
Kant decía que las grandes cuestiones de la filosofía podían resumirse en cuatro: ¿de dónde venimos?, ¿adónde vamos?, ¿quiénes somos?, ¿qué nos cabe esperar? Y acto seguido aclaraba que esas preguntas no podían obtener una respuesta racional y definitiva de nuestra parte, por más que nos esforzáramos.
De modo que el destino humano consiste en plantearse una y otra vez cuestiones existenciales sabiendo de antemano que jamás podremos responderlas. Si dejáramos de planteárnoslas, nos volveríamos animales; si pudiéramos hallar la respuesta, nos convertiríamos en dioses.