De nuevo en cuarentena (18 de febrero)

Tras una semana de haberse decretado el confinamiento estricto en regiones como Ática, la medida parece surtir el efecto esperado. El número de infectados diarios no ha seguido subiendo, sino que, por el contrario, ahora oscila –según el día– entre los 1.500 y los 700. Son cifras nada despreciables, pero –al menos aparentemente– indican que la situación estaría bajo control.

Por otra parte, el número de muertes diarias también ha seguido girando en torno a la veintena. Si mal no recuerdo, ayer fueron 13 los fallecidos y anteayer, 21.

Tal vez la única cifra aún alarmante sea la de los intubados diarios. Cada día se agrega un puñado más de pacientes que necesitan la ventilación mecánica, con lo cual la curva de ocupación de las “camas críticas” muestra un ascenso, leve pero continuo.

Según lo que habían anunciado las autoridades, la cuarentena estricta va a seguir en vigor en Ática y en las restantes regiones que habían llegado al rojo al menos hasta fin de mes. Entonces se decidirá si volver o no a relajar ciertas medidas (la reapertura de los negocios minoristas, la vuelta a las clases presenciales de los chicos, etc.).

Mientras tanto, a partir del fin de semana pasado llegó a Grecia la ola de frío que venía azotando al resto de Europa. “Medea” (así bautizaron el fenómeno meteorológico) trajo nieve en cantidades copiosas, incluso en lugares en que se decía “acá ya no nieva más”. El centro de Atenas es un buen ejemplo: en los 11 años que llevo viviendo ahí nunca había caído tanta nieve. El martes amaneció toda la ciudad cubierta con un grueso manto blanco que, literalmente, paralizó la actividad laboral.

Cómo va a influir este mal tiempo en la evolución de la pandemia en Grecia y el resto de Europa es algo por verse. Tiendo a creer que en los próximos días va a volver a subir la temperatura y, al menos aquí en Atenas y los alrededores, vamos a poder volver a abrir las ventanas. El clima benigno es una de las cosas más envidiables que tiene la capital griega.

“No hay mal que por bien no venga”, me digo para mis adentros, porque la parálisis que fue consecuencia de la tormenta de nieve trajo aparejado que muchos ancianos no pudieron salir de sus casas para ir a ponerse la vacuna. Y por lo tanto, inesperadamente, me convocaron para vacunarme. (Estaba en una lista de candidatos suplentes, justamente para cubrir la eventual ausencia de alguno de los mayores.)

Así que el martes recibí la primera dosis de la vacuna de la Pfizer, la que se está administrando en el hospital en el que me había anotado como disponible.

La cosa, en sí, va bastante rápido. Hay que llenar un formulario con los datos personales (sobre todo para volver a ser contactado de acá a tres semanas, esto es, para la segunda dosis) y otro con preguntas sobre el estado de salud (si se es alérgico a algo, si se está siguiendo una terapia farmacológica, etc.). Luego, hay que esperar simplemente el turno. En mi caso, el pinchazo se retrasó una media hora porque se habían acabado las dosis ya preparadas y había que “descongelar” un nuevo frasquito para sacar de allí las seis nuevas vacunas.

Una vez dentro del consultorio, la médica responsable me volvió a preguntar si era alérgico a algo, si estaba tomando algún medicamento, etc., y, tras mis noes, la enfermera me puso la vacuna.

La única recomendación que hacen es permanecer luego en la sala de espera por unos quince minutos, en caso de que surja algún shock; mientras tanto, aconsejan hacer algunos movimientos con el brazo vacunado. Pasado ese cuarto de hora, uno ya puede irse a casa.

Simplemente para cerrar mi caso: el único efecto secundario que puedo mencionar es una molestia en torno a la zona del pinchazo, que me apareció horas después y que duró un día entero. Nada del otro mundo, como cuando uno en un descuido se golpea el hombro con una puerta y después tiene esa sensación molesta por unas horas.

