Tres fuentes de sentido y felicidad

Mucha gente me pregunta: «Pero ¿cuál es el sentido de la vida? ¿cuál es el sentido que le puedo dar a mi vida? ¿qué nos pueden decir los filósofos?»

Una aclaración previa: «sentir que mi vida tiene sentido» y «sentirme feliz (o satisfecho, pleno, etc.)» son las dos caras de la misma moneda. Es cierto que uno puede creer que su vida tiene sentido y pasar momentos desagradables, duros, etc. Pero esencialmente vale eso que observaba Nietzsche: «Quien tiene un por qué para vivir, puede soportar cualquier cómo«, o sea, puede hacerle frente a los reveses de la vida, los años de lucha y privación, etc. De algún modo, quien siente que ha hallado el sentido de su vida se vuelve inmune a la desdicha. Por lo mismo, quien se siente feliz, quien mira su pasado y, a pesar de los altibajos, experimenta satisfacción, bien puede decir que su vida ha tenido sentido. Para decirlo de otra manera, la sensación de vacío, de desorientación, de no saber para qué se vive, está emparentada con la insatisfacción, con el deseo de que se acabe todo esto de una buena vez, con la depresión. De alguna forma, la falta de sentido y la infelicidad son dos expresiones de un mismo estado, la primera es su formulación cognitiva o intelectual, la segunda, su manifestación psíquica o anímica.

Para un naturalista como yo, no hay un «sentido trascendente». Ni mi vida, ni la vida de todos los hombres, ni siquiera el universo tienen un sentido oculto que debamos descubrir. Esto no significa que no le podamos otorgar un sentido (un sentido con minúscula, pero sentido al fin) a nuestras vidas: de ese modo, nuestra vida se volvería insoportable.

En algunos casos, las cosas no son sencillamente «o blancas o negras», sino que la clave se halla entre medio de ambos extremos. Así, el hecho de que no haya un sentido trascendente de nuestras vidas no significa que todo carezca de sentido. En mi opinión, tanto el «transcendentalismo» como el «nihilismo» son posiciones extremas y erróneas.

Y bien, ¿dónde puede uno hallar sentido para su vida? En verdad, no tengo nada nuevo para decir. Ya los grandes reformadores religiosos y los filósofos de la antigüedad señalaban que la fuente de sentido y gratificación está en superar de los límites del propio yo. Nuestro yo se comporta de un modo paradójico: por un lado, busca afianzarse, satisfacer sus necesidades, colmar sus deseos y subrayar su individualidad. Pero pronto el yo experimenta por esa vía insatisfacción y falta de sentido. Por extraño que parezca, el yo se afirma plenamente cuando se aboca a algo que está más allá de él. Quien logra entregarse a lo que está fuera de él, termina hallando sentido para su vida y gratificación.

Hay tres esferas en las cuales el yo individual puede ir más allá de sus estrechos límites:

Altruismo. Dedicar nuestras fuerzas en mejorar la situación de los otros, de los que sufren, hacer algo por los demás –por personas concretas o por la comunidad en general–, es la principal fuente de sentido. Quien da, y da sinceramente, y hace del dar la misión de su vida, encuentra una razón poderosa para existir. (Por supuesto, aquí no se trata de un «dar por dar», sino de dar de manera inteligente; tampoco se trata de dar todo hasta el punto descuidar el propio bienestar. El altruismo debe ser una forma de expandir y trascender el yo, y no de anularlo. El hacer el bien a los otros y el mal a sí mismo es claramente una forma enfermiza de altruismo.)

Cultura. La segunda gran esfera en la que el yo puede ir más allá de sus límites y hallar sentido es en el arte, la literatura, la ciencia. Quien se entrega totalmente a crear, a descubrir o a inventar, esto es, a incrementar el capital cultural de la comunidad, da con una fuente inagotable de sentido y satisfacción. A diferencia del altruista –que se propone incrementar el bienestar de seres concretos o de la sociedad en general– el artista, el científico, el filósofo, enriquecen el patrimonio cultural. Sin embargo, el resultado es el mismo: así como la experiencia de dar nos hace superar las barreras del yo, del mismo modo las experiencias artística e intelectual nos remontan más allá de nuestra individualidad, nos hacen formar parte de algo más grande y más significativo que nuestro yo. (Aquí obviamente podría añadirse la experiencia religiosa. La espiritualidad es una forma de ir más allá de las propias fronteras. No obstante, este es un tema que merecería una entrada aparte, ya que si bien rescato la religión en tanto fuente de experiencias espirituales, rechazo los dogmas, los preceptos y los ritos de las confesiones.)

Plan de vida. La tercera manera en la que uno puede buscar trascender el yo es fijándose un plan de vida y realizando los objetivos que se ha establecido. Quien por ejemplo se propone tener una familia y abrir una empresa, se ha fijado metas, cuya realización constituyen el sentido de su vida. Con los años, el ver cumplidas las metas es fuente de gratificación. Sin duda, esta esfera coincide parcialmente con las anteriores. De hecho, alguien puede hacer del altruismo o de la dedicación al arte su plan de vida; pero no siempre es así. Incluso existen planes de vida que colisionan con los objetivos de la ética del altruismo. Un fanático, por ejemplo, puede tener un plan de vida, pero sus metas serán reprobables desde el punto de vista moral.

