Legalización de la eutanasia voluntaria: el «argumento pragmático»

Un argumento a favor de la legalización de la eutanasia voluntaria y el suicidio asistido es el siguiente: nos guste o no, lo cierto es que la muerte voluntaria es una práctica presente en toda sociedad; por tanto, al despenalizar y regular mediante leyes tal actividad, lo que estamos haciendo es, esencialmente, contribuyendo a que se dé de manera clara y legal algo que, de lo contrario, se desenvolvería en la clandestinidad, con todo los riesgos que eso tiene.

En este blog he escrito dos o tres entradas insistiendo en esto: el hecho de que en un país como Argentina (del que soy oriundo) o Grecia (en el que vivo) la muerte voluntaria esté prohibida no es ninguna garantía de que no se practique. Antes bien, se practica, pero de modo velado. En toda sociedad hay pacientes terminales que quieren poner fin de una buena vez a la agonía inútil, y hay médicos y enfermeros dispuestos a asistirlos en tal propósito, solo que la prohibición hace que la eutanasia voluntaria y el suicidio asistido deban llevarse a cabo ocultamente. Si la fase final es ya una tortura para esos pacientes, la clandestinidad sólo ayuda a incrementar la ansiedad y la amargura de los últimos momentos.

Esta mañana leí un artículo de Jean-Claude K. Dupont, escrito en 2002, poco después de la legalización de la eutanasia voluntaria en Bélgica. El autor menciona dos veces que la motivación principal de los legisladores belgas no era sino el de legalizar una práctica difundida en toda la nación, la de ayudar a morir al paciente terminal que así lo deseara. Cito:

«Según el legislador belga, la ley sobre la eutanasia no tiene como fin ni interferir en el ejercicio de la medicina ni postular un cierto número de valores concernientes a una hipotética ‘buena muerte’. Ella se propone, por el contrario, una mejor aprehensión jurídica de la realidad de la medicina, en lo que toca a las transformaciones de su práctica.»

Y, más abajo:

«[…] los motivos invocados para justificar el proyecto de una ley [permitiendo la eutanasia] son, en primer lugar, pragmáticos: se trata de asir una realidad social ignorada por la ley existente.»

Jean-Claude K. Dupont, «Euthanasie: la loi belge et la position des juges européens»

 

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El enfoque de las capacidades: mi crítica

Ayer leí un artículo en el que se defendía el «capability approach», esto es, el enfoque centrado en las capacidades humanas, desarrollado por Martha Nussbaum y Amartya Sen. ¿Qué me convence y qué no me convence de ese enfoque ético?

Por lo pronto, estoy de acuerdo en que el enfoque es una manera de superar las limitaciones del utilitarismo, no solo del utilitarismo clásico, sino incluso del utilitarismo contemporáneo o «utilitarismo de las preferencias». Así, el ser humano deja de ser visto como un individuo lleno de deseos o intereses de todo tipo, deseos o intereses ordenados en función de sus preferencias, para ser entendido como un ser bio-socio-psicológico que tiene necesidades y facultades. En consecuencia, el objetivo ético deja de ser el procurar placer (o evitar sufrimientos) o satisfacer los principales deseos del individuo, para pasar a ser el de contribuir con el desarrollo de sus principales facultades o competencias. Lo que se busca no es el individuo satisfecho de los hedonistas, sino el individuo que puede y quiere desarrollar (y continuar desarrollando indefinidamente) sus capacidades constitutivas como ser humano: capacidades biológicas, cognitivas, emocionales, sociales, etc.

Nussbaum presenta en varios de sus tratados listas de «capabilities» que, independientemente de la cultura de pertenencia, se podrían encontrar en todo individuo, a manera de «constantes antropológicas universales». El listado podrá ser discutible, pero creo que es encomiable el esfuerzo de la autora -y también de Sen- por aislar aspectos universales que vayan más allá de los consabidos «comer, beber, reproducirse, contar con un techo y con salud».

Repito: si debiera elegir entre los dos enfoques, me quedo sin duda con el «capabilities approach». El utilitarismo, todo utilitarismo, tiene una concepción demasiado burda del hombre, y cuando el pensador utilitarista comienza a refinar esa concepción, a la corta o a la larga termina desembocando en una visión muy próxima a la del enfoque centrado en las capacidades.

