De nuevo en cuarentena (9 de diciembre)

Empiezo a ver caras de cansancio entre la gente. Y es comprensible: cada día se vuelve más difícil soportar el confinamiento. Niños, jóvenes, adultos y viejos: todos sufrimos por no poder retomar nuestras actividades normales, por no poder salir de casa, por no poder estar con nuestros seres queridos. ¡Cuánto pagaríamos hoy por irnos a tomar con un amigo un café al bar de la esquina? Como el sediento en el desierto: todo el oro del mundo. Cómo extraño ver a los chicos enfilando todas las mañanas la calle a sus escuelas, cómo extraño dar una charla frente a un auditorio de carne y hueso, cómo extraño los fines de semana lejos, en el mar. Pero hay que armarse de paciencia, el invierno aún no ha comenzado y la segunda ola ya está resultando mucho más aplastante que la primera.

Ayer, antes de empezar mi clase virtual de literatura, una de las participantes me comentaba que una amiga suya de Tesalónica se había contagiado de COVID. Como empezó a sentirse mal, fue al hospital y quedó internada. Pero, como se sabe, desde hace unas semanas todo el norte de Grecia está “hasta las manos” con la pandemia. Y por temor a nuevos contagios, no dejan entrar a nadie a los hospitales que no sea obviamente el paciente mismo. El punto es que el personal sanitario no da abasto. “En las dos semanas que estuvo internada no le cambiaron una sola vez la ropa”, me decía mi alumna. “Y para que le trajeran un simple vaso de agua tenía que insistir por horas, porque las enfermeras estaban tan ocupadas que ninguna podía dedicarse a cosas tan aparentemente simples.” La amiga finalmente se curó y volvió a su casa, pero el recuerdo del hospital le quedará por siempre.

Mientras tanto, ayer fue el “V-Day”, el día en que comenzó la vacunación en el Reino Unido. Desde acá, al este del Mediterráneo, todos seguimos las noticias con una mezcla de interés y recelo. Interés, obviamente, porque creemos poder aprender algo para cuando llegue la vacuna a estos lares; recelo, porque Boris Johnson nos parece un político caprichoso, impulsivo, el típico populista del siglo XXI que cree que con un par de declaraciones explosivas y el decreto correspondiente puede borrar cualquier problema –literalmente– de un plumazo.

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De nuevo en cuarentena (martes, 8 de diciembre)

Ayer las cifras griegas estuvieron una pizca mejor: 1500 nuevos infectados, unos 90 muertos (o sea, bajo la “barrera” de los 100) y, exactamente, 600 intubados. Se confirma así la tendencia de las últimas semanas: los guarismos no bajan, pero tampoco suben.

De todos modos, al dar estas tres cifras diarias, me doy cuenta de que estoy dejando fuera un aspecto que reviste gran importancia: el de los recuperados pero con secuelas, secuelas en muchos casos graves. ¿Qué quiero decir con esto? Quiero decir que no tenemos presentes los centenares o miles de casos (hablo de Grecia y sé que la cifra es imprecisa) de personas que se contagiaron del virus, se enfermaron de COVID, tuvieron que ser internadas en un hospital, incluso intubadas, y luego sanaron y volvieron a sus casas. Este parece un “happy ending”, y por eso lo pasamos por alto, pero muchas de esas personas continúan con problemas por semanas y meses. Basta pensar solamente en todos los que estuvieron semanas en terapia intensiva (con o sin ventilación mecánica): luego no pueden volver alegremente a sus casas, sino que necesitan tratamiento por meses, rehabilitación, terapia psicológica, etc.

(Hacemos algo parecido cuando hablamos de los accidentes automovilísticos: contamos los muertos, pero nos olvidamos de los que se salvaron aunque hayan quedado con graves trastornos físicos y psicológicos.)

Un detalle de mal gusto: una de las farmacias del barrio decoró el arbolito de Navidad con… ¡mascarillas!. Claro, no con las mascarillas celestes descartables, sino con esas que ahora vienen de tela y con estampados de lo más diversos, por ejemplo, con la cara sonriente de Mona Lisa. Así y todo, ¡qué desagradable!

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De nuevo en cuarentena (lunes, 7 de diciembre)

Durante el fin de semana el cuadro epidemiológico no ha cambiado significativamente. El número de muertos diarios por el COVID sigue rondando los 100 y la cifra de intubados también se mantiene estable, en los 600, con lo cual el sistema de salud griego continúa en jaque. Lo que sí bajó, y mucho, ha sido el número de contagios, pero siempre pasa lo mismo los fines de semana, por la simple razón de que se hacen menos test.

