Por qué la Iglesia (primera parte)

En esta y las siguientes entradas quisiera discutir uno de los últimos libros del sociólogo alemán Hans Joas: Por qué la iglesia. El ideal cristiano y sus formas sociales (editorial Sal Terrae, 2023).

Aclaro desde el vamos que el título en alemán es mucho más inquietante. Traducido literalmente sería: ¿Por qué la Iglesia? Automejoramiento o comunidad de fe. (En el original: Warum Kirche? Selbstoptimierung oder Glaubensgemeinschaft.)

Seguramente, la versión del traductor es más bella que la traslación literal, pero no le es tan fiel. Veamos.

Por lo pronto, al título le faltan los signos de interrogación. Eso no es algo menor desde el momento en que el autor sostiene que no es una obviedad el que haya surgido la Iglesia hace casi dos mil años atrás ni que tampoco podemos dar alegremente por descontado el que siga existiendo en el presente y en el futuro próximo.

Desde un punto de vista teológico se podrán decir muchas cosas sobre la Iglesia, pero para el sociólogo la Iglesia es una institución social que tienen un origen, una estructura y una evolución determinados. Quizá podríamos sostener que incluso la Iglesia hubiese podido no surgir en absoluto, o hubiese podido surgir pero bajo otra forma, y, por cierto, que su desarrollo pudiese haber sido muy distinto al que nos presenta el historiador.

Pero la pregunta por el porqué alude a otra pregunta, a la pregunta por el para qué, y esto aparece en la disyuntiva que plantea el subtítulo.

Alguien –agnóstico o creyente– puede razonar de esta manera: no importa cómo haya surgido y evolucionado la Iglesia desde sus inicios hasta nuestros días, la pregunta acuciante es saber si necesitamos Iglesia (o iglesias, en plural).

Joas es plenamente consciente de ese desplazamiento posible del significado de la pregunta, y por eso dedica algunos de los ensayos contenidos en el libro a este punto.

En alemán, el subtítulo es una disyunción: o lo uno o lo otro. Adelanto desde ya que para Joas –intelectual profundamente católico– lo primero, el auto-mejoramiento, la Selbstoptimierung, no puede desempeñar un papel preponderante en la comprensión de la Iglesia. No es que no haya ventajas “utilitaristas” en ir a la Iglesia, en ser religioso y en el que haya Iglesia en la sociedad; el punto es que esos beneficios individuales y sociales no pueden dar cuenta del fenómeno que nos ocupa, la existencia y permanencia de la Iglesia.

Por ejemplo, alguien puede decirnos que va a misa porque eso lo hace sentirse mejor. Otra persona puede mencionar los estudios que muestran que los creyentes viven más años que los no creyentes. Finalmente, alguno sostendrá que una sociedad con Iglesia es más estable que una sociedad atea.

Las tres aseveraciones que mencioné son discutibles, pero incluso cuando se revelen verdaderas, las utilidades individuales y sociales no van a terminar explicando el fenómeno Iglesia.

Por tanto, para Joas el paso decisivo hacia la comprensión de la Iglesia está en el segundo término de la disyuntiva, el de ser una comunidad de creyentes (o comunidad basada en la fe, Glaubensgemeinschaft). Solo si adoptamos un punto de vista comunitario va a tener plenamente sentido hablar de Iglesia.

El otro aspecto que quisiera mencionar hoy, y que de algún modo se desprende del título mismo, es que la pregunta por la existencia de la Iglesia se plantea en una de sus fases históricas más álgidas. Claro que no tenemos que ser tan cortos de vista como para ignorar que la Iglesia pasó momentos sumamente críticos. De todos modos, en las últimas décadas las cosas no van tan bien para la Iglesia, y aquí quisiera destacar tres razones.

En primer lugar, porque la Iglesia parece estar desmoronándose sola, implosionando. Cada vez hay menos feligreses –y los pocos que quedan son cada vez menos devotos–, las nuevas vocaciones se cuentan con los dedos de las manos, los templos deben clausurarse por falta de uso, y un largo etcétera. La sociedad parece ya no necesitar más de la Iglesia.

