Conversatorio de Eutanasia: Derechos y Final de Vida

El lunes pasado participé en un conversatorio en línea organizado por un grupo argentino dedicado a promover el debate sobre la necesidad de contar con una ley de asistencia a la muerte voluntaria y digna en nuestro país. Uno de los promotores de ese grupo, a la vez que coorganizador del evento, era Carlos Soriano, un médico y escritor que elabora desde hace unos años una propuesta de legislación de eutanasia a raíz de una experiencia emblemática que ha tenido con un joven paciente afectado entonces por esclerosis lateral amiotrófica (ELA): el mayor deseo de ese joven era morir dignamente para abandonar de una vez por todas ese cuerpo que ya no respondía más a sus legítimas aspiraciones, y esa vivencia ha continuado siendo desde entonces el aliciente de los esfuerzos del doctor Soriano en esta materia. Tuve la suerte de conocer a Soriano hace unos años, mientras presentaba mi libro Eutanasia y autonomía en la Maestría de Bioética de la UNC, y desde entonces nos ha unido un fructífero intercambio de ideas.

Entre las presentaciones de las coordinadoras, Viviana y Cuqui, y la de los ponentes (aparte de mí estaba la psiquiatra Grisel de Pascuale, que habló del dolor y el sufrimiento en el marco de la salud mental) fue poco el tiempo que quedó para responder a las muchas inquietudes que los oyentes nos hacían llegar por el chat a medida que hablábamos. Quiero dedicar esta entrada, aunque más no sea, a recordar algunas de esas preguntas.

Uno de los puntos para mí más notorios de todo esto es la avidez de la ciudadanía en general por discutir estas cuestiones médico-filosóficas de un modo abierto y serio.

Ese deseo por ahondar en estas cuestiones bioéticas se acompaña de muchísimas dudas específicas, lo que a mi entender muestra a las claras la conveniencia no solamente de seguir organizando debates, sino también de poner en marcha campañas de información. Por ejemplo, muchos participantes preguntaban si debían firmar sus directivas anticipadas ante escribano público. Como la ley en Argentina que establece y regula estos derechos del paciente ya va a cumplir diez años (la ley 26.742 fue de hecho sancionada en 2012), creo que lo más adecuado sería difundir toda la información disponible de manera clara, exhaustiva y fundada mediante folletos, videos, etc.

De todos modos, en un momento el doctor Soriano hizo un comentario que me llevó a pensar que no se trata de organizar tan solo buenas campañas informativas para la ciudadanía, sino que es particularmente importante poner en marcha ciclos de seminarios de capacitación y actualización para los profesionales de la salud. Esto que digo no es nada escandaloso: hay millares de médicos, enfermeros, paramédicos, etc., que han concluido sus estudios hace 20, 30 o más años, y que pueden ignorar o tener una idea muy imprecisa de la legislación más reciente.

Quisiera dar un ejemplo muy concreto. A partir de la ley 26.742 que apenas mencionaba, el paciente argentino tiene el derecho de no iniciar o, eventualmente, de interrumpir un tratamiento que considere contrario a lo que es para él o ella la buena vida y, por ende, la buena muerte. O sea, un enfermo de cáncer terminal bien puede decidir interrumpir la terapia que le propone el médico que lo trata por considerar que es mejor usar las pocas energías que le quedan para emplearlas en otras cosas más importantes como pasar más horas de calidad con sus seres queridos. Igualmente, un paciente grave y con diagnóstico infausto en terapia intensiva está facultado a rechazar todos los sostenes vitales que lo mantienen artificialmente en vida, una vida que puede haberse convertido para el enfermo mismo en un infierno. Ahora bien, el punto es que muchos profesionales del ámbito de la salud en Argentina desconocen el texto de la ley o se sienten inseguros a la hora de interpretar y aplicar sus artículos. (Soriano comentaba que un médico, ante la solicitud de un paciente de interrupción de los tratamientos, exclamó, ¡¿Pero cómo voy a desenchufarlo, eso es hacer eutanasia pasiva?!)

Este fenómeno, por supuesto, no es privativo de Argentina. Por lo que veo, cuando un país legaliza la ayuda para morir dignamente, se vuelve necesario organizar la capacitación de los médicos no solamente en materia jurídica, sino en cuestiones terapéuticas, asistenciales e incluso, muy concretamente, farmacológicas, porque para recetar, preparar y administrar el fármaco que le permitirá al paciente terminar con su vida cuando quiera hay que tener un entrenamiento particular que nadie recibe en los años universitarios. Demás está aclarar que morir y ayudar a morir dignamente es todo un arte.

Tal vez el momento más interesante y polémico del debate se dio al final, minutos antes del cierre. Una doctora que, si mal no entendí, trabajaba en cuidados paliativos defendió la postura según la cual la sedación profunda y prolongada no solamente era algo bueno, sino que no requería el consentimiento informado del paciente. “Lo hacemos para su bien, para bien del enfermo”, dijo (estoy citando de memoria).

El punto central para mí es este. Estar a favor de la ayuda para morir dignamente es estar embarcado en un movimiento cultural, bioético y jurídico muy específico, que es el movimiento centrado en las libertades y los derechos del paciente. Y esto se traduce aquí concretamente en lo siguiente: es el paciente quien debe decidir qué es lo mejor para él o ella. No es posible continuar con el paternalismo médico, en ninguna de sus versiones. Esto no significa desconocer todos los conocimientos que puedan tener los médicos, sus experiencias logradas muchas veces tras intensos años de dedicación a la medicina. Tampoco significa poner en duda la integridad o la buena voluntad de los profesionales de la salud: muchos de ellos desean vivamente que su paciente se cure o que, al menos, no sufra, de no haber ya remedio para su mal. La cuestión es que, en última instancia, quien tiene la última palabra, es ahora el paciente.

Esto quiere decir que en todos los casos en que sea posible, el médico debe hablar con el paciente y debe disponer de su consentimiento informado antes de emprender cualquier intervención terapéutica o diagnóstica.

Claro que hay excepciones notorias: si a un médico le traen de golpe un paciente gravemente accidentado y en estado inconsciente, uno de esos pacientes que necesitan ser operados urgentemente para salvarles la vida, entonces no debe “perder el tiempo” tratando de indagar si el herido alguna vez dejó constancia de su voluntad y de qué tipo era esta. En una emergencia, todos podemos y debemos comportarnos según lo que entendemos es el mejor interés del afectado.

Igualmente, en el contexto de la asistencia paliativa dada a un paciente ya muy desmejorado física, anímica y mentalmente, es posible que el médico se halle en una situación tal que “no le quede otra” más que someter al paciente a la sedación profunda y por un tiempo en principio indefinido, sin que sea ya posible obtener previamente el consentimiento informado.

Ahora bien, estas son excepciones y deben ser entendidas como tales. La regla general es otra y se basa en la toma de decisión del paciente. En situaciones “normales” es el paciente quien debe decidir si quiere ser operado o no, aunque todo esto sea para lo que el médico entiende es su bien; igualmente, en situaciones normales el paciente debe manifestar su conformidad o no con la sedación profunda y por tiempo indefinido, aunque esta medida extrema esté pensada como un acto de beneficencia por parte del paliativista.

Acerca del otro punto, de aquel que se centra en la (permítanme esta calificación) hipocresía o pusilanimidad de las sociedades que recurren a la sedación profunda y por tiempo indefinido, esa que yo denominaría sin más rodeos sedación terminal, ya me he detenido varias veces en este blog y por lo tanto remito al interesado a las notas correspondientes. Estoy pensando concretamente en Francia, que en vez de legalizar la eutanasia consagró el “droit de demander une sédation profonde et jusqu’au décès” (ley 2026-87, del 2 de febrero de 2026), y el precedente que ello ha sentado.

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Diario de la pandemia (20 de julio de 2021)

Los dos temas que siguen acaparando nuestra atención acá en Grecia son la variante delta del coronavirus y la vacunación. Tengo la impresión de que en esta última semana no hubo cambios sustanciales en ambos frentes, para bien o para mal (se entiende: para bien, si nos concentramos en el primer aspecto; para mal, si en el segundo).

