a decir lo que ya habían escuchado: la medida no es inconstitucional y tiene una justificación ética y legal sólida. Pero ahí están, insistiendo en que su reclamo es legítimo y dando por sentado que los inconvenientes que ocasiona su fanfarria cotidiana son más que justificados.

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Diario de la pandemia (8 de octubre de 2021)

Y, ¿cómo sigue la cosa por allá?, me preguntan mis amigos y familiares (se sobreentiende que la cosa es la pandemia). Ante esa pregunta no me queda otra que resignarme y volver a decir casi lo mismo que vengo diciendo desde hace ya un largo número de días. El punto es que las cifras de contagios, de hospitalizaciones y de defunciones no han variado sustancialmente en las últimas semanas. Las curvas parecen haberse “planchado” en una franja que ni es lo suficientemente baja como para despreocuparse ni es lo suficientemente alta como para alarmarse.

Aclaración: sí, ya sé, hay zonas de Grecia que están al rojo vivo, por ejemplo, algunas regiones del norte del país. Lo que decía vale solo a nivel nacional.

Este estado de cosas se traduce en una sensación generalizada ambivalente, en una suerte de voz interna que nos dice: “Ojo, no hay que bajar la guardia, pero tampoco está como para exagerar”.

Doy las cifras de ayer para que me entiendan. Contagios: 2876; intubados: 334; muertos: 34. ¿Claro, no? Para un país como Grecia, no son cantidades despreciables. Tampoco son cifras para llenar los titulares de los principales diarios mundiales.

Permítanme que les confiese una sospecha. Creo que así como los especialistas helenos no se esperaban el arribo de la cuarta ola tan temprano, esto es, en pleno mes de agosto, de la misma manera esos especialistas no se esperaban el “amesetamiento” de las curvas para octubre. De hecho, si uno recuerda las proyecciones que se manejaban a finales del verano, los pronósticos eran bastante aciagos: se esperaba un pico de contagios y de muertes para estos días.

Es por eso –espero que ahora me entiendan mejor– que cuando me preguntan cómo va la cosa por acá, me encojo de hombros y repito mi letanía: “Bien, lo que se dice bien, no estamos, pero tampoco nos encontramos en medio de la catástrofe anunciada…”.

Los que vienen siguiendo mis entradas sobre el tema saben que la “catástrofe anunciada” se basaba en un cálculo relativamente sencillo. En Grecia, solo el 60 % de la población total está vacunada (y estas son cifras del lunes pasado, no de agosto). O sea, hay un millón de personas que peinan canas que no se han vacunado. Ese grupo constituye un sector sumamente vulnerable (no son los chicos que, “bah, si se pillan el bicho no les pasa nada”). Y si a esto le sumamos que la variante delta es la predominante en todo el territorio, el resultado salta a la vista. Las cifras tendrían que ser mucho más altas. El “milagro” es que la situación en Grecia no esté mucho peor de lo que está.

Uno de los problemas que afronta el gobierno griego es que se les están agotando los recursos para hacer que la gente se vacune. Ya les conté de la obligatoriedad adoptada para algunas categorías profesionales (para personal sanitario, el de las fuerzas del orden, etc.) y les hablé de la introducción de incentivos positivos y negativos para que el resto de la población, desde los adolescentes hasta los jubilados, se vacune (obligatoriedad de hacerse un test antigénico o molecular una o dos veces por semana pagado por el propio ciudadano, exclusión de ciertos lugares cerrados de diversión, etc.).

Los días pasados habló el nuevo ministro de salud y definió la situación en estos términos: los vacunados pueden volver a la normalidad y los no vacunados tienen que protegerse (textuales palabras: “οι εμβολιασμένοι μπορούν να επιστρέψουν στην κανονικότητα και οι ανεμβολίαστοι πρέπει να προστατευθούν”).

O sea, se declara el fin del “estado de excepcionalidad” en que nos puso la pandemia para aquellos que se hayan vacunado, mientras que los no vacunados tendrán que protegerse y deberán hacerlo por cuenta propia, ya que al rechazar la vacuna están rechazando la única arma que en este momento les puede ofrecer el gobierno.