En segundo lugar, porque la Iglesia ha perdido la centralidad que antaño tenía tanto dentro de los países occidentales como en el contexto internacional. Demás está aclarar que dentro de nuestras sociedades la Iglesia sigue desempañando un papel, pero un papel mucho menos importante que el que tuvo en los siglos pasados. Igualmente, la Iglesia tampoco tiene el protagonismo de antes en el concierto de las naciones. China, India y los países árabes tienen hoy un enorme poder económico y político, y ninguno de ellos son países cristianos.

En tercer lugar, porque la Iglesia ha perdido en buena parte lo que era su carta más alta, el prestigio moral. ¿Quién puede sentirse representado hoy por la Iglesia cuando salen constantemente a la luz escándalos de todo tipo, desde el abuso sexual a menores hasta la malversación de fondos? ¿Con qué cara puede mirar la Iglesia a los ojos de los restantes actores sociales cuando perdió lastimeramente lo más sólido que tenía (o que decía que tenía), su integridad moral?

En la próxima entrada, siguiendo el recorrido de Joas, dejaré la coyuntura actual de la Iglesia y abordaré la pregunta de por qué existe la Iglesia, lo que implica interrogarse también por qué los seres humanos son religiosos.

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Un paseo por el parque Gudí: árboles de Judas en flor, rosales y nísperos cargados de frutos.
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¿Qué es la autonomía?

Hoy quisiera referirme al tema de la autonomía, un tema central en bioética.

¿Qué es la autonomía?

Para responder a esta pregunta podemos adoptar dos enfoques, uno relativamente sencillo y otro bastante complejo. El primer enfoque es, como se verá, el que se emplea en casi todas las sociedades.

Según el primer enfoque, autonomía es la capacidad de un individuo de decidir libremente acerca de su destino. ¿Y cuándo una persona puede decidir libremente sobre su suerte? Cuando no tiene ningún impedimento cognitivo, psíquico o social. Esto es, cuando un individuo no es menor de edad y, por lo tanto, ha podido desarrollar sus capacidades cognitivas; cuando no posee un trastorno mental grave y continuo, y cuando no se ve presionado por terceros: entonces se supone que puede deliberar y elegir lo que quiere.

Como salta a la vista, el primer enfoque es negativo: no nos dice qué es la autonomía como tal, sino menciona una serie de dimensiones que deben estar ausentes para que se dé la decisión autónoma (minoría de edad, trastornos, etc.).

Esta aproximación a la autonomía recuerda un poco la definición negativa de la salud: “salud es la ausencia de enfermedad”. Acá, si se quiere, se dice que autonomía es la ausencia de factores que imposibilitan la libre toma de decisiones, como la inmadurez, la presencia de enfermedades mentales (demencia, esquizofrenia) o la coacción (como cuando se le hace firmar a alguien un contrato bajo la amenaza de una pistola).

El primer enfoque es bastante cómodo: así como suponemos que todos los hombres están naturalmente sanos mientras no tengan enfermedades, damos por descontado que todos los hombres son autónomos a menos que se vean imposibilitados para tomar decisiones.

El problema con la autonomía comienza cuando queremos dar una definición más amplia o sustanciosa. ¿Qué es ser autónomo?

Acá la comparación con la definición de salud vuelve a ser pertinente. Por ejemplo, la Organización Mundial de la Salud popularizó la definición de salud como “el estado de completo bienestar físico, mental y social”, tal como se lee en el preámbulo de su constitución de 1946. Se trata, por cierto, de una definición defectuosa, pero ha sido un primer intento por decir algo positivo sobre la salud.

Que una persona no esté enferma no significa que rebose de salud; igualmente, que una persona no tenga ningún impedimento cognitivo, psíquico o social no significa que ejercite plenamente su autonomía. Hay personas que dejan que sus parejas decidan sobre su suerte en casi todos los aspectos decisivos de sus vidas.

