Imágenes de Atenas

Lo curioso de esta obrita, esas para adornar la entrada de un edificio, es que la silueta de la mujer se ve mejor en la foto que en la realidad.
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Problemas ambientales (tercera parte)

Antes de seguir ahondando en el diagnóstico de nuestro planeta Tierra, quisiera detenerme en una cuestión de tipo “amplio”, “filosófico”, como se dice: el último siglo y medio de la historia de la humanidad, ¿ha sido efectivamente el peor período que hemos conocido? ¿No tienen acaso razón los politólogos y los economistas, que casi a coro nos dicen que los últimos ciento cincuenta años han sido de crecimiento, de bonanza, de innovación y de inclusión social? ¿Quién están en lo cierto, los ecologistas o los economistas?

Así planteada, la cuestión no tiene una respuesta clara. La historia no es un proceso unilineal que necesariamente asciende o desciende, a manera de un hilo que derecho va hacia lo mejor o hacia lo peor. En todo caso, si queremos una imagen de este estilo, digamos que la historia es como una trenza formada por muchas hebras entrelazadas, algunas de las cuales apuntan en una dirección y otras en la contraria. No busquemos respuestas simples del estilo “sí o no”, “blanco o negro”, donde las realidades son inevitablemente complejas. Que la búsqueda de simplicidad no nos lleve a simplificar excesivamente los tantos.

Por ejemplo, si uno toma un indicador como la situación de la mujer, seguramente nuestra posición al respecto va a ser clara, aunque tampoco hay motivos para un optimismo eufórico: sí, no hay duda de que en Occidente la mujer hoy está mejor que siglo y medio atrás.

Otro ejemplo, los trabajadores. Y, de nuevo, puesto sin mucho entusiasmo: sí, la situación de los trabajadores hoy en los países occidentales, lejos de ser óptima, es mejor que la de los abuelos de sus abuelos.

Y así podríamos seguir agregando “triunfos” del siglo y medio pasado, conquistas que, a pesar de todos los reparos que podamos poner, son innegables, palpables.

Ahora bien, basta dar un repaso, incluso somero, a los últimos ciento cincuenta años para eclipsar la imagen de conquistas apenas delineada. ¿Cómo podemos olvidar las dos guerras mundiales? ¿Cómo no mencionar las barbaridades del fascismo, la brutalidad del comunismo, la hipocresía del capitalismo?

¿Cómo pasar por alto que ahora mismo, mientas escribo estas líneas, Rusia y Ucrania están en guerra, en una guerra terrible, aunque podamos clasificar como “de intensidad media”, en una guerra que, al fin y al cabo, ha vuelto a polarizar al mundo en dos grandes bandos?

Seguro que alguien me va a decir: “Pero guerras hubo siempre, desde que el hombre es hombre”. ¡Sin duda! Ahora bien, más allá de todas las pérdidas que ya ha acarreado este conflicto, más allá de todo lo que está en juego, sea eso mucho o poco, hay algo que no debemos olvidar: que Rusia y sus aliados “informales”, por un lado, y Ucrania y sus “simpatizantes”, por otro, poseen armas nucleares, armas que en cualquier momento pueden ser empleadas con las consecuencias por todos conocidas. Hemos aprendido a vivir al borde de la catástrofe.

Por otro lado, claro que la situación de los trabajadores es bastante mejor hoy, sobre todo cuando pensamos en cómo estaban las cosas allá por fines del siglo XIX. (Seguramente, la edad dorada del trabajador, principalmente del europeo, es ya solo un recuerdo, un momento que a lo sumo se extendió por tres décadas, de inicio de los años cincuenta a fines de los setenta.) Pero, así y todo, con los avances y retrocesos históricos, creo que el economista no está del todo errado al insistir en que incluso el obrero poco calificado y el simple empleado de comercio están mejor que hace 150 años. No obstante, el tema acá es: ese mejoría, ¿en términos de qué se dio?

