El 5 de junio de este año, la sociedad italiana que nuclea a los especialistas dedicados a los cuidados paliativos (por sus siglas, la SICP) emitió un comunicado en el que fija su posición respecto al suicidio médicamente asistido. El título del documento es Il rapporto tra cure palliative e la richiesta di suicidio medicalmente assistito y puede verse aquí. En esta nota me propongo discutir algunos puntos que considero relevantes para la discusión en torno al derecho a la muerte voluntaria.
En primer lugar, es importante resaltar la evolución positiva de la postura de la sociedad italiana de cuidados paliativos. De hecho, en el texto se ofrece un tratamiento mucho más abierto, tolerante y reflexivo respecto de las posiciones “tradicionales” de muchos paliativistas de años pasados, que, por decirlo de un modo coloquial, no querían ni sentir que se mencionara la posibilidad del suicidio asistido.
La SICP reconoce que la muerte voluntaria es una realidad en muchas sociedades, incluso en Italia (en la modalidad de suicidio asistido, no de eutanasia, según la sentencia de la Corte Constitucional de 2019), y se fija como objetivo no solamente el respeto de la pluralidad de maneras de encarar el fin de vida, sino también el acompañamiento de los pacientes que optan por el suicidio, aun cuando eso difiere radicalmente (tales es la postura de la institución) del enfoque basado en la medicina paliativa.
Es más, la SICP permite que los paliativistas den información sobre la posibilidad de optar por el suicidio asistido a los pacientes que lo soliciten e incluso de participar en la valoración de esa información, la consideración de las distintas alternativas disponibles, etc., en un diálogo libre de manipulación con los enfermos. Por supuesto, la SICP, en tanto institución, no está de acuerdo con la opción por la muerte voluntaria y enfatiza una y otra vez la diferencia entre esa vía y la alternativa que ofrecen los cuidados paliativos; como dice expresamente el informe, se trata de “due risposte diverse a domande diverse”.
En otras palabras, la SICP está de acuerdo con que los paliativistas participen de la fase informativa y valorativa, pero no en la ejecutiva. Esto significa que, si un médico desea ayudar a un paciente a terminar con su vida mediante el suicidio, deberá hacerlo por su propia cuanta, no en nombre de la sociedad de cuidados paliativos. (En el texto si habla, en este contexto, de “i singoli professionisti” para diferenciarlos de la institución; de tal suerte, si, por ejemplo, un paliativista ayuda a un enfermo a suicidarse, no sería expulsado de la sociedad médica ni sancionado de ningún modo, mientras lo haga, repetimos, por cuenta propia.)
Creo que este punto es sumamente delicado y, a decir verdad, no está tratado con suficiente claridad en el texto de la SICP. Pensemos en un caso concreto, en un centro dedicado a los cuidados paliativos según las líneas establecidas por la SICP. Si allí un paciente decide terminar con su vida, ¿podrá hacerlo en la misma institución? ¿O deberá ser transferido a otro centro en el que expresamente se mencione la posibilidad de practicar el suicidio asistido? Igualmente, ¿cómo podemos estar seguros de que el paliativista que ayuda a un enfermo a suicidarse, no importa aquí en qué centro lo haga, no va a ser luego sancionado “informalmente” (o “indirectamente”)?
Pero el punto realmente crítico para mí es otro: el que se separe radicalmente cuidados paliativos, por un lado, y suicidio asistido, por otro. Considero que la muerte voluntaria debe ser entendida como una dimensión más de la paliación, no como algo escindido, alternativo, como si fuesen –cito el texto– “due strade diverse”.
Insisto: la SICP dio un gran paso al abandonar la oposición frontal con el suicidio asistido, pero a mi entender todavía queda un largo trecho por andar. Es imprescindible ver la asistencia a la muerte voluntaria como una faceta más de la medicina paliativa, no como algo totalmente diverso.
Esta última observación me da pie para introducir otro elemento crítico. En todo el documento no se menciona ni una sola vez el recurso a la sedación paliativa (o, si se prefiere, a la sedación terminal). Yo esto de acuerdo con quienes sostienen que entre la sedación paliativa y la eutanasia hay importantes aspectos diferenciadores (por lo general, son modalidades distintas encaradas con una intencionalidad también distinta), pero también señalo, y en esto me sumo a un número importante de autores, que la línea de demarcación entre una práctica y otra es muy sutil y, en algunos casos, porosa. Como sea, sostengo que un documento que se manifiesta acerca del suicidio asistido y toma distancia de él no puede no tematizar la cuestión de la sedación paliativa terminal, aunque sea brevemente.
Concluyo con una última observación. Los cuidados paliativos son imprescindibles y todo lo que se haga para mejorar esta rama de la medicina es bienvenido, sobre todo en países como la Argentina, que tienen muchas falencias al respecto. También es importante admitir que muchas personas gravemente enfermas y sin perspectivas de mejoría puede hallar la contención psicológica necesaria gracias a los cuidados paliativos. Soy consciente de que muchas personas que solicitaban ayuda para morir dejan de hacerlo no bien encuentran cuidados paliativos en centros de excelencia. No obstante, hay pacientes que, incluso en las mejores condiciones imaginables, incluso con familiares y amigos que les están cerca, incluso contando con los medios para acceder a las mejores clínicas paliativas, en un momento dice “basta, hasta aquí llegué”. Y es este punto el que nos debe hacer acordar de que la medicina paliativa no es una panacea. Hay un momento en el que el padecimiento físico y, sobre todo, existencial puede volverse insoportable, y en ese momento ha de poder contarse con el derecho a la muerte asistida.