El problema de las variantes del virus –en este momento, de la variante delta, aunque empieza a preocupar también el arribo de la épsilon– es que pueden cambiarnos radicalmente las reglas del juego. Hasta ahora nos manejamos con que delta es más peligrosa que alfa –la variante originada en el Reino Unido que copó toda Grecia a partir de enero–, entendiendo por más peligrosa el hecho de que se difunde con mayor rapidez o, para decirlo de un modo más preciso, el hecho de poseer mayor contagiosidad. Por lo pronto, no parece ser más agresiva con el organismo humano una vez contagiado, esto es, no parece ser más letal. Pero hay una serie de preguntas abiertas y, por lo que veo, los científicos aún no tienen más que respuestas provisorias: ¿si la variante delta es más peligrosa, qué pasa si un número importante de niños se infecta? ¿no podría darse el caso que delta fuera más agresiva con los organismos en desarrollo, como los de los bebés y los niños en edad escolar? Además, ¿qué sabemos del impacto de delta a largo plazo? Más precisamente, ¿la variante india puede llevar a la aparición de más casos de covid persistente (long-covid)? Y, para no seguir ahondando mucho más en el tema, ¿de todas las vacunas que actualmente se utilizan en Europa y en los restantes continentes, puede decirse que su eficacia es al menos igual o muy similar a la constatada respecto del virus “original”, esto es, del que nos llegó sin grandes mutaciones de Wuhan?

Todas estas preguntas no son ociosas ni tienen un valor meramente científico. Los políticos, los empresarios, los directores de escuela… todos nos las planteamos, porque queremos organizar nuestro futuro inmediato, lo que vamos a hacer a partir de setiembre, cuando se acaben las vacaciones y las obligaciones y el fin del verano nos reúnan de nuevo en espacios cerrados. ¿Los chicos van a poder volver a clases? ¿Con qué modalidad, virtual o presencial? ¿Los empleados administrativos van a tener que rearmar sus oficinas caseras? ¿Va a ser necesario tomar medidas “horizontales” que restrinjan una vez más nuestra libertad de circulación?

A decir verdad, todas estas no son ni siquiera preocupaciones para el futuro próximo, sino de lo más candentes. El fin de semana pasado el gobierno volvió a introducir una suerte de “confinamiento express” en la isla de Miconos. Como sabrán, esta isla es uno de los principales destinos del turismo internacional. En un par de semanas, Miconos se llenó de turistas griegos y extranjeros, muchos de los cuales no estaban vacunados ni se les cruzaba tampoco por la mente respectar las medidas del protocolo sanitario: habían ido a darse la buena vida yendo, literalmente, “de fiesta en fiesta”. El resultado fue un aumento alarmante de los contagios y el gobierno prefirió pisar el freno antes de que la cosa pudiese írsele de las manos.

El otro gran asunto, estrechamente vinculado a este, es el de la vacunación. La campaña avanza, pero a un ritmo exasperantemente lento. El gobierno podrá decir que ya estamos alrededor del 60 por ciento de vacunados, si sumamos a los que se han puesto recién la primera dosis y a los que están por hacerlo en los próximos días, pero la cifra más preocupante es la otra, la de los “completamente vacunados”, que todavía no alcanzó a la mitad de la población y se arrastra por el 45 %.

Claro que alguien me puede decir que el gobierno no tiene toda la culpa (hay un sector de la población que aún no se ha puesto la vacuna por simple negligencia, no por oponerse a ella por motivos ideológicos) y también me puede señalar que Grecia no está mucho peor que otras naciones “desarrolladas” (¿se acuerdan de que Joe Biden quería que el 4 de julio de este año coincidiera con la fecha en que los EEUU iban a lograr la otra independencia, la dada por la inmunidad del rebaño? ¡Los Estados Unidos están apenas unos puntos por encima de Grecia en lo que hace el porcentaje de vacunados completamente!)

Yo creo que el gobierno griego, y lo mismo vale para los restantes países de la Unión Europea, no actuó con la rapidez y decisión del caso. Para mí el error fue no condicionar la reapertura que se dio a partir de mayo con la vacunación. O sea, tendría que haberse puesto como condición para volver a la normalidad la primera dosis de la vacuna: si tiene el primer pinchazo, sale de casa, si no, sigue encerrado. Con este método, usado en Israel, por ejemplo, estaríamos en estos momentos arañando la ansiada cifra del 70 %.

Para decirlo más claramente: recién ahora el gobierno dispuso que los espacios cerrados (de un restaurante, de un cine, de una sala de conciertos, etc.) va a ser solo para los vacunados, con el fin de generar así incentivos. “¿Está usted vacunado?, entonces entre, si no, lo siento mucho.” Esta medida, que ahora todos aceptan porque no queda otra, tendría que haberse introducido hace al menos dos meses. No dudo de que entonces hubiesen surgido protestas enconadas por lo draconiano y discriminatorio de la medida, pero hubiese surtido el efecto deseado.

El gobierno sabe que las agujas del reloj no se detienen y que, en el mejor de los casos, le quedan dos meses (aunque yo diría solo seis semanas) para vacunar con las dos dosis a unos dos millones de ciudadanos (de los cuales, al menos un cuarto, o sea, más de 500.000, son adultos en edad de riesgo). De lo contrario, y esto es lo que me veo venir, vamos a tener un otoño más gris de lo esperado.

Mientras tanto, las autoridades evalúan extender la vacunación a los adolescentes de entre 12 y 15 años. Los jóvenes de 16 y 17 años ya pueden vacunarse, y de hecho una familia conocida días pasados registró a su hijo mayor para que se ponga en los próximos días la vacuna prevista para esa franja etaria (la de Pfizer). Yo en principio soy favorable a esta extensión de la vacuna a los adolescentes. Aunque los adolescentes no enfermen tanto de covid como los adultos, es bueno que estén protegidos, para reducir el riesgo al mínimo; además, esa protección va a significar una mayor seguridad para todos: los jóvenes dejarán de ser considerados como potenciales difusores del virus.

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Diario de la pandemia (14 de julio de 2021)

Últimamente ha surgido un lugar común que se cuela en toda conversación: “Hasta hace unas semanas estábamos bien, parecía que se había ido el virus, que nos iba a dar un respiro al menos durante el verano, pero con la variante delta uno ya no puede estar tranquilo…”.

Efectivamente, la variante de la India puso pie en Europa y desde entonces no ha hecho más que expandirse por el Viejo Mundo a una velocidad inusitada. ¡Se aguó la fiesta que prometía ser el verano! Por este motivo, los gobiernos tienen que tomar ya decisiones que pensaban que podían postergarlas hasta el otoño boreal; los empresarios, pequeños y grandes, de los sectores del turismo y el esparcimiento calculan ya que esta temporada va a ser más magra incluso que la pasada, y la gente común y corriente entiende ya que no va a poder bajar la guardia tal como deseaba.

Para dar una idea más cabal de la situación, les tiro estos datos. Hace dos fines de semana, nos horrorizamos porque el número de contagios diarios empezaba a arañar las mil unidades; el fin de semana pasado ya estábamos hechos a la idea de que los casos no iban a bajar de los dos mil; y ayer superamos la barrera de los tres mil contagiados en un solo día.

Pero esta vez hay una particularidad, y es que la mayoría de los contagios se da entre gente joven. Y eso significa que luego no necesitan ser hospitalizados. En otras palabras: aumenta el número de contagios, pero no se incrementa paralelamente la cifra de las internaciones. Por lo tanto, los otros dos valores que siempre se han tenido en cuenta, el de los intubados y el de los muertos, continúan a niveles bajos, “aceptables”.

Por las noticias que leo y escucho diariamente, este fenómeno no es privativo de Grecia, sino que se repite casi exactamente en los principales países europeos: en todos ellos se difunde a pasos agigantados la variante delta, particularmente entre los jóvenes, mientras que los respectivos sistemas sanitarios siguen sin sobrecargarse.

La explicación que se ofrece es más o menos esta: la población adulta, sobre todo, la población de los mayores de 60 años está bastante bien protegida gracias a las vacunas. De hecho, en casi todos los lugares se repitió un esquema de vacunación basado, entre otras cosas, en la edad. Así, desde enero comenzaron a vacunarse los mayores de 85 años y a medida que se iba cubriendo esa franja, se bajaba en cinco años el requisito de la edad: entonces se pasó a los mayores de 80, luego a los de más de 75 y así sucesivamente.

Hasta ahora, los epidemiólogos griegos y europeos dan por descontado dos cosas: primero, que las vacunas administradas (las de Pfizer, Moderna, AstraZeneca y Johnson y Johnson) son efectivas incluso frente a la nueva variante delta; segundo, que si bien esta mutación le permite al virus difundirse más rápidamente, no lo hace más agresivo: los jóvenes, que en buena medida son el sector que recién ahora empieza a vacunarse y que, por lo tanto, no cuenta con la inmunidad adquirida gracias a las vacunas, no tiene mayores probabilidades de enfermar gravemente (lo mismo que ha ocurrido con las variantes ya conocidas).

