Mis críticas al principio del doble efecto

Esta mañana releía el capítulo en el que trato el principio del doble efecto. Es cierto que toda acción humana tiene varios efectos, algunos directos y otros indirectos, algunos conocidos y otros ignorados, algunos buenos y otros malos. Es cierto también que si al obrar nuestra intención es buena, no se nos puede culpar por los efectos indeseados de nuestro acto (mientras exista una “proporcionalidad” entre el bien buscado y el mal causado, y mientras no hayan otras vías de acción). Pero, no obstante, sigo pensando que el principio del doble efecto es un «constructo» o, mejor, un artilugio para tratar de hermanar dos ideas irreconciliables: la idea de la santidad de la vida con la idea de que a veces no queda otra opción más que poner fin a una vida humana.

Por mi parte, no creo que la vida humana sea sagrada. Podemos, sí, verla como una gracia, como un don, como una maravilla… pero eso no significa que deba volverse algo “intocable”. Mi lema podría ser: respetar la vida humana, sí; considerarla como uno de los mayores bienes, sí; pero actuar guiados por la superstición, jamás.

Asimismo, pienso que es posible justificar de otras maneras la acción destinada a poner fin a la vida de una persona en casos como una guerra justa, la defensa propia, la eutanasia voluntaria.

Por otro lado, el principio del doble efecto tiene el gran problema de cómo determinar la intención que mueve al actor. ¿Cuál es la intención concreta del médico que le inyecta al paciente terminal una dosis “desproporcionada” de opiáceos? ¿Es la de terminar con la vida del paciente, o es “solamente” la de calmarle los dolores, aún cuando sepa que tal acción tiene una probabilidad elevada de causar la muerte? ¿No es acaso falso creer que detrás de nuestras acciones, incluso de las acciones más simples, se esconde una miríada de intenciones, intenciones que, para colmo, no siempre pueden ser delimitadas con precisión? ¿Cuál es, por ejemplo, mi intención cuando preparo la cena para esta noche? ¿La de alimentarme, la de alimentar a los míos, la de pasar un buen rato en compañía, la de cumplir un deber, la de repetir una costumbre? Con esto no quiero sugerir que la intención sea algo absolutamente indeterminable . Tampoco quiero insinuar que la intención no tenga importancia desde el punto de vista moral. Lo único que digo aquí es que el principio del doble efecto se basa sobre una concepción de la intención que me parece discutible.

Cuando un jardinero arranca la hierba que crece entre las flores, su intención última puede ser la de embellecer el jardín. Pero la intención puntual cada vez que agarra un manojo de hierbas y las arranca es justamente esa, la de arrancar la hierba. La intención general del jardinero (“embellecer el jardín”) no se degrada si reconocemos que la intención concreta en este momento es la de arrancar de raíz un puñado de hierbas.

Esto lo digo porque hay casos en los que se aplica el principio del doble efecto de manera muy problemática. Por ejemplo, hay clínicas que justifican la realización de un aborto alegando que la intención es la de salvar la vida de la madre puesta seriamente en peligro por el embarazo. Cuando el médico aquí aborta, puede por supuesto tener el objetivo último de salvar la vida de la madre, pero al obrar, esto es, al abortar, tiene la intención puntual de quitarle la vida al feto. El médico no actúa “automáticamente” ni tampoco actúa teniendo en mente siempre y solamente la intención global. Cada acción puntual se compone de acciones específicas, y cada una de estas acciones específicas tiene por detrás una intención concreta. Este es un hecho que no se puede desconocer, que casi diría que es obvio, aunque los defensores del principio del doble efecto hagan malabarismos para pasarlo por alto.

Bueno, hasta aquí mis críticas al principio… dejo abierto el tema a la discusión. ¿A alguien se le ocurren otras ideas?

Publicado en Uncategorized | Etiquetado , , , , | 1 comentario

Los tres principios morales y su jerarquía

Los otros días escribía que el principio de la autonomía de la persona era el principio rector de la ética. Hoy estuve dándole vueltas al tema y me pareció importante agregar un par de consideraciones.

En primer lugar, no es posible basar todo nuestro sistema de normas y valores en un solo principio. Eso sería tan descabellado como tratar de basar todo un edificio en una sola columna, por sólida que fuera. Nuestra ética es una construcción que se basa en varios principios, no en uno solo. Así, podría decir que el principio de la autonomía de la persona es el «primer principio», pero que existen otros principios complementarios. Hay ámbitos morales que este principio no cubre, o no totalmente.

Para poner un ejemplo clásico: en una guerra o en una catástrofe es lícito restringir hasta cierto punto el ejercicio de las libertades individuales con el fin de vencer al ejército agresor o de restablecer el orden.

Así, el principio del utilitarismo, esto es, el principio del incremento de la utilidad promedio de todos los individuos, no queda descartado de la esfera de los principios morales, sino que juega un rol secundario. En condiciones normales, los requerimientos derivados el principio de la utilidad se subordinan a las directivas que fija el principio de la autonomía de la persona, pero no siempre en situaciones excepcionales.

