El universalismo moral es la posición que afirma que nuestros juicios morales, para ser tales, deben necesariamente ser universales. De esta manera, se opone al particularismo moral, postura que sostiene que nuestros juicios morales deben abarcar solamente nuestra particular comunidad de pertenencia (nuestra familia, nuestra nación, nuestra comunidad religiosa, etc.). En otras palabras, para el universalista un juicio no es propiamente moral si no es universal, si no incluye a todos los individuos más allá de su pertenencia social. En cambio, para el particularista los juicios pueden ser morales incluso limitándose a la propia –y forzosamente restringida– comunidad de pertenencia. La universalización de la moral no es, para el particularista, ni necesaria ni deseable.
En realidad, la contraposición entre el universalismo y el particularismo morales puede entenderse mejor si se la enfoca diacrónicamente. Así, según esta propuesta, al inicio de la historia todo sistema moral habría sido particularista. El particularismo habría sido, por así decirlo, la “forma natural” de nuestros juicios normativos. En tal contexto, el universalismo moral habría surgido como un esfuerzo de superación, culturalmente muy elaborado, de las limitaciones y las incoherencias inherentes al particularismo, a todo particularismo, sea familiar, étnico, religioso, etc.
De esta suerte, el particularismo solo se vería “amenazado”, solo sentiría la necesidad de defender su postura en presencia del universalismo. En efecto, antes del surgimiento del universalismo todos los juicios morales habrían sido “naturalmente particulares”, limitados a la propia comunidad. A lo sumo, lo que habría habido al inicio de la evolución moral habría sido un conflicto entre particularismos, pero no entre el particularismo y el universalismo. De esta suerte, lo que se habría entablado originariamente habría sido una rivalidad entre el sistema de juicios morales particulares X versus el sistema de juicios particulares Y o Z (por ejemplo, cuando el tribalismo choca contra el nacionalismo, esto es, cuando una forma de particularismo muy restringido colisiona con una forma de particularismo más amplio, pero particularismo al fin).
Pero ¿cómo del particularismo o, mejor dicho, de los particularismos y de sus conflictos pudo haber surgido el universalismo moral? La respuesta aquí ha de buscarse en el desarrollo de las capacidades cognitivas y emocionales humanas, desarrollo que habría comenzado en la Antigüedad, esto es, en la fase histórica del surgimiento y la consolidación de las grandes civilizaciones (la egipcia, las mesopotámicas, las mediterráneas, la india, la china, etc.). Por decirlo de algún modo, solo a partir de la emergencia de las grandes unidades sociopolíticas de la Antigüedad, y de las transformaciones culturales que aquella irrupción trajo consigo, habría sido posible la adopción del punto de vista moral universalista –el universalismo–.
Frente a esta tesis clásica de la sociología y la filosofía moral, uno puede preguntarse si no es acaso posible pensar la evolución histórica de los sistemas morales en otros términos. ¿No se puede analizar el fenómeno en cuestión más allá de las categorías particularismo/universalismo?
Aquí una alternativa consistiría, creo, en imaginar a las sociedades primitivas o precivilizatorias como dotadas de sistemas sociales que no buscaban rivalizar con la naturaleza ni con las comunidades sociales colindantes. No se trataría en ningún caso de suponer una situación original idílica (una suerte de edad dorada en los albores de la humanidad), pero sí de una forma de existencia social menos agresiva, excluyente y disciplinaria que las que surgieron después con la civilización.
Por lo tanto, la historia de la moralidad no sería la transición de una forma de particularismo inicialmente muy limitado a otras formas de particularismos cada vez más amplios hasta dar con el universalismo, sino el paso decisivo del estadio premoral al estadio moral de la humanidad, aunque entendiendo esta afirmación de este modo: en las comunidades previas a las civilizaciones no habría habido moral, ni particularista ni universalista, pero debido a la menor conflictividad y agresividad de los grupos sociales de entonces, tampoco habría sido necesaria. La moral sería, entonces, un instrumento que históricamente habría surgido para remediar una situación muy problemática y desestabilizadora, la propiciada por la emergencia de las grandes civilizaciones. (Las civilizaciones habrían generado soluciones a problemas que ellas mismas habrían creado, y no a problemas supuestamente heredados por ellas.)