¿Qué es ahora lo que no me cierra del «capabilities approach»? Es esto: que yo creo que, si debemos establecer un objetivo ético, ese no puede ser ni el de saciar los apetitos del hombre ni el de desarrollarle sus capacidades, porque, al fin y al cabo, las capacidades no son un fin en sí mismo sino medios, medios para otro fin. ¡Atención! No digo que el fin del político y del educador no daba ser el de generar las condiciones para que el individuo desarrolle sus capacidades, pero lo esencial del hombre es realizar el plan de vida que se ha trazado libremente.  Para decirlo claramente: uno desarrolla sus facultades físicas, mentales, relacionales, etc., para así poder fijarse autónomamente un proyecto existencial y buscar cumplirlo. Para eso vivimos (y para eso nos desvivimos, como cuando morimos por un ideal). No habría nada más patético, no habría un mentís más claro, que el ver un ser humano con todas sus capacidades desarrolladas pero… sin un objetivo de vida, por modesto que fuera. Una vida humana puede ser lograda, puede tener sentido, puede «estar justificada», como diría Borges, incluso cuando el individuo no haya podido desarrollar todo su bagaje de capacidades (por ejemplo, por haber crecido en un país que está desde hace años en guerra como Siria).

En síntesis, mi crítica a Nussbaum es que la meta de la ética y la política no debe ser el desarrollo de las capacidades humanas por sí mismo; la meta ha de ser el generar las condiciones que le permitan luego a cada persona fijarse un rumbo y seguirlo. Para ello son necesarias las «capabilities» individualizadas por Nussbaum, ¿quién lo duda?, pero no hay que confundir medios con fines.

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Eutanasia y autonomía

Hoy puedo decir que el manuscrito «ya está». Esta mañana terminé de releerlo por enésima vez y de hacerle las correcciones del caso. Muy probablemente llevará por título Eutanasia y autonomía: conceptos, argumentos, reflexiones. (Esa es una de las cosas que quedan por definir, el título.)

Escribir el libro fue como preparar la salsa blanca para los canelones del domingo. Al principio, la cosa era chirle, aguachenta, parecía que nunca iba a amalgamarse. Pero escribir es como cocinar: no hay que desesperarse, porque los ingredientes necesitan su tiempo (de maduración, de fermentación, de cocción). Y en el momento menos pensado, cuando uno ya está por abandonarlo todo, de golpe se siente que la cuchara encuentra una resistencia en su paso: el líquido se está endureciendo. Hora de seguir removiendo con mucha atención y con renovadas energías, porque lo que se viene es vertiginoso: rápido, que no se pegue, que no se formen grumos, que no quede crudo, que no se pase.

¿En qué punto me hallo, entonces? Ahora empiezo a retirar la cacerola del fuego, mientras revuelvo por última vez y constato maravillado que eso que hasta hace poquito era una sopa blanca se ha vuelto una pasta densa, espesa, uniforme, de la que unas bolas de aire se abren paso con dificultad hasta estallar en la superficie.

El título previsto, Eutanasia y autonomía, agrupa los dos conceptos centrales del manuscrito. En resumidas cuentas es un estudio sobre la eutanasia o, más concretamente, es una defensa de la muerte voluntaria, desde el punto de vista ético basado en la autonomía de la persona. Si se cumple una serie condiciones que especifico, entonces la eutanasia voluntaria y el suicidio asistido pueden considerarse actos moralmente lícitos. Cabe, entonces, abogar por su legalización.

El subtítulo da cuenta de las tres partes de la obrita (digo «obrita», porque, al fin y al cabo, consta de 170 páginas, o sea, se lee en dos tardes). La primera parte es «conceptos». Allí lo que hago es explorar los principales conceptos utilizados en el debate: vida, muerte, persona, eutanasia voluntaria, suicidio médicamente asistido, eutanasia forzada, eutanasia no voluntaria, eutanasia directa e indirecta, eutanasia pasiva y activa, etc.

La segunda parte es «argumentos». Empiezo presentando el principal argumento a favor de la legalización de la eutanasia, el argumento que emana de la posición ética basada en la persona como ser autónomo, razonable y responsable. Acto seguido, discuto la pertinencia de dos posiciones filosóficas complementarias, la ética de la misericordia y el utilitarismo, posiciones traídas a colación a la hora de justificar la eutanasia en pacientes que no son -o han dejado de ser- personas. Por último, paso al análisis de los cuatro argumentos que se esgrimen con frecuencia contra la eutanasia: el argumento de la sacralidad de la vida, el argumento de la misión de la medicina, el argumento de la medicina paliativa y el argumento de la pendiente resbaladiza. Creo mostrar que ninguno de esos argumentos es fundado.

La tercera y última parte, «reflexiones», es la más breve. En ese capítulo final trato de especificar qué es a mi entender la buena muerte o, si se prefiere, en qué consiste el buen morir. El objetivo, de última, es mostrar cómo la eutanasia voluntaria y el suicidio asistido pueden en determinados casos volverse aspectos constitutivos del buen morir.