Luego está la ética de la virtud, que nos insta a practicar nuestras virtudes o capacidades morales y a expresar nuestros sentimientos morales.

Si le doy una mano a un colega que está atascado de tanto trabajo, no estoy siguiendo ninguna norma que se derive del principio de la autonomía de la persona. En cierta medida, mi ayuda puede enmarcarse dentro del principio utilitarista: al prestar ayuda a un colega seguramente incremento la utilidad general de la institución en la que trabajo, de modo que todos nos beneficiamos. Pero mi ayuda nace más bien de sentimientos morales (puedo compadecerme ante la situación de mi prójimo) y del ejercicio de virtudes como la camaradería.

Por poner un último ejemplo. Cuando perdono a alguien que me ha ofendido, no actúo ni en términos del principio de autonomía ni tampoco del principio utilitarista. Es más, podría ser más provechoso si continuara mostrándome ofendido (mientras ello no lleve a extremos como el resentimiento). Pero al perdonar a quien me ha hecho daño, actúo bajo la guía de sentimientos nobles, ejercito virtudes como la amistad, etc.

Por otro lado, el hecho de que conviene incluir otros principios morales como cimientos de nuestro sistema de normas y valores es más claro aún en el caso de nuestra relación con la naturaleza. Por poner un ejemplo simple: si necesito atravesar un lago, puedo usar el árbol que está a mi lado para construir una balsa. El árbol no es una persona y ni siquiera es un ser capaz de tener sensaciones de dolor o placer, de modo que, al derribarlo, no estoy violando el principio de autonomía de la persona o el principio que me impide causar dolores injustificados e intolerables a los animales. Pero si, para cruzar el lago, puedo servirme de otro objeto en vez de destruir la planta, entonces estoy moralmente obligado a seguir este otro curso de acción. ¿Por qué? Porque aquí se aplican los restantes principios, el principio utilitarista y el principio del ejercicio de las virtudes y de expresión de los sentimientos morales. Al no talar sin necesidad el árbol, contribuyo a la conservación del ambiente, lo que redunda en una mayor utilidad promedio para todos. Igualmente, mi respeto a la planta puede interpretarse como expresión de sentimientos morales (la consideración de la naturaleza, el sentimiento de unión con todos los seres vivos, etc.)

Para concluir: el principio de la autonomía de la persona prevalece sobre los restantes principios, pero hay otros principios morales complementarios que también juegan un rol importante en la guía de nuestra acción.

Publicado en Uncategorized | Etiquetado , , , , , | 1 comentario

Eutanasia como «buena muerte»

Al escribir sobre la eutanasia, uno de los aspectos que más me interesa resaltar es el de eutanasia como «buena muerte» o «buen morir». De hecho, esa es la etimología del término: en griego, «eu» es un prefijo que puede traducirse como «bueno» y «thanasía» deriva de «thánatos», muerte. El tema es justamente reflexionar acerca de qué es o qué puede ser una buena muerte (se recurra o no a la asistencia de un médico para terminar con la propia vida).

Ya los griegos decían que la muerte podía ser buena (euthanasía) o mala (dysthanasía).

En realidad, en la cultura helena el término eutanasia no tenía un sólo significado, sino que era una voz polisémica.

Uno de los significados del término eutanasia era el de buena muerte entendida como «muerte dulce», la muerte que llegaba sin dolores ni sufrimientos, en particular la muerte que le sobrevenía a un enfermo o a un viejo mientras dormía. Dysthanasía, por el contrario, era la muerte plagada de dolores, la muerte que tardaba en llegar, la muerte precedida por un calvario.

En Sócrates y, más tarde, en el epicureísmo y el estoicismo (al fin y al cabo, dos escuelas que se remontan a Sócrates), morir bien significaba no tanto el morir sin dolores físicos, sino el morir sin sufrimientos psicológicos, esto es, morir teniendo el control de las emociones y los pensamientos hasta el último momento. Moría bien quien se enfrentaba a la muerte con serenidad, con sabiduría, dominando las ideas irracionales y las emociones extremas. (Aquí hay toda una literatura muy rica sobre el buen morir: la muerte de Sócrates en el Fedón de Platón, o la muerte de Epicuro en los fragmentos que nos han llegado).

En el epicureísmo y el estoicismo había una relación muy estrecha entre el morir bien y el quitarse la vida en el momento oportuno. Para un Sócrates o, posteriormente, para un Séneca era indigno el morir ejecutado por un desconocido. Digno era, llegado el momento, terminar la vida con las propias manos. Igualmente, para un Epicuro e, incluso, para un Diógenes, ya en la tradición de los cínicos, era indigno dejar que la enfermedad consumiera lentamente al sabio. El «sofós»sabía poner el punto final a su vida cuando veía arribar el momento.