Y he aquí la postura del ecologista: el enorme crecimiento económico del último siglo y medio ha hecho, sí, que los ricos se volvieran más ricos, ha permitido también la inclusión de ciertos sectores (lo que significa: miles de millones de habitantes de decenas y decenas de países) en el bienestar general. No es que los ricos hayan regalado nada: a veces soltaron un poco de dinero porque les convenía vistas las cosas a largo plazo, otras a causa de presiones enormes de los sectores desfavorecidos. Pero ¿a costa de quién o de qué se dio este crecimiento enorme y más o menos inclusivo? La respuesta es esta: a costa del planeta, a costa de la naturaleza, a costa de los animales, a costa del futuro (y, por supuesto, a costa de muchos trabajadores, millones en realidad, que aún viven como hace ciento cincuenta años).

La conclusión es que hoy hay aspectos indudablemente mejores que en el pasado más o menos reciente. El hecho de que la mujer pueda hoy trabajar, vivir la vida que quiere y votar no son cosas menores. El hecho de que un trabajador tenga acceso a la salud pública o a vacaciones pagas tampoco puede ser ignorado. Pero el progreso económico, que a veces corre simplemente en paralelo a esas conquistas sociales, a veces las promueve y a veces las obstaculiza, no es neutro. En el mejor de los casos ha supuesto una mejoría para muchos seres humanos, pero solo para los seres humanos. En aras del progreso hemos sacrificado la naturaleza.

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Problemas ambientales (segunda parte)

En la entrada de ayer hice un listado con algunas de las cuestiones medioambientales más acuciantes. Comencé por el que considero el problema número uno, el del calentamiento global de la atmósfera, para pasar luego a la contaminación ambiental, a la perforación de la capa de ozono, a la acumulación de residuos plásticos en tierra y mar, hasta llegar al envenenamiento del suelo a causa del uso de plaguicidas, herbicidas y fertilizantes.

Hoy quisiera terminar de bosquejar este cuadro horripilante de la degradación ambiental causada por nuestra especie en todo el planeta Tierra en prácticamente solo el último siglo y medio.

Sin duda, la pérdida de la biodiversidad es otra de las grandes cuestiones que no pueden faltar en este bosquejo. Con un ritmo vertiginoso, nuestra acción degradante sobre el medio lleva al borde de la extinción a más y más especies animales y vegetales, cuando no a su desaparición completa y definitiva.

Si bien la palabra diversidad está en boca de todos, lo cierto es que nuestro mundo es, biológicamente hablando, mucho menos diverso (más pobre) que el de nuestros bisabuelos y tatarabuelos.

Otra de las grandes cuestiones es la reducción progresiva de las áreas silvestres. Cada año que pasa se reduce increíble y alarmantemente la superficie terrestre no utilizada o modificada por el hombre para sus siempre crecientes necesidades habitacionales, comerciales, productivas y recreativas. Las zonas vírgenes que han sido declaradas reservas naturales o que aún se han salvado de la avidez humana por poseerlo y explorarlo todo se reducen actualmente a un par de manchas verdes en los mapas de casi todos los países del mundo.

Por supuesto, la intervención muchas veces ciega o cortoplacista del ser humano sobre el curso de la naturaleza no siempre implica la desaparición de especies o la reducción más o menos drástica del número de los individuos que las componen. También se da el efecto contrario: el aumento, igualmente desproporcionado, de los miembros de ciertas especies o el surgimiento de algunas nuevas especies (por lo general, dañinas para el hombre y los animales).

El ejemplo más a mano es el del SARS-CoV-2, un virus que, por lo que presumimos, ya existía en algunos murciélagos de ciertas zonas rurales de China pero que, a causa del desmedido apetito de estos nuevos ricos orientales, llegó a los mercados y se diseminó seguidamente en todo el mundo, adquiriendo incluso formas insospechadas, las famosas variantes y subvariantes del virus, que hemos aprendido a reconocer en los últimos años. (Dejo de lado la hipótesis de la fuga del virus de, por ejemplo, el Instituto de Virología de Wuhan.)

