Por qué votaría por el no en el referéndum boliviano

El próximo domingo 21 de febrero de 2016 tendrá lugar un referéndum en Bolivia. Si fuese ciudadano de ese país, votaría por el no, señalando mi total desacuerdo con la reforma del artículo 168 de la Constitución nacional. Ningún gobernante, ni de izquierda ni de derecha, debe permanecer en el poder por más de dos mandatos. Hace tres años escribí una entrada en este blog dando mis razones. Aquí la reproduzco:

La alternancia del gobierno es la esencia de la democracia

Tratar de precisar qué es la democracia es una empresa sumamente ardua pero necesaria a la vez. Vivimos en sociedades democráticas y nos enorgullecemos de eso –y con razón-. Pero ¿qué es la democracia? ¿qué caracteriza a las sociedades democráticas? Los politólogos se esfuerzan por dar una teoría de la democracia y los filósofos políticos tratan de resaltar los valores del sistema democrático: la discusión está más viva que nunca antes.

Los filósofos, por lo general, tienen una relación casi ambivalente con el fenómeno democrático. Por un lado, la democracia se les presenta como un bien que vale la pena defenderlo incluso con la vida. Por otro, la democracia, tal y como se da concretamente, dista mucho del ideal que tenían los ilustrados. La democracia real es una caricatura de la democracia ideal.

Pero la democracia es como la salud: sólo la valoramos cuando la perdemos.

Creo que las reflexiones de Norberto Bobbio sobre la democracia son sumamente valiosas y actuales. Es cierto que en la última década ha ocurrido una serie de acontecimientos importantes a nivel internacional que debe ser tenida en cuenta, pero la obra de Bobbio sigue siendo un punto de referencia para el debate.

Bobbio ha hecho popular una definición de democracia que, más allá de su aparente simplicidad, tiene un gran poder explicativo y, a su vez, ofrece una sólida guía normativa. En su libro Il futuro della democrazia, establece que

Por régimen democrático se entiende primariamente un conjunto de reglas de procedimiento para la transformación de las decisiones colectivas, en el cual está prevista y facilitada la participación más amplia posible de los interesados.

Concretamente: hay reglas claras e indelebles que establecen el modo en que han de sucederse los gobernantes y esto se da por votación universal. El “recambio” del poder, o, para ser más precisos, el recambio no violento y sin derramamiento de sangre del poder, es una característica central de la democracia. Y tal traspaso pacífico no se da gracias a un acuerdo entre el predecesor y el sucesor, sino (a) por medio de la voluntad de los ciudadanos expresada en las urnas y (b) mediante la aceptación de la clase política de las «reglas de juego». Nada más, ni nada menos.

Que esto esté muy lejos de lo que imaginaban y soñaban los ilustrados de derecha o de izquierda, es algo que no podemos poner en duda. Pero que esta regla, esta simple regla, sea reconocida y respetada a pie juntillas, es aún, en pleno siglo XXI, todo un desafío.

Hace unos días, la corte de un país latinoamericano decidió que el presidente de turno puede postularse para un tercer mandato. En Latinoamérica y en otras regiones del mundo se dan, una y otra vez, casos del estilo; intendentes, gobernadores y presidentes buscan y logran perpetuarse en el poder. Dejo de lado la discusión acerca de la validez de la sentencia de la corte en cuestión (¿se ha tratado de una sentencia de jueces independientes y serios?). Tampoco interesa aquí evaluar la gestión del político que nos ocupa, ni sus perspectivas a futuro, ni si los cambios que realizó eran imprescindibles y urgentes. En lo que creo que debemos ser intransigentes es en el principio democrático fundamental de que hablaba Bobbio. Por excelente que sea un presidente, tras el segundo mandato, es necesario que traspase el poder a su sucesor. Toda constitución decente debe prohibir estrictamente el tercer mandato. La alternancia en el poder es el meollo de la democracia. Es preferible un gobierno de mediocres pero respeten a rajatabla esa regla, al gobierno por tiempo indefinido de una sola persona, por más liderazgo, competencia y honestidad que tenga. El respeto de las “reglas de juego” es el indicador más importante de la madurez política de una sociedad.

Existen otros argumentos contra un “tercer mandato”, que son de orden pragmático (y que uno pensaría que todo gobernante más o menos astuto debería tener presente…). Realmente me cuesta encontrar siguiera cinco casos de gobernantes que hayan hecho un buen tercer mandato. El poder desgasta.

Concluyo: es de vital importancia el respeto incondicionado a las reglas del juego democrático. Y no se trata de “fetichismo de las reglas”, sino de entender que la mejor «obra de gobierno» que puede hacer un político es contribuir a fortalecer la vigencia de las leyes, sobre todo de la ley que fija en dos mandatos el tiempo máximo de permanencia de un dirigente en el poder y que obliga al traspaso pacífico del mando a su sucesor.

Nota: con motivo de la segunda vuelta en las elecciones presidenciales argentinas de 2015 escribí un artículo retomando estas ideas. Ver aquí.