Confieso que llegar a este punto, a este punto en que uno dice «es hora de sacar la cacerola del fuego», me llevó algo más tres años. No siempre trabajé a tiempo completo en el libro, como si dispusiera de una beca, pero fueron 36 meses de labor ininterrumpida. Tal vez debería haber escrito este libro en otro momento, cuando sea viejo y esté enfermo. ¿Quién me garantiza que con el tiempo no vaya a cambiar de parecer? Cuando me asole la vejez y la enfermedad, ¿seguiré pensando lo mismo? No lo sé. Tal vez pueda volver entonces a reflexionar sobre las conclusiones a las que ahora llego. De todos modos, me interesa dejar en claro que yo no le aconsejo que opte por la eutanasia o el suicidio a ninguno. Mi posición es otra, la de abogar por la legalización de la muerte voluntaria, por la introducción de un derecho. Luego, cada cual podrá decidir qué hacer. Puede hasta que yo mismo no opte por la solicitar ayuda para morir, aun encontrándome en la fase final de una enfermedad incurable, preso de dolores físicos y morales atroces. Todo es posible. Pero estoy convencido de que siempre es bueno contar con ciertos derechos básicos, aún cuando uno no haga uso de esos derechos. Lo importante es saber que uno tiene la libertad de decidir cómo y cuándo morir, aunque no haga uso efectivo de esa posibilidad.

Si para algo me ha servido este tiempo de estudio y de investigación, es para esto: para entender que muchos de los problemas sociales (por ejemplo, muchos problemas bioéticos) con los que nos enfrentamos casi a diario resultan no de un «exceso de razón», sino de un déficit de la misma. No estamos mal porque la razón impere en el mundo; justamente, lo contrario es lo cierto, el que estamos mal porque se usa poco (y mal) nuestra capacidad de razonar.

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Hacia una definición de «salud»

Muchas veces se define salud como «ausencia de enfermedad». Pero esta definición encierra una serie de problemas. Por lo pronto, se trata de una definición negativa; caracteriza el estar sano por la ausencia de su contrario (la enfermedad). Es cierto que un médico certificará que una persona está «clínicamente sana» si, tras examinarla, no ha hallado síntomas de ninguna enfermedad. Sin embargo, me parece que el punto está en que la definición de salud debe ser más amplia. Por ejemplo, supongamos que un individuo padece diabetes y que, gracias a la insulina y a su férrea determinación (sigue una dieta estricta, practica regularmente una actividad física, etc.), logra convivir con la enfermedad sin que le impida desarrollarse plenamente (hacer carrera, tener una familia, llevar una vida «normal», etc.). Según la definición inicial, no podríamos decir que ese individuo «está sano» -porque, efectivamente, tiene una enfermedad crónica- pero lo cierto es que ha encontrado un «equilibrio» que le permite alcanzar un nivel de bienestar y de desarrollo similar al que tendría una persona «con una salud de hierro».

En el extremo opuesto, tenemos la definición de salud como «estado de bienestar físico, psíquico y social». Concuerdo con lo que una vez escribió Karl Jaspers (en «Der Arzt im technischen Zeitalter»), que, si tomáramos esa definición al pie de la letra, entonces nadie estaría sano… ¿quién puede jactarse, en efecto, de estar plenamente bien en esas tres dimensiones durante más de un día? De todos modos, creo que hay algo importante en la definición que popularizó la Organización Mundial de la Salud, y es esto: si volvemos al ejemplo del diabético que se cuida, allí vemos que ese equilibrio que ha logrado se traduce en un bienestar global a pesar de su enfermedad.

Aparentemente, es necesario lograr una definición que incluya las dos nociones que vimos. Así, un elemento central en el bienestar de la persona es, sin duda, la ausencia de enfermedades físicas y psíquicas, pero, dado que a veces no es posible eliminar una enfermedad, lo importante es, sobre todo, el logro de un equilibrio que le permita al individuo desarrollarse y, en la medida de lo posible, sentirse bien.

El problema de no contar con una definición adecuada de salud se patentiza cuando se afirma que «el principal deber del médico es devolverle la salud al paciente». Esto es incorrecto, en primer lugar, porque también se podría sostener que el deber del médico es, ante todo, prevenir enfermedades. En segundo lugar, porque ya vimos que hay casos en los que no es posible curar al paciente. En el ejemplo del diabético veíamos que allí el deber del médico es ayudar al paciente a lograr ese equilibrio de factores que le permita convivir exitosamente con la enfermedad. O en el caso de un enfermo terminal, el deber del médico será aliviar los sufrimientos del enfermo ya que, por definición, en tal situación es imposible la cura. La misión del médico jamás puede limitarse a «erradicar enfermedades». Tampoco, en el otro extremo, el objetivo del facultativo debe ser el de «promover el bienestar físico, psíquico y social», porque entonces el médico debería hacer de todo por el paciente.

