El coronavirus nos hace reflexionar sobre cómo viven nuestros ancianos

Copio el enlace de un artículo que leí ayer:

https://www.bioedge.org/bioethics/do-we-need-to-rethink-nursing-homes/13525

Creo que la nota contiene varios puntos discutibles. En particular, ya que hace unos diez años vivo en Grecia, voy a permitirme hacer algunos comentarios sobre el cuadro general que se trazaba de este país, simplemente con el fin de hacer un aporte a la discusión sobre la vejez en los países desarrollados y en los “más o menos” desarrollados.

Partamos de lo que a esta altura es vox populi: sí, a Grecia le fue muy bien en la gestión de la primera ola de la pandemia de covid-19. Comparado con otros países europeos, el número de contagios fue bajísimo y bajísimo fue también el número de víctimas. Para dar una idea más precisa, hoy en día el país cuenta unos diez mil contagios y solamente unas doscientas cincuenta muertes.

Ahora bien, inferir de estos hechos que haya que cerrar las residencias de ancianos, sobre todo en el norte europeo y en Norteamérica, y que haya que volver a un modelo de conducción de nuestros abuelos más “mediterráneo” o más “sureño” es, lisa y llanamente, una falacia.

Vamos por parte. Países como Bélgica han tenido muchísimos más contagios y muchísimas más muertes que Grecia. (Para comparar, en Bélgica hasta ahora hubo 82 mil contagios y unas diez mil muertes por el coronavirus. Recordemos que Bélgica tiene, como Grecia, once millones de habitantes.) Una de las razones, como claramente se señala en el artículo citado, ha sido que el coronavirus se ha colado fácilmente en las residencias de ancianos. Es correcto afirmar que si en Bélgica no hubiese habido residencias de ancianos, muchos de esos abuelos no se habrían contagiado, pero igualmente correcta, desde el punto de vista lógico, es esta otra conclusión: la culpa no la tienen las residencias en sí, sino la escasa o nula preparación que tenían en vista de la pandemia. Si esos centros de la tercera edad hubiesen estado alertas, si hubiesen reaccionado rápida y eficazmente ya desde enero de este año, si hubiesen tomado todas las medidas que debían tomar, entonces el cuadro hoy sería muy distinto.

Atención, no nos apresuremos. Veamos qué pasa con Bélgica y con Grecia y con todos los países y sus particulares formas de encarar la pandemia, ahora que la enfermedad nos amenaza con la segunda oleada. El tema del coronavirus nos va a acompañar por años a nosotros, los filósofos, analistas, científicos sociales, etc. Así que pretender hoy, 26 de agosto de 2020, sacar conclusiones definitivas sobre el fenómeno y su gestión es algo peregrino.

De todos modos, es acertado afirmar que ya algo hemos aprendido de esta pandemia y que, en lo que aquí nos concierne, la gestión de las residencias para la tercera edad no puede seguir siendo la misma. Varias cosas han de cambiar y para siempre, sobre todo teniendo in mente que es probable que irrumpa y se disperse globalmente un nuevo virus que afecte a los humanos. Este es un riesgo sobre el que ya advertían los virólogos y los epidemiólogos, incluso muchos años antes de que tuviéramos noticia del SARS-CoV-2.

Ahora bien, ¿sería aconsejable seguir la senda griega y hacer lo posible porque nuestros viejos vuelvan a sus antiguos hogares, esto es, que se cierren las residencias de ancianos y se retorne a un modelo más “tradicional”? Personalmente, yo a esta “contramarcha” no la veo ni factible ni creo que sea, de por sí, deseable. Paso a explicarme.

La existencia de las residencias de ancianos en los países más “desarrollados” no responde a una moda o a un capricho, sino a una realidad socioeconómica difícilmente “corregible” de un día para otro. En el norte de Europa las viviendas son, en promedio, más pequeñas que en el sur (están diseñadas para “la familia nuclear”, no para la gran familia); las personas, por motivos laborales, se desplazan geográficamente con más facilidad; allá existe una mentalidad mucho más centrada en la propia persona que acá, donde sobreviven modos de pensar más orientados al mantenimiento del orden familiar, etc., etc. Por tanto, querer imponer el modelo griego en Bélgica es, en términos prácticos, imposible.