Si estos dos supuestos no son puestos en tela de juicio en las próximas semanas, es probable entonces que los gobiernos europeos se aferren a la política que, detalles más, detalles menos, ya han anunciado. En pocas palabras, la idea es que no debemos asustarnos si en las próximas semanas el número de contagios sube incluso hasta escalar niveles más altos que durante la segunda y la tercera olas; lo importante es que siga avanzando, y ahora a pasos agigantados, la campaña de vacunación porque la vacuna es, por el momento, la única arma efectiva con que contamos para contrarrestar los efectos más dañinos del virus. Se insistirá sobre las medidas básicas como usar barbijo o mantener una distancia de más de metro y medio; se restringirán algunas actividades como la de los bares y la de las salas de concierto, pero la vida normal continuará. La clave estará en otorgarle carácter de obligatoriedad a la vacuna en todos aquellos casos en que sea posible (por ejemplo, para el personal sanitario) y de aumentar los incentivos para vacunarse en todos los demás casos (por ejemplo, no se podrá ir a un restaurante si uno no cuenta con el famoso certificado de inmunidad).

Por lo que veo, algunos países van a ser más prudentes, como los Países Bajos, que ya optaron por reintroducir algunas medidas restrictivas para que el ritmo de contagio siga en valores controlables, mientras que otros, y aquí se sitúa en primer lugar el Reino Unido, han optado por una reapertura total. De hecho, Boris Johnson sigue firme en su decisión de volver incondicionalmente a la normalidad a partir de la próxima semana.

Yo le he dado vueltas al tema los días pasados y sigo pensando lo que ya expresaba en el post anterior. Si no entra en juego una nueva variable, esto es: si la situación sigue desarrollándose dentro de los parámetros que hasta este momento manejamos, entonces no queda otra que seguir vacunando pero sin la perspectiva de volver a una nueva cuarentena y ni siquiera a la reintroducción de medidas restrictivas para la economía y la vida social (pienso en las escuelas, en los museos, en los cines, en los restaurantes, etc.) una vez que termine el verano.

Permítanme esta comparación. El que no se vacuna de ahora en adelantes es más o menos como el que sigue fumando, tomando alcohol, consumiendo grasas y azúcares y haciendo una vida sedentaria: el problema básicamente es suyo. Una vez que una sociedad logra inmunizar a alrededor del 70 por ciento de la población, el virus deja de ser una amenaza para los otros y solo lo es para el que no tiene la inmunidad necesaria… simplemente porque no desea vacunarse.

Claro que en esta pandemia no está dicha la última palabra. Lo preocupante, lo realmente preocupante para Europa de ahora más debería ser la vacunación a escala global. Creo que no es necesario aclarar por qué: si el virus continúa difundiéndose y mutando en el resto del globo, es probable que surjan variables que cambien completamente las reglas de juego que barajamos hasta ahora. Incluso cuando la motivación sea exclusivamente egoísta, las naciones más ricas deberían concentrarse en la campaña mundial de vacunación.

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Límites de la justificación ética del confinamiento

Como se imaginarán, Boris Johnson no es santo de mi devoción. Sin embargo, mientras ayer escuchaba sus anuncios, me quedé pensando si quizá esta vez no tendría razón. Me explico.

Hace unos dos meses atrás, yo y tantos otros veíamos al Reino Unido como un ejemplo a imitar: allí habían empezado sin demoras con la campaña de vacunación y no se habían enredado en las dificultades que complicaron las cosas acá en Europa. Así, mientras que nosotros estábamos aún reponiéndonos de los efectos devastadores de la cuarta ola, los británicos volvían a la ansiada normalidad: reabrían los negocios, los museos, las oficinas. ¡Qué envidia nos daba!

La interpretación –por cierto válida, tanto entonces como ahora– que yo y tantos otros hacíamos era más o menos esta: “No hay vuelta de hoja, casos como el del Reino Unido y el de Israel muestran a las claras que la salida de la pandemia está en realizar una campaña de vacunación rápida, amplia y bien orquestada”.

Unas semanas después, a medida que el cielo europeo iba mostrando los primeros rayos de un sol acogedor, empezaban a aparecer las primeras nubes sobre el horizonte británico: los efectos positivos de la vacunación en Europa sumados a los del confinamiento, y a pesar de los reveses iniciales, empezaban a dar sus frutos, al tiempo que las noticias que llegaban del oeste del Canal de la Mancha no eran tan buenas. ¿Qué pasaba? Básicamente, dos cosas.

En primer lugar, era cierto que el gobierno de Johnson había vacunado a un número impresionante de personas en solo poco tiempo, pero no lo habían hecho con las dos dosis. Con vistas a pinchar a todos, se prefirió usar los recursos para cubrir a la mayoría de la población con la primera dosis, dejando la segunda para más tarde, total, ¿quién sabe?

Esta estrategia, que en un primer momento dio buenos resultados (no podemos negarlo: los británicos pasaron a tener muy pocos muertos en tiempo récord), pronto empezó a mostrar sus falencias. La razón saltaba a la vista: la vacuna que mayormente se ha utilizado en las islas, la de AstraZeneca, alcanzaba la eficacia de arriba del 90 % solo cuando se aplicaban las dos dosis.

Ya entonces los epidemiólogos británicos advertían sobre el riesgo de dejar las cosas a mitad del camino: no vacunar a una población es algo reprobable, pero vacunarla a medias también lo es, porque si el virus llega a mutar puede adquirir una estructura que luego burle las defensas adquiridas gracias a la inoculación obtenida con tanto sudor. Y con esto paso directamente al segundo punto de los dos que señalaba.

Por suerte, no hubo una nueva variante surgida en el Reino Unido (después de la variante alfa ya no era necesaria otra variante inglesa). Sin embargo, la variante delta, la surgida en la India, la antigua colonia británica, se infiltró primero y se diseminó luego con un éxito rotundo por todas las islas británicas. Tan exitosa fue esta evolución, que delta en poco tiempo desplazó casi por completo a alfa.

De esta manera, a mediados de junio se encendía la luz amarilla en el Reino Unido: ¿cómo hacer ahora para acelerar y completar la vacunación de toda la población? ¿Va a ser necesario dar marcha atrás y reintroducir las medidas restrictivas? ¿No sería aconsejable incluso volver a alguna forma de confinamiento, del famoso “lockdown”, aunque sea por un par de semanas? Consulta va, consulta viene, y mientras tanto mirar bien de cerca qué pasa en otros lados, en los Estados Unidos, en la Unión Europea, en Israel.

¿Se acuerdan de la célebre frase de Jair Bolsonaro, pronunciada el 24 de marzo de 2020 desde el Palacio del Planalto, en la que comparaba el covid con una “gripezinha“? Bueno, hoy Brasil llora más de 530.000 muertos. Por supuesto que Boris Johnson no iba a permitirse ayer una metida de pata semejante, pero sí se arriesgó a comparar al covid con una gripe. ¡Atención!, no quiso decir “gripecita”, sino, como lo diríamos en el Río de la Plata, con “una flor de gripe”. Y, además, no lo dijo como su par brasilero a inicios de la pandemia, sino cuando el Reino Unido está viendo la luz al final del túnel.

Por eso, se los confieso, lo tomé en serio. ¿Y si esta vez Johnson tiene razón? Veamos. Por lo que sé, muchos epidemiólogos sostienen que el coronavirus o, para hablar con más precisión, este tipo de coronavirus, el SARS-CoV-2, no se va a borrar olímpicamente de la faz de la Tierra en los próximos meses o años. Es probable que el virus aprenda a convivir con nosotros y nosotros con el virus por años o, incluso, por siglos. Biológicamente hablando, tal cosa no sería nada nuevo. Sabemos, por ejemplo, que hay cuatro tipos de coronavirus, los que nos causan los resfríos cada invierno, que se han vuelto endémicos. Así que este es un escenario futuro imaginable para el SARS-CoV-2.

En lo personal, les cuento que yo ya me hice a la idea de que, de acá en adelante, probablemente hasta que me muera, año tras año voy a tener que ponerme la vacuna contra la gripe y, por qué no, la vacuna contra el covid. Así como los virus que nos causan cada año las molestas enfermedades del otoño y el invierno (el resfrío, la gripe) se han vuelto endémicos, lo mismo podría suceder con este nuevo virus, el SARS-CoV-2.

Ahora bien, como no soy biólogo ni epidemiólogo, quiero proceder del modo más cauto posible, porque sé que hay especialistas que afirman que el SARS-CoV-2, debido a su conformación, no tiene muchas chances de volverse endémico. Para esos científicos, mientras que la humanidad va a seguir en pie, al menos durante el siglo XXI, el nuevo coronavirus, después de hacer todos los estragos posibles, va a desaparecer para siempre. Hecha esta aclaración, paso al último punto.