A propósito de las vacunas: desde este lunes también se está inyectando en Grecia la otra vacuna, la de la AstraZeneca. El objetivo es que ahora empiece la vacunación masiva, bajando gradualmente la edad de los convocados (ahora ya se está inoculando a la franja de la población de los mayores de 75 años). Para este fin, se remodeló un inmenso predio ferial, conocido aquí como “Helexpo”, en realidad, un complejo con modernas salas de exposiciones, situado en uno de los barrios de Atenas.

Imagen de la tormenta de nieve a la salida del centro de vacunación.

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De nuevo en cuarentena (11 de febrero)

Es curioso esto de ir dando noticias una vez por semana sobre la situación en un país determinado, Grecia en este caso, porque en un par de días “la tortilla se da vuelta”. No termino de pintarles el escenario, que ya me han cambiado el acto. De hecho, ahora sí que estamos otra-vez-en-cuarentena, subrayado palabra por palabra.

¿Qué ocurrió los días pasados? Ocurrió que esa tendencia al alza de los contagios y de los ingresos en los hospitales continuó subiendo, hasta hacer sonar todas las campanillas de emergencia. Concretamente: se consolidó la tendencia de tener más de mil contagios confirmados al día, contagios que, en muchos casos, presentan síntomas que tienen que ser tratados en un hospital; no es que necesariamente haya que internarlos con ventilación mecánica en terapia intensiva, pero esta “lluvia” permanente de pacientes después de una o dos semanas pone en aprieto la “estructura sanitaria”, como se dice.

En vista de los hechos, el gobierno decidió apretar el freno y volver al “lockdown estricto”, lo que implica el cierre de las escuelas (incluso de la primaria), el cierre de los negocios que venden al por menor (con excepción de los supermercados, las farmacias y demás) y el “toque de queda sanitario” los fines de semana a partir de las seis de la tarde (durante la semana rige la prohibición, como lo venía haciendo, a partir de las nueve de la noche y se extiende hasta las cinco de la mañana del día siguiente).

Así que de nuevo en casa. Los chicos retomarán hoy mismo sus clases por Webex y los adultos que no estén ya de licencia con el goce del sueldo mínimo que les asegura el Estado deberán volver al teletrabajo.

No quiero que se lleven la impresión de que las cosas se les fueron de las manos a los griegos. Más allá del abarrotamiento que puedan estar experimentando algunos hospitales, como el famoso hospital Σωτηρίας, el especializado en enfermedades respiratorias, el resto de las cosas sigue su ritmo “normal” o “de nueva normalidad”.

Ayer a la tarde, por ejemplo, necesitaba ir a comprar un poco de elástico para unos pantalones y me llegué a una mercería que está justo al final del barrio, pasando una de las avenidas más importantes que desembocan en Atenas. ¡Qué tráfico que había! ¿Será que todos estaban desesperados por hacer sus últimos mandados ante la inminencia del nuevo confinamiento estricto?

La mercería, como todo este tipo de negocios, tenía la puerta cerrada. Golpeé y me abrió la dueña, me preguntó a la distancia de dos metros qué quería, cerró la puerta, midió el elástico, lo cortó, lo envolvió en un pedazo de papel y me lo trajo. Mientras tanto, yo ya había preparado las monedas. Pagué y me volví.

No podría decir que en los rostros de la gente hay pánico o angustia por el virus. En todo caso, lo que sale a la vista es el cansancio, el hastío y, eso sí, la preocupación económica. Al inicio de la pandemia, hace casi un año atrás, se decía que, en el peor de los casos, esto iba a ser cosa de unos tres meses, seis como máximo, y que luego la curva que dibujan los economistas iba a tomar la forma de una V. Después nos fuimos haciendo de la idea que la cosa iba para largo, que había que tener paciencia todo el 2020, que la curva en todo caso sería una W. En diciembre, cuando el anuncio de las primeras vacunas era inminente, todos empezamos a ver la lucecita al final del túnel. ¿Se trató de una ilusión óptica, de un espejismo, de una forma de autoengaño? No sé, pero está claro que la pandemia nos va a acompañar a lo largo de este 2021 y no podemos descartar que ese también sea el caso de 2022.