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¿Cuán válido es el argumento de la «falta de autonomía»?

Los defensores de la legalización de la eutanasia basamos nuestra argumentación en la autonomía de la persona: en última instancia, es el individuo quien puede y debe decidir cómo terminar sus días. Sin embargo, algunos opositores de la eutanasia sostienen que la autonomía es más un ideal que una realidad; los seres humanos, dicen, no son siempre autónomos ni eligen libremente según sus convicciones y preferencias. Por ello, concluyen, si se legalizara la práctica eutanásica, muchos pacientes -sobre todo, aquellos enfermos sumamente vulnerables a causa de su estado físico y mental-, terminarían optando por la eutanasia no en virtud de una decisión libre, sino por lo que los parientes, el personal médico, etc. esperan de ellos (o por lo que ellos creen que los parientes, etc., esperan de ellos).

Lo cierto es que nadie duda de que la autonomía de la persona sea un ideal al que debemos aspirar y no una realidad incontrovertible. Sería necio afirmar que los individuos actúan siempre o, al menos, la mayoría de las veces autónomamente. Basta hojear un par de libros de psicología o sociología para convencerse de cuán poco autónomos somos y para asombrarse de cuántos elementos condicionan nuestra voluntad, incluso en los momentos en que nos sentimos plenamente libres.

Pero, por otro lado, la autonomía no es una ficción. En efecto, el derecho moderno se basa en la noción del individuo en tanto ser esencialmente autónomo. Todos los derechos y las libertades consagradas en nuestras leyes presuponen la autonomía de la persona.

Si debiéramos tomar en serio el argumento conservador centrado en la falta de autonomía del individuo, entonces estaríamos obligados a suspender la mayoría de los derechos de que gozamos. Tomemos como ejemplo el derecho al matrimonio; ¿quién puede negar que, al menos en algunos casos, los novios terminan casándose en razón de presiones sociales o familiares? O pensemos en el derecho al voto: ¿no habría que dejarlo sin efecto, ya que innumerables ciudadanos votan por tal o cual partido como resultado no de una elección libre, sino de la propaganda política?

Por otra parte, los críticos olvidan que legalizar la eutanasia no implica «darle luz verde al médico para que ejecute sin ningún tipo de reparo el deseo que acaba de expresar el paciente». Muy por el contrario, legalizar la eutanasia significa fijar claramente una serie de condiciones que deben ser reunidas antes de que se la practique, condiciones que aseguren que la petición del paciente ha emanado de una opción libre e informada. Por ejemplo, una de las condiciones ha de establecer un plazo de al menos una semana entre la primera solicitud del paciente y su confirmación. Otra condición ha de determinar la necesidad de que se realice un peritaje en caso de que alguno de los médicos sospeche que el paciente ha sido manipulado, etc.

(Nótese que el derecho al matrimonio o al voto también están protegidos por una serie de condiciones y de procedimientos destinados a garantizar al menos un mínimo de autonomía: por caso, nadie puede casarse si no reúne una cierta edad, si no tiene a dos testigos, etc.)

Además, si debiéramos continuar prohibiendo la práctica de la eutanasia voluntaria por el argumento de la falta de autonomía, entonces deberíamos volver a dejar sin efecto el derecho que tiene todo paciente terminal de oponerse a nuevos tratamientos considerados desproporcionados o, directamente, fútiles. ¿Quién puede garantizar que también aquí el paciente no hace uso de su derecho en función de las presiones sociales que siente o cree sentir?

Afirmar que la autonomía personal no es un hecho totalmente consolidado sino un ideal no ha de ser un motivo para suspender los derechos individuales; muy por el contrario, ha de constituir el móvil para promover el desarrollo de la toma autónoma de decisiones en todos los ciudadanos. Ya Immanuel Kant en un breve ensayo de 1784 escribía:

«La pereza y la cobardía son las causas de que un número tan grande de hombres, una vez que la naturaleza los ha liberado desde hace mucho tiempo de la dirección externa […], no obstante continúen con gusto a lo largo de toda su vida en la minoría de edad; y son también la causa de que a otros les resulte tan fácil erigirse en sus tutores. […] El hecho de que la inmensa mayoría de la humanidad […] considere el paso hacia la mayoría de edad moral no solamente fatigoso sino también peligroso: de ello bien se ocupan aquellos tutores que bondadosamente han asumido para sí la supervigilancia de todos.» (en: «Beantwortung der Frage: Was ist Aufklärung»)

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El argumento de la pendiente resbaladiza y el «caso holandés»

Mi libro sobre la eutanasia incluirá una sección dedicada a analizar el «caso holandés». La razón es que algunos críticos ven en Holanda, el primer país que legalizó la eutanasia, un ejemplo meridiano de lo que indica el así llamado «argumento de la pendiente resbaladiza». Según este argumento, una sociedad que comienza tolerando y que incluso llega a despenalizar y legalizar la muerte voluntaria, tarde o temprano termina aceptando la práctica de la eutanasia forzada o sin el consentimiento del paciente. En otras palabras, el argumento sostiene que un caso aislado de eutanasia voluntaria o de suicidio medicalmente asistido puede no constituir, como tal, un acto ilícito o problemático, pero que la práctica sistemática de la muerte voluntaria, incluso regulada por la ley, corre seriamente el riesgo de caer en el abuso (en particular, en que se termine la vida de muchos pacientes vulnerables contra su voluntad o sin siquiera haberlos consultado y en que se proceda por motivos espurios, como el deseo de «sacarse de arriba una carga»).

