Del dolor

Todos hemos tenido alguna vez –o muchas veces– la experiencia de nuestro cuerpo jugándonos una mala pasada. ¡Qué sensación devastadora esa! ¿Cómo puede ser posible –nos preguntamos, consternados– que el cuerpo, ese cuerpo que tanto nutrimos, cuidamos, calentamos, protegemos, limpiamos, ejercitamos, mimamos, nos juegue en contra, se empaque, nos cause dolor y malestar, se vuelva incontrolable, incluso nos abandone? ¿No era acaso el cuerpo nuestro mejor amigo, nuestro perro fiel, nuestra fuente inagotable de placer, nuestra máquina confiable y programable? Y, sin embargo, todos hemos experimentado la enajenación de nuestro cuerpo.

¡Qué fácil es ser amigos de nuestro cuerpo cuando todo va bien, cuando somos jóvenes, cuando estamos sanos y completos, cuando podemos satisfacer las necesidades! ¡Pero qué difícil es seguir viendo a nuestro cuerpo como al amigo de siempre, como a nuestro compañero inseparable de viaje, como a nuestra media naranja, en la adversidad, esto es, cuando envejecemos, enfermamos, sufrimos un accidente o perdemos la capacidad de cubrir sus demandas elementales!

¡Con qué ligereza caemos entonces en la decepción y empezamos incluso a odiar a nuestro cuerpo, que en realidad es una forma más del odio a uno mismo!

Nosotros, los seres humanos contemporáneos, somos víctimas de una ilusión. No vamos a enfermar –nos decimos– y, si enfermamos, pronto la medicina curativa nos va a reestablecer la salud. No vamos a envejecer, y si envejecemos, la medicina regenerativa nos va a restituir la juventud. No vamos a tener dolor, y si empezamos a sufrir, la farmacología nos va a devolver el bienestar. No vamos a morir, en fin, y si comenzamos a acercarnos peligrosamente al momento crucial, la reanimación nos va a resucitar.

Es cierto –nos aclaran los científicos– que aún no tenemos la clave para devolverles a todos la salud, la juventud, el bienestar y la vida, pero pronto la tendremos. Estamos a un tris de vencer esas calamidades. ¡A no desfallecer justamente ahora, que queda tan poco camino! Y, en el peor de los casos, si no seremos nosotros, serán nuestros hijos los que alcancen la tierra prometida.

Pero ¿podrá ser cierto? ¿No serán esas promesas de la modernidad meros engaños nacidos, por un lado, de la incapacidad de aceptar la enfermedad, la vejez, el dolor y la muerte, y, por otro, de la confianza excesiva en nuestras capacidades humanas?

Las religiones nos ofrecen una manera distinta de enfrentarnos a esos males. Ahí el punto no es verlos como pura negatividad a eliminar, sino como parte esencial e incluso positiva de la existencia. La vida religiosa, así, se vuelve una larga preparación para cuando enfermemos, envejezcamos, suframos y agonicemos. La santidad solo se logra –nos predican– aceptando la enfermedad, la decrepitud, el dolor y la muerte, sobrellevando todo con estoicismo y abnegación. Esos males son el fuego que templa la espada, la lluvia que lava la tierra. No puede haber existencia plenamente humana que no haya pasado por al menos una prueba.

Pero ¿podrá ser cierto también esto? ¿No serán las enseñanzas de las religiones un engaño del pasado, una reliquia de un tiempo en el que no quedaba otra que hacer de la necesidad virtud?

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Imágenes de Grecia

Las plantas aprovechan cada palmo de tierra ganado a la superficie rocosa de la costa.
Despunta la primavera en Ática.
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El aborto en Francia y el estatus moral de los embriones

“Mi cuerpo, mi elección”, escrito con letras luminosas, era el lema que pendía los otros días de la torre Eiffel para festejar la victoria legislativa: de ahora en más el derecho al aborto estará contemplado en la Constitución francesa.

Yo, como liberal (en el sentido filosófico de liberalismo) no puedo menos que asentir: sí, mi cuerpo es mi propiedad, y yo, mi mente, soy el dueño; sí, mi cuerpo es mi territorio y yo el soberano.