Como sea: acá la esperanza es que a partir de mayo la pandemia nos vuelva a dar una pausa, un respiro, tal como lo hizo el año pasado, hasta setiembre, y que cuando sea el momento de la llegada de la tercera ola, un número muy significativo de la población vacunada se encuentre ya vacunada. No es un escenario impensable, pero tampoco es sencillo. La vacunación no está yendo todo lo rápido que debería para que pueda cumplirse ese objetivo.

Por otro lado, no sabemos cuánto dura la inmunidad adquirida gracias a la vacuna de la Pfizer-BioNTech, la que se usa acá. Si por ejemplo dura ocho meses –un supuesto para nada aventurado– eso quiere decir que para setiembre/octubre, aparte de seguir vacunando a la población aún no vacunada, vamos a tener que volver a inocular a los que ya habían entrado en los primeros llamados, los de enero/febrero. ¿Vamos a dar abasto?

Mientras tanto, la famosa variante británica se difunde rápidamente por el suelo heleno. Tal vez esa sea en parte la razón de este nuevo rebrote, aparte del descuido o el relajamiento de la gente. El tiempo sigue ayudando, con temperaturas más primaverales que invernales, pero con eso no alcanza.

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De nuevo en cuarentena (5 de febrero)

Esta semana ocurrió lo que temíamos: subió abruptamente el número de contagios. De venir teniendo unas 500 infecciones diarias, saltamos al doble. Como era de esperarse, eso encendió las luces amarillas en el sistema sanitario. El problema, en sí mismo, no es el que estemos en unos mil contagios diarios, sino que ese puede ser el primer indicio de una nueva espiral ascendente de infecciones. Además, el aumento de contagios trae aparejado, con un retardo de días o semanas, un incremento en el número de las hospitalizaciones y de las muertes.

Sin embargo, no quiero pintarles una situación catastrófica. Lejos estamos de estar viviendo lo que le sucede a Portugal en este mismo momento que escribo. Acá el número de las famosas “camas críticas” en los hospitales sigue bajo y desde hace ya unas semanas las muertes diarias no superan las dos decenas.

La subida de los contagios coincidió con la reapertura de los colegios secundarios o, mejor dicho, de los gimnasios. (Una aclaración: aquí los llamados gimnasios, τα γυμνάσια, en realidad cubren los primeros años de la educación secundaria; para completar el ciclo, los chicos cursan los dos últimos años en lo que llaman el liceo, το λύκειο).

Así que desde el lunes nos encontramos con esa imagen algo contradictoria por las calles: los negocios nuevamente cerraron las puertas al público (están abiertos solo para que uno compre por teléfono o en línea y para retirar luego el producto), mientras que los gimnasios secundarios volvieron a funcionar (lo que también implica más tráfico por los transportes escolares, los padres que llevan y buscan a los chicos, etc.).

Cómo va a evolucionar la cosa en los próximos días es algo que nadie sabe a ciencia cierta. Por ejemplo, yo no pensaba que después de las fiestas de fin de año iban a reabrir las escuelas; estaba mentalizado con que teníamos que esperar pacientemente hasta después de Pascua. Pero lo que está viviendo Portugal en estas horas es un recuerdo de que las aguas, por más quietas que parezcan, pueden desbordarse en cualquier momento.

¿Será que los portugueses se confiaron demasiado en lo bien que venían sus números y por eso se relajaron en exceso? ¿Será que permitieron muy fácilmente la entrada de turistas que portaban el virus en la variante británica, aquella con la mutación Nelly, como la han bautizado, que es más contagiosa?

Mientras tanto, la buena noticia en Grecia es que reina el buen tiempo. Casi todos los días sale el sol y la temperatura viene en continuo aumento, como si la primavera estuviera ansiosa por llegar. Y eso es una buena noticia porque nos permite tener las ventanas abiertas, salir a los balcones y ventilar los espacios cerrados. Y, por lo que veo, esa parece ser la mejor medida sanitaria para prevenir los contagios. Nos pasamos meses lavando con jabón y desinfectando con alcohol las superficies, contratando a más personal de limpieza, protegiendo con plástico los alimentos… y ahora los científicos han confirmado que solo una minúscula parte de los contagios de coronavirus se da por el contacto con las superficies. Aquí les copio el enlace al artículo de la revista Nature, con datos más precisos de los que yo puedo dar.

