Diario de la pandemia (1 de julio de 2021)

Desde hace ya un par de semanas tengo la sensación de que cada vez tengo menos que contar en este diario de la cuarentena o, mejor dicho, que tengo menos cosas personales que relatar en estas entradas, por la simple razón de que hemos recuperado la tan ansiada normalidad. No es que el virus haya desaparecido ni mucho menos, pero los contagios han bajado hasta dejar de ser noticia y con ello el número de intubados y muertos.

Doy un ejemplo concreto para que se entienda lo que quiero decir: al inicio de esta semana ha quedado sin efecto la prohibición de circulación nocturna, que ya había quedado reducida a un par de horas a partir de la una de la noche. Así, el ciudadano de a pie, en su cotidianidad, apenas se enfrenta con situaciones que le recuerdan que hasta hace muy poco (¡por favor, qué rápido olvidamos!) vivíamos en un estado excepcional de confinamiento.

Claro que todavía uno necesita salir con la mascarilla en el bolsillo, porque en los espacios cerrados, como en un supermercado, sigue siendo obligatorio su uso; claro que aún existen restricciones en lo que respecta al número de personas por tantos metros cuadrados de superficie, y por eso se continúa viendo colas a la entrada de algunos negocios pequeños; claro que todavía vamos corriendo al lavabo a desinfectarnos las manos cada vez que volvemos a casa, y así sucesivamente.

La gravedad de la pandemia vuelve a sentirse en todo su peso cuando uno deja su cotidianidad y adopta una visión más amplia. Según las proyecciones disponibles, por ejemplo, este año el turismo internacional que llegue a Grecia va a tener un repunte respecto del año anterior, pero el volumen total va a quedar muy por debajo de los récords que constatábamos en los años previos a la pandemia. Las grandes empresas del sector (aerolíneas, cadenas hoteleras, restaurantes, etc.) saben que las reglas de juego cambian semana a semana. Vuelvo a dar un ejemplo tangible: Grecia había abierto sus fronteras al turismo ruso (tanto Grecia como Chipre se cuentan entre los destinos favoritos de los rusos), pero debido a que la variante delta se ha diseminado ampliamente por Rusia y a que allí se utiliza una vacuna no reconocida en la Unión Europea, el gobierno se ha visto llevado a restringir el ingreso de turistas de ese país. Obviamente, eso genera un efecto cascada: hay que cancelar los vuelos, las reservas de los hoteles, etc.

Pero antes de continuar con los grandes problemas que nos plantea la pandemia, quisiera mencionar una novedad aparentemente pedestre: vuelven a abrir los cines, los teatros, las salas de conciertos y los restaurantes que no contaban con espacios al aire libre. Incluso vuelven a funcionar los lugares para la diversión masiva, como los estadios deportivos. Para ello, naturalmente, no solo es necesario seguir ciertas normas del protocolo sanitario, sino que en este caso la “vuelta a la normalidad” está pensada como una forma para incentivar la vacunación.

Por un lado, los individuos vacunados podrán tener acceso más fácilmente a esos lugares y, por otro, los dueños o administradores de esas instalaciones podrán optar por el modelo más rentable de permitir el acceso solo a vacunados o dejar que entren también no vacunados (lo cual comportará importantes restricciones que se traducirán en menor volumen comercial). O sea, supongamos que un restaurante anuncia que sus espacios interiores estarán destinados solo a vacunados, entonces podrá hacer amplio uso de la superficie disponible, de las mesas, etc.; en cambio, si continúa empleando el sistema mixto (vacunados y no vacunados), podrá utilizar solo una parte de la superficie, para dejar más espacio entre las mesas, etc.

Yo estoy de acuerdo con todas estas medidas para fomentar y acelerar la vacunación; es más, para mi gusto, han sido adoptadas demasiado tarde. Hace meses que deberían haberse empezado a implementar. Incentivos como estos son una forma relativamente simple de llevar a que más gente se vacune. La razón es, a mi entender, sencilla: la alternativa es la obligatoriedad.

Esta cuestión me lleva al tema inicial: este verano, que para el griego medio tendrá la apariencia de una relativa normalidad, ¿cuánto durará? ¿Se extenderá hasta bien entrado setiembre? ¿Y qué pasará luego? Sí, ya sé, esta última es la famosa pregunta del millón. A todos nos gustaría saber ya la respuesta.

Nadie puede prever el futuro, pero igualmente nadie puede poner en duda que el futuro inmediato depende, al menos en cierta medida, de las medidas que tomemos y que implementemos ahora. Por lo que entiendo, Grecia está frente a dos grandes retos, estrechamente vinculados entre sí. El primero de ellos es lograr que a más tardar las últimas semanas de agosto el 70 % de su población esté completamente vacunada; el segundo, impedir que se difunda, sobre todo duramente las próximas semanas, la variante delta, la que es ya prevalente al este y al oeste de la Unión Europea, en Rusia y en Gran Bretaña, sin ir más lejos.

Como salta a la vista, tanto el primer como el segundo reto implican la adopción de medidas indeseables. Para lograr el umbral del 70 % va a tener que recurrirse a un poco de todo, desde imponer la obligatoriedad en los trabajadores del ámbito de la salud (como ha hecho Italia desde el 1 de abril) hasta incluir a los adolescentes en la campaña de vacunación (como acaba de hacer Chipre, que ahora empieza a vacunar a los adolescentes de 16 y 17 años). Así mismo, para lograr contener la difusión de la variante delta va a ser necesario limitar el acceso de ciertos contingentes de turistas, y eso va a generar menos entradas en el sector de lo que antes, erróneamente, se denominaba la industria sin chimenea. (Hoy sabemos que el turismo en una de las principales fuentes de contaminación global.) Sin embargo, según mi punto de vista, todas estas medidas están justificadas. El costo, no solamente económico, sino sanitario, social, psicológico, educativo, político, etc., de volver a un nuevo confinamiento a fin de año “por no haber hecho bien las tareas en el verano” va a ser muchísimo mayor.

Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher based in Athens, Greece.
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