Yo tengo muchas críticas contra el gobierno de Mitsotakis, pero en este punto no puedo sino secundarlo. No puede ser que Grecia se dé el lujo (perdón la ironía) de mantener diariamente a más de trescientos intubados en los hospitales y de enterrar a más de treinta compatriotas, solo porque un número considerable de griegos rechaza la vacuna. Y esto lo digo porque, en la mayoría de los casos, más del 90 % de los hospitalizados y de los fallecidos son personas que no se habían inoculado.

Laa actividades al aire libre han vuelto prácticamente a la normalidad prepandémica. Foto de la costanera de Nauplion, fines de setiembre de 2021.

Mientras tanto, la novedad es que a partir de inicios de esta semana la vacuna de refuerzo, la famosa tercera dosis, ya está disponible para todos los mayores de 18 años. (Hasta hace unos días lo era solamente para los mayores de 60 y para los grupos ocupacionales más expuestos, como los médicos y los enfermeros.)

Respecto a la vacunación infantil, aún no hay novedades. Yo sinceramente no veo la hora que aprueben la vacuna, porque ¡pobres niños! No solamente están más expuestos al contagio que los adultos (vacunados), sino que las medidas previstas por el protocolo sanitario les hacen la vida difícil: mascarillas en la escuela, self-test dos veces por semana, gimnasia al rayo del sol porque las instalaciones cerradas están prohibidas, etc.

Pero, en fin, no hay que desesperar. La Pfizer-BioNTech ya ha presentado la documentación en los EE. UU. y una vez aprobada allí el trámite acá en Europa será casi una formalidad (eso supongo). “Si el año pasado Papá Noel les trajo de regalo a los abuelos la vacuna, este año se la va a traer a los nietos, ja, ja”, así las cargo a mis hijas.

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Diario de la pandemia (28 de setiembre de 2014)

En estas dos semanas que pasaron desde mi última entrega en el blog, la situación de la pandemia en Grecia apenas cambió. No hay ni muchas buenas ni muchas malas noticias que contar. El virus, en la variante delta, sigue dispersándose entre la población, pero sin que eso se traduzca en curvas epidemiológicas inquietantes. De todos modos, cada día se contagian entre dos y tres mil personas, lo que no es poco, ya que, como sabemos, de allí una parte termina necesitando asistencia hospitalaria. De hecho, el número de camas de terapia intensiva con pacientes con covid intubados no ha bajado: sigue bien por encima de los trescientos, un monto nada despreciable para un país como Grecia.

Otra cifra que no hay que subestimar es la de las muertes diarias. Ayer volvimos a tener casi cincuenta muertos a causa del covid.

Mientras tanto, la vida sigue su curso. Por ejemplo, las escuelas funcionan casi normalmente (o acorde a las reglas de la nueva normalidad, de la “νέα κανονικότητα”) desde hace una quincena, sin que se corrobore la sospecha de algunos críticos. En efecto, las escuelas que se atienen estrictamente a las normas del protocolo sanitario no se vuelven focos de contagio. (Para el que le interese, hay una nota de Cassandra Willyard, “The science behind school reopenings”, aparecida en el número 292 de Nature, que creo que vale la pena leer.)

Además, acá en Grecia –como en otros lados– es obligatorio realizarles dos “rapid tests” a los niños por semana. Esos tests se pueden retirar gratuitamente de la farmacia. Nosotros, por ejemplo, les hacemos a las chicas los exámenes el lunes y el jueves por la noche, cosa de declarar el resultado en la plataforma que habilitó el gobierno no bien salen los resultados. (Las chicas, para entrar a la escuela, deben tener luego una hoja con la declaración impresa. Ese mismo documento les sirve para las actividades extraescolares.)

Para los adultos vacunados, como es mi caso, se necesita contar con el famoso código QR para entrar a lugares cerrados. El sábado pasado, por ejemplo, fui con mi familia y unos conocidos a una pizzería y, como no había lugar afuera, nos tuvimos que sentar adentro, no sin antes mostrarle al mozo que hacía las veces de jefe de sala nuestros salvoconductos.

Claro que la sensación generalizada es que todo pende de un hilo. Yo ya no sé si nos hemos despreocupado demasiado y si, por ello, nos espera un invierno tan ingrato como el anterior, o si, por el contrario, nos seguimos preocupando demasiado por cosas ya pasadas y pisadas y si, por ende, los meses y años que tenemos por delante van a ser cada vez más similares a lo que era la vida antes de que surgiera el nuevo coronavirus, el SARS-CoV-2.

