Media jornada de un interventor

La jornada de un interventor electoral (en el original, La giornata d’uno scrutatore) es una novela corta de Italo Calvino, publicada en 1963.

     Esta nouvelle está dividida en 15 capítulos, que abarcan casi la entera jornada de un miembro del Partido Comunista Italiano al que un lluvioso domingo de 1953 le toca hacer de interventor en una mesa a raíz de las elecciones nacionales.

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     El interventor se llama Amerigo Ormea y es el único personaje importante del relato que aparece con nombre y apellido. Todos los demás personajes quedan en el anonimato, o a lo sumo los llegamos a conocer por el nombre de pila, como a Lia, la novia de turno de Amerigo. Este aspecto se relaciona estrechamente con el punto de vista del narrador, que a la vez que nos va contando cómo se desenvuelven las votaciones en el instituto donde le tocó a Amerigo, tiene acceso al cúmulo de sensaciones, emociones y reflexiones que la jornada le genera al protagonista; mientras, los demás personajes nos resultan distantes y, sobre todo, privados de individualidad: encarnan “el típico ejemplo de…” (el típico ejemplo de una monja, el típico ejemplo de un interventor democristiano, el típico ejemplo de un diputado…).

     Incluso, es muy sugestivo el hecho de que, al comienzo, mientras Amerigo se dirige al instituto –al Cottolengo, para ser exactos–, pase caminando por calles turineses que le son desconocidas. Trata entonces de leer los nombres sin dejar de protegerse de la lluvia y se da cuenta de que no conoce a ninguno de ellos; supone que habrán sido benefactores, ya olvidados.

     Ya dije que el protagonista tiene una individualidad muy marcada: él sí que no es el “ejemplo típico del miembro del partido comunista italiano de la posguerra”. Y no lo es porque, por un lado, lleva una vida plenamente burguesa (tiene una casa con tocadiscos y teléfono; todos los días viene una señora a limpiarle el departamento y prepararle la comida, incluso los domingos, etc.). Por otro lado, no es el típico comunista porque ni actúa ni piensa como tal. Ni es todo lo militante que se espera de un comunista, ni tampoco profesa ciegamente la fe del Partido. Amerigo es por momentos demasiado cómodo, por momentos demasiado temperamental. A él, más que cambiar el mundo le interesa entenderlo, porque el mundo –sospecha– es demasiado complejo para ser explicado por una sola teoría, por más refinada que fuese:

Ahora buscaba otra cosa en los libros: la sabiduría de las épocas pasadas o simplemente algo que le permitiese entender algo.”

     Una cosa es la democracia o, mejor aún: la Democracia, escrita con mayúscula, tal como la imaginan los filósofos y luego la exponen, con todos los detalles y firuletes del caso, en los gruesos libros de filosofía política. Pero otra es la democracia en minúscula, esa práctica social que, una vez desnudadas de sus ornamentos, malamente traduce los lirismos de los pensadores. Y eso es lo que se nos narra en esta novela –ese es, también, el objeto concreto, palpable, sobre el que reflexiona Amerigo–: el desenvolvimiento de las votaciones visto desde una simple mesa electoral, mesa ubicada, para colmo, en el Cottolengo de Turín. ¡Cuán pedestre resulta la democracia, vista desde allí! Y, fundamentalmente, ¡cuán ruin!, porque a lo que tiene que hacer frente Amerigo es a la farsa montada: se hace votar a los internados, muchos de ellos mentalmente incapaces, con la complicidad de las autoridades eclesiásticas y de los “punteros” de la Democracia Cristiana.

     ¡Cuántos intereses en juego allá arriba, entre los grandes que manejan los asuntos nacionales e internacionales!

     ¡Cuánta necedad y pusilanimidad en casi todos los seres con los cuales Amerigo debe compartir ese domingo, desde el presidente de mesa hasta los tutores del Cottolengo, encargados de “acompañar” a los votantes en principio solo “impedidos físicamente”!