Mucho se ha hablado últimamente acerca del empoderamiento de las personas como una manera de hacerles apreciar y, sobre todo, ejercitar su autonomía.

Por ejemplo, si alguien no cuenta con una adecuada formación intelectual, difícilmente va a poder elegir libremente. También es necesaria un adecuado entrenamiento emocional y conductual para poder ser libres: quien no sabe ser asertivo o no tiene confianza en sí mismo, no va a poder vivir autónomamente.

Está claro que el segundo enfoque es mucho más complejo que el primero y que lo dicho hasta ahora no es más que un intento por realizar un primer abordaje (“scratch the surface”) de una cuestión profunda.

Quisiera concluir comparando una vez más la autonomía con la salud. Así como no podemos vivir una vida perfectamente sana, tampoco podemos ser todo el tiempo acabadamente autónomos. La autonomía es, en este sentido, un ideal regulativo, un norte al cual orientar nuestros esfuerzos, aunque nunca podamos alcanzarlo del todo.

Por lo mismo, la autonomía –como la salud– tiene que ver con estilos de vida que la consoliden y la expandan. Si no hacemos ejercicio regularmente y no comemos adecuadamente, no vamos a rebosar de salud, aunque no tengamos enfermedades. Del mismo modo, si no ejercitamos diariamente nuestras capacidades deliberativas, no vamos a ser plenamente libres. La libertad es como un músculo: más fuerte está cuanto más se usa.

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La eutanasia en menores (segunda parte)

En la entrada anterior abogaba por la extensión de la eutanasia voluntaria a los adolescentes, esto es, a los menores maduros, siempre y cuando reúnan no solamente los requisitos que valen para los adultos normales, sino también den clara muestra de madurez.

Ahora bien, ¿cuál es mi posición respecto a la eutanasia en niños, esto es, en las “personitas” comprendidas entre los cinco y los doce años?

Aclaro que lo de “personita” lo digo por cariño, pero también por mi deseo de resaltar un punto nada menor. Si decimos, como hacen muchos, que, por ejemplo, un chico de ocho años “es toda una persona”, entonces es ocioso preguntarse si puede o no optar por la eutanasia. Sería absurdo hablar de persona y a su vez negarle a ese ser en cuestión la autonomía, la racionalidad y la responsabilidad, los tres requisitos de la personalidad. Un niño a esa edad es una persona en vías de formación, como una casa que ya tiene los cimientos, varias paredes y algún cuarto techado, pero que obviamente todavía no está lista para ser habitada.

Soy consciente, una vez más, de la arbitrariedad de las cifras. ¿Por qué me refiero ahora a los niños comprendidos entre los cinco y los doce años?, podría preguntarme alguien.

Ya dije que estoy de acuerdo en el corrimiento de la edad, siempre que encontremos motivos adecuados para ello. De todos modos, por el momento me baso en el esquema etario que normalmente se emplea en nuestras sociedades: la primera fase es la que va desde el nacimiento hasta los cuatro años completos; la segunda, desde los cinco hasta los doce, que equivale a la escolaridad primaria; y la última, de los doce hasta los 18, que abarca la formación secundaria.

El punto para mí es el siguiente. Un niño en edad escolar no puede decidir sobre su vida; es muy pequeño para elegir carrera o pareja. Tampoco puede elegir qué hacer con su existencia si está afectado por una la enfermedad incurable. De todos modos, ya no vivimos en rígidas sociedades jerárquicas basadas en el paternalismo, en la posición según la cual el padre (o los padres, y junto con ellos, los maestros, los sacerdotes, los médicos, etc.), deciden sin más sobre el destino de los niños. Me parece correcto, por lo tanto, hacer al niño partícipe de la decisión de los mayores, consultarlo, hacerlo intervenir en el diálogo y la deliberación (por supuesto, siempre que el niño quiera y tenga la madurez que normalmente puede esperarse de un niño de esa edad).