En esta línea, pero ya llegando a un extremo, estaban quienes pensaban que la buena muerte sólo podía ser resultado de la acción humana. El héroe moría bien si moría en el campo de batalla o si se retiraba por siempre como Áyax. Para esta visión radical era indigno el que la naturaleza «siguiera su curso» y llevara al hombre (el morirse de viejo o de una enfermedad).

Mi objetivos no es defender ninguna de las concepciones antiguas sobre la buena muerte. Lo que es interesante es notar que ya entonces aparecían algunos elementos presentes en la discusión contemporánea en torno a la licitud de la eutanasia voluntaria y el suicidio asistido. Aquí van:

(a) La buena muerte es una muerte oportuna: no llega ni mucho antes, ni mucho después del momento justo;

(b) La buena muerte es una muerte libre de dolores intolerables e inútiles;

(c) La buena muerte es resultado de una decisión tomada de manera libre y responsable por el moribundo;

(d) La muerte no es necesariamente un acontecimiento negativo. Morir bien es saberle dar significado a eso que ocurre.

Publicado en Uncategorized | Etiquetado , , , , | 1 comentario

Ética de la autonomía de la persona

Si tuviera que ponerle una etiqueta a mi concepción ética diría que «se basa fundamentalmente en el principio de la autonomía de la persona». La autonomía personal es para mí el ideal que ha de orientarnos, la meta a la que llegar y el criterio en función del cual debemos determinar la corrección o no de nuestro sistema moral y legal actual.

Las reflexiones sobre la eutanasia voluntaria que hasta ahora he presentado en este blog parten justamente del principio de la autonomía personal. Decidir cómo y cuándo morir es parte integrante de mi plan de vida. Nadie puede impedirme vivir y morir tal como quiero, mientras mis decisiones (a) no dañen a terceros (J. S. Mill) y (b) sean decisiones tomadas de manera libre y responsable.

A continuación les traduzco una cita tomada del ensayo de Isaiah Berlin, «Two Concepts of Liberty», una cita que podría usar como epígrafe en mi próximo libro. Aquí va:

Puesto que la esencia de los hombres es que son seres autónomos –autores de valores, de fines en sí, fines cuya autoridad última consiste precisamente en el hecho de que son elegidos libremente–, entonces no hay nada peor que tratarlos como si no fueran autónomos, sino objetos naturales.

Publicado en Uncategorized | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

A propósito de la despenalización de la eutanasia en Canadá

Hace unos días, Fernando Rey publicó en El país un comentario a raíz de la decisión de la corte suprema canadiense de despenalizar la eutanasia voluntaria y el suicidio asistido, y de instar al poder legislativo a que regule la práctica mediante una ley nacional. Comparto el enfoque general del autor y veo, al igual que él, la necesidad de introducir una modificación de la ley española de modo que también allí se contemple el derecho a la muerte digna y oportuna.

Aquí me propongo solamente señalar tres aspectos en los que discrepo con el autor.

En primer lugar, el «caso canadiense» no es anómalo. Incluso en Holanda la despenalización de la eutanasia voluntaria y el suicidio asistido precedió a la legalización. No es extraño que una sentencia de la corte suprema sea el factor desencadenante para que luego se dé la reforma legal correspondiente. Países como Suecia, Polonia y Colombia (tres países muy distintos entre sí) han despenalizado la eutanasia voluntaria practicada en pacientes terminales pero no la han legalizado. Por tanto, no considero que haya nada sorprendente o reprobable en la manera como se están dado las cosas en Canadá.

En segundo lugar, Holanda no es un ejemplo del supuesto riesgo que correría una sociedad que legaliza la eutanasia voluntaria. Es lamentable que el autor repita una opinión muy difundida pero infundada. Es cierto que en Holanda hay casos de eutanasia practicada sin el consentimiento del enfermo (lo que constituye, lisa y llanamente, un crimen). Pero es igualmente cierto que ese fenómeno se daba mucho antes de la legalización. No hay un nexo entre «legalización» y «abusos». Por el contrario, desde que se legalizó la eutanasia voluntaria, han disminuido los casos de eutanasia sin el consentimiento en los Países Bajos.

Finalmente, no existe una diferencia significativa entre el suicidio asistido y la eutanasia voluntaria, ni en términos morales, ni en términos prácticos. Una sociedad que está lo suficientemente madura como para introducir el suicidio asistido, lo está también para permitir la eutanasia voluntaria. Si el temor es el «desliz en la pendiente resbalosa», entonces con legalizar solamente el suicidio asistido no se evitan todas las posibles fuentes de abuso. La clave está en regular adecuadamente la práctica eutanásica, tanto el suicidio asistido como la eutanasia voluntaria propiamente dicha. Si para algo sirve la experiencia hecha por países como Holanda, Bélgica y Luxemburgo, es justamente para aprender de sus errores de manera que se puedan crear mecanismos de control más efectivos.

Publicado en Uncategorized | Etiquetado , , , | Deja un comentario

Sobre la amistad y sus sucedáneos

“Pensar que ciertas cosas capitales en la vida de mi mejor amigo, las sé por terceros. Y aquí se roza el terreno de la especialización: no es raro que a otro (nada íntimo, por lo regular) le contemos sin temor lo que al amigo se calla. Hay un estante para sombreros y otro para calzoncillos”.