Una aclaración final: no quiero dar a entender que sea sencillo superar una «crisis existencial». Quien en algún momento de su vida se siente profundamente desolado, frustrado y desdichado, deberá recorrer un camino trabajoso hasta «volver a salir a flote». En esos casos, la tarea es ardua porque se trata de abandonar viejos esquemas de percepción, de valoración y de pensamiento (esquemas, a menudo, profundamente arraigados) y de reemplazarlos por nuevas formas de entender la vida.

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Sobre el estatus moral del embrión

Hace poco alguien comentaba que todo ser que tenga la potencialidad de ser persona –en particular, el feto–, debe ser tratado y respetado como si ya fuese persona.

Dos años atrás escribí una entrada sobre el tema dando las razones de mi rechazo al famoso «argumento de la potencialidad», esgrimido con frecuencia en los círculos cristianos.

Para mí, el punto sigue siendo este: potencialidad no es un estadio único, sino que comprende, más bien, una serie progresiva de estadios. Para decirlo claramente: un embrión en su primera semana de vida tiene la potencialidad de volverse una persona humana, pero ese grado de potencialidad no es el mismo que el de un feto en el noveno mes de embarazo.

Otorgar automáticamente el estatus moral de persona a todo organismo que tenga la potencialidad de volverse persona, nos llevaría a absurdos. Un óvulo no fecundado e incluso un simple espermatozoide tienen también la potencialidad de volverse personas, pero sería descabellado tratar de impedir que se pierdan esas células porque tenemos frente a ellas los mismos deberes y responsabilidades que tendríamos frente a un adulto.

O, por poner otro ejemplo, solo un tercio de todos los óvulos fecundados logra insertarse en el útero; todos los restantes se pierden (lo que se conoce como «abortos espontáneos»). ¿Deberíamos entonces lamentar cada año la pérdida de millones y millones de «personas», como lamentamos las víctimas de un terremoto o un huracán?

Alguien puede replicar lo siguiente: «debemos tomar seriamente en consideración el argumento de la potencialidad ya que estamos vivos. Si nuestros padres no hubiesen respetado el feto que éramos, no estaríamos en este mundo.»

Aquí la respuesta es clara: esta «visión retrospectiva» o «reconstrucción del pasado» no es una prueba del principio según el cual habría que tratar ya como persona a todo organismo que tenga la potencialidad. Para decirlo con otro ejemplo: si Juan es hijo único, estará agradecido por el hecho de que sus padres hayan decidido tenerlo y criarlo. Pero ¿quien podría reprocharle a los padres de Juan el no haber tenido más hijos, es más, el no haber tenido todo los hijos que pudieran haber traído al mundo? Pensemos: si antes o después de Juan la pareja realizó un aborto o simplemente se cuidó usando diversos métodos anticonceptivos, ¿cómo imaginar que todos esos «seres» que ni siquiera se llegaron a formar pero que podrían haberse formado le pueden reprochar algo a los padres de Juan? Quien no vino nunca al mundo, esto es, quien nunca fue persona, no puede exigirnos actuar de cierta manera, porque simplemente no existe.

Por último: dije que el argumento de la potencialidad no es lo suficientemente sólido como para obligarnos a tratar a los embriones como personas, pero eso no significa que no debamos tener frente a ellos ningún tipo de consideración moral. Un animal no es una persona y, sin embargo, en principio debemos respetarlos como animales. Un feto no es una persona y, por lo mismo, debemos tratarlos con el cuidado que exige su condición. Si los futuros padres tienen buenas razones para interrumpir el embarazo, están en su derecho de hacerlo, siempre que tengan buenas razones avalando tal decisión.

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Eutanasia clandestina y «amateur» en Latinoamérica

Hace poco me contaron un caso de eutanasia «casera» ocurrido en un país de Latinoamérica. Don Luis (llamémoslo así) había cumplido 85 años y estaba ya muy enfermo. Hacía años que sufría de varias dolencias, complicadas por un cuadro de alzheimer bastante grave. Don Luis había sido contador y tenía tres hijos. Su mujer, más joven que él, lo cuidaba lo mejor que podía.

Durante las últimas semanas de Luis, su situación empeoró enormemente, por lo cual la esposa decidió internarlo. Todos los familiares y amigos sabían que no saldría ya del hospital con vida, pero nadie osaba decir cuánto duraría la última etapa. ¿Días, semanas, meses?

Al cabo de casi un mes de visitas diarias, la esposa fue esta vez al hospital con el hijo mayor, el único de los tres hermanos que se preocupaba sinceramente por el padre. Don Luis estaba casi todo el tiempo sedado y era evidente que no mejoraría. Así las cosas, madre e hijo decidieron que «ya no tenía más sentido que papá siguiera con vida». Como el médico era de familia, no fueron necesarias muchas explicaciones. Al día siguiente, volvieron a «visitar» a don Luis. El médico dijo tener que ausentarse por unos minutos y los miró, al cerrar la puerta y dejarlos solos, como haciéndoles un guiño con el ojo. La esposa y el hijo besaron al padre en la frente y le sacaron el respirador. Como seguía sedado, don Luis murió sin darse cuenta y, en apariencia, sin ningún tipo de sufrimiento.

Este caso sucedió en un país de Latinoamérica en que la eutanasia activa voluntaria está prohibida. La familia de don Luis, en particular la esposa, se considera católica aunque, por lo que entiendo, ninguno ve que haya un conflicto entre lo que se hizo y la religión.

La persona que me relató esta historia condena lo ocurrido, no porque se trate de un caso de eutanasia, sino porque supone que la intención que guiaba a la esposa de don Luis y a su hijo no era buena («querían librarse de la ‘carga’ –la carga de tener que ‘cuidar al viejo’- y quedarse con la plata»).