Supongamos que Boris Johnson tiene razón, esto es, supongamos que podemos establecer lo siguiente: si una población como la británica, o como la griega, o como la española (recuerden que estamos razonando a julio de 2021), esto es, si una población cuenta con más del cincuenta por ciento de su gente vacunada con al menos una dosis, entonces, aunque no haya derrotado al virus, sí ha hecho que su letalidad haya disminuido de tal manera que de allí en adelante sea comparable con la de la gripe… al menos, para aquellos que se han inoculado con una dosis.

Porque, digámoslo sin rodeos, lo que vemos hasta ahora (insisto, hasta el 9 julio de 2021) es que en el Reino Unido, en Grecia, en España, el virus bajo la forma de la variante delta se ha vuelto a diseminar y con mucha energía. El número de contagios en estas tres sociedades (y bien podríamos incluir a otras) aumenta día a día… pero no aumenta, y esto es lo importante, el número de personas que terminan en terapia intensiva y mueren.

¿Adónde quiero llegar con todo esto? A que yo no estoy dispuesto a pagar el costo de un nuevo confinamiento. Perdón por ser tan sincero. Yo fui “a good boy” y acepté del mejor modo posible todo el paquete de restricciones surgidas de la primera ola y luego de las segunda y tercera olas (que vino la una encima de la otra). Cumplí con todo lo que había que cumplir y sufrí estoicamente. No quiero ningún premio, pero sí quiero resaltar que todo ello significó para mí, y de manera muy palmaria, dificultades y reveces no solamente físicos y psicológicos, sino también profesionales y económicos. Sigo con la lista de mis méritos: cuando me llegó el turno de ponerme la vacuna, acudí sin demoras y me puse las dos dosis en el plazo establecido. ¿Qué más tengo que agregar? Ah, sí, que he seguido cuidándome, eso ya lo incorporé a la vida cotidiana: desinfectarse las manos regularmente, mantener el distanciamiento, usar mascarilla.

Concluyo: yo hice mi parte, yo cumplí con mi “fair share” y espero que aquí en Grecia todos hagan lo que deben hacer, en particular ahora: ponerse la vacuna y seguir cuidándose. No cuesta nada (la vacuna acá como en los demás países sigue siendo gratuita y las mascarillas de tela se pueden lavar y reutilizar, como los calzoncillos o las medias). Ahora, si el gobierno griego en setiembre quiere volver a introducir medidas de confinamiento porque ya empezó a dibujarse la cuarta ola, hoy creo que, haciéndome eco de Boris Johnson, voy a ser uno de los primeros en poner el grito en el cielo. Por todo lo que sabemos, la variante delta no va a matar a los que se vacunaron (si yo me llegara a contagiar, lo más probable es que, en el peor de los casos, desarrolle un estado parecido al gripal). En cambio, si alguien no se vacunó y se contagia, es probable que ese sí termine en el hospital y, semanas más tarde, en el cementerio. Pero un gobierno no puede condicionar la vida de la población porque un sector se niega a ponerse la vacuna y para colmo se niega por motivos descabellados. Lo repito una vez más: en Grecia hay vacunas y de sobra. Uno puede elegir la que quiere ponerse y el día y la hora que le quede cómodo. No cuesta un centavo. Así que si alguien no se pone la vacuna es realmente porque no quiere (incluso ya hay servicios que van a las casas a vacunar a los enfermos postrados en la cama, que obviamente no pueden ser trasladados a un centro de vacunación).

Como liberal que soy, respeto a todos los “no-vaxxers”, pero su negativa no puede condicionar de ahora en más mi futuro y el futuro de mis seres queridos. ¿No quieren vacunarse porque en la vacuna se esconde el diablo o se condensa lo peor del capitalismo? Que no se vacunen, nadie los obliga. Pero yo no quiero volver a encerrarme en mi casa por meses para que no terminen intubados en un hospital público, que aparte mantengo con los impuestos que pago. Todos somos libres de pensar lo que se nos cante, pero esa libertad va acoplada con la responsabilidad.

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Diario de la pandemia (7 de julio de 2021)

Se ha comparado al coronavirus con un enemigo –y con un enemigo especialmente peligroso debido a su invisibilidad – y a la lucha contra el virus con una guerra. No sé cuán acertadas puedan ser estas metáforas; en todo caso, si se trata de una guerra, no es como esos conflictos convencionales, en las que dos ejércitos se enfrentan cara a cara en un amplio campo de batalla. El virus parece maniobrar como si estuviese librando una guerra de guerrillas…

Esto lo digo porque en los meses en que peor estábamos (epidemiológicamente hablando), allá por marzo y abril, comenzamos a ver solo la luz al final del túnel: el enemigo parecía derrotado, incapaz de volver a levantar cabeza por meses. Ahora, en cambio, que el virus parecía estar bajo nuestro control, reaparece y de modo desafiante. El virus no estaba muerto, antes bien, ha mutado y vuelve a atacar en un punto muy vulnerable.

¡Así es! Si hasta mediados de la semana pasada teníamos la sensación de que Grecia estaba fuera de peligro y de que si se hacían todas las cosas bien la inevitable cuarta ola que llegaría a partir de setiembre u octubre sería inocua, hoy la realidad se nos presenta de otra manera. Lamentablemente, en tan solo un par de días el número de contagios y de personas ingresadas en los hospitales se multiplicó varias veces. Concretamente, de haber tenido un centenar de casos, pasamos a arañar la cifra de los dos mil (ayer). Y esto se traduce en una serie de incertidumbres muy concretas. Yo, por ejemplo, había decidido salir con mi familia a fines de este mes de vacaciones, la típica estadía en un pueblito costero para disfrutar la playa unos diez días, pero en este momento no sabemos qué medidas restrictivas se van a aplicar a partir de cuándo.

No quiero pintarles un escenario catastrófico. La situación no está fuera de todo control, al menos no está como en Portugal (¡De nuevo Portugal! ¡Malditos sean los países que están condenados a vivir del turismo de masa! ¿Se acuerdan de que Portugal había sido noticia en enero, después de que miles de británicos fueran a pasar las vacaciones de navidad allí, ya que “estaba todo bien”? Hoy Portugal vuelve a estar en los titulares, y por haber cometido el mismo error: “acá está todo bien, que vengan los turistas, no importa si son del Reino Unido, no importa si allí la variante delta es la predominante, no importa si se pusieron solo una vacuna…”.)

Acá también los otros días la Merkel le tuvo que dar un tironcito de orejas al primer ministro griego, Mitsotakis: “Queridito, no me dejes entrar a los rusos así sin más. Es cierto que te traen platita, bien o mal habida, eso no importa, pero ojo que en Rusia casi todos los contagios son de la variante delta; además, los pocos rusos que están vacunados se pusieron la Sputnik V, una vacuna no reconocida en la Unión Europea.”.

El tema es justamente este: la nueva variante, la delta, ya entró en Grecia (y en el resto de la Unión Europea) y es solo cuestión de tiempo (en el mejor de los casos, meses) hasta que desplace a la variante alfa, la del Reino Unido, la que se había propagado hace exactamente seis meses atrás, desplazando al virus de Wuhan.

Por lo que se sabe (o, mejor dicho, por lo que sé yo), la variante delta no es más letal que las restantes, pero sí más contagiosa. Además, si uno no está vacunado con las dos dosis, la protección que da solamente la primera vacuna es muy baja. Este es el tema.

Conclusión: ni en Grecia, ni en ningún otro de los países “desarrollados” (o “más o menos desarrollados”) hay que dormirse en los laureles. Aparentemente, fue imprudente dejar sin efecto todas las medidas restrictivas y no va a quedar otra que reintroducir alguna que otra forma de limitación, si no queremos que la variante delta se extienda por todo el territorio demasiado rápidamente. Mientras tanto, carpe diem, aprovecha todo día para vacunar.

Últimamente, yo repito como un loro: “Cuando llegue setiembre, tiene que estar vacunada al menos el 70 % de la población de Grecia con las dos dosis. Si no, vamos a ver por cuarta vez la película archiconocida de contagios, internaciones y demás”. Creo no decir nada original, los principales epidemiólogos del país están de acuerdo con este objetivo, que el gobierno, hay que reconocerlo, ha adoptado sin chistar. El problema es que la cifra está aún muy lejos de volverse realidad.