Me pregunto: ese lema, ¿es una realidad en Francia o una aspiración? Por ejemplo, ¿puede una mujer francesa literalmente hablando alquilar su cuerpo por nueve meses, para que allí se geste el niño de una pareja que no puede tener hijos de modo “tradicional” y esté dispuesta a pagar una buena suma por el servicio? ¿Por qué no, es su cuerpo, es su elección?

¿Puede una mujer o un hombre en Francia solicitar asistencia a la muerte por hallarse muy enfermos y sin perspectiva de mejoría, o por el motivo que sea? ¿Por qué no, son sus cuerpos, son sus elecciones?

¿No será que los franceses que hoy celebran victoria han camuflado bajo el lema del liberalismo su ideario progresista?

A ser sincero, no me interesa indagar qué se esconde realmente detrás de la moción aprobada días atrás. Lo que sí me parece importante es reflexionar brevemente sobre el estatus moral de los embriones y de los fetos, sobre esos organismos en desarrollo sobre los que recae el peso de la decisión de “hacer con mi propio cuerpo lo que quiera”.

El principio liberal establece, tal como lo pondría John Stuart Mill, que puedo hacer con mi cuerpo lo que desee, mientras mis acciones no dañen a terceros.

Si a una mujer en Francia le está permitido interrumpir su embarazo (dejemos por el momento la cuestión de en qué semana o mes de la gestación), ¿significa que el embrión o el feto no son nada, esto es, son entidades sin ningún estatus ético?

Aquí tengo un gran problema, porque para mí no podemos decir que un embrión y, menos aún, un feto sean excrecencias del cuerpo, sean un conglomerado de células sin más valor que el escupitajo que lanzamos a la calle.

Espero no ser grosero con lo que dijo, porque sé que la decisión de abortar y todo lo que le sigue sume a la mujer (y a la pareja, cuando no a toda la familia) en un estado psicológico muy delicado. Pero es justamente por eso por lo que exagero, para que se vea todo lo que está en juego.

Cuando voy al peluquero para que me corte el pelo, no me preocupo qué pasará con los restos de cabello que van luego a la basura. Tampoco nos interesa qué hace el personal sanitario una vez que el cirujano nos extirpó un tumor.

Yo creo que debemos entender que el embrión humano, sobre todos cuando ya se ha implantado en el útero materno, y el feto, esto es, cuando el embrión ha cumplido el tercer mes de embarazo y pasa a un nuevo estadio de desarrollo, no son “cosas sin valor”, no son “estorbos” ni simples conglomerados de células. Son organismos humanos en sus fases iniciales con un cierto estatus moral y con un grupo de intereses.

Para mí, cometemos un gran error cuando adherimos a cualquiera de estas posiciones extremas: por un lado, afirmar que el embrión es una persona, tal como sostiene la doctrina católica; por otro, suponer que es un conjunto de células sin ningún estatus particular, como se desprende de las posiciones “progresistas”. Ni uno ni otro extrema es correcto.

El embrión no es una persona porque para llegar a esa condición le falta mucho camino. Por lo pronto, le falta desarrollar el sistema nervioso y luego, gracias a eso, adquirir y utilizar el complejo lenguaje humano, que es la condición básica para adquirir la personalidad. Pero, como ya dije, equiparar el embrión a un objeto sin importancia es igualmente inadecuado.

En bioética existe una categoría intermedia para todos estos entes que ni son personas ni son objetos; me estos refiriendo a la categoría de pacientes morales o, como se dice en inglés, moral patients. En otras palabras, los pacientes morales no son personas (esto es, no son agentes morales o moral agents) pero tampoco son objetos (objects). El mundo moral no es blanco o negro, sino que hay un importante matiz de grises que hay que aprender a distinguir y a respetar.

Permítanme poner otro ejemplo de paciente moral: un enfermo en estado vegetativo permanente. Lo que tenemos allí no es un objeto (digamos, una masa de sesenta, setenta u ochenta quilos de carne y hueso encima de una cama de hospital) ni tampoco una persona, un agente moral que pueda tomar decisiones libres e informadas.

Vuelvo al caso francés: ¿las mujeres pueden abortar? La respuesta para mí es sí, pueden disponer libremente de su cuerpo y abortar, porque los embriones son pacientes morales y, como tales, no poseen el mismo “peso” que les asignamos a las personas (que nos asignamos a nosotros mismos en tanto personas o agentes morales). Dicho de otro modo: el interés que le podamos atribuir a un embrión humano no cuenta de igual modo en que cuenta el interés de la mujer adulta de no continuar con el embarazo.

