La legalización de la eutanasia en Latinoamérica: ¿qué se ha hecho y qué queda por hacer?

La eutanasia es la práctica médica por medio de la cual el profesional de la salud acelera la llegada de la muerte del paciente gravemente enfermo, sin posibilidad de sanación y víctima de sufrimientos atroces de naturaleza física o psicológica, tras la solicitud informada, madurada y reiterada del mismo enfermo jurídicamente capaz.

Todas estas condiciones deben estar dadas para que podamos hablar de eutanasia:

  • la existencia de una o más enfermedades graves e incurables;
  • la presencia de dolores físicos y/o de sufrimientos psicológicos intratables;
  • y, por último, la decisión consciente del paciente mayor de edad.

¿En qué consiste un acto eutanásico típico? Ante todo, el médico y el paciente convienen un lugar y un día apropiados. Esto le da tiempo al enfermo de prepararse física y psicológicamente para la llegada de ese momento que, a causa de la enfermedad que lo degrada, tanto ansía. Arribada la hora (el paciente puede estar en su casa o en una habitación especial del hospital en que estaba siendo tratado, puede estar acompañado de algún ser querido, etc.), el médico le inyecta un barbitúrico, o sea, una sustancia como el pentobarbital. Inmediatamente después, el paciente entra en un sueño profundo y tranquilo en el que puede olvidarse de todos los dolores y de todas las angustias que lo agobiaban. Mientras los presentes siguen junto a la cama del moribundo, el remedio continúa actuando en el organismo enfermo, puntualmente: continúa relajando todos los músculos del cuerpo, inclusive los del corazón y la caja toráxica, hasta que los órganos vitales dejan de funcionar. En la mayoría de los casos, este proceso dura una media hora. El final de ese plazo, la persona ha fallecido y el médico puede extender el certificado de defunción.

Algunas sociedades permiten el acto eutanásico, pero debido a ciertos pruritos morales, establecen que el médico no debe inyectarle la sustancia al paciente, sino solamente limitarse a preparársela, disolviendo el barbitúrico en un vaso de agua. El enfermo mismo debe entonces llevar a cabo el paso final y beber de su propia mano el líquido. Los efectos que sobrevienen son exactamente los mismos: el sueño, el estado de coma profundo, la relajación muscular total y la muerte tranquila.

A este último tipo de práctica se la conoce en bioética como suicidio asistido. En realidad, tanto la eutanasia directa y activa del primer ejemplo como el suicidio asistido del segundo caso constituyen dos modalidades de la asistencia a la muerte voluntaria, que es la denominación que yo prefiero utilizar por considerarla precisa y, a la vez, libre de connotaciones innecesarias.

En realidad, la asistencia a la muerte es tan vieja como la civilización misma. No es casual, entonces, que el término eutanasia, euthanasía, un derivado de eu-thánatos –que significa, literalmente, ‘buena muerte’ –provenga de la Grecia antigua. Ya los griegos y luego los romanos habían reflexionado sobre el carácter moral de la ayuda a la muerte y, en algunos casos, la habían practicado.

En nuestras sociedades, la asistencia a la muerte voluntaria se volvió una cuestión crucial y recurrente a principios de la década de 1990. Por un lado, el debate académico y público se encendió tanto y, por otro, el reclamo de los pacientes incurables y sus allegados adquirió tal fuerza, que algunas sociedades dieron los primeros pasos hacia la despenalización o, directamente, la legalización de la muerte asistida. El primer caso exitoso se dio en el estado norteamericano de Oregón, que legalizó el suicidio asistido en 1997, seguido pocos años después por los Países Bajos, que aprobaron e implementaron ambas modalidades, la del suicidio asistido y la eutanasia, a comienzos del nuevo milenio.

Desde entonces, el número de sociedades que ha legalizado la asistencia a la muerte voluntaria no ha dejado de crecer. Es cierto que aún son contados los países o las regiones dentro de los países federales que pueden incluirse en la lista de sociedades que permiten esta práctica médica, pero la tendencia de los últimos veinte años es inconfundible. Cada vez son más los países que legalizan la asistencia a la muerte voluntaria o que, al menos, despenalizan esa práctica; paralelamente, cada vez es mayor el sector de la población que considera que la ayuda a la muerte es una cuestión de suma importancia que merece ser tratada sin más demora por los legisladores.

¿Por qué la asistencia a la muerte voluntaria se ha vuelto un tema de primer orden en el mundo occidental? En mi opinión, por la conjunción de dos factores igualmente importantes.

En primer lugar, la posibilidad de decidir cuándo y cómo quiero morir es uno de mis derechos fundamentales como ciudadano. Así como nadie está facultado para impedirme vivir del modo en que quiero, siempre que mi decisión sea responsable, del mismo modo nadie debería impedirme morir del modo que he elegido, sobre todo cuando los años o los meses finales de mi vida se han convertido en un calvario a causa de la enfermedad, el deterioro físico y mental y, sobre todo, el sufrimiento que todo esto acarrea.  

En otras palabras, la asistencia a la muerte voluntaria cada vez se entiende más claramente como lo que es: una de las libertades básicas con las que contamos en tanto integrantes de un orden político moderno y democrático, una libertad parangonable a la de la libre expresión de las ideas o a la libre elección vocacional.