Respecto de esto último, una aclaración al margen. Las tragedias personales, familiares o sociales hacen que el niño muchas veces madure aceleradamente. No es raro oír a pediatras y psicólogos impresionados por la madurez que muestran esos niños malhadados. Por supuesto, esto no es una ley sociológica; de hecho, a veces puede darse el fenómeno contrario, que las desgracias impidan o retrasen el proceso de maduración de los niños.

Como sea, en los niños de edad escolar no puede hablarse de eutanasia voluntaria. Aquí no está dado el requisito de la voluntariedad (recordemos: que la persona jurídicamente capaz solicite clara y reiteradamente su deseo de poner fin a su vida con ayuda del médico). De todos modos, tampoco puede hablarse de eutanasia no voluntaria, como en el caso de un paciente en coma irreversible, en estado vegetativo permanente, o de fetos o neonatos. El niño, por inmaduro que sea, entiendo qué le pasa. Aquí habría que introducir una nueva expresión, como por ejemplo “eutanasia semi-voluntaria” o “eutanasia con el consentimiento final del menor”.

La situación que tengo en mente es más o menos esta: si los tutores del menor desean la eutanasia y el pediatra concuerda, el niño puede ratificar esa decisión. De todos modos, si el niño no quiere morir, posee una suerte de “poder de veto”: su no invalida la decisión que puedan haber tomado los mayores, incluso cuando estos lo hayan hecho unánimemente.

Quisiera concluir la entrada de hoy mencionando dos aspectos ineludibles al hablar de la muerte de los menores.

En primer lugar, nos cuesta mucho más aceptar la eutanasia en el caso de los niños no solamente porque aquí flaquea el requisito central de la voluntariedad, sino también porque sentimos que con un niño debemos intentar todo antes de dejarlo morir. Nos puede costar aceptar la muerte de un mayor, pero siempre nos consuela la idea de que ellos ya han vivido su vida; bien o mal, poco o mucho, pero han tenido la oportunidad. En cambio, un niño no. Es muy difícil aceptar que a veces lo mejor que le puede pasar a un niño es, uf, morir.

En segundo lugar, admito que las elucubraciones que presenté hasta ahora se basan en “el mejor de los casos pensables”, esto es, cuando el niño ha tenido padres amorosos que han dado todo por mantenerlo en vida y que han contado con los recursos para hacerlo. Dejo de lado los restantes casos, harto más difíciles, la de niños gravemente enfermos, con sufrimientos atroces, sin posibilidad de curación y, para colmo, sin padres, o sin padres amorosos y abnegados, sin acceso a la asistencia sanitaria, etc. ¿Qué decir cuando el menor, aparte de la desgracia de su enfermedad, ha sido abusado, abandonado, rechazado y un largo etcétera?

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La eutanasia en menores (primera parte)

¿Debería permitirse la práctica de la eutanasia en los menores (por supuesto, estoy hablando de menores gravemente enfermos, con dolores insoportables y sin perspectiva de curación)?

Para responder a esta pregunta, hay que hacer antes un par de aclaraciones.

La primera aclaración salta a la vista: ¿qué vamos a entender por menores?

En nuestros países se establece una fecha relativamente arbitraria para fijar el fin de la minoría de edad y el comienzo de la mayoría de edad: los 18 años. Pero ¿por qué no antes?

Toda determinación de una edad límite es arbitraria. De todos modos, en sociedades complejas como las nuestras no podemos atender a cada caso particular, de manera que no nos queda otra alternativa más que fijar una edad más o menos arbitraria, aclarando que eventualmente podrá cambiarse si se hallan razones para eso.

Por ejemplo, en muchos países se ha bajado la edad para conducir un auto o para votar de los 18 a los 16. Por lo tanto, algo similar podría pasar con la legislación eutanásica, esto es, que se baje la edad que, por lo general, se establece a los 18 (o sea, de 18 años en adelante, mientras la persona no pierda su capacidad jurídica debido a trastornos mentales de cualquier tipo).