Otro ejemplo es el del crecimiento inusitado del número de los animales domésticos. Se ha vuelto “natural” que toda familia tenga, además de uno o dos autos y un par de motos, una o dos mascotas. ¡Nunca en la Tierra había habido tantos animales domésticos y tan pocos animales salvajes!

El último ejemplo es el de los microorganismos ultrarresistentes. El abuso que hace la ganadería industrial de antibióticos, abuso que solo se explica por la avidez de producir enormes cantidades de carne a precio bajo, ha hecho que cada vez surjan más microorganismos peligrosos y sumamente resistentes. Esto genera un círculo vicioso: como, por ejemplo, las bacterias que surgen ahora son extremadamente resistentes, se utilizan masivamente antimicrobianos más efectivos, lo cual da lugar a nuevas mutaciones que hacen más resistes aún a las próximas generaciones de bacterias.

Según un artículo aparecido en The Lancet, cada año mueren en el mundo unos cinco millones de personas por esta causa. (“Global burden of bacterial antimicrobial resistance in 2019: a systematic analysis”, publicado en enero de 2022.)

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¿Cuáles son los principales problemas ambientales?

Hablando con la gente o con mis alumnos me doy cuenta de que reina una gran confusión respecto a cuáles son los principales problemas del medioambiente. Es cierto que varias cuestiones pueden estar estrechamente relacionadas, pero no es lo mismo la extinción de una especie que la acumulación de residuos plásticos en las playas, por más que la primera pueda estar causada (en parte o totalmente) por la segunda.

El problema número uno es el del calentamiento global. ¿De qué se trata? Básicamente, de que emitimos diariamente una ingente cantidad de dióxido de carbono, de metano y de otros gases que producen un efecto conocido como el efecto invernadero. Antes de la era industrial, el calor que ingresaba a la atmósfera proveniente del sol, el calor que la actividad humana producía, etc., era eliminado de la atmósfera porque esta era menos “densa”. La enorme actividad industrial del último siglo y medio, sumada a la movilidad, al consumo, etc., ha hecho que la atmósfera se vuelva más “densa” y más susceptible de retener el calor que llega a ella. De allí la comparación con un invernadero: fuera puede hacer frío, pero las plantas que están dentro se mantienen en una temperatura media o alta porque el recubrimiento de vidrio o de plástico del invernadero retiene el calor.

Muchas personas confunden el problema del calentamiento global con otras cuestiones diferentes. Por ejemplo, la contaminación del aire que vemos en las grandes ciudades. Quienes vivimos en el centro de una gran ciudad respiramos un aire impuro o de baja calidad. Evidentemente, no es el aire puro de la montaña. Lo importante es distinguir lo siguiente. Cada vez que pasa un auto enfrente de casa, emite una serie de gases que tienen dos efectos. El efecto más inmediato es el de la contaminación del aire: termino respirando aire impuro que me expone a posibles enfermedades respiratorias. Luego está el efecto mediato, que es el de contribuir al calentamiento global de la atmósfera.

Insisto en la importancia de separar ambos problemas. Por ejemplo, en el Londres de fines del siglo XIX el aire se había vuelto irrespirable (al menos en ciertas zonas) por la combustión de carbón y leña en las fábricas. No obstante, hace 150 años aún no se podía hablar de calentamiento global de la atmósfera, simplemente porque este último es un proceso de largo plazo que requiere de mucha emisión a lo largo de muchas décadas.

La contaminación de la atmósfera es un problema muy serio, pero es un problema local. Gracias a una política de mejora de la calidad del aire, una ciudad puede revertir la situación, pero de todos modos seguirá expuesta al problema global del calentamiento de la atmósfera.