El segundo factor que quiero resaltar es el de la medicina o, para ser más exacto, el papel que desempeña la medicina en la fase final de la vida de las personas. Antes, la muerte era representada como una señora vestida de negro y armada con una guadaña con la que cercenaba la vida de sus víctimas de un modo implacable y veloz. En nuestras sociedades, en cambio, la muerte cada vez va perdiendo más y más ese carácter de imprevisibilidad y repentinidad. Morir se ha vuelto un proceso largo, tortuoso y más o menos predecible. Para usar un término caro a los bioéticos: la muerte contemporánea se ha medicalizado. Con los soportes vitales con que hoy contamos en nuestros hospitales, en muchos casos la muerte es la simple consecuencia de dejar de mantener artificialmente en vida a un paciente. En síntesis, la muerte ha dejado de ser un acontecimiento imprevisible y repentino para convertirse, nos guste o no, en el fruto de una decisión.

El progreso de la medicina, para que sea loable, debe ir de la mano de ese otro progreso que constatamos en la esfera ética y jurídica, el de la extensión progresiva de los derechos individuales.

Sin lugar a duda, la realidad latinoamericana es diferente de la europea o la norteamericana. Por encontrarse en el medio de los extremos marcados por el desarrollo y el subdesarrollo, Latinoamérica comparte aspectos de eso que un tiempo se llamaba el Primer y el Tercer Mundo. Hay una franja de la población sumida en una pobreza injustificable, al tiempo que los sectores medios y altos tienen formas de vida que son, al fin y al cabo, comparables con las de un español o un canadiense medios. Es por esta razón que la asistencia a la muerte se ha vuelto, también entre nosotros, una cuestión candente. También entre nosotros la muerte se ha medicalizado, a la vez que sigue ampliándose la conciencia de nuestras libertades y posibilidades de elección.

Lo que he tratado de hacer en estas líneas es tan solo esbozar algunas de las cuestiones bioéticas centrales que implica la asistencia a la muerte voluntaria. De todos modos, sabemos que “del dicho al hecho hay mucho trecho “y que “el diablo se esconde en los detalles”. Una cosa es la discusión abstracta sobre principios, y otra la realidad concreta que viven los profesionales de la salud y los enfermos. Lo que sucedió días pasados con la señora Martha Sepúlveda en Colombia nos muestra inconfundiblemente cuán importante es, más allá del debate filosófico, contar con una la legislación clara y realista en materia de final de vida. Les deseo por esto una discusión fructífera esta tarde en la que puedan vislumbrar cuál es el camino a seguir y cuáles son los atajos a evitar en nuestros países con el objetivo de que cada uno pueda concluir su vida del modo que considere acorde con su cosmovisión.

Un último aspecto, ya que se habla tanto del catolicismo latinoamericano. La asistencia a la muerte voluntaria, ¿es incompatible con la religión? La respuesta es no, no necesariamente. Por supuesto, si vamos a entender por religión la adopción sumisa de doctrinas atávicas emanadas de alguna autoridad eclesiástica, entonces sí. No obstante, la muerte asistida, si se lleva a cabo observando las condiciones que veíamos más arriba, constituye un acto racional, y la racionalidad no tiene por qué estar reñida con la religiosidad. Es perfectamente posible llevar una vida intensamente espiritual, al tiempo que guiada por los principios prácticos que establece el uso de la razón.

Hasta aquí lo mío. Muchas gracias por su atención y mis mejores deseos para esta tarde.

Marcos G. Breuer, 5 de noviembre de 2021

(Se trata del texto que leí en el conversatorio organizado días pasados por el Nodo Córdoba de la RedBioética.)

Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher based in Athens, Greece.
Esta entrada fue publicada en Ética aplicada, Filosofía de la medicina, Filosofía política y etiquetada , , , , , . Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a La legalización de la eutanasia en Latinoamérica: ¿qué se ha hecho y qué queda por hacer?

  1. Irene dijo:

    Muy buen artículo, sobre todo cuando destacas las diferencias entre Latinoamérica y Europa/Estados Unidos. Dentro de Latinoamérica también hay diferencias, las de Venezuela con su comunismo trasnochado destacan sobre los demás países. De esas diferencias y con mucho temor escribí mi novela, La máscara del verdugo. Te dejo por aquí el enlace del artículo que escribí al respecto, donde explico mi temor a que esta distopía se convierta en realidad. Apreciaría mucho tu opinión sobre este tema, que ya hemos discutido antes por aquí. No estoy en contra de la eutanasia, la veo como un acto de misericordia, pero me aterran sus motivos. Gracias y saludos. https://mibitacoradigitalirenedesantos.com/2021/05/01/distopias/

  2. Muchas gracias, Irene, por tu comentario y por el enlace a tus reflexiones y tu historia de vida. Sí, me comprometo a hablar más sobre la buena vida y el envejecer bien, la otra cara de la moneda (en mi opinión). Si he dado tanto énfasis al derecho a la muerte voluntaria ha sido justamente por la importancia que para mí tiene la vida bien vivida… hasta el final. Es curioso que ya Tomás Moro haya sido un defensor de la eutanasia voluntaria. Mi defensa apasionada de la eutanasia voluntaria va de la mano de mi rechazo absoluto a toda forma de eutanasia impuesta por un Estado autoritario, del tipo que sea. Un abrazo y la seguimos.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s