Tres fuentes de sentido y felicidad

Mucha gente me pregunta: “Pero ¿cuál es el sentido de la vida? ¿cuál es el sentido que le puedo dar a mi vida? ¿qué nos pueden decir los filósofos?”

Una aclaración previa: “sentir que mi vida tiene sentido” y “sentirme feliz (o satisfecho, pleno, etc.)” son las dos caras de la misma moneda. Es cierto que uno puede creer que su vida tiene sentido y pasar momentos desagradables, duros, etc. Pero esencialmente vale eso que observaba Nietzsche: “Quien tiene un por qué para vivir, puede soportar cualquier cómo“, o sea, puede hacerle frente a los reveses de la vida, los años de lucha y privación, etc. De algún modo, quien siente que ha hallado el sentido de su vida se vuelve inmune a la desdicha. Por lo mismo, quien se siente feliz, quien mira su pasado y, a pesar de los altibajos, experimenta satisfacción, bien puede decir que su vida ha tenido sentido. Para decirlo de otra manera, la sensación de vacío, de desorientación, de no saber para qué se vive, está emparentada con la insatisfacción, con el deseo de que se acabe todo esto de una buena vez, con la depresión. De alguna forma, la falta de sentido y la infelicidad son dos expresiones de un mismo estado, la primera es su formulación cognitiva o intelectual, la segunda, su manifestación psíquica o anímica.

Para un naturalista como yo, no hay un “sentido trascendente”. Ni mi vida, ni la vida de todos los hombres, ni siquiera el universo tienen un sentido oculto que debamos descubrir. Esto no significa que no le podamos otorgar un sentido (un sentido con minúscula, pero sentido al fin) a nuestras vidas: de ese modo, nuestra vida se volvería insoportable.

En algunos casos, las cosas no son sencillamente “o blancas o negras”, sino que la clave se halla entre medio de ambos extremos. Así, el hecho de que no haya un sentido trascendente de nuestras vidas no significa que todo carezca de sentido. En mi opinión, tanto el “transcendentalismo” como el “nihilismo” son posiciones extremas y erróneas.

Y bien, ¿dónde puede uno hallar sentido para su vida? En verdad, no tengo nada nuevo para decir. Ya los grandes reformadores religiosos y los filósofos de la antigüedad señalaban que la fuente de sentido y gratificación está en superar de los límites del propio yo. Nuestro yo se comporta de un modo paradójico: por un lado, busca afianzarse, satisfacer sus necesidades, colmar sus deseos y subrayar su individualidad. Pero pronto el yo experimenta por esa vía insatisfacción y falta de sentido. Por extraño que parezca, el yo se afirma plenamente cuando se aboca a algo que está más allá de él. Quien logra entregarse a lo que está fuera de él, termina hallando sentido para su vida y gratificación.

Hay tres esferas en las cuales el yo individual puede ir más allá de sus estrechos límites:

Altruismo. Dedicar nuestras fuerzas en mejorar la situación de los otros, de los que sufren, hacer algo por los demás –por personas concretas o por la comunidad en general–, es la principal fuente de sentido. Quien da, y da sinceramente, y hace del dar la misión de su vida, encuentra una razón poderosa para existir. (Por supuesto, aquí no se trata de un “dar por dar”, sino de dar de manera inteligente; tampoco se trata de dar todo hasta el punto descuidar el propio bienestar. El altruismo debe ser una forma de expandir y trascender el yo, y no de anularlo. El hacer el bien a los otros y el mal a sí mismo es claramente una forma enfermiza de altruismo.)

Cultura. La segunda gran esfera en la que el yo puede ir más allá de sus límites y hallar sentido es en el arte, la literatura, la ciencia. Quien se entrega totalmente a crear, a descubrir o a inventar, esto es, a incrementar el capital cultural de la comunidad, da con una fuente inagotable de sentido y satisfacción. A diferencia del altruista –que se propone incrementar el bienestar de seres concretos o de la sociedad en general– el artista, el científico, el filósofo, enriquecen el patrimonio cultural. Sin embargo, el resultado es el mismo: así como la experiencia de dar nos hace superar las barreras del yo, del mismo modo las experiencias artística e intelectual nos remontan más allá de nuestra individualidad, nos hacen formar parte de algo más grande y más significativo que nuestro yo. (Aquí obviamente podría añadirse la experiencia religiosa. La espiritualidad es una forma de ir más allá de las propias fronteras. No obstante, este es un tema que merecería una entrada aparte, ya que si bien rescato la religión en tanto fuente de experiencias espirituales, rechazo los dogmas, los preceptos y los ritos de las confesiones.)

Plan de vida. La tercera manera en la que uno puede buscar trascender el yo es fijándose un plan de vida y realizando los objetivos que se ha establecido. Quien por ejemplo se propone tener una familia y abrir una empresa, se ha fijado metas, cuya realización constituyen el sentido de su vida. Con los años, el ver cumplidas las metas es fuente de gratificación. Sin duda, esta esfera coincide parcialmente con las anteriores. De hecho, alguien puede hacer del altruismo o de la dedicación al arte su plan de vida; pero no siempre es así. Incluso existen planes de vida que colisionan con los objetivos de la ética del altruismo. Un fanático, por ejemplo, puede tener un plan de vida, pero sus metas serán reprobables desde el punto de vista moral.

Una aclaración final: no quiero dar a entender que sea sencillo superar una “crisis existencial”. Quien en algún momento de su vida se siente profundamente desolado, frustrado y desdichado, deberá recorrer un camino trabajoso hasta “volver a salir a flote”. En esos casos, la tarea es ardua porque se trata de abandonar viejos esquemas de percepción, de valoración y de pensamiento (esquemas, a menudo, profundamente arraigados) y de reemplazarlos por nuevas formas de entender la vida.

Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher based in Athens, Greece.
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