J. Cortázar, Diario de Andrés Fava

(1) En su Ética a Nicómaco, Aristóteles distingue tres formas de la amistad en función del motivo que reúne a los amigos: amistad por utilidad, por placer o por virtud. Los dos primeros tipos de amistad no requieren mayor explicación: uno puede querer tener amigos por el beneficio que supone la ayuda mutua, o porque es divertido pasar el tiempo junto a otros con quienes se tiene cierta familiaridad. Pero, como Aristóteles insiste, uno también puede cultivar la amistad por sí misma; de hecho, el hombre virtuoso tiene amigos por la amistad en tanto tal, sin otro motivo adicional.

Es indudable que en toda amistad hay casi siempre un interés subyacente: uno sabe que puede contar con un amigo en los momentos difíciles, uno la pasa mejor entre amigos, etc. Lo que no es tan claro, al menos a primera vista, es que el tipo más noble de amistad sea la amistad por sí misma. Según Aristóteles, el hombre íntegro cultiva la amistad porque esta es un modo de relacionarse que presupone el ejercicio de nuestras mejores capacidades sociales y morales o, para usar su lenguaje, de nuestras perfecciones (aretai, virtudes).

En términos modernos, podríamos decir que, para Aristóteles, la verdadera amistad es aquella en la cual esta constituye un fin en sí mismo, y no un medio para obtener otro fin (ayuda, compañía, etc.). El hombre íntegro cultiva la amistad por la pura amistad.

La clave para entender el concepto de amistad en Aristóteles está, en mi opinión, en su concepto de «actividad». Sin entrar en detalles, diré solo que, por una parte, uno puede actuar en vistas a obtener algo extrínseco a la acción que se realiza. Si cocecho aceitunas con el fin de hacer aceite, estoy actuando en función de un fin ajeno a la acción misma. Pero, por otra parte, hay acciones que se realizan por sí mismas, esto es, acciones cuya finalidad está en el actuar mismo. La esencia del ser humano, para Aristóteles, está en el desarrollo continuo de aquellas capacidades que nos son constitutivas. Así, cultivar la amistad, cultivar las artes, cultivar la filosofía, son actividades en las cuales el hombre realiza sus perfecciones, ejercita sus virtudes, por más que uno pueda obtener un beneficio adicional de tales actividades.

Siguiendo este modo de razonar, se podría afirmar, por caso, que el verdadero atleta para Aristóteles no es quien practica el atletismo por los beneficios para la salud que tiene el deporte, o porque se puede hallar placer en el entrenamiento. El atleta practica el atletismo porque esa actividad representa el despliegue de ciertas perfecciones humanas.

(2) Me he explayado en la concepción aristotélica de la amistad por virtud para alertar contra una malinterpretación. Alguien podría pensar que el verdadero amigo es aquel que cultiva la amistad porque tal tipo de relación social ofrece una ocasión privilegiada para ejercitar ciertas virtudes morales, como la paciencia, la abnegación, etc. Esto no es lo que Aristóteles tiene en mente. Alguien puede realizar obras de caridad sin que ello le reporte ningún beneficio; incluso puede ayudar a los pobres, a los enfermos, etc., aún cuando ello le cause disgusto. La motivación última puede ser simplemente la práctica de la caridad. Una persona tal podría hasta llegar a cultivar la amistad con seres con los cuales no tiene ninguna afinidad – sólo para practicar ciertas virtudes.

Independientemente de cuán loable pueda ser una actitud semejante, no es correcto suponer que, según Aristóteles, uno pueda hacerse amigo de cualquiera, que no importe quién sea el otro, basta con que constituya una ocasión para el ejercicio de la amistad como virtud. Está claro que, así como uno no se casa con cualquiera, sino con la persona que ama y de la que está enamorado (a menos que se trate de un matrimonio por interés), uno elige los amigos por la simpatía y la afinidad que encuentra en ellos. En la relación amorosa, el vínculo es la atracción erótica. En la amistad, el lazo es la similitud que uno ve en el otro, la posibilidad de complementarse compartiendo, la simpatía. Uno puede ser un buen vecino de Juan o un buen colega de Pedro, pero no se volverá un buen amigo ni de uno ni del otro a menos se dé ese tipo de atracción que consideramos propia de la camaradería.

(3) Hay un aspecto constitutivo de la verdadera amistad que Aristóteles menciona en su Ética, pero que no termina de desarrollar en toda su extensión, y es el siguiente: la amistad permite – pero, al mismo tiempo, supone – una apertura total hacia el amigo. Los amigos del alma comparten la intimidad, ese es el terreno en común. Se trata, sin duda, de una intimidad distinta a la que se da entre amantes. Pero es también una intimidad significativa. No puedo llamar amigo a aquel en quien no confío lo suficiente como para abrirle las puertas de mi alma de par en par. Frente al amigo puedo – pero también, en un cierto sentido, debo – desnudar mi alma. Quien no es capaz de abrirse plenamente ante una persona amiga, en verdad no puede decir que “tiene amigos”, a lo sumo tendrá «buenos conocidos».