No me interesa averiguar si la persona que me refirió el caso está en lo cierto. Allá  ellos. Lo que sí, la historia me hizo pensar en varias cosas. Por lo pronto, me confirmó que en toda Latinoamérica la práctica de la eutanasia velada y «casera» es una realidad, una realidad mucho más extendida de lo que se supone. La gente necesita contar con recursos claramente especificados para terminar con su propia vida o con la vida de sus allegados en el caso de que «no tenga más sentido seguir hospitalizado».

Lamentablemente, la hipocresía de muchos legisladores y jueces impide que se discuta abiertamente y se regule una práctica que, nos guste o no, se da en nuestras sociedades. El cerrar los ojos a la realidad y perseverar en una postura conservadora no hacen más que empeorar las cosas. Si en el país de don Luis existiera una legislación decididamente moderna y acorde con el principio de autonomía de la persona, la historia que me relataron habría sido muy distinta. Don Luis, por ejemplo, hubiera podido dejar escrito un testamento biológico en el que especificara su voluntad, en particular, el deseo de no ser tenido artificialmente en vida cuando el cuerpo y la mente no le dieran más. Por otra parte, el médico, en vez de encubrir la práctica eutanásica y dejar a la esposa y al hijo a la buena de Dios, hubiese podido obrar de manera profesional, injectándole a don Luis una sustancia letal.

Colombia es el único país latinoamericano que ha despenalizado la eutanasia voluntaria. La corte suprema del país entiende que el «homicidio consensuado» no es un delito, mientras el paciente haya dado su consentimiento y sea un médico quien ponga fin a la vida del enfermo. Falta ahora que los legisladores colombianos aprueben una ley que regule la práctica. La despenalización de la eutanasia voluntaria es un paso importante, pero necesita ser complementado con la regulación legal correspondiente.

Justamente, el elemento que enturbia la historia de don Luis (los motivos de la esposa y el hijo) surgen de la falta de una cultura de autonomía de la persona en ese país: el paciente, cuando aún es capaz en términos jurídicos, puede y debe expresar su voluntad acerca de cómo acabar sus días; el médico puede y debe hablar del tema con el paciente; los allegados del moribundo pueden y deben no solo actuar con misericordia, sino sobre todo respetar la determinación del enfermo.

Ojalá que el ejemplo de Colombia promueva una reflexión sincera en el resto de los países latinoamericanos, de modo que la eutanasia deje de practicarse de manera clandestina y «amateur», como en el caso de don Luis.

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Grecia, ¿volver al proteccionismo?

El futuro de Grecia sigue siendo incierto. Aparentemente, después del receso de verano va a haber nuevas elecciones, porque Tsipras no puede gobernar si los legisladores de su partido no le dan el apoyo que necesita. De este modo, la posibilidad de que el país abandone la zona euro sigue flotando en el aire. El acuerdo con la Unión Europea no fue garantía de nada.

En las entradas anteriores expresé mi opinión al respecto. Sigo pensando que fue un error que Grecia entrara en la zona euro y creo que la única manera de que el país salga de la crisis económica y financiera que sufre es el «grexit». Pero ojalá no sea Syriza quien tenga la difícil tarea de sacar la nave griega de la tormenta en que se encuentra y dirigirla hacia corrientes que le sean más propicias…

Pero, ¿por qué insisto en que Grecia debe abandonar (y abandonar de buena gana) la zona euro? Bueno, por una serie de razones. La primera es que el «grexit» ofrecería la ocasión para «reestructurar» la deuda. Los acreedores deberían aceptar importantes recortes, y con ello el monto de la deuda podría descender a niveles tolerables (el monto de la deuda griega debería, al menos, pasar a ser la mitad de lo que es hoy). La reestructuración implicaría, además, la posibilidad de diferir la fecha de los vencimientos. (Todos sabemos que la deuda, así como está, es impagable.)

La segunda razón tiene que ver con la reintroducción de la dracma. Abandonar la zona euro supondría volver a la dracma, una moneda que se devaluaría rápidamente frente al euro y al dólar, lo que volvería al país más competitivo. Concretamente, las importaciones se reducirían drásticamente, al tiempo que se crearían fuertes incentivos para exportar, que es lo que está necesitando urgentemente el país.

La tercera razón es algo más compleja. Al salir de la zona euro, Grecia podría también dejar de ser miembro de la Unión Europea. Ello le ofrecería al gobierno griego la posibilidad de redefinir la política de importación y exportación. Por ejemplo, podrían crearse barreras aduaneras muy fuertes que limitaran la importación «a lo que es esencial» y, paralelamente, fomentar las exportaciones y la producción local. Esto implicaría, a su vez, volver a un cierto «proteccionismo» económico: sí, por más que hoy parezca mala palabra, proteccionismo: proteger el agro, la minería y la industria nacional, con el fin de que vuelvan a crecer hasta alcanzar y superar los niveles de producción que tenían antes de entrar al club europeo.