En conclusión, sí al aborto, pero teniendo en cuenta que la decisión de la mujer de abortar recae no sobre un objeto sin valor, sino sobre una entidad que merece nuestra consideración moral, por limitada que sea.

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Una reflexión sobre la constitucionalización del aborto en Francia

Una de las noticias del día es que en Francia se constitucionalizó el derecho al aborto: de ahora en más, la interrupción voluntaria del embarazo pasa a tener allí estatus constitucional.

Lo destacable de la noticia no es solamente el hecho en sí (Francia es el primer país en todo el mundo que establece un derecho constitucional al aborto), sino el que aparezca a casi dos semanas de otra noticia que dio la vuelta al mundo: la de la decisión de la Corte Suprema de Alabama de considerar a los embriones in vitro como niños aún no nacidos.

No logro dar con los motivos “profundos” que han llevado a los legisladores franceses a reformar la Constitución en este punto. ¿Existe realmente el peligro de que el próximo gobierno galo busque derogar la ley de aborto actualmente vigente? ¿Usando qué medios? ¿O se trata de una victoria menor, pero victoria al fin, que puede anotarse el gobierno de Macron?

Admito que se me escapa lo que pueda estar pasando en los entretelones de la política francesa.

De todos modos, si se trata de darle el mayor estatus jurídico posible a un derecho individual, ¿por qué no hacerlo con tantos otros derechos, como el derecho a la eutanasia voluntaria? (En este punto, todo hay que decirlo, Francia es mucho más conservadora que sus vecinos belgas, españoles y suizos.)

No es que yo esté en contra del aborto; por el contrario, soy partidario de su legalización en aquellos países que aún no lo legalizaron. Sin embargo, creo que el aborto es algo malo que debe estar permitido solo para evitar algo peor.

¡No me vengan a decir que el aborto es algo bueno en sí! Abortar es, ni más ni menos, que interrumpir el desarrollo de una vida humana en sus primeros estadios (por lo general, en el estadio embrionario, pero también puede darse esa interrupción en el estado fetal) mediante un procedimiento farmacológico o quirúrgico con el fin de evitar algo considerado realmente malo. ¿Qué? Por ejemplo, que nazca un niño que no será amado por su madre; o que nazca en el seno de una familia ya numerosa que no podrá darle todo lo que hoy consideramos necesario para crecer y vivir bien.

(También pueden darse otros casos, como cuando el feto posee anomalías muy graves que, de nacer, le impedirán llevar una vida incluso mínimamente digna de ser vivida. Pero, en este caso, más que de aborto podríamos hablar de una forma de eutanasia prenatal.)

Para mí el punto es este: ninguna mujer puede ser obligada a tener un hijo si no lo desea, por los motivos que fuese. Si una mujer descubre que ha quedado embarazada y no quiere ese niño –por ejemplo, porque le será un peso que le impedirá terminar su carrera universitaria–, entonces es mejor terminar la vida del nuevo ser lo más rápidamente posible, antes de que se forme el sistema nervioso (digamos, como máximo hasta alrededor de la decimosegunda semana).

No quiero sonar desconsiderado. Sé que hay millones de mujeres en todo el mundo oprimidas porque, entre otras cosas, viven en países en los que no les ha sido posible abortar (y ni siquiera acceder a la anticoncepción y a la información que hoy consideramos básicas). Por eso, repito, estoy a favor de la legalización del aborto en todo el mundo. Solamente en casos como estos podría llegar a decir que el aborto tiene algo de bueno: significa el que una mujer se planta y le dice no a una sociedad opresora y retrógrada. Pero en todos los restantes casos –y acá vuelvo a la carga– el aborto es solo algo malo que se justifica porque evita algo peor.

La ética, nos guste o no, la mayoría de las veces es eso: no tanto indicar el bien, sino mostrar alternativas que no son buenas de por sí pero que permiten evitar una catástrofe (personal o colectiva).  

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Vida de perros

Si los perros pudiesen hablar nuestras lenguas, difícilmente entenderían hoy la expresión “llevar una vida de perros”. Claro que hay muchos perros que la pasan mal, muy mal; pero hay un número creciente de mascotas que llevan una envidiable “vida de bacán”.