Creo que hay buenas razones para pensar que el argumento de la pendiente resbaladiza no es válido. Hay sectores reacios a ciertos cambio que defienden su postura argumentando que la introducción de una nueva práctica (la eutanasia voluntaria, el divorcio, el aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo, la adopción de niños por parte de parejas homosexuales, etc.) traerá consecuencias nefastas para toda la sociedad, ya que (se dice) cuando se cuestiona un principio milenario, se erosiona nuestra psicología moral. En otro post analizaré con más detalles este tipo de razonamiento. Por el momento, me limito a anticipar mi conclusión: el «argumento» de la pendiente resbalosa no es más que un ropaje para enmascarar el temor, el miedo o la aversión que a muchos les genera el cambio.

Pero más allá de si el argumento de la pendiente resbaladiza es válido o no, lo cierto es que Holanda no representa un ejemplo de una sociedad que, por haber comenzado a tolerar la práctica de la eutanasia voluntaria, ha caído en abusos. Y esto lo digo por tres razones:

En primer lugar, la práctica de la eutanasia comenzó a tolerarse en Holanda a comienzos de la década de 1970 y el primer estudio exhaustivo sobre el tema, el «Informe Remmelink», data de 1990. Así que no podemos saber si en esos veinte años ha ocurrido o no el desliz de que hablan los críticos. No hay datos confiables que nos permitan afirmar ni una cosa ni la opuesta.

En segundo lugar, los informes que se han realizado periódicamente desde 1990 en adelante muestran que los casos de abuso han venido disminuyendo, y no aumentando. Por ejemplo, en 1990 se contabilizaban 1000 casos de eutanasia activa practicada sin el consentimiento escrito del paciente. Cinco años después, el número había descendido a 900. Se trata, sin duda, de una cifra «alarmante» para un defensor de la autonomía de la persona como yo, pero la tendencia es clara: la despenalización y la regulación de la práctica eutanásica no han llevado a los Países Bajos a «descarriarse» y «caer en la barbarie», como se sugería, sino, por el contrario, a ir mejorando la situación (aunque a un ritmo más lento que el deseable).

En tercer lugar, ¿quién nos garantiza que en una sociedad como la argentina o la griega, en la que se condena la eutanasia voluntaria y no se dispone de estudios empíricos serios exhaustivos sobre la fase final de vida de sus ciudadanos, no se den más casos de abusos que en Holanda? Es innegable que en muchos países se comete todo tipo de abusos, solo que esos casos aberrantes no salen a la luz. Holanda ha tenido la valentía de legalizar la eutanasia voluntaria y de llevar a cabo estudios científicos que muestran cómo terminan efectivamente sus vidas los más de cien mil muertos que tienen por año, sin esconder nada. Sinceramente, no creo que en Argentina o en Grecia se dé, en cifras relativas, un número menor de «atropellos», por ejemplo, de eutanasias sin el consentimiento del paciente, que en Holanda.

Con lo anterior no quiero dar a entender que, para mí, en los Países Bajos esté «todo bien». Ha habido y sigue habiendo casos sumamente preocupantes y reprobables. Es necesario revertir esa situación, de modo que nunca más se practique una eutanasia forzada y que toda práctica de la eutanasia voluntaria respete las condiciones y los procedimientos que se han establecido. Ahora bien, ni Holanda es un ejemplo del desliz en el que presuntamente caería una nación que comienza tolerando la eutanasia, ni allí la situación ha sido más deplorable que en otros países que prohíben (no sin fariseísmo) toda forma de muerte voluntaria.

¿Qué irregularidades debe corregir Holanda? He aquí las principales:

  • Antes de practicar la eutanasia activa, el médico debe contar con la solicitud escrita del paciente. (Si el paciente no puede escribir, ha de recurrirse a otro medio, por ejemplo, a una declaración oral grabada frente a un notario.)
  • Antes de practicar la eutanasia, el médico debe consultar a dos colegas más que no hayan estado siguiendo el caso hasta ese momento. El aval de los colegas es esencial antes de seguir adelante.
  • Una vez practicada la eutanasia, el médico está obligado a declarar lo ocurrido ante las autoridades competentes. En ningún caso ha de expedirse aquí un certificado de muerte indicando que se ha tratado de una muerte natural.
  • Antes de practicar la eutanasia pasiva (la interrupción de los tratamientos y del sostén vital en pacientes terminales) o la eutanasia indirecta, el facultativo ha de contar con la solicitud escrita del paciente y consultar a dos colegas, tal como se indicaba para los casos de eutanasia activa directa.