Respecto a esto último, una observación al margen: que en épocas normales sea menor el testeo que en los fines de semana me resultaría lo más lógico del mundo. Pero que en plena segunda ola de COVID, con un país semiparalizado los laboratorios trabajen a media máquina para respetar al descanso dominical me resulta difícilmente comprensible.

Con estos números, ¿el gobierno puede permitir que la próxima semana o la otra se abran algunos negocios, como las peluquerías, las librerías, las jugueterías? ¿Y va a ser posible festejar la Noche Buena en familia y con amigos? La respuesta es simple: las autoridades están dándose un margen mayor que el previsto, un par de días más antes de decidir. Si en esta semana los números comienzan a mostrar una tendencia a la baja, podrían permitir la apertura de los negocios y las reuniones, al menos por unos días, porque está claro que ese movimiento social va a traer aparejado un nuevo incremento de los contagios.

Lo que sí se permitió es la venta de los abetos. Esto lo voy a contar, porque es algo que, al menos en mis “años mozos” no existía en Argentina, no sé si las cosas habrán cambiado en el ínterin. Resulta que en Grecia, como en otros países europeos, hay familias que, en vez de armar un arbolito cuyo esqueleto es de alambre y plástico, compran un abeto relativamente joven, cortado de raíz y clavado en una base. Normalmente, a partir de fines de noviembre en las esquinas de las principales avenidas se cerca una superficie lo más amplia posible que sirve de depósito y venta de abetos cortados, de entre dos y tres metros de alto. Así la gente puede ir, elegir su abeto y llevárselo a casa.

Claro que el destino de esos árboles después de las fiestas es tan o más triste que el del protagonista del cuento navideño de Hans Christian Andersen, “El abeto”, al menos este último terminó en las purificadoras llamas de un fogón hecho en el medio del jardín, mientras los chicos corrían alrededor, y no patas para arriba en el contenedor de la basura.

Por otro lado, en Rusia se empezó a vacunarse a la gente con la Sputnik V, y hoy es el turno de los británicos, que van a comenzar con la de la Pfizer & BioNTech.

En general, la vacuna rusa ha despertado poco interés entre los griegos, excepto para el sector populista de izquierda, que ya la bendijo por motivos, según entiendo, simplemente ideológicos. Lo que modestamente sé de la vacuna rusa es que tiene un nivel de efectividad aparentemente comparable al de la Pfizer & BioNTech, pero que no completó la Fase 3 de experimentación. Esto último me parece lo más discutible de todo: el que se haya dispuesto “quemar una etapa” en vez de llevar a buen puerto la empresa iniciada. Claro que alguien puede argumentar que la Sputnik V, al emplear adenovirus y no una nueva biotecnología, como la de la Pfizer, no necesitaba toda la cantidad de pruebas, etc. Pero yo pienso que con una vacuna no debemos jugar: las etapas están para ser respetadas y cumplidas, y es justamente ese aspecto lo que luego incrementa la confianza de la gente en las vacunas en general y en esta en particular.

Como sea, acá en Grecia no va a empezar ninguna vacunación hasta que las candidatas no sean aprobadas por la Agencia Europea de Medicamentos. Por el momento, creo que ya la vacuna de la Pfizer está siendo examinada y esto podría llevar un par de semanas más. Luego vendrá todo el tema de la producción masiva, la distribución y la suministración. Creo que el gobierno griego aún no sabe cuándo contará con vacunas ni con cuántas, como para definir una línea de vacunación a seguir. Me imagino que nadie sueña con que para marzo Grecia va a disponer de once millones de vacunas, la cifra que sería necesaria para cubrir toda la población. (En realidad, como son necesarias dos dosis, las vacunas deberían ser veintidós millones.)

Para dar una idea de lo que pueden ser las cosas. Este año todo el mundo se quería vacunar contra la gripe. Comprensible, ¿no? Bueno, en Grecia había solamente cuatro millones de vacunas. El criterio para racionar las dosis fue entonces privilegiar a los sectores vulnerables (léase, a los mayores sobre todo), a los más expuestos (al personal sanitario y docente), etc. Los chicos, normalmente, no entran en esas categorías, a pesar de que se enferman fácilmente de gripe y se la contagian al resto de la familia. Así que se excluyó a los niños del grupo de los beneficiados. (Nosotros pudimos vacunar a nuestras hijas gracias a que nuestra pediatra se puso en firme y nos escribió un certificado, con el cual pudimos retirar dos dosis más de la farmacia.)

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De nuevo en cuarentena (tercera entrega)

Las cifras anunciadas ayer a la tarde por el ministerio griego confirman la tendencia de las últimas semanas: la curva del coronavirus no sube, pero tampoco baja. El número de intubados sigue siendo preocupantemente alto para las autoridades y nos vamos acostumbrando al centenar de muertes diarias por COVID. Lo único esperanzador es que el número de nuevos infectados tiene una leve tendencia a la baja.