Por ejemplo, hoy un gran problema es el dióxido de nitrógeno que emiten los autos o las centrales eléctricas que aún usan hidrocarburos. Una ciudad sin autos o con solo autos eléctricos y con centrales de producción de energías renovables eliminaría este problema. (Dejo por el momento de lado el problema que causa la extracción y el reciclado del litio, que es todo un tema importante.) Otro gran tema es el monóxido de carbono. A la gente le gusta encender el hogar en el invierno, pero la sumatoria de cientos de miles de hogares con combustión de leña durante varias semanas del invierno lleva a una presencia importante de monóxido de carbono en el aire que se respira.

Otro problema distinto tanto del calentamiento global como de la contaminación atmosférica es el de la capa de ozono. La capa de ozono es una película que recubre toda la atmósfera y que nos protege de las radiaciones ultravioletas que llegan del sol (los rayos UV de tipo B). El problema de la capa de ozono es que esta molécula (O3) es sensible a ciertos compuestos que contienen clorofluorocarbonados. Hoy el uso de muchos de estos compuestos está prohibido, con lo cual se pudo detener el tamaño del agujero producido a la capa de ozono. Sin embargo, el nitrógeno en la atmósfera y los compuestos clorofluorocarbonados usados actualmente en la refrigeración siguen representando un enorme riesgo para la capa de ozono.

Como espero que quede claro, es importante distinguir el tipo de emisiones para individualizar el problema. Claro que si emitimos todo tipo de gases en cantidades irrestrictas, vamos a tener los tres problemas mencionados: calentamiento global de la atmósfera, contaminación del aire sobre todo en las zonas urbanas e industriales y agujero de la capa de ozono.

Otro problema es el de los residuos de plástico. De nuevo: es importante distinguir esta cuestión de las tres restantes, aunque a veces la causa sea (total o parcialmente) la misma. Por ejemplo, para producir plástico es necesario usar hidrocarburos (los plásticos biodegradables recién se están introduciendo en el mercado). Por tanto, al producir una botella de plástico emitimos gases de efecto invernadero (que aumentan la temperatura global) a la vez que creamos un producto difícil o imposible de reutilizar, con lo cual va a parar a la basura o a los basurales a cielo abierto que son nuestras playas y mares.

En quinto lugar podemos poner el uso y abuso de fertilizantes, plaguicidas y pesticidas de la agricultura contemporánea. El mayor rinde por hectárea del cultivo de la tierra trae aparejado la contaminación del aire y del agua. Uno de esos problemas es la abundancia de nitrógeno, lo que lleva a la eutrofización de los ríos y los mares (al haber más nitrógeno en las aguas hay más algas, lo que lleva a la muerte de los peces que vemos ya casi a diario, aparte del descalabro de todo el sistema).

Por supuesto, parte de la solución de casi todos estos problemas está en una vuelta a una forma de vida más ecológica o natural o sustentable. Si por ejemplo vamos al trabajo a pie o en bicicleta, seguramente pondremos nuestro granito de arena en lo que hace a la solución de los primeros dos problemas (calentamiento global y contaminación ambiental). Si aparte compramos tomates y lentejas biológicas u orgánicas, pondremos nuestro granito de arena con vistas a una reducción de la contaminación de la agricultura convencional, etc.

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Imágenes de Atenas

Es muy simbólico que esta sede barrial del Partido Comunista Griego, el KKE, esté encima de una empresa de pompas fúnebres. Los comunistas helenos están vivitos y coleando. De hecho, en las últimas elecciones parlamentarias sacaron casi el 8% de los votos, nada mal.

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Estado vegetativo e interrupción de tratamientos médicos

Un caso clínico en mi ciudad, la Córdoba argentina, ha causado revuelo en estos días. Se trata de un paciente de 63 años que desde hace unos meses está en estado vegetativo. La familia ha pedido reiteradamente que le quiten todo soporte vital y lo dejen (terminar de) morir, ya que ese era, alegan, el deseo del enfermo. En cambio, los médicos se oponen, argumentando (por lo que tengo entendido) que aún está vivo y mientras hay vida hay esperanza de una cierta mejoría.