Una última observación: Holanda no es el único país que legalizó la muerte voluntaria. Bélgica, por ejemplo, introdujo la eutanasia pocos meses después, y allí no se constatan las irregularidades de sus vecinos del Norte. El estado de Oregón, en Norteamérica, ya había legalizado el suicidio asistido a mediados de la década de 1990; tampoco allí se han registrado tantos casos problemáticos como en Holanda. Yo insisto en que en Holanda no se cometen más abusos que en otras sociedades más conservadoras, pero incluso aceptando que ello pueda ser cierto: Holanda no es el único país que ha legalizado la muerte voluntaria, y las experiencias de Bélgica, Luxemburgo, Oregón, Vermont, Suiza y otros han sido claramente más positivas.

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Muerte voluntaria, buen morir y calidad de vida en Tomás Moro

Por lo que sé, Tomás Moro (1478-1535) no emplea el término «eutanasia» en su Utopía (1516). El primer escritor que reintroduce esa voz, tras el largo paréntesis de la Edad Media, es Francis Bacon en su El avance del saber (1605). Sin embargo, Moro ofrece algunas reflexiones muy interesantes (¡y muy actuales!) sobre el buen morir y la muerte voluntaria.

Partamos del hecho de que la Utopía condena vehementemente el abuso que en el siglo XIV se hacía de la pena de muerte. Para Moro, la vida humana es un bien sumamente precioso. Por lo tanto, los delitos comunes, como el robo, no pueden pagarse con la muerte; esto es algo excesivo. Ello no significa que haya que dejar impune a los malhechores, pero sí castigarlos con una pena acorde a la falta. Para Moro, la pena capital debe restringirse a poquísimos casos.

Por otro lado, Moro condena toda guerra que no sea legítima, y legítima puede ser, para él, sólo la guerra de defensa. Todas las demás guerras, las nacidas de las ambiciones políticas, militares o económicas de los monarcas y sus ministros, sólo merecen nuestro repudio. No hay mayor muestra de desprecio a la vida humana que la guerra carente de justificación ética.

Señalo estos dos aspectos para que no se piense que Moro fomenta una suerte de «cultura de la muerte» al defender lo que hoy llamaríamos «la práctica de la eutanasia voluntaria y el suicidio médicamente asistido». Por el contrario, para Moro debemos organizar la sociedad y el Estado de tal modo que todos los ciudadanos podamos llevar una vida digna y agradable, libre de aquellos sufrimientos que podemos evitar y que nacen de la miseria, la inseguridad, la intolerancia y la ambición desmedida. De hecho, Utopía es una isla imaginaria en la que sus habitantes participan por igual del bienestar material que todos ayudan a producir, en la que todos forman parte de una red de asistencia social y contención, en la que todos se respetan mutuamente en lo que hace a sus creencias religiosas y estilos de vida, etc.

Utopía no es, por cierto, una sociedad perfecta, pero sí una sociedad en la que se han erradicado las causas de muchos males que afligen a nuestro mundo.

La creencia de que el enfermo terminal no puede disponer de su vida, ya que la existencia humana sería «sagrada» y, por ende, «intocable», es uno de esos aspectos que ocasionan mucha infelicidad innecesaria en el mundo.

En la isla de Utopía, todo paciente recibe, por igual, el mejor tratamiento médico que pueda ofrecérsele. Si el paciente sufre una enfermedad incurable, ha de tener acceso a los cuidados paliativos, al mayor bienestar posible para sus últimos días y, sobre todo, al alivio del dolor, en cuanto sea posible. Ahora bien, si un enfermo en tales condiciones no desea seguir viviendo más, tras haber recibido la autorización de las autoridades eclesiásticas y civiles, ha de poder acelerar la llegada de su muerte. Escribe Moro:

«Tratan [en Utopía] a los enfermos con grandes cuidados, sin omitir medicinas ni alimentos capaces de devolverles la salud. Acompañan a los incurables, les dan conversación y les proporcionan, en una palabra, cuanto sea susceptible de aliviar su mal. Si se trata de una enfermedad sin remedio y de continuo dolor, los sacerdotes y magistrados hacen ver al paciente que, pues ya es inútil para los trabajos de la vida, molesto para los demás y una carga para sí mismo, no quiera alimentar por más tiempo su propia peste y corrupción; que siendo su vida un tormento no vacile en morir, antes tenga esperanza de librarse de una vida semejante, como de un potro o tormento, dándose la muerte o consintiendo que otro se la dé; persuádenle a que así obrará sabiamente, a que la muerte será no un mal, sino el término de sus suplicios, y a que siendo éste el consejo de los sacerdotes, intérpretes de la voluntad divina, obrará de manera santa y piadosa.»