Actualmente se sobreentiende que debemos alimentar a nuestros perros no con las sobras de nuestras mesas ni tampoco con comida más barata (de segunda calidad), sino con productos tan o más caros que los que compramos para nosotros.

En el barrio en que vivo acá en Atenas, Ilisia, se han abierto en los últimos años un montón de mercaditos y supermercados para mascotas. Allí hay de todo, aparte de comida: inodoros para animales, jabones y champús, correas y juguetes, chalecos y cuchas.

Una conocida me contaba días pasados que su hijo estaba contento porque le habían dado la concesión para abrir en una isla del Egeo una filial de una de estas grandes cadenas de supermercados para animales.

También ha aumentado el número de veterinarias en toda la zona. Acá a la vuelta hay un consultorio de alta complejidad en el que se les puede hacer todos los estudios necesarios a los perros y a los gatos enfermos, y disponen de un quirófano de primera.

Por supuesto, cada visita al veterinario cuesta casi lo que nos cuesta a los seres humanos ir a lo del médico, lo cual hace razonable el afiliarse a una obra social para mascotas. Además, a los perros hay que ponerles las vacunas reglamentarias y, eventualmente, hacerlos castrar.

Los perros nos dan calor y compañía en los momentos de soledad, nos divierten con sus travesuras, nos obligan a salir a caminar, nos levantan la moral con su fidelidad y amistad, nos defienden de los agresores, nos parten el corazón cuando se extravían o se mueren.

Últimamente se están imponiendo los cementerios para perros (y otras mascotas). ¿Qué hacer si no con el animal muerto? No todos disponen de un patio o un jardín en sus casas para enterrarlos cerca. (Cuando se murió Pinky, la única perra que tuvieron mis padres cuando mi hermana y yo éramos niños, la enterramos en el patio trasero, al pie de un sauce que con los años terminó volviéndose enorme.)

Otro de los negocios que prosperan es el de las peluquerías caninas. Quien más, quien menos, todos llevan a sus perros cada tanto a que un “coiffeur” los espulgue, los bañe bien y les corte los pelos lanudos antes de la llegada de los calores.

Acá en Grecia hay un montón de perros callejeros. No son perros agresivos ni andan del todo descuidados. Es más, creo que con las nuevas leyes todos están vacunados e identificados, y hay grupos de voluntarios que les dan comida. (En realidad, hay muchos más gatos que perros callejeros, pero de ellos me ocuparé en otra oportunidad.)

Claro que con frecuencia me pregunto si la vida que le ofrecemos a los perros es satisfactoria para ellos. Es cierto que no deben preocuparse por la comida y el agua, que tienen techo y remedios, que pueden quedarse durmiendo cuando sus dueños deben salir a ganarse el pan… ¿Pero es vida pasarse encerrado todo el día en un departamento, con la excepción de una salida matutina y otra vespertina para hacer las necesidades y estirar las cuatro patas? ¿Es justo que nuestros perros no puedan vagabundear a sus anchas, tener aventuras con otros perros, buscar su propia comida, esconder los huesos robados, pelearse con el vecino y dar rienda suelta a su sexualidad cuando se ponen en celo?

Quiero concluir recordando un poema del poeta chileno Carlos Pezoa Véliz, muerto en 1908, cuando todavía no había cumplido los treinta años. En estos versos el autor describía muy plásticamente la vida miserable que les tocaba llevar a los perros callejeros de entonces.

Flaco, lanudo y sucio. Con febriles
ansias roe y escarba la basura;
a pesar de sus años juveniles,
despide cierto olor a sepultura.

Cruza siguiendo interminables viajes
los paseos, las plazas y las ferias;
cruza como una sombra los parajes,
recitando un poema de miserias.

Es una larga historia de perezas,
días sin pan y noches sin guarida.
Hay aglomeraciones de tristezas
en sus ojos vidriosos y sin vida.

Y otra visión al pobre no se ofrece
que la que suelen ver sus ojos zarcos;
la estrella compasiva que aparece
en la luz miserable de los charcos.

Cuando a roer mendrugos corrompidos
asoma su miseria, por las casas,
escapa con sus lúgubres aullidos
entre una doble fila de amenazas.