Creo que la mayoría, al menos acá en Grecia, se mueve entre un extremo y el otro: ser prudentes, sí, sin por ello detener el curso de las actividades económicas, escolares, culturales, etc., al menos mientras la situación general no se decante para uno u otro lado.

Por ejemplo, este jueves voy a dar una charla en la universidad abierta y, aparte de todas las medidas del protocolo, se va a implementar la modalidad “híbrida” para la actividad: quienes quieran asistir, van a poder hacerlo (con un aforo limitado), al tiempo que va a ser factible seguir el evento desde casa utilizando Webex. Mi esposa tuvo un congreso el fin de semana y los términos fueron los mismos: las aulas estaban abiertas pero para un número reducido de asistentes, el resto seguía las ponencias en línea.

En lo que hace a la vacunación, tampoco tengo grandes novedades que contar. Los centros de vacunación siguen funcionando, aunque debido a que la afluencia es cada vez menor, algunos ya cierran los domingos. (Al inicio del verano estaban todos abiertos los siete días de la semana hasta medianoche.)

Ayer a la tarde me comentaba el dentista que, después de darle un poco de vueltas a la cosa, hizo finalmente vacunar a sus dos hijos adolescentes: cada vez son más los que entienden que los beneficios de la inoculación son inmensos y los eventuales riesgos, despreciables.

Para los niños mayores de seis años aún no hay noticias. Sé que países como Cuba y Chile están vacunando a los chicos, pero acá no va a pasar nada hasta que la agencia europea no examine los documentos que le presente la Pfizer-BioNTech.

La tercera dosis ya se administra normalmente a los pacientes con el sistema inmunitario suprimido. El procedimiento es el siguiente: al paciente le llega un mensaje al celular y a partir de ese momento puede registrarse en la plataforma para la dosis de refuerzo (ενισχυτική δόση). Claro que por el momento no es obligatoria esa tercera vacuna, quiero decir, aún no se ha vuelto un requisito para que sigua siendo válido el pasaporte sanitario que tienen. De hecho, ayer leía en el diario que muchos enfermos con inmunosupresión se hacen motu proprio primero un test de anticuerpos y luego, en base a los resultados, deciden si ponerse o no la tercera dosis. (Claro que lo que así verifican es el número de anticuerpos que poseen en ese momento, no el estado de los linfocitos B y T, que son las células que tienen la memoria de cómo se fabrican los anticuerpos y que, por tanto, constituyen el factor decisivo de la inmunidad.)

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Diario de la pandemia (14 de setiembre de 2021)

Me acuerdo cuando al inicio de la estación calurosa, allá por junio, pensaba en cómo iban a estar las cosas o, mejor, en cómo deberían estar las cosas las primeras semanas de setiembre, cuando se empezara a acercar el otoño y los niños volvieran a las escuelas. Y bien, aquí estamos. Desde hace una semana larga bajó la temperatura en todo el país y ayer lunes los chicos empezaron las clases. Mientras tanto, la pandemia sigue ahí: por momentos parece retroceder, pero luego vuelve a pegar un salto.

La “buena” noticia sigue siendo que esta cuarta oleada se aplanó, al menos por ahora. El temible ascenso de casos, que de todos modos se esperaba recién para octubre o noviembre, aún no se dio. De todos modos, no hay motivos para cruzarse de brazos: ayer se reportearon más de cincuenta muertos por el coronavirus en toda Grecia, una cifra bastante inquietante para un país chico como este.

Al margen del regreso de los chicos a las escuelas, que marca la vuelta a la “normalidad” en el sentido de que ahora la mayoría de la población griega pasa buena parte de la jornada en espacios compartidos y cerrados, ayer, 13 de setiembre de 2021, fue un día clave por otro motivo. En efecto, desde entonces rigen las medidas para disuadir a los no vacunados (los ανεμβολίαστοι), cuando no para impedirles la libre circulación. Doy tres ejemplos de lo que cambió: de ahora en más este grupo no podrá entrar en bares o discotecas, ni podrá tomar un tren o un avión sin hacerse hasta 48 horas antes un test molecular (PCR) o antigénico (“rapid”) en una clínica privada (obviamente, pagando de su propio bolsillo el costo correspondiente), ni podrá ir al trabajo sin someterse, una o dos veces por semana, según el tipo de empleo, al mismo control diagnóstico, haciéndose –claro está– cargo del costo correspondiente.

