Diario de la pandemia (15 de noviembre de 2021)

Los días pasados mis familiares y amigos argentinos me preguntaban alarmados, ¡¿pero qué está pasando en Grecia?! Y sí, entiendo su perplejidad, porque un país que venía llevando la pandemia –digámoslo así– relativamente bien, empieza ahora a formar parte de la lista de naciones de esa vasta región llamada Europa del Este que vuelven a ser noticia por el coronavirus. Claro que Grecia no está tan mal como otros países vecinos (Bulgaria, Rumanía y, más allá aún, Ucrania, por citar solo tres casos alarmantes), pero la situación parece estar yéndose de las riendas.

Tiro algunos datos para aclarar más el panorama: el número de contagios diarios pasó la barrera de los 8000, lo que implica un aumento del ciento por ciento respecto de la situación de hace nomás tres semanas. Ello ha venido de la mano de un aumento de las internaciones y, en particular, de los ingresos de pacientes en las unidades de terapia intensiva, complicando una realidad que, como ya decía en las entradas pasadas de este diario de la pandemia, era literalmente asfixiante.

Aclaro una cosa: no es que estemos pasando por una experiencia como la que tuvo Bérgamo o Madrid al inicio de la pandemia (afirmar tal cosa sería sensacionalismo), pero sí como la que tuvimos hace aproximadamente un año atrás, en la devastadora “tercera ola”. Aún hay camas en terapia intensiva para intubar a los nuevos pacientes, pero si se sigue a este ritmo tarde o temprano vamos a llegar al límite. A ojo de buen cubero diría que estamos en un 70 % de ocupación de camas con posibilidad de intubación. (Nota bene: 70 % a nivel nacional, porque en algunas regiones, por ejemplo en el norte de Grecia, la ocupación ya es total.)

Frente a este cuadro, es comprensible que el número diario de muertos también haya subido. Ayer, sin ir más lejos, hubo 80 defunciones. ¡Y pensar que yo hace un tiempito calculaba que podíamos tener 50 muertes diarias y eso me parecía exagerado!

¿Cuál es la causa principal de la profundización de esta cuarta ola? La de siempre: la negación de cientos de miles de personas en todas las franjas etarias a vacunarse. No quieren ponerse la vacuna porque se han intoxicado con teorías conspirativas de lo más ridículo o porque, sin ir tan lejos, prefieren aceptar el riego, repitiendo el consabido “vas a ver, a mí no me va a pasar nada”.

A mí este último grupo me recuerda a las personas que manejan a toda velocidad sin usar el cinturón de seguridad y con unas copas encima, justificándose con el “¡cuántas veces lo he hecho y no me pasó nada!”.

No obstante, en las estadísticas se va consolidando la presencia de un nuevo grupo, el de los mayores con diversos trastornos crónicos que se han puesto las dos dosis de la vacuna, pero hace ya más de seis meses. ¿Qué significa esto? Que haber hecho bien los deberes a comienzo de este año no alcanza: la tercera dosis o dosis de refuerzo es sumamente necesaria, y esto vale sobre todo para ese grupo tan vulnerable que es el de los mayores de 60 años con comorbilidad.

Y ya que estamos hablando de terceras dosis, les cuento que el viernes pasado me tocó el turno a mí. Llegué al hospital que me correspondía, me hicieron pasar sin más demora, una médica me preguntó primero si había tenido alguna complicación tras las dos primeras dosis (obviamente, no) y luego, en el consultorio de al lado, la enfermera me dio el pinchazo, esta vuelta en el brazo derecho. Por cierto, la vacuna empleada fue la de la Pfizer-BioNTech. Después esperé el cuarto de hora reglamentario “por si acaso” y, cumplido el plazo me volví a casa, esta vuelta sin selfi ni euforia, como había sido en el febrero pasado.

En el consultorio/vacunatorio de la derecha se leía «Johnson & Johnson», en el de la izquierda «Pfizer». En los asientos de la sala no había ni diez personas esperando.

Mientras esperaba que pasaran los quince minutos, llegó una mujer de unos cuarenta años, acompañada por su mamá, para ponerse la vacuna… No la tercera dosis, sino la primera. (Deduzco que las preocupantes cifras que arrojan día y noche los noticieros la terminaron de convencer; ¿o tal vez había cedido a los ruegos de la madre?.)

Mientras tanto, cuento los días para que la Unión Europea habilite la vacunación a los menores de 12 años. Esto lo digo no solamente porque esta cuarta ola empieza a afectar a un gran número de niños, sino por algo sin duda más banal: porque mi esposa y yo nos cansamos de hacerles test a las niñas, los que necesitan para ir a la escuela, para ir a las actividades extraescolares, para ir al cine los fines de semana, etc.

Les doy un ejemplo concreto: ayer fue la Maratón de Atenas, la que se celebra todos los años. Normalmente, yo voy con mis hijas caminando un par de quilómetros hasta el estadio olímpico, aquí le llaman Kalimármaro, donde está la meta. Esta vuelta no pudimos entrar al antiguo estadio porque no tenía conmigo los certificados de las chicas del día anterior. Un descuido mío, sin duda, pero para mí una razón más para ponerles a las chicas las vacunas no bien llegue la hora y olvidarnos del asunto.

Esta vez la entrada al Kalimármaro era solo para los que tenían el certificado de vacunación o de un test reciente.

No quiero sonar chabacán: claro que la molestia y el costo que implican los “self test” y los “rapid test” para mis hijas son despreciables habida cuenta de la situación nacional y mundial. La razón principal para vacunar a los niños es otra, no me cabe duda: la de protegerlos también a ellos de una eventual complicación. Es cierto que la probabilidad de que un niño termine enfermándose gravemente de covid es reducida, pero no despreciable; además, es mucho más grande la chance de que un menor termine convirtiéndose en paciente con COVID-19 persistente (o “long covid”), una categoría que con frecuencia no aparece en las estadísticas pero que no por eso carece de importancia.

Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher based in Athens, Greece.
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