¿Qué corresponde hacer acá? ¿Hay que proceder tal como solicitan los familiares del enfermo, que en principio retransmiten la voluntad que el paciente expresaba cuando aún estaba consciente? ¿O hay que seguir el dictamen de los médicos?

Como no estoy al tanto de todos los pormenores, no quiero opinar sobre este caso en concreto. Pero supongamos que se tratara de un caso general. ¿Qué hacer?

En principio, la ley argentina sostiene que todo paciente puede decidir la interrupción o el no inicio de un tratamiento médico. Esta ley, en realidad, está basada en el principio de autodeterminación del paciente y se encuentra formulada en manera similar en la mayoría de las legislaciones occidentales. Así que no es un caso “solo de Argentina”.

Por cierto, no debe haber necesariamente continuidad temporal entre la expresión de la voluntad del paciente y la interrupción o el no inicio del tratamiento. Lo que sí es necesario en los casos en los que no existe continuidad es que la voluntad del paciente esté fehacientemente reflejada en un documento (por ejemplo, en una hoja con sus directivas anticipadas) o en las declaraciones de un empoderado (un pariente, un amigo, etc.).

En el caso que estamos discutiendo se da esta segunda versión. Podemos imaginar que el paciente le dijo reiteradamente a su esposa, cuando aún estaba bien, más o menos lo siguiente: “Si yo llego a estar en un estado vegetativo, por favor, déjame morir sin más. No me tengas artificialmente en vida.” (En estas circunstancias, la esposa funge de representante legal del paciente.)

A este punto, alguien puede preguntar si no hay alguna posibilidad, por remota que sea, de que un paciente recupere la conciencia y vuelva a tener una existencia más o menos “normal”, aunque ya haga tres meses que está en estado vegetativo. Al fin y al cabo, quien más, quien menos, todos hemos escuchado algún caso milagroso.

Antes de dar una respuesta a esta pregunta, quiero señalar que mi posición es clara aquí: la ley argentina, como la mayoría de las legislaciones que conozco, no ponen como condición la posibilidad, no importa si pequeña, mediana o grande, de recuperación. Si un paciente no quiere o no quiere más seguir con tal o cual tratamiento, es su cuerpo, es su vida, y el interesado tiene la última palabra. Insisto: no interesa si la negativa se debe a motivos personales, religiosos, ideológicos, etc.

Ahora bien, hay personas que escucharon el caso de tal o cual paciente que, después de estar en coma (¡atención!, en un estado comatoso, no en un estado vegetativo) han recobrado la conciencia y la normalidad. ¿Quién no vio la película de Almodóvar, Hable con ella?

Distingamos lo siguiente:

  • Si una persona tiene un accidente muy grave y queda en estado de coma irreversible, esa persona está muerta, por más que se le mantengan “vivas” algunas funciones vitales gracias, por ejemplo, a un respirador artificial.
  • En cambio, si un paciente está en coma potencialmente reversible, significa que en algún momento, sin que se pueda saber exactamente cuándo, podrá volver a la vida consciente, se despertará como después de un largo sueño. (De hecho, coma viene del griego, κώμα, que significa “sueño profundo”.)
  • Si, por último, un paciente entra en estado vegetativo significa que una parte del cerebro está muerta mientras otra, la responsable de las funciones vegetativas, sigue viva. ¿Qué parte del cerebro está muerta? La corteza cerebral, que es la sede del pensamiento, del habla, de la toma de decisiones, de los sentimientos.  

Un paciente en estado vegetativo parece como si tuviese actividad mental, por el movimiento de los ojos y algún que otro estremecimiento, pero se trata siempre de reacciones automáticas y de signos vitales espontáneos.

En el caso del paciente en coma reversible, la corteza cerebral puede no estar dañada: ha quedado en un estado de “stand-by”, y por eso en cualquier momento puede “reencenderse”. En cambio, las partes superiores del cerebro del paciente en estado vegetativo ya han muerto y no pueden regenerarse o solo lo pueden hacer mínimamente.