Es interesante notar como Moro, tras defender la muerte voluntaria, condena claramente la eutanasia forzada: si alguien, a pesar de su estado terminal y del consejo de las autoridades, no quiere morir, entonces hemos de respetar su voluntad y continuar acompañándolo. Así como no se le puede impedir a un paciente terminal que ponga fin a su vida, si eso es lo que realmente desea, del mismo modo no se le puede obligar a un enfermo a optar por la eutanasia, si no es tal lo que quiere.

«A ninguno, empero, eliminan contra su voluntad, ni dejan de prodigarle sus cuidados, persuadidos a que de este modo obran honradamente.»

En mi opinión, hay otro aspecto que hace a Tomás Moro increíblemente moderno: su énfasis en que el valor la vida humana depende en gran medida de la calidad que esta tenga. La vida merece ser vivida mientras se viva con calidad. Si se vive mal, especialmente a causa de una enfermedad incurable y penosa, de la senectud, etc., entonces la vida pierde su valor. Obviamente, es el individuo quien debe decidir si quiere seguir viviendo o no en tales condiciones. Pero el caso es que la vida humana no tiene valor independientemente de cómo se vive. Y este pensamiento no lo expresa el ideólogo de un régimen racista y eugenésico, sino un escritor renacentista que se declara contra el abuso de la pena de muerte, las guerras, la explotación económica y la intolerancia religiosa.

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Tolerancia y pluralismo

John Rawls decía que la tolerancia se ha vuelto nuestro modus vivendi, nuestro modo de vida. Las guerras que hemos padecido a lo largo de la historia, en especial aquellas surgidas de la intolerancia religiosa o ideológica, nos enseñado algo: que es mejor aprender a tolerar al otro, a los individuos y a los grupos que son distintos de nosotros, ya que no hay alternativas razonables a la tolerancia. Ser intolerante es, o bien querer asimilar al otro por la fuerza (hacerlo despiadadamente uno de nosotros), o bien pretender aniquilarlo, borrarlo completamente de la faz de la tierra. Ambos cursos de acción son éticamente reprobables. Además, raramente el otro permanecerá pasivo ante nuestra agresión. Es comprensible que busque defenderse. Como nuestra intolerancia alimentará la suya, terminaremos todos arrastrados en una espiral ascendente de violencia y destrucción.

La tolerancia no es solo una idea, es también -y sobre todo- una virtud, una disposición moral que nos lleva a soportar al otro, a aguantarlo, mal que nos pese. La tolerancia es una virtud sustentada por la prudencia. El hombre prudente, al reflexionar, ver la conveniencia de adoptar una postura tolerante, una forma de vida basada en el respeto al otro.

Por cierto, quien busca trascender los (estrechos) límites de la prudencia, esto es, quien busca ir más allá del interés propio promovido de manera sagaz, desarrollará una sensibilidad moral que lo hará superar la tolerancia hasta arribar al pluralismo, es decir, hasta aceptar plenamente al otro como distinto. El tolerante acepta al otro a pesar de las diferencias. El pluralista, en cambio, acepta al otro plenamente, reconociendo esas diferencias.

El pluralista entiende que la mayor ofrenda que uno le puede brindar a otro ser humano es aceptarlo como tal, con su forma distinta de pensar y de ser. Igualmente, la mayor consideración que me puede ofrecer el otro es aceptarme tal como soy, no ya «a pesar de» mis particularidades, sino con todas ellas.

El pluralista acepta al otro íntegramente porque es capaz de identificarse con él. En cierto modo, ve en el otro una forma posible de realización personal. «También mi destino hubiese podido ser el destino de ese que, a primera vista, detesto. Yo podría ser él.»

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Eudemonía y desarrollo de las competencias

Estoy preparando una charla que voy a dar sobre la concepción aristotélica de la felicidad, el eudemonismo. Podríamos decir que, para Aristóteles, la felicidad o eudemonía es un estado fuertemente arraigado en nuestra psique y caracterizado por la plenitud, por el rebozar de satisfacción, el sentirse habitado por un buen genio, esto es, por un eu-daimon, un buen demonio.

Según Aristóteles, la eudemonía es el bien supremo al que aspira todo hombre, y es justo que así sea. Todos buscamos la felicidad por sí misma, no como un medio para dar con otra cosa. La felicidad es el fin último del obrar humano.

Ahora bien, la eudemonía no es algo ni totalmente independiente ni totalmente dependiente de la suerte o la buena fortuna, la týche. Para poder ser feliz se necesitan ciertos bienes, muchos de ellos ajenos a nuestra voluntad (por ejemplo, el nacer en una familia que nos nutra, nos eduque y nos brinde afecto); pero, arribar a la felicidad es también el resultado de una decisión humana, no algo que inexplicablemente nos depara el destino, sino la consecuencia de una elección.

En la Ética Nicomáquea, el autor señala que alcanzar la felicidad implica el ejercicio continuo de las virtudes. La eudemonía es una suerte de estado que corona una vida virtuosa.

