Ama, pero haz primero lo que debes…

Muchas veces me ha sucedido, mientras hablaba de cuestiones bioéticas, que mi interlocutor, que bien podría adherir a una posición progresista o liberal en este terreno, me sale en un momento con lo siguiente: “Yo no estoy tan seguro de si soy partidario de la eutanasia/el aborto/etc., porque conozco un caso…”, y a este punto se pone a contarme algo que escuchó o que vivió en carne propia. Por ejemplo: “Tengo un amigo que tuvo un accidente y quedó destrozado; tan mal estaba, que todos pensábamos que optaría por alguna forma de eutanasia. Sin embargo, en un momento, no sabemos bien cómo, se decidió por pelearla y, gracias al amor y al cuidado incondicional de sus padres, salió de terapia. Y no solamente salió, sino que todavía esta vivo y está muy bien. De hecho los otros días…”

La conclusión no dicha pero implícita es: si entonces la eutanasia hubiese estado permitida o hubiese sido fácil terminar con la vida de uno sin inconvenientes legales, entonces hoy seguramente mi amigo no estaría y ¡qué pena!.

Déjenme ponerles otro ejemplo de lo que a veces escucho: “Conozco una pareja, con hijos ya en la escuela, cuarentones tanto él como ella; en un momento se dieron cuenta de que ella había quedado embarazada por un descuido. Una de las primeras opciones que barajaron fue la de abortar. Económicamente no estaban tan bien, además ya tenían chicos grandes, la vida aparentemente hecha, etc. Y cuando están ya por decidirse por el aborto, algo les hace cambiar de opinión a los dos. ¡Y por suerte! Porque así es que ahora tienen a Fulanito, un chico sano y hermoso, el pequeño amado por los padres y mimado por los hermanos mayores, realmente la alegría de ese hogar.”

La conclusión que se desprende de la anécdota es: si hubiese sido tan fácil abortar, entonces en este momento Fulanito no existiría y sería una gran pérdida para todos.

Aquí he reconstruido dos casos posibles recordando charlas que he tenido. Mi intención no es contar ninguna historia personal e íntima. Sé que hay muchas personas que pasaron por situaciones extremas, de gran sufrimiento y lucha, y que salieron adelante gracias a esa convicción que tuvieron: lo más importante es salvar y cuidar la vida (la de un amigo enfermo, la de un esposo agonizante, la de un embarazo no buscado, etc.).

No solamente respeto todas esas decisiones, e incluso admiro y me siento a veces inspirado por esas historias, sino que en esos casos particulares, íntimos, no tengo casi nada que agregar en tanto filósofo. Así que lo que voy a escribir ahora es lo pienso una vez que tomo distancia del caso particular y trato de lograr una visión de conjunto.

Habiendo hecho esa salvedad, ahora paso al otro extremo. Porque es cierto que a veces mi interlocutor me cuenta una historia verídica de lucha y amor por la vida, pero es también cierto que otras veces me sucede lo contrario: escucho historias amargas y dolorosas debido a que una legislación anticuada y conservadora no ha permitido terminar una vida a tiempo (cuando el paciente mismo pensaba que ya era hora de abandonar este mundo) o no ha permitido realizar un aborto, con lo cual esa mujer que no quiere tener el hijo se hunde aún más en un círculo de pobreza y desesperación, etc.

Pero no quiero que aquí los árboles no nos dejen ver el bosque, como se dice. No quiero abundar en casos personales, sea que apunten para una o para otra dirección moral. Lo que me parece importante aclarar es que en sociedades como las nuestras la primera tarea del filósofo dedicado a las cuestiones éticas es la de establecer un marco normativo que establezca qué es lo permitido y qué es lo prohibido. Repito: lo permitido y lo prohibido, no lo que habría sido aconsejable en tal o cual situación particular.

Mis amigos y los lectores que de vez en cuando se dan una vuelta por este blog saben que estoy a favor de la legalización de la eutanasia y del suicidio asistido, y que he alentado la legalización del aborto, ocurrida a finales del año pasado en Argentina. Esto no significa que yo automáticamente vaya a aconsejar a un moribundo o a un paciente que le acaban de diagnosticar un cáncer incurable que solicite la eutanasia, ni tampoco que predique que el aborto es la solución de todos los males. Lo que digo, más bien, es que ambas prácticas deben estar contempladas en toda legislación moderna, por si la persona afectada considera que esa es la única salida que tiene por delante.

Claro que la tarea de la ética no consiste solamente en la señalamiento aséptica del marco normativo que divide lo permitido de lo prohibido. La ética es una disciplina con una larga tradición, de al menos 25 siglos, en cuyo seno se encuentra un rico acervo de reflexiones sobre cómo dar significado y calidad humana a nuestras existencias. La ética, para decirlo con otras palabras, también se esfuerza por reflexionar sobre las diversas formas de vida que puede adoptar el ser humano, sobre las virtudes y los sentimientos que puede cultivar, sobre los actos que hacen la vida “digna de ser vivida”.

Mucho de ustedes habrán oído la distinción entre ética normativa y ética del cuidado (o ética de las virtudes). Por más que muchas veces estos dos enfoques éticos aparezcan reñidos entre sí, yo creo que son compatibles. La ética no debe confinarse solo a la labor ardua, fría, “legalista”, de buscar criterios para distinguir lo permitido de lo prohibido, sino que, una vez realizado eso, puede ofrecer una serie de reflexiones sobre el cuidado, sobre las virtudes, sobre lo que da sentido y profundidad a la vida.

Pero a lo que sí me opongo es al esfuerzo de algunos de suplantar la ética normativa por la ética del cuidado o de las virtudes. Creer que en una sociedad como la nuestra –y, a decir verdad, en cualquier otra sociedad pasada o futura– “el amor es la receta mágica para solucionar todo” o, para decirlo con San Agustín, “ama y haz lo que quieras”, es una ingenuidad. El amor, la entrega, la dedicación, la paciencia, etc., todos estos sentimientos y virtudes implican mucho, son tal vez lo más importante de la vida, pero no lo son todo y, a la hora de diseñar la arquitectura legal de nuestra sociedad, no son lo primero. Que el amor pueda hacer milagros, es algo que nunca voy a negar, pero también voy a insistir en que no hay peor infierno sobre la tierra que el de una sociedad sin un orden legal claro, solido y liberal, esto es, basado sobre las libertades y los derechos individuales.

Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher based in Athens, Greece.
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Una respuesta a Ama, pero haz primero lo que debes…

  1. Concuerdo en que toda sociedad debe regirse por un marco legal sólido, claro y liberal. Pienso también, que las leyes pueden ser perfeccionadas, adecuadas y “abarcativas” para todos los diferentes elementos involucrados. Me encanta leer tu blog.

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