Como todavía no sabemos qué pasa exactamente en ese complejo y fascinante universo que es el cerebro humano, los médicos establecen el plazo de un número de meses para declarar la persistencia del estado vegetativo.

Si un paciente, que tuvo un paro cardíaco, hace más de un mes que está en estado vegetativo, ya es imposible por todos los medios que vuelva a la vida mínimamente consciente. Al inicio, podemos conservar el beneficio de la duda, el famoso “Hum, quién sabe si no nos equivocamos en el diagnóstico”, pero después de treinta días puede establecerse con certeza que “ya no hay vuelta atrás”. Hablamos entonces de estado vegetativo persistente. En el caso de los pacientes con traumatismos craneales el plazo es mucho mayor, de doce meses. Ahí hay que esperar un largo año. De todos modos, las alternativas del paciente en estado vegetativo son solo dos: o una levísima mejoría que conduzca a estados de conciencia mínima (jamás a la vida normal) o el estado vegetativo persistente.

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A un año de la derogación de Roe contra Wade

Un año atrás, la Corte Suprema de los Estados Unidos derogaba la histórica sentencia Roe contra Wade de 1973. La nueva sentencia, conocida como Dobbs contra Jackson, establece que no puede hablarse de un derecho constitucional al aborto. El derecho a la privacidad (privacy), que sí se desprende de la Carta Magna, no incluye, en el parecer de los jueces actuales, el derecho al aborto.

Sin embargo, la nueva sentencia es clara al respecto: ni el texto original de la Constitución ni las posteriores enmiendas prohíben la interrupción voluntaria del embarazo (como, repito, tampoco lo permiten). En otras palabras, en ningún lugar se declara que el feto sea persona. Por tanto, decidir si se puede abortar, con qué modalidad y hasta qué semana o mes de la gestación será lo que siempre fue: asunto de los Estados miembros, no del nivel federal, concluye la sentencia.

Para mí, lo que pone al descubierto esta sentencia es la incapacidad del poder legislativo estadounidense para abordar un tema, seguramente complejo y polémico pero impostergable, y aprobar una ley federal.

Leo en algunos análisis que eso no sería algo utópico. Los demócratas están, como es sabido, a favor del aborto, pero actualmente existe un amplio sector de republicanos dispuestos a legalizar tan práctica, al menos si ocurre en el primer trimestre de la gestación.

Por lo que veo, la sentencia del año pasado tuvo un efecto polarizador. Un número de Estados se volvieron decididamente prohibicionistas, mientras que otros levantaron el estandarte del derecho reproductivo, eliminando, por ejemplo, las restricciones temporales. Así, mientras que en Texas una embarazada prácticamente no puede abortar (el límite fijado es el de la sexta semana), en Nueva York puede hacerlo hasta poco antes de la fecha probable del parto.

Esa polarización llevó incluso a una suerte de “guerra” entre los Estados. Algunos Estados prohibicionistas amenazan con perseguir a las embarazadas que vayan a abortar a otros Estados vecinos (o a los médicos que lleven a cabo esa práctica cuando estén en el territorio prohibicionista), a la vez que otros, como California, Oregón y Washington, crearon una organización para facilitarles a las embarazadas el aborto fuera de su terruño.

¿Cuántos abortos evitó la nueva sentencia? Este es un número poco claro, si bien los primeros datos parecen indicar que son bastante menos de lo que se esperaba. Probablemente, la sentencia afectó casi exclusivamente a los sectores económica y socialmente más vulnerables. ¿Por qué? Porque está claro que la persona que quiere abortar, si posee los recursos, lo hará (en otro Estado), con o sin la ayuda ofrecida por las organizaciones pro choice.

Además, la mifepristona puede solicitarse y recibirse por correo en todo el territorio nacional. De modo que si una texana, que se encuentra en el segundo mes de embarazo, decide no continuar con la gestación, puede optar por el aborto farmacológico.

