¿Está justificado el paternalismo?

Hoy voy a formular algunas consideraciones respecto a cuándo el paternalismo podría estar justificado.

Paternalismo es el decidir por los otros, a veces sin siquiera consultarlos en lo más mínimo, guiado por el supuesto de que yo sé mejor que ellos qué les conviene y qué no. Al proceder de ese modo, actúo como un padre, como un padre benevolente, que considera menores de edad (mental) a las restantes personas, por eso se entromete en sus vidas, elige de antemano una línea de acción, etc.

En medicina el paternalismo ha sido y, aunque actualmente en menor grado, aún sigue siendo un fenómeno corriente. El médico, cuan padre benévolo, decide por el paciente, suponiendo que él sabe mejor que el enfermo qué es lo más conveniente hacer para mejorar su salud, para tratar síntomas desagradables, etc. De este modo, el paciente se convierte en una suerte de menor de edad mental: su enfermedad, sus dolores, su envejecimiento, su falta de conocimientos específicos y de experiencias en el campo de la medicina, etc., le impedirían razonar correctamente y decidir autónomamente.

Por cierto, en todos estos casos de paternalismo damos por sentado que, en el fondo, subyace una buena intención (benevolencia) en el médico, en el padre, en el maestro, en el gobernante que deciden por los otros sin tan solo consultarlos. De lo contrario, se trataría de casos difícilmente justificables de manipulación, de injerencia indebida en las vidas ajenas en provecho propio y de imposición de la propia voluntad.

En algunas materias de gran relevancia, los padres decidimos por los hijos. Claro que ya se acabaron las épocas en que los padres decidían despótica e inapelablemente en los asuntos de los hijos. Hoy la relación padres-hijos se ha vuelto más “democrática”, más dialógica. Pero un buen padre sigue siendo el que, llegado el caso, fija un límite, toma una decisión, emprende un curso de acción sobre la suerte de sus hijos, basado en el supuesto (razonable) que él o ella sabe mejor que ellos, los hijos, qué es necesario hacer. Puedo explicarles pacientemente a mis hijos por qué es necesario tomar ahora este remedio amargo y viscoso, puedo aceptar dárselo en su cucharita preferida, puedo prometer llevarlos al parque si toman el remedio, pero una vez hecha todas estas concesiones (una vez “dorada la píldora” en el sentido literal de la expresión), no hay más vuelta de hoja: ¡a tomar el remedio!

Creo que el caso que acabo de discutir no genera ningún problema: todos fuimos menores de edad y entendemos ahora, ya mayores, que hay cosas que entonces no sabíamos o no podíamos hacer, porque nos faltaba la madurez necesaria. Pero el consenso general, en particular en nuestra cultura, es que una persona mayor de edad normalmente es capaz de decidir por su cuenta en lo que hace a todas las cuestiones vitales, desde qué comer hasta si interrumpir o continuar una terapia médica. En otras palabras: el médico podrá explicarme qué terapia seguir, podrá incluso instarme a hacer esto y no aquello, pero seré yo quien, en última instancia, decida qué hacer. Claro que yo no tengo ni los mismos conocimientos ni las mismas experiencias específicas que el médico, pero eso no es el punto decisivo: respecto a lo que hace a mi vida, el soberano soy yo, el que decide en última instancia soy yo, y es preferible decidir mal, pero autónomamente, a tomar el buen camino (el supuesto buen camino) tras la imposición degradante de otro.

No está demás detenernos un momento en la consideración que acabo de hacer. Personalmente, soy un decidido partidario del respeto a la autonomía de las personas, pero sé que con ello, o sea, sé que respetándole a cada uno el ámbito de decisión libre que tiene en todas las áreas centrales a su existencia, el resultado final no puede ser óptimo. Seguramente sería mejor para la salud de todos si un nutricionista benevolente decidiera qué dieta seguir; pero consideramos que elegir qué comer es parte de nuestra autonomía, aun cuando terminemos alimentándonos con la famosa “comida chatarra”. La libertad y la autonomía están por sobre la eficiencia y la utilidad, toda vez que el logro de estas últimas implique la violación de las primeras.

Insisto: una sociedad gobernada por especialistas que actuasen de manera paternalista y benévola seguramente sería más eficiente que una sociedad como la nuestra, que pone límites claros a la injerencia de los otros en nuestra esfera de libertad: el médico experto decidiría por mi salud, el nutricionista experto dispondría mi dieta, el intelectual experto fijaría mis lecturas… Pero así mi libertad y mi autonomía, lo que considero esencial a mi existencia, se vería relegado a un plano marginal.