Para el ciudadano de a pie todo esto se traduce en una perspectiva más que probable: el gobierno va a extender la cuarentena hasta después de las fiestas de fin de año, y a principios o mediados de enero se verá. Los chicos seguirán sin ir a la escuela y siguiendo mal que mal el programa escolar por la pantalla de sus tablets, los adultos continuarán trabajando a distancia, si es que la empresa no los ha puesto en el programa que aquí conocen como “anastolé ergasías” (αναστολή εργασίας, o sea, quedar cesante en casa, cobrando los 800 mensuales dispuestos por el gobierno, a la espera que se reabra plenamente la economía), y los viejos, ya se sabe: solos y en casa, porque además empezó el frío.

¿Abrirán los negocios al menos unos días antes de la Navidad para vender los productos navideños? ¿Y les permitirán a las iglesias celebrar las misas festivas? ¿Y se podrán reunir las familias griegas a comer juntos en la Nochebuena? Parece que no, que con las cifras que se barajan la cosa no da para aflojar el lazo. Permitir un poco de libertad y de normalidad para las fiestas podría pagarse luego muy caro, en particular, con un enero de hospitales repletos de enfermos, con unidades de terapia que no dan abasto y tienen que dejar morir a los que están esperando fuera con una neumonía asfixiante. Así que pasaremos las Navidades más raras en décadas, tal vez comparables, si es que vale esta comparación, a las que se celebraron en los años más sangrientos de la Segunda Guerra Mundial.

Pero, sin duda, no hay que pasar por alto el “efecto desgaste”, el hecho de que la gente se termina cansando de la cuarentena (o, directamente, no resiste más a tanto encierro, por el motivo que sea) y empieza a relajar la observancia de las medidas. Ayer, por ejemplo, salí a caminar por un parque que hay cerca de casa con mis dos hijas. Nos sorprendió el hecho de que la avenida Basilissis Sofías tuviera tanto tráfico; es más, en el momento que debíamos cruzar, se había formado un embotellamiento largo de un semáforo a otro. ¿Adónde van todos estos?, nos preguntábamos. ¿Todos estos están volviendo del trabajo porque sus empresas, afortunadamente, no han cerrado ni les han impuesto el home office? ¿O están yendo a socorrer a algún pariente muy necesitado? En los primeros días de esta segunda cuarentena se veían patrulleros, que si bien casi no controlaban, al menos “asustaban” con el despliegue de sirenas. Ahora nada. ¿Será que la policía también está aflojando las riendas, no vaya a ser que tanto control infructuoso termine por mellar su autoridad?

No sé a ciencia cierta, lo mío no son juicios fundados en pruebas sino simples observaciones, una mini “historia personal de la pandemia”.

Otra cosa que quisiera aclarar es esta. Sin querer justificar ninguna rebeldía, no puedo dejar de expresar una duda que me da vueltas en torno al cerebro con la insistencia de un moscardón: ¿vale la pena semejante esfuerzo colectivo, el esfuerzo que estamos haciendo todos, las pérdidas económicas, el desgaste físico y mental, la degradación de la vida social, etc., para que, al fin y al cabo, nadie que lo necesite se quede sin su cama en la terapia intensiva? ¿Todo esto por algo, aparentemente, tan minúsculo?

¡Atención! Soy perfectamente consciente de que un laissez faire en materia sanitaria, un dejar que cada uno sigua viviendo como vivía y que solo se resguarden en cuarentena los que se consideran a sí mismo parte del “sector vulnerable”, es un modelo difícilmente sostenible. Ni los Estados Unidos ni Brasil, países en los que ha habido muchas menos restricciones que en Europa, son ejemplos dignos de imitarse. Simplemente lo que quiero hacer notar es que no hay opciones sin costos. Tal vez sea “humano” o “justo” que no dejemos morir a enfermos graves de COVID, pero la cuarentena implica una pérdida en lo que hace, al menos, a la calidad de vida de toda la población innegable y que todavía no hemos podido cuantificar. (Los seres humanos somos enteramente sugestionables: nos rebelamos y hacemos cuanto esté a nuestro alcance para evitar la muerte desgarradora de una persona, mientras podemos dejar que mueran diez de nuestros semejantes sin levantar un dedo, mientras esas muertes ocurran lenta e imperceptiblemente.)

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De nuevo en cuarentena (segunda entrega)

Aprovecho para contar unas cosas más acerca de esta “nueva normalidad”, este vivir en tiempos de COVID, acá en Grecia.