Está claro que la confianza es sumamente necesaria para la amistad, ya que uno se vuelve vulnerable en esa apertura, al mostrarse y revelarse tal cual es. Por eso, la traición de un amigo es tan demoledora.

Insisto en ese doble carácter de la apertura: por un lado, tengo el derecho de mostrarme tal cual soy ante el amigo, pero, por otro, tengo la necesidad de hacerlo. De lo contrario, no se logrará nunca la amistad plena. (Por supuesto, eso no significa que siempre deba abrirme, ni mucho menos que siempre deba mostrar todo lo que alberga mi psique. Tal vez basta que ello suceda una vez en una sólida relación de amistad. Por otro lado, hay gente a la que le resulta más fácil que a otros superar la vergüenza, el embarazo y el temor que implica esa apertura. Hay personalidades más proclives a la amistad que otras.)

En nuestra cultura, la necesidad de abrirse y revelar la intimidad psicológica al otro (al amigo) no es menor que en las sociedades no-occidentales o que en las comunidades primitivas. Se trata de una constante antropológica. También es cierto que hay individuos que nunca logran satisfacer plenamente esa necesidad y que, al morir, se lleva consigo una intimidad que nunca afloró a la luz de la amistad; se puede vivir toda una vida sin desnudar el alma, pero entonces se vive como un verdadero desgraciado.

No obstante, nuestra cultura – ¡ay! –  es rica en artilugios y escapatorias. No necesitamos ya una disciplina férrea para abstenernos del azúcar que nos daña. Hoy contamos con edulcorantes de todo tipo que nos gratifican el paladar a la vez que nos ahorran las consecuencias indeseadas del dulce. No es ya necesario, ni parece conveniente, soportar estoicamente el dolor de muelas cuando contamos con analgésicos. De igual manera, ya no necesitamos al amigo para abrir el alma. En nuestra cultura, el psicoterapeuta ofrece esa instancia de intimidad sin necesidad de contar con amigos. Así, uno paga una sesión de psicoterapia y ello, de algún modo, reemplaza el encuentro con el amigo íntimo. Es más fácil desnudarse ante un desconocido que ante un amigo de toda la vida – al fin y al cabo, el psicólogo será siempre un desconocido, un extraño, alguien a quien, llegado el caso, puedo no ver nunca más. La psicoterapia es la prostituta de nuestro tiempo. Con dinero no se puede comprar el amor, como repiten tantas canciones, pero se puede satisfacer la urgencia sexual; tampoco se puede comprar amigos con el dinero, pero se puede satisfacer la necesidad de confesión e intimidad pagando una hora de terapia. Sospecho, incluso, que hoy en día muchas personas prefieren el psicólogo al amigo. Mientras que en la relación de amistad los límites pueden ser borrosos, en la relación con el terapeuta los roles están claramente definidos. Mientras que el amigo puede traicionar la confianza que se le depositó, la conducta del terapeuta está reglamentada por el código deontológico, y una violación a las normas implicaría incurrir en sanciones. Mientras que el amigo puede no entenderme si me abro a él o puede no saber cómo ayudarme, el psicólogo es un profesional entrenado para tratar adecuadamente una apertura del alma.

Una observación final: algún partidario de Michel Foucault podría objetar que la psicoterapia no es más que la forma secular de la confesión cristiana, que el psicoanálisis y la psicoterapia son posibles porque el cristianismo ha preparado el terreno durante siglos. Aquí mi respuesta es muy sencilla: sí, es posible que así sea. En tal caso, lo que se podría afirmar es que la práctica periódica y minuciosa de la confesión ante el sacerdote habría reemplazado desde (al menos) finales de la Edad Media la necesidad de contar con buenos amigos. Desde entonces, la interioridad no se comparte ya (necesariamente) con el amigo, sino que se abre ante el “ministro de Dios”. Así y todo, hay que notar que la relación creyente-confesor no tenía el carácter mercantil que hoy muchas veces asume la relación cliente-terapeuta. La confesión no se compraba como hoy puede comprarse la hora de terapia.)

Publicado en Uncategorized | Etiquetado , , , , | 1 comentario

La escritura de la filosofía como notas de un viaje

Hay quienes creen que “la historia de la filosofía” es algo así como una entidad que existe allí fuera, a manera de una estatua de mármol expuesta en un museo. Creen, en consecuencia, que un libro sobre la historia de la filosofía les permitirá ver esa cosa única, estática. Esta idea es incorrecta: la historia de la filosofía, ni es una “cosa”, algo objetivo, ni mucho menos una cosa única, terminada.