¿Cuál es la razón de estas medidas extremas? La respuesta es que la pandemia, el menos en Grecia y desde los últimos meses, ha asumido un carácter particular pero bien definido: se ha convertido en una pandemia de los no vacunados, tal como lo expresó el entonces ministro de la Salud, una “πανδημία των ανεμβολίαστων”. Si todo el mundo se hubiese vacunado tal como debía hacerlo, hoy el virus circularía de un modo mucho más limitado y no se cobraría las vidas que cada día se cobra. Para decirlo gráficamente: si acá todos estuviesen vacunados, ayer no se hubiesen muerto 50 personas, sino –a lo sumo– 5.

Yo, como padre y como docente que soy, veo con preocupación el hecho de que al menos un millón de griegos, el 10 % de la población, se resista sin motivo atendible a vacunarse. Si no llegamos a la cifra de al menos el 70 % de la población con inmunidad (inmunidad adquirida gracias a la inoculación o inmunidad natural, por haberse contagiado y luego curado), el virus va a seguir circulando y así, muy probablemente, va a infiltrarse en todos aquellos nichos más o menos vírgenes que quedan, como las aulas de las escuelas y los institutos.

Claro que una solución sería la vacuna para los chicos mayores de 6 años. (En Grecia desde el verano pueden vacunarse todos los mayores de 12 años.) Sin embargo, para que eso se dé es necesario, primero, que concluyan los estudios que se están llevando a cabo con menores y, segundo, que se obtenga una aprobación, siquiera de emergencia, por parte de la EMA, de la Agencia Europea de Medicamentos.

Mientras tanto, se lanzó el programa de las terceras dosis o dosis de refuerzo. Por el momento, pueden vacunarse quienes padezcan inmunosupresión o estén en la franja etaria más elevada. Todo hace pensar que con el tiempo la famosa τρίτη δόση va a extenderse también a los trabajadores que están “en el frente”, como el personal sanitario, al tiempo que el límite de edad va a ir bajándose.

Lo que está fuera de duda es que la gente no quiere volver al confinamiento. Basta caminar unos minutos por cualquier calle de Atenas para darse cuenta de que nos hemos acostumbrado a convivir con la pandemia. Los cafés están repletos, la gente va a hacer las compras al supermercado como si nada (llevan la jeta apenas cubierta con una mascarilla y esperan un rato afuera si hay ya mucha gente dentro), el tráfico de las avenidas es tan apabullante como el de los años prepandémicos. Es cierto que hay una minoría, sobre todo de jubilados y de personas con algún tipo de enfermedad particular, que se cuida mucho y casi no sale. Forman una suerte de grupo autoconfinado, porque temen que el contagio los ponga en una situación más delicada aún que la que ya están.  

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Llamamiento a actuar ante la crisis climática

Esta vuelta quería compartir con ustedes un llamado, el llamado que recientemente han hecho 18 médicos y bioéticos encargados de la dirección de algunas de las más prestigiosas revistas de ética aplicada en todo el mundo. Se trata, concretamente, de la exhortación dirigida a los gobiernos y a las distintas agrupaciones de la sociedad civil para que tomen en serio la crisis climática en ciernes y adopten medidas urgentes y efectivas para contrarrestar los peores efectos de lo que, con toda probabilidad, va a sumarse a lo que ya vemos.

El cambio climático está en boca de todos. Es raro que pase un día sin que escuchemos una noticia al respecto, sin que aparezca en una conversación incluso intrascendente con el vecino, sin que los chicos lo traten en las escuelas. Pero la realidad es que no hacemos nada o casi nada para cambiar nuestro estilo de vida y para presionar a los gobiernos con el fin de que impongan otras reglas de juego a la producción y el consumo. ¿Es que todo es de la boca para afuera? ¿Lo decimos pero en nuestro fuero íntimo no lo creemos? ¿O es que no vamos a reaccionar como es debido hasta que, literalmente, el agua nos llegue al cuello?