Así, podríamos concluir que la misión del médico es (a) la de prevenir enfermedades, (b) la de curarlas, en caso de que no haya sido posible prevenir esas enfermedades, (c) la de colaborar con el logro de un equilibrio que redunde en el bienestar en aquellos casos en que la enfermedad no pueda curarse. Y todas estar prácticas (prevenir, tratar, curar, asistir, paliar) deben darse en un marco de respeto a la autonomía del paciente, en particular, de respeto a las preferencias que tiene y a las prioridades que se ha fijado.

Una observación final: definir salud como «ausencia de enfermedad» comporta, en realidad, una doble negación, ya que enfermedad es el «estado caracterizado por la falta de firmeza», in-firmitas. (Enfermedad viene del adjetivo enfermo, in-firmus, «no firme», «no fuerte», «no sólido».) Para evitar dos negaciones juntas, se podría entonces decir que «salud es la presencia de firmeza, de bien-estar, de entereza físico-psíquica».

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Huellas del «Quijote» en la literatura

Sería temerario, quijotesco, pretender inventariar todas las huellas que ha dejado el Quijote siquiera en la literatura argentina, una tradición literaria que todavía no llega a los doscientos años. Más disparatado aún sería querer rastrear todas las huellas que ha dejado el libro que hoy celebramos en la literatura hispanoamericana y, más allá de nuestra comunidad lingüística, en la literatura europea y mundial. Además, hay pisadas del Quijote en las artes: en la música, la pintura, el cine…

Este sábado, en esta misma casa, intentaré mostrar algunas de las huellas del Quijote en la obra de Jorge Luis Borges y varios de ustedes, en unos minutos, nos mostrarán algunos rastros que han hallados en sus autores preferidos. Por eso quisiera que ahora hablásemos de otra cosa, no de cuántas huellas del Quijote hay o dónde se encuentran, porque –a decir verdad– esas marcas son incontables y están en todas partes, sino de la profundidad de la huella cervantina y de las pistas que nos señala. Por decirlo con una metáfora: más cuenta la huella indeleble que deja un solo pie de gigante apuntando a una dirección clara que los cientos de rastros efímeros y caóticos que imprimen las gaviotas en la arena.

A mi entender, la huella que ha dejado el Quijote en las letras nos da, al menos, tres pistas valiosísimas:

En primer lugar, el Quijote nos recuerda el valor que tiene el relato, la historia, en toda novela. El núcleo de toda narración digna de ese nombre es el cuento que se nos va a contar. Una novela que no nos atrapa con su historia no es una buena novela, por más que se destaque en todas las demás esferas, como un plato de comida no es un buen plato si no es sabroso, por más de que esté bien presentado y los ingredientes sean de primera calidad. ¡Y vaya si sabe engancharnos el Quijote con las aventuras que a cada paso enfrentan el caballero andante y su escudero Sancho Panza! Al comienzo de cada capítulo nos intriga saber en qué nuevo lío se meterá el famoso dúo y cómo saldrá de él. Por eso, al final de la novela, después de haber recorrido juntos centenares de páginas, nos unimos al bachiller Sansón Carrasco, que alienta a don Quijote para que se recupere y vuelva a levantarse y, a la postre, lloramos tristemente con Sancho, cuando ya es evidente que el enfermo agoniza en el lecho de muerte y no podrá salir nunca más a buscar nuevos desafíos.

Pero el Quijote no es solo una excelente novela de aventuras: es asimismo la novela total, que a la acción agrega la fina observación psicológica de sus personajes, que al diálogo intercala la descripción poética de los ambientes en que sucede, que al desarrollo jocoso de la trama inserta magistralmente la sentencia filosófica y la crítica literaria. ¿No son, por caso, tan atinados los consejos que le da don Quijote a Sancho Panza cuando este va a hacerse cargo del gobierno de la Ínsula Barataria, como los consejos que le da el gaucho Martín Fierro a sus hijos antes de despedirse de ellos por última vez, en el clásico homónimo de la literatura argentina?