Pero alguien podría objetar que hablar de proteccionismo en tiempos de globalización es un despropósito. De hecho, si uno le pregunta a un político o a un economista de centroderecha o de centroizquierdar cuál es su opinión al respecto, la respuesta es siempre más o menos esta: «la globalización es un hecho, es una realidad innegable; intentar ignorar ese fenómeno o reaccionar con esquemas propios de las décadas pasadas, es lisa y llanamente erróneo. La clave está en abrirse lo más posible al juego que propone la globalización, adaptarse y buscar el nicho en el nuevo mercado internacional. No hay que concentrarse en las amenazas de la globalización, sino en las oportunidades que nos brinda. Si una rama económica en un país determinado se extingue por efecto de la apertura económica, es porque no tenía razón de existir. La globalización actúa como la naturaleza, que premia a los mejores. El proteccionismo no es más que una forma de mantener a empresas ineficientes, parásitas, obsoletas. Hay que aprender a especializarse en las fortalezas que tiene el propio país para asegurarse así un espacio en el comercio internacional, e importar todo el resto. Tal es la dinámica de nuestro tiempo.»

¿Mi respuesta? Ahí va: es innegable que hay algo de cierto en el «discurso oficial», tan servil a la globalización. Pero el punto para mí es este: el proteccionismo se asemeja a un remedio muy efectivo, pero muy agresivo, esto es, con muchos efectos colaterales desagradables y peligrosos. Frente a determinadas enfermedades graves, no queda otra que someterse a esa terapia y sufrir los efectos indeseados, hasta curarse.

Concretamente, en un país como Grecia, la protección temporaria de la producción nacional puede ser una medida adecuada.

Pero hay que tener presente tres cosas. Primero, el proteccionismo debe implementarse «en la medida justa» («con la dosis adecuada»). El aislamiento total de la economía terminaría siendo peor que la situación anterior. En tal caso, bien se podrá decir que «fue peor el remedio que la enfermedad». Segundo, el proteccionismo debe durar el tiempo necesario, y no extenderse indefinidamente. El objetivo es proteger la actividad productiva nacional hasta que se recupere y vuelva a ser competitiva. El proteccionismo por tiempo indefinido da lugar a malformaciones de todo tipo. Tercero y último, el proteccionismo, como el remedio de nuestro ejemplo, no es una panacea; por el contrario, es un medicamento con muchos efectos colaterales. Por ejemplo, la protección de las empresas locales fortalece la posición económica y política de las oligarquías nacionales; la industria nacional protegida lleva a que los productos y los servicios ofrecidos sean caros y de mala calidad, etc.

Concluyo: el proteccionismo no es una cuestión de «blanco o negro». Hay muchos argumentos en contra, pero, en ciertas situaciones y en los términos adecuados, puede ser el único remedio para un estado tan crítico como el que se encuentra Grecia.

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Grecia, ¿nuevo comienzo tras el acuerdo o más de lo mismo?

El lunes pasado se llegó a un acuerdo, a una «sinfonía» como le dicen acá, entre Grecia y los restantes socios europeos. La noticia no me entusiasmó, y por dos motivos. En primer lugar, porque me parece que el acuerdo no sienta las bases para un nuevo comienzo, ni para una salida de la crisis griega. En segundo lugar, porque si aun me equivocara y el acuerdo sí contuviese la solución del problema económico y financiero griego, el camino a seguir está plagado de dificultades políticas. Anoche salió a la luz una de esas dificultades. Una buena parte de los parlamentarios de Syriza votó en contra de la propuesta de su líder, la de aprobar el paquete de leyes que le pedían los socios europeos antes de desembolsar la ayuda financiera. Nos encontramos ahora en una situación ridícula y peligrosa a la vez. El primer ministro griego no cuenta con el apoyo de la mayoría parlamentaria que lo llevó al poder (o sea, los parlamentarios de Syriza, más el grupito de ultraderecha de Anel). Si las aguas no estuvieran tan agitadas, lo lógico sería, antes de dar cualquier paso, incluso el paso que se dio anoche, convocar a nuevas elecciones. Es una desfachatez que los parlamentarios que votaron en contra de la propuesta de Tsipras argumenten de esta manera: «estamos en contra de la propuesta, pero le seguimos dando apoyo al primer ministro». ¿De qué apoyo se trata, alguien me puede explicar, si le votaron en contra de la principal medida que tomó el gobierno en los ya casi seis meses que está en el poder? Obviamente, la propuesta de Tsipras fue aprobada por el parlamento porque Nea Dimokratía, el Pasok y To Potami votaron a favor, como ya habían anunciado y como se sabía que harían.

Confieso que Syrisa nunca me cayó simpático como partido; pero no me esperaba tantos mamarrachos, tanta incompetencia y tanta vileza de la mayoría de los «syriceos». Por lo pronto, subieron al poder transando con un partiducho, el Anel, que, en lo que hace a la agenda social y cultural, se encuentra en el extremo opuesto. Luego tuvieron en vilo al país durante cinco meses con una farsa de supuestas negociaciones que no solamente no llevaron a ninguna parte, sino que terminaron tirando por la borda los modestísimos logros a los que había llegado el gobierno anterior. Cinco meses para que siguiera aumentando la desocupación, el déficit público, la deuda internacional y volviera a contraerse el PBI. Ese es el resultado de cinco meses de teatro, acompañado de discursos vacíos en los que no hacía más que hablarse de «solidaridad», «democracia», «soberanía», en una clave retórica populista. Y luego, para colmo de los colmos, la convocatoria a un referéndum inconstitucional. Y esto no hay que olvidarlo: el referéndum no fue tan solo inútil, fue también inconstitucional. Fue inútil, porque si Tsipras tenía que tomar el toro por las astas, no necesitaba un nuevo respaldo de la población; la victoria de enero ya le daba toda la legitimidad que necesitaba para emprender un nuevo camino. Fue inútil, porque la pregunta del referéndum no tenía sentido (se votó sobre si aceptar o no los términos de un documento de un programa que caducó días antes del referéndum). Fue inútil, porque, como sabemos, Tsipras terminó haciendo lo contrario de lo que significaba el «no». Pero sobre todo fue inconstitucional, porque en Grecia sólo se puede llevar a cabo un referéndum sobre cuestiones que afectan la seguridad interna o externa, y no sobre cuestiones presupuestarias. Fue inconstitucional, porque la pregunta era tendenciosa. Fue inconstitucional, porque el plazo establecido entre la convocatoria y la votación fue de solo una semana. Con ello, se sentó un gravísimo precedente en Grecia. En el futuro, cualquier partido populista, de derecha o de izquierda, podrá convocar a referéndums, avalado por la experiencia pasada. Y, por último, el referéndum tuvo consecuencias desastrosas, porque todos los griegos, simpatizantes y opositores de Syriza por igual, minutos después de que se anunciase la propuesta del referéndum, salieron en piyamas a retirar sus ahorros de los cajeros automáticos. Ese fin de semana la gente retiró más de mil millones de euros. Estaba cantado que al lunes siguiente los bancos no podrían abrir. Desde entonces se introdujo el corralito y el control de capitales.