El hombre es un ser que se caracteriza por poseer ciertas capacidades o, para utilizar el término griego, aretés, o sea, excelencias. Existen, siempre según Aristóteles, excelencias de dos tipos en el ser humano: éticas y dianoéticas. Con esto llegamos a las virtudes éticas y virtudes intelectuales, virtudes que tienen que ver con el obrar correctamente y virtudes que tienen que ver con el pensar correctamente.

Los animales no pueden ni obrar (en el sentido de «actuar ética y políticamente» -lo que se resume en el concepto griego de práxis-), ni tampoco son capaces de pensar, ya que les falta el lenguaje/razón, el logos. El hombre es, esencialmente, el animal que tiene logos.

En mi opinión, si el individuo contemporáneo debiera especificar en qué consiste la eudemonía, respondería algo más o menos así: «En la autorrealización. Un hombre feliz es un hombre que puede realizarse completamente.»

Aquí uno podría indagar, ¿realizarse en qué ámbitos? De nuevo, sospecho que la respuesta sería: «Realizarse en la esfera familiar y profesional». No hay duda de que la familia y el trabajo son los dos pilares sobre los que se asienta la existencia del individuo de nuestros días.

Quisiera notar aquí una similitud y una diferencia con Aristóteles. Empiezo por la primera. Para la concepción contemporánea de felicidad, también hay «excelencias» o, para usar un término que hoy suena más preciso, «competencias», cuyo despliegue, desarrollo y ejercicio continuo constituyen una fuente de dicha.

La diferencia entre la concepción actual y la aristotélica radica en cuáles son las competencias a desarrollar. Como decía, para Aristóteles son dos, resumidas en los términos de virtudes éticas y virtudes dianoéticas. Al final de sus días, el hombre que ha sido virtuoso y que ha dedicado sus energías a la filosofía será feliz.

Difícilmente diríamos que esto es lo que entendemos en nuestra época por lograr una vida plena. Pleno es el que ha formado una familia sólida y se ha destacado profesionalmente, en un trabajo que le ha permitido desarrollar sus capacidades intelectuales, sociales, etc., incluso cuando esa ocupación poco tenga que ver con la filosofía.

¿Y qué pasa si un individuo en nuestros días no forma una familia, por los motivos que fuere? ¿Puede arribar a la eudemonía? Creo que la mayoría diría que sí, porque (y este es un punto sobre el que he vuelto un par de veces en este blog) el trabajo es la esfera más importante para nuestra cultura: somos una «sociedad del trabajo». Es el trabajo, y sólo en segundo lugar la familia, lo que constituye primordialmente la identidad del hombre moderno.

Para Aristóteles, el griego (que era hombre, y no mujer; adulto, y no niño; libre, y no esclavo) era una persona que, o bien no necesitaba trabajar por poseer una fortuna familiar, o bien estaba obligado a trabajar, pero lo consideraba tan solo como una tarea necesaria para vivir. Sea que debiera trabajar o no, lo central es que el griego debía dar lo mejor de sí en el ejercicio de sus virtudes éticas y dianoéticas.

La Ética Nicomáquea es lo suficientemente ambigua como para sugerir dos lecturas. La primera es la que vengo exponiendo: que el hombre pleno es el que puede ejercer sus virtudes éticas e intelectuales a lo largo de su vida, con lo cual se arriba a un punto muy cercano al misticismo: el místico es aquel ocupado principalmente en vivir éticamente y en contemplar la Realidad última, detrás de las apariencias que constituyen este mundo.

La otra lectura es más cercana a nuestra concepción contemporánea: es cierto que Aristóteles insiste en el desarrollo de las excelencias éticas e dianoéticas, pero también menciona otras actividades en las que el hombre puede destacarse y realizarse: la política (como el buen gobierno de la polis), la guerra (la defensa de la polis) y el arte (sea en el arte que busca procurar goce estético: la música, la poesía, el teatro, la pintura, la arquitectura, la escultura, como así también en el arte que se propone crear objetos útiles para la vida, como calzados, casas, etc., lo que hoy llamaríamos industria).

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Interrupción de tratamientos fútiles y eutanasia

Esta mañana un joven me decía que él no estaba de acuerdo con la legalización de la eutanasia porque, sostenía, no se puede estar seguro de si el paciente ha expresado su voluntad libremente. En concreto, afirmaba que un paciente puede optar por terminar con sus días debido a las presiones que, directa o indirectamente, ejerce la familia o el medio sobre él. Por ejemplo, el paciente puede sentirse una «carga» para los allegados (una carga económica, una fuente de preocupaciones, de angustias, de obligaciones adicionales para los hijos, etc.) y por ello (solo por ello) querer abreviar su fase final. Así, la petición de que se le practique la eutanasia no estaría motivada por el objetivo de alcanzar una buena muerte, sino por presiones externas (reales o imaginarias).

Mi respuesta a este argumento (por cierto, un argumento bastante frecuente en las discusiones en torno al tema de la eutanasia) consta de dos partes.