El punto es que la trasmisión del virus se da, en la grandísima mayoría de los casos, por las pequeñas gotitas de saliva y los aerosoles que viajan de persona a persona, sobre todo en espacios mal ventilados. “Donde entra el sol…”, ya saben.

En lo que respecta a la campaña de vacunación, no tengo muchas más novedades que las que aparecen en los medios, detallando el tira y afloja entre la Unión Europea y las compañías farmacéuticas. Aquí se sigue vacunando al contingente de mayores de 80 años y al personal sanitario que aún no se ha inoculado. La cosa va lenta.

Por lo que escucho de conversaciones con algunos médicos, los hospitales públicos han debido reorganizarse bastante abruptamente para poder ofrecer el servicio de vacunación. Parte de la infraestructura y del personal están ahora destinados a la vacunación, con lo cual se ha resentido la capacidad de atender a los pacientes aquejados por todas las otras enfermedades. Porque lo cierto es que ni se ha contratado personal médico suplementario para la vacunación, ni se han alquilado sedes extrahospitalarias para ese fin. Ya se sabe, cuando la manta es corta, o nos cubrimos los pies o la cabeza…

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De nuevo en cuarentena (29 de enero)

Aquí va mi aggiornamento semanal sobre la situación en Grecia.

Lo primero que tengo para decir es que, en general, las aguas siguen increíblemente calmas. Mientras que en otras naciones europeas la cosa está al rojo vivo –pienso en Alemania, que está pensando en volver a cerrar los aeropuertos internacionales, pienso en el Reino Unido, que superó la barrera de los 100.000 muertos–, el territorio griego continúa pintado de verde. Tal vez lo único destacable sean algunas manchas amarillas que han aparecido sobre el manto verde desde anteayer, sobre todo en Ática, debido a un salto del número de contagios. De golpe pasamos a tener ochocientos contagios confirmados al día, o sea, prácticamente el doble. Sin embargo, tanto el número de muertos diarios como el total de intubados continúa siendo relativamente bajo.

¿Cómo hay que interpretar esas manchas amarillas que ahora afean el fondo verde? ¿Se trata de un fenómeno aislado y pasajero? ¿O son más bien el primer anuncio de un recrudecimiento de la pandemia?

El clima que reina Atenas es de bastante relajamiento. Las calles volvieron a tener el ajetreo de años anteriores, y solo a la noche se vacían, debido a que sigue vigente la prohibición de circulación hasta las 5 de la mañana. Los peatones también circulan libremente. Es cierto que todavía hay que enviar un SMS al 13033 antes de salir de casa, especificando el tipo de salida prevista (por ejemplo, digitando un 2 para ir al supermercado o un 6 para ir a caminar), pero uno puede mandar tantos mensajes como salidas quiera hacer. Si bien ya se me ha hecho carne esto de ponerme la mascarilla y enviar el mensaje del celular cada vez que me propongo traspasar el umbral de casa, nunca me han controlado. Lo único que puedo decir es que, como los negocios siguen abiertos y la gente puede salir cuantas veces quiera, empezó a haber aglomeraciones en las calles peatonales del centro y en las bocas de los subterráneos; y, por tanto, allí empezaron a controlar un poco más. De hecho, los otros días vi un grupito de policías merodeando la zona de Mégaro Musikís.

Los que siguen cerrados son los bares y los restaurantes de todo tipo. Días pasados daba una vuelta por Kolonaki, el barrio pudiente que está justo antes de bajar al centro, y me llamó la atención la cantidad de locales en remodelación. ¿A qué se deben tantas obras? Por un lado, me parece obvio que si el dueño de un local tenía planeado hacer modificaciones, las haga ahora, y no cuando lo habiliten para volver a abrir. Por otro, creo que se debe a todos los incentivos y subsidios económicos que se han dado en Grecia. Tal vez entonces los dueños de esos lugares no tenían previsto hacer ningún cambio en las instalaciones, pero las mejoras se volvieron una excusa para hacerse de algún dinero.