¿Cómo puede ser un político como Tsipras tan caradura, como para convocar un referéndum, arengar a la población para que vote por el no, salirse con las suyas (porque, efectivamente, el 62 por ciento optó por el «oxi») y, días después, presentarse ante los colegas europeos para pedir «please» un nuevo rescate, proponiendo y aceptando condiciones aún más desastrosas que las que se habían establecido en el pasado? ¿Cómo se puede ser tan descarado? La única alternativa para salvarle el honor al muchacho es pensar que es una víctima, un fantoche que va de acá para allá, según los vientos que soplan al interior de Syriza, ese partido que es un rejunte de un poco de todo: de verdes, de marxistas, de comunistas románticos que ven en la Venezuela de Chávez el ideal al que aspirar, de socialistas moderados, de antiguos miembros del Pasok que abandonaron el partido cuando Papandreu nieto los traicionó.

Concluyo con una reflexión final. Ayer se votó, en las condiciones que todos sabemos, el primer paquete de medidas. Seguirán muchas otras votaciones parlamentarias, porque la ayuda europea está condicionada al hecho de que se implementen estas y otras reformas. Con esto, Tsipras determinó su futuro político. Ahora no puede salirse de la línea que el mismo terminó marcándose, a pesar de sus amagos. Si hace las cosas bien, terminará siendo un buen alumno, e imitando la línea del tan odiado gobierno anterior. Si da un paso en falso, se le va a caer todo el edificio encima.

Imaginemos que le va bien, que termina siendo un «Samarás dos»; entonces, me pregunto: ¿es este nuevo acuerdo la solución de los males que afligen a Grecia? Me temo que no. Me temo que, aún en el mejor de los casos, todo va a servir para estabilizar la situación, pero no para resolver el entuerto. El acuerdo prevé asistencia por tres años, con unos 80 mil millones de euros destinados a… a lo que ya se sabe: a recapitalizar los bancos y a pagar los vencimientos de todas las deudas que contrajo Grecia (las facturas se van acumulando…). De acá a tres años, nos vamos a encontrar de nuevo – ojalá me equivoque – con un escenario parecido al de diciembre del año pasado. La gente va a decir: «Y bien, todo este esfuerzo de otros tres años, ¿para qué?» Yo sigo pensando que fue un error tremendo el que una economía como la griega entrara en la zona euro, y me parece que habría que buscar una vía adecuada para la salida del país, al menos por unos años. La salida de la zona euro no debe interpretarse como un castigo por parte de los socios del norte, ni como un fracaso de los griegos. Es abandonar un esquema económico y monetario que, para un país como Grecia, no es adecuado.

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Acerca de la obligación de vacunar a los menores

La vacunación de los menores, ¿debería ser obligatoria o no? Yo creo que sí. Esta mañana leía en El país algunos artículos sobre el tema a raíz del niño contagiado de difteria porque sus padres no lo habían querido inmunizar. En España, vacunar a los bebés y a los niños no es obligatorio pero, según el artículo, el 90 por ciento de las familias de todos modos lleva a sus hijos a vacunar. En uno de los textos se reproduce la opinión de dos profesionales de la salud según los cuales es mejor que no exista la obligatoriedad de vacunar a los hijos, ya que eso sería contraproducente.

(Aparentemente, si se estableciera que la vacunación es obligatoria, muchos padres verían en ello una injerencia excesiva del Estado en la vida privada y reaccionarían no vacunando a sus hijos. Sinceramente, dudo de si este es un argumento sólido, pero no me interesa ahondar en esta cuestión ahora. )

Lo que sí quisiera comentar es una declaración que me llamó la atención. Una persona que trabaja en una importante comisión de bioética dijo que, en la discusión acerca de si debe o no ser obligatoria la vacunación de los menores, se oponen dos principios centrales: por un lado, el principio de proteger la salud pública y, por otro, el principio de respetar la esfera privada de la familia. Si se declarara obligatoria la vacunación, entonces se daría más peso a la necesidad de mantener la salud pública que a la necesidad de respetar las libertades individuales.

Lo erróneo aquí es lo siguiente: este tipo de razonamiento sólo puede aplicarse en el caso de la vacunación en adultos, no en niños. Una persona adulta puede decidir si vacunarse o no – eso es «cosa suya». En el caso de una epidemia, puede haber buenas razones para obligar a vacunar a toda la población. En tal caso, el adulto «rebelde» podrá aceptar vacunarse o, si insiste en no hacerlo, podrá cambiar de ciudad o de país. El tema es que, cuando está en juego la salud de los niños por tratarse de una cuestión de «vida o muerte» como la difteria, los padres no pueden decidir según la ideología que tengan.