En primer lugar, la legalización de la eutanasia implica la introducción de mecanismos de supervisión y control. Así, si el médico a cargo del paciente o un colega de este sospechan que la decisión ha sido influenciada por terceros o por ciertas fantasías del enfermo, entonces deben considerar la solicitud como inválida. Lo mismo sucede en todos los otros casos en que un individuo toma decisiones de trascendencia. Para poner un ejemplo sencillo: si el funcionario del registro civil que está por casar a María y a Pedro sospecha que uno de los novios contraerá matrimonio contra su voluntad, tiene la obligación, antes de continuar, de cerciorarse de si su duda es fundada o no. La misma responsabilidad asumen los testigos de la boda. Legalizar la eutanasia, como legalizar el matrimonio civil, no significa dar luz verde y dejar que se haga cualquier cosa, sino regular lo mejor posible una práctica social, tras haberla aceptado.

La segunda parte de mi respuesta es algo más compleja, pero igualmente importante. De hecho, le pregunté a mi interlocutor si él estaba de acuerdo con que el paciente terminal pudiera optar por la interrupción o el no inicio de los llamados «tratamientos fútiles». Su respuesta fue clara: sí, estaba a favor de que los pacientes tuvieran ese derecho (un derecho, dicho sea de paso, contemplado en la mayor parte de los países occidentales y aceptado por las principales religiones: cristianismo, islamismo, judaísmo, budismo, etc.). Entonces le pregunté cuál era la diferencia, si es que había una, entre la práctica de interrupción de los tratamientos fútiles y la eutanasia activa voluntaria.

El punto es este: si alguien se opone a la eutanasia alegando que la decisión del enfermo puede ser espuria, la misma razón debe señalarse respecto a la decisión de interrumpir los tratamientos. ¿Quién me garantiza que el paciente x no haya decidido interrumpir las terapias que lo tenían en vida por sentirse una carga para la familia o la sociedad? Si usamos esa razón para prohibir la eutanasia activa voluntaria, debemos utilizarla -a ello nos fuerza la lógica- para prohibir la interrupción de tratamientos fútiles (esto es, la eutanasia pasiva voluntaria).

Por supuesto, dejar sin efecto el derecho del paciente a rechazar los tratamientos fútiles nos llevaría a la proliferación de casos de encarnizamiento terapéutico, y con ello volveríamos a un estadio horrendo de la historia de la medicina, estadio del que, por fortuna, estamos saliendo trabajosamente. Si alguien quiere someterse voluntariamente al encarnizamiento (terapéutico o del tipo que fuere), allá él; pero ese no es el destino que debe aguardar a los ciudadanos que viven en sociedades con un grado relativamente alto de desarrollo biotecnológico.

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«Pro choice», sí; «pro eutanasia», depende

Los otros días alguien (acababa de decirle sin más detalles que estaba escribiendo un libro sobre la eutanasia) me preguntó: «Pero ¿usted está a favor o en contra de la eutanasia?» Hablamos un rato del tema, le expuse mi posición y luego nos despedimos. Lo positivo del encuentro fue que me ha hecho ver claramente que la pregunta «¿Usted está a favor o en contra de la eutanasia?» está mal formulada. Me explico.

Si alguien me preguntara: «¿Usted está a favor o en contra del divorcio?», mi reacción sería decir inmediatamente: «¿Del divorcio de quién? Porque así, en abstracto, el interrogante no me dice nada. Aquí es necesario especificar. En algunos casos, el divorcio puede ser el paso adecuado a dar, cuando una pareja ya no puede seguir junta, pero no en otros. Una pareja puede estar pasando por un momento crítico, pero tal vez requiere esa experiencia para afianzarse como familia. ‘Divorcio, sí’, ‘divorcio, no’ no son recetas que puedan darse a priori, antes de conocer y analizar cada caso en particular.»

Y lo mismo sucede con la eutanasia. Si un paciente solicita ayuda médica para terminar con su vida, mi respuesta no va a ser «sí» o «no» antes de conocer el caso. ¿Se trata de un paciente terminal o no? ¿qué lo motiva a pedir ayuda a la muerte voluntaria? ¿Hay alternativas viables para tratar su sufrimiento físico y moral? Su petición, ¿es producto de una decisión informada, libre y responsable?

Por eso insisto en que la pregunta central de mi libro no es si existen argumentos a favor o en contra de la eutanasia (eso se deberá evaluar en cada caso singular), sino determinar cuáles son las razones a favor o en contra de la legalización de la eutanasia. Hay una diferencia muy importante entre estar a favor de la eutanasia y estar a favor de la legalización de la eutanasia.

En mi opinión, el punto central está en establecer un nuevo marco legal que permita el recurso a la eutanasia voluntaria para quien así lo necesite y lo desee. Ojalá todas las parejas fueran felices y no necesitaran del divorcio, pero lo cierto es que no podemos cerrar los ojos a la realidad: en algunos casos el divorcio es un recurso indispensable y está bien que esté legalizado (en Argentina, por ejemplo, hace solo treinta años que el divorcio está permitido). Ojalá todos los enfermos terminaran sus vidas de manera natural, rápida e indolora, pero acá tampoco podemos mirar para un costado. Es necesario legalizar la práctica de la eutanasia voluntaria.

