(Aclaración: lo que siguen son unas notas sueltas a partir de conversaciones que he tenido con algunos amigos y colegas a raíz del último libro de Hans Joas, Universalismus.)
(1) La religión es un fenómeno sociocultural en continua evolución. El “ámbito religioso” no es hoy lo que era hace cincuenta años. Tampoco lo es la sociología de las religiones, el estudio sistemático del fenómeno religioso. Objeto de estudio y enfoque teórico van cambiando, readaptándose, con el paso del tiempo.
El postsecularismo (y aquí se encuentra Joas) parte del supuesto de que la religión no es un residuo, una reliquia heredada de tiempos pasados, un “muerto en vida”. La religión está “vivita y coleando”. Cambia, se transforma, se reinventa. Esto no significa que no haya “ramas” del gran árbol religioso que estén secas. Como en todo fenómeno complejo, hay desarrollos nuevos y vigorosos junto con otros de larga data, debilitados, anquilosados. (Corolario: seguir midiendo el grado de religiosidad de una sociedad como la alemana en función de cuántas personas van a misa los domingos es pretender usar viejos instrumentos para estudiar realidades nuevas que se escapan a los abordajes tradicionales.)
El que ciertas ramas del “árbol de las religiones” estén secándose, “petrificándose”, no significa que el organismo en su conjunte no goce de buena salud.
(2) La religión sigue siendo lo que siempre fue: el “cemento” de la sociedad, lo que “pega” a los individuos y a los grupos sociales entre sí. Incluso la cohesión de nuestras sociedades (supuestamente) modernas, laicas, democráticas, tecnificadas, etc., se logra gracias a la religión, en cualquiera de sus formas (viejas o nuevas). Ningún sistema social pueda asentarse únicamente en el autointerés ilustrado de sus miembros.
(3) La religión es un fenómeno polifacético. Por tanto, todos los intentos por entender la religión usando categorías simples y unívocas están destinados al fracaso. Es más, la religión es, como Janos, una entidad bifronte. El rostro que nos muestra por delante puede ser muy distinto al que nos exhibe por detrás.
Por eso las religiones pueden fomentar las guerras, pero también pueden buscar la paz; pueden contribuir a la división social, pero también a la unidad; pueden frenar el progreso científico o económico, pero también propiciarlo; pueden legitimar los sistemas de explotación como la esclavitud, pero también condenarlos y combatirlos.
(4) Todo lo dicho en los puntos anteriores no debe hacernos perder de vista un punto central: la pérdida del sentido de trascendencia del hombre moderno. Nunca el ser humano había renunciado a su dimensión trascendente como ahora. El individuo actual, atraído por la vertiginosa dinámica del sistema económico de producción y consumo, se siente esencialmente in-trascendente. Vale –y vale mucho, según los casos–, mientras produce y/o consume, pero fuera de ese universo no reconoce valor en sí, ni a las cosas ni a sí mismo.
(5) Estas son algunas de las esferas en las que la religión contribuye decisivamente:
– a la creación de una dimensión histórica, temporal, cósmica incluso, en la que insertarse como individuo y comunidad;
– a la formación del carácter personal y la práctica de las virtudes;
– a la generación de un sentido de pertenencia y de identidad;
– a la formación de una red de solidaridad grupal y de sostén mutuo;
– a la realización de rituales que establecen etapas dotadas de significados en el día, el año y la vida del individuo (por ejemplo, la oración matutina, la fiesta navideña, el casamiento);
– al ofrecimiento de consuelo y aliento ante la experiencia de la adversidad, la impotencia y el sinsentido.