En segundo lugar, el Quijote nos indica cómo el escritor ha de contar su historia. Porque difícilmente le prestaríamos nuestra atención a un libraco de mil páginas, si el autor no nos dejara meternos entre bastidores, para ver desde allí cómo se teje la trama, si no nos permitiera ser, siquiera unos momentos, co-autores del relato. De esta manera, la ironía y la parodia son dos guiños que el novelista nos hace para ganar nuestra complicidad de lectores. Pero en el Quijote lo novedoso y genial es que escritor, narrador, personaje y lector se entremezclan, y así debemos estar permanentemente alertas para armar las piezas del rompecabezas. Recordemos, por ejemplo, que Cervantes, el escritor, aparece en la obra como uno de sus personajes; muchos protagonistas son, a su vez, lectores de la historia que están viviendo. Igualmente, hay dos narradores, uno identificado con el nombre de Cide Hamete Benengeli, de quien se nos dice que es un moro mentiroso pero que, en este caso, está contando una historia verdadera, la única historia autorizada de don Quijote y Sancho Panza, y otro que no conocemos y que nos habla en primera y en tercera persona, según el caso, y que es el traductor y editor del manuscrito de Cide Hamete. Este juego de espejos se vuelve aún más polifacético y vertiginoso cuando recordamos que toda la historia nace de que, en un lugar de la Mancha, un tal Alonso Quijano ha perdido el juicio de tanto leer obras de caballería y comienza a tomar la ficción por realidad, al tiempo que busca encauzar la realidad por la senda de la ficción.

Por último, la huella del Quijote se patentiza en el haber creado dos personajes, don Quijote de la Mancha y Sancho Panza, que han tomado vida propia, se han escapado del libro y han llegado a formar parte integrante de nuestra cotidianidad. Así como todo individuo occidental se topa diariamente con cruces y sabe qué representa una cruz, aunque no haya leído el Nuevo Testamento y ni siquiera sea cristiano, del mismo modo todos sabemos quiénes son don Quijote y Sancho, aunque no hayamos leído el libro de Cervantes. A este respecto, permítanme cerrar con una nota personal. Yo mismo estaba familiarizado con la figura delgada y recia del caballero andante junto a su acompañante regordete y sentimental muchos años antes de leer el libro: en la pequeña ciudad en que vivían mis abuelos, en medio de la pampa argentina, el principal supermercado del lugar se llamaba así, El Quijote; además, encima del largo aparador que tenía una de mis abuelas en el comedor había una estatuilla de metal: era don Quijote sosteniendo una delgada lanza de hierro que hacía las veces de portallaves.

(Charla dada en el Instituto Cervantes de Atenas, el 20 de abril de 2016)

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La cuestión de la eutanasia en Amoris laetitia

Hace unos días se dio a conocer la exhortación apostólica Amoris laetitia. En ese documento el papa Francisco hace referencia, si bien marginalmente, el tema de la eutanasia, por lo que deseo expresar aquí mi opinión.

Antes que nada, quisiera señalar que Amoris laetitia es un documento emanado del seno de la Iglesia católica (tras la labor de dos sínodos) y destinado a guiar a sus autoridades y sus fieles en lo que hace al matrimonio y, en general, a la vida en familia. En una sociedad pluralista, moderna y democrática, cada iglesia tiene derecho a presentar su visión del mundo y de la buena vida; por su parte, los fieles tienen el derecho, sea de adherir a tal concepción (y de seguir sus lineas), sea de abandonar tal comunidad, en caso de discrepar. En consecuencia, no tengo ningún problema que, en el documento que nos ocupa, se reitere la posición de la iglesia contra la eutanasia y el suicidio asistido. Cada persona ha de poder vivir y morir como le parezca correcto. Tendría problema, en cambio, si ese escrito pretendiese establecer un tipo de legislación en los distintos países occidentales que luego cercenase las libertades de aquellos ciudadanos que no pertenecen a la iglesia católica. Pero, lo admito sin tapujos, a lo largo del documento prevalece un tono más bien conciliador y respetuoso con quienes quieren vivir y morir de manera diferente a la que señala el catolicismo.

Habiendo hecho esta aclaración, paso ahora a los pocos lugares en que se hace referencia a la eutanasia. La primera es en el párrafo 48, al final, donde se sostiene:

«La eutanasia y el suicidio asistido son graves amenazas para la familia en todo el mundo. Tal práctica es legal en muchos Estados. La Iglesia, mientras que se opone férreamente a tales prácticas, siente el deber de ayudar a las familias que se ocupan del cuidado de sus miembros ancianos y enfermos.»

Al final del párrafo 83, el documento vuelve al tema:

«Del mismo modo, la Iglesia siente la urgencia no solo de afirmar el derecho a la muerte natural, evitando el encarnizamiento terapéutico y la eutanasia, sino de rechazar firmemente la pena de muerte.»

La tercera y última mención que se hace es en la nota al pie núm. 344, donde, en realidad, solo se cita un documento de 1980 sobre el tema.

Como la cuestión principal de Amoris laetitia es la vida familiar y el amor, en tanto el principal sentimiento que debería unir y contener a los miembros de la familia, es comprensible que se insista en el afecto y la asistencia que los miembros de la familia deberían dar a sus ancianos.

