Diario de la pandemia (8 de octubre de 2021)

Y, ¿cómo sigue la cosa por allá?, me preguntan mis amigos y familiares (se sobreentiende que la cosa es la pandemia). Ante esa pregunta no me queda otra que resignarme y volver a decir casi lo mismo que vengo diciendo desde hace ya un largo número de días. El punto es que las cifras de contagios, de hospitalizaciones y de defunciones no han variado sustancialmente en las últimas semanas. Las curvas parecen haberse “planchado” en una franja que ni es lo suficientemente baja como para despreocuparse ni es lo suficientemente alta como para alarmarse.

Aclaración: sí, ya sé, hay zonas de Grecia que están al rojo vivo, por ejemplo, algunas regiones del norte del país. Lo que decía vale solo a nivel nacional.

Este estado de cosas se traduce en una sensación generalizada ambivalente, en una suerte de voz interna que nos dice: “Ojo, no hay que bajar la guardia, pero tampoco está como para exagerar”.

Doy las cifras de ayer para que me entiendan. Contagios: 2876; intubados: 334; muertos: 34. ¿Claro, no? Para un país como Grecia, no son cantidades despreciables. Tampoco son cifras para llenar los titulares de los principales diarios mundiales.

Permítanme que les confiese una sospecha. Creo que así como los especialistas helenos no se esperaban el arribo de la cuarta ola tan temprano, esto es, en pleno mes de agosto, de la misma manera esos especialistas no se esperaban el “amesetamiento” de las curvas para octubre. De hecho, si uno recuerda las proyecciones que se manejaban a finales del verano, los pronósticos eran bastante aciagos: se esperaba un pico de contagios y de muertes para estos días.

Es por eso –espero que ahora me entiendan mejor– que cuando me preguntan cómo va la cosa por acá, me encojo de hombros y repito mi letanía: “Bien, lo que se dice bien, no estamos, pero tampoco nos encontramos en medio de la catástrofe anunciada…”.

Los que vienen siguiendo mis entradas sobre el tema saben que la “catástrofe anunciada” se basaba en un cálculo relativamente sencillo. En Grecia, solo el 60 % de la población total está vacunada (y estas son cifras del lunes pasado, no de agosto). O sea, hay un millón de personas que peinan canas que no se han vacunado. Ese grupo constituye un sector sumamente vulnerable (no son los chicos que, “bah, si se pillan el bicho no les pasa nada”). Y si a esto le sumamos que la variante delta es la predominante en todo el territorio, el resultado salta a la vista. Las cifras tendrían que ser mucho más altas. El “milagro” es que la situación en Grecia no esté mucho peor de lo que está.

Uno de los problemas que afronta el gobierno griego es que se les están agotando los recursos para hacer que la gente se vacune. Ya les conté de la obligatoriedad adoptada para algunas categorías profesionales (para personal sanitario, el de las fuerzas del orden, etc.) y les hablé de la introducción de incentivos positivos y negativos para que el resto de la población, desde los adolescentes hasta los jubilados, se vacune (obligatoriedad de hacerse un test antigénico o molecular una o dos veces por semana pagado por el propio ciudadano, exclusión de ciertos lugares cerrados de diversión, etc.).

Los días pasados habló el nuevo ministro de salud y definió la situación en estos términos: los vacunados pueden volver a la normalidad y los no vacunados tienen que protegerse (textuales palabras: “οι εμβολιασμένοι μπορούν να επιστρέψουν στην κανονικότητα και οι ανεμβολίαστοι πρέπει να προστατευθούν”).

O sea, se declara el fin del “estado de excepcionalidad” en que nos puso la pandemia para aquellos que se hayan vacunado, mientras que los no vacunados tendrán que protegerse y deberán hacerlo por cuenta propia, ya que al rechazar la vacuna están rechazando la única arma que en este momento les puede ofrecer el gobierno.

Yo tengo muchas críticas contra el gobierno de Mitsotakis, pero en este punto no puedo sino secundarlo. No puede ser que Grecia se dé el lujo (perdón la ironía) de mantener diariamente a más de trescientos intubados en los hospitales y de enterrar a más de treinta compatriotas, solo porque un número considerable de griegos rechaza la vacuna. Y esto lo digo porque, en la mayoría de los casos, más del 90 % de los hospitalizados y de los fallecidos son personas que no se habían inoculado.

Laa actividades al aire libre han vuelto prácticamente a la normalidad prepandémica. Foto de la costanera de Nauplion, fines de setiembre de 2021.

Mientras tanto, la novedad es que a partir de inicios de esta semana la vacuna de refuerzo, la famosa tercera dosis, ya está disponible para todos los mayores de 18 años. (Hasta hace unos días lo era solamente para los mayores de 60 y para los grupos ocupacionales más expuestos, como los médicos y los enfermeros.)

Respecto a la vacunación infantil, aún no hay novedades. Yo sinceramente no veo la hora que aprueben la vacuna, porque ¡pobres niños! No solamente están más expuestos al contagio que los adultos (vacunados), sino que las medidas previstas por el protocolo sanitario les hacen la vida difícil: mascarillas en la escuela, self-test dos veces por semana, gimnasia al rayo del sol porque las instalaciones cerradas están prohibidas, etc.

Pero, en fin, no hay que desesperar. La Pfizer-BioNTech ya ha presentado la documentación en los EE. UU. y una vez aprobada allí el trámite acá en Europa será casi una formalidad (eso supongo). “Si el año pasado Papá Noel les trajo de regalo a los abuelos la vacuna, este año se la va a traer a los nietos, ja, ja”, así las cargo a mis hijas.

Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher based in Athens, Greece.
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