Repito: si un adulto se opone a que se lo vacune por ser partidario de una concepción alternativa de la medicina, allá él. Creo que la mayoría de las concepciones alternativas a la medicina occidental carecen de todo fundamento, pero en una sociedad abierta y pluralista todo ciudadano tiene el derecho de creer en lo que quiera… mientras ello no ponga en riesgo la vida de sus niños, que aún no son mayores de edad y no han decidido qué concepción de vida tener.

En el caso que nos concierne, no hay un conflicto entre las necesidades de la sociedad y las libertades del individuo. Los niños deben ser vacunados, en primer lugar, porque esa es la mejor manera de protegerlos de una manera sencilla y efectiva contra enfermedades graves, algunas de ellas incuso mortales.  Y en segundo lugar, porque es la forma de erradicar enfermedades que, de otro modo, afectarían a toda la sociedad. Ciertos grupos de padres europeos se dan el lujo de no vacunar a sus hijos porque la gran mayoría lo hace. Si con el tiempo sólo una minoría terminaría vacunando a sus hijos, entonces existiría un incentivo enorme por proteger a los hijos vacunándolos. Es un poco como subir al tren sin pagar el boleto… el sistema funciona mientras la mayoría pague el pasaje.

Los padres tenemos la libertad de decidir a qué escuela vamos a mandar a nuestros hijos, pero no si los vamos a mandar a la escuela o no; la instrucción básica es obligatoria. Es parte de nuestra libertad el que le podamos inculcarles a nuestros hijos un estilo de vida que consideramos satisfactorio, pero no al punto de poner seriamente en peligro la vida de los niños no vacunándolos, o no permitiéndoles que se les haga una transfusión de sangre cuando lo requieran.

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Dos concepciones opuestas de la vida

Quisiera comparar dos concepciones antagónicas de la vida. Llamaré a la primera la «concepción aristotélica de la vida» y a la segunda la «concepción barroca».

Antes que nada, me gustaría aclarar que no me interesa discutir ahora hasta qué punto la que llamo «concepción aristotélica» puede ser atribuida a Aristóteles. Ello requeriría un trabajo exegético que quedará para otro momento. (Una alternativa sería llamarla «concepción eudemonista de la vida.) Igualmente, llamo a la segunda concepción «barroca», porque me parece que muchos poemas del Barroco español reflejan esa visión pesimista de la vida que se opone a la afirmación de la vida de muchos filósofos griegos.

Con esto, ya anticipé dos rasgos que caracterizan a cada una de estas concepciones. La concepción aristotélica es una concepción optimista o positiva de la vida, mientras que la concepción barroca es pesimista o negativa. Para la primera, la vida humana es lo suficientemente larga como para poder desarrollarnos y realizar un plan de vida. (La vida del hombre es, si la comparamos con la vida de los demás mamíferos, extremadamente larga y rica en posibilidades.) Por el contrario, para la segunda, la vida humana es demasiado breve como para poder intentar embarcarse en cualquier empresa seria.

En la concepción aristotélica, la vida puede ser vista como un proceso, proceso que comienza con el nacimiento, se afianza con la juventud, se extiende luego a lo largo de toda la madurez para concluir gradualmente en la vejez y la muerte. En cambio, la concepción barroca insiste sobre la fugacidad; el tiempo pasa tan velozmente que no puede verse la vida como un proceso. Un ejemplo es este terceto de Andrés Fernández de Andrada:

«¿Qué es nuestra vida más que un breve día/do apenas sale el sol cuando se pierde/en las tinieblas de la noche fría?»

Según la concepción aristotélica, la vida nos ofrece la posibilidad de fijarnos metas u objetivos y de buscar alcanzarlos. El hombre puede y debe realizarse, desarrollar sus competencias y excelencias todo lo más posible. En esto consiste el sentido de la vida. Una vida es plena si el individuo se fija metas racionales y logra alcanzarlas.

Por el contrario, para la concepción barroca no existe un proyecto de vida ni al hombre le es inherente un cúmulo de potencialidades por desarrollar a lo largo de sus años. Para algunos pensadores barrocos, la vida es esencialmente miserable, haga lo que se haga. La vida es una desgracia que solo el sueño, la ensoñación o la muerte pueden poner fin. Boscán, por ejemplo, hablaba de ese «dulce no estar en mí» que solo permite la evasión. Para Francisco de Aldana, la vida es un continuo desear sin que podamos hallar satisfacción verdadera. Es imposible, por tanto, hablar de buena vida o de felicidad. En palabras de Francisco de Quevedo:

«Cualquier instante de la vida humana/es un nuevo argumento que me advierte/cuán frágil es, cuán mísera y cuán vana.»

(Entre paréntesis quisiera aclarar que el poder darse cuenta de que la vida es breve, de que el tiempo es fugaz y de que toda empresa humana está destinada al fracaso le permite al pensador barroco al menos esto: el tomar distancia de sus propias ambiciones y deseos para liberarse de esa carga.)