Estoy de acuerdo con el documento en que la vejez, la enfermedad e, incluso, la decrepitud de uno de los miembros de la familia ha de entenderse como una parte inevitable de la existencia y que, es más, esa fase puede convertirse en un período privilegiado para dar amor, para ejercitar las virtudes, para acercarse al otro, etc. En lo que no estoy de acuerdo es en que se sugiera que la eutanasia y el suicidio asistido son medios con los que cuenta la sociedad moderna para deshacerse de los allegados que se han vuelto un peso. La eutanasia es un acto moralmente legítimo toda vez que nace de la voluntad firme e informada del enfermo terminal, que desea para sí una muerte digna.

Más aún, quisiera recordar aquí que teólogos católicos como Hans Küng y movimientos cristianos como la Iglesia valdense reconocen que la eutanasia voluntaria y el suicidio asistido son prácticas permitidas, siempre y cuando quien la solicite sea el enfermo terminal que busca así poner fin a una agonía plagada de dolores físicos y sufrimientos morales que lo único que hacen en degradarlo como persona.

Reitero mi posición: claro que, como individuos, podemos hacer más por nuestros ancianos en su fase final, brindándole afecto y asistencia; claro que, como sociedad, podemos dar mucho más, ofreciendo un óptimo servicio de medicina paliativa a todo moribundo. Pero también es cierto que la eutanasia voluntaria y el suicidio asistido son vías a las que puede recurrir el enfermo terminal cuando siente que, para él, la mejor manera morir es poniendo oportunamente el punto final a su biografía. No veo nada diabólico, ni siquiera nada antirreligioso, en el hecho de que un individuo quiera tener las riendas de su destino en todo lo que le es posible.

Es encomiable que el papa Francisco se oponga claramente al encarnizamiento terapéutico, para que no haya dudas entre los médicos. Si una persona no quiere seguir viviendo más, cuando «seguir viviendo» significa ser víctima del ensañamiento de la medicina moderna, está en su derecho el solicitar que se lo deje morir en paz. La muerte natural es un derecho de todo ciudadano. Pero, ¡atención!, no es ni más ni menos que eso, que un derecho. No se trata jamás de una obligación, la obligación de la muerte natural. Puesto que, además, ¿qué significa «muerte natural» en una sociedad en la que ya nada es «natural», mal que nos pese reconocerlo? Hoy en día, «dejar morir a una persona naturalmente» es más complejo de lo que se piensa. Por lo pronto, muchos de los pacientes que se oponen al encarnizamiento y que rechazan los tratamientos desproporcionados deben ser sometidos a algún tipo de sedación, incluso a la sedación terminal, para «morir naturalmente».

 

 

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El valor de pensar el pasado

A veces se dice que la filosofía es una actividad superflua, que no hace nada más que ocuparse de su propio pasado. Pero adueñarse del pasado, reinterpretándolo una y otra vez, no es una ocupación ociosa; toda sociedad madura tiene ese deber. Es como cuando una persona se sienta a recordar su vida anterior y se admira de los conceptos que antes tenía y de los criterios de que entonces se servía. Reflexionar sobre nuestro pasado (individual o colectivo) es la manera de volvernos más conscientes de nuestro presente, de los factores que posibilitan -y que determinan- nuestra conciencia actual.

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La posición filosófica de Sócrates

¿Cuál es, en esencia, la filosofía de Sócrates? ¿Hay algo así como «el socratismo»?

No es fácil dar una respuesta concluyente a estas preguntas a raíz del famoso «problema de Sócrates», esto es, debido a que Sócrates no escribió ni una sola línea y que los escritos que hablan sobre él (los de Platón, Jenofonte y Aristófanes) son divergentes entre sí.

Sin embargo, creo que hay una posición que podemos adscribir a Sócrates, la posición según la cual el principal objetivo de nuestra vida ha de ser el entregarnos totalmente a la reflexión filosófica, en particular, al examen de nuestros conceptos morales. Para Sócrates, el examen crítico de nuestras nociones morales es la clave para llevar una buena vida, esto es, una vida acorde a las normas morales, una vida virtuosa y plena. Porque, para Sócrates, sólo puede ser verdaderamente feliz quien es virtuoso.

A su vez, ser virtuoso es la condición necesaria -y suficiente- para ser feliz. En esto, Sócrates es radical: todos los bienes extramorales (la salud, la riqueza, la belleza, incluso la vida biológica) no son esenciales para lograr la eudemonía, la plenitud. Si alguien carece de todos esos bienes pero es virtuoso, entonces podrá ser feliz.

Los estudiosos denominan la posición de Sócrates «intelectualismo», ya que para el ateniense el principal camino para llegar a ser virtuoso consiste en el examen racional de las propias creencias morales. Esa gimnasia intelectual diaria, esa áskese, es la manera más segura de arribar a la sabiduría, y quien es sabio es, a la vez, virtuoso. Sabiduría y virtud -o, para usar los términos griegos, sophía y areté- constituyen dos esferas que se implican mutuamente. (De allí que Sócrates haya insistido en que sólo obra erróneamente el ignorante. No se puede ser sabio y vicioso o malvado, ni tampoco se puede ser virtuoso sin ser sabio.)