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¡Arriba el cielo!
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¿Qué significa «tener valor instrumental»?

En ética se utiliza con frecuencia la expresión “tal cosa tiene valor instrumental”. Incluso no es raro que en la frase aparezca también el adverbio solamente (“tal cosa tiene solamente valor instrumental”), con el fin de contraponer el objeto en cuestión a otros objetos o seres que tendrían “algo más que valor meramente instrumental”, o sea, “valor intrínseco”.

Pero ¿qué significa tener valor instrumental? Veámoslo con un ejemplo.

Supongamos que un montañista tiene que pasar la noche en el claro de un bosque. Para calentarse, decide hacer una fogata con unas ramas que encuentra en los alrededores.

Lo que tiene valor en sí mismo o, como decíamos más arriba, valor intrínseco es el calor en tanto protege al montañista del frío (aparte de otros beneficios del fuego, como la luz que también brinda).

Las ramas empleadas por el montañista tienen simplemente valor instrumental, es decir, son el medio gracias al cual el sujeto obtiene el beneficio que buscaba (calor, luz, etc.).

Me parece importante señalar que el valor instrumental no es una suerte de entelequia que posean las ramas en su interior.

Si esa noche hubiese hecho calor y la claridad de la luna hubiese bastado, entonces el montañista no habría decidido encender la fogata.

En sí mismas, las ramas solo poseen una propiedad, la combustibilidad, y eso las hace “candidatas” a “objetos con valor instrumental”.

Para los animales del bosque, que no dominan el fuego, las ramas no tienen ningún valor. En todo caso, si las ramas adquieren valor instrumental, es por otras propiedades de la madera, no por su combustibilidad. Por ejemplo, para un castor pueden ser los bloques que le ayuden a contener el agua de un arroyo cercano.

Así, el valor instrumental que adquieran las ramas para el castor estará dado por otras propiedades, como la dureza, liviandad y maleabilidad de la madera.

La conclusión que me interesa sacar de todo esto es que los objetos no tienen valor. Fíjense que subrayo el verbo tienen. Insisto: no es que el valor sea una especie de entelequia escondida en el interior de las cosas, algo que estas poseerían. Todo lo que se puede decir es que las cosas tienen ciertas propiedades (combustibilidad, dureza, etc.), y eso las convierte, en determinados casos, en buenos medios –instrumentos– para los fines que persiguen los montañistas o los castores.

Lo que llamamos valor instrumental es algo que nuestra mente proyecta a ciertos objetos si nos son útiles para determinados fines o mientras nos sean útiles.

Creo que lo de “mientras nos sean útiles” no requiere de mayores explicaciones. Las heveas, por ejemplo, eran árboles muy codiciados hace más de un siglo, porque de allí se podía extraer el caucho (los historiadores hablan incluso de la “fiebre del caucho”). Cuando se volvió posible obtener caucho sintéticamente gracias al desarrollo industrial, esas plantas dejaron de tener el enorme valor instrumental que se les asignaba.

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Valor intrínseco y calidad de vida

Hoy voy a retomar algunos cabos que dejé sueltos en la entrada anterior.

Supongamos que tú y yo coincidimos en que tanto los animales no humanos como los hombres tenemos valor intrínseco, porque unos y otros somos seres con una subjetividad: sentimos, calculamos, deseamos, viajamos, construimos, nos comunicamos, etc. Tenemos, en otras palabras, existencias dignas de ser vividas, a pesar de todo lo malo que nos haya ocurrido o que nos pueda deparar el futuro. (El filósofo Tom Regan decía que todos nosotros somos “subjects-of-a-life”, expresión que traduciría parafraseándola como “sujetos con una vida, con un pasado, un presente y un futuro”.

