Borges y la filosofía

“Borges… ¿filósofo?” Ese es el título de muchos debates actuales y también de un libro de Andrés Lema-Hincapié, un estudioso del autor argentino. Para mí la respuesta a esa pregunta no puede hallarse solamente analizando la obra de Borges, esto es, los aspectos filosóficos de sus poemas, relatos y ensayos, sino también, y primeramente, discutiendo qué es la filosofía, en qué consiste el filosofar. De hecho, creo que podemos decir que Borges es filósofo solo a partir de una manera de entender esta disciplina, pero no de todas.

Partamos de lo siguiente: si por filósofo vamos a entender ‘todo escritor que en sus novelas, cuentos, etc., plantee o genere inquietudes filosóficas’, entonces afirmo que todo buen escritor es filósofo. Thomas Mann es filósofo, Cervantes es filósofo, Shakespeare es filósofo… y la lista sería larguísima. Pero, digo, este es un uso demasiado genérico de filósofo y, como tal, poco interesante (al menos, para mi propósito).

Supongamos que alguien definiera la filosofía como ‘aquella disciplina encargada de construir sistemas racionales de pensamiento que ofrezcan respuestas satisfactorias a nuestras grandes inquietudes epistemológicas, éticas, antropológicas, etc’. Visto desde aquí, el filósofo se presenta como un constructor de sistemas, sistemas que engloban teorías que él ha ido generando gracias a la reflexión, al pensamiento (o sea, a la actividad característica del filósofo).

En este sentido, es claro que Borges no es filósofo. Por lo pronto, Borges no ha creado sistemas racionales de pensamiento. Y no lo ha hecho solo porque su objetivo era otro (estético), sino, fundamentalmente, porque siempre descreyó de la razón. No digo que Borges haya sido irracionalista, pero sí un escéptico, alguien que mira con insatisfacción los resultados a los que se llega con el uso de la razón y que termina desconfiando de las capacidades del pensamiento humano, al menos cuando se trata de abordar las cuestiones últimas.

Ahora bien, alguien puede objetar, observando la historia de la filosofía, que aquí no se trata de una torre cada vez más alta; no es que cada generación aporta un nuevo nivel en ese edificio que llamamos filosofía, apoyándose en el nivel que han establecido sus predecesores. Si hay que caracterizar esta empresa usando una metáfora arquitectónica, se podría más bien decir que la filosofía es como una ciudad, en la que aparecen siempre zonas nuevas, zonas en construcción y también zonas en demolición. Además, cada tantos siglos, se arrasa la ciudad y sobre las ruinas se levanta una nueva urbe. Entonces, es tan inherente a la tarea del filósofo el construir sistemas, como el destruirlos. Para usar el lenguaje de Sexto Empírico, el dogmático es tan importante como el escéptico (el constructor es tan importante como el destructor).

Borges, en cada uno de sus escritos, nos invita a renovar ese “maravillarse” por el cosmos que, como ya decían Platón y Aristóteles, es el origen mismo de la filosofía, del pensamiento filosófico. Pero a diferencia de los dos maestros griegos, el argentino quiere mostrar la fragilidad, cuando no la arbitrariedad y hasta el disparate, de los grandes sistemas de pensamiento.

Una última observación: escepticismo, en Borges, no es lo mismo que pesimismo. El que no podamos dar jamás con las respuestas definitivas no significa que no debamos interrogarnos y esforzarnos por responder a esas preguntas: todo lo contrario. El escepticismo mueve a Borges a una búsqueda y a un replanteo constantes. Hace poco releí uno de sus cuentos, “El fin”, y mi experiencia, como lector, es siempre esa: la de un gran estupor –estupor que mueve a la reflexión– sumada a la de una duda, a un gran signo de pregunta, frente a cualquier pretendida certeza.

El escepticismo de Borges suele delatarse en su desdén por examinar las doctrinas (estéticas, filosóficas, etc.), en busca de su posible verdad al margen de los motivos ‘humanos, demasiado humanos’ que pudieron alentar su formulación. Su mirada se dirige así al hombre que las ha creado urgido por íntimas y personales necesidades.” Sergio Sánchez, Borges lector de Nietzsche y Carlyle, UNC, 2014, pág. 62.

Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher based in Athens, Greece.
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