Yo no soy fatalista ni tampoco pesimista. Simplemente creo que se han acumulado muchas pruebas que indican con claridad meridiana que no podemos seguir mirando para otro lado. Si algo nos enseñó la última pandemia del coronavirus, de la cual aún no hemos salido, es que hay que ser realistas y tomar en serio las advertencias que formulan los científicos y estudiosos, o sea, gente común y corriente pero que posee los conocimientos adecuados y la buena fe necesaria para abordar el problema.

¿Se acuerdan cuando estábamos en enero de 2020? Con la mano en el corazón, ¿cuántos de nosotros no dijimos, al escuchar las noticias de venían de Wuhan: “Bah, esto es una exageración, seguro que va a ser como con las epidemias pasadas, se va a quedar todo ahí, por la zona, acá no va a llegar”? No tengo empacho en reconocerlo: como no soy virólogo ni epidemiólogo, pensé que ese era un escenario posible, que la cosa no iba a pasar de China, que todo se iba a controlar en un par de meses, que todo entonces iba a seguir como antes. Pero me equivoqué. Y como quiero aprender de mis errores, desde entonces les presto más atención a las advertencias emanadas de las instituciones científicas serias. Los científicos no son infalibles (nadie es infalible), pero, insisto, si se abocan a su tarea equipados con los mejores conocimientos e instrumentos y lo hacen provistos de buena fe, entonces lo que nos digan debe merecer nuestra atención y consideración.

¡Ojo!, soy consciente de que no hay que interpretar los signos a la ligera. Por ejemplo, este 2021 ya quedará en la historia de la meteorología griega por algunos fenómenos extremos. Mientras que en febrero tuvimos una nevada en Atenas y región como hacía añares que no se veía, a partir de junio se nos vino un verano infernal que concluyó en el agosto más caluroso de que se tiene registro (de hecho, el observatorio astronómico y centro meteorológico de Thisío, que funciona desde 1890, ha confirmado que este agosto fue el más tórrido de que se tiene noticia).

Claro que alguien puede replicar que la naturaleza es cíclica y que tal vez estos extremos de frío y calor se repiten cada tanto, en unidades de tiempo que solo pueden medirse en siglos o milenios. Aquí mi única respuesta es la que he aprendido de los científicos: sí, es cierto que existe esa posibilidad, es pensable que esto que pasó en Grecia en 2021 sea una coincidencia, pero contamos con pruebas sólidas que muestran sin que haya lugar para la duda, primero, que la temperatura media del planeta Tierra está aumentando; segundo, que el ser humano es –si no totalmente, al menos en buena medida– responsable de ese incremento.

Mucha gente comete el siguiente error. Cuando se le dice que la temperatura media del planeta se ha incrementado ya en 1,1 °C, se encoge de hombros y piensa: “¿Cuál es el problema? Un grado más, un grado menos, ¡qué más da!”. Esta falacia se debe a que el ciudadano de a pie compara el incremento de la temperatura global con, por ejemplo, el simple aumento de temperatura que puede aparecer de un día para otro. Si ayer hizo 27 grados al mediodía y hoy hace 28, ¿cuál es, al fin y al cabo, la diferencia?, tal es el razonamiento.

Creo que la gente puede corregir ese error comparando el planeta con un organismo. Si yo hoy me pongo el termómetro y constato que tengo 36,8 grados, entonces puedo quedarme tranquilo; pero si mañana repito la medición y veo que tengo un grado más, o sea, 37,8, entonces va a estar justificado el preocuparme un poco. Para el cuerpo humano, un incremente de la temperatura de “tan solo” un grado es todo un signo de que algo no va bien. Lo mismo puede pensarse con respecto al planeta.

El otro error que comete la gente nace de no tener en cuenta que la atmósfera terrestre es un sistema sumamente complejo. Esto significa que el cambio de una variable, por pequeño que nos pueda resultar, implica un reajuste que impacta significativamente en todas las otras variables. Pensemos en cualquier sistema complejo que conozcamos: si uno influye sobre “tan solo” una parte, cambiándola “un poquito”, el resultado va a ser un desbarajuste global.

¡No nos confundamos! Pequeñas modificaciones pueden tener un efecto devastador. Si mi reloj adelanta “tan solo” un minuto por día, después de una semana se me vuelve un instrumento inútil y lo mejor que voy a poder hacer es llevarlo al relojero.