Ahora bien, según Sócrates la filosofía, en tanto búsqueda constante de la sabiduría, es algo que no puede confinarse al análisis de las propias creencias, sino también las colectivas: ser filósofo supone someterse uno mismo al examen constante y asimismo someter a todos los restantes ciudadanos de la polis al escrutinio. El filósofo, en su anhelo por lograr la sabiduría, la virtud y la felicidad, no ha de abandonar su comunidad para retirarse a la soledad, sino que debe ayudar a sus conciudadanos a ser sabios y virtuosos. Para Sócrates, la forma de vida filosófica es una forma de vida eminentemente social -no «individualista», como lo es con el asceta que se retira al desierto-. El compromiso social, que se manifiesta fundamentalmente en cuestionar el orden social injusto, en denunciar los atropellos, en sacar a la luz la hipocresía, el egoísmo, la vileza y la mentira, es parte constitutiva del perfeccionamiento intelectual y moral del propio individuo.

(Por eso me parece que es incorrecto tachar a Sócrates de «individualista» y decir que «el individualismo occidental comenzó con Sócrates». No hay intelectual público más comprometido con su sociedad que él… al punto de preferir la condena a muerte a «cerrar la boca», lo que implicaría para él una existencia indigna.)

Notemos, por último, que Sócrates no busca ser virtuoso por motivos prudenciales, esto es, porque a la larga conviene ser justo, bueno, sincero, etc. Tampoco pretende llegar a la virtud como forma de vida religiosa. Así, no se trata de ser íntegro para cumplir la voluntad de los dioses o para lograr aproximarnos a ellos. Para Sócrates uno debe aspirar a la vida moral porque esa es la esencia misma del hombre: en eso consiste ser plenamente hombre. Renunciar a la moralidad es sinónimo de renunciar a la sabiduría, al uso consecuente de la razón y, por lo que decíamos más arriba, a la eudemonía.

«El mayor bien para un hombre es precisamente este, tener conversaciones cada día acerca de la virtud y de los otros temas de los que vosotros me habéis oído dialogar cuando me examinaba a mí mismo y a los otros, y […] digo que una vida sin examen no merece ser vivida.» (Apología)

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El tópico de la muerte en Alejandra Pizarnik

Si tuviéramos que buscar dos voces que caractericen la experiencia vital de la poetisa argentina Alejandra Pizarnik (1936-1972), creo que coincidiríamos en estas dos: limitación y encierro.

Limitación, porque Pizarnik siente que la palabra, más que liberarla, la restringe, más que alumbrarla, la enceguece. En “Signos”, dice:

Todo hace el amor con el silencio.

Me habían prometido un silencio como un fuego, una casa de silencio.

De pronto el templo es un circo y la luz un tambor.

Encierro, porque Pizarnik entiende que la existencia humana es una una prisión, una jaula de la cual el poeta, cual pájaro herido, jamás podrá salir, aunque le abran la puerta. Por eso nos cuenta, en “Antes”:

Los pájaros dibujaban en mis ojos

pequeñas jaulas.

Es la conjunción de ambos aspectos, la limitación frente a la necesidad de trascender y el encierro ante el deseo de expandirse, lo que lleva a la escritora a trabajar con imágenes antitéticas, como la de la sed insaciable y el vaso inalcanzable. Nos confiesa:

No hago otra cosa que buscar y no encontrar

para concluir:

Y nadie, nadie más que yo comprende la soledad de las flores.

Esta experiencia vital –no muy distinta a la de los románticos y los existencialistas– conduce a Alejandra Pizarnik a reflexionar incansablemente sobre la otra cara de la moneda: la muerte. De hecho, ese es el tema central de su obra poética.

Ahora bien, la muerte aparece, por un lado, como esperanza, la esperanza de poder abandonar finalmente la jaula y desbordar los propios límites. En “Salvación”, escribe:

Ahora

la muchacha halla la máscara del infinito

y rompe el muro de la poesía

Y, en “Sueño”:

Mañana

los monstruos del buque destruirán la playa

sobre el viento del misterio.

Mañana

la carta desconocida encontrará las manos del alma.

Tal es la urgencia por dar con lo que “en esta orilla” no se puede encontrar, que la idea de la muerte voluntaria se vuelve seductora. Así, por caso, en “El despertar” se pregunta:

¿Cómo no me suicido frente a un espejo

y desaparezco para reaparecer en el mar

donde un gran barco me esperaría

con las luces encendidas?