La campaña de vacunación sigue su curso, con la lentitud y las dificultades que se ven en otros países europeos. Al respecto, se me ocurre señalar un par de cosas. En primer lugar, muchos médicos y enfermeros del sector público ya han recibido la segunda dosis de la vacuna (la de la Pfizer, que es la única que circula por el momento por acá). Los otros días hablaba con un gastroenterólogo que trabaja en una clínica privada y me decía que a él ya le han dado turno para la vacuna; así que ahora se va a ir sumando el grupo de los médicos y enfermeros del sector privado. En segundo lugar, se sigue vacunando a los mayores de 80 años. Para que no se desperdicie nada, en caso de que sobren algunas dosis se convoca inmediatamente al personal policial o militar hasta cubrir la disponibilidad del día.

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Imágenes de Atenas

Una conocida empresa de comunicación empapeló la ciudad con un mensaje de agradecimiento a todas y todos aquellos que, con su esfuerzo y desde el anonimato, luchan para contener la pandemia.
Este afiche expresa el rechazo de algunos grupos a que se extienda un certificado de vacunación anti-COVID-19, alegando que ello generaría nuevas fuentes de discriminación.
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De nuevo en cuarentena (22 de enero)

Ayer los titulares de los diarios de casi todo el mundo, como no podía ser de otro modo, le daban amplio espacio a la investidura de Joe Biden y Kamala Harris. Pero si uno buscaba otras noticias relevantes del día aparecía de nuevo la pandemia. La situación sigue siendo muy difícil o incluso se complica en casi todos los países europeos, de España a Holanda y de Gran Bretaña a Italia. ¿Cómo es posible que la cosa siga marchando inesperadamente bien aquí en Grecia? ¿Será que nos está tocando un invierno excepcionalmente benigno y eso hace que las pocas medidas que efectivamente se respetan –y que cada vez son menos– surtan un increíble efecto? ¿O será que los dioses del Olimpo se apiadaron otra vez más de los helenos?

Obviamente: todo está por verse. Es probable que el rebrote de casos que esperábamos para después de las fiestas se presente más tarde de lo calculado, sobre todo teniendo en cuenta que recién el fin de semana pasado hizo unos días de frío intenso.

El fin de semana pasado nevó en Ática, aunque con menos intensidad que otras veces

Hay muchas cosas que ignoramos de esta nueva enfermedad y que posiblemente lleguemos a comprender mucho tiempo después de que haya dejado de ser una amenaza tan importante como hasta ahora. Ayer leía un artículo en Nature y pensaba cuán lejos estamos todavía de saber a ciencia cierta por qué los sistemas inmunitarios de las distintas personas reaccionan de manera tan diversa al virus: la mayoría no tiene síntomas, pero con otros el virus se ensaña ferozmente. Hay un montón de procesos biomoleculares específicos que los científicos recién ahora están individualizando. (Aquí les copio el enlace al artículo.)

Pero para volver al tema de esta entrada: las cosas en Grecia marchan χαλαρά, como se dice por acá, sin mayores obstáculos ni dificultades. Desde el lunes pasado están abiertos los negocios y ahora los clientes pueden entrar a los locales, no como la vez pasada, que había que pedir los productos desde la puerta de entrada. (En todo caso, la única molestia es que, si ya hay mucha gente dentro del negocio, hay que esperar en la cola un rato fuera, hasta que se vacíe un poco.) Mientras tanto, las escuelas primarias van a cumplir su segunda semana de clases, y se habla de extender la apertura a las escuelas secundarias y, finalmente, permitir que abran los restaurantes y bares.

¿A qué se debe tanto optimismo? Simplemente, a que los números siguen bajando, muy lentamente, es cierto, pero sin contramarchas. Las famosas “camas críticas” en terapia intensiva ya están bien por debajo del 50 por ciento de ocupación, con lo cual el margen de maniobra es bastante amplio en caso de que se revierta la situación. Muertos sigue habiendo cada día, ayer por ejemplo fueron una treintena, una cifra nada despreciable pero cuatro veces menor de la que llegamos a tener en noviembre.

La campaña de vacunación sigue su curso, pasito a paso. La única vacuna disponible por acá es todavía la de la Pfizer-BioNTech. El grupo de los beneficiarios continúa siendo el personal sanitario y el de los mayores de 80 años. No me consta que haya en general grandes inconvenientes en la vacunación, salvo que, a este ritmo, no está claro si vamos a lograr la famosa inmunidad de rebaño para de acá a diez meses, con el objetivo de evitar una tercera ola.