Pero, más allá de si es posible o no, ¿sería deseable? Esto lo planteo sabiendo que, desde el norte, a veces el sur parece representar “lo atávico”, “lo premoderno”, “lo que debería ser superado”. Curiosamente, también desde el norte el sur es visto otras veces con nostalgia, como “lo que entre nosotros se ha perdido”. Así que me temo que el autor del artículo haya caído en esta segunda trampa y que esté viendo con lentes rosa la realidad de la ancianidad en países como Grecia. No es oro todo lo que brilla…

Claro que los números no mienten. Países como Grecia, a pesar de todos los problemas macroeconómicos con que cuentan, tienen una expectativa de vida sumamente alta. Evidentemente, los viejos en el sur viven muchos años y ello significa que la calidad de vida debe ser bastante buena, incluso superior a la de muchos de las naciones consideradas “modelos” económicos. Si, al fin y al cabo, las prestaciones del sistema de salud, la alimentación, la vivienda, etc., no fueran tan buenas en el sur, no se explicarían las cifras tan alentadoras.

Es cierto que la institución “familia” es más sólida en el sur que en el norte (aún es más sólida, porque también acá las cosas cambian). Es cierto que aquí las lealtades y los lazos familiares son más intensos. Aquí es natural pensar que, así como los viejos deben ayudar a los jóvenes, estos deben hacer lo mismo y encargarse de sus mayores. Pero no exageremos. Para ponerlo de un modo muy gráfico: ni la mujer belga promedio se desentiende olímpicamente de sus padres, ni tampoco es el caso que la mujer griega promedio se aboque en cuerpo y alma a la familia.

Permítanme hacer una breve lista de nuestros males. Acá en Grecia hay muchos viejos que viven prácticamente solos, abandonados de sus familiares; acá en Grecia las lealtades y los lazos familiares de que hablábamos a veces son deseables, otras veces tienen formas horribles, cuando se vuelven manipulaciones e intromisiones en la vida del otro; acá en Grecia un gran número de viejos necesitan ayuda y compañía y los miembros más jóvenes de las familias no pueden o no quieren dárselas, así que deben pagar todos los meses a una “muchacha” (por lo general, una señora de Europa del Este) para que se haga cargo de los abuelos, lo que da lugar a un fenómeno preocupante, porque está más allá de la ley, es parte del mercado negro, es susceptible a todo tipo de arbitrariedades, etc.

El tema de las residencias para ancianos es casi un tabú en Grecia. Las residencias son consideradas como tarros de basura para tirar lo que no sirve más. Difícilmente un hijo podría insinuarle a un padre mayor y dependiente de ayuda que fuera a una residencia; sería como decirle: viejo, es hora de que te vayas. Pero, como todo tabú, este modo de pensar borra algunas distinciones que habría que resaltar. La realidad tan griega del viejo viudo, entrado en años, con diversas enfermedades crónicas y otros tantos achaques, que vive solo, esto es, que vive lejos de los hijos, con una muchacha que apenas habla griego y que se encarga de su cuidado las 24 horas del día, es, lo digo sin más vueltas, una realidad triste. También hay historias “exitosas”, las de viejos que, cuando ya no podían arreglárselas más solos en sus casas, se mudaron voluntariamente a una residencia de ancianos y allí pasaron mucho mejor los últimos años de vida (en compañía de otros viejos, bien alimentados, correctamente aseados, con un programa de actividades para pasar las largas horas del día, rodeados de profesionales de la salud por cualquier eventualidad…). Claro que acá se trata de residencias privadas, que muchas veces no se puede pagar con la jubilación; pero también hay que considerar que con la simple jubilación ningún viejo puede pagar a la muchacha búlgara o rusa que, de buena o mala gana, lo va a asear, le va a prepara la comida, le va a recordar de tomar las pastillas, le va a encender la televisión cuatro horas a la mañana, cuatro horas a la tarde y cuatro horas a la noche, y va a dormir con la puerta del cuarto abierta, no vaya a ser que a la noche el viejo tenga una descompostura o se caiga de la cama.

Concluyo de la única manera que puedo concluir, afirmando que, para los viejos, no hay ningún modelo satisfactorio, ni el del norte ni el del sur. El hecho de que hayan muerto muchos menos ancianos de covid-19 en Grecia no prueba que, en general, la gestión de la tercera y cuarta edad sea aquí digna de elogios.

Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher based in Athens, Greece.
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