Allá va. Lleva encima algo de abyecto.
Le persigue de insectos un enjambre,
y va su pobre y repugnante aspecto
cantando triste la canción del hambre.

Es frase de dolor. Es una queja
lanzada ha tiempo, pero ya perdida;
es un día de otoño que se aleja
entre la primavera de la vida.

Lleva en su mal la pesadez del plomo.
Nunca la caridad le fue propicia;
no ha sentido jamás sobre su lomo
la suave sensación de una caricia.

Mustio y cansado, sin saber su anhelo,
suele cortar el impensado viaje
y huir despavorido cuando al suelo
caen las hojas secas del ramaje.

Cerca de los lugares donde hay fiestas
suele robar un hueso a otros lebreles,
y gruñir sordamente una protesta
cuando pasa un bulldog con cascabeles.

En las calles que cruza a paso lento,
buscan sus ojos sin fulgor ni brillo
el rastro de un mendigo macilento
a quien piensa servir de lazarillo.

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Imágenes de Grecia

Vista de la moderna ciudad de Esparta desde el sitio arqueológico de Mistra.
Vista de la moderna ciudad de Esparta (al fondo) desde el sitio arqueológico de Mistra.
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Ética laica y ética religiosa

¿Cuál es la diferencia entre la ética y la ética religiosa?

En realidad, las diferencias son varias.

En primer lugar, la ética (uso el término ética a secas, aunque podría referirme también a la ética laica) construye su teoría normativa, su sistema de normas y principios, sin recurrir a ninguna instancia teológica. La herramienta de trabajo es aquí la razón, no la revelación, o la tradición, o las Escrituras.

En segundo lugar, la ética laica no recurre a Dios ni a ningún aspecto religioso o espiritual a la hora de fundamentar su teoría normativa, esto es, a la hora de darle un fundamento al sistema de normas y principios. Ante la pregunta: “¿Por qué debemos hacer x?, o ¿por qué debemos guiarnos por el principio p?, la respuesta no puede ser: “Porque Dios así lo quiere, porque es lo que nos manda la divinidad”.

En tercer lugar, la ética laica no puede echar manos a motivaciones extramorales de tipo religioso cuando elabora sus consideraciones psicológicas. Por ejemplo, si alguien pregunta por qué debemos atenernos al principio p, la respuesta no puede ser “porque Dios te está mirando y, si actúas bien, te recompensará, mientras que, si actúas mal, te castigará”.

En síntesis, la ética laica prescinde de todo recurso a la dimensión religiosa en el momento de diseñar su sistema de normas y principios, de darle una fundamentación y de individualizar motivos para la adopción de la conducta moral correspondiente.

Esto no significa que el filósofo que se dedica a la ética deba ser forzosamente ateo, agnóstico o antirreligioso. En todo caso, pondrá la cuestión de Dios entre paréntesis. (Tal vez no sea del todo desatinada esta comparación: un ingeniero puede ser profundamente religioso, pero a la hora de diseñar un puente, podrá de lado la cuestión de Dios y procederá con sus cálculos tal como lo hace un ingeniero agnóstico o ateo.)

Por todo lo anterior, creo que no necesitamos a Dios (ni tampoco al diablo) para llevar a cabo los tres objetivos principales de la ética filosófica: la determinación del sistema normativo, su fundamentación y la especificación de los motivos para la acción moral.

En este contexto, ¿qué sería para mí la ética religiosa? La respuesta salta a la vista: se trataría de una disciplina que recurre a la teología, a la tradición eclesiástica y a la revelación a fin de diseñar su sistema normativo, de fundamentarlo y de distinguir los motivos morales.

Por ejemplo, en las religiones abrahámicas el punto de partida podrán ser los diez mandamientos que Moisés recibió del dios del Antiguo Testamento. Por otro lado, la voluntad divina podrá ser el fundamento último de la moral (“debemos observar los diez mandamientos porque así lo dispuso Dios, que es nuestro Señor y nuestro padre”).

La célebre observación de Dostoievski según la cual “si Dios no existe, todo está permitido”, no tiene asidero en el seno de una cultura secular. Se aplica, sin duda, en el caso de una cultura profundamente religiosa, pero no en una sociedad que, desde hace siglos, viene desarrollando una manera de pensar laica.

