Debate sobre la eutanasia en Atenas

El martes pasado, 13 de diciembre, participé en un debate, organizado por Miltos Teodosíu, sobre la legalización de la eutanasia en Grecia. En la entrada anterior de este blog publiqué un texto (en español) exponiendo mi posición. Quisiera ahora compartir algunas impresiones de la discusión que luego se entabló entre el público y los expositores.

charlacafemiltos2016_1Una conocida oncóloga y profesora de medicina comenzó observando que aquí en Grecia aún no se respeta el principio básico de informar al paciente sobre su enfermedad y pronóstico. Contó que muchas veces los familiares del paciente se adelantan al médico para pedirle que por favor no le cuente al afectado la verdad (o toda la verdad). Los médicos griegos, amparados por la tradición paternalista, por lo general consienten en el pedido de los bienintencionados familiares. La doctora contrastó esta conducta con la de los médicos norteamericanos que siempre le dicen al paciente toda la verdad, so pena de ser llevados a la Justicia. Dijo también que en Grecia los médicos no están obligados a seguir las directivas anticipadas establecidas por el paciente; así, según ella, hay que resucitar al enfermo, incluso a un enfermo terminal tras, por ejemplo, haber tenido un paro cardíaco, incluso si el paciente previamente se manifestó por escrito en contra ese procedimiento. Por último, la doctora afirmó que ella respeta absolutamente la decisión de un paciente terminal de quitarse la vida, pero que, personalmente, jamás lo ayudaría a ello. Así, si en Grecia se legalizara la muerte voluntaria, ella se ampararía en el derecho a la objeción de conciencia.

Entre los presentes que tomaron la palabra había otro médico que se manifestó decididamente en contra de la legalización, sea del suicidio asistido como de la eutanasia. Dijo que pare él, la vida era sagrada, que creía en la sacralidad de la vida (y, si bien no lo dijo, dio a entender que ello implicaba que la vida era “intocable”). También dijo que si se legalizara la eutanasia pronto se caería en todo tipo de abusos y barbaridades. Cuando alguien le llamó la atención acerca de que muchos países han legalizado la muerte voluntaria sin que luego ocurrieran esas consecuencias tan temidas, el médico modificó su posición. Dijo que Grecia no es una sociedad madura como los Estados Unidos y que aquí no están dadas aún las condiciones para la legalización. Con vehemencia, acusó a los defensores de la eutanasia de tomar las cosas a la ligera y exclamó que si se permitiera la práctica de la eutanasia voluntaria, como sociedad pronto terminaríamos perpetrando los mismos crímenes que cometieron los nazis con sus programas eugenésicos. Declaró incluso que si en un país como Angola (no nos dijo si había estado allí) se legalizara tal práctica sería solo para librarse de los miles de enfermos de sida.

Habló luego un abogado. (Francamente, no sé si quería presentar sus dudas acerca de la conveniencia de legalizar la eutanasia en Grecia o si buscaba más bien hacer gala de sus lecturas filosóficas.) Dijo que eutanasia en sus orígenes, en la antigua Grecia, significaba algo muy distinto de lo que hoy en día entendíamos por tal y que no veía cómo podía hablarse de ‘buena muerte’ en el caso de los enfermos a los que se asistía para que terminasen sus vidas. Luego agregó que, en su opinión, era erróneo sostener que cada uno era el autor de su propia biografía (o vida biográfica), ya que para muchos filósofos serían muchos los escritores de cada vida-novela (la sociedad, la familia, etc.), siendo el propio yo un escritor más (ni más ni menos, y tal vez el menos importante de todos). “Por consiguiente, concluyó, nadie puede decidir poner el punto final a la propia vida.”

Después habló una señora, que explicó que no era ni médica, ni filósofa, ni nada, sino una simple ciudadana. Se manifestó a favor de la ayuda a la muerte voluntaria refiriéndose concretamente al caso de un sobrino. Éste, según contó, siempre había querido suicidarse. Primero su fue con un cuchillo hasta el cementerio. Insertó el mango en el hueco de una pared, aproximadamente a la altura del corazón y luego se lazó contra el muro con tan mala suerte que el filo no le perforó el corazón y quedó vivo. Lograron salvarlo. Más tarde buscó suicidarse con pastillas y también fracasó. Él no quería seguir viviendo con los padres y esta tía lo albergó en su casa, sabiendo del riesgo que ello acarreaba, ya que vivía en el quinto piso de un edificio. Un día, finalmente, se tiró de la ventana. Cuando supo la noticia, nos dijo que no se dejó llevar por el pánico y que pensó que ahora, muerto, el sobrino estaba allí donde siempre había querido estar.

charlacafemiltos2016_2Entre el público estaba la viuda de Aléxandros Velios. (Velios era un conocido periodista, aquejado de un cáncer terminal. Había declarado públicamente que seguiría viviendo y trabajando mientras se lo permitiera la enfermedad pero que cuando llegara la fase final se quitaría la vida, y así lo hizo. No se suicidó en Suiza, como había anticipado, sino en Atenas, en su casa. El problema es que la Justicia debe hallar y condenar a quien le facilitó el fármaco.) La viuda de Velios se manifestó enérgicamente a favor de un cambio de la legislación, con el fin de permitir el suicido asistido en casos como los del marido.

Más tarde habló una joven, que me había llamado la atención por haberse sentado en la primera fila cuando aún había espacio más atrás y por llevar pintados los labios de un color carmín demasiado ostentoso para su persona. Empezó contando que su familia era muy religiosa y que siempre habían estado en contra de la eutanasia porque así lo prohibía la iglesia. Nos dijo que había discutido con sus padres varias veces sobre ese tema porque ella sufría de una enfermedad incurable. Estaba cansada de que probaran nuevas terapias. A ese punto se quebró. Haciendo fuerzas por contener el llanto, aclaró que estaba a favor de la muerte voluntaria y que si en un par de meses las cosas no iban más, a ella le gustaría terminar con su vida.

Por último habló una enfermera que trabajaba en el cuidado de pacientes terminales. Nos contó que una vez el médico que seguía a un paciente gravemente enfermo que ella tenía a su cargo le dijo: “Señora, acá (en el hospital) no hay nada más que hacer. Lleve el enfermo a su casa.” Ella, desesperada, no sabía qué hacer; según explicó, el enfermo sufría terriblemente y era imposible siquiera tocar al moribundo sin que se lamentara del dolor. Concluyó diciéndonos que ese día se le aclararon las ideas y que ella deseaba vivir en un país que tuviese la posibilidad de recurrir al suicidio asistido. “Si tuviera la enfermedad de ese señor, no quisiera estar en Grecia.”

Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher, book author and professor based in Athens, Greece.
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