En conclusión, es hora de actuar, de actuar ahora y decididamente, porque ya la temperatura “tan solo” ha aumentado 1,1 grado y porque, por el efecto acumulativo, terminará aumentando al final de esta década hasta alcanzar “tan solo” 1,5 grados, respecto de lo que era a finales del siglo XIX. Las consecuencias sanitarias, demográficas, económicas y ambientales de este cambio climático ya se empiezan a sentir y, si no nos movemos en la dirección justa, van a ser, en el mejor de los casos, graves, cuando no directamente catastróficas. Les doy la palabra a los autores del llamado:

“Los riesgos para la salud de los incrementos por encima de 1,5 °C son ahora bien conocidos. De hecho, ningún incremento de la temperatura es “seguro”. En los 20 años pasados, la mortalidad debida al calor entre las personas con más de 65 años se ha incrementado en más del 50 %. Temperaturas más altas han traído una mayor deshidratación y pérdida de la función renal, más enfermedades dermatológicas, más infecciones tropicales, más cambios adversos de la salud mental, más complicaciones en los embarazos, más alergias y mayores morbilidad y mortalidad cardiovascular y pulmonar. Estos daños afectan desproporcionadamente a los más vulnerables, incluyendo a los niños, a la población de mayores, a las minorías étnicas, a las comunidades más pobres y aquellos con problemas de salud subyacentes.”

L. Atwoli et alii, “Call for emergency action to limit global temperatura increases, restore biodiversity and protect health”, Journal of Medical Ethics, 2021.
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Diario de la pandemia (lunes, 6 de setiembre de 2021)

La buena noticia –por llamarla de algún modo– de la semana transcurrida es que no siguieron subiendo los casos en Grecia. Tampoco bajaron, seamos claros, pero el hecho de entrar en una meseta, al menos por un tiempo, le da a la sociedad un respiro.

¿Cómo se explica el hecho de que entremos ahora en un trecho amesetado, por corto que sea, cuando todo hacía suponer que a partir de fines del verano empezaría una escalada temible en el número de casos? Soy sincero: no dispongo aún de una explicación satisfactoria. Lo que sí he aprendido después de este largo año y medio de pandemia es que la marcha del virus no es lineal, sino que está llena de idas y venidas, de subidas y bajadas. Se me ocurre comparar la evolución de la pandemia con el perfil de una montaña: vistas de lejos, ambas dibujan una ola precisa, pero cuando uno las analiza de cerca, están llenas de irregularidades. Todo montañista sabe que el proceso de ascenso de una cuesta implica muchas veces el descenso momentáneo a un valle.

Lo que parece fuera de dudas es que los próximos meses van a ser difíciles para el sistema de salud griego. A la carga normal que ya llevaba, inclusive antes de la pandemia, se suma ahora una nueva oleada de enfermos graves de covid. Más del 40 % de la población griega no se ha vacunado, ni siquiera con la primera dosis. Es cierto que en este grupo están los niños menores de 12 años, para los cuales no hay vacunas por el momento, pero también hay cientos de miles de adultos mayores de 55.

Esta mañana sentía una entrevista a la directora de una de las unidades de terapia intensiva del hospital “Attikón” (νοσοκομείο “Αττικόν”), uno de los más grandes de Atenas y la región. Las cifras eran elocuentes: el cien por cien de las camas de terapia destinadas al covid estaba ocupado por pacientes que no se habían vacunado. No comments… Además, la doctora reiteraba algo ya sabido: de la totalidad de pacientes con covid en la unidad de cuidados intensivos, el 40 % muere, mientras que el restante 60 % sale vivo pero con complicaciones de todo tipo, desde motrices hasta psicológicas.

La conclusión es que el que decide no vacunarse es como si estuviera jugando a la ruleta rusa o como si se emborrachara y se subiera al auto para dar una vuelta a toda velocidad sin incluso cinturón de seguridad. La cuestión que se plantea es por qué tiene que hacerse cargo el sistema público de salud de esa gente…

El verano toca su fin en el Mediterráneo. Los frutos de la estación (tunas, higos, granadas, etc.) ya están maduros para la recolección. El otoño, que ya se ha hecho sentir con una baja de la temperatura, va a plantear nuevos desafíos.