Puede ser que aquí valga esta comparación: si una persona está encerrada en un cuarto oscuro y, de golpe, le abren de par en par las ventanas para que entre el sol de mediodía, lo más probable es que al principio no vea nada. La luz tan intensa y tan de golpe nos puede cegar. Bueno, lo mismo puede pasarle a una persona que durante años fue profundamente creyente y de golpe pierde la fe: creerá que entonces todo está permitido.

De todos modos, alguien me puede reprochar el estar malinterpretando la ética religiosa. Me imagino la siguiente declaración: “La ética religiosa no es un complemento vetusto e innecesario de la ética laica, es algo totalmente distinto. La persona profundamente religiosa, la persona que ve a Dios, que intenta diariamente comunicarse con Él, es una persona que amará a todos y buscará hacer el bien sin importarle las recompensas, ni las de esta vida ni las de la otra. La persona profundamente religiosa es alguien que se entrega totalmente al otro y, de esta manera, trasciende sus propios límites, va más allá de este mundo. La ética laica supone que el fin del hombre es la autorrealización, la satisfacción de todas sus necesidades, el despliegue de todas sus potencialidades. Pero esto es un error o, mejor, un espejismo. El hombre nunca puede realizarse ni sentirse satisfecho ni llegar a ser feliz. La única manera de superar esta trampa es entregándose a Dios y a los otros, amándolos. Este es el secreto de toda religión, de toda ética religiosa, aunque luego sea traicionado por las iglesias y los credos. La semilla de verdad que está en toda religión, antigua o moderna, occidental y oriental, es esta: que hay que entregarse totalmente a lo otro, a los otros, para poder uno finalmente hallarse a sí mismo, que solo dando nos enriquecemos, que solo negándonos nos afirmamos.”

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Universalismo y particularismo

Uno de los temas más debatidos en la ética y la teoría política contemporáneas es el de si existe un sistema de valores y de normas universal, esto es, válido para todos y no para una cultura o una sociedad determinadas. Quienes responden afirmativamente son los universalistas, mientras que quienes dicen lo contrario son los particularistas. De allí que el debate se conozca también como universalismo versus particularismo.

Es importante notar que, cuando hablamos de universalismo en filosofía práctica, no nos referimos tan solo a la (permítaseme la expresión) “voluntad de universalizar” un sistema determinado. Las grandes religiones mundiales (el cristianismo, el islamismo, el budismo, etc.), han sido vastos movimientos orientados a la expansión global de un (su) mensaje de salvación. La voluntad de universalizar (de hacer que llegue a todos) su sistema parcial estaba en el núcleo mismo de esas corrientes religiosas. Pero esto no las hace de por sí universalistas.

El punto no está en si queremos que nuestro sistema de valores y de normas se propague por todo el mundo, sea “por las buenas”, esto es, mediante la persuasión y la conversión, sea “por la fuerza”, mediante la imposición.

¿Cuál es, entonces, el eje de la cuestión? Es, sin dar más rodeos, el de decidir si el sistema basado en las libertades y en la dignidad de todas las personas es “una religión más”, es “la religión de los que no creen en nada”, es “la doctrina del Occidente moderno”, y por lo tanto carente de pretensiones legítimas de universalidad, o no.

Un particularista (por ejemplo, un fundamentalista cristiano o musulmán) nos va a decir que, efectivamente, el liberalismo político y los derechos humanos no son más que una nueva religión, la religión que las elites ilustradas buscan imponer sobre todas las otras clases y sociedades.

Sin embargo, creo que esa posición no logra hacer justicia al universalismo verdadero. Un universalista consecuente podría sostener que su intención no es la de imponer ninguna creencia ni ninguna forma de vida particulares a nadie, sino solo señalar que existen algunos valores (como el respeto al otro, la tolerancia, etc.) y algunas normas (especialmente, las que se derivan de la Declaración de los Derechos Humanos) que valen para todos y que todos debemos aceptar, independientemente de si además somos cristianos, musulmanes o agnósticos.

Tal vez la mejor manera de entender la propuesta del universalismo es entender que hay dos niveles en el discurso ético y político, un primer nivel en el que están las diversas religiones con sus creencias y formas de vida concretas y particulares, y un segundo nivel (o metanivel) en el que se sitúan ciertos valores y reglas “formales”, destinados a asegurar la convivencia de todos, en un clima de mutuo respeto.

