La “privatización” de la muerte: ¿fin o nuevo giro?

Los sociólogos históricos hablan con frecuencia de los distintos procesos de privatización que han tenido lugar en nuestras sociedades, especialmente desde finales del siglo XIX y luego durante todo el siglo XX. Por privatización se entiende aquí la reclusión o el confinamiento de un determinado aspecto de la vida social en un ámbito privado. Así, por ejemplo, la sexualidad durante la época victoriana se fue privatizando: prácticas que antes ocurrían en público pasaron a ser confinadas en la esfera privada (en la intimidad del cuarto oscuro).

En esta línea, Michel Foucault estudió cómo la locura ha sido privatizada durante la Modernidad. El loco dejó de circular libremente, “públicamente”, por las calles de los pueblos y ciudades, donde era considerado un vocero de mensajes crípticos, para pasar a ser visto como un enfermo que debía ser recluido en una institución determinada, el “loquero”, con el fin de obtener allí dentro el tratamiento adecuado en manos de especialistas.

La sexualidad se relega a la intimidad del lecho, la locura a la clínica psiquiátrica, la pena por los delitos a las cárceles amuralladas, las enfermedades a los hospitales especializados… es larga la lista de los aspectos sociales que han ido siendo privatizados en el último siglo y medio. Pero uno de los aspectos que me interesa señalar ahora es el de la muerte. El proceso de morir también evolucionó: dejó de ocurrir en las casas bulliciosas para confinarse a la soledad y esterilidad del cuarto de terapia intensiva; del mismo modo, el cadáver dejó de ser preparado y velado en el propio hogar para ser tratado profesionalmente por empresas que ofrecían el servicio del velatorio moderno, etc.

Notemos que en nuestras sociedades, la mayoría de las personas de menos de treinta años nunca ha visto un muerto (mejor dicho, nunca han tenido trato directo, ni siquiera visual, con la muerte, aunque sí han visto muertos, y a centeneras, en el cine, la televisión, los videojuegos, etc.).

Aquí hay que recordar el trabajo seminal del sociólogo Norbert Elias, en particular uno de sus últimos tratados, La soledad de los moribundos (publicado en alemán en con el título Über die Einsamkeit der Sterbenden in unseren Tagen, en 1982).

En ese libro, Elias no solamente analiza convincentemente el proceso de privatización de la muerte que él mismo pudo observar durante su larga vida (1897-1990), sino que sugiere una tesis interesante. Según este autor, los procesos de privatización no son ni irreversibles ni lineares. Raramente un proceso social sigue un rumbo preciso como si fuese una flecha lanzada hacia un blanco; los procesos de la sociedad son zigzagueantes como el curso de un río de llanura y a veces, dadas ciertas condiciones, incluso pueden hacer reversibles ciertas tendencias.

De esta suerte, Elias veía que la sexualidad, por tanto tiempo duramente reprimida (privatizada), había vuelto, aunque sea en parte, a hacerse pública. En cambio, sostenía que durante las últimas décadas del siglo XX, en los países avanzados la muerte se había vuelto el nuevo gran tabú de nuestra cultura; la muerte entraba en su “época victoriana”.

Algunos sociólogos, siguiendo el razonamiento de Elias, aventuran la tesis según la cual en los últimos años estamos comenzando a ver una suerte de “relajación” del confinamiento impuesto a la muerte. Sin duda, la muerte sigue siendo algo privado, pero lentamente van abriéndose ciertas grietas. Según Liz Stanley y Sue Wise, la muerte asistida (en forma de eutanasia voluntaria y de suicidio con la asistencia del médico) es un claro ejemplo de esta tendencia en dirección contraria. Volvemos a hablar de la muerte (en la defensa del derecho a la muerte digna), volvemos a traer al moribundo a su casa (gracias a la medicina paliativa) y, en vez de dejarlo solo, lo asistimos en su determinación de poner fin a su agonía.

Creo que la propuesta de ambas autoras es, a lo sumo, una hipótesis que, eventualmente, debería ser reformulada con más detalles y luego contrastada con los datos que nos brinde la realidad. Quizás el movimiento por la muerte asistida y la asistencia concreta al enfermo terminal no sean una (saludable) “vuelta atrás” del proceso de privatización del morir, sino más bien un giro, tan solo un ribete del proceso general de confinamiento de la muerte al espacio privado. El que haya un debate público en torno a la legalización de la eutanasia, el que películas como Mar abierto de Alejandro Amenábar hayan obtenido un eco inusitado, el que cada año en Holanda, Bélgica, Canadá, etc., mueran miles de personas gracias a la asistencia de un médico, no significa probablemente que la muerte esté volviendo al espacio público ni a formar parte de nuestra cotidianidad: tal vez es solamente uno de los meandros de ese “río de llanura” que es la evolución social.

Bibliografía:

Liz Stanley y Sue Wise, “The domestication of death: the sequestration thesis and domestic figuration”, Sociology, vol. 45, núm. 6, 2011

Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher based in Athens, Greece.
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