Mientras tanto, desde el miércoles pasado entró en vigor la ley que obliga al personal que trabaja en el ámbito de la salud, desde los médicos especialistas hasta los ayudantes de la administración, a vacunarse, so pena de entrar en licencia sin goce de sueldo hasta que termine la pandemia. Muchos de los negacionistas, en vista de las sanciones, se fueron a hacerse inocular a último momento, pero miles se mantuvieron firmes en su postura. De este modo, se calcula que unas 10.000 personas en toda Grecia han dejado de trabajar y de cobrar el sueldo correspondiente. Por cierto, eso supone un hueco considerable para el sistema de salud. Por lo pronto, el Gobierno suspendió la posibilidad de tomarse días de vacaciones a todo el personal restante, hasta que al menos se cubran los puestos que han quedado vacantes. (De hecho, ya se abrió la plataforma para postularse a los distintos cargos que deben ser cubiertos rápidamente.)

Claro que el personal que quedó en licencia sin goce de sueldo presentó un nuevo recurso de amparo a la Justicia, pero las chances no son buenas. Ya en los meses pasados la Corte Suprema helena había rechazado el pedido de algunos bomberos que se negaban a vacunarse (una situación bastante similar a la actual) y hace unos días aparecieron las primeras sentencias desfavorables al personal médico agrupado en distintas asociaciones. La obligatoriedad, afirman los jueces, no viola ningunos de los derechos de los trabajadores, dada la excepcionalidad de las circunstancias en que estamos.

Con casi 14.000 muertos por covid y una población de algo más de 10 millones de habitantes, Grecia se ubica en la franja media del listado de países afectados. Foto: entrada al cementerio de Papagu, Ática.
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Charla en línea abierta a todos

La charla será este jueves, a las 15 h de Argentina, y pueden anotarse gratuitamente todos los interesados. ¡Los espero!
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Diario de la pandemia (lunes, 30 de setiembre de 2021)

Las próximas semanas van a ser decisivas para Grecia. Por un lado, la cifra de los contagios diarios superó incluso los niveles más altos de los peores meses del invierno y la primavera pasados, al tiempo que, por otro, empieza a agotarse el “tiempo de gracia” –el “changüí”, como se diría en Argentina– que nos han dado el calor y el veraneo. A juzgar por el tráfico que había este lunes a las 8 de la mañana en Atenas, uno puede concluir que ya ha vuelto la mayoría de la gente. En dos semanas más, el 13 de setiembre, reabren las escuelas, con lo que se llega al funcionamiento “normal” de la ciudad. ¿Debemos esperar un ascenso brusco en la curva de contagios para finales de setiembre o principios de octubre? Tal vez.

Ahora bien, lo decisivo a esta altura en países como Grecia no es tanto el número de contagios diarios, sino la cuestión de cuántas de esas infecciones se traducen poco después en consultas en el hospital, en internaciones, en ingresos a la terapia intensiva, en intubaciones y, finalmente, en muertes. Ya se sabe: si el destino del virus es volverse endémico, todos nos vamos a contagiar, tarde o temprano. El punto es cuántos de estos contagios van a llevar a que se desarrollen síntomas graves.

La otra particularidad de esta “cuarta ola” (“τέταρτο κύμα”) es que los principales afectados están siendo los no vacunados. ¿Quiénes integran ese grupo? Por el momento, no tanto los niños (ya veremos qué sucede a partir del primer día de clase), sino sobre todo los adultos, especialmente las personas de la tercera edad, que por diversos motivos psicológicos no han querido vacunarse.

Doy un dato para evidenciar lo que quiero decir. El lunes pasado, 23 de agosto, había 319 pacientes intubados por covid en todo el territorio griego. De ellos, el 91 % eran personas que no se habían vacunado. O sea, solo el 9 % de esos enfermos se había vacunado. Creo que la conclusión salta a la vista: si hoy en día estuviese vacunada toda la población griega (excepto los niños menores de 12 años, para los que aún no hay una vacuna aprobada), la pandemia habría dejado de ser la rotura de cabeza que aún hoy es.

Es interesante constatar que hay países del sur de Europa, como España y Portugal, menos reacios a la inoculación que Grecia. Ahora bien, el fenómeno de los “no vacuna” no es algo exclusivamente heleno. Por este motivo, creo que hacen bien gobiernos como los de Grecia, Italia, Francia, etc., en ir extendiendo progresivamente la obligatoriedad de la vacunación. Así como ya es obligatorio vacunarse para todo el personal sanitario, lo tiene que ser en breve para el personal docente, policial, militar, etc.