Tal vez me equivoque, pero tengo la sensación de que desde ayer empezamos una nueva fase, y no solo en Grecia, sino a nivel mundial, el famoso “comienzo del final”. Y digo ayer, porque justamente el 2 de diciembre fue el día en que el Reino Unido aprobó el uso de la vacuna de la Pfizer & BioNTech. Si todo va como lo han planificado las autoridades británicas, en unos días más va a empezar la campaña de vacunación en el territorio… y es posible que los restantes países emulen a la nación pionera.

Un conocido mío griego me decía: “Yo no me voy a vacunar hasta que no lo hayan hecho otros, no vaya a ser que…”. Me imagino que estará siguiendo muy de cerca las noticias que vienen del noroeste.

Pero hay que ser cautos, ya lo sé. Veamos cómo va evolucionando todo. Además, hay que tener presente que incluso en el caso de que la vacunación sea todo un éxito, hasta que la vacuna llegue a Grecia, empiece a aplicarse masivamente y surta los efectos deseados a nivel social, van a pasar varios meses. Mientras tanto, vamos a seguir lavándonos maniáticamente las manos, usando indefectiblemente la mascarilla cada vez que salimos de casa y manteniendo una distancia que antes no respetaban ni los más discretos. Y seguirá el testeo masivo, y las medidas de mayor o menor confinamiento, según lo que digan las cifras.

A propósito de confinamiento, ¿cuánto más van a resistir los negocios de barrio que respetan el decreto y han cerrado sus puertas? Algunos comerciantes de la vuelta, desesperados o avivados, han cerrado sus negocios “solo a medias” o los han empezado a abrir, también “a medias”. Por ejemplo, el videoclub del barrio funciona así. El encargado se sienta unas horas por día en el mostrador con la computadora encendida y todo el resto del local en la penumbra. Si uno necesita sacar una peli, lo llama por teléfono, se la encarga y luego va hasta el negocio circunspectamente, le golpea la puerta de vidrio y al rato aparece con el pedido. Obviamente, la factura no existe ni tampoco está la posibilidad de pagar con tarjeta: para las autoridades, el negocio está cerrado. Así que lo mejor es llevar contante y, se agradece, monedas para el cambio.

Una de las ferreterías del barrio también está funcionando de esta manera. Uno hace el pedido por teléfono y combina el momento para pasar a retirar los repuestos. Claro que como estos comerciantes tienen miedo de que la policía les esté haciendo caer en una trampa (y las multas para los infractores de la cuarentena son saladas), no responden a la primera llamada, ni a números que les parecen sospechosos.

Claro que el gobierno podría haber regulado la cuarentena mejor porque, al fin y al cabo, ¿cuál es el riesgo epidemiológico que surgiría por comprar por teléfono de la ferretería de la vuelta o por reservar por mail una peli en el videoclub? Esto lo digo porque los supermercados no solamente siguen funcionando “normalmente”, sino que incluso la gente, con tal de organizar una salida, va a estos comercios como nunca.

Otro tema, más delicado, es que este modo de regular el comercio en la cuarentena les ha permitido a las grandes cadenas de librerías, electrodomésticos y demás seguir vendiendo como antes, si no más, ya que ellos cuentan con una plataforma de comercio electrónico muy desarrollada, además de un aceitado sistema de envío del producto a domicilio, el famoso delivery.

Los otros días, por ejemplo, necesitaba un librito y un nuevo cartucho de tinta para la impresora y no me quedó más remedio que ordenar ambas cosas online en una de esas cadenas multinacionales. A los tres días apareció un repartidor en casa con una caja gigante (se ve que no tenían algo más pequeño) con el pedido en el fondo del paquete. Esa transacción no hubiese sido posible con la librería del barrio, que ni siquiera cuenta con una página web (solo con una entrada en Facebook), y ni hablemos de stock y de otras cosas. Me pregunto si esta pandemia va a ser la ocasión para que las pymes se terminen de modernizar, digitalizando sus servicios, aliándose con algún servidor que haga entregas a domicilio, etc. Por lo pronto, sabemos que Google, Amazon, Facebook y Apple han tenido pingües ganancias en estos meses.

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De nuevo en cuarentena

Algunos amigos y conocidos me preguntan cómo van las cosas por acá, por Grecia. Se sobreentiende: cómo van las cosas con la pandemia. La respuesta directa es: estamos de nuevo en cuarentena estricta o “lockdown”, como le dicen los griegos. Eso significa que los negocios están cerrados (a excepción de los supermercados, los negocios de alimentos y bebidas, los quioscos y las farmacias), que los chicos no van a la escuela (tienen clase “a distancia” o virtual) y que no se puede circular sin una razón determinada (hay que enviar antes de salir de casa un SMS especificando el motivo de la salida, a menos que se posea un permiso de trabajo expedido por el dador de trabajo).