Alguien me preguntaba días pasados qué hacen las escuelas primarias cuando detectan casos de coronavirus. Respondo limitándome a mi experiencia personal. En la clase a la que va mi hija mayor, el padre de uno de sus compañeritos dio positivo. Obviamente, el chico dejó de ir de inmediato a la escuela. Le hicieron el test al menor y dio negativo, así que todos suspiramos aliviados y la clase continuó su funcionamiento normal. Una semana después, el chico ese terminó enfermándose de COVID y todos nos alarmamos. ¿El resultado del test había sido un caso de falso negativo? ¿O se ve que al inicio no tenía el virus y se lo terminó contagiando en la misma casa? No sé. Por lo pronto, estamos muy atentos. Igualmente, anteayer la maestra de otra clase dio positivo y, allí sí, se suspendió inmediatamente el dictado para todo ese grupo por dos semanas.

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De nuevo en cuarentena (15 de enero)

Debo reconocer que mis predicciones no se cumplieron. ¡Y por suerte! Porque a pesar de la distensión y el relajamiento generalizados que vimos antes, durante y después de las fiestas de fin de año, la curva de infectados, hospitalizados y muertos no ha variado significativamente. Hasta ahora, al menos. Lo digo porque en este terreno no hay que cantar gloria antes de la victoria. Tal vez la situación se revierta abruptamente de una semana para otra. Ya lo vimos en el pasado.

No sé si parte de la explicación de este fenómeno –del que las cosas en Grecia marchen “no tan mal” mientras que la mayoría de los países de la Unión Europea están “en rojo”– se debe a que hasta hace unos días hemos tenido un tiempo excepcionalmente benigno, con sol, temperaturas agradables y vientos leves o moderados. Por tanto, la gente pasó mucho tiempo al aire libre y pudo ventilar regularmente las casas y los lugares de trabajo.

Mientras tanto, los chicos de la primaria volvieron a las aulas. A las aulas reales, no virtuales. Obviamente, respetando las medidas que fija el protocolo: mascarilla todo el tiempo, ventanas abiertas a pesar del chiflete de frío, desinfección de los bancos cada cuarenta minutos.

Los padres nos miramos incrédulos y nos decimos unos a otros: μακάρι, να συνεχίσει έτσι, ojalá, que siga así.

Otro de los temas que nos ocupa es el de la nueva variante del virus. O sería mejor decir: de las nuevas variantes, porque está la sudafricana, está la británica y vaya a saber cuántas otras más. Acá me parece que la pregunta no es si la mutación llegó al suelo griego o no (me parecería muy raro que no fuera así). La cosa es más bien saber cuán difindida/contenida está.

Pero el tema más discutido es, seguramente, el de las vacunas. En la entrada anterior les comentaba que ya habían empezado a vacunar al personal sanitario. Desde hace unos días han empezado también con los mayores de 85 años (que acá en Grecia no son pocos). Mi suegro, que tiene 83 años, tiene que esperar al próximo llamado, que esperamos que sea en breve.

Por lo que tengo entendido, se sigue vacunando sólo con la de la Pfizer-BioNTech. Todavía no llegó la de Moderna, a pesar de estar ya autorizada.

La actitud de la gente es de lo más variada. Mientras hay un grupo que no ve la hora de que le llegue el turno de vacunarse, otros se niegan rotundamente a que le pongan la vacuna. Y esto incluso entre el personal médico. En el círculo en que yo me muevo, los primeros superan ampliamente a los segundos, pero en términos sociológicos esto no quiere decir nada.

De todos modos, dejando de lado la predisposición de la gente, lo cierto es que el número de vacunas que llegó es pequeñísimo comparado con el que sería necesario tener, si el objetivo es haber logrado la famosa inmunidad del rebaño para fin de año.