Justamente ayer se barajaban los siguientes guarismos: en Grecia la población ronda los diez millones y medio de habitantes. Pongamos que la cifra de indocumentados oscile entre los doscientos y los trescientos mil. Si el número de vacunados con una dosis era de 5.000.000 y el de los vacunados completamente (sea con las dos dosis o con la vacuna de Johnson, que es unidosis) alcanzaba los 4.000.000, entonces está claro que queda un buen tirón para llegar a la meta. ¡Ni siquiera arañamos la mitad! Para colmo, hay signos inconfundibles de que el entusiasmo que reinaba hasta hace unas semanas atrás se desinfló. De las casi 100.000 personas que se vacunaban por día, pasamos a algo más de la mitad.

Frente a este escenario, el gobierno griego está echando mando de lo que sea. En el post pasado les comentaba que, por ejemplo, los restaurantes o salas de entretenimiento que acepten solamente vacunados podrán trabajar “a toda máquina”, mientras que quienes permitan el ingreso de los no vacunados solamente van a poder usufructuar algo así como la mitad de la capacidad disponible. Incentivos para que la gente vaya a vacunarse.

Ahora la novedad es que a partir de la próxima semana va a habilitarse la plataforma para que los chicos de 16 y 17 años se registren para la vacunación. La vacuna que se va a utilizar va a ser la de Pfizer/BioNTech y la de Moderna (o sea, las dos vacunas que utilizan la tecnología del RNA mensajero y que parecen ser, al menos hasta el momento, las más seguras para menores).

¿Y con los indocumentados? Les cuento de cierre esta historia. Un pariente político mío, a causa de la edad y de la situación física deplorable en que está, necesita desde hace años una persona que lo ayude. Como se sabe, no abundan ni las chicas ni las señoras griegas (y ni hablar de los chicos y los señores griegos) que estén dispuestas a hacer este trabajo doméstico que podríamos llamar “cuidado a tiempo completo”. Conclusión: miles y miles de familias griegas recurren a la mano de obra femenina que viene de los países del este, desde Bulgaria hasta Filipinas, mujeres que acompañen y asistan a nuestros viejos por unos 700 euros al mes.

Bueno, este pariente que les mencionaba no es una excepción a la regla, tiene una señora de mediana edad proveniente de uno de los países del Cáucaso. Obviamente, entró (entonces, ya hace más de quince años) ilegalmente y trabaja en negro.

Ahora bien, sea por la salud de mi pariente que por la de esta señora, ayer llamé a Médicos sin Frontera a ver qué se podía hacer. ¿Puedo llevarla a vacunar a la señora S.? La respuesta que me dieron es: no, nosotros no podemos hacer nada. “El Estado griego administra exclusivamente las vacunas por medio de sus instituciones y si la señora en cuestión no figura para el Estado, no se puede hacer nada. Lo lamentamos mucho.” ¡Pero es el caso de cientos de miles de personas!, comenté. Sí, lo sabemos, su caso no es el primero que recibimos, vaya a un centro de vacunación oficial y vea de hacer presión allí. Esa fue la respuesta que recibí. Así que esta es una historia “to be continued”. Mientras tanto, mi exhortación: ¡Señores funcionarios del gobierno griego, si quieren tener vacunado al 70 % de las personas que habitan este suelo, no desconozcan la suerte de los indocumentados!

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Diario de la pandemia (1 de julio de 2021)

Desde hace ya un par de semanas tengo la sensación de que cada vez tengo menos que contar en este diario de la cuarentena o, mejor dicho, que tengo menos cosas personales que relatar en estas entradas, por la simple razón de que hemos recuperado la tan ansiada normalidad. No es que el virus haya desaparecido ni mucho menos, pero los contagios han bajado hasta dejar de ser noticia y con ello el número de intubados y muertos.

Doy un ejemplo concreto para que se entienda lo que quiero decir: al inicio de esta semana ha quedado sin efecto la prohibición de circulación nocturna, que ya había quedado reducida a un par de horas a partir de la una de la noche. Así, el ciudadano de a pie, en su cotidianidad, apenas se enfrenta con situaciones que le recuerdan que hasta hace muy poco (¡por favor, qué rápido olvidamos!) vivíamos en un estado excepcional de confinamiento.

Claro que todavía uno necesita salir con la mascarilla en el bolsillo, porque en los espacios cerrados, como en un supermercado, sigue siendo obligatorio su uso; claro que aún existen restricciones en lo que respecta al número de personas por tantos metros cuadrados de superficie, y por eso se continúa viendo colas a la entrada de algunos negocios pequeños; claro que todavía vamos corriendo al lavabo a desinfectarnos las manos cada vez que volvemos a casa, y así sucesivamente.

La gravedad de la pandemia vuelve a sentirse en todo su peso cuando uno deja su cotidianidad y adopta una visión más amplia. Según las proyecciones disponibles, por ejemplo, este año el turismo internacional que llegue a Grecia va a tener un repunte respecto del año anterior, pero el volumen total va a quedar muy por debajo de los récords que constatábamos en los años previos a la pandemia. Las grandes empresas del sector (aerolíneas, cadenas hoteleras, restaurantes, etc.) saben que las reglas de juego cambian semana a semana. Vuelvo a dar un ejemplo tangible: Grecia había abierto sus fronteras al turismo ruso (tanto Grecia como Chipre se cuentan entre los destinos favoritos de los rusos), pero debido a que la variante delta se ha diseminado ampliamente por Rusia y a que allí se utiliza una vacuna no reconocida en la Unión Europea, el gobierno se ha visto llevado a restringir el ingreso de turistas de ese país. Obviamente, eso genera un efecto cascada: hay que cancelar los vuelos, las reservas de los hoteles, etc.

Pero antes de continuar con los grandes problemas que nos plantea la pandemia, quisiera mencionar una novedad aparentemente pedestre: vuelven a abrir los cines, los teatros, las salas de conciertos y los restaurantes que no contaban con espacios al aire libre. Incluso vuelven a funcionar los lugares para la diversión masiva, como los estadios deportivos. Para ello, naturalmente, no solo es necesario seguir ciertas normas del protocolo sanitario, sino que en este caso la “vuelta a la normalidad” está pensada como una forma para incentivar la vacunación.

Por un lado, los individuos vacunados podrán tener acceso más fácilmente a esos lugares y, por otro, los dueños o administradores de esas instalaciones podrán optar por el modelo más rentable de permitir el acceso solo a vacunados o dejar que entren también no vacunados (lo cual comportará importantes restricciones que se traducirán en menor volumen comercial). O sea, supongamos que un restaurante anuncia que sus espacios interiores estarán destinados solo a vacunados, entonces podrá hacer amplio uso de la superficie disponible, de las mesas, etc.; en cambio, si continúa empleando el sistema mixto (vacunados y no vacunados), podrá utilizar solo una parte de la superficie, para dejar más espacio entre las mesas, etc.

Yo estoy de acuerdo con todas estas medidas para fomentar y acelerar la vacunación; es más, para mi gusto, han sido adoptadas demasiado tarde. Hace meses que deberían haberse empezado a implementar. Incentivos como estos son una forma relativamente simple de llevar a que más gente se vacune. La razón es, a mi entender, sencilla: la alternativa es la obligatoriedad.

Esta cuestión me lleva al tema inicial: este verano, que para el griego medio tendrá la apariencia de una relativa normalidad, ¿cuánto durará? ¿Se extenderá hasta bien entrado setiembre? ¿Y qué pasará luego? Sí, ya sé, esta última es la famosa pregunta del millón. A todos nos gustaría saber ya la respuesta.

Nadie puede prever el futuro, pero igualmente nadie puede poner en duda que el futuro inmediato depende, al menos en cierta medida, de las medidas que tomemos y que implementemos ahora. Por lo que entiendo, Grecia está frente a dos grandes retos, estrechamente vinculados entre sí. El primero de ellos es lograr que a más tardar las últimas semanas de agosto el 70 % de su población esté completamente vacunada; el segundo, impedir que se difunda, sobre todo duramente las próximas semanas, la variante delta, la que es ya prevalente al este y al oeste de la Unión Europea, en Rusia y en Gran Bretaña, sin ir más lejos.