Para otros pensadores del barroco, la vida solo puede ser buena y dichosa si se da la unión mística con la amada, esto es, con la mujer idealizada, o bien con Dios. No es el trabajo lo que nos permite alcanzar la trascendencia o la buena vida (como suponen los aristotélicos), sino el hecho (fortuito) de que nuestra necesidad de amor sea correspondida (que la amada se digne entornar sus ojos y mirarnos de frente, aceptándonos). Un ejemplo aquí es Garcilazo de la Vega, para quien la única posibilidad de ser feliz está en obtener el sí de la amada. La infelicidad no resulta del hecho de no haber podido realizarnos como personas a lo largo de la vida (por ejemplo, porque nos tocó vivir en tiempos de guerra), sino por no haber sido correspondidos en el amor. La pérdida irremisible de la amada equivale, en Garcilazo, a la perdida del sentido último de la vida. Aquí también encontramos a Gutierre de Cetina, quien termina uno de sus sonetos amorosos de este modo:

«Más temo que mi fin mi suerte fiera/tan lejos de mi bien quiere que sea/entre guerra y furor, ira, armas, fuego.»

En Santa Teresa de Jesús y en San Juan de la Cruz, por ejemplo, el amado es Jesús, la imagen idealizada del hombre al punto de divinizarlo. La vida terrena es sólo una fuente de angustias en espera que pasemos a la otra vida, en la que lograremos al unión erótico-mística con el amado. Aquí van los conocidos versos de Santa Teresa:

¡Ay, qué larga es esta vida!/¡Qué duros estos destierros,/esta cárcel y estos hierros/en que está el alma metida!

Lope de Vega es otro autor en esta línea. Para él, la unión con Cristo y el amor de la mujer son lo único que nos pueden otorgar la verdadera felicidad. Todo el resto son espejismos.

Finalmente, para un tercer grupo de pensadores barrocos, la felicidad y la buena vida (si cabe hablar de felicidad y buena vida) solo pueden consistir en una existencia sencilla y honesta, lejos de la corte y libre de ambiciones políticas, militares y económicas. Quien vive bien es quien se retira al campo, quien pasa sus días en soledad, en medio de la naturaleza y rodeada de libros. El sabio es quien sabe liberarse de sus ambiciones – y en este contexto, el tener un proyecto de vida y querer realizarlo es considerado una forma de ambición, si bien de las menos perniciosas. El ejemplo más claro aquí es Fray Luis de León:

«Vivir quiero conmigo;/gozar quiero del bien que debo al cielo,/a solas, sin testigo,/libre de amor, de celo,/de odio, de esperanzas, de recelo.»

Nótese que para Fray Luis de León, la vida no es necesariamente miserable… siempre que se siga la senda justa. Hay sólo una forma de vida dichosa. (Incluso acá el amor, el ansia de unirse al ser amado, sea humano o divino, es fuente de desgracias. Esto me recuerda a Borges, cuando decía (cito de memoria): Felices los que aman, felices los que son amados, y felices los que pueden prescindir del amor.)

Por último, mientras que para la concepción aristotélica el paso de los años puede es visto como algo positivo – el hombre pleno es el hombre maduro e incluso el viejo que ha logrado realizar sus objetivos y ha pulido su carácter gracias al ejercicio continuo de la virtud -, en el barroco el paso del tiempo es sólo fuente de nuevas miserias: con la edad el hombre se afea y se embrutece. Sólo en la juventud puede haber un atisbo de plenitud.

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La tarea de la ética

Si alguien me preguntara, ¿pero cuál es, concretamente, el objetivo de la ética?, le respondería: ensanchar nuestra imaginación, abrir nuevos horizontes a nuestra sensibilidad moral, mostrar que al menos es posible concebir una sociedad regida por principios y valores morales – y no por el interés y la fuerza. La ética es, por lo pronto, un «ejercicio espiritual», un ejercicio indispensable para mantener en forma nuestra personalidad, tal como la gimnasia lo es para mantener en forma nuestro cuerpo.

Por más que a los filósofos nos cueste horrores, tenemos que admitir que la filosofía moral no tiene el poder de cambiar el mundo. El filósofo no es rey, y los reyes no son filósofos. Sin embargo, la ética sí puede ejercer una influencia indirecta sobre el mundo social – y eso ya es algo.

La ética no es, ni debe terminar siendo, una suerte de deporte intelectual como el ajedrez, una actividad compleja consistente en combinar conceptos abstractos para dar lugar a majestuosos edificios teóricos. Eso haría de la filosofía moral una actividad auto-referencial, como el ajedrez. Lamentablemente, buena parte de la investigación ética universitaria no es más que eso, un pasatiempo sofisticado – un ejercicio intelectual, no un ejercicio espiritual.

La ética, en esencia, es una reflexión sobre el mundo social con el objetivo de proponer nuevas líneas de conducta individual e social por el simple hecho de que los principios vigentes nos resultan, tarde o temprano, inadecuados, cuando no aborrecibles.

Sin embargo, hay una diferencia entre el filósofo y el político; no es lo mismo un libro de ética que un estudio realizado por una comisión legislativa para reformar tal o cual ley. Es cierto que en algunos casos específicos el filósofo puede abogar por la modificación de una ley, por la implementación de una nueva política social o económica, etc. Pero ahí el filósofo está actuando como ciudadano comprometido, no como filósofo. Porque, insisto, la tarea de la ética es más ambiciosa, aunque a la vez más abstracta. (El filósofo moral, al igual que el escritor, siempre habla de política – solo que habla en otro registro, y está bien que así sea.)

Así, el filósofo moral debe lograr mantener el justo medio entre dos extremos; por un lado, una proximidad excesiva a la política y, por otro, una lejanía igualmente inadecuada del mundo real. Ni crear mundos imaginarios, ni limitarse a las urgencias de la cotidianidad. Ni volar por las nubes, ni reptar por el suelo.