Hay varias diferencias entre esta cuarentena y la que vivimos en abril y mayo pasados. Creo que la más importante es que las empresas ahora siguen funcionando, sobre todo aquellas que no tienen contacto directo con el público. Por ejemplo, las fábricas siguen en operación. Lo bueno es que con esto la actividad productiva del país no se ha detenido. Y es esta la razón por la que hay tanto movimiento en las calles. Esto lo digo porque si hay algo que me impactó de la pasada cuarentena fue la paralización y el vaciamiento de las calles. Ahora no. No diría que el tráfico es “normal”, pero durante todo el día la ciudad está llena de autos, motos, camiones, colectivos y peatones.

Otra diferencia entre las dos cuarentenas es el uso de las mascarillas, tapabocas o barbijos. Ahora todos tenemos que llevar mascarilla no bien salimos de casa. En la primera cuarentena, me acuerdo, no era obligatorio el uso de estas mascarillas. Es más, todavía no había consenso científico acerca de su utilidad para frenar la difusión del coronavirus. Y como muchos argumentaban que usar o manipular mal la mascarilla es peor que no llevar nada, se aconsejaba solo guardar distancia, sobre todo en la cola de los negocios.

La tercera diferencia que me viene en mente es la prohibición absoluta de circulación entre las nueve de la noche y las cinco de la mañana. Durante la noche solo pueden salir los que tienen que ir a trabajar. (Ahí sí que se vacían las calles y la ciudad queda sumida en un silencio extraño, casi metafísico.)

¿Por qué en Grecia se volvió a la cuarentena estricta? Porque de golpe los números empezaron a duplicarse cada dos o tres días hasta que se llegó a un cuadro epidemiológico “amenazante”. Para decirlo concretamente, de tener un par de decenas de infectados diarios, el país pasó a tener en unas poquitas semanas unos dos mil quinientos contagios diarios (confirmados). O sea, durante el largo verano que tuvimos y hasta bien entrado setiembre, las cifras de infectados eran muy baja, tanto que casi nos habíamos olvidado de la pandemia. Pero hacia fines de octubre los números ya aumentaban exponencialmente y “había que hacer algo” para frenar ese ascenso.

Pero la verdadera alarma no fueron los contagios en sí, sino el número de personas que se enfermó gravemente de COVID y tuvo que empezar a ser hospitalizada. El aldabonazo lo dio el número rápidamente creciente de pacientes en las unidades de terapia intensiva, sobre todo, de los pacientes que han debido ser intubados. En algunas regiones de Grecia, sobre todo en el norte, la ocupación de camas con ventilación mecánica llegó al cien por ciento, así que algunos enfermos recién ingresados debieron ser trasportados a algunos hospitales atenienses.

El gobierno tiene miedo de que el sistema nacional de salud colapse, porque el número de intubados gira desde hace varios días alrededor de los 600, lo que representa, según tengo entendido, al menos el 80% de la capacidad de los hospitales y clínicas griegos. O sea, para decirlo sin remilgos: el gobierno griego dio un frenazo decretando la nueva cuarentena porque todo indicaba que de lo contrario en poco tiempo se iba a llegar a esa situación tan infernal que es la de ver que todas las camas ya están ocupadas con intubados y no queda más que “dejar morir” a los nuevos ingresados.

El otro indicador preocupante es el de los muertos. Si la memoria no me falla, durante la primera cuarentena el récord de muertos en un día no superaba los diez u once. Ahora estamos acostumbrados a que se nos anuncie diariamente la defunción de unas cien personas. Ayer, para dar una idea, el número fue de 111.

En síntesis, el panorama de la pandemina que ofrecen los últimos días es más o menos este: el número diario de contagiados, de intubados y de muertos es bastante alto para Grecia, pero la buena noticia es que las cifras se han estabilizado. No bajan, o solo lo hacen mínimamente, pero al menos no siguen creciendo. Con lo cual puede decirse que la cuarentena hasta ahora ha servido para detener el aumento de casos, pero no para irlos reduciendo. Tal vez esto último recién empiece a verse en las próximas semanas… Y de ello se desprende que esta cuarentena, que había sido fijada solo hasta fin de noviembre y que ya ha sido prolongada, va a seguir entre nosotros por muchas semanas más… «Pazienza», como dicen los italianos.

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Filosofía de las emociones

https://doi.org/10.30965/9783957437310_015

Ahí pueden encontrar una reseña que me publicaron en la revista Logical Analysis and History of Philosophy sobre un tratado de C. Price en torno a las emociones y su comprensión filosófica.