Permítanme la siguiente comparación. La historia de la filosofía es como el plato típico de un país. Si alguien viene a Grecia, puede querer probar el “musakás”, una de las comidas típicas. Ahora bien, no existe EL musakás, así, con el artículo escrito en mayúscula. Sólo al turista desprevenido le venden “el musakás” en alguna de las tabernas de Plaka. Los que vivimos en Grecia sabemos que hay tantos musakás como buenos chefs hay. Cada cocinero propone su versión del musakás.

En este sentido digo que la historia de la filosofía no existe, como no existe “el” musakás. Existen muchas versiones de la historia de la filosofía, algunas mejores, otras peores. Pero todas son, precisamente, eso: versiones. Pretender encontrar en un libro o en un autor LA historia de la filosofía, es como pretender dar con EL musakás de la mano de un determinado chef.

Sin duda, hay elementos básicos, ingredientes que no pueden faltar, tanto en la preparación del musakás como en la exposición de la historia de la filosofía. Un musakás sin berenjenas no es, en realidad, musakás, como una historia de la filosofía que no discuta a los presocráticos o a los empiristas ingleses no es una historia de la filosofía.

Repito, la historia de la filosofía no es una entidad que existe allí fuera, por más que creamos que “lo escrito escrito está”. El hecho de que el soporte de la historia de la filosofía sean los libros de la biblioteca, no significa, ni que haya una versión de la historia de la filosofía, ni que esta sea algo “objetivo”.

Lo mismo puede decirse de la música. Las sinfonías de Beethoven, por ejemplo, no existen allí fuera. Lo que tenemos de manera “fija” o “inamovible” son las partituras. Pero hay una diferencia sustancial entre leer las partituras y escuchar las sinfonías. Ahora bien, cada director de orquesta recrea las sinfonías, propone una versión de esa música. No existe LA versión de las sinfonías de Beethoven, a menos que así uno exprese ese parecer como una cuestión de gusto: “para mí, la mejor interpretación de la Séptima de Beethoven es la de Carlos Kleiber”.

Por último, quisiera llevar esta idea a sus últimas consecuencias. Dije que no existe el musakás, sino que existen versiones del musakás, tantas como chefs. Dije también que no existe la Séptima de Beethoven, sino distintas versiones de esa sinfonía, tantas como directores de orquesta. Ahora propongo que, en realidad, cada uno de los musakas es único, como cada una de las interpretaciones de la Séptima es única. Por ejemplo, una versión de la Séptima por el Kleiber de los años 1980 no es exactamente lo mismo que una por el mismo director de los años 1990. Así, cada libro de la historia de la filosofía propone una aproximación única e irrepetible. La versión de la historia de la filosofía que ofrece el joven Gadamer, por caso, no es ya la misma que ofrece el Gadamer maduro. Es imposible volver a escribir el mismo libro.

Pero, entonces, ¿qué es la filosofía? ¿y qué es la historia de la filosofía? Les confieso que me es relativamente sencillo decir, si alguien me pregunta por mi profesión: “soy filósofo”, o “soy doctor en filosofía”. Pero si alguien me pregunta: “y bueno, ¿qué es la filosofía?, me pone en aprietos. Porque, en realidad, para mí, la filosofía es como un viaje, un viaje sin fin, un continuo estar viajando. El filósofo es como el viajero que lleva en su mochila un diario de viaje y que por la noche escribe las impresiones del día. Si en su marcha vuelve a pasar por una determinada ciudad que ya ha visitado, no verá lo mismo que vio la primera vez. Por eso, el acto esencial del filósofo es el escribir, como el acto esencial del chef es el cocinar y el del director de orquesta, el ejecutar la obra. La filosofía no es una cosa, y por ello el lector de filosofía no debe esperar del filósofo-escritor la versión definitiva de la filosofía. Todo lo que tenemos son anotaciones de un viaje. No hay punto de llegada, y mucho menos LA versión definitiva escrita desde el supuesto punto de arribo.

Publicado en Uncategorized | Etiquetado , , , , , | 1 comentario

Ateísmo es descreer de Dios y de todo fenómeno sobrenatural

Si uno se atiene simplemente a la etimología, “ateo” es quien niega la existencia de Dios. Sin embargo, el ateísmo no consiste únicamente en la negación de la existencia de Dios (o de Alá o Jehová). El ateísmo rechaza la existencia del orden sobrenatural. Para el ateo, no solamente no hay Dios, sino que no hay entidades divinas o espirituales. Todo lo que hay, para él, son fenómenos y seres “naturales” o “de este mundo”.

Por tal razón, el creyente puede despreciar y acosar al supersticioso, pero, en el fondo, sabe que entre ellos hay gran afinidad, que comparten algo que les es muy caro: la creencia en un orden sobrenatural. El peor «enemigo» del creyente no es el brujo, el mago o el curandero, sino el ateo.

En este sentido, es curioso notar que Sócrates en su apología se defiende de la acusación de ateísmo no afirmando públicamente que cree en los dioses del Olimpo, sino señalando que siempre ha invocado a los espíritus. Para Sócrates es obvio que si uno cree en el mundo sobrenatural y busca tener contacto con él, cree y reconoce a los dioses oficiales de la ciudad griega. Como si dijera: «no puede ser ateo quien, como yo, cree en las fuerzas espirituales».