Reformulemos, entonces, la cuestión inicial: ¿por qué no permitir la práctica de la eutanasia en los adolescentes, esto es, en los menores maduros, en todas aquellas personas comprendidas entre los 12 y los 18 años, siempre que muestren signos de madurez?

La respuesta, para mí, es que sí, que debemos permitirles el acceso a la eutanasia o al suicidio asistido a todas las personas mayores de 12 años, mientras den signos claros de madurez. Al fin y al cabo, les permitimos a los adolescentes que tomen decisiones muy importantes respecto al destino de sus vidas, como por ejemplo determinar la carrera a seguir, elegir amigos y pareja, tomar decisiones sobre su cuerpo, etc.

Atención, no estoy diciendo que haya que bajar el comienzo de la mayoría de edad a los 12 años. Soy plenamente consciente de que un adolescente está en un proceso de crecimiento y formación, tanto físico y emocional como mental, y eso hace que debamos darles un estatus particular, el de menores maduros o el de menores con limitadas capacidades de decisión. Por eso me parece bien que se prohíba la venta de alcohol, tabaco y estupefacientes a los adolescentes, que se limite el acceso a ciertas películas con escenas de violencia gratuita o de sexo explícito, etc.

De todos modos, así como les restringimos ciertas libertades a los menores maduros, les ampliamos ciertos derechos nada banales, como decía más arriba, por ejemplo, el de la elección de la carrera. No es que seamos incoherentes como sociedad al permitirles unas cosas y prohibirles otras a los adolescentes. Es la fase de formación y transición misma en que se hallan la que nos impide optar por un extremo jurídico o por el otro, esto es, permitirles todo lo que le permitimos normalmente a un adulto o prohibirles casi todas las libertades de elección, como si fuesen niños pequeños. No nos queda otra que movernos en esta incómoda zona gris.

En conclusión, digo sí a la eutanasia voluntaria en los menores maduros, mientras estos den justamente signos claros de madurez. Un adolescente tiene que disponer del derecho a decidir qué hacer con su vida en caso de encontrarse gravemente enfermo, con sufrimientos insoportables y sin perspectiva de sanación: elegir si quiere o no iniciar un nuevo tratamiento (fútil); elegir si interrumpir o no el tratamiento ya en curso y, finalmente, elegir si solicitar o no ayuda para ponerle de una buena vez fin a su condición.

En la próxima entrada voy a abordar la cuestión más espinosa aún de la eutanasia en niños pequeños y en edad escolar.

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«Mi cuerpo, mi elección»: diferencia entre el aborto y la eutanasia

El principio “mi cuerpo es mío, por tanto, puedo hacer con él lo que quiera” es, sin duda, uno de los pilares de lo que podríamos llamar el mundo occidental, moderno, plural. En principio, cada individuo tiene el derecho de hacer consigo mismo (con su cuerpo y con su mente) lo que desee.

Obviamente, esta libertad que tenemos para intervenir en nuestro cuerpo –en la constitución o en el desarrollo del cuerpo– no vale irrestrictamente. Por lo pronto, es una libertad que nos otorgamos nosotros a nosotros mismos en tanto individuos mayores y jurídicamente capaces.

Claro que aquí los límites son flexibles y mutan con la historia: hoy, por ejemplo, permitimos que los menores maduros, en especial, los adolescentes, tomen algunas decisiones importantes sobre sus cuerpos, y extendemos el mismo derecho a las personas con trastornos mentales leves. Son libertades que, hasta no hace mucho, les estaban negadas a estos dos grupos.

Notemos de paso que el principio que estamos analizando presupone una disposición generalizada a no dañar o mutilar grave y gratuitamente el propio cuerpo. Damos por supuesto que, por ejemplo, una persona sana no querrá amputarse las dos piernas por motivos baladíes, argumentando “es mi cuerpo y es mi elección”.