También hay un problema de coordinación en la vacunación, que podría parecer anecdótico pero que no lo es. Resulta que si un hospital descongela y abre tal o cual número de cajas y prepara las dosis correspondientes, estas deben ser inoculadas rápidamente. Pero muchas veces el número de personas esperando la vacuna para ese día termina siendo menor al de las dosis disponibles, así que, si no se quiere tirar a la basura el costoso líquido, hay que comenzar a llamar por teléfono a todo aquel que pueda querer vacunarse. ¿Hay justo un paciente en el hospital menor de 85 que quiera vacunarse? ¡Tráiganlo inmediatamente! Y, si no, a traer parientes o amigos de los vacunadores, he allí la ocasión.

Lo que no he visto hasta ahora (pero admito que puede deberse a que casi no veo televisión) es una campaña mediática de vacunación, aunque sea un video de uno o dos minutos explicando qué es la vacuna, cómo se la administra, dónde, por qué y cuáles son los efectos secundarios (que hasta ahora siguen siendo despreciables, un poco de dolor muscular en el brazo). Hay una falla en la comunicación que habría que remediar, sobre todo si queremos que la gente vaya voluntaria y masivamente a vacunarse.

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De nuevo en cuarentena (8 de enero)

Sí, señor, seguimos en esta cuarentena que insisto en llamar a medias. Recorriendo ayer las calles del barrio, me preguntaba: ¿pero qué cuarentena es esta? Gente y autos por doquier. Y en las miradas de las personas no rezuma ningún miedo a contagiarse…

Esta imagen tan de “normalidad de los viejos tiempos” contrasta, ¿quién podría negarlo?, con otra, muy distinta, porque los pequeños negocios debieron volver a cerrar sus puertas, los restaurantes y los bares siguen a oscuras, con las sillas dadas vuelta encima de las mesas, los cines y los teatros todavía exhiben los carteles de los estrenos que habían hecho justo antes del cierre, allá por octubre…

A mí los grises no me convencen, y sobre todo en casos como estos, porque es inevitable pensar que la situación es injusta para algunos. Si dejamos que la gente circule por las calles como hormigas, una al lado de la otra, y se reúna a charlar con un conocido en una cita que se dieron en una plaza, ¿por qué la librería o la ferretería del barrio tuvieron que volver a cerrar, si de todos modos atendían en la entrada del local y respetando las normas del protocolo sanitario? ¿Por qué mi peluquero tiene que quedarse de brazos cruzados en su casa, si para cortar el pelo había que sacar un turno por teléfono, así nadie esperaba dentro del local?

Con todo, la buena noticia es que los chicos van a poder volver a los jardines de infantes y a las aulas de las escuelas primarias a partir del lunes. Sin embargo, los de la secundaria (los que acá van al gimnasio y luego al liceo, como se dice) van a seguir con las clases en línea. Igualmente, todas las actividades extraescolares, independientemente de la edad de los chicos, siguen suspendidas, a menos que los centros decidan retomar con la modalidad virtual.

Nadie sabe cuánto va a durar esta reapertura de los colegios primarios. Por lo pronto, aún no se insinuó el rebrote de contagios que todos temíamos para después de las fiestas. El número de muertos por día sigue rondando en los cincuenta (lo que no es poco para un país como Grecia) y el de intubados en los cuatrocientos, cifra lo bastante abultada como para dormirse en los laureles. Pero si la cosa sigue así, es factible hablar de una reapertura de la economía y de la educación paso a paso y para todos.

Mientras tanto, con demoras y con mucho aún de ensayo y error, comenzó la vacunación. Por lo pronto, los beneficiarios son el personal sanitario. Pero muchas personas de más de 60 años no ven la hora de que les llegue su turno.

La vacuna que se está inoculando es la de Pfizer-BioNTech. Pero los días pasados la Agencia Europea de Medicamentos aprobó la vacuna de Moderna, así que me imagino que en la segunda quincena del mes la oferta va a ser mayor. (Por lo que tengo entendido, la vacuna de Moderna no necesita ser conservada a temperaturas tan extremas como las de la Pfizer. Por eso tiendo a pensar que se la va a destinar, sobre todo, a aquellas regiones del país que no cuenten con tanta tecnología del frío. Por ejemplo, no sé cuántas islas pequeñas y medianas en Grecia disponen de refrigeradores que lleguen a -80 grados, aunque sí tendrán heladeras de hasta -20.)