Así, en el nivel uno tendríamos el cristianismo, el islamismo, el judaísmo, el animismo y cualquier otra forma de vida y de creencia religiosa o, incluso, agnóstica; y, en segundo lugar, estaría, encima de todo, la validez del liberalismo político y los derechos humanos.

Lo anterior podría ilustrarse de este modo: el universalismo es como un techo lo suficientemente alto y lo suficientemente grande como para dar cabida a todos los particularismos: cristianos y musulmanes, animistas y ateos.

La única condición para que el edificio no se venga abajo es que ninguno de los sistemas particulares quiera erigirse en el “techo” y cubrir (aplastar) a todos los otros. Esto sería el particularismo, lo opuesto al verdadero universalismo.

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Reproducción asistida y muerte asistida: paralelismos

Días pasados el filósofo italiano Maurizio Mori comparaba la muerte asistida con la reproducción asistida, esto es, la ayuda médica a morir con la ayuda, también médica, a procrear.

El punto que señalaba Mori es sumamente interesante: así como en las últimas décadas se ha medicalizado la reproducción humana, del mismo modo se ha medicalizado el fin de nuestras existencias individuales. En el pasado, la fecundación, la gestación y el nacimiento de un niño ocurrían muchas veces “solos”, sin la asistencia de ningún médico y lejos de las instituciones sanitarias; también así se daba la muerte, como resultado de un acontecimiento por entonces imprevisto e imprevisible: un accidente, una guerra, una catástrofe, una enfermedad o la simple vejez.

Por supuesto, Mori no quería exagerar: incluso en nuestros días hay mujeres que conciben, que gestan y que paren sin asistencia de la medicina (por ejemplo, en las regiones más pobres de este mundo) o que lo hacen sin consultar mucho al médico (porque se trata, por ejemplo, de mujeres jóvenes y sanas que no tienen mayores dificultades ni mayores temores).

De todos modos, la realidad de nuestras sociedades occidentales u occidentalizadas es otra. Es muy raro entre nosotros que una mujer no vaya al médico antes de concebir, que no vaya a realizarse los estudios y los seguimientos que se han vuelto “de rutina” durante el embarazo y que no tenga a su hijo en un hospital. Aquí está claro que la reproducción se ha medicalizado y que en el futuro (y no hablemos del futuro lejano, sino de los próximos años) esa medicalización será mucho mayor.

Mori no decía que todas las personas de nuestra sociedad o, mejor, de nuestro entorno social acepten de buen grado la medicalización de su actividad reproductiva. Algunos se oponen a la fecundación in vitro por motivos religiosos, otros rechazan el parto hospitalario con considerarlo antinatural, etc. Pero lo cierto es que más allá de esas voces de disenso y del peso que puedan tener las razones alegadas, la asistencia a la reproducción es un hecho inequívoco.

El puente que quería tender Mori iba de esta práctica manifiesta a aquella otra práctica más solapada: la de la muerte asistida. ¿Por qué nos cuesta tanto aceptar el hecho de que necesitamos ayuda para morir (entiéndase: para morir bien y, sobre todo, para morir cuando cada uno de nosotros lo decida), mientras aceptamos mucho más fácilmente la ayuda para procrear?

Por supuesto, una respuesta obvia es que asociamos la reproducción con algo bueno y deseable (la vida), mientras que la idea de la muerte nos provoca casi indefectiblemente angustia y ansiedad, por más que sepamos que Fulano o Mengano ha muerto tranquilamente, sin dolores y, sobre todo, después de haber tenido una vida larga y fructífera.

En síntesis, creo que la comparación que Mori trajo a colación merece toda nuestra atención. Por más que nos cueste aceptarlo, la muerte hoy difícilmente viene sola. Morir está volviendo cada vez más el resultado de una o muchas decisiones, casi siempre conscientes. La “muerte natural” es una especie en extinción en nuestro mundo. Debemos dejar de hacer como el avestruz, que esconde la cabeza en la arena para no ver la realidad.

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Imágenes de Atenas

Un resto de nieve en las cumbres del monte Parnés es todo lo que queda de la única semana de frío que nos ha deparado este invierno, al menos hasta ahora
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