De todos modos, es parte de esta convención tácita de respetarnos mutuamente el aceptar cierto grado de autolesión. Por ejemplo, nadie podría impedir a un adulto fumar, no cuidar su dieta y ser sedentario, aun cuando estos tres hábitos dañinos lo conduzcan con el paso de los años a una enfermedad que termine por costarle las dos piernas.

Por lo tanto, el principio de la soberanía corporal –para ponerle algún nombre– presupone que cada uno decide o puede decidir en función de su propia concepción del bien o, mejor dicho, de su concepción de la buena vida, incluso cuando esa concepción sea poco razonable para el resto. Si alguien considera que la buena vida es, entre otras cosas, pasarse sentado horas en un sillón fumando y consumiendo productos grasos, allá él o ella.

Prohibir los estilos de vida poco saludables equivale a ejercer una suerte de paternalismo extremo e intolerable. Preferimos vivir en una sociedad libre, aunque no tan sana, a vivir en una dictadura de individuos lozanos: preferimos Atenas a Esparta.

El principio de la soberanía corporal es decisivo a la hora de justificar la práctica de la asistencia a la muerte voluntaria. Soy yo el que decide qué hacer con mi cuerpo, lo que por lo general significa: qué hacer con este cuerpo gravemente enfermo, incurable y doloroso. Soy yo el que decide finalizar de manera oportuna y controlada el inevitable proceso de corrupción corporal en que me hallo.

Ahora bien, ¿es comparable la libertad de terminar con mi vida (solicitando ayuda médica para morir) con la libertad que puede tener una persona gestante de interrumpir el embarazo? Creo que, en cierta medida, ambos tipos de libertades no son compatibles, por la simple razón que, en el primer caso, la consecuencia de la decisión recae enteramente sobre el solicitante, mientras que en el segundo recae no solamente sobre la gestante, sino sobre el embrión o el feto, que mueren debido al aborto.

Pongámoslo en estos términos: mientras que en la eutanasia o el suicidio asistido no hay ningún tercero afectado por la práctica, en el caso del aborto la acción recae en un organismo humano que se halla en las primeras fases de su desarrollo. Por lo tanto, la gestante no decide solo sobre su cuerpo y su futuro, sino también sobre el destino de un ser que se encuentra en los prolegómenos de la existencia.

Abortar es cancelar una existencia cuando esta está en sus primeros estadios, en la fase de formación de las condiciones básicas para, a partir de allí, empezar a vivir.

Al respecto, Peter Singer en su Ética práctica propone una comparación iluminante: la vida humana puede entenderse como un viaje, un viaje que inicia con el nacimiento y termina con la muerte. Si esa vida humana no debe darse, si ese viaje no debe tener lugar, lo mejor es que la cancelación ocurra antes de la partida, esto es, en la fase de los preparativos.

Si una mujer que ha quedado embarazada sin buscarlo no quiere traer un hijo al mundo (digamos, porque ya tiene otros hijos que cuidar o porque no desea ser madre antes de avanzar con su desempeño profesional), mejor es interrumpir la gestación cuanto antes, en el momento en que en su vientre se están “haciendo las valijas” para un viaje que no será. Mejor no embarcarse si no están dadas las condiciones básicas.

En conclusión, el aborto no puede justificarse únicamente sobre la base del principio de la soberanía corporal de la mujer, por el simple hecho de que la decisión recae no solamente sobre la interesada misma, sino sobre el organismo que lleva en su vientre. Se trata de la decisión por afirmar un viaje ya emprendido (el de la mujer adulta), cancelando otro viaje cuando está en su primera etapa de preparativos.