Como salta a la vista, tanto el primer como el segundo reto implican la adopción de medidas indeseables. Para lograr el umbral del 70 % va a tener que recurrirse a un poco de todo, desde imponer la obligatoriedad en los trabajadores del ámbito de la salud (como ha hecho Italia desde el 1 de abril) hasta incluir a los adolescentes en la campaña de vacunación (como acaba de hacer Chipre, que ahora empieza a vacunar a los adolescentes de 16 y 17 años). Así mismo, para lograr contener la difusión de la variante delta va a ser necesario limitar el acceso de ciertos contingentes de turistas, y eso va a generar menos entradas en el sector de lo que antes, erróneamente, se denominaba la industria sin chimenea. (Hoy sabemos que el turismo en una de las principales fuentes de contaminación global.) Sin embargo, según mi punto de vista, todas estas medidas están justificadas. El costo, no solamente económico, sino sanitario, social, psicológico, educativo, político, etc., de volver a un nuevo confinamiento a fin de año “por no haber hecho bien las tareas en el verano” va a ser muchísimo mayor.

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Imágenes de Grecia

Según la cultura mediterránea, el ajo atrae la buena suerte o, al menos, ahuyenta la mala fortuna. El Kitriés, al sur del Peloponeso, largas ristras de ajo cuelgan en las entradas de los locales.

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Propuesta de obligatoriedad de la vacunación anti-COVID-19 para el personal de la salud en Grecia

En el post pasado me había comprometido a decir unas palabras sobre le resolución que tomó recientemente la Comisión Nacional de Bioética y de Tecnoética (Εθνική Επιτροπή Βιοηθικής και Τεχνοηθικής) acerca de la obligatoriedad que podría adoptar la administración de la vacuna anti-COVID-19 entre los miembros del personal sanitario.

¿Cuál es el problema de fondo? Para decirlo en pocas palabras, el problema de fondo es que en los países europeos y norteamericanos llegar a la cifra del 70 % de vacunación completa (o sea, en los casos que sea necesario, con las dos dosis), esto es, alcanzar la famosa inmunidad del rebaño, se está revelando una misión más difícil de cumplir de lo esperado. Y no porque falten vacunas, como pasa en los países más pobres del mundo (de hecho, en muchos países ricos en estos momentos hay exceso de vacunas, incluso de las vacunas que han demostrado ser las mejores en términos de seguridad y eficacia).

El punto es que si uno deja de lado a los niños (que al menos hasta ahora no entran en el programa de vacunación) y a los inmigrantes y refugiados indocumentados (que, por definición, no entran en las estadísticas oficiales del gobierno), y si además uno excluye a todos aquellos que no quieren vacunarse por distintos motivos (desde los que no van a vacunarse por simple dejadez hasta quienes reniegan por motivos ideológicos de cualquier tipo –religioso, político, etc.–), dar con la ansiada cifra del 70 % se vuelve todo un desafío.

Lo que acabo de exponer es el cuadro general. Ahora, dentro de ese marco, hay un problema específico que es el de los trabajadores de la salud, que incluye desde médicos especializados hasta empleados administrativos, que se resisten a vacunarse. Hasta mediados de junio de 2021, la situación en Grecia era la siguiente:

  • El porcentaje de vacunación de los profesionales de la salud que trabajan tanto en el sector público como en el privado (médicos, enfermeros y técnicos de laboratorio) llegaba al 70 %. En otras palabras, un 30 % de los médicos, enfermeros y técnicos no desean vacunarse.
  • El porcentaje de vacunación del personal administrativo y auxiliar (contadores, secretarios, recepcionistas, cocineros, electricistas, etc.) que trabajan tanto en el sector de la salud público y privado ascendía tan solo al 54 %. En otras palabras, casi la mitad del personal de estos rubros no quiere vacunarse.
  • El porcentaje de profesionales de la salud, de empleados administrativos y de auxiliares médicos que se desempeñan en el cuidado de los distintos grupos de pacientes vulnerables (ancianos, personas con discapacidades de diversos tipos, etc.), era, como en el caso anterior, también del 54 %. O sea, lo mismo acá que allá, casi la mitad no piensa ponerse la vacuna.

Insisto: estas cifras no se deben a la falta de vacunas, ya que no solamente hay disponibilidad en todo el territorio griego, sino que estos grupos fueron los primeros en ser convocados a la vacunación, cuando al comienzo (enero y febrero de 2021) las dosis se racionaban en función de la edad y la ocupación.

El problema específico aquí no es la negativa a vacunarse de varios miles de personas (si bien es cierto que para alcanzar la cifra del 70 % de vacunación total todos los tantos cuentan), sino que estos son los grupos más expuestos a contagiarse (ellos mismos) y a contagiar a personas vulnerables (los pacientes de los hospitales, los residentes de las casas de retiro para ancianos, etc.). Además de ello, la eventualidad de que estos sectores se enfermen representa un grave trastorno en el sistema de salud, sobre todo en las intensas oleadas de COVID-19 como las que hemos pasado en 2020 y 2021. Para decirlo gráficamente: cuando se contagia un médico, un enfermero o un paramédico y, por no estar vacunado, enferma de COVID, no solamente sufre él o ella, su entorno familiar y el grupo de pacientes con los que ha tenido contacto últimamente, sino que su ausencia por enfermedad pone en jaque el buen funcionamiento del hospital, de la clínica, del centro de cuidados, etc., justamente en el momento en que tendría que estar funcionando a todo vapor, esto es, en los períodos de mayor gravedad epidemiológica.

La pregunta concreta que aquí se plantea es esta: dada esta situación en un país como Grecia, ¿está éticamente justificada la introducción de la obligatoriedad de vacunar contra el COVID-19? ¡Atención! Nadie pone en duda, ni yo ni los miembros de la comisión, que la autonomía y la libertad individual son principios claves en una sociedad moderna y democrática. El punto es, más bien, si en este caso concreto no es quizá justificable limitar esa autonomía y esa libertad con vistas a superar la grave crisis en que los ha sumido a todos la pandemia.

Demás está recordar que hay países modernos pero no democráticos, como la República Popular China, en que esta cuestión ni se discute. Allí la vacunación avanza a pasos agigantados sin que los ciudadanos puedan eludirla alegando motivos religiosos, políticos o lo que fuera. Hay otros países, modernos y democráticos, como Italia, que dijeron basta. El que no quiera vacunarse, muy bien, que no se vacune, pero que por favor no trabaje en el sector de la salud. (Con el decreto del 1º de abril de 2021, el personal que se niega a vacunarse ha sido transferido a otros sectores sin trato directo con pacientes o bien se le ha dado licencia sin goce de sueldo por un año.)

¿Qué aconseja la comisión helena? La comisión ha expresado su punto de vista en una resolución en la que examina los pros y los contras de la obligatoriedad en el caso específico de los trabajadores del ámbito de la salud. Por un lado, ve la necesidad imperiosa de que esos grupos se vacunen lo antes posible pero, simultáneamente, teme que el carácter obligatorio termine siendo contraproducente, esto es, teme que si se establece la obligatoriedad, el rechazo y la rebeldía van a aumentar o, al menos, van a consolidarse, con lo cual se terminaría arribando a un resultado peor que el que se tendría de otro modo.

Vayamos por parte. Por un lado, la comisión desarrolla tres argumentos de peso que avalan la obligatoriedad de la vacunación. El primer argumento tiene que ver con el principio médico de no maleficencia. Concretamente, si la primera cosa que debe hacer un médico, un enfermero, etc., es no dañar (primum nil nocere), entonces es necesario que esté vacunado, porque la vacunación, según todos los estudios científicos disponibles, reduce significativamente tanto el riesgo de contagiarse (uno mismo) como el de trasmitir el virus a otros. El segundo argumento se vincula con otro principio bioético central que es el principio de la justicia. Como más arriba indicaba, si los trabajadores médicos y paramédicos se contagian y se enferman, ponen en riesgo el funcionamiento global del sistema de salud, con lo cual este se ve impedido de ofrecer sus servicios a todos los enfermos y con la mejor calidad posible, especialmente en los momentos más críticos. El tercer argumento se refiere a la ejemplaridad. Está claro que si una población ve que todos sus médicos, enfermeros, auxiliares paramédicos, etc., se han vacunado, esta se siente motivada a imitar el buen ejemplo dado por esos “ciudadanos de referencia”. En cambio, si la gente ve que si una tercera parte o incluso casi la mitad de los trabajadores de la salud no se vacunan, como es el caso en Grecia, el desincentivo y la falta de confianza generalizados aumentan.

Aun cuando los argumentos expuestos por la comisión ya serían suficientes para apoyar la obligatoriedad de la vacunación del sector vinculado a la salud, existe un contraargumento de tipo consecuencialista que debemos considerar. Según este tipo de razonamiento, es mejor ganar la adhesión de la gente por las buenas que por las malas. Todos sabemos que hay casos, en los distintos ámbitos sociales, en que simplemente se pierden adeptos a una buena causa cuando se introduce el carácter obligatorio de determinada acción.