Mi esposa se vacunó ayer. El único síntoma adverso que ha tenido hasta ahora es un poco de dolor en el brazo, pero no hinchazón, como cuando se puso la vacuna de la gripe los meses pasados.

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De nuevo en cuarentena (5 de enero)

Aquí en Atenas el 2021 empezó con temperaturas insólitamente elevadas. Todos festejamos el inesperado “veranito”, sabiendo que mucho más no podría durar y que tarde o temprano tendrían que llegar los fríos.

Tanto calor y la ausencia de viento por días trajo aparejado otro fenómeno inesperado: la vuelta de los mosquitos. Las casas y los jardines se volvieron a llenar de esos fastidiosos compañeros de los meses más agradables del año.

Para las fiestas las autoridades relajaron los controles (que ya venían siendo bastante laxos) y la gente pudo salir a reunirse con una, dos o tres familias burbuja.

No sé cuántos “excesos” habrá habido en lo que hace a los contactos sociales, pero creo que muy pocos se atuvieron al consejo de verse solamente con una familia conocida y una vez.

A parte del repentino veranito, se dio otro fenómeno peligrosamente alentador: el número de los casos (casos de todo: infectados, intubados y muertos) mantuvo su tendencia a la baja. Ya se sabe: “Cuando el gato no está…”

El 2 de enero, después de que el gobierno cerrara uno o los dos ojos todo ese tiempo, llegó el aguafiestas con un mensaje que en mi país sonaría así: “¡Muchachos, se acabó la joda!” En efecto, de un plumazo se dispuso el cierre de los negocios y se volvieron a prohibir las reuniones entre familiares y amigos. Así que el que tenía turno para el peluquero el lunes tres, tendrá que quedarse con los pelos tal como lo vimos para Año Nuevo, y ya no vamos a poder ir al local de la vuelta a retirar el producto que compramos por internet, sino que vamos a tener que esperar que nos lo traigan a casa, quién sabe de acá a cuántos días (del “click away” volvimos al “delivery”).

Paralelamente, el gobierno dispuso la reapertura de los jardines de infantes y de las escuelas primarias. A primera vista, parece algo contradictorio, pero creo que, en realidad, no lo es. Porque lo cierto es que, más allá del toque de campana para que la gente deje de salir a festejar, esta cuarentena es “a medias”. Si la actividad laboral sigue en marcha excepto en los casos puntuales en los que hay un contacto estrecho con el cliente, es justo que los más pequeños vayan a la escuela. Los que somos padres de hijos pequeños sabemos que tener a los chicos todo el día encerrados en casa y haciéndolos primero seguir las clases en la pantalla de una “tablet” y haciéndolos seguidamente hacer las tareas, en esa misma “tablet” o en el cuaderno, es una de las cosas más desgastadoras. Un costo demasiado alto para el riesgo que representa en sí mismo el hecho de que los niños vayan a escuela. Sobre todo, repito, cuando las calles siguen repletas de gente que va a sus trabajos.

Lo que empezó con un tropiezo fue la vacunación. Mi esposa, por ejemplo, tenía que vacunarse ayer, pero a último momento le pospusieron la cita. ¿Por qué? Barajamos varias explicaciones. Puede ser que la logística requerida para esta vacunación sea un desafío más complejo que lo pensado. Puede ser también que hasta ahora hayan llegado a Grecia menos vacunas que lo previsto, con lo cual quizá hubo que reducir el número inicial de citados teniendo en cuenta que cada uno necesita dos dosis, no una.

De todos modos, la lentitud inicial en la vacunación no es un fenómeno exclusivamente griego. Por lo que veo, casi todos los países están vacunando a un ritmo mucho más lento del que esperaban. (La única excepción, tengo entendido, es Israel, que compró a última hora una buena cantidad de la vacuna de Pfizer y ya inoculó a un porcentaje significativo de su población.)

Los juegos siguen cerrados
¡Feliz Año Nuevo!
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Imágenes de Atenas

Una muestra de la iluminación típica de las fiestas de fin de año en las calles de Atenas

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