     El colmo de esta farsa electoral está descrita en el capítulo X, cuando un diputado (l’onorevole) llega con toda su comitiva al Cottolengo a supervisar cómo marchan las cosas –concretamente, a asegurarse de que se termine de traer a todos los electores que aún no han votado: ¡todo voto cuenta!–.

     En este sentido, La jornada de un interventor electoral es una obra de denuncia y desenmascaramiento, un librito que habrá molestado a los sectores biempensantes de Italia (y no solo de allí). Ese es su principal mérito. (Lamentablemente para el mundo, hay que agregar que la obra no ha perdido actualidad, más de medio siglo de haber sido escrita.)

     Sin embargo, a partir del capítulo XI la novela da un par de vuelcos que, personalmente, no me terminaron de convencer, es más, que le restan fuerza a lo que se había ido decantando y consolidando hasta entonces y que finalmente rompen la unidad que tenía la narración. Concretamente, a esa altura Amerigo se va a almorzar y prefiere hacerlo en su casa. Ya allí, se da una serie de telefoneadas caóticas entre él y Lia que nos revelan la complejidad de la relación entre los novios. Y como si esto fuera poco, entre bocado y bocado el protagonista se entera de que la noviecita, caracterizada inmisericordemente como una burguesita caprichosa, superficial e histérica, ¡está embarazada! La noticia le cae como un baldazo de agua fría a Amerigo.

     El problema para mí es este: introducir en los últimos capítulos de la novela el tópico de la tormentosa relación entre Amerigo y Lia, especialmente ahora que ha quedado encinta, implica un quiebre en lo que atañe tanto a lo que venía siendo el tema central de la obra (capítulos I-X) como a la dinámica que traía el relato. Así Calvino, desacertadamente, hace volver a Amerigo a la mesa electoral como si nada hubiese pasado: sigue desenvolviéndose la jornada de votaciones con toda su farsa, sigue el protagonista reflexionando sobre la democracia real, y del embarazo, nada o casi nada. (¿Valía la pena entonces introducir el capítulo XI, el del almuerzo en casa?)

     El otro giro que da el relato y que, insisto, termina por descarriarlo es cuando el presidente de mesa y los interventores suben a las otras salas del Cottolengo para que voten los enfermos que no pueden levantarse de la cama. Por un lado, la farsa llega al paroxismo: es este crescendo de hipocresía vemos cómo se pretende hacer votar a personas que no solo están inmovilizadas en sus camas, sino que se encuentran en un estado penoso de incapacidad mental. Amerigo, a este punto, no puede soportar más el “circo” y se opone firmemente (aunque sin heroísmo) a que voten esos enfermos, poniendo así fin a la manipulación descarada.

     Por otro lado, no obstante, si la novela debía ser política –una decidida obra de denuncia–, estos capítulos últimos están de más: ya estaba claro lo que se quería mostrar. Por eso, sospecho que Calvino necesitaba cambiar el hilo que venía trayendo, y ahora ya no reflexiona tanto sobre la democracia real, sino sobre un tema más vasto aún: sobre qué es ser humano, esto es, sobre cuál es el límite que divide lo humano de lo inhumano –o infrahumano– ante el espectáculo angustiante de los enfermos terminales, los deformes de nacimiento, los retardados mentales, casi todos ellos seres que han pasado su existencia encerrados en el Cottolengo… Su conclusión:

Lo humano llega hasta donde llega el amor; no tiene otro límite más que el que le damos.”

     No niego que este último sea un tema relevante ni dudo de la destreza de la Calvino para abordarlo, pero me pregunto cómo congenia con el resto de la novela.

     Una última observación: ya no estamos en el Neoclasisismo y por eso una obra no tiene forzosamente que terminar con un final que sea simétrico al comienzo. La armonía y el equilibrio ya no son criterios absolutos. Sin embargo, me hubiese gustado que Calvino concluyese su narración con una escena similar a la del primer capítulo. Esperaba ver a Amerigo caminando ya al anochecer, desandando las mismas calles que había descubierto por la mañana temprano, mientras reflexionaba sobre la jornada y hacía un balance, contrastando las expectativas y las sospechas matutinas con las impresiones y los hallazgos posteriores.

Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher based in Athens, Greece.
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