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Imágenes de Atenas

¡Aquí nos dejaron!
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La evolución de la moral

Nuestra época puede entenderse como una fase de transición, como un pasaje que va de una moral centrada mayormente en la reciprocidad a una moral orientada al reconocimiento incondicional del otro. Ya no sentimos ni argumentamos más tal como se hacía en la época de la famosa ley del talión –ojo por ojo, diente por diente–, pero aún estamos lejos de ver al otro, a todo otro, como un ser valioso y digno de respeto independientemente de lo que puede hacer para mí y los míos.

¿Cuántos decenios o siglos va a durar esa fase de transición? Realmente, no tengo idea. ¿Es seguro que, más allá de cuánto nos lleve, algún día vamos a arribar a esa nueva edad del reconocimiento total del otro, a la madurez moral? Tampoco sé y no soy tan optimista como para creer que la historia vaya siempre en ascenso a lo mejor. Con todo, no quiero dejar que el pesimismo se apodere totalmente de mí; no quiero dejar de creer que algún día nos va a resultar casi evidente que no tenemos que hacerle el mal a nadie, por más que ese “nadie” no sea un amigo o un vecino, por más que nunca lo vaya a conocer, por más que las cadenas causales para procurarle el mal sean largas y complejas y por más que no se trate ni siquiera de una persona, sino de un ser valioso a-personal, como un animal, un ecosistema o un objeto cultural.

¿Por qué digo que estamos en una fase de transición? Porque evidentemente ya no somos simplemente egoístas ilustrados, ya no pensamos simplemente de este modo: “No voy a causarle un daño a mi vecino, porque no quiero que él me cause un daño a mí. Es más, voy a ser bueno con él, porque eso me conviene a largo plazo, un pequeño sacrificio hoy que puede redundarme en un gran beneficio mañana”.

Claro que no hay que restarle valor a esa manera de pensar, que cimentó la teoría del contrato social, un enfoque que tuvo su origen en la filosofía griega y llegó, pasando por la Ilustración, a nuestros días de la mano de pensadores tan notables como John Rawls y Robert Nozick. Es más, en el mundo complejo de la polis griega o de nuestras modernas ciudades, el egoísmo ilustrado ha representado el primer escalón de la moral. Como bien lo señalaba Thomas Hobbes, es mejor vivir en un mundo regido por la moral mínima que en un mundo sin moral, sin ley y sin autoridad estatal, esto es, en el estado de naturaleza.

Ahora bien, nuestras intuiciones morales (lo que en inglés se llaman las moral intuitions) han trascendido el estrecho marco del contractualismo o del egoísmo racional. Muchos de nosotros consideramos aberrante maltratar a los animales por puro placer, incluso cuando los animales no vayan luego a vengarse de nuestra iniquidad; o entendemos que es incorrecto comprar productos baratos cuando están hechos con mano de obra infantil; o pensamos que es reprobable contaminar el medioambiente, aun cuando las consecuencias de la contaminación puedan manifestarse mucho después de nuestra muerte.

Sin embargo, ¿cuál puede ser la utilidad de adoptar una moral máxima, una moral orientada al reconocimiento y respeto de todos y todo? ¿Cómo convencer al escéptico moral que a lo sumo está dispuesto a adherir a la ética mínima del contrato social? Esta es una cuestión difícil de responder, sobre todo si no queremos volver a acoplar la ética a la religión. Cuando en las grandes religiones se predica el amor universal, está claro que ese mandamiento está sustentado por el temor al castigo eterno y por el deseo de alcanzar la recompensa celestial.

Acá no puedo ahondar en esta cuestión, pero me gustaría insinuar algo: tal vez la clave está en dejar de ver la moral como un medio para algo y pasar a verla como un fin en sí mismo. El egoísta ve la moral como un medio para poder seguir persiguiendo sus fines; el creyente la percibe como un medio para asegurarse un más allá dichoso, ya que para él esta vida es, incluso en el mejor de los casos, un valle de lágrimas. ¿Y si empezamos a ver la moral como sugería Aristóteles, como el ejercicio de la excelencia humana por la excelencia misma, como la práctica de las virtudes ya que no hay nada más excelso que la vida virtuosa?

