Diario de la pandemia (14 de setiembre de 2021)

Me acuerdo cuando al inicio de la estación calurosa, allá por junio, pensaba en cómo iban a estar las cosas o, mejor, en cómo deberían estar las cosas las primeras semanas de setiembre, cuando se empezara a acercar el otoño y los niños volvieran a las escuelas. Y bien, aquí estamos. Desde hace una semana larga bajó la temperatura en todo el país y ayer lunes los chicos empezaron las clases. Mientras tanto, la pandemia sigue ahí: por momentos parece retroceder, pero luego vuelve a pegar un salto.

La “buena” noticia sigue siendo que esta cuarta oleada se aplanó, al menos por ahora. El temible ascenso de casos, que de todos modos se esperaba recién para octubre o noviembre, aún no se dio. De todos modos, no hay motivos para cruzarse de brazos: ayer se reportearon más de cincuenta muertos por el coronavirus en toda Grecia, una cifra bastante inquietante para un país chico como este.

Al margen del regreso de los chicos a las escuelas, que marca la vuelta a la “normalidad” en el sentido de que ahora la mayoría de la población griega pasa buena parte de la jornada en espacios compartidos y cerrados, ayer, 13 de setiembre de 2021, fue un día clave por otro motivo. En efecto, desde entonces rigen las medidas para disuadir a los no vacunados (los ανεμβολίαστοι), cuando no para impedirles la libre circulación. Doy tres ejemplos de lo que cambió: de ahora en más este grupo no podrá entrar en bares o discotecas, ni podrá tomar un tren o un avión sin hacerse hasta 48 horas antes un test molecular (PCR) o antigénico (“rapid”) en una clínica privada (obviamente, pagando de su propio bolsillo el costo correspondiente), ni podrá ir al trabajo sin someterse, una o dos veces por semana, según el tipo de empleo, al mismo control diagnóstico, haciéndose –claro está– cargo del costo correspondiente.

¿Cuál es la razón de estas medidas extremas? La respuesta es que la pandemia, el menos en Grecia y desde los últimos meses, ha asumido un carácter particular pero bien definido: se ha convertido en una pandemia de los no vacunados, tal como lo expresó el entonces ministro de la Salud, una “πανδημία των ανεμβολίαστων”. Si todo el mundo se hubiese vacunado tal como debía hacerlo, hoy el virus circularía de un modo mucho más limitado y no se cobraría las vidas que cada día se cobra. Para decirlo gráficamente: si acá todos estuviesen vacunados, ayer no se hubiesen muerto 50 personas, sino –a lo sumo– 5.

Yo, como padre y como docente que soy, veo con preocupación el hecho de que al menos un millón de griegos, el 10 % de la población, se resista sin motivo atendible a vacunarse. Si no llegamos a la cifra de al menos el 70 % de la población con inmunidad (inmunidad adquirida gracias a la inoculación o inmunidad natural, por haberse contagiado y luego curado), el virus va a seguir circulando y así, muy probablemente, va a infiltrarse en todos aquellos nichos más o menos vírgenes que quedan, como las aulas de las escuelas y los institutos.

Claro que una solución sería la vacuna para los chicos mayores de 6 años. (En Grecia desde el verano pueden vacunarse todos los mayores de 12 años.) Sin embargo, para que eso se dé es necesario, primero, que concluyan los estudios que se están llevando a cabo con menores y, segundo, que se obtenga una aprobación, siquiera de emergencia, por parte de la EMA, de la Agencia Europea de Medicamentos.

Mientras tanto, se lanzó el programa de las terceras dosis o dosis de refuerzo. Por el momento, pueden vacunarse quienes padezcan inmunosupresión o estén en la franja etaria más elevada. Todo hace pensar que con el tiempo la famosa τρίτη δόση va a extenderse también a los trabajadores que están “en el frente”, como el personal sanitario, al tiempo que el límite de edad va a ir bajándose.

Lo que está fuera de duda es que la gente no quiere volver al confinamiento. Basta caminar unos minutos por cualquier calle de Atenas para darse cuenta de que nos hemos acostumbrado a convivir con la pandemia. Los cafés están repletos, la gente va a hacer las compras al supermercado como si nada (llevan la jeta apenas cubierta con una mascarilla y esperan un rato afuera si hay ya mucha gente dentro), el tráfico de las avenidas es tan apabullante como el de los años prepandémicos. Es cierto que hay una minoría, sobre todo de jubilados y de personas con algún tipo de enfermedad particular, que se cuida mucho y casi no sale. Forman una suerte de grupo autoconfinado, porque temen que el contagio los ponga en una situación más delicada aún que la que ya están.  

Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher based in Athens, Greece.
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