Claro que el paternalismo tiene otro gran defecto: supone –y este es un supuesto nada menor– que todos los especialistas van a actuar movidos por la benevolencia… sobre todo el Estado mediante sus instituciones. Lo que obviamente está muy lejos de ser un supuesto realista. No hay duda de que en el mundo hay gente que actúa de modo paternalista movida por sentimientos nobles como la benevolencia… pero no son tantas esas personas como para organizar toda la sociedad de modo paternalista.

En conclusión, el paternalismo benevolente no puede ser el principio que estructure nuestras vidas y nuestras sociedades. En primer lugar, porque la libertad y la autonomía de los adultos son valores más elevados que la conveniencia, la eficiencia, la utilidad, etc.; en segundo lugar, porque la disposición a actuar de modo paternalista y benevolente está mucho menos extendida entre los actores sociales que otras disposiciones, mucho menos encomiables. No hay motivos para confiar en todos aquellos que se autoproclaman “padres benévolos”.

¿Pero en qué casos está justificado actuar de modo paternalista? Algunos libertarios afirman que nunca lo está; sin embargo, yo creo que esa es una posición extrema. Por lo pronto, podemos y debemos actuar como padres con aquellas personas menores de edad que estén a nuestro cargo. Ya indiqué que hay modos y modos de ser paternalista, y actualmente entendemos que es preferible el diálogo, incluso con niños pequeños. El tema aquí no es que debamos ponerles límites a los niños, sino cómo vamos a fijar esos límites.

Por otro lado, podemos ser paternalistas con todos aquellos mayores de edad que, debido a problemas psíquicos, no han alcanzado la madurez mental. También en esta categoría podemos incluir a todos aquellos individuos que durante gran parte de su vida fueron adultos mentalmente hablando, pero que debido a trastornos mentales severos han perdido esas capacidades, como los enfermos de alzhéimer en estado avanzado.

Hay, finalmente, un último grupo de casos y que, potencialmente, abarca a cualquier adulto mental. En casos excepcionales (insisto con lo de excepcionales) todos podemos entrometernos como buenos padres en la vida de los otros adultos si puede suponerse que, movidos por la pasión o por la falta reflexión, están por cometer actos cuyas consecuencias negativas serán graves, inmediatas e irreversibles. Si mi vecino, que es un tipo sumamente cuerdo, una vez, movido por una emoción violenta, está por tirarse del balcón, puedo y debo intervenir como buen padre.

Es importante acá que queden claros los requisitos para que yo o, mejor, el Estado, por medio de sus instituciones, actúe de modo paternalista con adultos que en principio son mentalmente maduros:

  • Se tratará de casos excepcionales;
  • En los cuales el adulto, aparentemente actuando sin la reflexión o prudencia debida,
  • Están por llevar a cabo acciones que pueden tener consecuencias graves para ellos mismos, irreversibles e inmediatas.

Que quede claro: si mi vecino es diabético y todos los días va a tomar un helado a la heladería de enfrente, no puedo hacer nada para detenerlo. A lo sumo, puedo intentar, llegado el caso y si me une cierta amistad, disuadirlo de ingerir azúcares. Pero al ser una acción que él repite todas las tardes, no puedo decir que sea totalmente irreflexiva o pasional; tampoco las consecuencias de esas acciones son graves, irreversibles e inmediatas: la ingesta de azúcares le irá agravando el cuadro diabético, pero podrá aún vivir años.

Veamos otro caso: cuando la policía me detiene y me multa por no llevar abrochado el cinturón de seguridad en mi auto, está actuando de manera paternalista. Esta injerencia policial sólo se justifica porque se supone que no me puse el cinturón por descuidado o desatento (una acción irreflexiva) y que, de chocar, las consecuencias serán graves, irreversibles y súbitas (todos sabemos qué resulta de un choque cuando no se lleva el cinturón).

En otros casos, la intervención paternalista de la policía me suma a la prevención del daño a terceros. Si la policía me impide seguir manejando después de constatar que he tomado alcohol, consumido drogas, etc., la razón será doble: por un lado, está protegiéndome de consecuencias graves, irreversibles y súbitas tras una falta de reflexión y previsión de mi parte (si sabía que en la fiesta iba a tomar alcohol, habría tenido que dejar el auto en casa y usar el servicio de taxi). Por otro lado, está eliminando un riesgo considerable a terceros (un conductor borracho es un peligro potencial para cualquier otra persona).

Conclusión: incluso para un liberal, hay casos en que el paternalismo está justificado. El liberalismo es compatible con un tipo de paternalismo que llamaré restringido: en casos concretos podemos y debemos decidir por los otros en función de su interés. Pero el paternalismo referido a adultos ha de verse siempre como una excepción, nunca como una norma.

Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher based in Athens, Greece.
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