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Imágenes de Atenas

Los signos del otoño en el parque Elefthería, noviembre de 2020

«SENSACIÓN DE OTOÑO», VICENTE GAOS

Amo el otoño y amo su tristeza,

su cielo gris, sus árboles borrosos

entre la niebla vagamente hermosos…

¿No amáis también vosotros la belleza

desnuda del otoño? El alma empieza

a hacerse buena y honda. ¡Y qué piadosos

se hacen los viejos sueños ardorosos!

¡Qué humana ahora la naturaleza!

Oh cielo bajo, luz tan tamizada,

luz tan vencida, compasivo empeño

de dar al hombre asilo y sombra amada.

No se si el mundo es ya triste o risueño.

Dios se ha dormido. El alma está callada.

Se me ha llenado el corazón de sueño.

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El coronavirus nos hace reflexionar sobre cómo viven nuestros ancianos

Copio el enlace de un artículo que leí ayer:

https://www.bioedge.org/bioethics/do-we-need-to-rethink-nursing-homes/13525

Creo que la nota contiene varios puntos discutibles. En particular, ya que hace unos diez años vivo en Grecia, voy a permitirme hacer algunos comentarios sobre el cuadro general que se trazaba de este país, simplemente con el fin de hacer un aporte a la discusión sobre la vejez en los países desarrollados y en los “más o menos” desarrollados.

Partamos de lo que a esta altura es vox populi: sí, a Grecia le fue muy bien en la gestión de la primera ola de la pandemia de covid-19. Comparado con otros países europeos, el número de contagios fue bajísimo y bajísimo fue también el número de víctimas. Para dar una idea más precisa, hoy en día el país cuenta unos diez mil contagios y solamente unas doscientas cincuenta muertes.

Ahora bien, inferir de estos hechos que haya que cerrar las residencias de ancianos, sobre todo en el norte europeo y en Norteamérica, y que haya que volver a un modelo de conducción de nuestros abuelos más “mediterráneo” o más “sureño” es, lisa y llanamente, una falacia.

Vamos por parte. Países como Bélgica han tenido muchísimos más contagios y muchísimas más muertes que Grecia. (Para comparar, en Bélgica hasta ahora hubo 82 mil contagios y unas diez mil muertes por el coronavirus. Recordemos que Bélgica tiene, como Grecia, once millones de habitantes.) Una de las razones, como claramente se señala en el artículo citado, ha sido que el coronavirus se ha colado fácilmente en las residencias de ancianos. Es correcto afirmar que si en Bélgica no hubiese habido residencias de ancianos, muchos de esos abuelos no se habrían contagiado, pero igualmente correcta, desde el punto de vista lógico, es esta otra conclusión: la culpa no la tienen las residencias en sí, sino la escasa o nula preparación que tenían en vista de la pandemia. Si esos centros de la tercera edad hubiesen estado alertas, si hubiesen reaccionado rápida y eficazmente ya desde enero de este año, si hubiesen tomado todas las medidas que debían tomar, entonces el cuadro hoy sería muy distinto.

Atención, no nos apresuremos. Veamos qué pasa con Bélgica y con Grecia y con todos los países y sus particulares formas de encarar la pandemia, ahora que la enfermedad nos amenaza con la segunda oleada. El tema del coronavirus nos va a acompañar por años a nosotros, los filósofos, analistas, científicos sociales, etc. Así que pretender hoy, 26 de agosto de 2020, sacar conclusiones definitivas sobre el fenómeno y su gestión es algo peregrino.

De todos modos, es acertado afirmar que ya algo hemos aprendido de esta pandemia y que, en lo que aquí nos concierne, la gestión de las residencias para la tercera edad no puede seguir siendo la misma. Varias cosas han de cambiar y para siempre, sobre todo teniendo in mente que es probable que irrumpa y se disperse globalmente un nuevo virus que afecte a los humanos. Este es un riesgo sobre el que ya advertían los virólogos y los epidemiólogos, incluso muchos años antes de que tuviéramos noticia del SARS-CoV-2.

Ahora bien, ¿sería aconsejable seguir la senda griega y hacer lo posible porque nuestros viejos vuelvan a sus antiguos hogares, esto es, que se cierren las residencias de ancianos y se retorne a un modelo más “tradicional”? Personalmente, yo a esta “contramarcha” no la veo ni factible ni creo que sea, de por sí, deseable. Paso a explicarme.