¿Cuál es entonces la propuesta de la comisión? La comisión recomienda la adopción de un “enfoque de iniciativas escalonadas” (προσέγγιση κλιμακούμενης πρωτοβουλίας), empezando con más y mejores campañas de concientización, pasando por incentivos de todo tipo que lleven a la gente a vacunarse, hasta llegarse, por último, a la obligatoriedad pura y dura, tal como la adoptada, por ejemplo, en Italia. En otras palabras, la comisión supone que si se hacen más y mejores campañas informativas, y que si además se adoptan incentivos económicos, simbólicos, etc., el personal renuente va a cambiar “por las buenas” su parecer y va a ir a vacunarse.

En lo que a mí respecta, no estoy muy de acuerdo con la resolución de la comisión y creo que ha adoptado una posición pusilánime o, para decirlo de un modo más elegante, demasiado prudente. Por un lado, estoy de acuerdo con la necesidad de organizar más y mejores campañas de información y concientización. Es más, ya en posts pasados mencioné este déficit de la estrategia del gobierno griego. ¡Pero hace meses que debería haberse empezado a suministrarle a la gente más información y de un modo más accesible, para que así, por sí sola, tomara conciencia del riesgo de no vacunarse y de los muchos beneficios, para ellos mismos y para todos, de hacerlo!

No perdamos de vista que acá el problema es otro. Los médicos, enfermeros y auxiliares renuentes a vacunarse no van a cambiar de opinión porque el gobierno lance ahora, en pleno verano, una o dos campañas más de vacunación. Seamos realistas: ahora no es ya el momento. Esto tendría que haber empezado en febrero mismo. Grecia necesita urgentemente alcanzar el umbral del 70 % en las próximas ocho semanas. Por más que el gobierno gaste millones de euros contratando a las mejores empresas publicitarias, la situación en el sector de los trabajadores de la salud no va a cambiar sustancialmente.

Por otro lado, la comisión hace mal en su publicación en no desarrollar ejemplos específicos y convincentes de lo que sería un buen sistema de incentivos o, dado el caso, de desincentivos para que los ciudadanos “no vacunas” vayan rápidamente al centro de vacunación más próximo. Decirle a un enfermero que se vacune por favor así no tiene que usar doble mascarilla ahora que hace calor ni tomarse el trabajo de someterse a un molesto test de antígenos todas las semanas me parecen medidas insuficientes.

En mi opinión, la comisión tendría que haber trabajado codo a codo con las demás comisiones de expertos y con los representantes de los distintos grupos de trabajadores del sector de la salud para individualizar una serie de incentivos positivos o negativos muy concretos que cambien finalmente la situación que estamos discutiendo. ¿Qué tal por ejemplo ofrecerle un bono de 200 euros al trabajador que se vacuna con las dos dosis? ¿O de recortarles las vacaciones anuales en dos semanas a los rebeldes (o sea, el tiempo que pasarían en observación en sus casas de contagiarse incluso sin desarrollar los síntomas)?

Mi conclusión es la siguiente. El tiempo apremia. Estamos terminando junio y, al menos aquí en Grecia, julio y agosto son tradicionalmente los meses de veraneo, de relax, de desenchufe. A partir de setiembre, cuando se reanuden todas las actividades laborales, académicas, escolares, etc., y, además, cuando vuelva el otoño y con ello aparezcan los primeros signos de la famosa cuarta oleada (no nos engañemos, vamos a tener una cuarta oleada en Europa), ya para entonces la sociedad griega debería contar con la protección inmunitaria deseada, la del 70 % de la población vacunada con las dos dosis (la última dosis efectuada, a más tardar, la primera semana de agosto, porque, como se sabe, el sistema inmunitario necesita al menos dos semanas para generar la respuesta buscada).

Para alcanzar este objetivo y no tener que volver al confinamiento ni al aumento exponencial de contagios, de ingresados en terapia intensiva y, finalmente, de muertos, es necesario echar mano a todos los recursos disponibles. Uno de esos recursos es la obligatoriedad de la vacunación para los trabajadores ligados a la salud, en cualquiera de sus dimensiones. El gobierno griego, en mi opinión, debería decretar sin demoras la obligatoriedad de la vacunación, siguiendo un modelo parecido al italiano.

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Diario de la pandemia

Hoy empiezo con una primicia: desde esta mañana ya no es necesario el uso de la mascarilla en los espacios abiertos. La anulación de la medida tiene su lógica: por todo lo que sabemos, el riesgo de contagiarse haciendo ejercicio en un parque, tomando sol en una playa o caminando por una calle es despreciable. Sigue siendo obligatorio, en cambio, el uso de la protección de la nariz y la boca en los espacios cerrados, porque ahí el virus sí puede pasar con facilidad de persona a persona.

Es curioso notar que tan difícil como adquirir nuevos hábitos es abandonar los ya internalizados. Esta mañana, mientras esperaba que pasara el colectivo, veía que la gente –no todos, pero la gran mayoría– seguía caminando con su mascarilla… y eso a pesar del calor sofocante que está haciendo desde el fin de semana pasado.

No sé cuándo va a poder dejarse sin efecto la obligatoriedad de usar mascarilla en los espacios cerrados (oficinas, aulas, salas de teatro, etc.). Por lo que entiendo, una cosa del estilo sería solo posible en caso de que todos los miembros de la sociedad (o de una comunidad, si está lo suficientemente aislada) estuvieran vacunados y que, por lo tanto, la circulación del virus se hubiese minimizado. Para este escenario, acá en Grecia aún falta un poco. (De todos modos, es imaginable que mucha gente siga usando la mascarilla de por vida en los espacios cerrados, al fin y al cabo ha demostrado ser una manera efectiva de protegerse contra otras enfermedades que se contagian por el aire.)

La derogación de las medidas que vemos semana tras semana es posible porque la imagen que dan las cifras epidemiológicas son alentadoras. Por ejemplo, ayer hubo “tan solo” unos 500 nuevos contagios en todo el país y 14 muertes por el covid, a la vez que el número de intubados ronda los 270 (una tercera parte de lo que llegó a ser en los meses críticos).

Por supuesto, el virus no ha desaparecido. Las mismas cifras que les daba permiten una lectura optimista pero también una mucho menos “festiva”. En todo caso, lo bueno es que, al menos hasta ahora, la temible variante Delta, la que tuvo su origen en India y se ha difundido ampliamente en el Reino Unido, aún no se ha extendido por acá.

Lo más inquietante para mí en este momento es qué va a pasar con la campaña de vacunación en el próximo trimestre. Hasta ahora, hay más de 4.600.000 vacunados. No es una cifra pequeña, pero aún falta un trecho para lograr la inmunidad del rebaño. Si uno a esta cifra le agrega todos los que están en lista de espera (o sea, los que ya se anotaron y están esperando el día del pinchazo), el guarismo asciende a 7.700.000. ¡No está mal! Ya con esa cantidad vamos a poder empezar a hablar de inmunidad comunitaria. Pero es como estar viendo una película en la que los protagonistas buenos ya tienen el plan para atrapar al malo y ahora tienen que ejecutar las acciones previstas sin que nada falle y en tiempo récord.

Curiosamente, dentro del grupo de los que no se han vacunado ni piensan hacerlo (a menos que cambien drásticamente las reglas de juego) hay un sector importante constituido por… profesionales de la salud: médicos, enfermeros, administrativos. Cuesta creerlo, pero es así. La Comisión Nacional de Bioética se reunió los otros días e hizo pública su recomendación. Prometo decir algo al respecto en la próxima entrada. Por lo pronto, me limito a señalar una característica muy acentuada entre los griegos: el aferrarse a ciertas creencias y ciertos hábitos.

¿Me van a creer se les digo que acá, por ejemplo, se sigue fumando en los hospitales? No, no les estoy tomando el pelo. Se sigue fumando. Claro que hay leyes y de todos los colores que prohíben el tabaco en los lugares públicos, pero muchos griegos hacen simplemente oídos sordos a esas directivas. Para bien o para mal, el pueblo heleno es bastante resiliente. No es que el médico vaya a fumar en el consultorio delante del paciente, pero es posible que uno y otro, después de la consulta, vuelvan a encontrarse en la entrada del nosocomio para hacer unas pitadas.

Como sea, y para volver a nuestro tema, tanto los especialistas griegos como los extranjeros coinciden en un punto, en que nadie puede darse por satisfecho con haber vacunado al 70 % de sus connacionales, cuando hay aún miles de millones de personas en todo el mundo que no tienen acceso a ninguna vacuna contra el covid. Israel, que durante semanas fue señalado como un buen ejemplo, mantiene su puesto “top” en la escala mundial no solo porque ha vacunado a un número importante de la población, sino porque impide estrictamente el ingreso de personas. Hasta que no se vacunen todos y en todas las latitudes, el virus seguirá estando, lo que significa: seguirá replicándose y en cada replicación existe la probabilidad de dar con una mutación más “exitosa” aún que las anteriores.