“I teach and believe in divine or spiritual agencies (new or old, no matter for that); at any rate, I believe in spiritual agencies […] and yet if I believe in divine beings, how can I help believing in spirits or demigods; -must I not? To be sure I must. […] Now what are spirits and demigods? are they not either gods or the sons of gods? […] no one who has a particle of understanding will ever be convinced by you [Meletus] that the same men can believe in divine and superhuman things, and yet not believe that there are gods and demigods and heroes.” Sócrates, Apology 27-28.

Dicho sea de paso, la misma postura la encontramos en Diógenes el Cínico. Cuando alguien le preguntó si creía en los dioses, su respuesta no fue «sí» o «no», sino que exclamó con humor sarcástico: «How can I help thinking so, when I consider you to be hated by them?» (Diogenes Laertius, The Lives and Opinions of Eminent Philosophers)

Publicado en Uncategorized | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Crece la desigualdad entre ricos y pobres

Hace unos días el Credit Suisse publicó el informe anual sobre la riqueza mundial, Global Wealth Report 2014. (El documento puede descargarse gratuitamente de la página web de la entidad financiera.) Este año el informe incluye un largo capítulo sobre la desigualdad en la distribución de la riqueza. La decisión de estudiar la desigualdad mundial fue motivada, en parte, por la discusión que ha generado la obra del economista francés Thomas Piketty, Capital in the Twenty-First Century.

El informe comienza destacando que la riqueza global ha crecido más del cien por ciento desde el año 2000 a la fecha. A un ritmo de crecimiento del 11,4 por ciento anual, la riqueza pasó de 117 billones de dólares en 2000 a 263 billones en 2014.

A pesar del avance de economías como la china y la india, Estados Unidos sigue siendo el país más acaudalado. Con una riqueza estimada en 91 billones de dólares, los Estados Unidos posee el 35 por ciento del activo mundial. Téngase presente que, en comparación, China – con el 21,4 por ciento de la población adulta mundial – produce “solamente” el 8,1 por ciento de la riqueza total del globo.

Si se divide el monto de la riqueza global por el número total de adultos, se llega al valor de 56.000 dólares, lo que equivale a la renta per cápita mundial. Se trata, no obstante, de una cifra engañosa, ya que la riqueza está distribuida de manera muy desigual entre los continentes y dentro de cada país. Como aclara el informe, ubicada en una pirámide

“la mitad inferior de la población global posee menos del 1 por ciento de la riqueza total. En claro contraste, el decil más rico tiene el 87 por ciento de la riqueza mundial, y solamente el percentil superior cuenta con el 48,2 por ciento del patrimonio global.” (11)

El cuadro se agrava cuando se tiene en cuenta que la distribución de la riqueza mundial no solamente es extremadamente despareja, sino que la desigualdad se ha acentuado en el último lustro. El informe hace claramente referencia a la “creciente desigualdad de la riqueza mundial en los últimos años.” (11) En particular, a partir de 2007 se registra un incremento de la desigualdad socioeconómica en la mayoría de los países. Este fenómeno tiene su origen – tal como sugiere el estudio – en el aumento de las ganancias que se obtienen del mercado de las finanzas.

Unas páginas más abajo el informe insiste en el nivel que ha alcanzado la desigualdad mundial en nuestros días:

“Nuestras estimaciones sugieren que 3,3 mil millones de individuos – más del 70 por ciento de los adultos de todo el mundo – tienen una riqueza por debajo de los 10.000 dólares, mientras que el grupo de los millonarios, que engloba a menos del 1 por ciento de la totalidad de los adultos, posee el 44 por ciento de la riqueza global.” (23)

Más concretamente, hay 35 millones de adultos, esto es, el 0,7 por ciento de la población adulta mundial, que poseen en promedio un millón de dólares. Si sumamos la riqueza de esas 35 millones de personas, obtenemos el valor de 115,9 billones de dólares, o sea, el 44 por ciento de la riqueza global.

Estos 35 millones de magnates se encuentran mayoritariamente en tres regiones del globo: en Norteamérica, en Europa y en el sureste asiático.

Si se analiza con detenimiento el grupo de los adinerados, se observa que este se compone de 128 mil personal adultas que son multimillonarios con una riqueza que sobrepasa los 50 millones de dólares. Casi la mitad de estos multimillonarios vive en los Estados Unidos.
El informe subraya que esta situación es resultado de una tendencia socioeconómica que ya lleva seis años y que, de no mediar un cambio radical, continuará probablemente en el futuro:

“Entre 2008 y mediados de 2014 […] se ve un aumento del 54 por ciento del número de los millonarios, un incremento del 106 por ciento del número de personas con una riqueza por sobre los 100 millones de dólares y más de la duplicación del número de billonarios” (27)

