Diario de la pospandemia

Una de las facetas que más me asombran (y me asustan) de la mente humana es la capacidad de olvidar el pasado, incluso el pasado reciente, la capacidad de hacer borrón y cuenta nueva a cada rato, como si nada hubiese sucedido. Por eso me siento un poco ridículo escribiendo una nueva entrada en este “diario de la pandemia” que ya se ha vuelto una pospandemia, aunque la Organización Mundial de la Salud no haya dado a la peste por finiquitada.

Acá en Grecia sigue habiendo casos de coronavirus, y tal vez más que antes, ya que la cifra oficial solo abarca una fracción de lo que realmente ocurre. De esos casos, algunos son graves y necesitan atención médica. Esa cifra de pacientes semanales no es despreciable, aunque tampoco tiene ya el tamaño suficiente para poner al sistema nacional de salud griego en jaque. Finalmente, una parte de esa fracción desarrolla complicaciones que, antes o después, llevan al paciente… a la tumba. De nuevo, la cifra de muertos por el covid no es (ya) alarmante, pero es un dato nada menor para los estudiosos de la salud pública.

La vida cotidiana en Grecia ha vuelto a ser prácticamente como era hasta diciembre de 2019. Sí, hay jubilados que se ponen indefectiblemente su barbijo descartable antes de ir a hacer las compras; sí, hay negocios que exigen a sus empleados el uso del tapabocas, aunque sepan que se las quitan cuando no hay clientes; sí, hay personas que evitan los besos y abrazos efusivos, sobre todo con los parientes lejanos y los desconocidos…, pero ¡cuántos ríos de tinta se gastaron a lo largo de 2020 para explicarnos cómo iba a cambiar la vida del hombre moderno tras la pandemia!

Este año hubo un repunte increíble del turismo en Grecia, lo que significa, aparte de una importante fuente de ingresos para la economía, mucha gente de muchos lados muy junta.

Me pregunto por cuántos años van a quedar colgados en las paredes de las oficinas públicas o pegados en las vidrieras de los comercios esos anuncios que nos recordaban la obligación de guardar distancia, de usar mascarilla, de desinfectarnos las manos… Ya son reliquias del pasado (reciente).

Una de las cosas que más me desconcierta es la incertidumbre respecto a cómo va a seguir la pandemia y a qué debemos hacer nosotros, los ciudadanos de a pie. Por ejemplo, ¿debo ponerme en los próximos meses la cuarta dosis, la que sería la segunda dosis de refuerzo? ¿Por qué? En todo caso, ¿va a ser la misma vacuna de las veces pasadas o van a aprobar una calibrada para la variante ómicron, que es la que circula acá? ¿Qué va a suceder con los negacionistas, los que no se pusieron ni siguiera la primera dosis y que aún no se han contagiado? ¿Van a seguir siendo excluidos de ciertas instituciones? ¿Debo todavía conservar en mi billetera la hoja impresa con mi certificado de vacunación? ¿Por cuánto tiempo más?

A decir verdad, me cuento entre los miles de millones de personas que le han perdido el miedo al coronavirus (si es que alguna vez le tuve realmente miedo al bicho). Casi doy por descontado que en los próximos meses, a medida que vuelvan las temperaturas primero otoñales y luego invernales y, sobre todo, a medida que mis hijas retomen las actividades escolares, me voy a volver a contagiar de resfrío, de gripe, tal vez de gastroenteritis y, ¿por qué no?, de covid, por segunda vez. Debido a mi edad y a mi estado físico, tengo casi la certeza de que ninguna de esas enfermedades me va a afectar más que un par de días a lo sumo, días que los pasaré en la cama, enfrascado en la lectura de alguna novela.

Creo que no es ser optimista sino simplemente realista pensar que el SARS-CoV-2 ya no va a depararnos grandes sorpresas. Es indudable que va a seguir con nosotros por un tiempo largo e indefinido, y que va a continuar mutando cada par de meses, pero parece que su carril evolutivo se ha estabilizado. No es algo extraño: con los restantes coronavirus sucedió lo mismo, tiempo atrás, y por eso el resfrío común es para la mayoría de las personas poco más que una molestia recurrente.

Hay cosas que me preocupan más a esta altura como, por ejemplo, las guerras. O las tensiones internacionales que pueden degenerar en guerras. O los países gobernados por sátrapas de todos los colores. O la emergencia climática.

Respecto a esto último, me gustaría pensar que países como Portugal, España, Italia y Francia, después de haber pasado uno de sus peores veranos en lo que va de la historia, si no el peor, van a abandonar el famoso bla, bla, bla, para ponerse en serio manos a la obra. Acá en Grecia, por un milagro, hemos tenido un verano mucho más benigno que lo temido, lo que lamentablemente ha llevado a que la gente se olvide de la urgencia de hacer algo en serio por el clima. Hemos tenido días de calor, por supuesto, y hubo varios incendios, ¿cómo negarlo?, pero nada comparable con lo que vivimos años pasados. Los griegos se sienten suertudos y disfrutan el presente…, olvidando eso de que “cuando las barbas de tu vecino veas pelar, por las tuyas a remojar”.

Espantapájaros

Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher based in Athens, Greece.
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