¿Cómo no me extraigo las venas

y hago con ellas una escala

para huir al otro lado de la noche?

Pero la poetisa también sabe que la muerte no es garantía de nada y que quizá, en “la otra orilla”, no haya nada ni nadie aguardando por nosotros. La muerte sería, entonces, el final de toda angustia pero, también, de toda esperanza, y tras ella solo quedaría un cuerpo inánime que, al desintegrarse, se reintegra en el incesante ciclo del cosmos. De allí que, en “Sombras de los días a venir”, presienta:

Mañana

me vestirán con cenizas al alba,

me llenarán la boca de flores.

Aprenderé a dormir

en la memoria de un muro,

en la respiración de un animal que sueña.

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Tres sentidos del término «derecho»

Cuando hablamos de «derecho», por ejemplo, en la expresión «tener tal o cual derecho», debemos distinguir tres sentidos del término. Estos sentidos pueden resumirse de la siguiente manera: (a) derecho como «bien a proteger»; (b) derecho como «libertad a resguardar»; (c) derecho como «beneficio a obtener».

(a) Derecho como «bien a proteger». Si decimos, por ejemplo, que «toda persona tiene derecho a la vida», lo que queremos dar a entender es que «la vida de cada cual es un bien o, mejor, que es su principal bien y que, por tanto, en sumamente necesario protegerlo». En este primer sentido, al consagrar algo como un derecho (la vida, la propiedad, la integridad física, etc.), lo que buscamos es establecer el reconocimiento social de ese bien y garantizar su respeto. Determinamos que nadie puede apropiarse legítimamente de ese bien ni disponer de él (de mi vida, mi propiedad, mi cuerpo), porque es exclusivamente mi propiedad. Yo soy su soberano.

Aquí el Estado se presenta como el principal garante del orden instituido, gracias al cual se protegen determinados bienes; mediante sus instituciones (la justicia, la policía, etc.), el Estado asegura la vigencia del derecho a la vida, la propiedad, la integridad, etc.

(b) Derecho como «libertad a resguardar». En el segundo sentido, lo que queremos enfatizar es que un derecho es una libertad, esto es, la facultad de disponer de algo tal como nos plazca. Así, cuando decimos «la persona tiene derecho a la vida» lo que queremos decir ahora no es ya tanto que la vida sea algo bueno, sino que cada uno ha de poder vivir y disponer de su existencia como mejor le parezca. Por ejemplo, que cada uno es libre de llevar el estilo de vida que se le antoje, sin que otros puedan entrometerse en tal decisión. (Sólo podrían entrometerse si tal o cual estilo de vida pusiera en riesgo el bienestar de los otros, la seguridad pública, etc.)

Aquí el Estado se presenta como el garante de un sistema de libertades grupales e individuales.

(c) Derecho como «beneficio a obtener». En el tercer y último sentido, lo que se busca decir al hablar de derechos es que «algo es un beneficio, algo bueno para la persona (para que pueda vivir y vivir dignamente) y que ha de poder contar efectivamente con él». En esta categoría entran todos los así llamados «derechos sociales». Por ejemplo, cuando se habla del derecho al trabajo, lo que se quiere decir es que «tener trabajo es algo bueno y que cada persona, desde el momento que aspira a un trabajo, ha de poder ver satisfechas esas expectativas». Así, la comunidad, por medio del Estado, se compromete a proveerle una ocupación acorde a las capacidades y preferencias del individuo que reclama ese derecho. (Mientras que para el individuo estos derechos aparecen como «beneficios a obtener», para el Estado son «beneficios a conceder».)

Muchas veces, al hablar no distinguimos estas tres dimensiones de la voz «derecho». Esto, en parte, se justifica porque los tres sentidos se entrelazan unos con otros. Por caso, si hablo del derecho a la vida puedo querer decir que la vida es un bien que ha de ser protegido, que cada uno ha de poder vivir como quiera y que el Estado ha de garantizar los medios para que cada uno pueda llevar una vida digna (vivienda, educación, asistencia sanitaria, etc.).

Sin embargo, a veces prevalece uno de los sentidos que analizamos. Por caso, si me declaro partidario del derecho a la libre asociación, lo que quiero subrayar es, sobre todo, mi libertad de juntarme con quien quiera para promover pacíficamente mis intereses. Si abogo por el derecho de los animales, es porque considero que, por ejemplo, el bienestar físico de un ser vivo es un bien primordial a ser protegido.

Es posible afirmar que los derechos más básicos son los que consagran bienes a proteger, sobre todos, la vida, la propiedad, la integridad física y mental, etc. Luego vienen los derechos como libertades a salvaguardar, por ejemplo, la libertad religiosa, la libertad de conciencia, etc. Y, finalmente, aparecen los derechos sociales.

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