Reflexionar sobre la emergencia ambiental

Veo que en este blog que llamé “Notas de un diario filosófico” le he dado poco espacio a las cuestiones medioambientales. No es que no me interese el cuidado del medio ambiente ni que considere que ese ámbito no plantee importantes problemas de corte netamente filosófico, sino todo lo contrario. El punto es, simplemente, que otras cuestiones acapararon mi atención (la muerte asistida, el aborto, la pandemia de SARS-CoV-2). Pero es hora de que cambie de rumbo. El calentamiento global y sus consecuencias palpables, la degradación innecesaria y lastimosa del planeta Tierra, la pérdida de biodiversidad y de ambientes naturales irrecuperables, son algunos de los tópicos que más me preocupan últimamente.

Les confieso que, por un lado, me siento inerme ante los procesos globales que se están dando a la vista de todos; por otro, me urge hacer algo, aunque más no sea cambiar mi estilo de vida y contribuir a la discusión filosófica desde este modesto espacio virtual, por ejemplo.

¿A qué se debe mi inquietud actual? Seguramente, a muchas cosas, pero sobre todo a la perspectiva futura. Sinceramente (y conste que me considero una persona alegre y optimista), creo que los últimos años de mi vida, que espero sean muchos, van a ser peores que los actuales y que la vida de adulta que les tocará vivir a mis hijas y, quién sabe, a los hijos de mis hijas, va a ser incluso más gris e insatisfactoria.

Claro que me van a preguntar si no me estoy haciendo problema antes de tiempo y quizá innecesariamente. Antes esa objeción no me queda otra que encogerme de hombros y suspirar deseando vivamente estar en el error. Sin embargo, la última pandemia me ha enseñado una cosa: no hay que tomarse a la ligera las admoniciones de los científicos. ¡Cuántas veces nos habían advertido virólogos y epidemiólogos del riesgo de una pandemia de dimensiones históricas e hicimos oídos sordos a sus palabras! Lo suyo fue una prédica en el desierto hasta que finalmente se vino una ola tras otra de contagios mortales que nos ha obligado a pasar ya casi dos años de restricciones y cuidados. ¿Y no estamos haciendo lo mismo con los científicos de todo el mundo y de las más diversas disciplinas que nos advierten de la inminencia de una catástrofe planetaria pocas veces vista en los últimos millones de años de la Tierra?

De todos modos, no hace falta arriesgar profecías; incluso si desapareciera el problema del calentamiento global de la atmósfera por un milagro, a mí basta con ver hoy lo que hemos hecho con este pequeño y hospitalario planeta para sentir tristeza y bronca. Motivados por un afán desenfrenado de producción y consumo hemos reducido la tierra, el mar y el aire a basureros. ¿Algún ejemplo concreto? Claro que puedo darlo, y sin necesidad de copiar ahora datos estadísticos ni de señalar estudios confiables de las más reputadas universidades.

Mientras estoy sentado escribiendo estas líneas en un barrio céntrico de Atenas, respiro el aire contaminado de la ciudad, contaminado por el uso indiscriminado de vehículos de todo tipo propulsados por carburantes, al tiempo que siento en mis oídos la ininterrumpida explosión de esos motores. Claro que ya me acostumbré tanto a este aire como al rumor de fondo, pero ¿no fue pagando el precio de una menor calidad de vida? E incluso si me alejara de la ciudad el panorama no sería mucho más alentador. Es prácticamente imposible caminar por los bosques de Ática sin toparse cada dos por tres con basura dejada por la gente o arrastrada por el viento.

Por cierto, yo no creo que todo pasado haya sido mejor, solo digo que, en lo que hace al medio ambiente y a la calidad de vida que depende de él, estamos peor que hace una generación atrás y que la próxima generación estará peor aún que nosotros. En otros aspectos estamos mejor que antes, sin duda, y espero que los que nos sucedan estén aún mejor que nosotros. Por ejemplo, la situación de la mujer en la sociedad: aquí vemos una mejora, por modesta que sea, y tenemos razón en suponer que el futuro será aún más justo con lo que un tiempo se llamaba “el sexo débil”.

Tampoco soy fatalista. Me explico: no creo que vaya a desaparecer la especie humana a causa del calentamiento global. Decir que el homo sapiens va a extinguirse por su propia culpa entre este siglo y el que viene es pintar un escenario extremo y contraproducente. El problema de fondo no es si vamos a desaparecer o no en tanto especie biológica, el tema es cuántas victimas y cuánto sacrificio va a costar la injustificada transformación ecológica que hemos desencadenado. Si me permiten una comparación: la humanidad no desapareció tras la Primera y la Segunda Guerra Mundial, pero ¡cuántos millones de vidas humanas costaron esas aventuras bélicas que, al fin y al cabo, no sirvieron para nada!

Por esto mismo, creo que es conveniente evitar tanto el catastrofismo como el optimismo ingenuo. ¿Qué entiendo por esto último? Entiendo la actitud según la cual con la adopción de un par de medidas que impliquen poco sacrificio vamos a poder evitar los principales problemas medioambientales que ya hoy se perfilan. ¡Ojalá todo se solucionara con reemplazar nuestros vehículos a explosión con los nuevos coches eléctricos y con hacer que todos nuestros envases sean reciclables!

Es cierto que a nuestros niños no podemos agobiarlos con pronósticos desalentadores, pero tampoco es justo pintarles un futuro rosa, porque eso sería engañarlos, aparte de dejarlos sin la preparación que van a necesitar. Por ejemplo, si la temperatura global termina aumentando en 2050 aproximadamente 2º (cosa muy probable, al fin y al cabo), lo que van a tener que padecer nuestros hijos, que por entonces van a ser ya plenamente adultos, va a ser considerable. Si ya con un aumento de temperatura de 1,2º los últimos años hemos batido récords de frío y calor, de lluvias y sequías, de huracanes e incendios, ¿qué nos espera en el futuro no tan lejano?

Las buenas intenciones no bastan. El centro de Ioánina, al noroeste de Grecia, es una selva de automóviles, a pesar de los esfuerzos por incentivar el uso de la bicicleta.

Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher based in Athens, Greece.
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