Diario de la pandemia (28 de setiembre de 2014)

En estas dos semanas que pasaron desde mi última entrega en el blog, la situación de la pandemia en Grecia apenas cambió. No hay ni muchas buenas ni muchas malas noticias que contar. El virus, en la variante delta, sigue dispersándose entre la población, pero sin que eso se traduzca en curvas epidemiológicas inquietantes. De todos modos, cada día se contagian entre dos y tres mil personas, lo que no es poco, ya que, como sabemos, de allí una parte termina necesitando asistencia hospitalaria. De hecho, el número de camas de terapia intensiva con pacientes con covid intubados no ha bajado: sigue bien por encima de los trescientos, un monto nada despreciable para un país como Grecia.

Otra cifra que no hay que subestimar es la de las muertes diarias. Ayer volvimos a tener casi cincuenta muertos a causa del covid.

Mientras tanto, la vida sigue su curso. Por ejemplo, las escuelas funcionan casi normalmente (o acorde a las reglas de la nueva normalidad, de la “νέα κανονικότητα”) desde hace una quincena, sin que se corrobore la sospecha de algunos críticos. En efecto, las escuelas que se atienen estrictamente a las normas del protocolo sanitario no se vuelven focos de contagio. (Para el que le interese, hay una nota de Cassandra Willyard, “The science behind school reopenings”, aparecida en el número 292 de Nature, que creo que vale la pena leer.)

Además, acá en Grecia –como en otros lados– es obligatorio realizarles dos “rapid tests” a los niños por semana. Esos tests se pueden retirar gratuitamente de la farmacia. Nosotros, por ejemplo, les hacemos a las chicas los exámenes el lunes y el jueves por la noche, cosa de declarar el resultado en la plataforma que habilitó el gobierno no bien salen los resultados. (Las chicas, para entrar a la escuela, deben tener luego una hoja con la declaración impresa. Ese mismo documento les sirve para las actividades extraescolares.)

Para los adultos vacunados, como es mi caso, se necesita contar con el famoso código QR para entrar a lugares cerrados. El sábado pasado, por ejemplo, fui con mi familia y unos conocidos a una pizzería y, como no había lugar afuera, nos tuvimos que sentar adentro, no sin antes mostrarle al mozo que hacía las veces de jefe de sala nuestros salvoconductos.

Claro que la sensación generalizada es que todo pende de un hilo. Yo ya no sé si nos hemos despreocupado demasiado y si, por ello, nos espera un invierno tan ingrato como el anterior, o si, por el contrario, nos seguimos preocupando demasiado por cosas ya pasadas y pisadas y si, por ende, los meses y años que tenemos por delante van a ser cada vez más similares a lo que era la vida antes de que surgiera el nuevo coronavirus, el SARS-CoV-2.

Creo que la mayoría, al menos acá en Grecia, se mueve entre un extremo y el otro: ser prudentes, sí, sin por ello detener el curso de las actividades económicas, escolares, culturales, etc., al menos mientras la situación general no se decante para uno u otro lado.

Por ejemplo, este jueves voy a dar una charla en la universidad abierta y, aparte de todas las medidas del protocolo, se va a implementar la modalidad “híbrida” para la actividad: quienes quieran asistir, van a poder hacerlo (con un aforo limitado), al tiempo que va a ser factible seguir el evento desde casa utilizando Webex. Mi esposa tuvo un congreso el fin de semana y los términos fueron los mismos: las aulas estaban abiertas pero para un número reducido de asistentes, el resto seguía las ponencias en línea.

En lo que hace a la vacunación, tampoco tengo grandes novedades que contar. Los centros de vacunación siguen funcionando, aunque debido a que la afluencia es cada vez menor, algunos ya cierran los domingos. (Al inicio del verano estaban todos abiertos los siete días de la semana hasta medianoche.)

Ayer a la tarde me comentaba el dentista que, después de darle un poco de vueltas a la cosa, hizo finalmente vacunar a sus dos hijos adolescentes: cada vez son más los que entienden que los beneficios de la inoculación son inmensos y los eventuales riesgos, despreciables.

Para los niños mayores de seis años aún no hay noticias. Sé que países como Cuba y Chile están vacunando a los chicos, pero acá no va a pasar nada hasta que la agencia europea no examine los documentos que le presente la Pfizer-BioNTech.

La tercera dosis ya se administra normalmente a los pacientes con el sistema inmunitario suprimido. El procedimiento es el siguiente: al paciente le llega un mensaje al celular y a partir de ese momento puede registrarse en la plataforma para la dosis de refuerzo (ενισχυτική δόση). Claro que por el momento no es obligatoria esa tercera vacuna, quiero decir, aún no se ha vuelto un requisito para que sigua siendo válido el pasaporte sanitario que tienen. De hecho, ayer leía en el diario que muchos enfermos con inmunosupresión se hacen motu proprio primero un test de anticuerpos y luego, en base a los resultados, deciden si ponerse o no la tercera dosis. (Claro que lo que así verifican es el número de anticuerpos que poseen en ese momento, no el estado de los linfocitos B y T, que son las células que tienen la memoria de cómo se fabrican los anticuerpos y que, por tanto, constituyen el factor decisivo de la inmunidad.)

Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher based in Athens, Greece.
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