Diario de la pandemia y la guerra (miércoles, 10 de marzo de 2022)

Hoy es un día particular en Atenas: ¡afuera está nevando otra vez! Sí, no solamente este invierno nos trajo la nevada más impresionante de la última década, allá por enero, sino que ahora, en pleno marzo, nos castiga con una nueva tormenta blanca.

Esta vuelta el frente frío se llama Filipo, o Φίλιππος, como le dicen acá.

A diferencia de la vez anterior, ver hoy los copos de nieve cayendo vertiginosa y oblicuamente a causa del fuerte viento no me causa alegría, sino que ahonda mi abatimiento.

¡Cómo que no hay razones para preocuparse! Que nieve cada tanto en la capital de Grecia es una maravilla, pero que nieve intensamente dos veces en una estación, y para colmo después de haber pasado el verano más bochornoso de que se tenga memoria, es ya todo un indicio de que algo se salió de su curso normal.

Pienso además que no muy lejos de acá, en las calles de las ciudades o en los caminos de los bosques hay soldados que pelean, esto es, que se matan bajo esta misma nieve.

Muchas escuelas de Atenas y la región están cerradas por el temporal. Pero no se ven chicos por las calles jugando con la nieve o paseando con los amigos. El ministerio dispuso que las clases no se interrumpan, sino que se continúen de manera virtual. Pero para los chicos no es lo mismo. Es más, es una especie de castigo. Y tienen razón: la escuela es el edificio al que se va a la mañana, es el calor del aula, es el perfume de la maestra, es el movimiento alocado y dicharachero en el recreo, es el sabor de la merienda compartida con los compañeros. Ese es el nido “natural” en el que se incuba el huevo del saber, no la soledad del dormitorio.

Las clases virtuales o a distancia, τα τηλεμαθήματα, algo que fue una solución provisoria para salir del paso durante los peores meses de la pandemia de covid, se está volviendo la herramienta para afrontar la crisis climática en ciernes. Lo que era una excepción se va a volver no sé si la regla, pero sí al menos un recurso frecuente. ¿Acaso alguien me puede asegurar que no van a implementar este sistema de enseñanza a partir de este junio, o del junio del año que viene, cuando los calores vuelvan inviables las clases en el aula tradicional?

Mientras tanto, la pandemia sigue su curso. Acá en Grecia las noticias son para algunos alentadoras: todos los indicadores parecen haberse estabilizado en valores que, si bien no son óptimos, al menos dejaron de ser preocupantes.

Por supuesto, esa valoración depende de cómo mire uno la cosa. Ayer, por ejemplo, hubo unos 18.000 nuevos contagios, una cifra nada despreciable, aun cuando sepamos que el virus circula muy fácilmente por la sociedad y que, por tanto, los números reales podrían alcanzar dimensiones astronómicas. (Es raro que pase un día sin que no nos enteremos que algún conocido se contagió.) También ayer hubo 63 muertos de covid, un número significativo, si bien mucho menor que cien, cifra a la que nos habíamos acostumbrado. Donde se ve una distensión un poco mayor es en los hospitales: el número de pacientes intubados en terapia intensiva sigue bajando poco a poco, ya estamos en los 360.

El uso de la mascarilla se ha vuelto obligatorio solo en los lugares cerrados y cada vez son menos los negocios y las oficinas que exigen el certificado de vacunación en el ingreso.

Por su parte, el Gobierno griego sigue los pasos de sus vecinos europeos y aprovecha esta coyuntura relativamente favorable de la pandemia para dejar sin efecto medida tras medida. En cierto sentido, es comprensible esa decisión, ya que lo que se pretende es normalizar el funcionamiento de las distintas áreas de la economía, sobre todo del turismo, la hotelería, la cultura, etc.

Entre las boletas de la electricidad y el gas, que están por las nubes, y el flujo de turistas rusos por el momento congelado, este verano va a ser difícil volver a acercarse a los niveles alcanzados por el turismo en el pasado.

Mientras tanto, la Organización Mundial de la Salud sigue insistiendo en que la pandemia no terminó; es más, en que hay sociedades enteras que apenas están inmunizadas. Aunque resulte escandaloso, nos olvidamos de que muchos países africanos, por ejemplo, apenas han administrado un parcito de vacunas… ¡y de la primera dosis! Mientras que en los países con ingresos altos o medios ya se ha cubierto una buena parte de la población con las dosis de refuerzo, en los países más pobres aún no se ha comenzado en serio con la campaña de vacunación propiamente dicha.

Vale la pena tener presente este hecho, no solamente por la exclusión o la marginalidad inmunitaria en la que quedan relegados cientos de millones de personas (hay autores que hablan de un verdadero “vaccine apartheid”), sino porque esa injusticia global puede volvérsenos en contra. Es lisa y llanamente una irresponsabilidad que la falta de una política de vacunación global propicie el surgimiento de una nueva variante que puede ser más peligrosa que la ómicron.

Hace cien años atrás una pandemia asoló el mundo después de una guerra larga, cruel y, al fin y al cabo, inútil. Ahora una guerra que puede llegar a ser igualmente larga y cruel (dejemos de lado el tema de la utilidad que pueda tener esta contienda) da sus primeros pasos después de una pandemia mortífera.

La gran diferencia esta vez es que, si no se equivocan los cientos de científicos de primer rango que integran el Intergovernmental Panel on Climate Change, a los virus y las armas se agregará nuevo azote, el clima desbocado. Y todos seguimos viviendo como si nada, ciegos a la evidencia, sordos a las advertencias, creyendo íntimamente que tal vez todo sea un cuento de terror con un final feliz.

Acerca de Marcos G. Breuer

I'm a philosopher based in Athens, Greece.
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