Al resto de las personas, por cierto, no se las puede arrastrar por la fuerza al centro de vacunación, pero se les puede hacer la vida más difícil. Por eso también concuerdo con el paquete de medidas tomados por el Ejecutivo griego la semana pasada que introduce una serie de controles y restricciones para los no vacunados. Concretamente, a partir del 13 de setiembre quienes no quieran vacunarse tendrán que someterse a tests de antígenos una o dos veces por semana, según el caso, pagándolos de su propio bolsillo, no del bolsillo del Estado como hasta ahora; no podrán entrar a lugares de diversiones cerrados, etc.

Quiero decirlo sin rodeos: para mí no hay ninguna razón ética de peso que justifique el rechazo de un grupo tan grande de la población a la vacuna. Le he dado vuelta más de una vez al tema y no encuentro argumentos serios. Si alguien no quiere vacunarse por motivos ideológicos o religiosos, muy bien, hay que respetarlo. Pero no es posible condicionar la vida de millones de ciudadanos por ese motivo ni el funcionamiento “normal” de la sociedad. Para mí es una vergüenza que, a unos días de comenzar setiembre, recién se hay vacunado con la pauta completa menos del 55 por ciento de la población del país (y, con al menos una dosis, menos del 60 por ciento).

También estoy de acuerdo con la disposición del Gobierno de no refuncionalizar más algunos hospitales para que atiendan exclusivamente a los pacientes con covid. No habrá más “νοσοκομεία COVID”. Desde el momento que hay vacunas, todos los pacientes deben tener el mismo derecho de acceso al sistema de salud público. Ya dejamos atrás el momento crítico de la pandemia. No puede ser que pacientes que se han vacunado y que padecen cáncer o problemas cardíacos no puedan ir al médico porque el sistema está saturado de enfermos con el coronavirus que no han querido vacunarse oportunamente.

Creo que en este sentido es posible comparar la conducta del no vacuna con la del fumador. Está claro que fumar aumenta el riesgo de sufrir enfermedades graves e, incluso, de morir. Pero nadie puede ejercer coerción a un fumador empedernido: mientras fume solo y en su casa, que se fume sus dos atados por día, si quiere. Lo que sí, el día que le dé un ataque o le aparezca una cosa rara en el cuerpo, su caso no puede tener prioridad respecto de otros. Libertad implica responsabilidad. El que fuma tiene que ser consciente de que se está sometiendo a un riesgo y que enfrentar ese riesgo va a ser una carga para él y para todo el resto de la sociedad.

La otra cuestión que ocupa a los expertos y a la ciudadanía griegos es la de la “tercera dosis”, como se la ha denominado (“τρίτη δόση”). En realidad, para el que se puso la vacuna de la Johnson y Johnson, sería la segunda, no la tercera dosis. Por ese motivo es mejor llamarla “dosis de refuerzo” (“ενισχυτική δόση”, aunque acá también se oye “αναμνηστική δόση”, o sea, “dosis recordatoria”, esto es, para “recordar” al sistema inmunitario).

A partir de este miércoles se abre en Grecia la plataforma en línea para que la gente se inscriba para recibir la dosis de refuerzo, que será con la vacuna de Pfizer o la de Moderna, esto es, en base a la tecnología del ARN mensajero. Se va a comenzar con los individuos más vulnerables, sobre todo con aquellos que no poseen un sistema inmunitario fuerte debido a la edad, a los tratamientos que siguen, a ciertas enfermedades, etc., y, con el tiempo, se va a pasar a los sectores de mayor exposición al virus, como los médicos y, probablemente, llegará un momento en que todos nos debamos volver a vacunar.

Yo tengo mis dudas respecto a la fundamentación ética de esta medida. El problema es el que ya planteaba la OMS. No es posible que haya países en el mundo sin vacunas o con una ínfima porción de su población vacunada. Esto no solamente constituye una injusticia global, sino que implica un enorme riesgo para todos: el riesgo de que vuelva a surgir una mutación, esta vez más peligrosa incluso que la delta. O nos salvamos todos o no se salva nadie. Es muy cortoplacista de los gobiernos el querer proteger enteramente a su población, mientras se deja al resto del mundo sin las debidas defensas.

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