Por esto, la «realizabilidad» (término tomado del inglés, realizability) no es un buen criterio para medir el valor de una obra de filosofía moral. Un sistema ético no debe ser, claro está, irrealizable, pero puede moverse dentro del amplio marco de lo «concebible». Quien le exige a la ética realizabilidad, está confundiendo la filosofía con la consultoría política.

En este sentido, me parece que es muy acertada la posición que una vez expresó John Rawls hablando de la tarea de la ética. El político, dijo Rawls, piensa en las próximas elecciones; el estadista, en la próxima generación; y el filósofo, en dos o tres generaciones por venir.

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Hablar abiertamente del suicidio: pequeño homenaje a David Hume

Los otros días un lector me envió un mensaje felicitándome por tratar abiertamente el tema del suicidio. «Es un tema importante», me decía en su mail. «Claro que lo es…», me quedé pensando. Si en nuestra sociedad la muerte es un tabú, mucho más lo es la muerte voluntaria. ¿Por qué nos cuesta tanto aceptar que en determinadas circunstancias el suicidio es una opción legítima? Y esto lo planteo aun cuando me considero un cultor de la vida.

Me gustaría aquí recordar a David Hume, el gran filósofo británico y una de las primeras personas que se atrevió a escribir sobre el tema. Tiene un ensayo breve pero muy sagaz que se titula, justamente, «Del suicidio» (On Suicide).

Obviamente, Hume no consideraba que todo acto suicida fuese racional. A él, más bien, le interesaba mostrar que en algunos casos es suicidio es una alternativa válida y que no contraviene los principios éticos. Sólo desde una moral tradicionalista y oscurantista se puede condenar toda forma de suicidio.

Para Hume, es disparatado decir que el suicidio que comete un paciente terminal o un paciente gravemente enfermo y sin posibilidades de mejoría es una acción que ofendería a Dios o que iría contra los valores de la sociedad.

Si Dios le ha dado la razón al hombre, entonces el suicidio racional no puede considerarse una ofensa a la divinidad.

Algunos sostienen, dice Hume, que el suicidio es un acto moralmente reprobable porque equivaldría al incumplimiento de nuestros deberes sociales. (Este es, dicho sea de paso, el argumento de Aristóteles contra el suicidio.) Pero, como bien señala Hume y no sin un dejo de ironía, ¿cuáles son las funciones sociales que aún debe cumplir un enfermo terminal?

Es reprochable el suicidio de una persona joven y sana que, arrastrado por emociones violentas, que quita la vida dejando abandonada a su familia, incumpliendo las obligaciones laborales que había contraído libremente, etc. Pero, un paciente terminal que quiere ahorrarse unas semanas de sufrimiento inútil y alienante, ¿qué hace de malo?

Yo no creo que en nuestra sociedad el problema sea el racionalismo… Por el contrario, el problema es que no utilizamos la razón todo lo que deberíamos y del modo en que deberíamos. Decir que el uso de la razón hace estéril nuestra vida es una afirmación infundada. Eso no significa que debamos aceptar a ciegas los modelos que nos proponen (o imponen) los supuestos «racionalismos» de todo tipo. La mejor arma contra los racionalismos es el análisis racional y libre de prejuicios.

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Eutanasia en la obra de Francis Bacon

Francis Bacon en su libro El avance del saber (1605) reintrodujo el término «eutanasia» en el debate filosófico, un término usado con cierta frecuencia en la filosofía griega y romana. He aquí el pasaje donde aparece la voz:

El deber del médico no solo es devolver la salud al enfermo, sino también aliviar sus dolores y sufrimientos, y no solo cuando tal alivio puede conducir a la recuperación, sino también cuando ayuda a procurar una muerte pacífica y sencilla. Porque no es una dicha menor aquella que César Augusto solía desear para sí cuando deseaba la eutanasia; esta se dio particularmente en el caso de Antonino Pío, cuya muerte llegó como un sueño tranquilo y placentero.

Quisiera notar un par de cosas a raíz de este pasaje.

(1) Bacon no discute si el médico debe acelerar la llegada de la muerte en el caso de un paciente terminal, esto es, si el médico debe practicar la eutanasia en el sentido que hoy le damos al término. Sólo dice que, en la medida de lo posible, debe aliviar los dolores del moribundo. (No estoy tan seguro, como sostienen algunos comentaristas, de que según Bacon el facultativo deba solo limitarse a paliar los dolores.)

(2) Cuando Bacon introduce el término euthanasia, lo utiliza en el sentido de «buen morir»; más específicamente, en la acepción de «muerte dulce, rápida, indolora, tranquila», lo opuesto a la dysthanasia, la muerte plagada de dolores, de sufrimientos, la muerte que tarda en llegar, etc. El termino euthanasia en Grecia y en Roma tenía también otros significados, como discutía en una entrada de hace unos días.

(3) El emperador Antonino Pío (86 – 161) había tenido una muerte serena y sin dolores. Para muchos romanos, ese era el tipo de «buena muerte», esto es, de «eu-thanasia» que deseaban.

(4) Bacon reintrodujo el término y la problemática ligada a la eutanasia, si bien el debate, especialmente en las últimas décadas, ha seguido caminos muy distintos. En mi opinión hoy por eutanasia se entiende el acto por el cual un médico pone fin a la vida de un enfermo terminal tras la solicitud reiterada e informada de este.

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