El concepto de futilidad es uno de los más usados en los debates bioéticos en torno al fin de vida. Pero ¿qué significa decir que una acción o, mejor, una serie de acciones es fútil? ¿Cuándo un tratamiento deja de ser útil, necesario, aconsejable, etc., y se vuelve fútil?
Es interesante notar que en la noción de futilidad hay un elemento negativo que trasciende la mera inutilidad, superficialidad, etc., que puede tener un tratamiento. Si un joven se encuentra en perfecta salud y, practicando un deporte, se fractura un brazo (imaginemos que es una fractura común y corriente), el enyesado del miembro afectado será necesario y proporcionado. La ingesta de un suplemento vitamínico, en cambio, será algo inútil, superficial, etc., pero la indicación de efectuar una radiografía todos los días “para ver cómo va la cosa” será fútil: fútil para el joven, que se verá expuesto innecesariamente a una radiación periódica, y fútil para el sistema de salud, que deberá afrontar una carga totalmente innecesaria.
En un artículo de 2014, Determeyer y Brody sostienen que, cuando un paciente está en la etapa final de su vida, un tratamiento es fútil si “no tiene una probabilidad razonable de alcanzar los fines que han convenido previamente el médico y el paciente” (o su representante legal).
Aquí hay dos elementos centrales. Por un lado, está el que venimos resaltando, esto es, el de la inutilidad e, incluso, del perjuicio. Por otro lado, se presenta la dimensión de los fines a obtener. En efecto, una acción es fútil siempre en relación con un objetivo, en este caso, con un objetivo idealmente establecido en el diálogo entre el médico y el paciente, sus familiares, etc. La futilidad no se da nunca in abstracto.
Pongamos un ejemplo. ¿Es fútil comenzar un nuevo ciclo de quimioterapia cuando el paciente oncológico no solamente no ha respondido a los ciclos previos, sino que el tumor ha seguido creciendo y se ha expandido a otros órganos? Creo que aquí todos diríamos que sí, porque una nueva ronda de tratamiento no solo se nos presenta inútil, sino sobre todo contraproducente; en efecto, agregaríamos que lo mejor que puede hacer el enfermo en este caso es preocuparse por darle calidad a sus últimas semanas o meses más que intentar remediar lo que, a todas luces, es irremediable.
Determeyer y Brody dirían que, en casos como este, el objetivo último está claro –aunque implícitamente–, y por eso respondemos todos con un sí. Pero sabemos que hay pacientes que piden desesperadamente que “se les haga todo lo posible” y médicos que no ven la hora de tener casos como el citado para probar un nuevo remedio contra el cáncer. Sin embargo, quiero pensar que la mayoría de los médicos, de los pacientes y de los ciudadanos de a pie sabemos cuándo un tratamiento empieza a ser fútil porque contraviene objetivos y valores muy difundidos en nuestra cultura como el de tener un buen fin de vida, morir con dignidad, preferir la calidad a la cantidad, etc.
En conclusión, el punto parece estar en que necesitamos hablar mucho menos de medicina, de farmacología, de biotecnología, etc., y conversar mucho más de objetivos terapéuticos, lo que implica dilucidar, entre otras cosas, cuáles son nuestras prioridades existenciales. Solo así vamos a poder establecer de antemano cuándo un tratamiento empieza a volverse fútil. En otras palabras, si médicos y pacientes dialogáramos más a menudo sobre los escenarios posibles de toda intervención médica de relevancia, y evaluáramos esos escenarios en función de nuestros valores, entonces ya contaríamos desde el vamos con un criterio para predicar la futilidad de todo nuevo tratamiento.
Bibliografía
Determeyer, L., & Brody, H. (2014). Medical futility: content in the context of care. In Palliative care and ethics (pp. 199-208). Oxford University Press, Oxford (United Kingdom).