La existencia de las residencias de ancianos en los países más “desarrollados” no responde a una moda o a un capricho, sino a una realidad socioeconómica difícilmente “corregible” de un día para otro. En el norte de Europa las viviendas son, en promedio, más pequeñas que en el sur (están diseñadas para “la familia nuclear”, no para la gran familia); las personas, por motivos laborales, se desplazan geográficamente con más facilidad; allá existe una mentalidad mucho más centrada en la propia persona que acá, donde sobreviven modos de pensar más orientados al mantenimiento del orden familiar, etc., etc. Por tanto, querer imponer el modelo griego en Bélgica es, en términos prácticos, imposible.

Pero, más allá de si es posible o no, ¿sería deseable? Esto lo planteo sabiendo que, desde el norte, a veces el sur parece representar “lo atávico”, “lo premoderno”, “lo que debería ser superado”. Curiosamente, también desde el norte el sur es visto otras veces con nostalgia, como “lo que entre nosotros se ha perdido”. Así que me temo que el autor del artículo haya caído en esta segunda trampa y que esté viendo con lentes rosa la realidad de la ancianidad en países como Grecia. No es oro todo lo que brilla…

Claro que los números no mienten. Países como Grecia, a pesar de todos los problemas macroeconómicos con que cuentan, tienen una expectativa de vida sumamente alta. Evidentemente, los viejos en el sur viven muchos años y ello significa que la calidad de vida debe ser bastante buena, incluso superior a la de muchos de las naciones consideradas “modelos” económicos. Si, al fin y al cabo, las prestaciones del sistema de salud, la alimentación, la vivienda, etc., no fueran tan buenas en el sur, no se explicarían las cifras tan alentadoras.

Es cierto que la institución “familia” es más sólida en el sur que en el norte (aún es más sólida, porque también acá las cosas cambian). Es cierto que aquí las lealtades y los lazos familiares son más intensos. Aquí es natural pensar que, así como los viejos deben ayudar a los jóvenes, estos deben hacer lo mismo y encargarse de sus mayores. Pero no exageremos. Para ponerlo de un modo muy gráfico: ni la mujer belga promedio se desentiende olímpicamente de sus padres, ni tampoco es el caso que la mujer griega promedio se aboque en cuerpo y alma a la familia.

Permítanme hacer una breve lista de nuestros males. Acá en Grecia hay muchos viejos que viven prácticamente solos, abandonados de sus familiares; acá en Grecia las lealtades y los lazos familiares de que hablábamos a veces son deseables, otras veces tienen formas horribles, cuando se vuelven manipulaciones e intromisiones en la vida del otro; acá en Grecia un gran número de viejos necesitan ayuda y compañía y los miembros más jóvenes de las familias no pueden o no quieren dárselas, así que deben pagar todos los meses a una “muchacha” (por lo general, una señora de Europa del Este) para que se haga cargo de los abuelos, lo que da lugar a un fenómeno preocupante, porque está más allá de la ley, es parte del mercado negro, es susceptible a todo tipo de arbitrariedades, etc.

El tema de las residencias para ancianos es casi un tabú en Grecia. Las residencias son consideradas como tarros de basura para tirar lo que no sirve más. Difícilmente un hijo podría insinuarle a un padre mayor y dependiente de ayuda que fuera a una residencia; sería como decirle: viejo, es hora de que te vayas. Pero, como todo tabú, este modo de pensar borra algunas distinciones que habría que resaltar. La realidad tan griega del viejo viudo, entrado en años, con diversas enfermedades crónicas y otros tantos achaques, que vive solo, esto es, que vive lejos de los hijos, con una muchacha que apenas habla griego y que se encarga de su cuidado las 24 horas del día, es, lo digo sin más vueltas, una realidad triste. También hay historias “exitosas”, las de viejos que, cuando ya no podían arreglárselas más solos en sus casas, se mudaron voluntariamente a una residencia de ancianos y allí pasaron mucho mejor los últimos años de vida (en compañía de otros viejos, bien alimentados, correctamente aseados, con un programa de actividades para pasar las largas horas del día, rodeados de profesionales de la salud por cualquier eventualidad…). Claro que acá se trata de residencias privadas, que muchas veces no se puede pagar con la jubilación; pero también hay que considerar que con la simple jubilación ningún viejo puede pagar a la muchacha búlgara o rusa que, de buena o mala gana, lo va a asear, le va a prepara la comida, le va a recordar de tomar las pastillas, le va a encender la televisión cuatro horas a la mañana, cuatro horas a la tarde y cuatro horas a la noche, y va a dormir con la puerta del cuarto abierta, no vaya a ser que a la noche el viejo tenga una descompostura o se caiga de la cama.

Concluyo de la única manera que puedo concluir, afirmando que, para los viejos, no hay ningún modelo satisfactorio, ni el del norte ni el del sur. El hecho de que hayan muerto muchos menos ancianos de covid-19 en Grecia no prueba que, en general, la gestión de la tercera y cuarta edad sea aquí digna de elogios.