Si tuviera que definir mi posición en dos palabras, no diría que soy «pro eutanasia», sino, como en inglés, «pro choice», que estoy a favor de que cada uno puede elegir libremente lo que le conviene en lo que concierne a cómo terminar sus días.

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Filosofía experimental, ¿solo una moda académica?

Los otros días publicaron una reseña que escribí hace unos meses a propósito del libro de Joshua Alexander, Experimental philosophy. An introduction. Allí trato de analizar hasta qué punto es pertinente el enfoque de los «filósofos experimentales». La filosofía experimental, ¿es solo una nueva moda intelectual o puede ofrecer algo realmente original e interesante para abordar las tradicionales cuestiones de nuestra disciplina?

La reseña apareció en Logical Analysis and History of Philosophy. Este es el enlace.

LAHPVol18

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La obligación de consultar al paciente

El actuar médico está regido por una serie de principios éticos, entre los que se destacan dos: el principio de esforzarse por devolverle la salud al enfermo y el principio de evitar que el enfermo sufra, cuando ya no es posible curarlo.

Estos dos principios se enmarcan dentro de un principio médico superior, el de beneficencia (bonum facere), que cuenta con una larga tradición en nuestra cultura.

Como salta a la vista, el principio de beneficencia es, de por sí, demasiado ambiguo para servir de guía. Por ello, en épocas pasadas se lo ha interpretado de maneras diversas, según lo que en tal o cual sociedad se entendía por «hacer el bien».

En nuestra cultura, al menos en la cultura que se instauró después de la Segunda Guerra Mundial, se ha consolidado una nueva interpretación del principio médico en cuestión, centrada en respetar la voluntad informada del paciente. Así, el médico no puede decidir qué hacer con el paciente desconociendo su voluntad o, peor aún, contrariándola.

Aquí surge una serie de problemas, problemas nacidos del conflicto entre lo que establecen los principios médicos tradicionales, por un lado, y lo que señala la nueva ética centrada en la autonomía del paciente, por otro.

El médico tiene la obligación de escuchar y respetar la voluntad del paciente, sobre todo cuando este desea expresar sus preferencias. Si la voluntad del paciente determina un curso de acción que difiere del curso de acción señalado por el médico, entonces el facultativo puede dialogar con el enfermo y exponerle sus razones para que eventualmente reconsidere su situación y cambie de opinión. No obstante, si el paciente insiste en que se respete su elección (y si está claro que elegido de manera libre y responsable), entonces el médico debe atenerse a la voluntad del principal interesado: el paciente.

Pero también hay que considerar que aún no se ha extendido y consolidado suficientemente la cultura basada en la ética de la autonomía del paciente. Lamentablemente, la realidad es que la mayoría de los pacientes no deciden, no toman decisiones claras sobre su salud y su futuro. Esto se manifiesta patentemente en el hecho de que incluso en los países que más se jactan por haber recibido la herencia del Iluminismo, es una minoría la que redacta un testamento biológico o rellena simplemente un módulo en el que se expresan sus directivas anticipadas de tratamiento.

Pongamos un ejemplo: cuando un paciente gravemente enfermo está internado en un hospital, su silencio o su renuencia a expresar su voluntad se interpreta como un mandato: «Que sean otros los que decidan por mí» (entendiendo por «otros» al médico, a los familiares, etc.). En ningún otro lugar es más cierto eso de que «quien calla, otorga».

Que quede claro que no estoy defendiendo el paternalismo en medicina. Lo que sí digo es que, cuando el paciente no expresa lo que quiere (sea por cobardía, por pereza o por preferir que sea otro el que decida por él), entonces no queda más que aceptar la «lógica» que rige la práctica médica de los hospitales, clínicas, etc.

La autonomía no es una cualidad que cae del cielo, como la belleza, que puede ser un don natural. Es una competencia que se adquiere tras un duro combate y que se mantiene gracias a una vigilancia estricta. (En todo caso, lo que convendría es propiciar el empoderamiento del ciudadano para que se vuelva un paciente éticamente autónomo.)

Concluyo: no se puede culpar sin más a un médico (1) si este actuó de buena fe, (2) si actuó siguiendo los principios tradicionales de la medicina, y (3) si en ello el paciente no se opuso al curso de acción que quería emprender el facultativo: una operación, una terapia farmacológica determinada, etc. Lo que sí es legítimo, es reprocharle al médico el hecho de haber actuado sin al menos intentar consultar al paciente o a sus allegados. En la sociedad actual, el médico tiene la obligación de consultar al paciente antes de emprender un tipo determinado de tratamiento. Esta obligación se corresponde con el derecho -pero también c0n el deber moral del paciente- de formarse una voluntad y de expresarla claramente. Si el paciente calla, si el paciente rechaza la proposición del médico a manifestar sus preferencias, entonces al profesional no le quedará otra que actuar «como un buen padre» que busca lo que, según su opinión, es lo mejor para sus hijos.

 

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