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Diario de la pandemia (16 de junio de 2021)

La pandemia sigue comportándose acá en Grecia más o menos como lo anticipaban los modelos epidemiológicos y como la gente se lo esperaba: el número diario de contagios sigue bajando –ya se ubicó por debajo de los mil–, la cifra de personas intubadas ronda los 320, mientras que las muertes diarias son (todavía) una veintena. (Por lo pronto, sabemos que de todos los que están intubados, la mitad más o menos morirá, mientras que la otra mitad se recuperará no sin grandes dificultades, y algunos de estos tendrán síntomas postraumáticos por el resto de sus vidas.)

Estos números, sumados a los que arroja la campaña de vacunación en todo el territorio nacional, permiten cierto optimismo. Por lo pronto, a menos que suceda algo realmente extraordinario, está claro que los tres meses de verano que tenemos por delante serán tranquilos. ¿Qué pasará después? Nadie tiene la bola de cristal para ver el futuro, pero los epidemiólogos dan por descontado que habrá una cuarta ola (ένα τέταρτο κύμα) a partir de setiembre u octubre, pero que esa ola, gracias a la inmunidad lograda sobre todo por la vacuna (το τείχος ανοσίας), será de baja intensidad.

A propósito de la campaña de vacunación, quisiera comentar la decisión tomada anteayer en Grecia y en otros países europeos como Italia: a partir de ahora se suspende la aplicación de la vacuna de AstraZeneca en los menores de 60 años. ¿Qué significa esto concretamente? Significa que –y aquí me baso en la resolución tomada por la comisión griega encargada del tema, la Εθνική Επιτροπή Εμβολιασμών– las personas de menos de esa edad recibirán la vacuna de Pfizer, Moderna o Johnson y Johnson, no la de AstraZeneca. En el caso de haber ya recibido la primera dosis, se considera que no es ya riesgoso recibir la segunda, así que completarán el ciclo de vacunación de dos dosis con la “vacuna de Oxford”, como también se la llama a la de AstraZeneca.

¿A qué se debe esta resolución? Se debe a que en Grecia y en otros países (yo sigo de cerca el caso de Italia, pero el problema se ha presentado en otras naciones de la Unión Europea) se siguen detectando casos, rarísimos pero letales, de trombosis que, en principio, tienen una vinculación causal con la vacuna de AstraZeneca.

Quiero ser muy cauto porque, por lo que entiendo, todavía no ha pruebas definitivas ni a favor ni en contra de la hipótesis según la cual en un número mínimo de casos la vacuna de AstraZeneca genera una reacción autoinmunitaria responsable de trombosis (es importante señalar que solo un puñado de esas trombosis tienen acto seguido consecuencias letales). Concretamente, en Italia una joven de unos 18 años murió los días pasados tras ponerse la vacuna en cuestión y aquí en Grecia lo mismo ocurrió con una mujer mayor de 40 años, y estos dos casos, que han tenido una gran resonancia mediática, han sido los detonantes que han llevado a que se interrumpiera la administración de la vacuna de AstraZeneca en hombres y mujeres menores de 60 años.

¿Por qué el límite etario de 60? Bueno, porque todos los casos de trombosis detectados en los últimos meses que podrían (insisto: que podrían) tener una vinculación con la vacuna de AstraZeneca ocurrieron en adultos menores de esa edad (y, sobre todo, en mujeres). Aparentemente, los mayores de 60 ya no tienen un sistema inmunitario tan “ágil” y, por lo tanto, no generan la reacción autoinmunitaria que luego se traduce en casos de trombosis.

Por lo que sé, en Italia las autoridades han sido tajantes: suspensión inmediata de la aplicación de la vacuna de AstraZeneca a todos los menores de 60, no importa si ya se han puesto la primera dosis. En Grecia, la directiva es algo más laxa: suspensión de la aplicación de esa vacuna para quienes no tengan la primera dosis, pero aplicación para quienes hayan hecho ya la primera. ¿Por qué? Porque la comisión helena maneja estos números. La probabilidad que la vacuna de AstraZeneca ocasione una trombosis en los menores de 60 años es 1 sobre 150.000, en el caso de la primera dosis. En cambio, para los que ya tuvieron el primer pinchazo de la vacuna de Oxford y no desarrollaron efectos adversos, la probabilidad que se dé una trombosis en la segunda vuelta es de 1 sobre 1.000.000. (Para comparar: la probabilidad que tengo yo de morir este año fulminado por un rayo en una tormenta eléctrica es exactamente la misma: una en un millón. Ese riesgo es tan bajo que no me impide llevar una vida normal y salir de casa, incluso cuando está nublado.)

Para completar el panorama que estaba dando: ¿qué van a hacer en Italia los que ya se vacunaron con la primera dosis de la AstraZeneca? Van a completar el ciclo de las dos dosis con otra vacuna, en particular con la de la Pfizer, o sea, con una vacuna diferente, ya que tanto Pfizer como Moderna han desarrollado sus vacunas con la tecnología basada en el ARN mensajero (o, en inglés, mRNA).

Disculpen que me haya extendido es esta cuestión. Lo hice teniendo en mente, simultáneamente, la situación griega y la realidad, muy sombría, de mi país, la Argentina. Desde un punto de vista estrictamente epidemiológico, la Argentina está viviendo un momento crítico y es muy posible que las cosas no mejoren en los próximos tres meses, en parte debido al invierno.

Quiero ser muy claro al respecto: cuando uno recomienda o no el uso de tal o cual vacuna, no lo hace pensando in abstracto; lo hace pensando en la realidad concreta de tal o cual sociedad. En Grecia, la situación es más o menos esta: estamos entrando en el verano, las curvas van todas en descenso, la cosa parece estar bajo control, el número de vacunados comienza a ser considerable y, last but not least, no hay problemas con el suministro de vacunas, es más, hay vacunas para elegir. No quiero sonar chabacán, pero acá parece como cuando uno va a tomarse un café y lo pide con o sin azúcar, con o sin leche, con o sin cafeína. Lo mismo pasa con las vacunas: acá unos prefieren la de la Pfizer, otros no tienen inconveniente en ponerse la de Moderna y, finalmente, hay quienes buscan la de Johnson, así no tienen que ponerse una segunda dosis porque con un solo pinchazo están listos. O sea: no faltan vacunas y no faltan vacunas de ningún tipo, y la gente puede elegir.

¿Cuál es la consecuencia de esto? La consecuencia es que, cuando hay abundancia y no hay urgencias, los riesgos que en el pasado eran despreciables comienzan a jugar un rol preponderante. La probabilidad de contagiarse del virus es hoy en día baja en Grecia; más baja aún es la probabilidad de enfermar de covid y es casi despreciable la probabilidad de terminar en terapia intensiva, sobre todo si uno sigue cuidándose. De modo que el riesgo de la trombosis (insisto: uno en ciento cincuenta mil para los adultos jóvenes) comienza a tomar más cuerpo a la hora de tener que elegir una vacuna.

En un país como la Argentina, que ayer volvió a tener casi 30.000 contagios en solo 24 horas, aparte de aproximadamente 600 muertos (ni hablo de cómo están los tantos dentro de los hospitales, porque la cosa está desbordada en varios puntos del país), y en el que para colmo hay escasez de vacunas, todas las consideraciones que hacía más arriba deben ser puestas bajo otra luz. Concretamente: cuando la probabilidad de contagiarse es así de alta y cuando igualmente alta es la probabilidad de enfermarse y morir, entonces cualquier vacuna es buena. La vacuna rusa Sputnik V llega con cuentagotas a nuestras pampas y hay cientos de miles de personas que han quedado tan solo con la primera dosis, porque la segunda –que es más difícil de producir– escasea; la vacuna china Sinopharm llega y en cantidades mayores, pero no alcanza a cubrir las necesidades de un país de más de 45 millones de habitantes (otro capítulo merecería la efectividad de esta última vacuna); y ahora comienza a distribuirse la vacuna AstraZeneca “latinoamericana”, la producida al alimón por Argentina y México. En este contexto tan específico, no tiene sentido interrogarse acerca los posibles casos de trombosis: los beneficios de recibir las dos dosis de la vacuna, en particular, la de AstraZeneca, superan ampliamente los costos, esto es, los riegos potenciales que mencionaba.

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