Ahora bien, alguien podría recordarme que varias veces sostuve que el valor de una existencia dependía de su calidad, de la famosa “quality of life”. Entonces, ¿en qué quedamos –me preguntará el lector–, las vidas son absolutamente valiosas solo por el hecho de que sean las vidas de un sujeto consciente? ¿O su valor es relativo a la calidad que se tenga?

Yo lo que vengo afirmando en el debate en torno a la legalización de la eutanasia es que el valor de la vida humana o, para hablar con más precisión, el valor de la vida de un adulto jurídicamente capaz depende tanto de factores objetivos que hacen a su calidad de vida global como a su valoración subjetiva.

Por ejemplo, una persona sumida en la pobreza, sin instrucción, enferma, habitante de un país en guerra, etc., está en las peores condiciones objetivas en lo que hace a su calidad de vida; de todos modos, su autopercepción puede ser muy positiva, puede, como se dice, querer seguir peleándola a pesar de todo y sentirse vivo.

Lo contrario también es cierto. ¿Cuántas personas hay con buen pasar económico, con formación primaria, secundaria y universitaria, sanas, habitantes de las regiones más seguras de este mundo y que, no obstante todo, ya no soportan más el tedio vital?

Lo que digo es que hay condiciones objetivamente malas como la pobreza y que, por tanto, debemos hacer lo posible por eliminarlas de nuestros países y de todo el mundo. Pero aun en un mundo sin pobreza el problema de la falta de motivación o de la baja autoestima no va a resolverse sin más. Hay aspectos objetivos y aspecto subjetivos que, conjugados entre sí, resultan en la calidad final de nuestras vidas y en el valor final que vemos en ellas.

Uno mismo es, al fin y al cabo, el juez de última instancia que decide sobre el valor de la propia vida.

Esto lo digo pensando especialmente en el caso del paciente sin esperanza de vida y postrado por su enfermedad y sufrimiento. ¿Quién es el que debe juzgar si la vida de, digamos, una persona en la fase avanzada de una enfermedad neurodegenerativa como la esclerosis lateral amiotrófica, es digna de ser vivida? La respuesta es una y solo una: el paciente mismo. Si quiere seguir luchando a pesar de todo, adelante. Pero si dice “basta, hasta aquí llegué”, tiene todo el derecho del mundo a solicitar la ayuda para morir.

Me parece sumamente importante que quede claro que en todos los restantes casos nadie puede dictaminar, como hacían los nazis, que esta o aquella existencia “no es digna de ser vivida” (el nazismo había acuñado la expresión: “lebensunwertes Leben”, o sea, “vida sin valor de ser vivida”).

Las personas con discapacidades de cualquier tipo, entradas en años, con trastornos cognitivos o mentales, etc., pueden tener vidas tan intensas y ricas como la del joven sano y acariciado por la fortuna.

Permítanme una vez más señalar mi posición, que en realidad es un esfuerzo por no caer en ninguno de los dos extremos. En principio, toda vida es digna de ser vivida, no importa en qué condiciones objetivas se desarrolle. Aquí solo el sujeto mismo puede decir “basta, hasta aquí llegué”. Pero, por otro, esto no significa desconocer la importancia de las condiciones objetivas: por eso luchamos contra la pobreza, la ignorancia, la enfermedad.

Paso al último punto de esta entrada. Si yo no soy nadie para juzgar respecto del valor final de una vida, por más que esa vida esté atravesada por grandes dificultades de tipo objetivo (pobreza, discapacidad, etc.), ¿cómo puedo decir que la vida de los animales no tiene valor, no es también una vida digna de ser vivida? ¿Cómo podemos justificar la opresión animal, la explotación a que sometemos día y noche a millones y millones de animales, si no es recurriendo a una falacia?

Esta falacia se conoce como especismo y parte del supuesto, totalmente arbitrario, de que solo la vida humana, esto es, la vida de un miembro de la especie Homo sapiens tiene valor intrínseco o tiene el suficiente valor intrínseco como para otorgarle el derecho a la vida, el derecho a no sufrir sin necesidad y el derecho a no ser explotado.  

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