El informe clasifica los países según el grado de desigualdad que puede constatarse en ellos. El criterio utilizado es el porcentaje de la riqueza nacional que posee el decil más rico del país. De esta manera, un país tendrá un nivel “medio” de desigualdad cuando el 10 por ciento más rico de su población posea “sólo” entre el 50 y el 60 por ciento de la riqueza total. Este es el caso de muchos países de Europa occidental. En cambio, si en un país el 10 por ciento de la población posee más del 70 por ciento de la riqueza total, se está frente a una sociedad “muy desigual”. Es curioso notar que en esta categoría no se hallan solamente varios de los países “en desarrollo”, sino algunos países extremadamente ricos como Suiza y Hong Kong. Entre los países con menor desigualdad se cuentan Bélgica y Japón. En ambos casos, el 10 por ciento más rico posee menos del 50 por ciento de la riqueza nacional.

Para finalizar, es interesante detenerse un momento en el caso griego. A pesar de la crisis, Grecia continúa siendo un país caracterizado por una “desigualdad media”. Sin embargo, se constata un fenómeno que es común a muchas otras sociedades. Mientras que hasta 2007 podía verificarse una leve tendencia hacia una reducción de la desigualdad, a partir de ese año se observa un claro incremento de la disparidad de la riqueza. De hecho, en 2000 el 10 por ciento más rico de la sociedad griega poseía el 54,8 por ciento de la riqueza nacional. En 2007, esa misma franja de ricos pasó a tener el 48,8 por ciento. Sin embargo, a partir de ese año hay un incremento importante de la desigualdad. Actualmente el 10 por ciento de los griegos más acaudalados controla el 56,1 por ciento de los bienes del país, una cifra más alta que incluso la del año 2000.

Por cierto, el informe no menciona otro aspecto que, tanto en Grecia como en otros países, es sumamente alarmante. A la concentración de la riqueza en el sector más rico de la sociedad se agrega un marcado empobrecimiento de las clases media y baja.

Publicado en Uncategorized | Etiquetado , , , , | Deja un comentario

Comentario sobre «Capital» de Piketty

Aquí les señalo un comentario de Thomas Frank sobre el libro de Thomas Piketty, Capital in the Twenty-First Century. Frank no solamente se identifica con el lineamiento político e intelectual de Piketty, sino que además comparte las principales conclusiones del libro. No obstante, le critica dos puntos. En primer lugar, Frank resalta el desconocimiento de Piketty de la historia política y económica norteamericana. Así, Piketty sería un buen conocedor de la historia francesa e inglesa, pero tendría una visión demasiado vaga, cuando no errónea de la estadounidense. En segundo lugar – y este aspecto es mucho más importante – Frank rechaza de cuajo la propuesta política de Piketty de crear un impuesto mundial a la riqueza. En su opinión, no es algo factible. Frank propone, en cambio, dar más poderes y ampliar el campo de acción de los sindicatos. Un sindicalismo fuerte es la única manera, sostiene, de detener el proceso de inusitada acumulación del capital en manos del 1% más rico de la población. Frank concluye:

Un movimiento sindical poderoso no es la solución total de la plutocracia, tal como lo sabemos de algunos países europeos, pero sería un gran avance hacia la resolución del problema en la forma tan particular y caótica en que se da en Estados Unidos. Lo que necesitamos no es que un recaudador todopoderoso de impuestos de las Naciones Unidas descienda sobre los Estados Unidos, sino que necesitamos nuestras propias autoridades elegidas para proteger los derechos que ya tenemos sobre el papel.

En mi opinión, la existencia de sindicatos activos y eficientes es un aspecto importante – pero sólo un aspecto en la lucha por reducir la desigualdad económica. La experiencia europea demuestra que, con frecuencia, los sindicatos simplemente no se oponen al aumento exorbitante de los salarios de los altos ejecutivos. El historiador alemán, Hans-Ulrich Wehler, ha señalado reiteradamente que, por ejemplo, los dirigentes sindicales alemanes, que tienen voz y voto en las comisiones en que se fijan los supersalarios de los ejecutivos, apenas ofrecen resistencia. No es que se trate necesariamente de dirigentes corruptos, pero sí de personas que aceptan sin más lo que Piketty denomina la nueva cultura salarial: tendemos a pensar que está bien que los ejecutivos ganen salarios descomunales y que luego se los tase a niveles siempre menores. En todo caso, lo que falta es la voluntad política para establecer un tope a los «supersalarios» – y es allí donde el sindicalismo puede contribuir de manera decisiva.

Por otra parte, desde el momento en que los sectores más adinerados de cualquier sociedad – no sólo de la norteamericana – se mueven a nivel global, es necesario contar con instancias políticas internacionales. De lo contrario, un multimillonario estadounidense podrá llevar su riqueza a otro país más permisivo si ve que «en casa» las condiciones se vuelven menos propicias. Necesitamos, por tanto, un sindicalismo fuerte, pero un sindicalismo que no se limite a actuar dentro de las fronteras del propio país.

Publicado en Uncategorized | Etiquetado , , , , | Deja un comentario