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Principios de la ética animal

¿Cuáles son nuestras obligaciones con los animales? La respuesta a esta pregunta depende de qué animales se trate. Por lo pronto, desde el punto de vista bioético podemos hablar de (a) animales que viven libremente en la naturaleza y (b) animales domésticos que viven en instalaciones típicamente humanas, como nuestras casas o nuestras granjas.

Por supuesto, a veces hay entrecruzamientos entre estos dos ámbitos no del todo afortunados. Por ejemplo, un león de la selva atrapado para un circo o un zoológico es un ser del grupo a que pasa por las fuerzas a formar parte del grupo b. Un ejemplo contrario es el de, digamos, un perro que se pierde en un bosque y de golpe debe readaptarse a un ambiente al que ya no estaba preparado, con pocas chances de supervivencia.

La respuesta a la cuestión inicial también depende de cómo concibamos al animal. ¿Qué son o quiénes son los animales? Acá también tenemos que proceder de un modo bastante esquemático y poner de un lado a todos los vertebrados (mamíferos, aves, reptiles, peces, anfibios y algunos invertebrados como los cefalópodos) y, del otro lado, al numerosísimo grupo de los invertebrados y los insectos.

Todos los vertebrados y algunos invertebrados como los pulpos tienen un sistema nervioso muy desarrollado que les permite tener sensaciones sensoriales (auditivas, visuales, etc.), sensaciones de placer y dolor, memoria episódica, deseos, emociones, expectativas y comportamientos grupales. En una palabra, todos estos animales, desde la rana al gorila, desde el pez a la iguana, son sujetos, esto es, tienen una subjetividad.

La primera respuesta entonces a la interrogación de partida es de carácter general: nosotros, las personas, tenemos que tratar a los demás sujetos con la consideración y el respecto que se merece todo ser que tiene experiencias subjetivas.

Ahora bien, ¿qué implica esta máxima general? En el caso de los animales salvajes que viven en la naturaleza, nuestro deber es no dañarlos directamente ni dañarlos indirectamente, restringiendo o degradando su hábitat.

Salir a cazar al monte o a pescar al río es una manera de dañar directamente a los animales salvajes; convertir cien hectáreas de selva en terreno para la agricultura es dañarlos indirectamente (porque implica restringirles el espacio vital).

En el caso de los animales tenidos por la fuerza en cautiverio, la mejor manera de no seguir dañándolos es devolverlos a sus hábitats respectivos. El león del circo debe volver a la selva, el canario de la jaula, a los árboles del monte y los pescaditos de la pecera al río.

Por último, está el caso de los animales domésticos que, por su constitución, ya no pueden volver a la naturaleza, por el simple hecho de que son, como el hombre moderno, productos de la civilización, hijos de la domesticación. Los perros, los gatos, las ovejas y las vacas son resultado de la selección artificial llevada a cabo por el hombre desde la última fase del paleolítico, esto es, desde que el hombre mismo empezó a volverse sedentario.

Liberar a los animales domésticos sería una forma de condenarlos a la extinción.

¿Qué obligaciones tenemos, entonces, con los animales domésticos? El filósofo David DeGrazia lo resume en tres principios claros: primero, no causarles dolor injustificadamente; segundo, no acortarles la vida sin razón; tercero, poner a su disposición todos los medios necesarios para que lleven una vida sana, agradable, en la que puedan desarrollar sus funciones biológicas, psicológicas y sociales.

Así, por ejemplo, maltratar a una mascota como manera de “liberarse de las tensiones del día” es una forma de violar el primer principio. Matar a un chancho en su juventud para hacer un festín es una contravención del segundo principio. Mantener encerrada a una gallina en una jaula e incluso en un diminuto corral es una falta contra el último principio.

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Imágenes de Atenas

A solo unos minutos de Atenas, el monte Himeto permite volver a tener una sensación que se ha vuelto muy rara, la de sentirse solo en medio de la naturaleza.

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