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Dos padres en Misiones piden la eutanasia para su hijo de 22 años con parálisis cerebral: «Quiero que descanse porque está sufriendo»

https://misionesonline.net/2020/08/18/eutanasia-muerte-digna-posadas/

Mi primo Germán me ha enviado esta nota periodística que considero muy interesante (se puede escuchar la entrevista en YouTube).

¿Cuál es mi opinión sobre el tema? En primer lugar, creo que el pedido de esa madre es totalmente comprensible. Como madre de esa «criatura» de 22 años ella siente, por un lado, que ha hecho todo lo que su maternidad le exigía; por otro, está cansada de esa existencia que, para ella, se ha vuelto sumamente desgastante y, para el hijo, está despojada de sentido. Aparte se suma la incertidumbre, porque hasta ahora, mal que mal, ella ha podido, junto con el esposo, manejar la situación. ¿Pero si muere o envejece, quién se hará cargo del hijo?

El problema principal en este caso es que, más allá del rechazo de su solicitud con que hasta ahora se ha topado por parte de la comunidad médica, la eutanasia activa y directa está prohibida en la Argentina. Ningún profesional le va a prescribir la dosis necesaria de pentobarbital ni ningún médico o enfermero va a ir a su casa a inyectársela, para que ese hijo «descanse en paz», abandone esa existencia que, cuando está bien, como durante la entrevista, se asemeja a la de un animalillo y, cuando está mal, puede convertirse en un calvario, para él y sus padres.

Hay un aspecto que conviene señalar y es que, incluso si la eutanasia activa estuviera permitida en la Argentina, no se trataría de un caso de eutanasia voluntaria. Recordemos que para ser eutanasia voluntaria la solicitud debe provenir del mismo interesado, cosa que aquí sería imposible. Así, en este caso estaríamos frente a una eutanasia no voluntaria (el paciente, como en el caso de un animal o de un enfermo en estado vegetativo o en un estado de conciencia mínima no tiene voluntad, entendiendo voluntad en su sentido filosófico-jurídico).

¿Qué perspectivas se abren para esa madre en un país como Argentina? Creo que la única vía que un profesional de la salud podría estudiar junto con un abogado y, por supuesto, in primis, con los padres, que son los que deciden por el hijo incapaz, es la de la mal llamada eutanasia pasiva. En realidad, para hablar como corresponde, se trata de la vía, totalmente legal en nuestro país, del rechazo de los tratamiento comenzados o por iniciarse, tratamientos que mantienen al paciente artificialmente en vida. ¿Qué sigifica concretamente? Significa que hay que estudiar la posibilidad de no tratar más al hijo en caso de nuevas recaídas, sino, como tantas veces se dice, «dejar que la naturaleza siga su curso». La única terapia que habría que implementar es la analgésica: ese ser de 22 años, por más que no sea una persona en el sentido jurídico y filosófico del término, es una criatura que tiene derecho a no sufrir inútilmente.

La única perspectiva que, resumo, se abre en el contexto legal de nuestro país -perspectiva que, insisto, es por el momento teórica y que debe ser analizada por los actores sociales que he mencionado- es la de «dejar morir» a ese ser de 22 años, asegurándose, en lo posible, que no sufra.

Si alguien replica que esta perspectiva que he bosquejado es mucho más «cruel» que la eutanasia directa y activa, mi constestación es clara: estoy totalmente de acuerdo, pero justamente este aspecto muestra meridianamente la necesidad de legalizar la eutanasia activa y directa.

Claro que algunos sostendrán que lo que necesitamos es más medicina paliativa y más cuidados médicos, en vez de la eutanasia. Acá también podría estar de acuerdo, pero pregunto: ¿dónde están en Misiones las instituciones religiosas, dónde están los centros de cuidados diurnos y nocturnos, para que esa señora, para que esa madre, pueda dejar a su hijo durante el día, para poder ir a trabajar, para poder ir algunas tardes, por qué no, a despejarse y divertirse un poco, para poder ir incluso a dormir sin la preocupación encima? Si yo supiera que el párroco del barrio donde vive esa señora va a darle una mano todas las mañanas, si yo supuera que a un par de quilómetros de donde vive hay un centro para el cuidado de enfermos como esos, sostenido con el esfuerzo de la comunidad y gestionado por profesionales, entonces sí podría decir que hay otras alternativas a la que he sugerido. Pero la señora esa no parece ni siquiera tener el suficiente «desahogo» económico como para pagar a un personal que esté en su casa abocado las 24 horas al cuidado del enfermo, como podría ser el caso en una familia de clase media-alta.

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