Pancrazi sobre la tolerancia

La tolerancia es uno de los pilares de las sociedades modernas y pluralistas; sin ella, es imposible instaurar un orden abierto, democrático y pacífico. La falta de tolerancia se traduce directamente en fanatismo, esto es, en la persecución, la exclusión e, incluso, la eliminación del Otro (del distinto a mí/nosotros), cuando no se deja asimilar por la fuerza a la cultura imperante (a mi/nuestra cultura).

     ¿Qué es la tolerancia? La tolerancia es una virtud o, si se prefiere usar un lenguaje más moderno, una disposición psicológica. Gracias a esta virtud o disposición aceptamos al Otro, a pesar de nuestro desacuerdo. Una sociedad es tolerante si sus ciudadanos son tolerantes, esto es, si sus ciudadanos saben respetarse y aceptarse mutuamente más allá de sus discrepancias. A la sociedad le compete promover la adquisición, el desarrollo y el ejercicio de la virtud de la tolerancia entre sus miembros.

     Ser tolerante no significa que debo estar de acuerdo con lo que dice o hace el Otro; por el contrario, yo seguiré teniendo mis ideas, mis gustos, mis inclinaciones y mi forma de vida. Podré incluso considerar que el Otro está equivocado o extraviado, podré (pacíficamente) intentar persuadirlo para que cambie su modus vivendi. Pero seré tolerante si entiendo que el Otro tiene sus opiniones y preferencias, y, en consecuencia, las respeto.

     Aristóteles decía en su Ética nicomáquea que toda virtud se halla en el justo medio entre dos vicios extremos. En el caso de la tolerancia, un extremo es el fanatismo, el extremo más peligroso y, desgraciadamente, el más frecuente. El otro extremo es harto más raro: es el vicio que consiste en no respetarme a mí mismo y en no estimar debidamente mis opiniones y gustos al punto de terminar adoptando pasivamente el estilo de vida del Otro. De este modo, no se trata ni de querer eliminar al Otro, desembocando en el fanatismo, ni de perder la propia autoestima y el respeto de la propia identidad y tradición, dejándose asimilar al Otro.

     Ahora bien, ¿en que se basa la tolerancia? ¿Cuál es el fundamento de esta virtud cívica? Una respuesta muy clara se halla en el ensayo del escritor italiano Pietro Pancrazi, “Qué es la tolerancia” (“Che cos’è tolleranza”), escrito meses después del fin de la Segunda Guerra Mundial, cuando Italia acababa de dejar atrás veinte años de fascismo y, por ello, de intolerancia. En esas páginas, Pancrazi anticipa, de un modo muy escueto pero certero, una idea que luego aparecerá en uno de los grandes teóricos políticos de la segunda mitad del siglo XX, John Rawls. Pancrazi dice que la tolerancia puede nacer, o bien de sentimientos nobles y altruistas, o bien de la prudencia. La primera forma de tolerancia es la más profunda y pura, cuando no solamente se acepta al Otro (a regañadientes), sino que, incluso, se lo aprecia y estima a pesar de su Otredad –o, mejor, por el mismo hecho de ser distinto–. Escribe Pancrazi:

Los principios, las ideas, las opiniones de aquel hombre son diferentes u opuestas a las mías, sus defectos me son repugnantes; naturalmente, yo estoy en la verdad y él está en el error; sin embargo, por un sentimiento de caridad cristiana o, simplemente, humana, sin alterarme lo tolero. Eso es algo muy noble; y, de hecho, con esta tela se cubrieron muchos santos.

     Pero Pancrazi sabe que esta forma de tolerancia es demasiado exigente: no se puede razonablemente esperar que todos los ciudadanos estén movidos por la caridad o por sentimientos igualmente nobles. Eso equivaldría a pedir demasiado, albergando expectativas irrealizables. De allí que el autor distinga y enfatice otro tipo de tolerancia, aquella que nace de la prudencia o, como él prefiere decir, de la inteligencia (en el sentido original de este término):

En este caso, el hombre tolerante dice: mis principios, mis ideas, mis opiniones, mis costumbres son estos; los tuyos son diferentes o del todo opuestos a los míos; y ya que debemos vivir juntos, si permanecemos encerrados cada uno en su posición, fácilmente terminaremos mal. Pero debido a que tú y yo somos hombres y como tales estamos provistos de una cierta inteligencia, y la inteligencia, si se ejercita, sirve para hacernos comprender y soportar incluso al que es diferente de uno mismo, entonces pongámonos de acuerdo.

     Esta es la concepción “mínima” de la tolerancia; es mucho menos ambiciosa que la anterior, pero justamente por ello más sólida y realizable. No podemos esperar que todos los ciudadanos actúen movidos por sentimientos elevados, pero sí que lo hagan por un par de razones sólidas y convincentes. Todos podemos entender que no hay alternativa viable a la tolerancia (todos sabemos que la violencia y el odio solo engendran violencia y odio, y basta una rápida hojeada a la historia de los últimos siglos para entender cabalmente qué implica ello). A todos los ciudadanos se nos puede exigir un mínimo de racionalidad: comprender que, me guste o no, no me queda otra que el aprender a ser tolerante, a respetar al Otro.

El ensayo citado se encuentra recopilado en:

Piero Pancrazi, Della tolleranza, Pietro Paolo Trompeo (ed.), Florencia: Felice Le Monnier, 1955.

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Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher based in Athens, Greece.
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